CRISTIANOS DEL NUEVO SIGLO
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martes, 15 de septiembre de 2026
El largo historial de graves errores de Estados Unidos en Asia Occidental, aparte de Irán
Recomiendo:
El largo historial de graves errores de Estados Unidos en Asia Occidental, aparte de Irán
Por Ramzy Baroud | 15/09/2026 | Mundo
Fuentes: Rebelión
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
El Gobierno estadounidense sigue redoblando su apuesta, a pesar de que su obstinación le sale muy cara, no solo en términos materiales, sino también de influencia geopolítica. Washington está perdiendo rápidamente poder y prestigio en Asia Occidental, una decadencia que podría producir un más amplio efecto dominó que tendría repercusiones en todo el mundo.
La última expresión de esta arrogancia provino del Secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent, que declaró en su intervención en el encuentro de ministros de Finanzas del G20 en Asheville, Carolina del Norte, el pasado 1 de septiembre que dentro de dos años el Estrecho de Ormuz sería un «charco de agua sin valor alguno» puesto que el petróleo se iba a transportar por tierra gracias a oleoductos. Bessent fomenta un relato que insiste en la guerra económica en vez de en la militar. Anunció en un artículo publicado en Financial Times el 23 de agosto que «se avecina un Día D económico para Irán» y amenazó con graves consecuencias económicas a aquellos países que continúan comerciando con Irán. Suena menos a una estrategia de política exterior seria que a la admisión por parte de Washington de su incapacidad de cambiar el curso de la guerra actual.
Han surgido dos escuelas de pensamiento dominantes para explicar cómo llegó Washington a esta posición. La primera, que promueven en gran medida amplios sectores de los medios de comunicación estadounidenses, antiguos altos cargos y mandos militares retirados, sostiene que la guerra contra Irán fue desde un principio un error y que Washington carecía de la preparación logística y militar para emprenderla. La segunda explicación sitúa a Irán en el centro y sostiene que fundamentalmente Washington subestimó la capacidad militar de Irán, su resiliencia política e influencia regional, y trató al país como si fuera otra Venezuela que podía ser sometida por medio de sanciones, amenazas y una limitada presión militar.
Ambas explicaciones son ciertas en parte, aunque ninguna proporciona una explicación más profunda, menos defensiva y con más fundamento histórico que se requiere para explicar la envergadura de actual fracaso de Estados Unidos.
Uno de los críticos más contundentes de la guerra de Estados Unidos ha sido el destacado politólogo y experto en relaciones internacionales estadounidense John J. Mearsheimer, que el 15 de julio [de 2026] afirmó «Trump está atrapado y no tiene salida», con lo que reiteraba una afirmación hecha reiteradamente desde el inicio de la guerra. «Con ello quiero decir que la decisión de atacar Irán el 28 de febrero de 2026 fue uno de los errores más graves de la historia de la política exterior estadounidense», añadió.
A menudo, y como es lógico, tanto Mearsheimer, como Jeffrey Sachs, Scott Ritter y otras voces estadounidenses críticas analizan estos «enormes errores» desde la perspectiva estadounidense. Sin embargo, para millones de personas que viven en Asia Occidental este análisis colectivo no es un ejercicio intelectual o estratégico, sino que describe su realidad cotidiana. Han vivido en medio de estos errores de cálculo catastróficos y han pagado el coste humano de la intransigencia, el militarismo y el fracaso político de Estados Unidos.
La historia de la política exterior estadounidense en Asia Occidental ofrece innumerables ejemplos de este modelo destructivo, el ejemplo más perdurable de lo cual sigue siendo el apoyo de Washington a Israel, que es la mayor fuerza desestabilizadora de la zona.
La población palestina, libanesa, siria y otras de la zona no necesitan un nuevo marco estratégico para llegar a una conclusión similar a la de Mearsheimer. Han sufrido directamente las consecuencias del poder de Estados Unidos: guerras, invasiones, ocupaciones, sanciones, injerencias políticas y apoyo incondicional a Israel.
Estados Unidos también estableció un desastroso historial con su invasión y ocupación de Iraq. Logró derrocar al gobierno de Sadam Husséin en 2003, pero fracasó estrepitosa y catastróficamente a la hora de gobernar el país, estabilizarlo o reestructurar Asia Occidental según la «idea» que había afirmado tener. El resultado no fue un nuevo orden estadounidense, sino la devastación de Iraq, una larga inestabilidad y la aparición de unas fuerzas políticas que Washington no había previsto ni logró controlar.
Los aliados occidentales de Washington también fueron arrastrados a lo que se conoció como el lodazal de Iraq y pagaron un considerable precio político, militar y económico por una guerra cuyas premisas demostraron ser falsas y cuyas consecuencias continúan sin resolverse.
Como es natural, esos antiguos socios tienen poco interés en participar durante un periodo indefinido en una mucho más larga y potencialmente más destructiva guerra contra Irán, en especial cuando la crisis está siendo gestionada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu, dos dirigentes profundamente impopulares e impulsivos, y que suscitan una enorme desconfianza.
Pero Asia Occidental han cambiado. Los Estados de la región tiene ahora una mucho mayor agencia política, cuentan con unas alianzas más diversificadas y se juegan mucho más que en 2003. Ya no actúan dentro de un orden regional en el que Washington es el único centro importante de poder mundial.
Uno de los muchos ejemplos de ello es la reciente visita del presidente chino Xi Jin Ping a Egipto. «Debemos defender el principio de que los pueblos de Asia Occidental son los dueños de sus propios asuntos», afirmó Xi en su encuentro el 2 de septiembre con el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi. El presidente chino también instó a los países a oponerse a las «interferencias externas» y a fortalecer el diálogo regional sobre la paz y la seguridad.
Al igual que Egipto, otras potencias regionales están diversificando sus socios en vez de contar exclusivamente con Washington.
Dirigentes fundamentales de Asia Occidental comprenden que una prolongada guerra contra Irán no quedará confinada a este país, sino que podría desestabilizar toda la zona, devastar tanto economías como infraestructuras, amenazar rutas de energía vitales y generar unas guerras interrelacionadas cuyas consecuencias podrían persistir durante décadas.
Todo esto nos lleva a Israel, que históricamente ha sido la piedra angular de la estrategia estadounidense en la zona, pero ahora está considerablemente debilitado. Está al límite desde el punto de vista militar y político, dividido socialmente y es incapaz de concluir de forma decisiva ninguna de las guerras que ha emprendido, a pesar de las reiteradas declaraciones de victoria de Netanyahu.
Con todo, la difícil situación en la que está Washington no se puede explicar únicamente por el agotamiento de sus arsenales, una pobre planificación militar, la impulsividad de Trump o las manipulaciones de Netanyahu, ni tampoco se puede entender simplemente como el resultado de haber subestimado a Irán. Su fallo más profundo radica en el intento por parte de Washington de imponer un caduco modelo de dominio regional a un Asia Occidental y a un mundo que han cambiado sustancialmente.
Ramzy Baroud es un periodista palestino-estadounidense y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su página web es www.ramzybaroud.net.
Texto original: https://znetwork.org/znetarticle/beyond-iran-americas-long-record-of-middle-east-blunders/
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.
Por qué la posición de China sobre la IA está ganando adeptos a nivel mundial?
- Sputnik Mundo,
¿Por qué la posición de China sobre la IA está ganando adeptos a nivel mundial?
Mientras que los desarrolladores occidentales vaticinan un futuro apocalíptico en materia laboral y de seguridad con sus productos, el diario 'Global Times' sostuvo en una reciente editorial que la cooperación en materia de IA se ha convertido en el principal motor del intercambio económico y comercial de China a nivel internacional.
De acuerdo con el medio, la creciente influencia del país en la economía digital se refleja en el alto interés de diversos mercados e instituciones globales por llevar a cabo foros de negocios en territorio chino, como el próximo Foro de Negocios de Dubái en Shenzhen, enfocado en capital inteligente e innovación tecnológica.
Según los argumentos del medio, el sector de la IA en China ha experimentado un formidable avance gracias a su competitividad en investigación, desarrollo de modelos de frontera e integración industrial.
El rotativo destaca que países de América Latina y del Sudeste Asiático ya están adoptando soluciones chinas; como ejemplo, citan el uso en Brasil de sistemas inteligentes de inspección para la red eléctrica o el interés de Malasia en aprovechar la estructura industrial china para ampliar las aplicaciones prácticas de la IA.
Se ve un cartel de IA en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial celebrada en Shanghái, China - Sputnik Mundo, 1920, 17.07.2026
Internacional
China abre sus puertas a los invitados de la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial
17 de julio, 10:35 GMT
El artículo sostiene que el verdadero factor de atracción de Pekín radica en su capacidad para ofrecer un desarrollo compartido y aplicaciones industriales concretas. A juicio de la publicación, la infraestructura digital y la base manufacturera de China permiten implementar la IA en áreas como logística, pagos digitales y producción industrial, ofreciendo resultados tangibles de productividad que resultan mucho más persuasivos para el resto de economías que las meras demostraciones conceptuales.
Asimismo, el Global Times enfatiza la postura de apertura pragmática de las empresas chinas, asegurando que ofrecen modelos de cooperación flexibles integrados con las industrias locales y sin la imposición de condiciones políticas. En ese sentido, se ahonda en que este enfoque pragmático reduce las barreras de entrada y consolida la presencia del sector tecnológico chino en el sur global, respondiendo a las necesidades de mercados emergentes que buscan crecimiento e integración tecnológica directa.
Рабочий проходит мимо различных видов человекоподобных роботов на Всемирной конференции роботов - Sputnik Mundo, 1920, 28.04.2025
Internacional
¿Cómo logró China tener una industria de inteligencia artificial de 96.000 millones de dólares?
28 de abril 2025, 05:08 GMT
En contraste, el periódico critica duramente la postura de algunos gobiernos occidentales, a los cuales acusa de promover el aislamiento unilateral y bloqueos tecnológicos mediante restricciones a chips avanzados y herramientas de cálculo. Así, se argumenta que, si bien es comprensible la vigilancia sobre los riesgos de las tecnologías emergentes, el recurso excesivo a barreras unilaterales fragmenta el ecosistema tecnológico global, eleva los costos de gobernanza y frena el progreso coordinado a nivel mundial.
Para el final, el editorial concluye que los desafíos de la IA —tales como la privacidad de datos, los sesgos algorítmicos y la seguridad de los modelos— requieren marcos de colaboración transfronterizos y no la politización de la tecnología en bloques opuestos. Según el Global Times, el futuro de la IA debe ser inclusivo y compartido, asegurando que los países que ofrezcan marcos de cooperación más abiertos, reglas estables y dividendos industriales concretos serán los que ganen la confianza en la transformación tecnológica global.
No, ya no vamos a tener la conversación de «Esto no es genocidio»
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No, ya no vamos a tener la conversación de «Esto no es genocidio»
Por Caitlin A. Johnstone | 14/09/2026 | Mentiras y medios
Fuentes: Caitlin Newletter.
Traducido del inglés por Marwan Pérez para Rebelión
Es indignante cómo los sionistas siguen intentando resucitar el debate sobre «dejar de llamarlo genocidio» en relación con Gaza, cuando todos los grupos de derechos humanos relevantes del mundo afirman que eso es precisamente lo que es.
El último intento por revivir este debate, ya extinto, se presenta en forma de una carta firmada por 5.000 personalidades destacadas que apoyan a Israel, como el director ejecutivo de la Liga Antidifamación, Jonathan Greenblatt, el megadonante sionista Haim Saban y el criminal de guerra neoconservador Elliott Abrams.
«Nosotros, los abajo firmantes, estamos indignados y asqueados por la última calumnia de sangre que se ha proferido contra el pueblo judío: la mentira de que Israel cometió «genocidio» en Gaza. Rechazamos esta acusación con desprecio», dice la carta, seguida de la habitual avalancha de discursos propagandísticos.
La carta fue redactada por una operación de gestión narrativa sionista con el inofensivo título de Creative Community for Peace , fundada por ejecutivos de la industria musical en 2011 para combatir el activismo pro-palestino.
Y eso es todo. Esa es toda la historia: una empresa de propaganda proisraelí elaboró una lista de miles de conocidos partidarios de Israel que le decían al mundo que Israel les parecía un buen país.
Uno no pensaría que «muchas personas influyentes dicen que apoyan a Israel» sea una noticia particularmente relevante, pero estamos viendo cómo medios como The Australian, The Times of Israel, The Wrap y Jewish News Syndicate publican artículos al respecto como si se tratara de reportajes periodísticos reales, y los propagandistas están agitando frenéticamente la carta por todos los rincones de Internet mientras usted lee esto.
Y lo único que se me ocurre decir ante semejante disparate es: no. Ni hablar. No. Ya no vamos a seguir con esto. Esta conversación ha terminado.
Por si no lo sabías, la lista de grupos de derechos humanos que afirman que Israel es culpable de genocidio incluye los siguientes:
1. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado
2. La Asociación Internacional de Académicos sobre el Genocidio
3. B’Tselem (una organización israelí)
4. Médicos por los Derechos Humanos-Israel (otra organización israelí)
5. Amnistía Internacional
6. Médicos Sin Fronteras
7. El Centro Europeo de Derechos Constitucionales y Humanos
8. Observatorio de Derechos Humanos
9. La Federación Internacional de Derechos Humanos
10. Oxfam
La lista de instituciones humanitarias que afirman que Israel NO está cometiendo genocidio en Gaza incluye:
1. Nadie
2. Nadie
3. Cero
4. Nada
5. Nada
6. Nada
7. Maldita sea todo
8. Una ausencia total
9. No te agaches.
10. Nada
Elija cualquier organización importante de derechos humanos que se prevea que tome postura sobre si se está cometiendo un genocidio en algún lugar del mundo, y encontrará una declaración de dicha organización que califica explícitamente las acciones de Israel en Gaza como genocidio. No existen organizaciones de derechos humanos comparables que adopten la postura contraria.
Esto significa que el debate ha terminado. De hecho, terminó hace tiempo. Si quieres rebatir el consenso generalizado de expertos en la materia, debes demostrar que todos los grupos de derechos humanos están involucrados en una conspiración secreta para difundir mentiras sobre el Estado de Israel y así perjudicar sus intereses. Si no puedes demostrar esta conspiración, mejor cállate.
Eso es todo. Fin de la discusión. Retírate y vete a casa.
Fuente: No, We’re Not Having The «It’s Not Genocide» Conversation Anymore
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
lunes, 14 de septiembre de 2026
Alternativa para Alemania: ¿regreso del fascismo o rebelión contra el nuevo modelo geopolítico alemán?
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Alternativa para Alemania: ¿regreso del fascismo o rebelión contra el nuevo modelo geopolítico alemán?
Por Alejandro Marcó del Pont | 14/09/2026 | Economía
Fuentes: El tábano economista [Foto: el canciller alemán Friedrich Merz]
AfD está consiguiendo convertir una crisis económica estructural en una crisis cultural (El Tábano Economista)
El domingo 6 de septiembre el partido Alternativa para Alemania (AfD) logró una victoria histórica en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt al obtener el 43.8% de los votos, quedando a solo tres escaños de la mayoría absoluta, con una amplia diferencia sobre la segunda fuerza, la Unión Cristianodemócrata (CDU) del actual canciller Friedrich Merz, que sumaba alrededor del 17.2% de los votos. La posibilidad de alcanzar la mayoría absoluta dependerá de la distribución final de las bancas y especialmente de si la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW, izquierda), que alcanzó el umbral del 5% con un 5.3% necesario para ingresar al Parlamento regional, decide negociar un gobierno con AfD, que es lo que se especula.
Desde el mismo día del escrutinio, la prensa occidental encabezó sus titulares adjetivando al partido Alternativa por Alemania como ultraderechista, fascista, nazi, etcétera. Es decir, condenándolo como la amenaza nacionalista alemana, pero por sobre todo por una de sus posiciones que más irritan al establishment europeo: su voluntad de reconstruir relaciones económicas con Rusia.
¿Por qué recuperar relaciones económicas con Rusia es considerado extremista cuando durante décadas fue una política central de Alemania y de buena parte de Europa? Más aún, ¿por qué esta política que fue considerada realista se transforma súbitamente en una posición de extrema derecha cuando cambia el contexto geopolítico? Parecería ser que el verdadero problema de Europa no es simplemente que AfD sea demasiado extremista, sino que las fuerzas tradicionales están perdiendo la capacidad de ofrecer una respuesta económica y geopolítica convincente a la crisis que atraviesa Alemania.
Esta idea nos permite hacer algo mucho más interesante que un artículo convencional sobre «el peligro de la ultraderecha», sino tratar de comprender quién está disputando el control del excedente alemán, quién paga la transición energética, quién subsidia el rearme, quién se beneficia de la sustitución del gas ruso, qué ocurre con la industria química, siderúrgica y automotriz, y por sobre todo, por qué una parte creciente del electorado del Este concluye que Berlín está sacrificando su economía para cumplir una estrategia geopolítica definida fuera de Alemania.
Para entender esta transformación, hay que comenzar por observar lo que le ocurrió a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que durante décadas fue el pilar del consenso centrista alemán. La CDU de Konrad Adenauer, de Helmut Kohl, incluso la de Angela Merkel, era un partido de centro-derecha que entendía su papel como gestor del modelo social alemán: economía de mercado sí, pero con fuertes redes de protección social, consenso con los sindicatos, y una política exterior basada en el comercio como herramienta de paz. Era la encarnación del «cambio a través del comercio», la idea de que la interdependencia económica podía moderar a los rivales y garantizar la estabilidad continental.
Esa CDU ya no existe. Bajo el liderazgo de Friedrich Merz, el partido ha virado hacia una derecha que hace apenas una década habría sido considerada inaceptable en el mainstream político alemán, y que ahora se acerca peligrosamente al discurso de AfD, no en lo cultural sino en lo económico. Merz no es un conservador tradicional, es un hombre que pasó cuatro años como presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania, la filial del mayor gestor de activos del mundo, antes de regresar a la política para liderar la CDU y eventualmente convertirse en canciller.
Su trayectoria no es un detalle biográfico menor, es la clave para entender la nueva arquitectura de poder en Berlín. Cuando Merz habla de «fortalecer la competitividad alemana», lo que realmente está proponiendo es una reorientación del excedente nacional hacia los mercados de capitales globales, hacia la financiarización de la economía, hacia un modelo donde el valor no se crea en las fábricas del Ruhr sino en las pantallas de los traders de Frankfurt y Nueva York.
La ciudadanía alemana, especialmente en las regiones industriales del oeste y en los estados del este, ha interpretado este giro con una claridad que las élites políticas se niegan a reconocer. La percepción extendida es que el gobierno de Merz no está gobernando para el pueblo alemán, sino para los accionistas de BlackRock y para las empresas del complejo militar-industrial. Cada euro que se destina al rearme es un euro que no va a pensiones, a hospitales, a escuelas, a infraestructura civil. Cada contrato millonario firmado con Rheinmetall o con Lockheed Martin es una declaración explícita de prioridades: el bienestar social ha sido sacrificado en el altar de la «seguridad nacional», un concepto que se ha expandido hasta incluir cualquier gasto militar que el Pentágono considere conveniente.
Y aquí es donde la hipocresía europea alcanza dimensiones grotescas. Durante décadas Europa se presentó al mundo como el modelo de civilidad política, el continente que había superado el nacionalismo agresivo, el imperialismo depredador, la violencia como instrumento de política exterior. Después de 1945, Europa construyó una narrativa de legitimidad basada precisamente en el rechazo a su propio pasado, el colonialismo, las guerras mundiales, el genocidio industrializado del Holocausto. La Unión Europea se fundó sobre la premisa de que la guerra entre naciones europeas era impensable, que el comercio y la integración económica habían creado una comunidad de intereses que hacía obsoleta la violencia.
Pero esa narrativa siempre fue una mentira piadosa. Europa nunca abandonó realmente el imperialismo; simplemente lo reformuló. Mientras predicaba la paz en el continente, mantuvo redes neocoloniales en África, intervino militarmente en los Balcanes, participó en las guerras de Irak y Afganistán, y construyó una fortaleza europea que deja morir a miles de migrantes en el Mediterráneo cada año. La «democracia europea» siempre fue selectiva, condicional, dispuesta a apoyar dictaduras cuando convenía a los intereses económicos del continente. Y ahora, con la guerra en Ucrania, esa máscara ha caído por completo. Europa ha descubierto que puede ser belicista, que puede gastar fortunas en armamento, que puede amenazar con la guerra nuclear, todo en nombre de los «valores democráticos». La democracia se ha convertido en el nombre del rearme, en la justificación moral para transferir recursos del bienestar social al complejo militar-industrial.
La pregunta sobre por qué la Alemania contemporánea es juzgada por su política hacia Rusia con categorías morales que no fueron aplicadas de la misma manera a las potencias europeas cuando Hitler comenzó a destruir el orden europeo es reveladora. Austria fue anexada por Hitler en marzo de 1938, bajo el silencio europeo. Luego llegó el Acuerdo de Múnich, que se firmó el 30 de septiembre de 1938 por Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. Londres y París aceptaron que Alemania incorporara los Sudetes, territorio checoslovaco con una importante población germanoparlante. Hay un detalle extraordinariamente importante: Checoslovaquia ni siquiera participó en la negociación decisiva.
El anticomunismo formaba parte del contexto ideológico que permitió que sectores importantes de las élites conservadoras británicas percibieran a la Alemania nazi como un posible contrapeso frente a la Unión Soviética, y contribuyó a reducir la disposición a enfrentarse militarmente con Hitler mientras sus objetivos parecieran limitados a la revisión del orden de Versalles. Hitler era visto como un problema, pero la URSS era percibida por muchos conservadores europeos como una amenaza civilizatoria, al igual que hoy Putin. Y, por lo tanto, quien esté a favor de negociar con Rusia, parece ser visto como ultraderechista.
Durante décadas, la premisa era que la interdependencia económica, como el gasoducto Nord Stream, moderaría el comportamiento de Rusia y garantizaría la paz. Esta era considerada una política pragmática y realista en un contexto de Guerra Fría y posguerra fría. Sin embargo, la operación especial rusa en Ucrania en 2022 fracturó ese paradigma de forma irreversible. Cuando el contexto geopolítico cambia radicalmente, lo que antes era «pragmatismo» pasa a ser reinterpretado por el consenso dominante como «ingenuidad» o «apaciguamiento» cómplice de una agresión.
Defender hoy la vuelta a ese modelo es considerado extremista porque desafía el nuevo consenso de seguridad europea, que prioriza la defensa colectiva y el desacoplamiento estratégico de Moscú. Los partidos tradicionales han redibujado los límites de lo aceptable, empujando a los defensores de la antigua doctrina a los márgenes del espectro político, extrema derecha o izquierda, ya que su postura se percibe como una traición a la nueva realidad de defensa del orden internacional.
El «peligro ruso» es la narrativa perfecta para este giro. Lo que importa es que Rusia sirve como el chivo expiatorio ideal, el enemigo externo que justifica cualquier gasto, cualquier recorte, cualquier sacrificio. ¿Quieres aumentar el presupuesto militar del 2% al 3.5% del PIB? Es por el peligro ruso. ¿Quieres recortar las pensiones y la sanidad? Es por el peligro ruso. ¿Quieres sustituir el gas barato ruso por GNL estadounidense cuatro veces más caro? Es por el peligro ruso. La narrativa es tan conveniente que nadie se molesta en cuestionar sus premisas.
Pero detrás de esta narrativa hay intereses materiales muy concretos, y es ahí donde debemos mirar si queremos entender lo que realmente está ocurriendo en Alemania. La pregunta fundamental es ¿quiénes se disputan el control del excedente alemán? Y la respuesta es clara: el capital financiero contra el capital industrial. Durante décadas, el modelo alemán se basó en la reinversión del excedente en la base industrial nacional: fábricas, investigación y desarrollo, empleo estable, formación profesional. Ese modelo generó prosperidad amplia, una clase media robusta, y una sociedad cohesionada.
Pero ese modelo ya no es rentable para el capital financiero globalizado, que prefiere la movilidad de capitales, la especulación en mercados de activos, la extracción de rentas mediante la financiarización de la economía real. Friedrich Merz es el agente político de esta transformación. Su pasado en BlackRock no es un accidente; es la garantía de que las políticas alemanas servirán a los intereses del capital financiero global. Y eso significa, en la práctica, desindustrializar Alemania, transferir recursos de la producción material a los activos financieros, y convertir al país en una plataforma logística y militar para los intereses transatlánticos.
¿Quién paga la transición energética? Los hogares y las pequeñas empresas. La Energiewende, la transición hacia las energías renovables, se financia mediante impuestos energéticos, tarifas eléctricas elevadas y subsidios cruzados que recaen desproporcionadamente sobre los consumidores residenciales y las pequeñas y medianas empresas. Las grandes corporaciones energéticas, E.ON, RWE, Iberdrola, y los fondos de inversión que las controlan, incluido BlackRock, son los grandes beneficiarios, obteniendo rentas garantizadas por el Estado mediante mecanismos de subsidio y contratos a largo plazo.
¿Quién subsidia el rearme? La deuda pública y los recortes implícitos en gasto social. El presupuesto militar alemán para 2025 es de 95.000 millones de euros, y se proyecta que alcance los 160.000 millones en 2029, cuando el gasto en defensa llegue al 3.5% del PIB. Para financiar esto, el gobierno de Merz ha suspendido el «freno de deuda» constitucional y ha autorizado un endeudamiento de 81.800 millones de euros solo en 2025. La deuda neta alcanzará los 143.000 millones de euros en 2025 y 175.000 millones en 2026. La deuda será pagada por los contribuyentes alemanes durante décadas, mediante impuestos más altos o recortes en servicios públicos. Y mientras tanto, los beneficiarios inmediatos son las empresas del complejo militar-industrial: Rheinmetall, Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems, Airbus Defence, todas ellas con accionistas institucionales como BlackRock que se benefician del aumento del gasto militar.
¿Quién se beneficia de la sustitución del gas ruso? Las empresas energéticas estadounidenses y sus accionistas. Estados Unidos se ha convertido en el mayor proveedor de GNL a la Unión Europea, cubriendo casi el 60% de las importaciones. En el caso específico de Alemania, el GNL estadounidense representa cerca del 90% de sus importaciones de gas licuado. Entre 2022 y 2024, la UE gastó aproximadamente 117.000 millones de euros en importaciones de GNL estadounidense, una transferencia masiva de riqueza europea hacia la industria energética de Estados Unidos. Y ese GNL es entre un 30% y un 40% más caro que el gas ruso por gasoducto que Alemania importaba antes de 2022. Ese sobrecosto no es un accidente; es el precio que Alemania paga por su lealtad geopolítica a Washington. Las empresas que se benefician son ExxonMobil, Chevron, Cheniere Energy, y los fondos de inversión que las controlan. Las que pierden son la industria química, la siderurgia, la manufactura alemana, que dependen de energía barata para ser competitivas.
¿Qué ocurre con la industria química, siderúrgica y automotriz? Están colapsando, o más precisamente, están siendo desmanteladas mediante una «desindustrialización silenciosa». BASF, el gigante químico mundial, ha anunciado cierres de plantas y relocalización de producción a China y Estados Unidos, donde la energía es más barata. ThyssenKrupp, el gigante siderúrgico, ha anunciado reducciones masivas de personal y cierre de altos hornos. Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW están trasladando producción a Hungría, China o Estados Unidos, no porque Alemania haya perdido su capacidad técnica, sino porque los costos energéticos y regulatorios hacen que producir en Alemania sea económicamente insostenible. Y aquí es donde la narrativa del «peligro ruso» muestra su verdadera función: no es una respuesta a una amenaza real, sino una coartada para una transformación estructural que beneficia al capital financiero y al complejo militar-industrial a costa de la base industrial nacional.
Y es en el este de Alemania donde esta transformación se siente con mayor intensidad, y donde la ciudadanía ha desarrollado una conciencia clara de lo que está ocurriendo. Los estados del este, Sajonia, Turingia, Sajonia-Anhalt, Brandeburgo, Mecklemburgo-Pomerania Occidental, son los más dependientes de la industria manufacturera y química, los que tienen menos diversificación económica, los que tienen salarios más bajos y menor capacidad de absorber shocks inflacionarios.
Para el electorado del este, las políticas del gobierno de Merz no son abstractas; son una amenaza existencial. Cuando Berlín decide sustituir el gas ruso por GNL estadounidense, lo que realmente está decidiendo es cerrar las fábricas químicas de Sajonia-Anhalt. Cuando decide aumentar el gasto militar al 3.5% del PIB, lo que realmente está decidiendo es recortar las pensiones en Turingia. Cuando decide seguir las directrices de Washington en política exterior, lo que realmente está decidiendo es sacrificar la competitividad industrial del este en nombre de una estrategia geopolítica que no controla y que no beneficia a sus ciudadanos.
Y esa es la razón por la que el este vota masivamente por Alternativa para Alemania. No es porque los votantes del este sean inherentemente más xenófobos o más autoritarios; es porque son los que más claramente perciben que Berlín los está sacrificando. AfD no ofrece soluciones económicas reales, su programa es neoliberal y beneficiaría aún más al capital financiero, pero al menos verbaliza el malestar, al menos dice lo que todo el mundo piensa, pero nadie se atreve a decir: que las sanciones a Rusia son un suicidio económico, que el GNL estadounidense es un tributo a Washington, que el rearme es un lujo que Alemania no puede permitirse mientras su base industrial colapsa.
La democracia alemana, en este contexto, se ha convertido en una farsa. Los partidos tradicionales, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), los Verdes, compiten por ver quién puede ser más atlantista, más militarista, más dispuesto a sacrificar el bienestar social en nombre de la «seguridad». Las elecciones no cambian nada fundamental; todas las opciones políticas aceptan el marco geopolítico definido por Washington y Bruselas.
La falsa democracia europea, la que se presenta al mundo como modelo de civilidad mientras gasta fortunas en armamento y deja morir a migrantes en el Mediterráneo, es la misma falsa democracia alemana, la que promete prosperidad mientras desindustrializa el país y sacrifica el bienestar social en nombre de una geopolítica que no controla. Y el peligro no es Rusia; el peligro es que Alemania, el país que debería ser el motor de una Europa soberana y próspera, se ha convertido en el vasallo más entusiasta de una potencia extranjera, dispuesta a sacrificar su futuro industrial y su cohesión social en nombre de intereses que no son los suyos.
Parecería ser que el verdadero problema de Europa no es simplemente que AfD sea demasiado extremista, sino que las fuerzas tradicionales están perdiendo la capacidad de ofrecer una respuesta económica y geopolítica convincente a la crisis que atraviesa Alemania. AfD está consiguiendo convertir una crisis económica estructural en una crisis cultural, y mientras las élites europeas sigan insistiendo en diagnosticar el problema como un regreso del fascismo en lugar de reconocer el colapso de su propio modelo, seguirán perdiendo terreno frente a quienes, acertada o erróneamente, al menos identifican las causas materiales del descontento.
Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/09/13/alternativa-para-alemania-regreso-del-fascismo-o-rebelion-contra-el-nuevo-modelo-geopolitico-aleman/
domingo, 13 de septiembre de 2026
Quién sucederá a Guterres? La lista de candidatos y los favoritos para dirigir la ONU
Sputnik Mundo,
Explica
¿Quién sucederá a Guterres? La lista de candidatos y los favoritos para dirigir la ONU
El mandato del actual secretario general de la ONU, Antonio Guterres, expira el 31 de diciembre de 2026, y la carrera por el cargo ya comenzó: el 30 de julio, el Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) dio inicio a la ronda de votaciones por la vacante.
Puesto que el actual titular de la ONU es de nacionalidad portuguesa, su sucesor, según una regla informal de rotación regional, debería provenir del hemisferio occidental.
La lista de candidatos a suceder a Guterres incluye a:
Rafael Grossi, director general del OIEA (Argentina).
Michelle Bachelet, expresidenta de Chile.
Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica.
María Fernanda Espinosa, excanciller de Ecuador.
Carolyn Rodrigues-Birkett, excanciller de Guyana.
Macky Sall, expresidente de Senegal.
Olara Otunnu, excanciller de Uganda.
Entre los favoritos de las casas de apuestas figuran Grossi, Sall, Grynspan y Bachelet. No obstante, los analistas piden cautela con estos pronósticos, ya que un candidato cuya victoria se da por segura puede, en un instante, perder sus posibilidades por el veto de los miembros permanentes del CSNU.
Y, aunque las resoluciones de la Asamblea General señalan la necesidad de respetar no solo el equilibrio geográfico, sino también el "equilibrio de género", este cargo nunca ha sido ocupado por una mujer.
Cómo funciona la votación
Los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU votan a cada candidato por separado, marcando las opciones "recomiendo", "no recomiendo" o "sin opinión".
La ONU está al borde de la quiebra por impagos de EEUU y China, según medios
A partir de cierta etapa, las papeletas de los cinco miembros permanentes del CSNU tendrán colores distintos. Esto sirve como indicador de si existe el riesgo de que alguno de ellos ejerza su derecho de veto respecto a determinado candidato. Para ganar se necesitan al menos nueve votos.
Una vez alcanzado ese respaldo, el Consejo de Seguridad envía su recomendación a la Asamblea General, que debe aprobarla por aclamación —es decir, mediante apoyo público con aplausos, sin votación formal—.
El secretario general es elegido por un periodo de cinco años, con posibilidad de reelección para un nuevo mandato. Aunque no existe ningún límite formal sobre el número de periodos de cinco años que puede ejercer, hasta ahora nadie ha ocupado el cargo más de dos veces.
El desafío que enfrentará
El nuevo secretario tendrá que enfrentar el reto de recuperar la confianza en la organización y sacarla de una profunda crisis política y financiera.
El palestino aceptable
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El palestino aceptable
Por Jaldía Abubakra | 11/09/2026 | Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad
El mundo está dispuesto a escuchar al palestino que cuenta cómo perdió su casa, enterró a sus hijos o pasó años en una prisión. Mucho más difícil le resulta escucharlo cuando habla como sujeto político, reivindica el retorno, cuestiona los límites trazados para su liberación o defiende la lucha armada. Entre uno y otro aparece una frontera invisible: la que determina qué debe pensar, decir y hacer un pueblo ocupado para merecer nuestra solidaridad.
Hay un palestino al que resulta relativamente fácil escuchar. Puede contar que perdió su casa, enseñar la llave que su familia conserva desde 1948, hablar del campo de refugiados donde nació, de los años que pasó en una prisión israelí, del hijo que perdió bajo las bombas o del olivar que los colonos arrancaron. Puede llorar ante una cámara, pedir ayuda y denunciar la ocupación. Su sufrimiento conmueve y, mientras permanezca dentro de esa imagen, puede despertar una solidaridad enorme.
El problema comienza cuando deja de explicar únicamente lo que le han hecho y empieza a hablar de lo que piensa hacer frente a ello. Entonces ya no estamos solamente ante una víctima, sino ante un sujeto político. Y un sujeto político tiene objetivos, organizaciones, alianzas, estrategias y una idea propia de lo que significa liberarse. Es ahí donde comienza el examen. Al palestino se le pregunta qué condena, qué organizaciones reconoce, qué métodos considera legítimos, qué fronteras está dispuesto a aceptar y qué solución política debería asumir. Puede resistir, naturalmente, pero debe hacerlo de la manera correcta.
Hay algo profundamente contradictorio en esta relación. Cuanto más indefenso aparece el palestino, más fácil resulta abrazar su causa. El niño bajo los escombros no plantea demasiados problemas políticos. La familia expulsada de su casa puede despertar indignación. La anciana que conserva la llave de la vivienda de la que fue expulsada en 1948 puede convertirse en un símbolo universal del exilio. Pero la mirada cambia cuando esas mismas personas hablan de retorno, liberación o resistencia. Porque entonces dejan de ser únicamente víctimas de una injusticia que podemos condenar sin preguntarnos necesariamente qué consecuencias políticas debería tener esa condena.
Resistir, pero dentro de los límites
Buena parte del mundo político, mediático e institucional acepta unas formas de resistencia palestina con mucha mayor facilidad que otras. Pero esta mirada no se limita a gobiernos, instituciones o grandes medios. También atraviesa a una parte importante de los movimientos de solidaridad con Palestina y de la izquierda, que expresan su apoyo al pueblo palestino mientras establecen los límites dentro de los cuales consideran legítima su resistencia.
Se celebra la cultura palestina, se escucha a sus escritores, se aplauden las manifestaciones y se apoyan campañas internacionales. Incluso el boicot, presentado tantas veces como ejemplo de resistencia no violenta, ha sufrido intentos de prohibición, criminalización y persecución. Parece que casi cualquier forma de resistencia palestina termina encontrándose, tarde o temprano, con alguien dispuesto a explicarle hasta dónde puede llegar.
Pero hay una frontera donde esas condiciones se hacen especialmente visibles: la lucha armada. Cuando el palestino toma las armas deja de ser únicamente la víctima que podíamos compadecer y se convierte en un sujeto que pretende intervenir directamente en su propia historia. En ese momento, la pregunta deja de ser qué violencia está sufriendo y pasa a ser qué violencia está ejerciendo. La ocupación, las expulsiones, las prisiones, los asentamientos, el bloqueo y los bombardeos quedan relegados al contexto, mientras la respuesta palestina ocupa el centro. Como si la historia comenzara exactamente en el instante en que el colonizado decide responder.
También aquí importa el lenguaje. Se habla de «violencia» como si bastara la palabra para borrar la relación entre quien domina y quien lucha contra esa dominación. Pero la violencia empleada para conquistar, expulsar y mantener sometido a un pueblo no puede equipararse a la violencia revolucionaria o liberadora que surge para poner fin a una situación colonial, porque no ocupan la misma posición política. Negar esta diferencia significa colocar al opresor y al oprimido en un mismo plano y llamar a eso «neutralidad».
Y, sin embargo, al palestino se le exige con frecuencia que renuncie a la lucha armada como condición para merecer solidaridad. Esa exigencia no procede solamente de gobiernos y medios que respaldan a Israel. También aparece en una parte de la izquierda y de los movimientos solidarios: se defiende al palestino perseguido, encarcelado, desplazado o asesinado, pero se retrocede cuando ese mismo palestino reivindica la lucha armada como parte de su proceso de liberación. Entonces reaparecen las condenas exigidas, las distancias y las instrucciones sobre cómo debería resistir.
Al palestino se le pide así moderación frente a una realidad que no tiene nada de moderada. Se espera que encuentre las palabras adecuadas mientras entierra a los suyos, que responda correctamente mientras pierde su casa y que condene antes de poder denunciar. Se examina una y otra vez la violencia del colonizado mientras la violencia colonial que hizo necesaria la resistencia acaba convertida en el paisaje permanente de la conversación.
Una resistencia diseñada desde fuera
El problema no termina en los métodos. También se quiere decidir quién puede resistir. Gobiernos, instituciones y grandes medios clasifican constantemente a las organizaciones palestinas entre moderadas y radicales, interlocutores válidos y fuerzas con las que ni siquiera se admite hablar.
Pero sería demasiado cómodo atribuir esta lógica únicamente al poder institucional. También existe dentro de una parte considerable de la izquierda y de los movimientos de solidaridad. Se afirma apoyar al pueblo palestino mientras se intenta seleccionar qué palestinos pueden representarlo, qué ideología debería tener su resistencia y qué organizaciones merecen formar parte de ella. Si son marxistas resultan más comprensibles para unos; si son islamistas se convierten inmediatamente en un problema para otros; si son nacionalistas tampoco siempre encajan en las categorías desde las que se interpreta la lucha palestina.
La contradicción es difícil de ignorar: se proclama el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación mientras se intenta determinar desde fuera qué fuerzas palestinas son suficientemente aceptables para ejercerla.
Existen organizaciones revolucionarias e internacionalistas que han rechazado esta lógica y han entendido que la solidaridad comienza precisamente por reconocer al pueblo palestino como sujeto de su propia lucha. Pero siguen siendo una minoría frente a una cultura política mucho más extendida que pretende acompañar a Palestina estableciendo al mismo tiempo las condiciones de ese acompañamiento.
La solidaridad internacional no puede convertirse en un casting político. Defender el derecho de un pueblo a decidir su camino no significa compartir cada posición, estrategia o decisión de todas sus organizaciones. Podemos criticarlas y discutir con ellas. Los propios palestinos lo hacen. Pero una cosa es ejercer el derecho a la crítica y otra convertir nuestras preferencias políticas en el examen que un pueblo debe superar para que reconozcamos su derecho a resistir. La solidaridad condicionada deja de ser solidaridad cuando exige al pueblo oprimido parecerse políticamente a quien dice apoyarlo.
Hay todavía una condición más profunda. No solamente se quiere decidir cómo debe resistir el palestino y quién puede hacerlo, sino también qué puede querer. Puede reclamar ayuda humanitaria, un alto el fuego o mejores condiciones de vida. Puede reivindicar un Estado dentro de determinadas fronteras y aceptar como horizonte aquello que la llamada comunidad internacional ha decidido considerar razonable. Pero cuando afirma que su problema no comenzó en 1967, sino con la colonización y la expulsión de su pueblo en 1948; cuando reivindica el retorno de los refugiados como un derecho real y no como un símbolo; cuando cuestiona que otros puedan decidir de antemano qué parte de su tierra debe aceptar perder; o cuando habla de la liberación de toda Palestina, vuelve a atravesar la frontera de lo permitido.
Ahí descubrimos que el palestino aceptable no solamente debe resistir correctamente. También debe desear correctamente. Puede imaginar el futuro que otros consideran posible, utilizar los métodos que otros consideran legítimos y aceptar los límites políticos que otros han establecido para él. Después llamamos a todo ello moderación.
¿Quién examina a quién?
Durante décadas se ha preguntado a los palestinos qué deberían hacer. Por qué no negocian, por qué no reconocen, por qué no condenan, por qué apoyan a determinada organización, por qué protestan de determinada manera, por qué toman las armas o por qué no aceptan aquello que se les ofrece. Cada una de estas preguntas puede formar parte de una discusión política. El problema aparece cuando todas juntas construyen una condición permanente: cambien ustedes y quizá entonces reconoceremos plenamente sus derechos.
Pero un derecho que depende del comportamiento perfecto de quien lo reclama deja de funcionar como un derecho. Un pueblo sometido a dominación colonial no debería tener que demostrar que posee la ideología correcta, la estrategia correcta o el grado exacto de moderación que tranquilice al resto del mundo para que se reconozca su derecho a organizarse, regresar, resistir y liberarse.
Quizá por eso resulta tan fácil solidarizarse con el palestino convertido exclusivamente en víctima. No nos exige demasiado. Podemos llorarlo, indignarnos, exigir que llegue ayuda humanitaria e incluso condenar a quienes lo matan. El palestino que se organiza, define sus propios objetivos, rechaza las soluciones diseñadas para él y decide resistir —también con las armas— plantea una cuestión mucho más difícil: nos obliga a aceptar que no somos nosotros quienes debemos escribir el guion de su liberación.
Los palestinos han probado prácticamente todos los lenguajes que durante décadas se les ha pedido utilizar. Han negociado, firmado acuerdos, acudido a organismos internacionales y tribunales, organizado huelgas, marchas, campañas de boicot y movilizaciones populares. También han resistido con las armas. Y después de todo ello siguen encontrándose ante un examen permanente sobre qué clase de palestino estamos dispuestos a aceptar.
Quizá sea esa la pregunta equivocada. La cuestión no debería ser qué tiene que pensar, decir o hacer un palestino para resultar aceptable ante nosotros, sino por qué seguimos creyendo que nos corresponde decidirlo. Antes de volver a examinar sus palabras, sus organizaciones, sus objetivos o sus formas de resistencia, quizá deberíamos responder nosotros a una pregunta mucho más incómoda: ¿quién nos concedió el derecho de decidir cómo debe comportarse un pueblo para merecer ser libre?
Fuente: https://humanidadenred.org/el-palestino-aceptable-articulo-exclusivo-para-la-redh-de-jaldia-abubakra-palestina/
Gobernanza global justa y multipolaridad: los países de los BRICS aprueban la Declaración de Nueva Deli
Sputnik Mundo
Gobernanza global justa y multipolaridad: los países de los BRICS aprueban la Declaración de Nueva Deli
Los jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros del grupo BRICS adoptaron la Declaración de Nueva Deli de la XVIII Cumbre de la asociación, declaró el primer ministro de la India, Narendra Modi. El diálogo, la cooperación leal y el sur global como motor del desarrollo figuran entre los puntos significativos del documento.
"La Declaración de Nueva Deli se adopta por consenso", anunció Narendra Modi,
Primer ministro de la India, agregó que el documento contiene unas directrices claras que deben marcar el rumbo de los esfuerzos de la asociación.
Declaración de Nueva Deli: puntos clave
Los países en desarrollo deben intensificar el diálogo para construir una gobernanza mundial justa, señala el documento adoptado al término de la cumbre. Los Estados de los BRICS reafirmaron su compromiso con la reforma y el perfeccionamiento de este sistema.
"Coincidimos en que, en el contexto de las realidades actuales de un mundo multipolar, es de suma importancia que los países en desarrollo intensifiquen sus esfuerzos para promover el diálogo y las consultas con el fin de lograr una gobernanza mundial más justa y equitativa, así como relaciones interestatales mutuamente beneficiosas", señala el texto.
El grupo de los BRICS también se comprometió a apoyar a la ONU en el cumplimiento de su mandato.
Agentes de seguridad montan guardia junto a pancartas de la cumbre de los BRICS con imágenes del primer ministro indio, Narendra Modi, el presidente ruso, Vladímir Putin, y el mandatario chino, Xi Jinping, en Nueva Deli, India, el 11 de septiembre de 2026 - Sputnik Mundo, 1920, 11.09.2026
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Además, los participantes de la cumbre se pronunciaron en contra de las sanciones unilaterales que contradicen el derecho internacional.
En particular, los líderes de los Estados miembros del grupo de los BRICS expresaron su preocupación por el endurecimiento del bloqueo contra Cuba. Asimismo, señalaron la necesidad de levantar las sanciones contra la nación caribeña.
"Expresamos nuestra profunda preocupación por la situación de Cuba debido al endurecimiento de las medidas de bloqueo unilateral contra el país, sus efectos adversos sobre la economía y el abastecimiento energético de Cuba, así como por las alarmantes repercusiones humanitarias que esto tiene para el pueblo cubano. A este respecto, reiteramos la necesidad de poner fin a las medidas económicas, comerciales y financieras contra Cuba", reza el documento.
La asociación destacó el papel del sur global como motor de cambios positivos frente a los graves desafíos internacionales. La multipolaridad amplía las oportunidades de los países en desarrollo para participar en una globalización económica justa, subraya la declaración.
Los líderes de los BRICS respaldaron los esfuerzos del Consejo Empresarial para desarrollar los vínculos comerciales y económicos, así como las cadenas de suministro dentro de la asociación.
"Tomamos nota del trabajo para estudiar la interoperabilidad transfronteriza de los canales de pago y de intercambio de información financiera, así como de los debates sobre la facilitación de las liquidaciones de operaciones comerciales y de inversión mediante el uso de las monedas nacionales de los países BRICS, respetando las prioridades nacionales y teniendo en cuenta que no existe un enfoque universal", agrega el texto.
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Al igual que en declaraciones anteriores, los mandatarios reafirmaron su compromiso con la lucha contra todas las manifestaciones del terrorismo. Condenaron enérgicamente cualquier acto de terrorismo por ser criminal e injustificable, independientemente de sus motivaciones, del momento o lugar en que se cometa y de quién lo perpetre.
Otros puntos del documento:
Los BRICS señalaron la necesidad de reforzar la seguridad energética y garantizar la continuidad de suministros de recursos energéticos.
La asociación instó a garantizar la representación de Palestina en todas las organizaciones internacionales y declararon su apoyo a la plena membresía de Palestina en la ONU.
También expresó su preocupación por la situación en la Franja de Gaza y condenaron los intentos de politizar la ayuda humanitaria destinada a los palestinos.
Los líderes de los BRICS destacaron la necesidad de garantizar el uso pacífico de las tecnologías espaciales.
China presidirá los BRICS en 2027 y celebrará la XIX Cumbre del grupo, anuncia Xi Jinping
La XVIII Cumbre de los BRICS se celebra del 12 al 13 de septiembre en Nueva Deli.
El grupo de los BRICS, compuesto inicialmente por Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica, se extendió con la incorporación de Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán en 2024, y de Indonesia en enero de 2025. Arabia Saudita es miembro desde 2024, pero aún no se han completado los procedimientos internos.
A su vez, Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Uganda, Uzbekistán y Vietnam son Estados socios de este grupo de alcance global.
Los países de los BRICS representan el 40% del producto interno bruto (PIB) mundial y el 45% de la población global.
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