domingo, 8 de febrero de 2026

Incluso si nos imponen una guerra": Irán defiende su derecho a enriquecer uranio, proclama el ca

Incluso si nos imponen una guerra": Irán defiende su derecho a enriquecer uranio, proclama el canciller Sputnik Mundo, 08.02.2026 Teherán insiste en su derecho a continuar con el enriquecimiento del uranio, declaró el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abás Aragchi. Sus palabras llegan poco después de la reunión entre Irán y EEUU sobre el programa nuclear iraní y las crecientes amenazas por parte de Washington. Si hay alguna ambigüedad con respecto a los fines pacíficos del programa nuclear iraní, el país persa está dispuesto a disipar esa incertidumbre y responder a todas las preguntas que puedan surgir, señaló el canciller. Sin embargo, continuó el alto diplomático, Teherán no cederá a la presión y no renunciará al enriquecimiento de uranio "solo porque otros quieran que no lo tengamos". "¿Por qué insistimos tanto en el enriquecimiento [del uranio] y no estamos dispuestos a renunciar a él, incluso si nos imponen una guerra? Porque nadie tiene derecho a decirnos lo que debemos tener y lo que no", aseveró. Canciller iraní: "No me preocupa la guerra porque estamos totalmente preparados" A finales de enero, el presidente de EEUU, Donald Trump, declaró que buques militares estadounidenses estarían rumbo a Irán y manifestó su esperanza de que Teherán aceptara sentarse a la mesa de negociaciones y "llegar a un acuerdo justo y equitativo, sin armas nucleares", asimismo advirtió que el próximo ataque estadounidense contra el país "será mucho peor". El 6 de febrero se celebraron en la capital omaní, Mascate, las negociaciones entre las delegaciones estadounidense e iraní sobre el programa nuclear de Irán. Esta reunión, mediada por Omán, fue la primera tras una pausa de varios meses en el proceso de negociaciones, provocada por la fase abierta del conflicto entre Irán e Israel en junio de 2025.

sábado, 7 de febrero de 2026

El asesinato de Saif al-Islam y la unidad prohibida de Libia

El asesinato de Saif al-Islam y la unidad prohibida de Libia Por Beto Cremonte | 07/02/2026 | África Fuentes: PIA GLOBAL “Los hombres podrán partir, pero Libia permanece”. Con esas palabras, el equipo político del Saif al-Islam Gaddafi anunció su asesinato en su residencia de Zintan. El comunicado no habló de una muerte cualquiera: habló de martirio, de traición y de un crimen contra la patria. Este comunicado emitido a horas del asesinato no se trató solo de un réquiem, fue una acusación política, un posicionamiento ejemplar aún en la despedida de su líder. La emboscada artera con la que produjo el asesinato de Saif al-Islam acabó con un proyecto cercano de la unidad de Libia no como evocación del pasado, sino como reconstrucción a futuro. La escena resuena con fuerza en la memoria libia. Hace quince años, su padre, Muammar Gadafi, era capturado y ejecutado tras la intervención militar de la OTAN, UE y Estados Unidos que destruyó el Estado libio bajo el pretexto de la “protección de civiles” y el derrocamiento de la supuesta tiranía que representaba Gadafi. Desde entonces, Libia no logró recomponerse como nación: quedó partida entre gobiernos rivales, milicias armadas, tribus enfrentadas y potencias extranjeras que negocian su futuro desde fuera. Los procesos de reconfiguración del Estado libio y la tan esperada y prometida reconstrucción nunca llego, de hecho se profundizaron las divisiones incluso desde los diferentes apoyos externos que recibían y reciben cada una de las facciones que ya no pugnan por ver quién se queda con lo que quede de Libia, sino que lo hacen en pos de mantener ordenado el desorden que produce la partición del país. Quizás como un preludio de lo que vendría más tarde o como una demostración de la inteligencia y ubicación política Saif al Islam Gadafi ya veía en ese trágico 2011 libio el futuro de su país, “Toda Libia será destruida. Necesitaremos 40 años para llegar a un acuerdo sobre cómo dirigir el país, porque hoy todos querrán ser presidente o emir, y todos querrán gobernar el país.” (Saif al Islam Gadafi, 2011) En este contexto de división y guerra interna Saif al-Islam había reaparecido como una figura incómoda. ÉL no comandaba ejércitos ni prometía victoria militar, pero sí hablaba de reconciliación, de soberanía y de una Libia unificada. Lo que muchos leían en su discurso como una herencia del pasado; para otros era la posibilidad concreta de cerrar la guerra. Su asesinato no elimina solo a un hombre, elimina un proyecto que no encajaba en el sistema de fragmentación que gobierna o mejor dicho desgobierna al país desde 2011. Saif al-Islam: biografía política de una Libia imposible Hablar y detenerse a pensar en Saif al-Islam Gadafi es hablar de una Libia que intentó reformarse sin destruirse y de otra que fue destruida sin poder reconstruirse, la paradoja que sin dudas tiene autores intelectuales y materiales, ya hemos mencionado a la OTAN, UE y EE.UU detrás de la destrucción de Libia a partir de 2011. Y es en ese contexto y previamente a este año que la influencia y trayectoria de Saif cobra relevancia dentro y fuera del país ya que sin ser un jefe militar o un caudillo tribal armado, sino un actor político que emergió en el tramo final del Estado libio como rostro de una transición interna posible en la cual se destacaba la modernización institucional, la lucha contra la corrupción y la reconciliación entre tribus y regiones desplazadas del centro del poder. Claramente una figura que incomodaba a los sectores que justamente buscan todo lo contrario para Libia. Formado en derecho y ciencias políticas, ocupó un lugar singular en el último período del gobierno de su padre. Mientras el gobierno era leído desde fuera como monolítico, hacia dentro se abría una tensión entre continuidad y reforma. Saif representaba esa grieta interna, hablaba de Constitución, de Estado moderno y de reinserción internacional sin renunciar a la soberanía y al panafricanismo por el que su padre aun luchaba. Como hemos mencionado no era un militar ni un burócrata clásico; era, en términos libios, un político dentro de un sistema construido sobre liderazgos revolucionarios. En este sentido también podemos mencionar que el joven Saif al-Islam fue crítico del proceso libio, su formación liberal de la escuela económica de Londres lo llevó incluso a criticar al sistema libio de democracia directa y a pesar de ello también pudo ser autocritico con su propio pensamiento ya que a medida que se fue involucrando en el gobierno de su padre se convirtió en un ferviente defensor de la Jamahariya (término acuñado que se traduce aproximadamente como “Estado de las masas” o “República de las multitudes”, derivado de jamahir (masas) en lugar de jumhur) en el 2011 anunciando y entendiendo que era el único sistema posible en Libia, “Advierto que sin la Jamahiriya, Libia caerá en caos, la Jamahiriya es la única barrera contra el caos destacando que la Jamahiriya era un logro histórico que debe evolucionar, no destruirse”. La Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista fue el nombre oficial de Libia entre 1977 y 2011, bajo el gobierno de Muamar Gaddafi, basado en la “Teoría de la Tercera Internacional” y el Libro Verde, el estado se autodenominaba una democracia directa de masas o “Estado de las masas”. Esa posición lo volvió incómodo para todos, incluso para los sectores más duros del viejo poder, porque implicaba cambios, implicaba salir de los viejos cánones de la política libia. Para los actores externos que veían a Libia como un Estado a desmontar y no a reformar, porque ofrecía una alternativa al colapso. Cuando en 2011 la intervención de la OTAN y Estados Unidos destruyó la arquitectura estatal bajo el discurso humanitario, Saif pasó de heredero reformista a botín de guerra. Fue capturado por una milicia de Zintan y encerrado durante años en un limbo jurídico, una prisión política en un país sin Estado. Ese cautiverio transformó su figura. Dejó de ser simplemente “el hijo de Gadafi” para convertirse en símbolo de una Libia humillada y fragmentada. Mientras el país se dividía entre gobiernos rivales, milicias armadas y tutelas extranjeras, Saif quedaba suspendido como testimonio vivo de la ruptura histórica de 2011. Para muchos libios, su prisión fue la prueba de que la promesa de democracia había llegado en forma de desorden, venganza y desintegración. Cuando volvió a aparecer públicamente, su discurso ya no fue el de la reforma del viejo sistema, sino el de la reconciliación nacional. No habló de restauración ni de revancha, sino de unidad, soberanía y reconstrucción del Estado. En una Libia saturada de líderes armados, su propuesta era política, elecciones, pacto entre tribus y fin de la lógica de la milicia como árbitro supremo. Para amplios sectores del centro y sur del país, Saif comenzó a representar tres memorias superpuestas, la Libia soberana anterior a la guerra, la Libia destruida por la intervención extranjera y la Libia que todavía podía volver a ser nación. Su capital político no provenía solo de la nostalgia, sino de una legitimidad construida en la derrota y en la prisión, algo que en la cultura política libia pesa tanto como la victoria militar. El comunicado de su equipo político tras el asesinato cristaliza esa construcción simbólica. No habla solo de una muerte, sino de un martirio. Lo presenta como “el verdadero proyecto de reforma nacional” y como un hombre que “nunca vendió la soberanía de su país”. Ese lenguaje traslada la política al terreno moral y convierte su figura en patrimonio colectivo. La sangre deja de ser solo tragedia y pasa a ser bandera. La bandera de unidad Libia. A diferencia de su padre, no aparece como jefe revolucionario sino como candidato de la reconciliación. Ya no es el líder del Estado bombardeado, sino el político que intenta reconstruirlo desde sus ruinas. Su horizonte era también panafricano, al ser heredero del proyecto africano de Muammar Gadafi, Saif tradujo esa visión en un lenguaje menos épico y más institucional: una Libia africana, no subordinada al Mediterráneo europeo ni a agendas externas. Por eso su figura desbordaba lo interno, hacia una Libia unificada volvía a ser actor africano. Una Libia fragmentada seguía siendo tablero de otros. En ese cruce, reunía tres condiciones raras en la Libia posterior a 2011: legitimidad histórica, legitimidad moral y proyecto político de soberanía y reconciliación. Su asesinato no elimina solo a un individuo sino que elimina una trayectoria que comenzaba a articular pasado, presente y futuro en una misma figura. Y devuelve una pregunta que atraviesa toda la tragedia libia, si cada intento de unidad termina silenciado, ¿qué espacio queda para que la política vuelva a reemplazar a las armas? El tablero externo y la economía política de la fragmentación La muerte de Saif al-Islam ocurre en un momento de reactivación diplomática internacional que revela al menos una verdad incómoda, Libia ya no es tratada como una nación a reconstruir, sino como un territorio dividido que puede administrarse por partes y que además esa partición es favorable para que los actores externos mantengan en línea cualquier intento de cambiar ese statu quo. La gira del enviado estadounidense Massad Boulos por Trípoli y Bengasi, reuniéndose tanto con Abdelhamid Dbeibah como con sectores vinculados a Khalifa Haftar, no fue un gesto protocolar. Fue una intervención directa en el corazón de la fragmentación libia. No llegó con un proyecto de reconstrucción estatal profunda, sino con una agenda de estabilidad, desbloqueo de fondos y acuerdos económicos. En una Libia sin soberanía plena, esos temas no son técnicos: son políticos. Es en este sentido que los recuerdo vuelan hacia aquel 2011 y podemos quizás establecer cierto grado de paralelismo con la otrora visita de Hillary Clinton, en octubre cuando mataron, a Gadafi y dijo “Veni, vidi, vici” burlándose de la muerte de Muamar Gadafi, y justamente ahora llega Boulos y matan a Saif. Claramente podemos ver similitudes en ambos casos o (los menos distraídos) podemos observar los hilos de quienes potencialmente manejan las marionetas libias. Al dialogar con ambos polos del poder, Washington no se sitúa por encima del conflicto, sino dentro de él. No conversa con un Estado unificado, sino con sus fragmentos. Y al hacerlo consolida una lógica instalada desde 2011 en la que la política libia se decide a través de actores armados y padrinazgos externos. El subcomandante en jefe del Ejército Nacional Libio, teniente general Saddam Haftar (izquierda), e Ibrahim Dbeibeh, asesor del GNU, se reunieron en Roma el 2 de agosto de 2025. (Foto de Internet) Lo mismo ocurre con Europa, donde París vuelve a funcionar como escenario de negociación entre élites libias ya que hace muy poquitos días se reanudaron los contactos políticos entre los dos principales polos de poder libios, con una reunión informal en la capital francesa entre Sadam Haftar, Comandante adjunto del Ejército Nacional Libio e hijo del mariscal Khalifa Haftar, e Ibrahim Dabaiba, Asesor de Seguridad Nacional del Primer Ministro del Gobierno de Unidad Nacional, Abdulhamid Dabaiba. Esta reunión y la gira de Boulos son, al menos, llamativas si vemos como corolario el asesinato de Saif a los pocos días de celebrarse ambos movimientos. Que el futuro del país se discuta fuera de su territorio es una imagen precisa de soberanía desplazada. Francia, Italia o Alemania median, pero al mismo tiempo confirman que Libia sigue siendo tratada como expediente internacional antes que como nación capaz de decidir por sí misma. Ese mecanismo no es nuevo. Cuando la diplomacia internacional se activa sobre un país fragmentado, lo hace aceptando la fragmentación como punto de partida. Y al hacerlo neutraliza cualquier proyecto que aspire a recomponer un centro político soberano. Cada potencia se conecta con un nodo interno, Haftar como interfaz militar del este, Dbeibah como interfaz administrativa del oeste, las milicias como intermediarias económicas y las tribus como base social capturada por pactos armados. La fragmentación se vuelve rentable ya que permite contratos múltiples, zonas de influencia y ausencia de un poder central que imponga reglas comunes. En ese sistema, la unidad no es una aspiración abstracta sino es una amenaza concreta. Un liderazgo capaz de reunir tribus, regiones y legitimidad electoral implicaría renegociar todos esos vínculos. Pasar de un país administrado por nodos a un Estado con centro. En este contexto de actualidad y fragmentación libia, la eliminación de Saif, abre la puerta a una expansión de la Hermandad Musulmana con apoyo de EAU, una mayor fragmentación social y lo que seguro será la celebración de elecciones presidenciales aprovechando que el factor popular y tribal se ha quedado sin su principal y única voz sabiendo, la de Saif quien entendemos era un serio candidato a ganar esas elecciones que finalmente nunca sucedieron. La unidad como crimen político El asesinato de Saif al-Islam no puede entenderse como un ajuste de cuentas, funciona como un veto político preventivo contra una posibilidad histórica de reconstruir un centro político soberano en un país organizado desde hace más de una década sobre la fragmentación y destrucción total del Estado. Para Haftar, la unidad socavaba su legitimidad militar, mientras que para el poder de Trípoli, ponía fin a la transición interminable. Para las milicias, significaba desarme y pérdida de poder económico. Para las potencias externas, implicaba renegociar acuerdos estratégicos. Para todos, Saif era un factor disruptivo. La violencia deja así de ser caos y se vuelve método siendo un mensaje claro ante todo intento de reconstruir soberanía en donde será castigado. En la Libia posterior a 2011, la unidad se transformó en delito implícito, no por ley, sino por estructura. Quien propone una sola bandera cuestiona al mismo tiempo a los liderazgos armados, a las economías de guerra, a las tutelas extranjeras y a la transición eterna. Entonces el asesinato de Saif no elimina un pasado, ni siquiera elimina el posible legado del apellido, elimina un futuro potencial. No beneficia a un solo actor, sino a todos los que necesitan que Libia siga siendo un país dividido. Quince años después de las bombas que destruyeron el Estado libio, la violencia ya no necesita aviones ni resoluciones internacionales. Alcanza con apagar unas cámaras y eliminar a quien se atreva a hablar de unidad. En Libia, hoy, la reconciliación sigue siendo peligrosa. Y la soberanía, un crimen sin perdón. Beto Cremonte, Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP. Fuente: https://noticiaspia.com/el-asesinato-de-saif-al-islam-y-la-unidad-prohibida-de-libia/amp/

viernes, 6 de febrero de 2026

Canciller iraní: "No me preocupa la guerra porque estamos totalmente preparados"

- Sputnik Mundo, ‘Ajedrez de geopolítica, Conduce Javier Benítez. Canciller iraní: "No me preocupa la guerra porque estamos totalmente preparados" En el contexto de las negociaciones que Teherán mantiene con Washington, el canciller de Irán, Abás Aragchi, señaló que la mejor manera de evitar la guerra es estar preparado para ella. Al respecto, enfatizó que su país está totalmente preparado para un eventual conflicto armado. Irán 'no se esconde' Aragchi se manifestó ante la posibilidad de que su país se vea envuelto en un conflicto armado. "Primero, creo que la guerra no es inevitable y puede evitarse. Segundo, no me preocupa la guerra. ¿Por qué? Porque estamos totalmente preparados para ello. Estamos incluso más preparados que antes de la guerra de los 12 días, y creo que la mejor manera de prevenir una guerra es estar preparados para ella", observó el canciller persa, pero matizó que el hecho de que Irán está preparado para una guerra, no significa que la busque. En opinión del periodista y analista internacional Pablo Jofré Leal, "las declaraciones de Aragchi son correctas". "Y no sólo porque al seguir el historial de declaraciones, sino que además de las acciones de Irán, dan cuenta de que efectivamente Irán no ha dejado de prepararse para la guerra. No porque sea un país belicista, sino porque sabe que está amenazado, porque sabe que penden sobre él las amenazas de EEUU y las acciones permanentes de guerra híbrida que lleva a cabo el régimen israelí contra Irán", apunta el experto. Por su parte, el almirante Ali Shamjani, asesor para asuntos políticos del líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Alí Jameneí, enfatizó que cualquier negociación nuclear con EEUU podría ser productiva solo si se lleva a cabo "lejos de una atmósfera de amenazas y demandas ilógicas". "Si las negociaciones comienzan en las condiciones que he mencionado, evitando amenazas y absteniéndose de órdenes ilógicas, entonces, por supuesto, existe la posibilidad de reuniones directas e indirectas con la parte estadounidense", subrayó Ali Shamjani. "Indudablemente, cuando se habla de la posibilidad de avanzar en reuniones, en coordinaciones, en negociaciones, hay que avanzar en función de ponerse de acuerdo sobre las diferencias que son múltiples. Uno que quiere renegociar completamente el acuerdo nuclear, a lo cual Irán ha dicho que eso no es posible. El acuerdo nuclear se firmó, se aprobó, y esos son los fundamentos de la conversación que se puede tener. No va a ingresar ni el sistema de defensa de misiles, ni las centrífugas, ni el enriquecimiento de uranio, ni el apoyo al eje de la resistencia. Esas son partes que no son negociables por parte de Irán", observa Jofré Leal.

No es Donald Trump, es el desmoronamiento de la civilización occidental

Recomiendo: No es Donald Trump, es el desmoronamiento de la civilización occidental Por Isaac Enríquez Pérez | 06/02/2026 | Economía Fuentes: Rebelión Moneda común en los mass media es el señalar que Donald J. Trump está desmontando el orden político y económico internacional contemporáneo. Nada más alejado de la realidad. La quiebra de las instituciones emanadas de la modernidad europea y del liberalismo es de larga data. Se remonta, cuando menos, a 1968 con el cuestionamiento y el sepulcro de esa la ideología liberal, y con la emergencia de la deformada ideología posmoderna como nuevo mantra socavador de esa institucionalidad. Cada ochenta o cien años el capitalismo, en tanto modo de producción y proceso civilizatorio, experimenta cismas que redefinen las reglas del juego, las instituciones y las formas de organizar el mundo y las sociedades. Se trata de cambios de ciclo histórico que desestructuran las formas de vida, las fronteras territoriales, las cosmogonías y las pautas de comportamiento. Ocurrió en 1648 con la instauración del orden internacional westfaliano; ocurrió con los procesos de acumulación originaria descritos por Karl Marx y con la revolución industrial inglesa en el siglo XVIII; ocurrió a partir de 1819 con la instauración, por parte de Inglaterra, del Patrón Oro para responder al auge del comercio internacional propiciado por la primera revolución industrial; ocurrió con los cambios provocados por la lucha de clases de 1848-1850 en países como Francia, y que a la postre gestarían los cimientos del Estado de bienestar europeo; y ocurrió al final de la Segunda Gran Guerra con la firma de los Acuerdos de Bretton Woods y de la Carta de las Naciones Unidas, delineándose con ello un nuevo orden político y económico internacional. Esa institucionalidad inaugurada en 1945 condensó los valores de la ilustración y de la modernidad europeas: un sistema interestatal regido por el derecho internacional, un sistema económico dotado de ciertas reglas que evitaran sus desequilibrios y crisis recurrentes, y una red de seguridad social que fungió como muro de contención de las “multitudes peligrosas”; todo ello en el marco de un nuevo pacto social entre el Estado, el capital y la fuerza de trabajo. Todo lo cual fue dinamizado por un patrón acumulación taylorista/fordista/keynesiano que durante 25 años propició la bonanza económica mundial en el contexto de una política de contención respecto a la Unión Soviética y a su amenaza ideológica. Lo que vive el mundo contemporáneo es una crisis sistémica dada por el colapso del orden atlántico liberal emanado de Yalta/Potsdam. Es una crisis terminal suscitada por el agotamiento de las instituciones surgidas de la Segunda Gran Guerra y que tuvieron la impronta de los Estados Unidos en tanto uno de los hegemones desde 1945. Sin embargo, el declive de su hegemonía a lo largo de las últimas décadas se relaciona con su incapacidad para garantizar una institucionalidad internacional preñada de un genuino liderazgo político/moral. De ahí que sea una era de transiciones donde se definirán las hegemonías que negociarán el proyecto civilizatorio para el resto del siglo XXI. Por ello, es posible observar una encarnizada lucha en torno a la gestión de esas transformaciones y de la emergencia de una nueva modalidad de civilización. A su vez, es el fin del mundo unipolar gestado a partir de 1989 con la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética, y la inauguración de un orden económico y político mundial de carácter multipolar no solo signado por el liderazgo de los Estados Unidos, sino también por potencias como China y Rusia, e incluso eventualmente como India, que aceleran ese cambio civilizatorio de amplias magnitudes. Lo que se perfila es un cambio de ciclo histórico con la emergencia de nuevas reglas del juego para el siglo XXI. Por vez primera en los últimos 250 años, esas transformaciones se edifican sin Europa en tanto conciencia reflexiva del sistema mundial; mientras que la traslación del poder mundial se dará definitivamente del atlántico a la cuenca del pacifico y al mar del sur de China. De ahí que la civilización atlántica ingresa a su fase sistémica terminal multiplicando los reacomodos telúricos. Más todavía: el signo del mundo contemporáneo es un caos sistémico de las proporciones de la caída del imperio romano de occidente y la consecuente transición al feudalismo en Europa, allá por el siglo V de nuestra era; o bien, del tamaño del colapso de ese régimen feudal y la posterior emergencia del capitalismo. Al tratarse de una era de transiciones, se suscita un vacío de poder tras tambalearse esa institucionalidad de la Segunda Posguerra. Como esas instituciones a las que estuvimos habituados por ocho décadas dejan de ser funcionales, se amplían los márgenes de incertidumbre y acontecen cismas o movimientos telúricos que desestructuran al mundo contemporáneo. El trasfondo de todo ello es la generalizada crisis de sentido en las sociedades occidentales, donde aquello que estructuró al mundo desde 1945 llega a su ocaso, abriéndose escenarios caóticos e inestables ante el desconcierto e incapacidad políticas generados por la ausencia de alternativas de sociedad y de futuro. Dos pilares fueron los que brindaron sentido a lo largo de los últimos 250 años: las instituciones vinculadas al cristianismo (la familia cohesionada, por ejemplo) y aquellas emanadas de la modernidad europea (el Estado moderno, las Constituciones Políticas, el derecho internacional, la diplomacia, el principio de verdad, entre otras). Ambos pilares enfrentan un sabotaje y un desmonte desde 1968, exponiendo a las sociedades contemporáneas a una mayor incertidumbre en el contexto de un capitalismo volátil. Este sabotaje y desmonte de las instituciones propias de la civilización occidental son acelerados por tres ejes cruciales durante los últimos dos lustros, y que desbocan y radicalizan el cambio de ciclo histórico: a) el vertiginoso cambio tecnológico y la entronización de la inteligencia artificial deshumanizadora, con su consustancial capitalismo algorítmico de vigilancia y control sobre el cuerpo, la mente y la conciencia; b) la revuelta plutocrática al interior del imperio en aras de controlar el colapso y decadencia de la hegemonía norteamericana y que tiene como protagonista central al trumpismo en sus dos momentos y que solo fueron interrumpidos por el interregno Biden; y c) la pandemia del Covid-19 como condensación de la crisis sistémica y ecosocietal contemporánea. Todo lo cual evidencia el agotamiento del orden liberal fundamentado en el supuesto de la expansión infinita del crecimiento económico, cuya más acabada expresión es la quiebra financiera del sistema económico y su exponencial endeudamiento –tan solo los Estados Unidos alcanzan una deuda de 38 trillones de dólares. Sumado ello al colapso de legitimidad del modelo tecnocrático del capitalismo global. El sistema mundial que emergerá para el resto del siglo XXI aún está germinando, no termina por definirse, pero estará signado por la incertidumbre, la imprevisibilidad y por instituciones distintas a las que conocimos a partir de 1945. A diferencia de esa época, hoy día no existen estadistas de la talla de Flanklin Delano Roosevelt o Winston Churchill. Existe una intensa tensión intra-élites en Europa y Estados Unidos, así como una crisis de legitimidad de la autoridad política. Los cambios comienzan por ser semánticos: la emergencia y expansión de China como hegemonía conduce a que se hable más de civilizaciones que de Estados. Pero ello no se detiene allí: lo que se perfila es una nueva modalidad de capitalismo, nuevas modalidades de Estado y de relaciones interestatales, así como un reacomodo de fuerzas en el tablero geopolítico mundial, en medio de la decadencia estructural de occidente. Esta crisis estructural de la civilización occidental se caracteriza por una creciente inestabilidad del sistema mundial moderno, el socavamiento de los principios emanados de la modernidad (libertad, verdad, justicia, humanismo, etc.), la emergencia de renovadas modalidades de fascismo, y por la vocación para drenar y perpetuar las desigualdades extremas globales. Los ciclos históricos indican que así como desapareció la civilización egipcia, la civilización babilónica o la civilización romana, la civilización euro/norteamericana alcanzará su caducidad y agotará su vigencia. Es parte de la lógica consustancial de los imperios. No solo se trata de un declive económico, tecnológico y militar, sino un colapso del sistema de valores y de la preeminencia geocultural. Es de resaltar que el agotamiento de esos valores se remonta a contradicciones internas y a la magnificación de las promesas incumplidas por la ideología liberal y por la distorsión radicalizada por el fundamentalismo de mercado. Entre esos valores contradictorios que se erigieron como mantra de la civilización occidental destacan el de la economía de mercado y el de la libertad individual, remozado ello por la ideología de la democracia liberal y por la noción de multilateralismo y cooperación en las relaciones interestatales. En la historia de las ideas ninguna noción fue tan nociva y fantasiosa como la de libre mercado. Sobre ese mantra se cimentó buena parte de la civilización occidental cuando menos desde el último tercio del siglo XIX. Hoy día, esa noción fue dinamitada tras la crisis inmobiliario/financiera del 2007-2009 y sus consecuencias sociales de pauperización y exclusión social. La utopía del mercado auto-regulado, criticada en su momento por Karl Polanyi, lejos está de la prosperidad y el bienestar material prometido; en cambio las desigualdades, el empobrecimiento masivo y el fin de las clases medias, y las conflictividades sociales son potenciadas y multiplicadas, mientras las prácticas autocráticas adoptan renovados ropajes vía la “guerra contra el terrorismo”, “la guerra contra las drogas”, el sectarismo en las redes sociodigitales, la epidemia de opiáceos, la ideología woke, y el ambientalismo censurador de la civilización industrial. Lo anterior evidencia que se impuso, finalmente, la rapacidad de las finanzas desbocadas y los ímpetus de una ideologia libertaria. Más que la competencia estratégica con China y su avance geopolítico y geoeconómico, o las disputas tecnológicas o los conflictos bélicos de distinto tipo, la civilización occidental llegará a su ocaso por sus contradicciones internas, no pocas de ellas insalvables. El 11 de septiembre de 2001 representó la punta del iceberg de esa decadencia sistémica, pero sus amenazas son más internas que externas, y se relacionan con la pérdida de sentido de lo público, de la cohesión social y de la acción colectiva cristalizados en los Estados y en sus instituciones. La acción política es socavada y los Estados y organismos internacionales pierden la brújula en su capacidad para prever los acontecimientos y para revertir la fractura de sus sociedades. De tal modo que la inercia, el sabotaje y la deriva se imponen a estas instituciones que le dieron forma a la civilización occidental. Más allá del desconcierto y de los riesgos que supone este desgarramiento de la civilización occidental, para el análisis riguroso resulta fascinante esta era de rupturas y transiciones que tiene como trasfondo el ocaso de la política y la generalización del miedo, la ansiedad y la creciente incertidumbre. Reflexionar en torno a ello no solo es un imperativo intelectual, es ante todo un imperativo ético y político, que urge alejar de la personificación de los acontecimientos y de las transiciones históricas. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor, y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 5 de febrero de 2026

La inhumanidad de los dueños de esclavos de ayer y de hoy

Recomiendo: La inhumanidad de los dueños de esclavos de ayer y de hoy Por Leonardo Boff | 04/02/2026 | Brasil, Racismo y opresión capitalista Fuentes: A Terra é Redonda (Brasil) [Imagen: Castigo a un esclavo en Brasil (hacia 1830), obra de Mauricio Rugendas] La esclavitud brasileña no fue suave, más bien fue un proyecto de deshumanización metódica, en el cual la crueldad era pedagógica y la fe cristiana sirvió para legitimar el horror. Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez. La palabra ‘esclavo’ deriva de slavus en latín, un nombre genérico para designar a los habitantes de Eslavia, la región balcánica situada al sur de Rusia y en las orillas del Mar Negro, gran proveedora de personas esclavas para todo el Mediterráneo. Eran blancos, rubios y con los ojos azules. Solo los turcos otomanos de Estambul importaron entre los años 1450 y 1700 unos 2,5 millones de esas personas blancas y esclavizadas. En nuestra época, América fue la gran importadora de personas africanas que fueron esclavizadas. Entre los años 1500 y 1867 la cifra total es espantosa: 12.521.337 personas realizaron la travesía transatlántica, de los cuales 1.818.680 murieron en el camino y fueron arrojados por la borda. Brasil fue el campeón de la esclavitud. Ese único país importó, a partir de 1538, unos 4,9 millones de africanos que fueron esclavizados. De los 36.000 viajes transatlánticos, 14.910 estaban destinados a puertos brasileños. Estas personas esclavizadas eran tratadas como mercancías, llamadas «piezas». Lo primero que hacía el comprador para «dejarlos bien domados y disciplinados» era castigarlos: «azótenlos, encadénenlos y pónganles grilletes». Los historiadores de la esclavitud brasileña se inventaron la leyenda de que la esclavitud brasileña era suave, cuando era muy cruel. Doy dos ejemplos aterradores: El primero. El holandés, Dierick Ruiters, que en 1618 pasó por Río, ofrece la siguiente información: «Un hombre negro hambriento robó dos barras de azúcar. El amo, sabiendo esto, lo ató boca abajo a una tabla y ordenó a un hombre negro que le golpeara con un látigo de cuero; su cuerpo permaneció cabeza abajo, se abrió una llaga y los lugares que no habían sido dañados por el látigo fueron lacerados con un cuchillo; cuando terminó el castigo, otro hombre negro vertió una olla con vinagre y sal sobre sus heridas… Tuve que presenciar —informa el holandés— la transformación de un hombre en carne de buey salada; pero por si eso no hubiese sido suficiente, vertieron alquitrán derretido sobre sus heridas; le dejaron toda la noche, de rodillas, atado por el cuello a un bloque, como un miserable animal«[1]. Bajo tales castigos. La esperanza de vida de una persona esclavizada en 1872 era de 18,3 años. El segundo, no menos aterrador, proviene del antropólogo Darcy Ribeiro, que describe la situación general de las personas esclavizadas: «Sin el amor de nadie, sin familia, sin sexo más que la masturbación, sin ninguna posible identificación con nadie –su capataz podría ser un hombre negro, sus compañeros en la desgracia, enemigos–, desaliñado y sucio, feo y apestoso, lastimado y enfermo, sin ningún placer ni orgullo por su cuerpo, la persona esclavizada vivía su rutina. Una rutina que consistía en sufrir cada día el castigo diario de azotes sueltos, para trabajar con atención y en tensión. Cada semana sufría un castigo preventivo y pedagógico, para no pensar en la fuga, y, cuando llamaba la atención, caía sobre él un castigo ejemplar: mutilaciones de dedos, perforación de pechos, quemaduras con fuego, que le rompieran los dientes a conciencia o latigazos en el cepo, por debajo de trescientos, para matar, cincuenta latigazos al día, para mantenerlo vivo. Si huía y era capturado, podía ser marcado con un hierro o quemado vivo a lo largo de varios días de agonía, en la boca del horno, o, de golpe, arrojado dentro para que ardiera como un palo aceitoso«[2]. El jesuita André João Antonil dijo: «para el esclavo se necesitan tres P, a saber: palo, pan y tela [N. del ed.: pano en por portugués]». Palo para pegarle, Pan para que no muera de hambre y Tela para ocultar sus vergüenzas. En general, la historia de las personas negras esclavizadas fue escrita por la mano blanca. El amargo grito de Castro Alves en «Vozes d’Africa» siempre está de actualidad: «Oh Dios, ¿dónde estás que no respondes? ¿En qué mundo, en qué estrella te escondes / ¿Oculto en los cielos? Hace dos mil años te envié mi grito / que en vano, desde entonces, corre hacia el infinito… / ¿Dónde estás, Señor Dios?» ¡Cómo duele! Jessé de Souza, en su obra, demostró que lo que los dueños de los esclavos hicieron a los negros, se transfirió a la mayoría de la actual clase dirigente, que lo transformó en forma de desprecio y odio hacia los negros actuales. Hablo como teólogo: misteriosamente, Dios guardó silencio, como se mantuvo en silencio en el campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, lo que hizo que el papa Benedicto XVI, estando allí, se preguntara: «¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué permaneció en silencio? ¿Cómo pudo permitir tanto mal?« Y pensar que los cristianos eran los principales dueños de esclavos. La fe no les ayudó a ver en esas personas a hombres y mujeres hechas «a imagen y semejanza de Dios» y, mucho menos, a «hijos e hijas de Dios», nuestros hermanos y hermanas. ¿Cómo fue posible tanta crueldad en los sótanos de tortura y muerte bajo las distintas dictaduras militares de Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y El Salvador, cuyos dictadores se llamaban cristianos o católicos? Y el expresidente, condenado por un intento de golpe de Estado, Jair Bolsonaro, defendió públicamente la tortura como una forma de enfrentarse a los opositores. Cuando la contradicción es tan grande que va más allá de cualquier racionalidad, que aquí encuentra su límite, simplemente permanecemos en silencio. Es el mysterium iniquitatis, el misterio de la iniquidad al que hasta hoy ningún filósofo, teólogo o pensador ha encontrado respuesta. Cristo en la cruz también clamó y sintió la «muerte» de Dios. Aun así, vale la pena apostar a que toda oscuridad junta no puede apagar una pequeña luz de bondad que brilla en la noche humana. Es nuestra esperanza contra toda esperanza. Notas [1] Cf. Laurentino Gomes. Escravidão, vol. I, 2019, p. 304. [2] Darcy Ribeiro. O Povo Brasileiro, 1995, p. 119-120. Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor. Fuente: https://aterraeredonda.com.br/a-desumanidade-dos-escravocratas/ Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar la autoría, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción.

Punto de inflexión":¿qué podría pasar tras el fin del tratado START III?

Punto de inflexión":¿qué podría pasar tras el fin del tratado START III? - Sputnik Mundo, 04.02.2026 © Sputnik La expiración el 5 de febrero del tratado START III equivale a un regreso a la lógica de la Guerra Fría, donde las potencias nucleares quedan libres para expandir sus arsenales y disparar una nueva carrera armamentista, advierte a Sputnik el politólogo libanés Alí Maraabi. "Esto genera riesgos extraordinarios para la seguridad global. Hoy no existe otro mecanismo efectivo de contención de la tensión nuclear más que el tratado START III. Ni siquiera la ONU cuenta con herramientas eficaces de control en este ámbito", subraya. En esta nueva realidad, "Moscú dispone de amplio margen de maniobra sin caer en confrontación directa dentro del llamado 'realismo de disuasión'", explica a Sputnik la investigadora egipcia en relaciones internacionales Monica William. Según la analista, entre las posibles respuestas rusas figuran: elevar el nivel de alerta nuclear, anunciar una gran modernización del arsenal de misiles hipersónicos intercontinentales, ampliar la escala de maniobras militares, reforzar las posturas de la doctrina nuclear rusa y replantear el equilibrio de contención con Europa. "La expiración del tratado START III representa un punto de inflexión en el sistema de seguridad internacional y conduce a una revisión profunda del concepto mismo de estabilidad estratégica", resume. El pacto de desarme nuclear, suscrito en Praga en 2010, por un período inicial de diez años y efectivo desde 2011, limita los arsenales estratégicos de EEUU y Rusia a un máximo de 700 misiles desplegados, 1.550 ojivas nucleares y 800 lanzaderas desplegadas y en reserva. Por decisión de Moscú y Washington, el acuerdo fue prolongado en 2021 por cinco años, hasta el 5 de febrero de 2026. En febrero de 2023, el presidente ruso, Vladímir Putin, anunció que Rusia suspende la participación en el Tratado START III y volvería a realizar ensayos de armas nucleares si EEUU fuese el primero en retomar esas pruebas.

miércoles, 4 de febrero de 2026

De la era de la catástrofe a la era de la esperanza ¿Por qué una Palestina libre es importante para el mundo?

Recomiendo: De la era de la catástrofe a la era de la esperanza ¿Por qué una Palestina libre es importante para el mundo? Por Ilan Pappe | 04/02/2026 | Palestina y Oriente Próximo Fuentes: Voces del Mundo Este artículo está escrito con motivo del Día Internacional de Conmemoración del Holocausto. Mis padres, judíos alemanes, perdieron a miembros de sus familias en ese terrible capítulo del genocidio nazi. Desde esa perspectiva, consideré la iniciativa de Tony Blair de instaurar esta fecha como una estrategia astuta y deshonesta para respaldar la manipulación sionista de la conmemoración del Holocausto. Curiosamente, en Israel hay muy pocas referencias a este día, salvo la de reiterar la afirmación de que oponerse al genocidio palestino constituye una nueva forma de antisemitismo. Israel prefiere un día de conmemoración que controle exclusivamente, que transmita el doble mensaje de que el sionismo es la única garantía contra otro Holocausto, y que los palestinos y sus aliados son los nuevos nazis que amenazan la civilización occidental. Además, Israel se niega a universalizar el Holocausto, alegando que no puede compararse con los genocidios que lo precedieron ni con los que lo siguieron. Hoy en día, sin embargo, los judíos antisionistas de todo el mundo ofrecen una conmemoración judía alternativa del Holocausto. Recuerdan todos los genocidios y señalan con audacia un contexto mucho más amplio en el que deberían discutirse las matanzas contra cualquier grupo en la historia moderna. Insisten en que todos los genocidios deben analizarse como igualmente cruciales para comprender mejor las catástrofes provocadas por el hombre que asolaron el mundo, irónicamente, en la era de la Ilustración, la modernización y el progreso, la era en la que aún vivimos. Memoria del Holocausto, el sionismo y la era de las catástrofes La reciente violencia de Occidente y sus aliados, que se extiende ahora desde los campos de exterminio de Gaza hasta las amenazas estadounidenses contra Venezuela y Cuba, evoca el libro fundamental de Eric Hobsbawm “The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991” [La era de los extremos: el corto siglo XX]. Este libro comienza con la era de la catástrofe (1914-1945) y termina con una visión muy pesimista de la capacidad del mundo para superar los terribles años de catástrofe provocados por Occidente y que azotaron principalmente a Occidente. Hobsbawm concluyó su libro con la siguiente advertencia: “Si la humanidad ha de tener un futuro reconocible, no puede ser prolongando el pasado ni el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre esa base, fracasaremos. Y el precio del fracaso, es decir, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad (585)”. De hecho, si la era de la catástrofe resurge globalmente o en Palestina, el pesimismo de Hobsbawm se confirmará, y “el precio del fracaso”, como él lo llama, lo pagarán los palestinos. Sólo en una breve referencia Hobsbawm incluye el sionismo como uno de los fenómenos extremos de esa época. El peor fenómeno de esa época fue el nazismo. Activistas judíos como el difunto John Rose prestaron atención al hecho de que el sionismo nació en una época de extremos, al igual que el nazismo. Rose escribió: “El sionismo no es lo mismo que el nazismo. No tuvo una intención exterminadora en su núcleo, aunque, como veremos, el sionismo ha sido y es capaz de estallidos genocidas. Pero el sionismo tiene sus raíces en las tradiciones del imperialismo europeo. Esa sola verdad basta para servir de advertencia urgente sobre las implicaciones de las despiadadas ambiciones coloniales del sionismo en Palestina”. Considerar el sionismo como un producto de la era de la catástrofe muestra que el sionismo, en lugar de ser una panacea para esa época, es más bien un producto de ella, un producto que hizo que el corto siglo XX fuera tan violento. Pero es mucho más que eso. El sionismo exportó la era de la catástrofe a Palestina, y alteró una trayectoria muy diferente que se desarrollaba allí al mismo tiempo. Cuando la catástrofe terminó en Europa, comenzó a desarrollarse en Palestina. Palestina: una catástrofe importada Hasta la Nakba de 1948 la sociedad palestina disfrutó de una época de esperanza y prosperidad. Una nueva élite profesional surgió en las ciudades de Palestina y equilibró la influencia de las figuras árabes-otomanas. En las zonas rurales, a pesar de la hostil política colonial británica, surgieron nuevas escuelas, construidas y financiadas por los propios aldeanos, mientras que las viejas disputas se resolvieron tras los turbulentos años de la revuelta de 1936. A pesar de la prohibición británica de establecer una universidad palestina (aunque permitió a la comunidad sionista abrir dos universidades), los jóvenes palestinos con estudios pudieron continuar sus carreras académicas en Beirut, El Cairo y otros lugares. Para ellos, la esperanza era que superarían la era de las catástrofes occidentales, pero entonces llegó la Nakba, una catástrofe nacida de la ideología y la praxis de esa era de las catástrofes occidentales. La interrupción de este avance positivo se aprecia mejor a través de las catástrofes demográficas. Una sociedad local, mayoritariamente pastoral y rural, tuvo que soportar la afluencia de refugiados sin ninguna ayuda institucional ni infraestructura adecuada. Pequeños pueblos de toda la Palestina histórica tuvieron que absorber, en pocos meses, a refugiados en cantidades que duplicaron y, en algunos casos, triplicaron su población original. Sin la infraestructura adecuada, una sociedad arraigada durante siglos en su tierra natal se vio inundada, en un momento de limpieza étnica, por una afluencia de refugiados. Gaza occidental y Gaza norte viven ahora esta situación en una coyuntura mucho peor que la de 1948, si es que esto es posible. Imaginen cómo, en pocos días de 1948, los 80.000 residentes de la Franja de Gaza tuvieron que absorber y atender a 200.000 refugiados, sin ayuda gubernamental ni institucional, y cómo los 400.000 habitantes de Cisjordania recibieron, en pocos meses, a otros 300.000 refugiados, mientras aún reinaba el caos y no existía un gobierno real. Israel despojó a todos estos refugiados de todas sus posesiones y llegaron a estas dos zonas sin nada. Fue entonces cuando la era de la catástrofe llegó a las costas de Palestina, importada por el movimiento sionista. Los palestinos tardaron en comprender lo que Europa había exportado a su patria. No habían cerrado sus hogares a los primeros sionistas pobres que llegaron en 1882, ni habían luchado contra los británicos cuando ocuparon Palestina. Palestina y la posibilidad de una era de esperanza En todas sus negociaciones, primero con los británicos y luego con la comunidad internacional, los líderes palestinos exigieron los dos principios destinados a ayudar al mundo a salir de la era de la catástrofe: democracia y autodeterminación. Ambos les fueron negados a los palestinos, primero por los británicos y, posteriormente, por las políticas prosionistas de la ONU. Mucho más tarde, cuando se generalizó el despojo de tierras y lugares de trabajo, los palestinos respondieron con violencia. Sin embargo, continuaron compartiendo la esperanza del mundo posterior a 1945, que prometía una nueva era de paz y prosperidad, liderada por un orden global que pondría fin al colonialismo y a la violación de los derechos fundamentales de los pueblos colonizados. Pero Occidente no consultó al mundo colonizado cuando decidió unilateralmente el destino de Palestina al final del Mandato [británico]. Palestina no fue el único lugar traicionado en la era posterior a 1945. Los imperios coloniales, así como el nuevo imperio estadounidense, se aferraron violentamente a antiguas y nuevas posesiones, asesinando masivamente a personas en sus esfuerzos por mantener la dominación económica y estratégica. Salir hoy de la era de los extremos no consiste solo, como pretende Occidente, en enfrentarse a grupos extremistas islamistas o Estados rebeldes en el Sur Global. Es mucho más urgente abordar las causas profundas que permitieron el surgimiento de tales organizaciones y Estados, que son síntomas, más que causas, de la presente y nueva era de catástrofe. Una de estas causas profundas —no la única, pero sí importante— es la inmunidad occidental al proyecto sionista que llevó la era de la catástrofe Europea a Palestina y la ha perpetuado hasta nuestros días. Una Palestina democrática y libre es la única manera de evitar el peligro que Hobsbawm identificó tan astutamente en las palabras finales de su fundamental obra. Esto requerirá una nueva manera de entender el origen de esta era y dónde encontrar antídotos eficaces. Debería poner fin a una cadena que comenzó con el genocidio de millones de personas a través del colonialismo y el imperialismo occidentales, que generó el genocidio de millones de europeos, incluidos seis millones de judíos, y lo extendió como herramienta política en muchas partes del mundo, incluida Palestina. Un mundo diferente no tiene por qué surgir de Palestina, pero su carácter sagrado para las tres principales religiones demuestra que hay algo muy singular en este lugar, algo que se perdió con la expansión de la catástrofe y los extremos europeos a su suelo. Una Palestina liberada marcará el comienzo de una nueva era; de lo contrario, la era de los extremos y la catástrofe persistirá, y traerá consigo holocaustos económicos, ecológicos y nucleares. Una era de esperanza, iniciada en Palestina, haría del mundo un lugar mejor, una idea plenamente comprendida por los millones de personas que se manifiestan diariamente a favor de Palestina en todo el mundo. Ilan Pappé es profesor de la Universidad de Exeter. Anteriormente fue profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad de Haifa. Es autor de The Ethnic Cleansing of Palestine, The Modern Middle East, A History of Modern Palestine: One Land, Two Peoples y Ten Myths about Israel. Es coeditor, junto con Ramzy Baroud, de “Our Vision for Liberation”. Pappé es descrito como uno de los “nuevos historiadores” de Israel que, desde la publicación de documentos pertinentes de los gobiernos británico e israelí a principios de la década de 1980, han estado reescribiendo la historia de la creación de Israel en 1948. Texto en inglés: The Palestine Chronicle, traducido por Sinfo Fernández. Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/02/03/de-la-era-de-la-catastrofe-a-la-era-de-la-esperanza-por-que-una-palestina-libre-es-importante-para-el-mundo-el-mundo/