miércoles, 1 de abril de 2026

Irán, ¿un nuevo Vietnam para Estados Unidos?

Recomiendo: Irán, ¿un nuevo Vietnam para Estados Unidos? Por Carlos Fazio | 01/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo Fuentes: La Jornada Al cumplirse un mes del artero e ilegal ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, resulta difícil entender qué está ocurriendo sobre el terreno y qué decisiones toman las partes en la realidad. El conflicto se dirime en dos planos, el de las narrativas y el de los hechos. La guerra está ligada a los discursos de uno y otro bando: los ultimátums maximalistas de Donald Trump con énfasis en la “rendición incondicional” son respondidos por la dirección iraní con una nutrida matriz de represalias y exigencias que, de aplicarse, transformaría el círculo estratégico de la guerra, consciente de que enfrenta una amenaza existencial y está dispuesta a luchar hasta el final frente a dos potencias nucleares. Por eso, los ataques aéreos de saturación del bando agresor son respondidos con acciones simétricas de retaliación de la parte iraní. Esto no es simplemente la “niebla de la guerra” ni la propaganda gris o negra clásicas. Se trata de un estilo completamente nuevo de llevar a cabo operaciones militares, que en un alto porcentaje se libran y se ganan en el ámbito de las simulaciones virtuales. Por eso resulta muy difícil evaluar y considerar con seriedad el ultimátum postrero de Trump que vence el 6 de abril o las acciones reales de la república islámica. Por supuesto, hay que verificarlo todo y buscar las fuentes originales, pero, en última instancia, sólo la realidad da la respuesta. En ese intercambio de golpes virtuales se entremezclan imágenes de acontecimientos reales y separar unas de otras se vuelve casi imposible. Si bien parece claro que está en curso una nueva fase de un plan de Washington y Tel Aviv por destruir, desmembrar y dividir a Irán en pequeños estados étnicos sectarios y anárquicos (siguiendo el modelo sirio) y reconfigurar de raíz la economía mundial y la geopolítica, no se alcanza a comprender del todo las contradictorias tácticas de guerra híbrida de Trump; su diatriba en Truth Social se presenta y suena como una completa farsa. A su vez, aunque parece incontrovertible que Irán cuenta con una estrategia cuidadosamente elaborada que se está desarrollando en fases diferenciadas, tampoco resulta nítida la lógica de la Guardia Revolucionaria Islámica. Menos aún, las acciones de las monarquías petroleras vasallas del golfo Pérsico y del mundo islámico. Aunque sí es plausible señalar, que de ser simplemente una potencia proxy, un portaviones terrestre del Occidente colectivo en Medio Oriente que vivía de las subvenciones de Estados Unidos y Europa, Israel (al influjo de los megamillonarios del lobby judío israelí-estadunidense) se ha convertido en un centro de toma de decisiones que incide directamente sobre el jefe de la Casa Blanca y el Estado profundo (deep state). Según se infiere de los dichos del periodista Tucker Carlson y del dimitente ex director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent, ambos no hace mucho cercanos a Trump, Israel ya no es “la cola que mueve al perro”, sino el cerebro; con Benjamin Netanyahu y los sionistas a la vanguardia ideológica del conflicto y haciendo el “trabajo sucio” (Drecksarbeit), Friedrich “Blackrock” Merz dixit. Otra novedad del conflicto es que a diferencia de las guerras tradicionales, en las que los ejércitos dirigían su potencia de fuego hacia infraestructuras estratégicas del enemigo –bases militares, aeródromos, fábricas de armas– y en las que se podían rastrear las líneas de suministro y trazar planes de batalla con relativa certeza, en las dos últimas décadas, la lógica ha ido más allá de la zona de guerra física. La revolución digital ha construido una segunda capa de infraestructura estratégica tras las líneas del frente, transformando silenciosamente la proyección de fuerza y la manera en que se libran las guerras. La infraestructura digital ha pasado de la periferia de la guerra a su núcleo operativo. La recopilación de inteligencia, la logística del campo de batalla y la coordinación de mando y control en múltiples teatros dependen cada vez más de los sistemas en la nube de inteligencia artificial. Según la perspectiva estratégica de Irán, la columna vertebral tecnológica que sustenta las operaciones militares de Estados Unidos e Israel (Amazon, Microsoft, Google, Oracle, Nvidia, IBM, Palantir) no puede considerarse políticamente neutral; constituye una extensión del propio espacio de batalla, un dominio donde se cruzan los activos económicos, las plataformas empresariales y los objetivos de seguridad nacional. Pero más allá de la propia lógica del conflicto, cuanto más se prolonga, más frecuentes son las comparaciones con Vietnam: a pesar de su superioridad militar, Washington corre el riesgo de verse envuelto en una agotadora guerra de desgaste sin un desenlace claro. Vietnam demostró que, incluso al perder en el campo de batalla, se puede ganar estratégicamente. A los generales vietnamitas se les atribuye una fórmula que se ha convertido casi en un axioma de los conflictos asimétricos: perder las batallas, pero ganar la guerra. Dado el carácter existencial del conflicto, todo indica que Irán está actuando así. Le va en ello su supervivencia. Por eso, a pesar de los graves daños sufridos, Irán aumenta de manera constante el costo del enfrentamiento para Estados Unidos (e Israel), mediante la presión sobre los mercados globales y el bloqueo del estrecho de Ormuz (lo que con la entrada de los hutíes de Yemen al conflicto, podría replicarse en el estrecho de Bab el Mandeb, que une el mar Rojo con el golfo de Adén). La guerra trasciende el enfrentamiento con sus agresores y afecta los intereses de todo el mundo. Ante Trump se perfila un dilema al que ya se enfrentaron sus predecesores, desde Vietnam hasta Irak: llevar la escalada militar a un nuevo nivel o retroceder y asumir una derrota estratégica. Esa es la cuestión. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán

Recomiendo: Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán Por Jonathan Cook | 01/04/2026 | Mundo Fuentes: Voces del Mundo El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu debió de haber convencido a Donald Trump de que una guerra contra Irán se desarrollaría de forma muy similar al ataque mediante el buscapersonas en el Líbano de hace 18 meses. Los dos ejércitos decapitarían conjuntamente a la cúpula dirigente de Teherán, y esta se derrumbaría tal como lo había hecho Hizbolá —o eso parecía entonces— tras el asesinato por parte de Israel de Hasan Nasraláh, líder espiritual y estratega militar del grupo libanés. De ser así, Trump se creyó completamente esta estratagema. Asumió que sería el presidente de Estados Unidos encargado de “rehacer Oriente Medio”, una misión que sus predecesores habían rechazado desde el rotundo fracaso de George W. Bush cuando intentó alcanzar el mismo objetivo, junto con Israel, más de 20 años antes. Netanyahu dirigió la mirada de Trump hacia la supuesta “hazaña audaz” de Israel en el Líbano. El presidente estadounidense debería haber mirado hacia otro lado: al colosal fracaso moral y estratégico de Israel en Gaza. Allí, Israel se ha pasado más de dos años arrasando el pequeño enclave costero, sometiendo a la población al hambre y destruyendo toda la infraestructura civil, incluyendo escuelas y hospitales. Netanyahu declaró públicamente que Israel estaba “erradicando a Hamás”, el gobierno civil de Gaza y su movimiento de resistencia armada, que durante dos décadas se había negado a someterse a la ocupación y el bloqueo ilegales del territorio por parte de Israel. En realidad, como prácticamente todos los expertos en derecho y en derechos humanos concluyeron hace tiempo, lo que Israel estaba haciendo era cometer un genocidio y, al hacerlo, quebrantar las reglas de la guerra que habían regido el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero dos años y medio después de la destrucción de Gaza por parte de Israel, Hamás no sólo sigue en pie, sino que controla las ruinas. Si bien Israel puede haber reducido en un 60% el tamaño del campo de concentración donde se encuentra confinada la población de Gaza, Hamás está lejos de ser derrotado. Más bien, es Israel quien se ha retirado a una zona segura, desde donde está reanudando una guerra de desgaste contra los supervivientes de Gaza. Sorpresas por el horizonte Al considerar la posibilidad de lanzar una guerra ilegal contra Irán, Trump debería haber tenido en cuenta el rotundo fracaso de Israel para destruir a Hamás tras bombardear este pequeño territorio —del tamaño de la ciudad estadounidense de Detroit— desde el aire durante dos años. Ese fracaso fue aún más evidente dado que Washington había proporcionado a Israel un suministro ilimitado de municiones. Ni siquiera el envío de fuerzas terrestres israelíes logró sofocar la resistencia de Hamás. Estas eran las lecciones estratégicas que la administración Trump debería haber aprendido. Si Israel no pudo someter militarmente a Gaza, ¿por qué iba a pensar Washington que la tarea en Irán sería más fácil? Después de todo, Irán es 4.500 veces más grande que Gaza. Tiene una población y un ejército 40 veces mayores. Y posee un temible arsenal de misiles, no los cohetes caseros de Hamás. Pero, aún más importante, como Trump parece estar aprendiendo ahora a su costa, Irán —a diferencia de Hamás en la aislada Gaza— tiene palancas estratégicas que accionar con consecuencias de gran alcance. Teherán está igualando la escalada de Washington paso a paso: desde atacar la infraestructura militar estadounidense en los Estados vecinos del Golfo y la infraestructura civil crítica, como las redes eléctricas y las plantas desalinizadoras, hasta cerrar el estrecho de Ormuz, la vía por donde se transporta gran parte del petróleo y los suministros energéticos del mundo. Teherán sanciona ahora al mundo, privándolo del combustible necesario para el funcionamiento de la economía global, de forma muy similar a como Occidente sancionó a Irán durante décadas, privándolo de los elementos esenciales para sostener su economía interna. A diferencia de Hamás, que tuvo que luchar desde una red de túneles bajo las llanuras arenosas de Gaza, Irán cuenta con un terreno que le otorga una enorme ventaja militar. Los acantilados de granito y las estrechas calas a lo largo del estrecho de Ormuz ofrecen un sinfín de lugares protegidos desde donde lanzar ataques sorpresa. Las vastas cordilleras del interior brindan innumerables escondites: para el uranio enriquecido que Estados Unidos e Israel exigen que Irán les entregue, para los soldados, para plataformas de lanzamiento de drones y misiles y para fábricas de armamento. Estados Unidos e Israel están destruyendo la infraestructura militar visible de Irán, pero, tal como descubrió Israel al invadir Gaza, prácticamente desconocen lo que se esconde tras ella. Sin embargo, pueden estar seguros de una cosa: Irán, que lleva décadas preparándose para esta lucha, tiene muchas sorpresas reservadas si se atreven a invadir. Sin confianza en Trump El principal problema para Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, es que ya no controla los acontecimientos, más allá de una serie de declaraciones escuetas, alternando entre la agresión y la conciliación, que parecen haber enriquecido únicamente a su familia y amigos, mientras los mercados petroleros suben y bajan con cada una de sus palabras. Trump perdió el control de la contienda militar en el momento en que cayó en la trampa de Netanyahu. Puede que sea el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero ahora se ha visto envuelvo, de forma inesperada, en una situación muy delicada. Carece en gran medida de poder para poner fin a una guerra ilegal que él mismo inició. Ahora son otros quienes dictan los acontecimientos. Israel, su principal aliado en la guerra, e Irán, su enemigo oficial, tienen todas las cartas importantes en la mano. Trump, a pesar de su bravuconería, se deja arrastrar por su estela. Puede declarar la victoria, como ha dado a entender en repetidas ocasiones. Pero, una vez desatada la guerra, poco puede hacer para poner fin a los combates. A diferencia de Estados Unidos, Israel e Irán tienen interés en que la guerra continúe mientras puedan soportar el sufrimiento. Cada régimen cree —por diferentes razones— que la lucha entre ellos es existencial. Israel, con su visión del mundo de suma cero, teme que, si Irán igualara su poderío militar en Oriente Medio con su capacidad nuclear, Tel Aviv ya no contaría con la exclusiva influencia de Washington. Ya no podría sembrar el terror en la región a su antojo. Y tendría que llegar a un acuerdo con los palestinos, en lugar de su plan preferido de perpetrar genocidio y limpieza étnica. De igual modo, Irán ha llegado a la conclusión —basándose en la experiencia reciente— de que no se puede confiar en Estados Unidos, y especialmente en Trump, más que en Israel. En 2018, durante su primer mandato, el presidente estadounidense rompió el acuerdo nuclear firmado por su predecesor, Barack Obama. El verano pasado, Trump lanzó ataques contra Irán en medio de las negociaciones. Y, a finales del mes pasado, Trump desató esta guerra, justo cuando las conversaciones reanudadas estaban a punto de tener éxito, según los mediadores. Las palabras de Trump no valen nada. Podría llegar a un acuerdo mañana, pero ¿cómo podría Teherán estar seguro de no sufrir otra ronda de ataques seis meses después? Irán se fija en el destino de Gaza durante las últimas dos décadas. Israel comenzó bloqueando el territorio y sometiendo a la población a una dieta que se intensificaba si se negaban a quedarse quietos en su campo de concentración. Luego, Israel comenzó a “segar el césped” cada pocos años, es decir, a bombardear el enclave con ataques aéreos. Y terminó perpetrando un genocidio. Los líderes iraníes no están dispuestos a arriesgarse a seguir ese camino. En cambio, creen que deben darle a Estados Unidos una lección que no olvidará fácilmente. Irán busca causar tal devastación en la economía global y en los Estados aliados de Estados Unidos en el Golfo, que Washington no se atreva a plantearse una segunda ronda. Esta semana, el New York Times informó que los ataques iraníes habían dejado muchas de las 13 bases militares estadounidenses en la región prácticamente inhabitables. Los 40.000 soldados estadounidenses en el Golfo han tenido que ser reubicados en hoteles y oficinas, incluyendo miles que han sido dispersados incluso en lugares lejanos de Europa. Avivando las llamas Como se hace más evidente cada día, los intereses de Estados Unidos e Israel con respecto a Irán son ahora opuestos. Trump necesita restablecer la calma en los mercados cuanto antes para evitar una depresión global y, con ella, el colapso de su apoyo interno. Debe encontrar la manera de restablecer la estabilidad. Dado que los ataques aéreos no han logrado desalojar ni a los ayatolás ni a la Guardia Revolucionaria, sólo le quedan dos opciones: ceder y entablar negociaciones humillantes con Irán, o intentar derrocar al régimen mediante una invasión terrestre e imponer un líder de su elección. Pero dado que Irán aún no ha terminado de causar daño a Estados Unidos y no tiene motivo alguno para confiar en la buena fe de Trump, Washington se ve inexorablemente empujado hacia la segunda opción. Israel, por su parte, se opone rotundamente a la primera opción, las negociaciones, que lo llevarían de vuelta al punto de partida. Y sospecha que la segunda opción es inviable. La principal lección de Gaza es que el vasto territorio iraní probablemente convierta a las tropas invasoras en blancos fáciles para un ataque de un enemigo invisible. Y existe el suficiente apoyo al liderazgo iraní —aunque los occidentales nunca se quieran enterar de ello— como para que Israel y Estados Unidos impongan a la población al pretendiente al trono, Reza Pahlavi, quien ha estado celebrando desde la distancia el bombardeo de su propio pueblo. Israel inició esta guerra con una agenda completamente distinta. Busca el caos en Irán, no la estabilidad. Eso es lo que ha intentado generar en Gaza y el Líbano, y todo indica que busca el mismo resultado en Irán. Esto es algo que debería haberse comprendido hace mucho tiempo en Washington. Esta semana, Jake Sullivan, exasesor de seguridad nacional de Joe Biden, citó recientes declaraciones de Danny Citrinowicz, un veterano exresponsable de inteligencia militar israelí especializado en Irán, quien afirmó que el objetivo de Netanyahu es “simplemente desintegrar Irán y provocar el caos”. ¿Por qué? “Porque”, explica Sullivan, “desde su perspectiva, un Irán desintegrado representa una menor amenaza para Israel”. Esa es la razón por la que Israel sigue asesinando a líderes iraníes, como hizo anteriormente en Gaza, conocedor como es de que figuras aún más beligerantes ocuparán su lugar. Busca líderes radicalizados y vengativos que se nieguen a dialogar, no pragmáticos dispuestos a negociar. Por eso Israel ataca la infraestructura civil en Irán, como hizo en Gaza y está haciendo ahora mismo en el Líbano, para sembrar desesperanza y fomentar la división, y provocar que Teherán arremeta con represalias, lo que a su vez provocaría mayor indignación en los vecinos iraníes del Golfo y arrastraría a Estados Unidos aún más al conflicto. Por eso Israel ha estado colaborando secretamente con grupos minoritarios en Irán y sus alrededores —y sin duda armándolos—, como ha vuelto a hacer en Gaza y el Líbano, con la esperanza de avivar aún más las llamas de la desintegración interna. Los Estados en guerra civil, consumidos por sus propias luchas internas, representan poca amenaza para Israel. Mensajes confusos Como es habitual, Trump envía mensajes confusos. Busca negociar —aunque no está claro con quién— mientras acumula tropas para una invasión terrestre. Resulta difícil analizar las intenciones del presidente estadounidense porque sus declaraciones carecen por completo de sentido estratégico. El miércoles por la noche, declaró en un evento de recaudación de fondos en Washington que Irán deseaba fervientemente llegar a un acuerdo, y añadió: “Tienen miedo de decirlo porque creen que su propio pueblo los matará. También temen que los matemos nosotros”. Esta no es la lógica de una superpotencia que busca consolidar su propia autoridad y restablecer el orden en la región. Es la lógica de un jefe mafioso acorralado, que espera que una última jugada desesperada pueda desbaratar los planes de sus rivales lo suficiente como para darle la vuelta a la situación. Es probable que esa jugada consista en enviar fuerzas especiales estadounidenses a ocupar la isla de Kharg, el principal centro de las exportaciones de petróleo iraní a través del estrecho de Ormuz. Trump parece creer que puede usar la isla como moneda de cambio, exigiendo a Teherán que reabra el estrecho o perderá el acceso a su propio petróleo. Según diplomáticos consultados, Irán no sólo se niega a ceder el control del estrecho, sino que amenaza con bombardear masivamente la isla —y a las fuerzas estadounidenses allí presentes— antes que darle a Trump una ventaja. Teherán también advierte que comenzará a atacar el transporte marítimo en el Mar Rojo, una segunda vía marítima vital para el transporte de suministros de petróleo desde la región. Aún le quedan cartas por jugar. Esto es como el juego de ver quién es el menos gallina que a Trump le costará ganar. Todo esto deja al liderazgo israelí en una posición ventajosa. Si Trump sube la apuesta, Irán hará lo mismo. Si Trump declara la victoria, Irán seguirá disparando para dejar claro que él decide cuándo se detiene el conflicto. Y en el improbable caso de que Estados Unidos haga grandes concesiones a Teherán, Israel tiene múltiples maneras de avivar de nuevo las llamas. De hecho, aunque apenas lo informan los medios occidentales, ya está alimentando activamente esas llamas. Está destruyendo el sur del Líbano, utilizando la devastación de Gaza como modelo, y preparándose para anexionarse territorios al sur del río Litani de acuerdo con su agenda imperial del Gran Israel. Sigue matando palestinos en Gaza, sigue reduciendo el tamaño de su campo de concentración y sigue bloqueando la ayuda, los alimentos y el combustible. Israel está intensificando sus pogromos con milicias de colonos contra aldeas palestinas en la Cisjordania ocupada, en preparación para la limpieza étnica de lo que alguna vez se consideró la columna vertebral de un Estado palestino. Sullivan, asesor principal de Biden, señaló que la visión israelí de un “Irán fracturado” no redundaba en interés de Estados Unidos. Suponía el riesgo de una prolongada inseguridad en el estrecho de Ormuz, el colapso de la economía global y un éxodo masivo de refugiados de la región hacia Europa. Esto agravaría aún más la crisis económica europea, de la que ya se culpa a los inmigrantes. Reforzaría el sentimiento nativista que los partidos de extrema derecha ya están ganando terreno en las encuestas. Reforzaría la crisis de legitimidad que ya enfrentan las élites liberales europeas y justificaría el creciente autoritarismo. En otras palabras, fomentaría en toda Europa un clima político aún más propicio para la agenda supremacista israelí, basada en la ley del más fuerte. La salida de Trump es difícil de lograr. E Israel hará todo lo posible para asegurarse de que siga siendo así. Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net Texto en inglés: Middle East Eye, traducido por Sinfo Fernández. Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/03/31/israel-se-asegura-de-que-trump-no-encuentre-una-salida-en-iran/

martes, 31 de marzo de 2026

ONU llama a Israel a derogar la ley que legaliza la pena de muerte a presos palestinos

La ONU llama a Israel a derogar la ley que legaliza la pena de muerte a presos palestinos - Sputnik Mundo, 30.03.2026 La oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en el Territorio Palestino Ocupado señaló que la "ley discriminatoria" aprobada en la Knesset contraviene las obligaciones de Israel en virtud del derecho internacional. "Las Naciones Unidas se oponen a la pena de muerte en cualquier circunstancia. La aplicación de esta nueva ley violaría la prohibición del derecho internacional de imponer castigos crueles, inhumanos o degradantes", remarcó el organismo en un comunicado. Añadió que el proyecto de ley consolida aún más la violación por parte del Estado judío de la prohibición de la segregación racial y el apartheid, esto porque "se aplicará exclusivamente a los palestinos de la Cisjordania ocupada y de Israel, quienes a menudo son condenados tras juicios injustos".

lunes, 30 de marzo de 2026

El retorno de los dioses de hierro

Recomiendo: El retorno de los dioses de hierro Por Alejandro Marcó del Pont | 30/03/2026 | Economía Fuentes: El tábano economista La alquimia financiera del siglo XX colapsó porque dependía de un flujo ininterrumpido de bienes reales que ya no existe (El Tábano Economista) El siglo XX no terminó con la caída del Muro de Berlín ni con las Torres Gemelas; terminó, en realidad, el día en que descubrimos que no se puede cenar un derivado financiero ni calentar un hogar con el prestigio marchito de un bono del Tesoro. Durante décadas, habitamos una alucinación colectiva, una suerte de «alquimia financiera» donde los sumos sacerdotes de Wall Street y la City de Londres nos convencieron de que el oro podía crearse del aire, que la deuda era riqueza y que las promesas de pago eran más reales que el acero. Pero el hechizo se ha roto. En este 2026, mientras el horizonte de Medio Oriente se ilumina con el resplandor de las baterías antiaéreas y el rugido de los flujos de crudo interrumpidos, el mundo despierta a una verdad brutal: los átomos han derrotado a los bits, y la entrega de «cosas» físicas ha aniquilado a la tiranía de los papeles. A contramano del relato imperante en Occidente, la producción está imponiendo su lógica sobre la financiarización por una simple razón: el control de los flujos de comercio —como vimos en “La guerra de los corredores”— se ha convertido en el factor decisivo de estabilidad. Estamos ante un punto de inflexión donde la economía real (producción y energía) ha tomado por asalto al orden de los activos (finanzas). Si los flujos físicos de mercancías y energía se detienen, la arquitectura financiera de Occidente —basada en la baja inflación y la deuda barata— se desmorona. La alquimia financiera del siglo XX está muriendo. Durante décadas, el mundo vivió hechizado por la gran promesa: que el dinero podía multiplicarse sin tocar la tierra, que la riqueza nacía de bonos, derivados y balances contables, y que la producción real —esas fábricas humeantes, esos minerales extraídos, esa energía que enciende todo— era un detalle menor, casi pintoresco, que podíamos dejar en manos de otros. Hoy, en 2026, esa ilusión se deshace. La industria, la entrega concreta de cosas, está recuperando el trono. Y lo hace de la forma más brutal posible: demostrando que sin cosas reales no hay promesas que valgan. Piensen en el corazón de esa alquimia, los bonos del Tesoro estadounidense. Durante el siglo XX, especialmente después de Bretton Woods y la liberalización financiera de los ochenta, el dólar se convirtió en la moneda del mundo no porque Estados Unidos produjera más que nadie, sino porque vendía la promesa de que siempre podría pagar. El mundo enviaba contenedores llenos de autos, pantallas planas y petróleo; Washington enviaba papeles. Bonos. Deuda. Intereses que se pagaban con más deuda. Era un ciclo perfecto mientras el comercio fluyera sin interrupciones y la producción barata de Asia mantuviera los precios bajos. Giovanni Arrighi lo llamó la fase terminal de la acumulación: la financiarización, donde el capital ya no se reinvierte en fábricas sino en especulación. Robert Cox lo vio como dominación sin verdadera hegemonía, coerción disfrazada de consenso. El resto del planeta aceptaba porque, al fin y al cabo, los bonos rendían, la inflación estaba domada y la Pax Americana garantizaba que los barcos llegaran. Hoy, el epicentro de este sismo geoeconómico es Irán. No es solo una cuestión de mapas o de fanatismos religiosos; es la física aplicada a la geopolítica. Al convertirse en el promotor de una inflación en cascada a través de la interrupción de los flujos en el Golfo Pérsico, Irán ha pinchado la burbuja de la prepotencia financiera occidental. Cada dron que sobrevuela un estrecho, cada barril que no sale, es un clavo en el ataúd de la financiarización. Porque la financiarización necesita, por encima de todo, estabilidad y baja inflación para que sus «promesas de pago» tengan sentido. Si el precio de la gasolina en Ohio o de la electricidad en Berlín se dispara porque los flujos de energía están en manos de quienes ya no aceptan el dictado del dólar, el bono del Tesoro deja de ser un refugio para convertirse en un certificado de confiscación. Los inversores huyen de la deuda porque saben que, en un mundo inflamado, un papel que promete un 4% de interés es una broma pesada cuando el costo de la vida sube un 15%. Este es el paso del sistema de la «fe» al sistema de la «cosa». La producción, esa vieja gloria despreciada por los profetas de la economía de servicios, ha regresado para reclamar su trono. Ya no importa quién tiene el balance contable más inflado, sino quién controla el peaje, quién domina el flujo y quién posee la fábrica. La capacidad de mutar del orden global hacia un fraccionamiento zonal no es una posibilidad; es una realidad en marcha. Estamos viendo la formación de fortalezas industriales donde el valor se mide en kilovatios-hora, en toneladas métricas y en unidades de manufactura, mientras que las economías que apostaron todo a la «apreciación de activos» se descubren desnudas y hambrientas. Pero algo se rompió. La producción, silenciosamente, empezó a imponer su lógica. Primero fue la pandemia, luego la guerra en Ucrania, después las tensiones en el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado, las que dieron lugar a un cuello de botella mortal. Ataques a instalaciones petroleras y de gas en el Golfo, cierres efectivos del estrecho, misiles contra plantas de GNL en Qatar y represalias que dañan campos como South Pars: el resultado es inmediato y brutal. El petróleo Brent ha superado los 100 dólares por barril y los precios del gas en Europa se han duplicado. Cada 10% de aumento sostenido en los precios de la energía, según el FMI, añade 0,4 puntos porcentuales a la inflación global y reduce el crecimiento en -0,2%. Si esto persiste meses, hablamos de un shock que alimenta inflación persistente, encarece los fertilizantes, dispara los costos de transporte y erosiona el poder adquisitivo de familias enteras desde Asia hasta Europa y América. Ahí está la mutación profunda. Pasamos de un sistema basado en promesas de pago a uno basado en la entrega de cosas. Quien controla la energía, el comercio y los flujos físicos domina la producción. No es una teoría abstracta; es mecánica. Sin un flujo estable de petróleo y gas a través de Ormuz, las fábricas se apagan, los contenedores se encarecen y la inflación regresa como un fantasma de los años setenta. Los bonos del Tesoro, antes refugio seguro, empiezan a perder compradores reales. ¿Por qué alguien prestaría a un imperio que no puede garantizar ni el combustible ni la estabilidad de precios? El FMI lo advirtió en marzo de 2026: disrupciones prolongadas en energía impulsan inflación y frenan el crecimiento. El Banco Mundial y el Banco Central Europeo (ECB) coinciden. Los shocks de oferta por fragmentación geoeconómica generan inflación duradera porque la economía real se ajusta lentamente. La financiarización, que convirtió industrias enteras en meros vehículos de rentabilidad financiera, ya no puede sostener ganancias cuando los costos reales se disparan por misiles y bloqueos. Miren lo que está ocurriendo en tiempo real. Estados Unidos, bajo la presión de su propia deuda y de una inflación que la guerra en Irán aviva, acelera la relocalización, traer de vuelta semiconductores, acero, farmacéuticos. No por nostalgia, sino porque descubrió que sin control físico de la cadena de suministros no hay seguridad nacional ni estabilidad económica. China asegura rutas terrestres alternativas. Europa habla de autonomía estratégica, pero sabe que depende de quien controle el gas y los minerales. América Latina, con sus recursos, empieza a entender que su poder reside en procesarlos localmente y decidir a quién se los vende, salvo los que navegan sin proyecto de país, sin visión a largo plazo, rumbo o planificación estructural, la Argentina de Milei. El mundo se está volviendo zonal, pragmático, productivo. No es un nuevo orden multipolar ordenado; es un mosaico de bloques que priorizan la entrega real sobre la especulación. Y en el centro de todo, los flujos de energía: quien los domine —ya sea mediante acuerdos bilaterales, rutas alternativas o políticas industriales audaces— dictará el ritmo de la producción del siglo XXI. Y aquí es donde la crítica a la financiarización se vuelve urgente y moral. Durante décadas nos vendieron que la desindustrialización era progreso: “el conocimiento vale más que el músculo”, decían los gurús de Wall Street. Que las fábricas sucias se fueran a Asia era una bendición ecológica y económica. Que la riqueza se generara en los mercados de derivados era sofisticación. Falso. Lo que hicimos fue vaciar comunidades enteras en el Rust Belt americano, en el norte de Inglaterra, en el conurbano industrial argentino. Creamos una clase de rentistas globales que vivían de cupones mientras la base productiva se erosionaba. La financiarización no creó riqueza; la redistribuyó hacia arriba y la hizo frágil. Cada crisis —2008, 2020, 2022— lo demostró: cuando la economía real tose, la financiera se ahoga. Ahora, con la guerra en Irán disparando los precios de la energía, las tasas de interés altas para combatir la inflación destruyen el valor de los bonos y hacen que las ganancias financieras se evaporen. Los bonos del Tesoro dejarán de funcionar como motor del mundo no porque alguien los declare inválidos, sino por irrelevancia: ¿para qué comprar promesas cuando el petróleo se encarece, los barcos no pasan y la inflación se come el poder adquisitivo? En este contexto, el tecnofeudalismo que describe Yanis Varoufakis parece, a primera vista, el heredero lógico. Plataformas digitales que reemplazan mercados por rentas algorítmicas. Dueños de la nube que cobran peaje por cada transacción, cada dato, cada clic. Las Big Tech y el Estado chino como nuevos señores feudales. Suena sofisticado, casi inevitable. Pero aquí viene la grieta fatal, agravada por la guerra en Irán: el tecnofeudalismo no puede imponerse sin la base física que desprecia. Sin helio, no hay semiconductores. Y sin semiconductores de última generación, no hay algoritmos que funcionen a escala, no hay servidores que enfríen, no hay inteligencia artificial que procese los datos que supuestamente generan la nueva renta. El helio, esencial para la litografía de chips, ya enfrentaba escasez antes; con disrupciones energéticas globales y tensiones en suministros críticos, la fabricación se complica aún más. ¿Qué plataforma genera renta si los centros de datos se apagan por falta de energía estable o si la cadena de suministro de silicio se interrumpe por un estrecho bloqueado? El tecnofeudalismo es, en el fondo, otro espejismo financiero: cree que puede vivir de la renta digital mientras la industria real —y los flujos de energía que la sostienen— se desmoronan. Pero no puede. La producción física —la extracción controlada, el procesamiento local, el comercio zonal— es el fundamento que la nube no puede sustituir. Quien domine los flujos de energía y minerales críticos dominará también la “nube”. Sin cosas, no hay datos. Sin producción, no hay feudalismo tecnológico. El paso que estamos viviendo es histórico. No es el fin del capitalismo, sino el fin de una fase de su declinación. La alquimia financiera del siglo XX nos dio comodidad temporal y desigualdad estructural. Nos hizo creer que podíamos desvincular la riqueza de la materia. Ahora la materia —la energía que fluye o se interrumpe, el comercio que se controla o se bloquea— reclama su lugar con misiles y facturas inflacionarias. La energía, el comercio y los flujos físicos se convierten en los nuevos árbitros del poder. Quien los domine ganará la partida de la producción del siglo XXI. Los bonos del Tesoro perderán su magia no por decreto, sino porque nadie querrá comprar promesas cuando las cosas reales escasean y cuestan más. No sabemos aún qué forma exacta tomará este nuevo paisaje. Quizá un mosaico de geopolíticas zonales, como sugiere José Luis Fiori: espacios de maniobra donde cada región negocia su producción sin someterse a un solo centro. Quizá un mundo no-polar de improvisación creativa, donde la autonomía estratégica sea la única doctrina racional. Lo que sí sabemos es que termina la era de las promesas vacías. La era de la entrega de cosas comienza. Y en esa entrega —en el mineral extraído con responsabilidad, en la fábrica que genera empleo, en la energía que no depende de un estrecho en guerra— reside la verdadera soberanía del siglo XXI. Que nadie se engañe: no será fácil. Habrá tensiones, guerras por recursos, ajustes dolorosos, inflación que achica el bolsillo. Pero será más real. Más sólido. Menos alquímico y más humano. Porque al final, la riqueza siempre fue eso: cosas que se producen, se intercambian y se usan. No promesas que se imprimen y se venden mientras el petróleo se dispara y el gas se duplica. La industria está de vuelta, impulsada por la dura lección de Irán. Y el mundo, por primera vez en décadas, empieza a respirar el aire de lo concreto. Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/03/29/el-retorno-de-los-dioses-de-hierro/

guerra sin límites que aprovecha la impunidad De Palestina al Líbano

Recomiendo: Un guerra sin límites que aprovecha la impunidad De Palestina al Líbano Por Maya Mikdashi | 30/03/2026 | Palestina y Oriente Próximo Fuentes: Rebelión [Foto: Columna de humo tras un ataque aéreo israelí sobre Beirut. Bilal Hussein-AP] Traducido del inglés para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo La séptima invasión del Líbano está teniendo lugar a la sombra del genocidio de Gaza y gracias al permiso que el mundo ha concedido a Israel para cometer genocidio. Estamos en un mundo en el que el derecho internacional se ha convertido en una burla, en el que no existen inocentes y se han superado […] La séptima invasión del Líbano está teniendo lugar a la sombra del genocidio de Gaza y gracias al permiso que el mundo ha concedido a Israel para cometer genocidio. Estamos en un mundo en el que el derecho internacional se ha convertido en una burla, en el que no existen inocentes y se han superado todas las formas de degradación: hambruna, asedio, limpieza étnica. Es un mundo en el que Israel puede jactarse de su “éxito de Gaza”, como una amenaza descarada a los civiles, donde la población libanesa se ve obligada a optar entre la asfixia lenta de un denominado alto el fuego y la catástrofe de la guerra sin límites. En resumen, un mundo de guerra permanente con batallas fluctuantes pero un único centro: Palestina. La carta blanca concedida a Israel para convertir los crímenes de guerra en doctrina bélica no surgió ayer. En 2006 Israel anunció la “doctrina Dahieh” como sinónimo de su estrategia descarada e intencionada de castigo colectivo contra la población civil del Líbano. Se destruyeron hospitales, escuelas, centrales eléctricas, carreteras, el único aeropuerto civil del país y otras infraestructuras, y alrededor de un millón de personas se vieron desplazadas. En 2008, Israel inició su política declarada denominada “cortar el césped” en Gaza, una práctica consistente en ataques periódicos destinados a debilitar a Hamás y aterrorizar a los palestinos para que se sometieran. El nombre de la política anunciaba su lógica subyacente: la deshumanización de los palestinos hasta el punto de describirlos metafóricamente como hierba crecida, lista segarla de vez en cuando. Pero ¿quién podría culpar a Israel por llevar a cabo una política de hechos consumados? Nunca ha sido, y probablemente nunca será, llamado a rendir cuentas por su historial de atrocidades en el Líbano y en Palestina, incluidos los crímenes que crearon al propio Estado y lo perpetúan: la Nakba y la brutal e ilegal ocupación y colonización de Palestina. El resultado lógico de esta licencia para ocupar permanentemente a un pueblo deshumanizado, junto con una ideología que considera las tasas de natalidad de los palestinos como una “amenaza demográfica”, alcanzó su apogeo en 2023. “La Doctrina de Gaza” es ahora sinónimo de asedio total, limpieza étnica y genocidio. Cada vez que no se exige a Israel responsabilidades por sus crímenes, aumenta su confianza para volver a cometerlos hasta que se han convertido en “estrategias” aceptables, siempre y cuando se dirijan contra personas cuyas vidas no se consideran de igual valor en las respetables capitales de Europa y Estados Unidos. Este racismo geopolítico se manifiesta hoy en día con toda su fuerza; la Doctrina Dahieh, “cortar el césped” y la Doctrina de Gaza operan simultáneamente, a diferentes escalas, en Palestina, Líbano, Siria e Irán. En el Líbano, la guerra de impunidad de Israel se libra en tres frentes: el campo de batalla, el tejido social del país y su estructura política. En el ámbito militar, Israel está haciendo lo mismo que hizo en Gaza y anteriormente en el Líbano: asesinatos, destrucción de vastos territorios y bombardeos indiscriminados contra un pueblo que carece de defensas aéreas, refugios antiaéreos y fuerza aérea; al mismo tiempo Israel ha lanzado una invasión terrestre. También intenta doblegar al ejército libanés instándole a colaborar en la lucha contra Hezbolá. Esta presión se produce tras quince meses en los que se han producido más de 15.000 violaciones israelíes del alto el fuego que quedaron sin respuesta y que precedieron a la actual escalada. El 16 de febrero de 2026, dos días antes de que Israel se retirara de los territorios libaneses según el plazo ampliado del alto el fuego, Israel “anunció” que ocuparía cinco puntos fronterizos clave del Líbano —al-Aziyah, al-Awaida, el-Hamames, Jabal Bilat y Labbouneh— considerados puestos estratégicos y de seguridad. La diplomacia, liderada por el primer ministro Nawwaf Salam y el presidente Joseph Aoun, y los reiterados llamamientos a Francia y Estados Unidos para que obligaran a Israel a cumplir el acuerdo de alto el fuego firmado en noviembre de 2024, no surtieron efecto. A este fracaso se sumaron las violaciones flagrantes y diarias del alto el fuego, no solo en el Líbano, sino también en Gaza. Solo en el mes de febrero de 2026, veintiséis personas murieron a causa de los ataques israelíes en el Líbano. Si bien la decisión de Hezbolá de lanzar cohetes contra Israel el 2 de marzo divide en gran medida a la población, el ejército libanés no se enfrentará a Hezbolá, en parte por temor a que se vea afectada su cohesión interna y porque es consciente de la amenaza de la fragmentación del país. De hecho, muchas de las reformas de las Fuerzas Armadas Libanesas tras la guerra civil tuvieron como objetivo reforzar su unidad y evitar caer en lo que Israel les exige: el suicidio. Israel está creando intencionadamente una catástrofe humanitaria, a sabiendas de que el país, incluidos su gobierno y la sociedad civil, no será capaz de asimilarla. A fecha del 2 de marzo, al menos 1.024 personas han sido asesinadas por el ejército israelí en el Líbano, entre ellas 18 menores y 40 trabajadores sanitarios. Más de un millón de personas han sido desplazadas. Israel ha declarado que pretende crear una zona desmilitarizada y despoblada al sur del río Litani (35 kilómetros al interior del Líbano) similar a la “línea amarilla” trazada en Gaza. A medida que Israel amplia su territorio y su control en el interior de Gaza, Cisjordania y Siria, existen buenas razones para creer que su deseo es ocupar y tal vez anexionarse este territorio rico en recursos, un objetivo repetido en múltiples ocasiones por los primeros sionistas y dirigentes sionistas y expresado abiertamente por los políticos israelíes actuales. Israel está atacando el tejido social libanés, infligiendo un castigo masivo para debilitar el apoyo popular a Hezbolá, una estrategia también llevada a cabo sin éxito durante la guerra de 2006. Mediante el desplazamiento sobre todo de los chiitas libaneses, Israel intenta asimismo fomentar la violencia sectaria, al seguir atacando a las personas desplazadas en sus lugares de refugio. Estos ataques no solo causan muertes sino que también pretenden que las personas pertenecientes a diferentes sectas y lugares tengan miedo de ayudar a sus compatriotas desplazados. Ello es posible porque la exclusión sectaria ha creado un panorama de mayor segregación (con notables excepciones) de la que existía antes de la guerra civil libanesa. El embajador estadounidense en el Líbano ha adoptado el mapa sectario de Israel y aparentemente ha pedido a Israel que no ataque las aldeas cristianas del sur del Líbano. El 11 de marzo Israel lanzó un doble ataque y perpetró una masacre en la carretera de la costa de Ramlet al Bayda, la única playa pública de Beirut, donde las personas desplazadas vivían en coches y tiendas de campaña. El espectáculo de la impunidad de su violencia es el objetivo: cada extremidad desmembrada esparcida por la carretera pregona su licencia para cometer nuevas atrocidades. El plan en el Líbano, como en Irán, consiste en explotar las divisiones existentes en la sociedad política hasta que implosionen y, si eso no funciona, ampliar los límites del castigo colectivo. Esto no es un análisis. Son las amenazas que Israel lanza cada día al gobierno libanés y al pueblo del Líbano. Antes de este regreso a la guerra abierta, la ecuación política libanesa se había convertido en un acto de equilibrio precario entre el gobierno, el ejército, el Banco Central y Hezbolá y sus aliados. Cada uno de esos elementos se basa en el apoyo de diferentes países (ahora en guerra), instituciones y agentes y todos estaban sufriendo crisis de legitimidad solapadas. Después de la guerra, sea cual sea su resultado, está ecuación política cambiará; de hecho el propio sistema de sectarismo político podría ser rediseñado, al igual que pasó después de la guerra civil. Pero la guerra no acabará pronto, aunque este episodio termine. La colonización de la Palestina histórica siempre ha requerido la pacificación o subyugación, de sus parientes al otro lado de las fronteras. Israel, el único Estado de Oriente Próximo poseedor de armas nucleares, nunca permitirá la creación de un Estado Palestino, no renunciará voluntariamente a su compromiso con la dominación etno-sectaria. Este rechazo supone una declaración de guerra permanente contra los palestinos y sus aliados. En realidad, si a Israel no se le paran los pies, puede que el mundo sea pronto testigo del nacimiento de un nuevo inventario de crímenes: la Doctrina de Cisjordania. En su afán por mantener esta guerra permanente, y mientras aún cuentan con el apoyo incondicional del gobierno estadounidense y sus políticos, Israel ha decidido convertirse en un país rodeado de páramos despoblados, sin personas, partidos ni gobiernos capaces de oponer la más mínima resistencia, ni a la ocupación de su propio territorio ni a la de Palestina. Este objetivo exige no solo la limpieza étnica de los palestinos, sino también, llegados a este punto, del sur del Líbano. La visión de Israel para Oriente Próximo —cantones divididos por etnias— es una amenaza existencial para el Líbano y su sistema de gobierno. Sin embargo, incluso si Israel ocupa el sur del Líbano y Hezbolá queda neutralizado de alguna manera, la resistencia crecerá como la mala hierba bajo cada huella en el suelo. Con el tiempo, quedarán atrapados. Fuente: https://www.jadaliyya.com/Details/47267/From-Palestine-to-Lebanon,-A-War-Without-Limits El presente artículo puede reproducirse libremente a condición de que se mencione a su autora, a su traductor y a Rebelión como fuente de la traducción

domingo, 29 de marzo de 2026

Policía de Israel impide celebrar Misa de Ramos

⛪️ La policía israelí impidió al Patriarca Latino de Jerusalén y al sacerdote de la iglesia del Santo Sepulcro celebrar la misa del Domingo de Ramos, un hecho que fue condenado por Italia y Francia. "Este incidente constituye un grave precedente", destacó el Patriarcado Latino. El papa León lanzó una advertencia a "quienes hacen la guerra", en el contexto de un conflicto que se prolonga en Oriente Medio. "Este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra", advirtióel pontífice en su homilía del Domingo de Ramos. Lee más aquí 👇 https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/03/29/mundo/israel-impide-por-primera-vez-en-siglos-celebrar-misa-de-domingo-de-ramos-en-jerusalen

sábado, 28 de marzo de 2026

Israel vive "una situación catastrófica y sostenida artificialmente

- Sputnik Mundo, Israel vive "una situación catastrófica y sostenida artificialmente", advierte analista internacional Durante décadas, Israel se ha sostenido sobre la industria bélica y la cuantiosa ayuda de sus aliados occidentales. Sin embargo, el proyecto sionista vive hoy una situación crítica por diversos factores, como el gasto desmedido en conflictos, de acuerdo con analistas consultados por Sputnik. El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), Eyal Zamir, admitió esta semana que el Ejército se encuentra al borde de colapsar debido a la creciente presión operativa y al empeoramiento de la crisis de personal, en medio de la agresión contra Irán, el Líbano y otros países de la región. En una reunión del gabinete de seguridad, el alto mando castrense enumeró "10 señales de alerta", incluida la necesidad urgente de nuevas leyes de reclutamiento y de reserva, así como la urgencia de extender el servicio militar obligatorio. Zamir advirtió que, sin medidas inmediatas, las FDI podrían tener dificultades para realizar misiones rutinarias, en momentos en que, además, el sistema de reserva se encuentra bajo una fuerte presión. Las declaraciones del jefe del Estado Mayor del Ejército israelí ocurren poco después de que el Banco Central del país creado en 1948 reveló en su informe anual que el producto interno bruto (PIB) perdió 57.000 millones de dólares entre 2023 y 2025. El documento se centra primordialmente en la guerra que el Estado de Israel le declaró a Hamás tras el 7 de octubre de 2023, aunque también abarca parte de la ofensiva contra Líbano. Sin embargo, no incluye los costos de la guerra contra Irán, que está próxima a cumplir un mes. La realidad israelí Lo anterior evidencia una realidad que no se puede ocultar más: la situación actual en Israel "es catastrófica, pero mantenida artificialmente", de acuerdo con el analista internacional Daniel Lobato, experto en Oriente Medio y activista por Palestina. En diálogo con Sputnik, el integrante de la Samidoun: Red de solidaridad con las prisioneras y prisioneros políticos palestinos, desglosó los elementos que, a su modo de ver, le han permitido a Tel Aviv sobrevivir hasta el día de hoy. En primer lugar, Lobato explicó que, como toda colonia de extranjeros, Israel ha sido sostenido por una metrópolis que, en este caso, es colectiva y se conforma por los aliados europeos y Estados Unidos, que le compran a Israel armamento y tecnología bélica. En palabras del analista, la firma de los Acuerdos de Oslo en septiembre de 1993 le permitió a Tel Aviv entrelazarse con el orden neoliberal global, de tal forma que se convirtió en un "monocultivo de armamento" y de la "industria de la vigilancia, de la seguridad", cuyos productos probados en la población nativa, es decir, los palestinos y otros pueblos árabes, son los que exporta al mundo. "Esa es la tecnología que se exporta y eso es lo que le ha permitido al régimen israelí una parte de su supervivencia", señaló Lobato. Un barco no tripulado de la Marina de EEUU navega por el Estrecho de Ormuz - Sputnik Mundo, 1920, 24.03.2026 Defensa "La presión económica será el factor decisivo en la guerra en Oriente Medio", señala exministro palestino 24 de marzo, 17:04 GMT Además, después del ataque del 7 de octubre de 2023, los países europeos recibieron la orden de Estados Unidos de hacer compras históricas de armamento a Israel, dijo Lobato. "No solo enviar armas a Israel para que asesinara a los palestinos, sino a la vez hacer compras históricas", aseguró. Tan solo en 2024, Tel Aviv exportó armas y material de defensa por un monto de 14.795 millones de dólares, monto 13% superior a las ventas del año anterior, de acuerdo con el Ministerio de Defensa de dicho país. De esto, más de la mitad de los envíos fueron a países europeos, lo que representó un aumento de 35% en las exportaciones a dicha región, para un total de 54%. Otros elementos que contribuyen a la economía israelí Adicionalmente, Israel ha logrado sostenerse gracias a los acuerdos de libre comercio y asociación preferente que mantiene con sus aliados, por ejemplo, la Unión Europea. Así como por la venta de bonos de guerra, que son adquiridos por inversionistas y los países aliados, explicó el experto. "Estas dimensiones económicas han operado durante todas estas décadas, especialmente desde los años 90, porque, hasta ese momento, Israel era una especie de régimen en los márgenes. A partir de [ese momento] empieza este boom de la [denominada] superioridad israelí en lo tecnológico, las startups, y otros", relató Lobato. "Hay distintos canales por los cuales el régimen israelí se sostiene artificialmente en un coma, digamos, en una unidad de cuidados intensivos, en estos momentos", añadió. Ataque en tiempos de negociación: EEUU e Israel son indignos de confianza, señala analista - Sputnik Mundo, 1920, 28.02.2026 Internacional Ataque en tiempos de negociación: EEUU e Israel son "indignos de confianza", señala analista 28 de febrero, 11:06 GMT El portaaviones estadounidense en Oriente Medio Con él concuerda la doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Silvana Rabinovich, quien señaló a este medio que "el milagro económico que parecía ser Israel, en realidad, estaba sostenido por las potencias [occidentales], porque estaba cumpliendo el lugar de ser su punta de lanza [en Oriente Medio]". A la luz de ese rol —el cual fue descrito por Alexander Haig, secretario de Estado de EEUU durante la Administración Reagan, como el portaaviones estadounidense más grande del mundo que no se puede hundir— la experta comentó que el gasto de Israel en Defensa ha sido desmedido y esto ha sido notable siempre. En ese sentido, Rabinovich ponderó que la economía de Israel fue exitosa por dos razones: que descansa sobre una "industria adictiva como es la de seguridad" y, al mismo tiempo, por la impunidad que les otorga el mito de la invulnerabilidad sostenido en el Domo de Hierro. "Ese Domo de Hierro es una fuente, también, de ingreso y (...) les dio una idea de impunidad, que por eso podían estar matando en Gaza y decir que era pura propaganda", destacó. Sin embargo, la doctora observó que, tras el bombardeo iraní de Dimona, en el desierto del Néguev, la supuesta impenetrabilidad del Domo ha sido totalmente desmentida. "Irán, con mucha astucia, desgastó el Domo de Hierro (...) y, lo que estamos viendo es que (...) [recientemente] pegó en Dimona, que tiene que haber sido el lugar más denso del Domo de Hierro, porque ahí está la central nuclear que, en los años 50, construyó, con el apoyo de Francia, Shimon Peres, el premio Nobel de la Paz", recordó. "Si llegaron a Dimona y no le pegaron a la central nuclear, fue un aviso de que, en cualquier momento, todo puede reventar, eso quiere decir que el Domo de Hierro dejó de ser lo que era y esa sensación de desprotección que empieza a tener la sociedad israelí, [ocasiona que] empiece a salir", añadió. El logotipo de la Unión Europea en la sede del Parlamento Europeo en Bruselas - Sputnik Mundo, 1920, 04.09.2025 Internacional "La diplomacia europea se ha convertido en una farsa": la UE evade las sanciones en contra de Israel 4 de septiembre 2025, 04:42 GMT Después de octubre de 2023 El 7 de octubre de 2023 creó una fractura en la sociedad israelí que, aunada a la agresión contra Irán, ha alimentado una división interna y la salida de hasta 150.000 israelíes del país, dijo Rabinovich, citando datos recabados por el medio +972 Magazine y divulgados a principios de 2026. De acuerdo con Lobato, la mayoría de las personas que han abandonado el país corresponden al sector más cualificado, especialmente de la industria tecnológica. "Se les ha ido una parte de la sociedad de la más formada pero, además, en la cuestión práctica económica, el propio ministro de Economía, [Bezalel] Smotrich, cuando comenzó el genocidio, allá en octubre de 2023, reconoció que Israel se estaba gastando 300 millones de dólares diarios en la guerra que, en aquel momento, solo afectaba al gueto de Gaza", observó. "Si pensamos esto en un régimen de poco más de seis millones y medio de colonos extranjeros que hay, reales, en el territorio, es algo completamente insostenible para cualquier país del mundo, salvo que tenga una ficción económica detrás y esa ficción se llama Estados Unidos y la Unión Europea", ahondó. A esta situación se suma el cierre de miles de empresas a causa del reclutamiento de reservistas, la caída del consumo privado, la interrupción de las cadenas de suministro, altos costos de financiamiento y la falta de ayuda gubernamental, según diversos reportes de prensa. Una columna de humo se eleva tras un ataque militar estadounidense-israelí en Teherán, Irán, el martes 3 de marzo de 2026 - Sputnik Mundo, 1920, 27.03.2026 Internacional Los republicanos están cada vez más descontentos con la agresión de EEUU en Irán, refiere encuesta ayer Es inviable como Estado Por todo lo anterior, los analistas coinciden en que la pervivencia de Israel como proyecto nacional para el pueblo judío cada día es más cuestionable y ni siquiera existe ya la posibilidad de un Estado único y democrático para todos los habitantes de los tres trozos de Palestina: Gaza, Cisjordania e Israel. "Ya no cabe eso, quizás hace 30 años, en los Acuerdos de Oslo, tal como hizo Sudáfrica, hubiera sido posible un único Estado democrático, pero no habíamos entrado en esta fase tan agresiva de colonialismo en Cisjordania, las masacres repetidas en Gaza, no solo esta del genocidio actual de dos años y medio, sino 2014, 2012, 2008", argumentó Lobato. Por su parte, Rabinovich detalló que lo que le queda a Israel "es el lugar de un pirata sostenido por el terrorismo de Estado internacional. Es lo único que le va a quedar, porque la otra, una unidad binacional, es más, una confederación de comunidades autónomas para dar vida al lugar ya es impensable, lamentablemente es impensable", aseguró. "La credencial de víctima ya caducó por completo, se asumen como victimarios, pero con esa inercia de seguir reclamando la discriminación, antisemitismo, que los quieren matar (...) y para poder sostener eso, tienen que borrar sistemáticamente cualquier acto de memoria, que fue lo que llevó a la fundación del Estado de Israel", finalizó.