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jueves, 30 de abril de 2026
Malí: el «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente
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Malí: el «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente
Por Beto Cremonte | 30/04/2026 | África
Fuentes: Periodismo Internacional Alternativo (PIA) [Imagen: Assimi Goïta, presidente de Malí]
La ofensiva coordinada entre JNIM y facciones tuaregs que buscó instalar la imagen de un Estado maliense colapsado rápidamente quedó desmontada a pesar de los agoreros analistas del relato “oficial” de la maquinaria occidental.
Lo que sí ocurrió y que muchos analistas decidieron no ver (y/u ocultar), fue una rápida y coordinada respuesta de las fuerzas malienses, que siguen demostrando el camino de ruptura con el viejo esquema de tutela francesa en el que tanto Mali como los otros países de la AES, están dispuestos a llevar adelante más allá de ataques como los de este 25 de abril, dejando al descubierto algo más profundo: no solo se disputa el control del territorio, sino el sentido mismo de lo que ocurre en el Sahel.
Lo cierto es que en las últimas horas del 25 de abril grupos yihadistas y separatistas tuaregs lanzaron una ofensiva coordinada contra Bamako, Kati, Gao y Kidal con un objetivo que excedía lo estrictamente militar: no se trataba únicamente de golpear posiciones del Estado, sino de instalar, en tiempo real, la idea de que el Gobierno de Assimi Goïta había perdido el control del país. Como viene ocurriendo casi sistemáticamente en esta región, aquí no podemos dejar de lado los episodios de finales de 2025 cuando la prensa occidental anunciaba la caída del Gobierno maliense en manos de JNIM por los bloqueos de las rutas de ingreso a Bamako. Este ataque también cumple con esa misma lógica: “la dimensión simbólica del ataque”. Algo que hoy es tan importante como su ejecución sobre el terreno. En el Sahel cada día se ponen en juego las disputa por el relato y el sentido.
Lo que también es cierto y que pocos lo dijeron es que las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), con apoyo de sus aliados y en articulación con redes locales de información, lograron contener y revertir los ataques en cuestión de horas en los principales centros urbanos. Sin embargo, mientras esa respuesta comenzaba a desplegarse, buena parte de la maquinaria mediática internacional ya había comenzado a construir otro desenlace: el de un Estado desbordado, incapaz de sostener el orden interno tras su ruptura con los esquemas tradicionales de seguridad en la región.
Los hechos concretos fueron que en la madrugada del 25 de abril Malí despertó bajo ataque. De manera simultánea, el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM), filial de Al Qaeda en la región, y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), una coalición de grupos separatistas tuaregs, lanzaron operaciones en Bamako, la vecina Kati —donde se encuentra la residencia presidencial— y ciudades estratégicas del norte como Gao, Kidal, Sévaré y Mopti. La ofensiva combinó ataques de alto impacto simbólico, acciones de hostigamiento y una rápida circulación de contenido en redes sociales que amplificó la percepción de descontrol.
En pocas horas, el hecho dejó de ser solamente un episodio militar para convertirse en un fenómeno narrativo. Antes de que existiera un cuadro claro de situación en el terreno ya circulaban versiones que hablaban de ciudades “tomadas”, de infraestructuras críticas bajo ataque y de un Gobierno al borde del colapso. Esa secuencia —primero la interpretación, luego la verificación— no es un detalle menor: es parte constitutiva de cómo se construye hoy el sentido de los conflictos. La cobertura mediática en Occidente y sus voceros locales, esos mismos que sistemáticamente festejan cualquier revés de los Gobiernos soberanos del Sahel, no tardó en calificar la situación como una “junta desbordada” y un “fracaso del apoyo ruso”. Las redes sociales se llenaron de análisis apresurados, analistas de sillón anunciando la caída inminente de Goïta y el fin del experimento anticolonial en Malí.
La rápida respuesta militar maliense
Lejos del colapso anunciado en las primeras horas, la respuesta del Estado maliense comenzó a delinearse con mayor claridad a medida que avanzaba la jornada. El propio ejército confirmó que “grupos armados terroristas” habían atacado posiciones en Bamako y otras ciudades clave, señalando que sus fuerzas estaban “comprometidas en eliminar a los atacantes” y recuperar el control de las zonas afectadas.
Ese dato no es menor. Porque mientras la narrativa inicial hablaba de ciudades caídas y de un Estado desbordado, los propios comunicados oficiales indicaban otra cosa: enfrentamientos activos, despliegue militar y, horas después, la afirmación de que la situación estaba bajo control en los principales puntos estratégicos.
Los ataques, efectivamente, fueron de una magnitud inusual. Se trató de una ofensiva coordinada que alcanzó Bamako, Kati, Gao, Sévaré y Kidal de manera simultánea, algo que incluso fuentes internacionales describieron como uno de los episodios más extensos de los últimos años.
Sin embargo, esa escala no se tradujo automáticamente en control territorial sostenido. Las propias afirmaciones de los grupos atacantes —como la supuesta toma de Kidal o posiciones en Gao— no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo, lo que refuerza la idea de que, junto con la ofensiva militar, se desplegó una operación de impacto comunicacional.
En esa capacidad de respuesta aparece otro elemento que no puede ser soslayado. La actual estrategia de seguridad de Bamako, que incluye cooperación con actores rusos, ha modificado la dinámica operativa respecto de etapas anteriores. La presencia de estos aliados no evitó la ofensiva, pero sí formó parte del dispositivo que permitió contener ataques en puntos sensibles, como la capital y su entorno inmediato, donde incluso se reportó la defensa de instalaciones clave frente al avance de los grupos armados.
Este punto es clave para ordenar el análisis: la ofensiva existió, fue amplia y coordinada, pero no logró consolidar un escenario de colapso estatal inmediato, ni siquiera sostenible del relato. La diferencia entre impacto inicial y resultado efectivo es, precisamente, el espacio donde se construyen las interpretaciones. Para nosotros, no hay tales interpretaciones, como comunicadores comprometidos no podemos hacernos eco de las mismas y solo señalar los sucesos como “información en proceso” o “conflicto en curso” deslindándonos la responsabilidad de dar informaciones concretas.
La batalla por el sentido nos involucra
Si algo dejó en evidencia la secuencia del 25 de abril no fue únicamente la capacidad operativa de los grupos armados o la respuesta del Estado maliense, sino la velocidad con la que se construye una interpretación dominante antes de que los hechos terminen de desarrollarse. En cuestión de horas, la ofensiva ya había sido leída como un síntoma de colapso estatal, incluso cuando los combates seguían en curso y la situación en el terreno estaba lejos de estabilizarse.
Este mecanismo no es nuevo, pero en el Sahel adquiere una intensidad particular. La combinación entre fuentes iniciales poco verificadas, replicación acelerada en redes y una matriz previa de interpretación —que tiende a leer los procesos políticos de la región bajo la lógica del fracaso— produce un efecto concreto: instala percepciones que luego son difíciles de revertir, aun cuando la evolución de los hechos no confirme esos diagnósticos.
Lo ocurrido en Malí encaja con precisión en esa lógica. Las afirmaciones iniciales sobre la “toma” de ciudades como Kidal o Gao circularon con fuerza, pero no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo. Sin embargo ese dato —la falta de confirmación— tuvo mucha menos circulación que la versión original. En otras palabras, la primera narrativa no necesitó ser comprobada para instalarse, le bastó con ser verosímil dentro de un marco ya construido.
Ahí es donde la dimensión mediática del conflicto deja de ser un elemento accesorio para convertirse en un campo de disputa central. No se trata solamente de informar lo que ocurre, sino de definir qué significa lo que ocurre. Y en ese terreno, cada episodio es rápidamente absorbido por lecturas preexistentes: el avance de un grupo armado se convierte en prueba de debilidad estatal, mientras que la capacidad de respuesta del Gobierno es leída como una reacción defensiva, nunca como control efectivo.
Esta asimetría no implica necesariamente una coordinación consciente entre actores mediáticos, pero sí revela un patrón. El Sahel es, desde hace años, un espacio donde se proyectan diagnósticos externos que muchas veces no dialogan con las dinámicas internas. En ese marco, cualquier episodio de violencia tiende a reforzar una narrativa ya instalada: la de Estados incapaces de sostener soberanía sin tutela externa.
Sin embargo, lo ocurrido el 25 de abril introduce matices que esa lectura no logra absorber del todo. Porque si bien la ofensiva mostró la persistencia y capacidad de coordinación de actores armados, también evidenció que el Estado maliense —con todas sus limitaciones— mantiene capacidad de reacción, despliegue y recuperación en plazos relativamente cortos.
La tensión entre esos dos elementos —persistencia de la amenaza y capacidad de respuesta— es la que queda muchas veces eclipsada por la necesidad de encuadrar rápidamente los hechos en categorías cerradas.
Y es en ese punto donde la pregunta deja de ser qué ocurrió en Malí, para pasar a ser cómo se interpreta lo que ocurrió.
JNIM y los tuaregs, la ofensiva local
“El terrorismo en África no surge del vacío: es la herramienta más eficaz del neocolonialismo contemporáneo.”
Un elemento particularmente relevante de los ataques del 25 de abril fue la coordinación entre el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) y sectores separatistas tuaregs nucleados en el Frente de Liberación de Azawad (FLA). Esta convergencia, que en los hechos se expresó en operaciones simultáneas y objetivos compartidos, no es completamente nueva, pero sí expone con mayor claridad una tensión difícil de encubrir: la coexistencia de agendas que, en términos políticos e ideológicos, responden a lógicas distintas.
Por un lado, JNIM forma parte de una estructura yihadista regional con vínculos históricos con redes asociadas a Al Qaeda, cuyo objetivo no es la autonomía territorial de una región específica, sino la construcción de un orden basado en una interpretación estricta del islam político armado. Su expansión en el Sahel en la última década se ha apoyado tanto en la debilidad estatal como en la capacidad de insertarse en conflictos locales, adaptando su discurso a demandas específicas de cada territorio.
Por otro lado, los movimientos tuaregs —con una larga historia de rebeliones en el norte de Malí— han articulado, con distintas variantes a lo largo del tiempo, reivindicaciones vinculadas a la autonomía, el reconocimiento político y la distribución de recursos en regiones históricamente marginadas por el poder central. Desde las insurrecciones de los años noventa hasta la proclamación del efímero Estado de Azawad en 2012, estas demandas han atravesado procesos de negociación, fragmentación y cooptación.
La articulación entre ambos actores no surge, entonces, de una identidad política compartida, sino de una lógica táctica. Frente a un escenario en el que ninguna de las partes logra imponerse de manera individual sobre el Estado maliense, la convergencia permite amplificar la capacidad operativa, coordinar ataques y generar impacto simultáneo en distintos puntos del territorio.
Sin embargo, esa misma alianza contiene su propia debilidad. La superposición de agendas —religiosa en un caso, territorial en el otro— limita la posibilidad de construir una base política homogénea y sostenida en el tiempo. De hecho, en experiencias anteriores, la convivencia entre grupos yihadistas y movimientos tuaregs derivó en tensiones, rupturas e incluso enfrentamientos internos cuando los objetivos estratégicos comenzaron a divergir.
Este punto resulta central para evitar lecturas simplificadoras. La ofensiva del 25 de abril no puede ser entendida como la expresión de un bloque insurgente cohesionado, sino como la manifestación de una convergencia circunstancial entre actores que comparten un enemigo común, pero no necesariamente un proyecto político compatible.
A esto se suma otro elemento clave: la relación con las poblaciones locales. Mientras que los reclamos históricos de sectores tuaregs encuentran algún grado de legitimidad en determinadas regiones del norte, la presencia de estructuras yihadistas ha sido, en muchos casos, resistida por comunidades que han padecido su accionar, particularmente en lo que respecta a la imposición de normas sociales y la violencia sobre civiles.
Esa tensión entre legitimidad local y capacidad armada introduce una complejidad adicional. Porque si bien la alianza puede potenciar la acción militar en el corto plazo, también dificulta la construcción de un respaldo social amplio, condición necesaria para sostener cualquier tipo de control territorial más allá del impacto inicial de una ofensiva.
En ese marco, presentar esta convergencia como una “revolución unificada” o como la expresión lineal de una insurrección popular no solo simplifica el escenario, sino que oculta las fracturas internas que atraviesan a estos actores.
Y es precisamente en esas fracturas donde se juegan muchas de las dinámicas futuras del conflicto.
Francia, Ucrania y la reconfiguración de la guerra en el Sahel
Esta última ofensiva terrorista en Mali tampoco puede leerse por fuera de la disputa geopolítica que atraviesa al Sahel desde la ruptura entre Bamako y París. Malí no enfrenta únicamente una amenaza armada interna, enfrenta, al mismo tiempo, las consecuencias de haber quebrado una arquitectura de dependencia construida durante décadas alrededor de la tutela militar francesa, la subordinación regional y la administración externa de la seguridad.
Ese giro no ocurrió en abstracto. Francia anunció en febrero de 2022 el retiro de sus fuerzas de Malí, incluyendo la Operación Barkhane y la fuerza europea Takuba, después de años de deterioro político, militar y social de su presencia en el país. El punto central es que esa retirada no significó la desaparición de los intereses franceses en la región, sino su reacomodamiento. París perdió bases, perdió interlocución privilegiada y perdió capacidad directa de mando, pero no perdió la voluntad de influir sobre un espacio que durante décadas consideró parte de su profundidad estratégica africana.
Ahí se entiende mejor la importancia del relato. Si Malí aparece como un Estado fallido, si la ruptura con Francia se presenta como la causa directa del caos, entonces el viejo esquema colonial queda reivindicado por contraste: “con nosotros había orden, sin nosotros hay terrorismo”. Esa es la operación política de fondo. No hace falta que sea dicha de manera explícita, alcanza con repetir una y otra vez que el deterioro comenzó cuando Bamako decidió cambiar de aliados.
Pero los datos históricos incomodan esa versión. La insurgencia yihadista no nació con Assimi Goïta, ni con la salida de Francia, ni con la llegada de asesores rusos. Malí arrastra un conflicto abierto desde 2012, y durante buena parte de ese período el país estuvo bajo una intensa presencia militar occidental. La propia Operación Barkhane comenzó en 2014 como continuación de Serval, con el objetivo declarado de combatir a los grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico en el Sahel. Sin embargo, casi una década después, esos grupos no solo no habían desaparecido, sino que habían extendido su radio de acción hacia el centro de Malí, Burkina Faso y Níger.
Por eso la pregunta no puede ser formulada de manera tramposa. No se trata de preguntar si Malí vive hoy una situación de seguridad grave, sino quién construyó las condiciones de esa gravedad y por qué los mismos actores que fracasaron durante años en contener la expansión yihadista pretenden ahora presentarse como jueces del nuevo rumbo maliense.
En ese tablero aparece también Ucrania, no como actor central del Sahel, sino como pieza de una guerra globalizada que ya no se libra únicamente en Europa oriental. El antecedente de 2024 es clave. Tras los combates de Tinzaouaten, cerca de la frontera con Argelia, Malí rompió relaciones diplomáticas con Kiev después de que un portavoz de la inteligencia militar ucraniana realizara declaraciones que Bamako interpretó como una admisión de apoyo informativo a los grupos que habían causado fuertes bajas al ejército maliense y a sus aliados rusos. Níger tomó luego una decisión similar, invocando las mismas acusaciones.
Ese episodio debe ser tratado con precisión: Ucrania negó haber participado directamente y los rebeldes tuaregs también rechazaron haber recibido ayuda exterior. Pero la propia existencia de esas declaraciones, la reacción diplomática de Malí y Níger y la utilización del Sahel como escenario indirecto de la confrontación entre Rusia y Ucrania muestran que el conflicto maliense ya no puede encerrarse en una lectura puramente local.
En ese contexto, la colaboración rusa funciona como algo más que apoyo militar. Para Bamako, Moscú representa la posibilidad de romper el monopolio occidental sobre la seguridad africana. Ese vínculo no está exento de costos, contradicciones ni límites —Tinzaouaten lo demostró con crudeza—, pero forma parte de una decisión soberana: buscar otros socios después de años de fracaso francés. Reducir esa decisión a “dependencia rusa” es una forma cómoda de negar la agenda política maliense.
Lo que está en disputa, entonces, no es solo la eficacia de un dispositivo militar. Es el derecho de un Estado africano a definir sus alianzas sin pedir autorización a la antigua potencia colonial. Por eso cada ataque contra Malí es leído por ciertos sectores con una ansiedad casi celebratoria: si Bamako fracasa, fracasa también la hipótesis de que el Sahel puede caminar por fuera de la tutela francesa. Y si esa hipótesis fracasa, el viejo orden neocolonial puede presentarse no como dominación, sino como necesidad.
Ese es el verdadero trasfondo de la ofensiva: JNIM y el FLA disparan sobre posiciones militares, pero el relato occidental dispara sobre una idea política mucho más profunda, la idea de que Malí, con todas sus dificultades, tiene derecho a reconstruir su seguridad, sus alianzas y su destino nacional por fuera de los moldes impuestos desde París, Bruselas o Washington.
Lejos de las lecturas apresuradas que decretaron un colapso inminente, lo ocurrido en estas horas en Mali expone algo más incómodo para quienes necesitan confirmar la idea de un Sahel condenado al fracaso: Malí no solo resistió una ofensiva coordinada en múltiples frentes, sino que lo hizo en un contexto de reconfiguración profunda de su sistema de alianzas y bajo una presión constante, tanto militar como narrativa. Eso no cancela las debilidades estructurales del Estado maliense ni la persistencia de la amenaza armada, pero obliga a matizar un diagnóstico que suele construirse más desde el prejuicio que desde la evidencia.
En ese sentido, el verdadero terreno en disputa no es únicamente el militar, sino el político. Porque si cada ofensiva es utilizada para confirmar que los procesos soberanistas africanos son inviables sin tutela externa, entonces el conflicto deja de ser una cuestión de seguridad para convertirse en una herramienta de disciplinamiento. Malí, con todas sus contradicciones, está ensayando una ruptura con ese esquema. Y esa decisión —más que cualquier batalla puntual— es la que explica la intensidad con la que se intentan instalar narrativas de derrota.
Tal vez por eso, más que preguntarse quién ganó un enfrentamiento específico, convenga observar qué logra sostenerse en el tiempo. Y ahí es donde, pese a los agoreros de siempre, aparece un datdifícil de ignorar: el Estado maliense sigue en pie, mantiene capacidad de respuesta y continúa redefiniendo su lugar en un escenario regional en transformación. No es poco en una región donde durante años se naturalizó que la única estabilidad posible debía venir de afuera.
Beto Cremonte, Redactor en jefe en PIA Global, especializado en el continente africano. Analista internacional en geopolítica. Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.
Fuente: https://noticiaspia.com/mali-el-apocalipsis-que-no-fue-y-la-narrativa-de-derrota-que-necesita-occidente/
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Por Marcelo Caracoche | 29/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: El Cohete a la Luna
Teherán cuenta con el factor tiempo a su favor. Adicionalmente, la guerra del Golfo ha desplazado a Gaza de la atención de la información. Curiosamente, quienes cuestionan con más fuerza el genocidio de Gaza son los dirigentes iraníes, que siempre han dicho que los motivos de la guerra incluyen la cuestión palestina.
En 1962 Gene Pitney cantaba If I Only Had Time, probablemente una aspiración similar llena los sueños del Presidente Trump, presionado por las circunstancias que él mismo ha creado en el golfo Pérsico. Los amigos paquistaníes le abrieron una salida de emergencia para escapar de la modalidad guerra y pasar a la negociación, pero también este ámbito se revela complicado, el calendario vuela y no consigue cerrar el conflicto con Irán. La República Islámica, sin fuerza aérea ni bombas nucleares, utiliza otras máquinas de guerra. La primera es el bloqueo de Ormuz y la segunda, el tiempo, que incide en las expectativas estadounidenses. Mientras que los iraníes tienen tiempo de sobra, para los estadounidenses las posibilidades se han reducido dramáticamente: paz o guerra, pero la paz podría parecerse a una renuncia o, peor aún, a una derrota.
Esta semana The Wall Street Journal reveló que el equipo del Presidente ha tenido que tomar medidas extremas, manteniendo a Trump fuera de algunos encuentros de trabajo donde se analizaban cuestiones militares. La compulsión presidencial a tuitear o conversar con periodistas podía crear riesgos de filtraciones o desviaciones de la cadena de mando. Las oscilaciones de Trump entre amenazas y aperturas no solo confunden la opinión pública, también crean tensiones internas en la misma administración.
La situación llevó al despido fulminante del secretario de la Marina, John Phelan. Axios publicó que «Phelan no había entendido que él no era el jefe; su deber era cumplir las órdenes recibidas». El ahora ex secretario tenía una buena relación con Trump y solían encontrarse en Mar-a-Lago. Habría aconsejado a Trump modernizar la Marina, saltando a Hegseth, el jefe del Pentágono, y esto habría causado su caída. Pueden existir varios motivos para el despido, pero a primera vista se parece al típico recurso de buscar un culpable que, frente a la opinión pública, pague con su cabeza la desastrosa gestión de la guerra del Golfo.
La última cosa que quisiera Estados Unidos es reiniciar los bombardeos, pero sin una comprensión clara del adversario que tiene enfrente, el enfoque de las negociaciones será equivocado.
Ya en El Cohete habíamos citado a Arash Reisinezhad, profesor de la Universidad de Teherán, que escribió en Foreign Policy que «Khamenei no aceptará nunca una capitulación, no porque se ilusione con la relación de fuerzas con el enemigo (…) en su visión del mundo, la capitulación no es una opción política». Y además, «para Khamenei, una concesión, bajo presiones poderosas, no hubiera sido un reposicionamiento, sino una rotura existencial». Así pensaba el líder asesinado, que, no está de más decirlo, era proclive a negociar con Estados Unidos.
Y así piensa la dirigencia iraní en sus diferentes estratificaciones. Justamente, el actual reclamo de Irán para regresar a Islamabad es que Estados Unidos retire el bloqueo porque «Irán no negociará bajo presiones», como ya lo había explicado el profesor Reisinezhad.
Este cúmulo de dificultades llevó a que Trump aceptara el martes, cuando en Teherán eran las dos de la madrugada, los consejos de Pakistán y anunciara un segundo alto el fuego. Esta nueva tregua no tiene fecha de caducidad; se trata de otra oportunidad para desarrollar un diálogo hasta que se llegue a un acuerdo o la situación explote. The Wall Street Journal lo califica como «un limbo paralizante entre guerra y paz, que deja el estrecho de Ormuz cerrado y la perspectiva de una escalada inminente».
No ha habido respuesta oficial de Teherán, pero la Marina iraní atacó tres naves y secuestró dos de ellas, la MSC Francesca y la Epaminodi. Se trataría de una respuesta al secuestro de una petrolera iraní en el océano Índico y otra en la zona de Ormuz de parte de naves estadounidenses. Por su parte, Estados Unidos incorporó al dispositivo del bloqueo los helicópteros AH-64 Apache, utilizados para cazar drones de ataque, en tanto los cazas A-10 Thunderbolt II operan en el flanco meridional del estrecho contra embarcaciones veloces, por lo que la tensión es máxima y un error bastaría para crear un cataclismo en el golfo.
Para cerrar el juego, Trump necesita una concesión, que Irán por el momento no concede. Las exigencias estadounidenses se están adelgazando, reducidas al desmantelamiento del programa nuclear, pero Teherán insiste en su derecho al desarrollo nuclear para uso civil.
Michael Birnbaum, de The Washington Post, sostiene que Washington podría aceptar un acuerdo similar al que firmó Obama, con controles y límites que impidan la construcción de un arma nuclear. Birnbaum es contrario a esta posibilidad, lo mismo que Marc Thiessen, que publicó un artículo el mismo día, lanzando otra vez los clásicos argumentos imperiales para obstaculizar la posibilidad de un acuerdo.
Más allá de la voluntad de Trump de cerrar la guerra, existe un círculo de think tanks, fundaciones, expertos en análisis bélico, periodistas complacientes, que influencian la política estadounidense, independientemente del huésped de la Casa Blanca.
Caitlin Johnstone sostiene que, con Biden en el gobierno, Irán habría sido atacado. Cita como prueba la entrevista que la cronista Margaret Brennan realizó a Amos Hochstein, ex consejero de Biden, que confirmó que el ajuste de cuentas con Irán era inevitable; si Biden resultaba reelegido, «en la primavera o el verano de 2025 nos habríamos encontrado en una situación de ese tipo»; y se habían realizado las simulaciones de «cómo proceder».
Esta semana se supo que el gobierno estadounidense sostiene que hay divisiones en la dirigencia iraní; podría ser, pero como lo contamos en El Cohete («Salida de emergencia», 12.04.26) citando a la arqueóloga Elena Leini y al antropólogo Federico Prizzi, hay algunos aspectos culturales de la diplomacia de la República Islámica que no hay que descuidar, entre ellos la «niebla de cortesía» para confundir al adversario, que habitualmente piensa que los escollos se deben a divisiones internas de los iraníes. Si Trump piensa que hay una posibilidad de llegar a un acuerdo porque hay una facción favorable a la paz, habrá que preguntarse por qué Estados Unidos no levanta el bloqueo marítimo para quitar argumentos a la facción intransigente y reforzar las palomas; para eso están los mediadores.
Otro problema que enfrenta Estados Unidos es la desconfianza de Teherán, por ahora insuperable; existe en la dirigencia, además, el temor de que en el camino a Islamabad la delegación sea atacada y asesinada por los norteamericanos o por Israel.
En tanto el 1 de mayo vence el plazo de 60 días que impone la War Power Resolution, no obstante que Trump ha evitado utilizar la palabra guerra, esta es manifiesta. El Congreso tiene la facultad de autorizar o detener las acciones y es determinante porque controla los fondos destinados al conflicto.
Si Trump tiene su canción, Teherán puede contar también con su banda de sonido: Time Is on My Side, que los Rolling Stones grabaron en 1964.
Pensando la posguerra
Mientras se decide la suerte del conflicto, Pakistán y países de Medio Oriente aprovechan el limbo momentáneo producido por la guerra; los Estados ligados a Estados Unidos, durante décadas dependientes del escudo americano, se interrogan sobre su eficacia. Un nuevo debate que se ha abierto apunta a la cooperación regional en materia de defensa, guiada por países en su mayoría musulmanes, en lugar de Estados Unidos.
Como dijimos hace poco, se configura un rol de potencia regional de Pakistán. El general Munir terminó su visita de tres días a Teherán, siempre en contacto directo con Trump, mientras que el premier pakistaní Shehbaz Sharif se movió en paralelo, reuniéndose con la dirigencia de Arabia Saudita, Qatar y Turquía.
Estas conversaciones son la continuación del Foro Diplomático de Antalya, que tuvo lugar del 17 al 19 de abril en Turquía, precedido por la reunión del 19 de marzo en Riad de la que informamos en El Cohete. Hay buenas expectativas para crear un aparato de seguridad interna apoyado en la integración económica y la defensa coordinada.
Tanto Arabia Saudita como Qatar se están interrogando sobre la naturaleza de la presencia estadounidense: ¿es un peso peligroso o un activo positivo? Después de los ataques iraníes a las instalaciones militares norteamericanas, se abre paso la idea de que el ligamen los transforme en blancos de los misiles de Teherán o de alguna amenaza futura.
Zahir Shah Sherazi, vicepresidente ejecutivo de Bol News, ha declarado que «poner en la mira las instalaciones militares norteamericanas ha sido una decisión estratégica clarividente, que ha mostrado la verdadera naturaleza de Washington. Los países del Golfo han comprendido que la atención principal de Estados Unidos se dirige al estado sionista y sus ambiciones expansionistas».
Sherazi sostiene que «la acción de Israel en Gaza, Siria, Líbano y Cisjordania preocupa a los países del Golfo; hasta Turquía corre el riesgo de chocar con Israel en Siria y Líbano».
Pero esta eventual OTAN mediooriental corre el riesgo de transformarse en una coalición sunita en lugar de una verdadera estructura de defensa regional, así lo piensa Imtiaz Gul, director ejecutivo del Centro para la Investigación y Estudios para la Seguridad (CRSS). Y agrega que en definitiva podría ser ventajosa para Washington en función anti-Irán, que es chiíta, y serviría para proteger las ricas monarquías del Golfo.
Gul piensa que una organización regional sería difícil de organizar por las continuas tensiones, tanto entre Turquía e Irán como entre Arabia Saudita y Egipto; esto complicaría cualquier iniciativa normativa.
Trump había declarado la posibilidad de retirar fuerzas de Irak y Siria antes de setiembre 2026. Sin embargo, ha enviado otros 2.500 soldados a la región. Esta contradicción llevó a Moscú a advertir que «Estados Unidos e Israel pueden aprovechar los coloquios de paz para preparar una operación de tierra contra Irán».
Si se produce un retiro en gran escala de Estados Unidos de la región, Israel quedaría más aislado y perdería gran parte de la infraestructura logística y de inteligencia, que son parte de la influencia militar que ostenta en la región.
Por eso Gul considera que Estados Unidos mantendrá una presencia militar en Asia occidental mientras considere a Israel como vulnerable.
Pakistán, mientras tanto, ha desplegado 13.000 soldados y una flota de 10 a 18 aviones de combate, entre ellos los cazas JF-17 Thunder Block III y J-10CE, en la base aérea King Abdulaziz, en la provincia oriental de Arabia Saudita.
Esta presencia forma parte del proyecto pakistaní de declararse protector de los países de la región; tanto Arabia Saudita como Qatar mantienen fuertes vínculos comerciales y de cooperación en el ámbito de defensa con Islamabad. Se espera que Qatar adhiera próximamente al escudo defensivo pakistaní. Tanto Qatar como Arabia Saudita han declarado que sus territorios no serán usados para lanzar ataques contra Irán.
Pakistán al mismo tiempo participa con Turquía en el desarrollo del caza furtivo KAAN; Turquía contribuye además con apoyo en tecnología de drones, adiestramiento y equipamiento militar.
Treinta millones por hora
La guerra del Golfo produce extraños resultados y geometrías políticas variables. Fatih Birol, que dirige la Agencia Internacional de Energía, sostuvo que la guerra contra Irán es «el más grande shock energético jamás visto en el mercado mundial».
The Guardian titula que habrá operadores petroleros que están ya ganando 30 millones de dólares por hora; sostiene que en esta rueda de la fortuna habrá vencedores claros. Con el petróleo que se mantiene dentro de la banda de oscilación de 100 dólares el barril, la compañía estatal Aramco de los sauditas ganará en torno a 25.500.000.000 de dólares extras desde marzo a diciembre, casi el 11% del total de 234.000.000.000 de las primeras 100 compañías mundiales. La sigue la Kuwait Petroleum Corporation con 12.100.000.000 de dólares, que equivalen al 5.2% del total. Hablamos de dos países que han sufrido los ataques de Irán por su ligazón con Estados Unidos.
Estos cálculos de incrementos presuponen un escenario de precios altos y escasa oferta; además de los problemas que significa la reparación de daños de guerra y gestión de flujos a través de Ormuz.
El cambio de contexto es enorme; antes de la guerra se registraba un superávit mundial de crudo de alrededor de cuatro millones de barriles al día; la falta de certeza prolongada en el tiempo puede generar ahora un incremento estructural del valor del petróleo.
Existe otra variante que aumentará las reservas financieras de aquellos que tienen grandes stocks de crudo extraído antes de la crisis a costos más bajos, que podrán vender aprovechando dicha ventaja. The Guardian menciona tres compañías rusas: Gazprom, Rosneft y Lukoil podrían embolsar cifras estimadas en 23.900.000.000 de dólares antes de fin de año gracias a la guerra.
Vladimir Putin es un directo beneficiado; podrá seguir sosteniendo el frente de Ucrania gracias a las exportaciones de crudo, que en el mes de marzo aumentaron un 50% más que en febrero.
En el frente occidental, tanto ExxonMobil como Shell registran incrementos notables en la bolsa desde que comenzó la guerra.
Otros beneficiados son las sociedades de logística como la Gunvor; The Financial Times sostiene que el elemento clave de esta estrategia ha sido concentrarse en el transporte del petróleo físico antes que de los derivados.
Colaterales
Bulgaria: Al final, el ganador de las presidenciales del domingo 19 fue Rumen Radev, general de aviación, que encabezará el gobierno del país después de sus dos períodos presidenciales. Fue importante la afluencia electoral respecto a los últimos diez años; se registró un 51% de electores, que demuestra la voluntad de cambio de la ciudadanía después de años de inestabilidad.
Esta afluencia puede verse como la continuación de la gran manifestación de noviembre en Sofía, cuando más de 100.000 personas desfilaron contra el gobierno de Boyko Borissov, aliado al partido del oligarca Delyan Peevski, acusados de corrupción. Con el 45% de los votos y la mayoría en el Parlamento, el partido Bulgaria Progresista lleva al gobierno a Radev; el nuevo Presidente tiene actitudes amistosas hacia Rusia y es crítico con el apoyo al gobierno de Ucrania, por lo tanto, se perfilan nuevos dolores de barriga para la Unión Europea; la prensa afín al pensamiento «europeo» ya llama a Radev «el nuevo Orban».
Brasil: El sistema de pagos estatal Pix inquieta a Estados Unidos. El sistema ha tenido un suceso estrepitoso en Brasil; el 80% de las transferencias se hacen a través de Pix. Su fuerza se apoya en varias razones. El primer motivo es que reduce drásticamente las comisiones transaccionales, comprimiendo los márgenes históricos de los intermediarios. Otra característica es que es informativo, mueve datos y relaciones económicas hacia una infraestructura doméstica, y en tercer lugar nos encontramos no solo con un Estado regulador; también actúa como operador directo. Y esto conlleva una gobernanza centralizada en una autoridad pública monetaria.
Estados Unidos inició en julio de 2025 a través de la Section 301, una investigación sobre procedimientos comerciales brasileños, y ha manifestado su crítica al Pix y a un conjunto de prácticas similares; el nudo del conflicto es que reduce el peso de operadores como Visa y Mastercard, por lo tanto, hay un trasfondo geopolítico.
Para Brasil, Pix es un bien público. Estados Unidos lo considera como un elemento que altera los equilibrios competitivos. Recordemos que la Section 301 permite al gobierno estadounidense responder con tarifas adicionales y sanciones comerciales a los productos brasileños.
En tanto, las facetas de Pix, como gratuidad y ausencia de operadores privados de intermediación, han ampliado el acceso al pago digital a sectores de la población que antes eran marginales.
Alemania gastará 108.000.000.000 euros en defensa, cifra que subirá en 2027, presupuesto que se mueve en total opacidad debido a la calificación de reservada, gracias a la nueva legislación sobre secretismo.
El ministro de Defensa, Boris Pistorius, ha declarado que Alemania apunta a transformar el Bundeswehr en el ejército convencional más potente de Europa, con una doctrina de guerra en tres pasajes: 1) aumentar rápidamente la capacidad de resistencia y defensa; 2) dentro del 2035, el ejército tendrá que consolidar su rol de guía en Europa, y 3) la fase 2039 en adelante llega la «capacidad del mañana», sistemas de armas automatizadas, inteligencia artificial, drones, etc.
El programa prevé llegar a 460.000 soldados en caso de conflicto, de los cuales 260.000 estarán en servicio activo. Actualmente, el Bundeswehr cuenta con 185.400 efectivos; por lo tanto, se deberían incorporar 75.000 nuevos reclutas.
Hay dudas sobre el reclutamiento voluntario; Pistorius ha tenido que admitir que, si las cifras no se consiguen, se considerará la posibilidad de un reclutamiento obligatorio.
Claramente para llevar adelante este ambicioso proyecto se necesita un enemigo que justifique el esfuerzo, y el enemigo está allí nomás: Rusia. La elección se justifica con «los medios híbridos que emplea Moscú: espionaje, actos de sabotaje, ataques informáticos y campañas de desinformación».
Como se solía decir en la Argentina, se asusta el muerto del degollado. Pistorius y el establishment alemán acusan a Rusia de sabotaje, mientras la magistratura alemana está poniendo al descubierto el sabotaje al Nord Stream 1 y 2, donde la responsabilidad es de Ucrania, y los daños no solo fueron para Rusia, sino también para la misma Alemania.
Epílogo contra el silencio
La guerra del Golfo ha desplazado a Gaza de la atención de la información. Curiosamente, los únicos que recuerdan el genocidio en acto son los dirigentes iraníes, que siempre han dicho que los motivos de la guerra incluyen la cuestión palestina.
En estos días se mueve en el Mediterráneo una nueva Sumud Flotilla, compuesta de voluntarios de todo el mundo que ponen sus cuerpos en juego, al contrario de la pandilla que propone la guerra infinita en Ucrania, donde los únicos que ponen el cuerpo son los ciudadanos ucranianos.
Maria Elena Delia, profesora de física y matemáticas de Turín, es además la referente italiana del Global Movement to Gaza y portavoz de la Sumud Flotilla. La semana pasada declaró a Radio Popolare de Milán que desde el inicio de la denominada tregua en Gaza, han muerto alrededor de 800 personas por el fuego de la ocupación israelí, por carencias sanitarias y por falta de alimentos.
Auguramos buenos vientos a la flotilla.
Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/la-maquina-del-tiempo/
Irán se dispone a proteger el golfo Pérsico y acabar con la presencia de EEUU, indica el líder supremo iraní
- Sputnik Mundo,
Irán se dispone a proteger el golfo Pérsico y acabar con la presencia de EEUU, indica el líder supremo iraní
Teherán reafirma su intención de mantener el control y seguir garantizando la seguridad del golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz, declaró el líder supremo de Irán, el ayatolá Mojtabá Jameneí. A la vez, aseguró que el país persa no permitirá la injerencia de otros países como EEUU.
"Irán, gracias a su capacidad práctica de controlar el estrecho de Ormuz, tiene la intención de garantizar la seguridad de la región del golfo Pérsico y poner fin a los abusos del enemigo", aseveró en su mensaje con motivo del Día del Golfo Pérsico en Irán.
Este recurso hídrico estratégico "atrae las miradas codiciosas" de los invasores de Europa y Estados Unidos, agregó. Según Jameneí, a la región del golfo Pérsico le espera un gran futuro sin la presencia estadounidense que calificó de "principal causa de inestabilidad en la región".
"Irán asume el control del estrecho de Ormuz, y esto traerá prosperidad a todos los pueblos de la región, le guste o no a EEUU. Aquí no hay lugar para forasteros, salvo en el fondo del mar", resumió.
Trump ordena a sus asesores que se preparen para un bloqueo prolongado de Irán, según medios
Tras el fracaso de las negociaciones con Irán, el 13 de abril EEUU impuso un bloqueo naval que restringe el tráfico hacia y desde los puertos iraníes en el estrecho de Ormuz.
El 28 de abril, el embajador de Irán ante la ONU, Amir Saied Iravani, calificó de "piratería" el bloqueo naval de EEUU y acusó a Washington de actuar como "piratas y terroristas" al atacar buques comerciales.
miércoles, 29 de abril de 2026
¿A dónde se dirige EEUU?: ¿fin de la hegemonía o apocalipsis elegido?
¿A dónde se dirige EEUU?: ¿fin de la hegemonía o apocalipsis elegido? - Sputnik Mundo,28.04.2026
Alexandr Yakovenko, diplomático, exembajador ruso en el Reino Unido y rector de la Academia Diplomática del Ministerio de Exteriores de Rusia, reflexiona sobre cómo el conflicto con Irán ha llevado a Washington a una trampa capaz de enterrar la hegemonía estadounidense.
La palabra 'trampa' se oye cada vez más dentro de EEUU para describir la situación en la que Donald Trump se ha visto envuelto respecto a Irán por obra de Benjamín Netanyahu. Aunque quizá sea más exacto decir que todo esto es consecuencia de la fuerte atadura del proceso de definición de los intereses estadounidenses a Israel, donde en los últimos 10–15 años se ha producido una radicalización política. Y esta trampa parece haber resultado fatal para EEUU.
Washington no puede comportarse como Tel Aviv en Gaza y Líbano: de lo contrario, la diferencia entre ambos desaparecería para siempre. No sería Israel quien se elevara al nivel de EEUU, sino EEUU quien se vería reducido al tamaño de Israel. Esta es la magnitud de las apuestas que el establishment estadounidense y, en especial, los responsables directos —incluido el estamento militar— en la línea iraní no pueden desconocer. Como se reconoce en el propio Israel, en esta dinámica "está perdiendo a EEUU".
Al verse confrontado directamente con el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica —consecuencia de la apuesta por la eliminación de la dirigencia política iraní—, Washington se ve compelido a legitimar este componente armado del sistema político iraní mediante negociaciones indirectas. Se trata de un actor que los propios estadounidenses han designado como organización terrorista y que, al parecer, no tiene intención de desaprovechar la oportunidad histórica que se le ha brindado: poner término, de manera unilateral, no solo al orden americano-céntrico en Oriente Medio, sino a la hegemonía global de EEUU en su conjunto, ostentando además una posición de dominio en la escalada. ¡Quién habría imaginado que el destino otorgaría a Teherán el papel del David bíblico frente al nuevo Goliat!
Desde el punto de vista técnico, la situación recuerda a la primera mitad de los años setenta, cuando Washington abandonó el patrón oro y aprovechó la crisis petrolera de 1974 para instaurar el sistema del petrodólar, por el cual el precio del crudo se fijaba en dólares, creando una demanda artificial de la moneda estadounidense.
Durante toda aquella década, EEUU sufrió una de las peores crisis económicas de su historia. Si Teherán cierra el estrecho de Ormuz —lo que correctamente se denomina "la bomba nuclear iraní"—, puede desencadenar una recesión global de consecuencias catastróficas para la economía estadounidense y el fin del petrodólar tal como lo conocemos.
China ya venía comprando petróleo a los países árabes del Golfo en yuanes, pero ahora, después de la destrucción de su infraestructura energética —que podría ser total si hay una nueva ronda de confrontación armada—, les faltan precisamente esos dólares para reconstruir y simplemente para vivir en condiciones de paz. Emiratos Árabes Unidos solicitó a Washington una línea de swap de la Reserva Federal: de lo contrario, se verá obligado a pasar al yuan, lo que equivaldría ni más ni menos que a un viraje estratégico hacia Pekín: "¡Adiós, EEUU!". Nada personal. Todo se construyó sobre arena, literal y metafóricamente. ¿Por qué fue necesario arriesgarlo todo?
Washington se enfrenta a una elección: lanzar una segunda oleada de ataques contra Irán, lo que claramente busca y comprende que el final del conflicto debe ser definitivo y, por tanto, puramente militar, sin diplomacia alguna, o, bajo cualquier cobertura, aceptar las condiciones del país persa y retirarse en silencio de la región, sin pagar nada, volviendo al seno del electorado MAGA, mientras los republicanos aún puedan salvar algo, de cara a las elecciones intermedias de noviembre.
En cualquier escenario, el control del estrecho de Ormuz queda en manos iraníes.
Esta elección o destruirá para siempre el respeto y la credibilidad de EEUU, o se los devolverá, pero solo a condición de que se normalice como una gran potencia global más: un estatus que deberá ganarse día tras día con logros en su propio desarrollo —tecnológico incluido— y renunciando a vivir a costa del resto del mundo. De lo contrario, no funcionará. Como no funcionó en las últimas décadas, cuando las élites estadounidenses creían que el famoso "liderazgo" les había sido otorgado por derecho divino para siempre y que no hacía falta demostrarlo.
Ya hace 20 años, el politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski advertía que, para mantener su posición en el mundo, EEUU debía guiarse en su política exterior por algo más grande que los estrechos intereses nacionales y que esa visión del futuro debía ser compartida por otras naciones. Solo los estadounidenses pueden responder al desafío surgido del conflicto con Irán. Todos los demás, incluidos los aliados, han optado por una posición de distancia, y ese distanciamiento —no su poderío militar— es como el far niente italiano que ya ha destruido de facto la OTAN y funciona como la "bomba nuclear pacífica" iraní. Recordemos que exactamente esa distancia del sur y el este global fue lo que hizo fracasar las sanciones contra Rusia en el conflicto ucraniano.
Queda, además, lo que cabe llamar una guerra civilizacional de exterminio —la vivimos en 1941-1945, cuando los nazis alemanes actuaban en nombre de la "Europa civilizada"—, es decir, fuera de todo marco jurídico internacional, incluido el humanitario. A eso se reduce el manifiesto de 22 puntos de Palantir, que propone olvidar la moral en las decisiones políticas y actuar sin piedad contra enemigos de otras civilizaciones, partiendo de que hay culturas exitosas y culturas "nocivas".
Entre estos enemigos figuran Irán y Rusia. Este apogeo del militarismo impulsado por IA ("¡Que luche él!" — el colmo de la deshumanización de la guerra, vía que los estadounidenses ya recorrieron en su "guerra contra el terror" con drones) y del totalitarismo proclama como meta la creación de un nuevo Estado corporativo hipertecnológico (República tecnológica de Alex Karp) dirigido por Alex Karp, cuyos sacerdotes saben más que nadie. Como si al mundo no le bastara la experiencia del Estado corporativo bajo el fascismo y el nazismo europeos. ¿Y en qué se diferenciaban los imperios coloniales dirigidos por empresas privadas? La propia Compañía Británica de las Indias Orientales condujo a la India a la rebelión de los cipayos de 1857, después de la cual, Londres asumió directamente el control de la colonia.
De ahí solo hay un paso hasta el empleo del arma nuclear —que afortunadamente Trump lo niega, afirmando que "ya ha ganado de todos modos"—, puesto que, según la comprensión del fundador de Palantir, Peter Thiel, el Anticristo ya camina entre nosotros: la escatología religiosa justificaría también esto. En su Apocalipsis de nuestro tiempo, el escritor y filósofo ruso, Vasili Rozánov, escribió duras verdades sobre el cristianismo y el destino histórico de Rusia, pero admitía que en la catástrofe de la guerra europea "todo se precipita en el vacío de un alma que ha perdido su antiguo contenido", que era precisamente el cristianismo.
Ni a él ni a nadie en el mundo cristiano hasta ahora (los nazis se volcaron al ocultismo) se le ocurrió ponerse a dirigir un apocalipsis declarado arbitrariamente. Es decir, usurpar el papel de Dios (de ahí el choque con el Vaticano). ¿O es que estas élites —que desde siempre han tenido una conciencia profunda de su excepcionalidad en forma de autoelección y autjustificación y, por tanto, del derecho al genocidio heredado de los fanáticos— no pueden ofrecer nada más ni a su pueblo, ni al mundo?
Una sociedad capitalista dominada por un feudalismo tecnológico
"Un tecnofeudalismo deshumanizante": el verdadero lado del manifiesto de Palantir
Como señaló el historiador militar Michael Vlahos en su ensayo EEUU es una religión (publicado en The American Conservative), históricamente EEUU ha sido mucho más que un Estado-nación moderno y, en su mesianismo, se acercaba a las civilizaciones orientales, llamada a llenar ese vacío del alma del que hablaba Rózanov. La modernidad quita, no da.
Juzgar al otro de "primitivo" crea las condiciones para su deshumanización (igual que la tesis israelí del supuesto "holocausto nuclear"). Por eso, al negar a Irán el derecho a ser lo que EEUU fue alguna vez (pero perdió tras seis décadas de guerras fallidas), Washington es estructuralmente incapaz de diseñar una estrategia victoriosa contra Irán. La actual "narrativa redentora" de las élites se resume en el eslogan "la paz mediante la fuerza", cuya ejecución debe reforzar la legitimidad del poder estadounidense, que ha optado por el camino de la "coerción y el castigo" tanto dentro como fuera. Según Vlahos, esta interrelación es una "dinámica mutuamente destructiva".
La gran pregunta es si los propios estadounidenses están dispuestos a aceptar la transformación de su sociedad y Estado que les proponen los multimillonarios de la tecnología. El tiempo lo dirá. Pero si EEUU toma este camino, se enfrentará frontalmente al resto del mundo y se convertirá en un paria global. Nadie mirará con indiferencia este giro transhumanista de la política autodestructiva de las élites estadounidenses. Lamentablemente, la declaración de Trump sobre su intención de "destruir la civilización iraní paria" encaja perfectamente con estas recetas. Ojalá que detrás de esta retórica solo haya enfado por el hecho de que Teherán se comporta "de forma deshonesta e incorrecta", destruyendo las expectativas iniciales y sin fundamento de Washington y Tel Aviv.
En términos simples, la elección que tiene EEUU es la misma que plantearon politólogos independientes ya en tiempos de Barack Obama: aferrarse a la existencia en un sistema cerrado (un control cada vez más ilusorio sobre el mundo) o aprender a vivir en un sistema abierto, compitiendo de igual a igual con el resto de los países. Y parece que, precisamente, Irán va a ayudar a las élites estadounidenses a tomar la decisión correcta, acorde con los tiempos y con las capacidades reales de EEUU, que por primera vez en la historia moderna quedan tan claramente expuestas en Oriente Medio y más allá.
martes, 28 de abril de 2026
¿En qué lugar de África queda Rusia?
Recomiendo:
¿En qué lugar de África queda Rusia?
Por Guadi Calvo | 28/04/2026 | África
Fuentes: Rebelión
Pocas semanas antes de que Benjamín Netanyahu vendiera a Donald Trump la Operación Furia Épica, con la que en un par de días lograrían deshacerse del Gobierno de los ayatolás y hacerse de todo su petróleo, lo que es evidente que no se ha logrado, el Pentágono había comenzado a buscar la forma de expulsar a Rusia de África.
Para lo que necesita sí o sí quebrar la relación de Moscú, con la peligrosa presencia de Rusia en África y particularmente con la Alianza de Estados del Sahel (AES), el trípode anticolonialista compuesto por Mali, Burkina Faso y Níger, que desde hace tres años, luego de exterminar la ominosa presencia francesa y estadounidense de sus países, resiste a los embates del terrorismo fundamentalista financiado por los países del Golfo Pérsico y articulado desde Washington y París, utilizando una vez más a las khatibas de al-Qaeda que operan en el área con el nombre de Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en inglés) y la franquicia de Daesh, Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS).
Además, el Pentágono necesita cortar la provisión de equipamiento y mercenarios rusos a las filas del ejército de Khalifa Hafther, quien controla todo el este de Libia, y después de años de cortocircuitos con Moscú, la diplomacia y la inteligencia del presidente Vladimir Putin, ha logrado en varios países del continente incrementar su presencia.
Más allá de los ingentes esfuerzos de los muyahidines, apoyados por Francia y los Estados Unidos, las AES, han resistido y mantenido la unidad.
El poder de los terroristas ha conseguido mantener por semanas el bloqueo de los accesos de petróleo y otros insumos vitales a ciudades como Bamako, la capital de Mali, con más de cuatro millones de habitantes. Mientras que las incursiones a aldeas, donde además de asesinar a los takfiris (apóstatas) incendian viviendas y sembradíos; saquean desde vehículos a animales y cosechas. A su retirada, más allá de la estela de destrucción que dejan, obligan a los jóvenes a incorporarse a la milicia. Estos ataques prácticamente cotidianos han provocado que solo en Burkina Faso el número de personas desplazadas alcance los dos millones y medio.
También son centenares las bajas que han provocado entre las filas de los ejércitos regulares de estos tres países, donde son frecuentes las emboscadas, ataques a unidades militares, atentados y sabotajes contra instalaciones vitales tanto para los militares como para el desarrollo de la vida civil, usinas eléctricas o plantas potabilizadoras, por ejemplo.
En este contexto el pasado sábado 25 de abril muyahidines aliados a los separatistas tuaregs, del Frente de Liberación de Azawad (FLA) del norte de Mali, lanzaron una ola de ataques y atentados, coordinados contra diferentes puntos de Bamako entre los que se incluye su aeropuerto Modibo Keïta, a unos 15 kilómetros del centro de la capital, que se encuentra junto a una base de la Fuerza Aérea, y otros centros urbanos del centro y norte del país. Ya en 2024, el JNIM había atacado el aeropuerto y un campo de entrenamiento militar próximo a Bamako donde asesinaron a decenas de efectivos.
La operación del sábado se convirtió en la mayor acción terrorista de estos últimos años. En un comunicado, las FAMa (Fuerzas Armadas de Mali) informaron que, tras algunas horas de combate, los terroristas se habían replegado y la situación estaba bajo control.
Los ataques incluyeron la principal base militar de las FAMa, ubicada en la localidad de Kati, cercana a Bamako. Allí se encuentra el ministro de Defensa, Sadio Camara, a quien algunas fuentes han dado por muerto. Algunos videos muestran columnas de camiones y motocicletas transitando por las calles de Kati.
También se registraron ataques en algunas localidades del centro de Mali, como Sévaré y Mopti, Kidal y Gao, donde algunas informaciones refieren a tiroteos y cadáveres en las calles.
Los insurgentes habrían conseguido posiciones en algunos barrios de la ciudad de la norteña ciudad de Kidal, epicentro de la rebelión separatista tuareg de 2012. Al mismo tiempo, voceros del movimiento Azawad afirmaban que sus fuerzas tenían el control pleno de la ciudad y de algunas zonas de Gao, otra ciudad del noreste del país. Lo que no fue confirmado por ninguna otra fuente.
Mientras que en la ciudad de Gao, la ciudad más extensa del norte del país, con poco menos de 100.000 habitantes, algunos pobladores informaron de disparos y las explosiones que habrían comenzado en las primeras horas del sábado.
El origen de mal
Esta joint venture entre terroristas y milicianos tuareg ha vivido diferentes alternativas desde su comienzo en 2012, cuando los tuaregs, aprovechando el periodo de anarquía que se abrió tras el golpe de Estado contra el presidente Amadou Touré, y toda la región se encontraba fuertemente conmocionada por lo que se estaba viviendo en Libia tras el derrocamiento y martirio del coronel Gadafi, los legendarios hombres azules creyeron estar frente a una nueva oportunidad para concretar la creación de Azawad, su mítica nación que se extiende desde el norte de Mali y abarca vastas regiones de Mauritania, Argelia, sur de Libia y Níger. Si bien sus reivindicaciones son indiscutibles, como tantos otros pueblos como los baluchis, kurdos o saharauis, la presencia colonial y la continuidad de sus herederos formales han hecho imposible concretar esas pretensiones
Esto habilitó a que algunas khatibas de al-Qaeda que la CIA había transportado a Libia, financiadas por Arabia Saudita, se mudaran al norte de Mali e infiltraran la rebelión del Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA), la alianza de las tribus tuareg, dando así oportunidad a Francia de ocupación militar activa en su antigua colonia, primero con la Operación Serval y más tarde la Barkhane, hasta que fue expulsada en 2022, tras el golpe de los coroneles encabezados por Assimi Goïta, quienes hasta ahora siguen gobernando el país y fueron los promotores de la alianza anticolonial, que tanto preocupa a Washington y sus socios europeos.
Estados Unidos necesitará trabajar muy fuerte en África, continente que las últimas administraciones han mantenido al margen de sus intereses, lo que permitió a China afianzarse en lo comercial y a Rusia en lo político y militar. Un coctel demasiado amargo para los estadunidenses.
Y empieza por lo principal: Libia, que es el país con mayores reservas petroleras del continente, a las que las grandes petroleras estadounidenses están intentando regresar después de años de ausencia. Ya en febrero, Chevron cerró un acuerdo para la explotación petrolera frente a las costas libias; al tiempo que la Exxon Mobil en 2025 acordó su regreso al país tras haberse retirado en 2013. Sin duda en este contexto de la guerra en Medio Oriente este tipo de negociaciones se multiplicarán no solo en Libia, sino que necesitan retornar con urgencia a la región del Sahel rica en uranio y otros minerales
No por nada se conoció que apenas dos semanas atrás llegó al sur de Libia el teniente general John Brennan, del ejército de los Estados Unidos, quien fue recibido por dirigentes de grupos armados libios, que se han mantenido enfrentados durante años y ahora parecen estar dispuestos a unirse después que Brennan consiguiera que realizaran junto a tropas estadounidenses ejercicios militares conjuntos, con miras de incorporarlos a la lucha armada para expulsar a Rusia del continente. A estos ejercicios se han sumado dotaciones del ejército alemán brindando asistencia médica y las fuerzas turcas ofrecieron apoyo con drones, además de representantes de Italia, el Reino Unido, Egipto y Francia, y fuerzas del Chad, vecino del sur de Libia y por el este de Níger, además de la inteligencia ucraniana que tiene una gran actividad en el norte de Mali y en Sudán, operando contra cualquier tipo de interés ruso.
Más allá de las guerras que se libran en Medio Oriente, donde no es una utopía que Estados Unidos pueda perder su condición de potencia reinante, será en África donde tarde o temprano se dará la batalla que marque el destino de todos por las próximas décadas.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Acerca de la guerra imperialista de EE.UU. e Israel contra Irán
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Acerca de la guerra imperialista de EE.UU. e Israel contra Irán
Por Carlos Fazio | 28/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: La Jornada
Entre las versiones sobre la evolución de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán, la opinión dominante es que sus planificadores esperaban una victoria relámpago, con la caída y capitulación del gobierno iraní y la imposición de un régimen títere y la posterior balcanización de un país de importancia geopolítica rico en hidrocarburos. Pero por el giro que han tomado los acontecimientos, todo indica que los agresores subestimaron el poderío militar y la resistencia del nacionalismo iraní, su solidez organizativa y sus orientaciones estratégicas. Y hoy el balance parece favorecer a Irán, una nación con 3 mil años de historia y unas dinámicas internas que escapan a la comprensión de la mayoría de los occidentales.
De allí que más allá de los plazos, ultimátums y actos de aventurerismo de Donald Trump y el régimen sionista, ha quedado claro que el poder no sólo se mide en una abismal superioridad aérea, el despliegue de portaviones y la destrucción de infraestructura crítica gubernamental, civil y militar, según la doctrina militar de “conmoción y pavor” (shock and awe), dirigida a paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla y destruir su voluntad de luchar. Sino que abarca también la naturaleza de la guerra asimétrica y sus dimensiones económicas y políticas; un nuevo concepto bélico desarrollado por la parte iraní en la legítima defensa de su soberanía, basado en misiles balísticos de precisión y drones fabricados con recursos propios e ingeniería inversa, como sustitutos de una fuerza aérea convencional, que dotó a Irán de una estructura disuasoria y reconfiguró el equilibrio militar en la zona, vía el ataque y/o destrucción de 13 bases de Estados Unidos en los petroemiratos del golfo Pérsico (incluidos sofisticados radares en Qatar y Bahréin, claves de la infraestructura de guerra electrónica del Pentágono), y en la capacidad de utilizar el territorio como un arma de guerra; en este caso, el estrecho de Ormuz, que hizo que los precios de los hidrocarburos, los fertilizantes y el helio se dispararan, impactando la economía mundial; lo que explica en gran medida el éxito militar de Irán hasta la fecha.
El gobierno y el alto mando militar iraní llevaban 20 años preparándose para una agresión como la del 28 de febrero. Eso es lo que –a pesar del alto costo humano y material infligido inicialmente por el eje estadunidense-israelí– les ha permitido poner en práctica una estrategia de resistencia basada en una guerra prolongada de desgaste y una “defensa en mosaico” descentralizada, principios elaborados por Irán tras los fracasos de Estados Unidos en Irak y Afganistán: los 31 centros de mando (uno por provincia) cuentan con fuerzas armadas y milicias propias, dotadas de capacidad armamentística y autonomía estratégica. En caso de un primer ataque que “decapitara” el mando central (como de hecho ocurrió con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei y de los principales jefes castrenses), todos los centros de mando pasarían a modo autónomo y seguirían luchando.
Como ha explicado el ex diplomático británico y ex agente del MI6 Alastair Crooke, para resistir la supremacía de Estados Unidos en materia de satélites e inteligencia, otra de las enseñanzas recogida por Irán de las guerras en la región fue ocultar a gran profundidad toda su estructura militar misilística y de drones, para lo cual inicialmente habría recibido ayuda de la República Popular Democrática de Corea. El resultado son las “ciudades de misiles” –como la famosa Fortaleza de Yazd, enterrada en la montaña a 500 metros de profundidad fuera del alcance de las bombas–, que según Crooke (quien ha participado activamente como mediador en Medio Oriente durante muchos años) cuentan con un sistema ferroviario que lleva los misiles hasta la salida de túneles en la superficie, desde donde se lanzan directamente (y no sólo desde lanzadores móviles sobre el terreno) y luego los silos se introducen de nuevo en su lugar.
Sería el caso, también, de la infraestructura militar naval, enterrada a lo largo de toda la costa iraní (incluida la de Ormuz), plagada de cuevas y acantilados repletos de misiles antibuque, y túneles que pasan por debajo del mar y cuentan con drones sumergibles que cuentan con baterías de litio que les da una autonomía de cuatro días. Orientados a la inteligencia artificial, los drones tienen capacidad para merodear y esperar un objetivo, seleccionarlo y atacarlo de forma autónoma. Según Crooke, Irán también dispondría de unos 25 minisubmarinos y debido a que el estrecho de Ormuz no es muy profundo, pueden desplazarse sin ser detectados por los satélites y los AWACS (sistema aerotransportado de alerta y control) de Estados Unidos y disparar misiles antibuque mientras están sumergidos.
Asimismo, Irán aprendió que Estados Unidos suele tener capacidad logística sólo para una fuerza de corta duración, y su plan fue llevar al enemigo a una guerra prolongada de desgaste; por eso ha dosificado el uso de misiles. Además, Irán estaría recibiendo vía satélite apoyo en inteligencia de China a través del buque Ocean One, y dispondría de un sistema integrado de campo de batalla y sus objetivos a través de radares, similar a los IRS (estructuras de inteligencia, reconocimiento y vigilancia) que utiliza Ucrania contra Rusia.
Irán ha puesto a prueba la hegemonía del dólar. Si Irán es atacado, responde y al mismo tiempo intensifica la represalia, en una escalada de violencia sin fin que está marcando una tendencia desfavorable a Estados Unidos. Todo indica que el contrataque estratégico iraní no se concibió para conducir a ningún compromiso negociado (saben que Estados Unidos e Israel siempre engañan y traicionan), sino más bien para crear las circunstancias mediante las cuales el país persa pueda escapar de la “jaula” impuesta por Trump y sus aliados, de aislamiento, sanciones, bloqueos y asedio permanentes.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
lunes, 27 de abril de 2026
revelan por qué Netanyahu enfureció a los militares israelíes
En busca de un chivo expiatorio: medios revelan por qué Netanyahu enfureció a los militares israelíes
hace 20 horas
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, busca activamente un chivo expiatorio al que atribuir todos los fracasos con Irán y Líbano, lo que está generando un profundo malestar entre los mandos militares, informa el diario israelí 'Israel Hayom'.
"El descontento [de los militares] es solo la punta del iceberg de una sensación creciente dentro del Ejército [y el Ministerio de Defensa] de que Netanyahu está buscando a alguien a quien culpar por los resultados poco alentadores en Líbano y los resultados parciales en Irán", afirma el medio.
Según el periódico, Netanyahu planea echar la culpa del fallido ataque contra Irán al Mosad, mientras que el "fracaso en Líbano" recaerá sobre las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
"Debido a que las contradicciones entre el liderazgo político y militar se están intensificando, la situación real sobre el terreno se vuelve aún más complicada", señala el artículo.
Desde el 16 de abril está en vigor un alto el fuego oficial entre Israel y Líbano. Sin embargo, Hizbulá acusa a Tel Aviv de haber violado la tregua más de 200 veces, mediante el uso de aviación, drones, artillería y la destrucción de casas minadas en localidades libanesas. El grupo chiita anunció que, en respuesta a estas violaciones, llevó a cabo una operación de combate.
Irán había señalado la suspensión de los ataques contra Líbano como una de las condiciones para el alto el fuego de 14 días con EEUU anunciado el 8 de abril. Esta semana, el presidente de EEUU, Donald Trump, lo prorrogó unilateralmente, indicando que permanecerá vigente hasta que Teherán presente propuestas de solución y se celebre una reunión entre las delegaciones.
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