lunes, 18 de mayo de 2026

Israel construirá un museo de las Fuerzas Armadas en las ruinas de la sede de la UNRWA

- Sputnik Mundo, Israel construirá un museo de las Fuerzas Armadas en las ruinas de la sede de la UNRWA El Consejo de Ministros del Gobierno de Israel aprobó la construcción de un complejo del Ministerio de Defensa en la zona en la que, en enero, fueron demolidas las oficinas de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Medio (UNRWA) ubicadas en Jerusalén ocupada. Israel Katz, ministro de Defensa de Israel, informó sobre la decisión a través de sus redes sociales y detalló que el complejo incluirá una oficina de reclutamiento, un museo dedicado a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), así como una oficina de la cartera a su cargo. Israel comienza la demolición de edificios de la UNRWA en Jerusalén - Sputnik Mundo, 20.01.2026 En enero, fuerzas israelíes irrumpieron con excavadoras en la sede de la UNRWA y comenzaron a demoler los edificios. El secretario general de la ONU, António Guterres, se refirió al acto como un "ataque sin precedentes" y un "nuevo nivel de desafío abierto y deliberado al derecho internacional" por parte de Israel.

El lado oscuro de los nuevos cafés y restaurantes elegantes de Gaza

Recomiendo: El lado oscuro de los nuevos cafés y restaurantes elegantes de Gaza Por Eman Abu Zayed | 18/05/2026 | Palestina y Oriente Próximo Fuentes: Rebelión Traducido del inglés para Rebelión por Jesica Safa Los nuevos establecimientos que surgen en la devastada Gaza revelan una nueva realidad genocida. Las redes sociales están llenas de publicaciones que muestran fotos y vídeos de cafés y restaurantes elegantes en Gaza. Los relatos proisraelíes a menudo usan estas imágenes para afirmar que la vida ha vuelto a la normalidad en Gaza, que la gente no está sufriendo y que nunca hubo un genocidio. Estos cafés y restaurantes existen, yo misma los he visto. A fines de marzo hice mi primera visita a la ciudad de Gaza desde que comenzó la guerra. Me sorprendió ver la destrucción causada en la ciudad. Había montones de escombros en cada esquina. Incapaz de reconocer las calles, me sentí como si estuviera paseando por un laberinto. Pronto llegué a una zona cercana que me sorprendió aún más, estaba llena de cafés nuevos que no existían antes de la guerra. No eran lugares improvisados o temporales como uno podría esperar; fueron construidos con materiales caros, cuidadosamente pintados, amueblados con mesas, sofás y elegantes sillas, con fachadas de vidrio y luces brillantes. Una sensación de lujo emanaba de ellos. Se veían tan fuera de lugar entre los escombros y los edificios medio derrumbados que verlos parecía casi surrealista. Estos nuevos establecimientos no demuestran que la normalidad está volviendo a Gaza, sino que son un testimonio de su continua anormalidad genocida. La guerra enriqueció a algunas personas en Gaza, especialmente las que se dedicaban a actividades ilícitas como el contrabando, el saqueo y el acopio de fondos durante períodos de escasez aguda. Esta riqueza ahora está saliendo en varias formas, incluidos cafés y restaurantes de lujo. Paralelamente se ha empujado a la gran mayoría de la población de Gaza a una pobreza abyecta. Mientras que antes de la guerra, una persona promedio podía permitirse sentarse en un café y tomar una copa y un bocado para comer, hoy ya no es así. La mayoría de las personas ni siquiera pueden mirar estos nuevos lugares, mucho menos entrar en ellos y pedir algo. La gran mayoría de la población de Gaza vive en tiendas de campaña, no tiene electricidad ni agua potable y ha perdido su medio de vida. Sobrevive con la escasa ayuda que Israel permite entrar. Yo soy una de ellos, mi familia y yo vivimos en una tienda de campaña cerca de los escombros de nuestra casa en el campo de Nuseirat. Hemos perdido nuestro sustento familiar y la vida cómoda que solíamos tener ahora es solo un recuerdo distante. Estos nuevos establecimientos costosos reflejan un orden social profundamente injusto que ha surgido en Gaza, un orden en el que la especulación de la guerra ha elevado a una nueva clase privilegiada y ha hundido a la gran mayoría en la miseria sin acceso a una educación adecuada, atención médica e incluso alimentos. El genocidio no solo mató y mutiló a personas y destruyó hogares y escuelas; eliminó la perspectiva de una vida normal para la mayoría de las personas en Gaza. No podía pagar los cafés de lujo, así que continué por la calle hasta llegar a un restaurante más modesto al que solía ir con amigos antes de la guerra. Entrar en él era como retroceder en el tiempo a los días previos a la guerra; el lugar era el mismo, con las mismas sillas y mesas, y los olores familiares que llenaban el espacio. Me senté y observé reflexionando sobre recuerdos entrañables de haber pasado tiempo allí al salir de clases en la universidad. Pedí lo que solía pedir: un wrap de pollo, una soda y un plato pequeño de ensalada. La factura era de 60 shekels (20 dólares), más de tres veces lo que yo pagaría antes de la guerra, cuando mi familia tenía unos ingresos normales. La cuenta del restaurante, junto con el precio que pagué por un viaje compartido a la ciudad de Gaza (15 shekels o 5 dólares por trayecto), me costó una fortuna. Me sentí culpable gastando todo este dinero para disfrutar de un atisbo de normalidad. Los pocos que tienen la suerte de poder permitirse ir a cafés y restaurantes en Gaza pueden disfrutar de breves momentos de alivio, un escape temporal de los horrores de la realidad. Sin embargo, estos momentos son limitados, a menudo acompañados de ansiedad de regresar por las calles destruidas, el paisaje bombardeado y el trauma. Mientras me sentaba en Al-Taboon, pensé en los amigos con quienes solía pasar tiempo: Rama, que fue martirizado y Ranan, que escapó a Bélgica. Me senté allí sola, aferrada a estos recuerdos en medio del gris de los escombros de Gaza y las luces de los cafés alimentados por generadores. El genocidio ha devastado a todos, incluso a quienes se han aprovechado de él. Ningún tiempo pasado en resplandecientes cafés y restaurantes borrará nunca esta realidad. Eman Abu Zayed es una escritora palestina que vive en Gaza. Texto original: https://www.aljazeera.com/opinions/2026/5/2/the-dark-side-of-gazas-new-fancy-cafes-and-restaurants Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

domingo, 17 de mayo de 2026

León XIV, político

Recomiendo: León XIV, político Por Gorka Larrabeiti | 16/05/2026 | Mundo Fuentes: Infolibre Prevost quiere dejarles claro a quienes intentan manipular el poder pontificio que él juega en otra liga histórica: la espiritual Un año después de su nombramiento, hemos pillado al papa en su primera mentirijilla: “No soy un político”. Ocurre que el papa acaso no sea tan sólo un político. Y ocurre también que a esa media mentira le sucedía una gran verdad seguida de un mandoble antológico, que sumía a Trump en la plena mezquindad política, al tiempo que a él lo elevaba a otra más alta condición: “No quiero entrar en un debate con él”, “no le tengo miedo”. Por otro lado, en el primer aniversario del papado de Prevost, se han publicado artículos que tratan, ora de ceñir el alcance del poder papal a lo estrictamente religioso, ora de atemperar su posicionamiento político presentando a León XIV como alguien ni de izquierda ni de derecha: un pontífice que ha venido a reequilibrar la iglesia, un papa de mero centro. Así, pese al riesgo de simplificación, las cuestiones a debatir serían dos. Primera: ¿es o no el papa un político? Y segunda: de serlo, ¿de qué parte está? La primera pregunta es de perogrullo y la respuesta obvia es un sí mayúsculo. Que Francisco fracasara en la guerra de Ucrania o en la carnicería de Gaza no quita para no ver que la potencia del papa es distinta. No hay sobre la faz de la Tierra institución humana más longeva. Hasta la Paz de Westfalia, el papa hacía de árbitro en las contiendas entre Estados. A partir de entonces, fue tan sólo un Estado más. Con la Revolución Francesa, la Santa Sede suplió astutamente su progresiva pérdida de poder temporal con una subjetividad internacional cada vez mayor. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Santa Sede se ganó un papel protagonista en las Convenciones de Viena, en la Ostpolitik, en la Conferencia de Helsinki, y lo hizo con extraordinario oficio diplomático. Pablo VI clarificó su condición política en su famoso discurso ante la ONU de 1965: “Quien os habla es un hombre como vosotros; es vuestro hermano, y hasta uno de los más pequeños de entre vosotros, que representáis Estados soberanos, puesto que sólo está investido —si os place, consideradnos desde ese punto de vista— de una soberanía temporal minúscula y casi simbólica: el mínimo necesario para estar en libertad de ejercer su misión espiritual y asegurar a quienes tratan con él, que es independiente de toda soberanía de este mundo. No tiene ningún poder temporal, ninguna ambición de entrar en competencia con vosotros”. Tras la modosidad diplomática de Pablo VI llegaría el alarde imperial de comunión anticomunista de Reagan y Juan Pablo II tan añorada por los ases del nacionalcristianismo global (Meloni, Orbán, Hazony, Marion Maréchal, etc.) en la cumbre del National Conservatism celebrada en Roma en 2020. ¿Tampoco Benedicto XVI fue un político? Vaya si lo fue. Para él, el pluralismo podía pecar de relativismo moral y era deber del cristiano pelear en la arena política por la pervivencia de unos principios no negociables entre los cuales la justicia social brillaba, extrañamente, por su ausencia. Tan hiperpolíticoera Benedicto XVI que Andreotti, tras una intervención conjunta ante el Senado italiano de un Ratzinger aún cardenal y del presidente de esa institución, Marcello Pera, resumió así los comentarios en los corrillos posteriores a sendos discursos: “Hemos escuchado al cardenal Pera y al presidente Ratzinger”. ¿Francisco tampoco fue un político? Francisco no sólo fue un político, sino que tuvo la condición mejor que puede tener un papa para un laico: fue un papa ilustrado, que, con el Evangelio como estrella polar y la Doctrina Social como brújula, se batió por la fraternidad, la defensa de la casa común y el derecho como ningún papa antes. A la iglesia y los Estados Unidos les une en este momento la idea de que son imperios perdidos, con la salvedad de que la iglesia lleva siglos perdiendo su imperio y siglos conservándolo, mientras que Trump acaba de cometer un error que para Maquiavelo era el mayor indicio de decadencia en el poder temporal: “El desprecio del culto divino” (Discursos sobre la primera década de Tito Livio, XII). ¿Por qué reitera, pues, León XIV que no es un político? Porque quiere dejarles claro a quienes quieren manipular el poder pontificio que él, como se dice ahora, juega en otra liga histórica: la espiritual. Y también por lo ya dicho: porque no quiere debatir con políticos como el vicepresidente Vance, el cual invitó al Vaticano a ceñirse a temas de moralidad y dejar que fuera el presidente Trump quien dicte la política pública estadounidense. Este papa propone un modelo totalmente divergente del trumpiano. Niega la posibilidad de una nueva cruzada desmontándola de raíz: denuncia la “falsa propaganda” de las políticas de rearme; afirma que somos muchos quienes no ignoramos la cantidad de dinero que se embolsan los “mercantes de muerte”; propugna un nuevo contrato lingüístico no violento: “Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra”. Para desesperación de Trump, Rubio o Vance, León XIV sostiene que “la fe no separa la vida espiritual de la social”. Este es un papa demasiado poco moralista o, sin tapujo cursivo, demasiado poco interesado en lo sexual, ese señuelo tan eficaz para tapar la gula belicista y la ira bélica. Para hacerse una idea de lo social que es este papa, véanlo hace unos días aplaudiendo al arzobispo de Nápoles cuando este acusaba a la Camorra de ser no sólo criminal, sino también “mentira educativa, falsa promesa, religión del dinero, robo de futuro”. Hace poco, Adrian Vermeule, profesor de Harvard con mucho predicamento entre los admiradores de la teocracia, tuiteaba: “En el Año del Señor de 2026, la cuestión de la relación entre los poderes temporal y espiritual vuelve a ser central en nuestra política. Rawls y Habermas desaparecen en el espejo retrovisor”. A este trance histórico iliberal, en el que desde el otro lado del charco Trump, Vance y Rubio cuestionan a cañonazos mediáticos la función y la autoridad del papado, la iglesia ha llegado preparada y habiendo hecho ya autocrítica. Según el sociólogo Giuseppe De Rita, en los últimos 30 años la iglesia cometió el error de pensar que le bastaba con ejercer el poder como influencia y no como fuerza. El hecho es que esa ausencia ha coincidido con un debilitamiento de la democracia. Ahora en la iglesia ven que urge recuperar un terreno baldío en el que se ha hecho fuerte la derecha identitaria. Los católicos deben volver a mojarse en política como cuando escribieron, animados por Pío XII, el Código de Camaldoli, una de las bases del movimiento de la Democracia Cristiana europea. Hoy, sentenciaba ya en 2023 el cardenal Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, hace falta “una Camaldoli europea”. La iglesia, como potencia política, es un Guadiana. No conviene subestimarla cuando menos se la ve; tampoco sobreestimarla en sus crecidas. El Secretario de Estado James Buchanan dio indicaciones al agregado comercial ante los Estados Pontificios el 5 de abril de 1848: “Nuestra relación directa con los Estados Pontificios sólo puede ser de carácter comercial”. El aparato de EEUU siempre tuvo claro que no cabía mantener relaciones diplomáticas con el jefe de una iglesia, porque ello entrañaría poner en peligro su sagrado principio constitucional de la separación iglesia-Estado. Darle a una iglesia un estatuto preferencial en relación con el Gobierno estadounidense hubiera arrinconado el principio de conceder a todos los organismos religiosos el mismo estatuto. Esa tradición se mantuvo durante buena parte del siglo XX. En enero de 1951, la Junta General del Consejo Nacional de Iglesias cristianas de los EEUU seguía instando a que no se llevara a cabo ninguna tentativa a fin de establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede, y, de hecho, hasta 1984, no las hubo. Luego, con Reagan y Juan Pablo II, llegó la entente en pro de un régimen de cristiandad remozado; y después, con Francisco, la disolución de aquella fusión entre lo sacro y el poder temporal con fines imperiales. León XIV sigue, sin duda, en este respecto la misma línea que Francisco. Por eso lo atacan cotidianamente desde los mismos medios ultraconservadores de EEUU que impugnaban a diario el pontificado de Francisco. Uno de los más sobresalientes diplomáticos vaticanos del siglo XX, el cardenal Achille Silvestrini, decía: “Los viejos soberanos absolutos sabían de sobra lo que podía significar un cambio de pontificado. Los comunistas, en cambio, desatendieron totalmente esa idea y el nombramiento de Juan Pablo II el 16 de octubre de 1978 les pilló desprevenidos. Tal vez pensaban que los cardenales jamás se atreverían a elegir un papa proveniente de uno de los países marxistas. Un error que el emperador de Austria o el rey cristianísimo de Francia jamás hubiera cometido…”. Lo mismo vale para Trump. ¿Cómo pudo escapárseles otra vez otro papa social, otro papa con agenda evangélica, otro pontífice tan demasiado político, tan poco de centro y tan cercano a los grandes ideales de cualquier socialista? León XIV visita España en breve. Para los creyentes será una visita pastoral. Para todo el mundo será también una visita muy política. Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma. Fuente: https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/leon-xiv-politico_129_2191840.html Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

El doloroso declive de los imperios

Recomiendo: El doloroso declive de los imperios Por Juan Torres López | 16/05/2026 | Economía Fuentes: Ganas de escribir Desde hace semanas, la página web de la Casa Blanca se abre con un texto que termina diciendo: «Hemos entrado indudablemente en una Edad de Oro de la grandeza estadounidense, que promete aún mayores oportunidades y seguridad en el futuro». Un mensaje que el presidente Trump suele repetir añadiendo que su país es la primera gran potencia mundial en todos los ámbitos. Es indudable que el poder de ese país es inmenso y que está en la vanguardia del mundo en muchos ámbitos cruciales para la economía, la política y la vida de los seres humanos. Pero la Administración estadounidense y su máximo líder hacen una lectura bastante parcial del lugar que Estados Unidos ocupa en el mundo. Según las fuentes estadísticas internacionales más solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre las naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57 en libertad de prensa y estado del clima y el medio ambiente, el 46 en esperanza de vida, el 29 en ausencia de corrupción, el 27 en movilidad social, el 26 en indicadores educativos y el 24 en la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el primer lugar, por el contrario, en número de personas encarceladas, en muertes por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte por desesperación… y, entre los países más ricos del planeta, también en desigualdad de ingreso y riqueza, mortalidad materna y pobreza infantil. En cuanto a indicadores económicos, igualmente es cierto que Estados Unidos es la primera potencia mundial en gasto militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las que ha participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado o dado directamente, utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas armadas. Estados Unidos destaca sobremanera en los rankings mundiales. Es cierto. Pero también lo es que todas esas posiciones de vanguardia, como acaba de señalar, no son precisamente como para sentirse orgulloso, y que no permitan afirmar que ese país se encuentre en una Edad de Oro. La verdad es que Estados Unidos es un imperio en declive. Hay unos datos muy elementales que quizá lo demuestren de forma muy rápida y elemental. Al terminar la segunda Guerra Mundial, su Producto Interior Bruto representaba el 50% del global, su producción industrial equivalía al 60% de la de todos los países del mundo juntos, y disponía del 80% de las reservas de oro existentes en el planeta. Hoy día, el PIB de Estados Unidos representa el 25% del mundial, su industria el 17% de la producción industrial global y sólo dispone del 25% de las reservas de oro totales. Su peso en la economía, el comercio, las finanzas, la tecnología e incluso en el poderío militar sigue siendo muy alto, pero en todos esos ámbitos decae sin cesar. Y lo hace, además, frente a China, una nación pobre y atrasada hace muy pocas décadas y que ahora ha logrado superar a Estados Unidos en muchos de los indicadores estratégicos más relevantes. Imperios en declive Ante esta situación en la que se encuentra Estados Unidos me parece fundamental tener en cuenta que el declive de todos los imperios que se han conocido y estudiado suele tener características semejantes que es muy probable que se vuelvan a dar ahora, en su caso. Los imperios nunca declinan suavemente, digamos que aceptando pasivamente su pérdida de influencia y poder. Lo hacen, por el contrario, aumentando su agresividad, intensificando la extracción de riqueza a otras naciones y convirtiéndose en más peligrosos que nunca. Cuando su pujanza económica disminuye, aumentan la coerción militar, la presión financiera y el control político. Y, al no poder integrar ya bajo su manto a las demás naciones con consensos y convicción, recurren a la amenaza y exigen obediencia ciega. Eso ocurrió con Roma, un imperio que terminó devorándose a sí mismo cuando, incapaz de seguir expandiendo su poder, comenzó a exprimir a los campesinos y artesanos y a generar una inflación disparada para poder financiar un gasto militar que terminó provocando su colapso. La desigualdad que eso produjo no fue un efecto colateral del declive, sino una de sus causas estructurales más relevantes. España controló durante el siglo XVI los mayores flujos de metales preciosos que el mundo había conocido. Era el imperio donde nunca se ponía el sol, pero comenzó a encadenar bancarrotas y se convirtió en el Estado más endeudado de su época. Casi la mitad de los ingresos de la Corona terminaban como intereses de la deuda en los bolsillos de banqueros genoveses y alemanes, mientras se deterioraban las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población. El Imperio británico, por el contrario, sí mantuvo su base productiva en la etapa de apogeo, pero no pudo evitar ni fue capaz de enfrentarse al ascenso de otras potencias como Alemania y Estados Unidos, en las últimas décadas del siglo XIX. Pero también reaccionó ante ello aumentando la agresión, la expansión colonial y las guerras cada vez más inútiles y costosas. La conocida como Guerra de los Bóers, en Sudáfrica, se había concebido como una operación rápida y de bajo coste. Sin embargo, se convirtió en un conflicto de desgaste que costó un cuarto de millón de bajas, generó una auténtica ruina financiera y puso al descubierto las limitaciones militares de un imperio que hasta entonces había podido actuar con total impunidad allí donde se le antojaba. El paralelo con las últimas guerras promovidas por Estados Unidos en Afganistán, Irak o Irán no puede ser más evidente. Un mismo patrón La mayoría de los imperios conocidos han recurrido a la coerción y a la expansión militar cuando su liderazgo económico menguaba y por eso registran gastos militares exagerados en esa etapa que agudizan el deterioro económico. Lo mismo que está sucediendo con los Estados Unidos de nuestra época, un imperio que prácticamente no ha dejado de estar en ningún momento en guerra durante los últimos veinticinco años. También está aumentando ahora la extracción creciente de riqueza a quienes habían sido los mejores aliados del imperio estadounidense. Se comprueba particularmente con Europa, que soporta costes energéticos extraordinarios, pérdida de capital industrial, dependencia militar y tecnológica y subordinación estratégica a Estados Unidos sin precedentes. Y lo que aún es más revelador es que esa presión sobre los aliados produce precisamente el efecto contrario al deseado. La hostilidad de Trump logra unir a Europa, acercar a China, Japón y Corea del Sur, o generar un bloque cada vez más numeroso de países antagónicos a Washington. Por otro lado, los imperios en declive no sólo aumentan su agresión y control hacia el exterior, sino también dentro de sus propias fronteras. tal y como está ocurriendo ahora con Estados Unidos. Con la excusa de combatir el terrorismo, allí se vigila masivamente a sus ciudadanos, se militariza la acción policial y las libertades y derechos civiles se erosionan sin cesar. Quizá el síntoma más claro y paralelo con el patrón histórico es lo que está ocurriendo con la distribución de la riqueza interna en Estados Unidos. Roma exprimió a sus campesinos para pagar a los mercenarios, España esquilmaba a sus vasallos para pagar a sus banqueros, y ahora Estados Unidos recorta la sanidad y ayudas destinadas a la población más pobre para financiar su gasto militar y los privilegios fiscales que concede a los oligarcas. Es igualmente característico de los imperios en declive que sus clases dirigentes se conviertan en algo así como autómatas incapaces de reconocer las limitaciones que afectan a su poder y capacidad de influencia. Los reyes siguieron embarcando a España en guerras imposibles a pesar sus bancarrotas. El imperio japonés atacó a Estados Unidos cuando se sabía perfectamente que no estaba en condiciones de hacerle frente. La Francia napoleónica se precipitó ella misma hacia el colapso creyéndose dueña y señora del mundo en las estepas rusas… Los grandes imperios en declive nunca se detienen a tiempo. Y, por último, en todos ellos se da un fenómeno que también estamos viviendo en estos momentos cuando comienza a producirse el de Estados Unidos, la financiarización extrema de sus economías. Lo que comienza siendo un imperio basado en el poderío productivo, agrícola, industrial y comercial termina por no poder sostenerse nada más que en la fuerza artificialmente lograda de su moneda divisa, además de en los ejércitos. No es precisamente su Edad de Oro Estados Unidos no va a colapsar, ni a corto plazo ni siguiendo un guion simple o predecible. No podemos saber lo que ocurrirá en los próximos años, pero sí se puede sostener con certeza algo que ya ha comenzado a producirse y a evidenciarse ante nuestros ojos: Estados Unidos está entrando en la fase más peligrosa de todos los procesos de dominio imperial. Aquella en la que el imperio sigue siendo extraordinariamente poderoso, pero no lo suficiente como para imponer su poderío sin costes igualmente extraordinarios a los demás y a sí mismo. Tanto por el deterioro de los motores que le dan fuerza interna, como por la existencia de competidores que alteran las reglas de privilegio que había establecido para poder sostener su imperio. El mundo de hoy día ya no es unipolar y Estados Unidos se sigue comportando, sin embargo, como si lo fuera. Y su superioridad económica, financiera, tecnológica y militar ya no es suficiente, ni siquiera, para imponerse a una potencia media como es Irán. Algo, hace décadas impensable. Y, como nos ha enseñado la historia, cuando todo esto ocurre es cuando el imperio y el mundo sobre el que se proyecta se vuelven más inestables y violentos. La prepotencia y la soberbia insultante de Trump no son rasgos personales, son la característica estructural y muy dolorosas para todos de los imperios que comienzan a caer. También sabemos, por supuesto, que la historia no tiene por qué repetirse siempre de la misma forma. Pero, por si acaso, deberíamos prepararnos para estar en condiciones de enfrentarnos a lo peor. Fuente: https://juantorreslopez.com/el-doloroso-declive-de-los-imperios/

sábado, 16 de mayo de 2026

China se planta ante EEUU en temas clave durante la visita de Trump, afirma un analista

- Sputnik Mundo China se planta ante EEUU en temas clave durante la visita de Trump, afirma un analista La visita de Estado del presidente estadounidense, Donald Trump, a la capital china, Pekín, no cambió considerablemente la dinámica de las relaciones bilaterales, declaró a Sputnik el analista geopolítico y económico de Hong Kong, Angelo Giuliano. China se mantuvo firme en las cuestiones fundamentales en diálogo con EEUU, compartió el experto. En particular, el presidente chino, Xi Jinping, advirtió directamente a su homólogo estadounidense que la cuestión de la isla de Taiwán es una línea roja y que "un mal manejo de la situación podría desembocar en un conflicto". "Desde un punto de vista práctico, esto [la visita] no resultó especialmente constructivo a la hora de cambiar la dinámica subyacente. China se mantuvo firme en las cuestiones clave", declaró Giuliano. Con ello, el experto apuntó a la falta de avances significativos en materia de restricciones tecnológicas, controles de exportación o desequilibrios comerciales estructurales y subrayó la preponderancia económica, industrial y estratégica del país asiático. "China se encuentra en una posición mucho más fuerte que hace nueve años —económica, industrial y estratégicamente— y no está dispuesta a hacer concesiones bajo presión", sostuvo. Moscú sigue de cerca los resultados de la visita de Trump a China, destaca el Kremlin ayer En este contexto, el especialista observó que China supo acondicionarse a las medidas de contención lanzadas por Washington en su contra. "Pekín se ha adaptado, ha diversificado su economía para reducir su dependencia de Estados Unidos y ha proseguido su ascenso", indicó. A la vez, recalcó que la economía y la base industrial que actualmente posee el gigante asiático, le otorgan una ventaja que Estados Unidos ya no tiene de forma unilateral, por lo que el Gobierno chino "simplemente no tiene por qué ceder". "No surgió ninguna concesión significativa porque China negocia desde la capacidad, no desde el miedo", concluyó.

viernes, 15 de mayo de 2026

El Golfo después de Ormuz

Recomiendo: El Golfo después de Ormuz Por Alejandro Marcó del Pont | 15/05/2026 | Economía Fuentes: El tábano economista La guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo, la acelera (El Tábano Economista) La guerra de EE.UU./ Israel con Irán no solo alteró el equilibrio militar de Medio Oriente. También abrió una crisis más profunda, la del modelo de poder sobre el que los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) construyeron su ascenso durante las últimas décadas. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Bahréin y Omán habían logrado combinar tres activos decisivos: seguridad provista en gran medida por EE.UU., centralidad logística en los flujos de energía (exportaciones y corredores para distribuirlas) y una extraordinaria capacidad de inversión global a través de sus fondos soberanos. Esta guerra ha puesto en jaque las tres cosas al mismo tiempo. El debate público suele concentrarse en lo más visible: misiles, drones, refinerías golpeadas, el cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada entre Washington y Teherán. Pero el verdadero cambio geopolítico es más estructural. La reconfiguración del CCG depende hoy de su capacidad para resolver tres vulnerabilidades simultáneas: la ausencia de una defensa regional realmente integrada; la construcción de corredores alternativos a los grandes cuellos de botella marítimos, con la incógnita estratégica de si China será incluida en su diseño y la preservación de su potencia financiera externa, en particular los flujos de sus fondos soberanos hacia Estados Unidos, en un contexto de guerra, caída de ingresos y necesidad de reorientar capital hacia prioridades domésticas. La guerra acelera esa discusión porque golpea a la vez la seguridad, la energía, el turismo, la logística y la capacidad del Golfo para seguir exportando capital. Rebecca Patterson lo formuló con agudeza en un artículo reciente para el Council on Foreign Relations: “existe un riesgo mucho menos atendido para Estados Unidos que el precio del petróleo o la interrupción de materias primas críticas. Ese riesgo es la reducción del suministro de dólares procedentes del Golfo, especialmente hacia empresas tecnológicas estadounidenses necesitadas de financiamiento, proyectos de inteligencia artificial y sus intermediarios financieros”. No es un detalle marginal. Es uno de los nervios menos discutidos del nuevo equilibrio regional. El primer problema del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) es militar, aunque en realidad sea político. Los seis países del Golfo llevan años hablando de coordinación defensiva, de interoperabilidad, de sistemas de alerta temprana y de una arquitectura común frente a misiles y drones. Existen acuerdos, ejercicios conjuntos, grupos de trabajo y hasta una retórica recurrente de “seguridad indivisible”. Sin embargo, la guerra demostró que esa integración era más formal que efectiva. La principal barrera no es tecnológica. Es política. Los Estados del Golfo no comparten una misma lectura estratégica del mundo. Emiratos y Bahréin profundizaron vínculos con Israel; Catar conserva una asociación estrecha con Turquía; Omán protege su rol de mediador y mantiene canales con Irán; Arabia Saudita alterna entre la contención, la negociación y la búsqueda de autonomía. Son países aliados en el papel, pero no idénticos en sus prioridades, ni en sus amenazas percibidas, ni en sus márgenes de maniobra. Durante años, Washington ayudó a administrar esa fragmentación sin resolverla. Vendió sistemas antimisiles, radares, aviones y baterías de defensa a sus socios del Golfo. Impulsó ejercicios conjuntos. Promovió la interoperabilidad entre las fuerzas locales y el dispositivo militar estadounidense. En mayo de 2024, luego del ataque iraní contra Israel, un funcionario del Pentágono presentó ese episodio como una prueba del valor de la defensa aérea y antimisiles integrada, y sostuvo que había dado nueva urgencia a la cooperación regional. El problema es que interoperabilidad con Estados Unidos no equivale a integración defensiva entre los países del CCG. Washington construyó una arquitectura de vínculos bilaterales —cada monarquía conectada a la potencia protectora— más que una verdadera defensa colectiva intra-Golfo. Ese modelo fue rentable para la industria militar estadounidense y funcional para preservar la centralidad de Washington como proveedor indispensable. Pero dejó pendiente lo esencial: que los propios países del CCG puedan compartir información, asignar recursos, coordinar respuestas y protegerse como bloque, no solo como clientes de un paraguas externo. La guerra con Irán exhibió el costo de esa diferencia. Los ataques no distinguieron demasiado entre los grados de alineamiento de cada capital. Los puertos, las instalaciones energéticas, los aeropuertos y las infraestructuras críticas del Golfo se convirtieron en parte del teatro de operaciones. Reuters recogió la inquietud de fuentes regionales que expresaban una paradoja brutal: Estados Unidos encendió la guerra, pero los países árabes del Golfo son quienes absorben una parte sustantiva del daño económico y estratégico. La pregunta, entonces, ya no es si el CCG necesita más defensa. Eso es evidente. La pregunta es qué tipo de defensa quiere construir. Si la respuesta es comprar más sistemas nacionales, el resultado será una versión más cara de la vulnerabilidad actual. Si la respuesta es una verdadera arquitectura regional —alerta temprana compartida, defensa aérea coordinada, mando conjunto y producción local de ciertos insumos críticos—, entonces el CCG podría transformar la crisis en una oportunidad de autonomía estratégica. Pero esa alternativa exige algo que hasta ahora no ha ocurrido: que las monarquías del Golfo acepten que la soberanía no se preserva aislándose, sino integrando capacidades. Ese es el primer dilema de la reconfiguración regional. El segundo eje es logístico y geoeconómico. El cierre del Estrecho de Ormuz no fue simplemente una disrupción del comercio energético. Fue la demostración de que el principal cuello de botella del Golfo puede ser convertido en instrumento de coerción estratégica. Antes de la guerra, Ormuz era una amenaza permanente pero muchas veces tratada como improbable en sus consecuencias extremas. Incluso cuando se admitía el riesgo, buena parte del análisis económico occidental lo colocaba en la categoría de escenario de tensión parcial, no de interrupción masiva y sostenida. La dimensión del golpe explica por qué Ormuz dejó de ser un simple paso marítimo. En 2025, cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo atravesaron el estrecho, aproximadamente un tercio del comercio mundial de petróleo. Además, una porción decisiva del GNL global depende de esa ruta, en particular el gas de Catar. La crisis mostró que existen vías de alivio, pero no soluciones completas. Arabia Saudita pudo aumentar los despachos por el oleoducto este-oeste hacia Yanbu, en el Mar Rojo. Emiratos utilizó la ruta Habshan-Fujairah para sacar parte de su crudo evitando el estrecho. Estas infraestructuras permitieron mitigar la pérdida de exportaciones y elevar el tráfico de buques tanque en puertos sauditas del Mar Rojo de manera marginal. Pero conviene no exagerar su alcance. Los bypass energéticos no cubren a todos por igual. Kuwait, Catar e Irak tienen restricciones mucho mayores. Las alternativas sirven sobre todo para petróleo, no necesariamente para gas natural licuado. Y ninguna tubería resuelve por sí sola la vulnerabilidad de importaciones esenciales, cadenas alimentarias, bienes industriales, fertilizantes o flujos comerciales generales. Por eso el corredor deja de ser “infraestructura” y pasa a ser estrategia nacional y regional. La nueva pregunta del Golfo es cómo construir rutas que permitan sobrevivir a un Ormuz intermitente, condicionado o políticamente disputado. Esa discusión incluye oleoductos, puertos, ferrocarriles, depósitos estratégicos, redes digitales, cables submarinos y plataformas logísticas. El CCG ya había aprobado avances en la conexión ferroviaria regional, pero la guerra le da un significado distinto, ya no se trata únicamente de diversificar comercio, sino de reducir vulnerabilidades existenciales. Sin embargo, el verdadero debate no es técnico. Es político: ¿puede el CCG diseñar corredores alternativos sin China? La respuesta realista es que probablemente no quiera hacerlo. China no es un actor externo menor para el Golfo. Es comprador clave de energía, socio comercial fundamental y proveedor de financiamiento e infraestructura. En mayo de 2025, la declaración conjunta ASEAN–China–CCG incluyó de manera explícita la promoción de cooperación de alta calidad bajo la Ruta de la Seda y el desarrollo de corredores logísticos y plataformas digitales. Ese dato altera todo el cuadro. Si el corredor del Medio Oriente-India-Europa (IMEC) fue pensado en Washington/Israel como parte de una geoeconomía que contuviera el avance de la Ruta de la Seda china, los países del Golfo parecen menos interesados en elegir entre una arquitectura u otra que en superponerlas. Quieren corredores occidentales, sí, pero también desean conservar acceso a capital, demanda e infraestructura china. Esa ambivalencia enfurece a Estados Unidos porque reduce el valor estratégico de sus proyectos de conectividad: un corredor que debía anclar al Golfo a Occidente puede convertirse, en manos del CCG, en una plataforma de multipolaridad. Si China participa de manera decisiva en el diseño de los corredores del Golfo, Estados Unidos pierde exclusividad. Si queda afuera, el CCG reduce su margen de maniobra frente a su principal socio comercial asiático. Ninguna de las dos opciones es neutra. La guerra con Irán vuelve más urgente esa decisión porque demuestra que la infraestructura es, en realidad, política condensada. Ormuz no era simplemente un estrecho. Era una promesa de continuidad. Esa promesa se rompió. El tercer eje es el más subestimado y, quizá, el más importante para Estados Unidos. Durante décadas se habló del “reciclaje de petrodólares”. Los países exportadores de energía acumulaban excedentes y una parte sustantiva regresaba a los mercados occidentales en forma de depósitos, bonos, acciones e inversiones de cartera. Esa lógica no desapareció, pero cambió radicalmente de escala y sofisticación. Los fondos soberanos del Golfo se transformaron en instrumentos de política industrial, diplomacia económica y poder estratégico. Según estimaciones citadas por CFR, la región administra entre 4 y 7 billones de dólares en activos soberanos. EE.UU. captó 132.000 millones de dólares en 2025, el 48% del total, impulsado en gran medida por inversiones en infraestructura digital, centros de datos y empresas de inteligencia artificial. Este dato es central: el capital del Golfo ya no es solo un colchón financiero para las monarquías. Es parte del metabolismo del capitalismo estadounidense, especialmente de sus sectores más ambiciosos y costosos. Si la guerra persiste, los países del CCG necesitarán más recursos para defensa, reparación de infraestructura, estabilización fiscal y sostenimiento interno. Eso puede reducir o postergar la colocación de capital en el exterior. Reuters informó en marzo que tres Estados del Golfo comenzaron a revisar cómo desplegar sus fondos soberanos, incluyendo posibles reversiones de compromisos, desinversiones y revaluación de patrocinios globales. No estamos ante un viraje improvisado. La retracción internacional ya había comenzado antes de la guerra. En abril de 2026, el gobernador del Public Investment Fund saudí afirmó que el fondo buscará destinar el 80% de sus inversiones a la economía local y reducir la proporción internacional al 20%, desde picos cercanos al 30%. El giro responde tanto a la presión de los déficits y la menor renta petrolera como a la urgencia renovada que impone la guerra. Dicho de otra manera: la guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo, la acelera. Por eso la relación Washington–CCG atraviesa una contradicción profunda. Estados Unidos quiere que los países del Golfo sigan siendo socios estratégicos, compren armamento estadounidense, financien sectores prioritarios de su economía y respalden corredores favorables a Occidente. Pero la misma guerra que Washington ayudó a desencadenar erosiona la capacidad del Golfo para cumplir todos esos roles a la vez. Si el conflicto se prolonga, el CCG tendrá que priorizar. Y es razonable suponer que priorizará su estabilidad doméstica antes que la comodidad financiera de Silicon Valley. La gran enseñanza de esta guerra es que el Golfo ya no puede ser entendido como una región pasiva, rica y dependiente, cuya función es exportar energía, comprar armas y reciclar excedentes. Está emergiendo como un actor que debe administrar simultáneamente seguridad, conectividad y capital. Si el CCG consigue construir una defensa regional efectiva, reducirá su dependencia del paraguas estadounidense. Si logra desarrollar corredores alternativos con suficiente autonomía, limitará el poder de coerción de Ormuz y ganará margen frente a Irán. Si preserva sus fondos soberanos sin quedar atrapado entre la guerra y las urgencias domésticas, mantendrá su influencia global. Pero si fracasa en alguno de esos frentes, su posición se debilitará. Estados Unidos también enfrenta una decisión. Puede seguir tratando al Golfo como una extensión de su arquitectura de seguridad, asumiendo que las monarquías absorberán los costos de una estrategia regional diseñada en Washington. O puede aceptar que el CCG está entrando en una etapa más autónoma, más transaccional y menos disciplinada por la lógica occidental. Esa autonomía incluirá conversaciones con China, incluso en corredores estratégicos. Incluirá una mayor cautela en la exportación de capital. Incluirá exigencias de seguridad más concretas a cambio de cooperación. Y probablemente también incluya una revisión crítica del viejo intercambio tácito: protección estadounidense a cambio de energía estable, inversiones y alineamiento geopolítico. El futuro del Golfo no se decidirá únicamente en los campos de batalla ni en la mesa de negociación entre Washington y Teherán. También se decidirá en los centros de datos que buscan financiamiento, en los puertos que conectan Asia y Europa, en los oleoductos que esquivan Ormuz, en las reuniones discretas de los fondos soberanos y en la capacidad —todavía pendiente— de seis Estados ricos de convertirse en una verdadera comunidad estratégica. Ahí se juega la reconfiguración de Medio Oriente. Y también una parte no menor del poder estadounidense en el siglo XXI. Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/05/14/el-golfo-despues-de-ormuz/

jueves, 14 de mayo de 2026

Detrás de la visita de Trump a China

Detrás de la visita de Trump a China Por Pedro Barragán | 14/05/2026 | Mundo Fuentes: Rebelión La visita de Donald Trump a China no es una parada diplomática más y muestra, más bien, que Estados Unidos empieza a asumir que ya no gobierna el mundo como antes. Un reconocimiento implícito de que el mundo ha cambiado y de que Norteamérica ya no ocupa la posición indiscutida que ha mantenido durante décadas. Pero ese reconocimiento está conviviendo, de forma contradictoria, con una política exterior norteamericana agresiva que deja ver que dentro del propio país hay dudas sobre qué rumbo tomar o, lo que es lo mismo, diferentes intereses capitalistas en juego. El sistema internacional está atravesando una transición clara. El orden unipolar surgido tras la Guerra Fría se está agotando. La emergencia de China destaca como un elemento decisivo. Este cambio está siendo económico y es a la vez político, tecnológico y, como no, estructural. Estados Unidos sigue siendo la potencia central, sobre todo a nivel militar, pero ya no puede actuar como el árbitro único del sistema internacional. China ha construido su ascenso con una estrategia sostenida y coherente. Desde las reformas iniciadas por Deng Xiaoping, el país ha pasado de la periferia económica a ocupar el centro del sistema global. Hoy es un país decisivo en el comercio, las finanzas y la producción industrial. Su participación en el comercio internacional ha aumentado de manera exponencial, convirtiéndose en un socio imprescindible para numerosas economías, el mayor socio comercial de más de 160 países. Proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta han ampliado su presencia en Asia, África y Latinoamérica, mediante inversiones en infraestructura y redefiniendo redes y alianzas a escala global. A nivel tecnológico, el avance chino es igualmente espectacular. Empresas como Huawei o Tencent se han convertido en líderes de sectores clave como las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y los servicios digitales. China está compitiendo en todas las áreas tecnológicas y en muchas de ellas está marcando el ritmo de la innovación global. El desarrollo de las redes 5G, los avances en la computación cuántica y la creciente inversión en investigación y desarrollo son prueba de ello. Este avance, junto al “sorpasso” económico en términos de PIB en paridad de poder adquisitivo, ha obligado a Estados Unidos a replantearse su marco estratégico. Ahora habla abiertamente de “competencia estructural” y define a China como un “rival sistémico”. Pero este cambio implica aceptar algo que durante años se ha evitado reconocer, que el mundo unipolar ha terminado. Sin embargo, ese reconocimiento no se está traduciendo en una estrategia coherente. Mientras Washington asume que no puede contener por completo a China, está intensificando al mismo tiempo acciones unilaterales y agresivas en múltiples escenarios. Las agresiones ilegales que ha ejecutado este año son prueba de ello. En enero, Estados Unidos ha llevado a cabo una invasión militar directa sobre territorio venezolano que ha incluido bombardeos y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y que se está prolongando con el chantaje militar al gobierno venezolano. Esta intervención militar violando la soberanía de Venezuela se presentó inicialmente como una acción contra un narcoterrorismo inventado por Estados Unidos, pero en muy pocos días mostraría que lo único que le interesaba era apoderarse del petróleo venezolano. En menos de dos meses, Estados Unidos se lanza a una nueva agresión, esta vez contra Irán, asesinando a su Presidente y a otros dirigentes y bombardeando las infraestructuras del país. En este caso se encuentra con un país con una capacidad militar, una decisión de su sociedad y una estrategia de guerra que le permite causar grandes daños a Estados Unidos e Israel y les fuerza a una guerra desigual donde el ejército agresor tiene que gastar miles de millones de dólares para parar los ataques de drones producidos por unos miles de dólares. La intención inicial de Trump de doblegar rápidamente a Irán al iniciar la guerra el 28 de febrero y presentarse a finales de marzo en China a reunirse victorioso con Xi Jinping fracasa. La reunión se pospone hasta mayo, se inician treguas y amenazas contra Irán e incumplimientos sistemáticos de estas amenazas que muestran el rechazo de los mercados financieros a las temeridades de Trump, se derrumba la imagen de Trump (se le apoda TACO) y pierde el apoyo de sus socios occidentales. Estas acciones reflejan una terrible paradoja. Mientras reconoce en la práctica la emergencia de un mundo multipolar, Estados Unidos continúa actuando en muchos casos como si aún pudiera imponer unilateralmente sus decisiones. Y esta contradicción está debilitando su posición internacional. El coste político de esta estrategia ya es visible y algunos aliados tradicionales han empezado a marcar distancias. En Europa, las críticas se han intensificado, tanto por el fondo de las decisiones, como por la falta de consulta y de coordinación. El canciller alemán ha llegado a señalar que la política estadounidense frente a Irán está dañando la credibilidad global de Washington y evidenciando divisiones dentro de la OTAN. Este creciente aislamiento no va a significar una ruptura total, pero sí una erosión clara del liderazgo estadounidense. Países que antes seguían de forma automática la línea de Washington ahora buscan mayor autonomía estratégica. La relación transatlántica ya no es incuestionable, y el Sur Global está observando con atención estas fracturas. Por su parte, el posicionamiento internacional de China se ha construido en torno a la colaboración económica con todos los países y un discurso político orientado a reforzar el multilateralismo. Pekín defiende la soberanía estatal de todos los países, la no injerencia y la necesidad de un orden internacional más equilibrado, donde los países emergentes tengan mayor voz, la que les corresponde. En ese marco, se presenta como un socio del Sur Global, aportando financiación, infraestructuras y acceso a mercados sin las condiciones políticas habituales de las instituciones occidentales. China está impulsando espacios multilaterales alternativos o complementarios, defendiendo que la gobernanza global debe basarse en el diálogo y no en la imposición de una única potencia. El desarrollo de la guerra contra Irán está condicionando de manera directa la visita de Donald Trump a China. Para Washington, llegar a Pekín con un escenario relativamente estabilizado en Oriente Medio habría fortalecido su posición negociadora, proyectando una imagen de control estratégico y sin abrir simultáneamente otro frente de desgaste geopolítico. En cambio, la ausencia de un acuerdo aumenta la dependencia norteamericana de la mediación china sobre Teherán, dado el peso económico y diplomático de Pekín en la región. Esa situación reduce el margen de maniobra de Trump y le obliga a compromisos con China. En este contexto, la visita de Trump a China adquiere un significado especial, que se asemeja más a un momento de necesidad que a un gesto de fuerza. Estados Unidos necesita gestionar su relación con China porque no puede ignorarla ni doblegarla. La interdependencia económica y la realidad geopolítica internacional le obligan a ello. Y es aquí donde aparece una idea importante, la posibilidad de una aceptación norteamericana de transitar hacia el multilateralismo. No como una elección ideológica, no por convicción, más bien como una adaptación pragmática a la realidad, por pura necesidad. La visita simboliza, aunque sea de forma incipiente y contradictoria, el reconocimiento de que los grandes problemas globales no pueden resolverse de manera unilateral. Esto no quiere decir que vaya a cambiar de un día para otro. La política exterior estadounidense sigue marcada por impulsos de dominación y por respuestas agresivas en escenarios considerados periféricos. Pero, al mismo tiempo, comienza a asumir sus límites en el centro del sistema global, donde China ya es un país imprescindible. Las posibilidades de acuerdos dentro de la guerra comercial y tecnológica de Estados Unidos contra China están condicionadas por una rivalidad norteamericana difícil de superar. En el terreno comercial, es probable que se alcancen pactos parciales orientados a estabilizar aranceles, garantizar suministros estratégicos y evitar disrupciones graves en las cadenas globales. Sin embargo, en el ámbito tecnológico la situación es muy distinta. Los semiconductores, la inteligencia artificial o las telecomunicaciones se han ligado directamente a la seguridad nacional de Estados Unidos -dicho sea en el lenguaje norteamericano- o, en otras palabras, son las herramientas utilizadas para intentar frenar y colapsar la economía china. Una estrategia que sólo ha logrado acelerar el progreso tecnológico chino y su ya sobrepasada autosuficiencia. En ese contexto, más que un acuerdo global, lo que se perfila es una coexistencia tensa, una cooperación limitada en áreas de interés mutuo y una rivalidad norteamericana que se proyecta hacia el futuro. Esta visita de Trump muestra el ascenso de China pero visualiza, también, las tensiones de unos Estados Unidos que, tras haber dominado el mundo en las últimas décadas, empieza a aceptar sus límites mientras sigue resistiéndose a abandonar las prácticas del pasado. En este equilibrio inestable nos jugamos buena parte del futuro del orden internacional. Pedro Barragán es economista y asesor de la Fundación Cátedra China. Autor del libro Por qué China está ganando. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.