martes, 5 de mayo de 2026

El choque y el inicio del colapso

Recomiendo: El choque y el inicio del colapso Por Alberto Carral | 05/05/2026 | Ecología social Fuentes: Rebelión Sin energía no hay vida, pues todo lo que se mueve depende de ella. Es tan omnipresente, que su disponibilidad cotidiana pasa desapercibida, lo cual es inquietante si consideramos que una infinidad de criaturas de la naturaleza se alimentan unas de las otras para obtenerla, y que los delirantes sujetos que encarnan la compulsión del capital por acumular más y más capital roban y matan por ella. A pesar de su indiscutible relevancia, con asombrosa frecuencia se olvida que la energía es la base de la economía y de muchas otras cosas. La centralidad del petróleo y el gas Más allá de la avasalladora propaganda sobre las virtudes de las renovables, lo cierto es que casi el ochenta por ciento del consumo final de energía en el mundo depende directa o indirectamente del petróleo y el gas. Visto así, es enorme la potencia explosiva del choque que tiene lugar en Asia Occidental desde el 28 de febrero. No solo por las víctimas inocentes que han sido asesinadas y por la destrucción material que ha ocasionado el enfrentamiento bélico, sino, también, porque el bloqueo derivado del conflicto impide el paso de buques-tanque, portacontenedores y graneleros por el estrecho de Ormuz, y dificulta la navegación por el mar Rojo hacia el canal de Suez y en dirección al golfo de Adén. Segmentos significativos de funcionarios y políticos de todo tipo, así como de analistas, observadores y público en general, aún consideran alarmista afirmar que, como resultado del choque entre grandes intereses que está aconteciendo en el mundo, el sistema energético, económico y de vida que conocemos está comenzando a colapsar y que la “normalidad” acostumbrada nunca regresará. Suele creerse que el atasco de unos pocos cientos de barcos no es gran cosa y que, en todo caso, una vez que se reanude el tránsito la situación volverá a ser como era antes. Por desgracia, si se observa con frialdad la evidencia disponible, tal perspectiva cae al vacío. Nada de lo que está aconteciendo es sorpresivo, pues los factores que explican el colapso en curso han estado presentes desde hace dos décadas. En un artículo que publiqué en marzo de 2023, expliqué el sentido de “la incompatibilidad entre un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo y un planeta con límites materiales infranqueables”1. Durante los últimos doscientos años, la plétora de energía barata —fundamentalmente de petróleo y gas— y la abundancia de materias primas, se constituyeron en la plataforma sobre la cual tuvo lugar una etapa irrepetible de expansión material. Sin embargo, el inicio de la caída en la disponibilidad de esos recursos naturales ha frenado la gran aceleración y ha provocado que, inexorablemente, el motor de la acumulación de capital sin freno comience a fallar. A la escasez ordinaria de hidrocarburos, que con el paso de los años se ha venido incubando debido al consumo irracional y al agotamiento natural de reservas, se añade ahora la privación extraordinaria ocasionada por la guerra que Estados Unidos e Israel han emprendido en contra de Irán. El impacto global del paro casi total del tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz y del mar Rojo es ya muy grande. En sesenta y dos días de bloqueo se han perdido cerca de mil millones de barriles de petróleo y derivados, un volumen gigantesco al que se añaden entre catorce y quince millones de barriles cada día que pasa. Ello supone que alrededor del treinta por ciento del petróleo que se comercializa en el mundo no ha llegado a su destino, y que aquellas actividades económicas que no reciban la energía necesaria para mantenerse funcionando se verán forzadas a detenerse, ya sea de manera temporal o definitiva. Ya está en curso una gran destrucción de demanda que tensará mucho más aún el escenario militar, geopolítica y social a escala global, pero la situación puede llegar a ser catastrófica si la guerra se reanuda y la violencia se extiende a otros lugares. El petróleo y el gas no son simples mercancías entre tantas más. Son el sostén energético de las cadenas globales de valor y las sustancias que mueven los sistemas y procesos clave de nuestro modo de organizar la vida. De su disponibilidad suficiente dependen no solo los mercados y las finanzas, la química y la petroquímica, la agricultura y la industria, la alta tecnología y la defensa, la construcción y las infraestructuras, el transporte y la logística, o la inflación y el costo de los productos básicos, sino también la seguridad alimentaria, la medicina y el cuidado de la salud, el clima y el medio ambiente, la vivienda y el vestido y, en general, el rumbo de la existencia cotidiana de las personas y sus familias. El choque en Asia Occidental A consecuencia del conflicto actual, se estima que entre 19 y 23 millones de barriles diarios (MBD) de petróleo crudo en algún momento se han dejado de mover. Una parte de estos energéticos ha encontrado salida por los puertos de Fujairah y Yanbu y a través de nuevas rutas en Pakistán y hacia el Mar Caspio; sin embargo, el volumen amenazado representa una proporción elevadísima de entre 42 y 48 por ciento del total mundial que se transporta por vía marítima —a lo que hay que sumar la interrupción de entre 26 y 33 por ciento del comercio de gas natural licuado (GNL). La situación actual es mucho peor que la padecida durante el embargo petrolero impuesto por las naciones árabes a Estados Unido y algunos de sus aliados en 1973. En aquel entonces, la interrupción de los flujos fue una decisión voluntaria de los países productores de crudo, de tal modo que, al concluir el conflicto, el petróleo comenzó a fluir nuevamente casi sin obstáculos. En cambio, ahora, a la imposición del bloqueo marítimo estadounidense se suma la destrucción física de capacidad instalada de pozos, campos petroleros y gasíferos, refinerías e infraestructura de apoyo. Las cifras de la devastación son escalofriantes, pues la interrupción del suministro de más de 2 MBD de crudo, entre 3 y 5 MBD de productos refinados, y casi 4 por ciento del comercio mundial de gas natural licuado se prolongará por mucho tiempo. El nivel de oferta previo al conflicto demorará años en ser reestablecido, si es que esto alguna vez sucede. Por algo la Agencia Internacional de Energía (AIE) considera que el mundo enfrenta la mayor amenaza a la seguridad energética de la historia2. Por si esto fuera poco, es imposible reestablecer de inmediato el funcionamiento de los pozos y de las demás instalaciones dañadas o detenidas abruptamente. Aun si la guerra terminara hoy mismo, el regreso a la operación de los equipos y sistemas podría demorar muchos meses (o años), debido a que la física de los reservorios y la química de los equipos ocasionan que un “apagado temporal” se transforme en un problema de ingeniería complejo y costoso3. Además, a pesar de que durante los últimos dos meses miles de buques-tanque y cargueros diversos dejaron de cruzar por el estrecho de Ormuz, el desabasto de petróleo, GNL y otras materias primas aún no se ha manifestado con toda su fuerza puesto que muchos de ellos zarparon antes del inicio de la guerra y demoraron semanas en llegar a su destino. En el retraso del impacto también influye el hecho de que Estados Unidos y varios de los países afectados por la escasez han echado mano de sus reservas de petróleo para manipular artificialmente los precios y para sustituir el faltante energético. Esto, sin embargo, no puede durar, porque, a excepción de China, que es capaz de hacer frente a un desabasto prolongado por contar con voluminosas reservas de petróleo (estimadas en 1,350 millones de barriles), el resto de los países afectados ya han llevado sus reservorios a un nivel crítico. El inicio del colapso En las semanas y meses por venir, se sentirán con toda su intensidad las repercusiones del choque energético. En este momento, ya comienza a observarse el daño en la aviación comercial causado por el desabasto y el incremento concomitante de hasta 150 por ciento en los precios del jet fuel (queroseno), lo que, a su vez, ha obligado a la cancelación de miles de vuelos y al rápido encarecimiento de los pasajes. Sin duda, el efecto más dramático y preocupante se observa ya en la falta de fertilizantes, que está siendo ocasionada por la baja disponibilidad de materias primas que son clave para producirlos, tales como la urea, el azufre, el amoniaco y los fosfatos, entre otras. Pakistán, Bangladesh, Sri Lanka, India, Brasil y muchos otros países de África y el Sudeste Asiático ya comienzan a padecer las terribles consecuencias de la escasez de alimentos básicos. De acuerdo con una encuesta realizada en abril, siete de cada diez agricultores estadounidenses aseguraron que, por los altos precios, no están en condiciones de obtener los fertilizantes indispensables para la temporada de siembra que debía ocurrir en primavera4. El mundo enfrenta un punto de quiebre a partir del cual todo comenzará a cambiar. Con distintas velocidades e intensidades —dependiendo del país y el sector económico particular de que se trate—, muy pronto el choque alcanzará a prácticamente a la totalidad del aparato productivo mundial y, aunque no se dará de manera súbita, el desarrollo del colapso parece inevitable. Independientemente de que el conflicto bélico de EEUU e Israel en contra de Irán finalice pronto y de que sus impactos territoriales y temporales sean desiguales, es bastante claro que el larguísimo e irrepetible período de la energía fácil y barata se ha terminado. El choque energético va a continuar, aun cuando el unilateralismo de Estados Unidos sea derrotado y en su lugar se establezca un orden multipolar cooperativo. Una proporción muy elevada de la oferta mundial normal de distintas materias primas estratégicas y productos críticos está siendo cancelada, lo cual significa que aquellas actividades que no reciban a tiempo los insumos indispensables se verán forzadas a detenerse. No se necesita ser economista para saber que este fenómeno inédito, sumado a la inevitable decadencia en la disponibilidad de petróleo y gas, tiene el potencial de producir, no solo una recesión o una depresión mundial, sino también un colapso del sistema económico vigente. Probablemente surgirá otra cosa y, aunque no sabemos qué será, podemos estar seguros de que las repercusiones sobre nuestras formas de vida serán de gran magnitud. A mayor o menor velocidad, el colapso ha iniciado y seguirá avanzando, por lo que es imperativo afrontarlo con la finalidad de adaptarnos y disminuir, en lo posible, los costos de su impacto. Entre otras acciones estratégicas que es urgente comenzar a desplegar, ha llegado la hora de impulsar masivamente redes de autoabastecimiento en pueblos, colonias y barrios5. En el siguiente cuadro, se muestra el efecto que los bloqueos marítimos han tenido sobre las distintas materias primas estratégicas y productos críticos: Notas: 1 Alberto Carral, “Hacia el 2030: El choque por los recursos”, publicado por Rebelión el 10 de marzo de 2023. 2 Agencia Internacional de Energía, Oriente Medio y los mercados energéticos mundiales, publicado en https://www.iea.org/topics/the-middle-east-and-global-energy-markets 3 Agencia Internacional de Energía, Oil Market Report de abril de 2026, publicado en https://www.iea.org/reports/oil-market-report-april-2026 4 Farm Bureau, Encuesta nacional: La mayoría de los agricultores no pueden costear los fertilizantes, Comunicado de prensa del 14 de abril de 2026, publicado en https://www.fb.org/news-release/nationwide-survey-most-farmers-cant-afford-fertilizer 5 Alberto Carral, “¿Qué tanto necesitamos el fracking en México?”, publicado por Rebelión el 22 de abril de 2026. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 4 de mayo de 2026

Irán lanza una advertencia ante el plan de Trump para el estrecho de Ormuz

- Sputnik Mundo Irán lanza una advertencia ante el plan de Trump para el estrecho de Ormuz La seguridad del estrecho de Ormuz está bajo control de Irán y que cualquier tránsito seguro se realiza con autorización de sus FFAA, afirmó el general iraní Alí Abdolahí, jefe del cuartel general central del mando militar iraní Jatam Anbiya. "Cualquier fuerza armada extranjera, especialmente las de EEUU, que intente acercarse o entrar en el estrecho de Ormuz será blanco de ataques", citó sus palabras la agencia de noticias iraní ISNA. "Recomendamos a todos los buques comerciales y petroleros que se abstengan de realizar cualquier acción sin coordinación con las fuerzas armadas desplegadas en el estrecho de Ormuz, para no exponerse a peligros", aseveró el titular. "Es inaceptable": EEUU rechaza la propuesta de paz de Irán Previamente, el mandatario estadounidense Donald Trump anunció que Washington comenzará a escoltar a los navíos neutrales fuera del estrecho de Ormuz a partir del 4 de mayo. A su vez, el Comando Central de EEUU detalló que el apoyo militar estadounidense al llamado Proyecto Libertad incluirá destructores con misiles guiados, más de 100 aeronaves, plataformas no tripuladas y 15.000 efectivos.

Estados Unidos no busca la paz con Irán sino su destrucción

Recomiendo: Estados Unidos no busca la paz con Irán sino su destrucción Por Augusto Zamora R. | 02/05/2026 | Mundo Fuentes: Rebelión El fin, por ahora, de los criminales ataques contra la República Islámica de Irán (RII), la tregua existente y el incierto proceso de negociación en marcha no debe interpretarse como el fin del conflicto que enfrenta a Irán con los países agresores, EEUU e Israel. Aunque se llegara a firmar un acuerdo de paz, los hechos demuestran sobradamente que los acuerdos, para EEUU, desde el siglo XIX carecen de obligatoriedad y, por tanto, pueden ser rotos o desconocidos en cualquier momento. Trump retiró a EEUU del tratado nuclear con Irán, firmado en 2015, echando por tierra en minutos años de negociaciones. EEUU también se retiró de todos los tratados sobre control de armamentos firmados con la URSS y prolongados con Rusia, como Estado sucesor, además de retirarse de decenas de organismos internacionales. Desde los propios orígenes de EEUU, los tratados internacionales son instrumentales, no obligatorios. Firmar acuerdo con EEUU no garantiza nunca nada. Quien crea lo contrario se pierde. El conflicto que enfrenta a Israel con todos sus vecinos, pero, muy particularmente, con Irán, es existencial. El régimen sionista tiene como objetivo adquirir su “espacio vital” (el lebensraun nazi), que es ocupar toda Palestina y, para lograrlo, debe destruir a los palestinos como pueblo. El genocidio en Gaza no es hecho puntual, sino una etapa más para ampliar su ‘lebensraun’. Ese objetivo cuenta con el apoyo irrestricto de EEUU y de países europeos como Alemania y Francia. Busca, igualmente, destruir a los países vecinos y, con el apoyo de EEUU y la complicidad vergonzante de los países árabes, someter Oriente Medio y Próximo a los dictados del sionismo y de EEUU. Hagan memoria sobre el destino del llamado “eje de resistencia” al sionismo. Egipto, vendido a EEUU y Arabia Saudita por 1.500 millones de dólares anuales. Iraq, Libia y Siria destruidos por ataques armados y operaciones secretas, hasta el colapso de esos Estados. Del “eje de resistencia” sólo que Irán como Estado y los movimientos que apoya. Desde su fundación, en 1948, el Estado sionista no ha cesado de ocupar territorio palestino y no cesará de hacerlo. La nueva invasión de Líbano y la pretensión de crear una ‘franja de seguridad’ vaciándola de libaneses busca -aunque no lo digan- crear condiciones para anexionarse dicha franja, como hicieron con los Altos del Golán. Detrás de todo eso está el delirio nazionista de establecer un -imposible- ’Gran Israel’ invadiendo el vecindario. Quien quiera creer lo contrario o se engaña o no entiende. En el otro lado se encuentran el pueblo palestino, Irán y los movimientos afines. Todos ellos defienden la creación de un Estado palestino y el fin del régimen sionista. No hay forma, en las presentes -y futuras- circunstancias, de encontrar arreglo a esa contradicción, que se ha agudizado al extremo tras el genocidio y destrucción de Gaza. Lo que se pueda firmar como ‘acuerdo de paz’ entre Irán y EEUU será más una tregua que un acuerdo real. Prueba de ello es que Trump ha ordenado la construcción de miles de misiles THAAD y Tomahawk, entre otros, para suplir los empleados en la agresión contra Irán. Además, está solicitando triplicar su cantidad, tanto para surtir de misiles suficientes al Estado sionista, como para llenar los arsenales de EEUU. En dos años, como máximo, según calculan expertos, EEUU dispondría de un arsenal enorme. En otras palabras, ganado tiempo, EEUU estaría en mejores condiciones para intentar destruir Irán, destruyendo lo que crean que deban destruir para alcanzar ese objetivo. Quien crea que EEUU busca un acuerdo real con Irán ignora lo que es EEUU y, peor aún, desconoce, voluntaria o idiotamente, el peso del lobby sionista/evangélico ahí. El Ejército de EEUU ha solicitado 745,7 millones de dólares para adquirir 96 sistemas lanzacohetes múltiples Himars, multiplicando por doce la financiación inicial, según los documentos presupuestarios del Pentágono. Según esos documentos, para el año fiscal 2026, que finaliza el 30 de septiembre, había destinados únicamente 61,5 millones de dólares, para adquirir sólo seis unidades. Ahora, el Ejército quiere ampliar las reservas de Himars hasta las 617 unidades. Hay que retroceder a 2023 para encontrar una cantidad similar. Ese año se destinaron 672 millones de dólares a los Himars, incluidos 516 millones para reponer los sistemas transferidos al régimen ukronazi. El Pentágono también tiene solicitados 2.700 millones de dólares para lanzadores terrestres MRC, usados por los misiles Tomahawk y SM-6. En suma, EEUU prepara otra guerra, y no será para ocupar Groenlandia ni contra Rusia. Su destino más seguro es Irán. Tres factores han sido determinantes para que EEUU haya buscado un alto al fuego. El primero fue el agotamiento de sus arsenales, ante la inesperada resistencia de Irán. El 23 de abril, según una última evaluación publicada por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), el ejército de EEUU “agotó sus reservas de misiles críticos hasta niveles peligrosos durante la guerra de siete semanas contra Irán, lo que generó un riesgo a corto plazo que podría dejar al país vulnerable”. Si los agresores hubieran dispuesto de armamento suficiente, la guerra habría continuado. El segundo factor es el económico. El cierre del estrecho de Ormuz y los ataques -merecidos- de Irán a la infraestructura energética de los países del golfo, estaban desencadenando una crisis energética que, en primer lugar, se iba a llevar por delante a los principales aliados de EEUU, es decir a la Europa atlantista, Japón y Corea del Sur. El rechazo atlantista a apoyar la agresión yanqui/sionista contra Irán tenía una profunda razón económica. Si la guerra hubiera continuado, la crisis energética habría podido desatar una crisis en una mayoría de economías del mundo, pero, en primer término, entre los aliados de EEUU. La prórroga del cese al fuego es respuesta a la agonía económica y al ahogo financiero de las petromonarquías. El 19 abril pasado, Emiratos Árabes Unidos inició conversaciones con EEUU para obtener respaldo financiero, según informara el diario Wall Street Journal. Y la crisis apenas comienza, pues desde el inicio de la agresión contra Irán la fuga de capitales y empresas ha sido cotidiana. El tercer factor es la insospechada resistencia de Irán y su asombroso arsenal misilístico. Podría ocurrir que la capacidad militar demostrada de Irán sea el detonante de una tercera -y casi definitiva- agresión contra este país. Vamos a explicarnos. El Estado genocida sionista ha sufrido en vivo y directo el poder militar y tecnológico de Irán, cuyos misiles causaron daños terribles a entidad sionista. Sería ingenuo no pensar que el poder iraní no ha causado una preocupación existencial entre los sionistas. Tendrán ya considerado que, si Irán, con todo y las enormes sanciones que ha sufrido, ha podido desarrollar el poderoso armamento del que ha hecho gala, ¿qué no podría desarrollar con una economía reconstruida y con apoyo de Rusia, China y Corea del Norte? La paz beneficiaría grandemente a Irán, pero sería fatal para el ente sionista. Si destruir Irán ha sido objetivo de dicho ente, tras el fracaso de la agresión, pasará a ser objetivo esencial. No se detendrá hasta lograr que EEUU lance un tercer y aniquilador ataque contra Irán. Si en Irán entienden la hondura del juego, el único medio de garantizar su sobrevivencia sería desarrollando como sea el arma nuclear. Porque, así como Irán ha demostrado su fuerza y resiliencia, esa fuerza y resiliencia habrá multiplicado el temor, en el ente sionista, a un Irán cada día más potente económica, militar y tecnológicamente. De esa guisa, una tercera agresión estaría cantada, y esta vez en manada, de forma similar a lo que le ocurrió al Iraq de Sadam Husein. EEUU y el ente sionista no irían solos. En esa tercera agresión, no lo duden, participarían la OTAN, las petromonarquías del golfo Pérsico y todos los títeres que EEUU pueda arrastrar, al estilo Afganistán. Desde esa perspectiva adquiere tu verdadero sentido la exigencia de EEUU y el ente sionista, de pretender despojar a Irán de todas, absolutamente todas, sus reservas de uranio enriquecido. Sólo privando a Irán de dicho uranio se garantizaría que Irán quede imposibilitado de desarrollar un arma nuclear y -asegurada esta imposibilidad-, podrían EEUU y su cohorte planificar una tercera y definitiva guerra de agresión, para aniquilar de raíz a la república islámica y desmantelar Irán como país, dividiéndolo a su antojo. En Irán parece que lo están entendiendo. Así, el presidente Pezeshkian defendió que ningún actor externo tiene derecho a privar al país de sus derechos nucleares. El 26 de abril, se filtró la última propuesta de Irán a EEUU: reabrir el estrecho de Ormuz y poner fin a la guerra y posponer para una etapa posterior las negociaciones nucleares. Nos dejaría sorprendidos que EEUU pueda aceptar esa propuesta, pues la idea de EEUU (mejor dicho, del ente sionista) es lo opuesto: el uranio enriquecido a cambio de ¿paz? Recuerden Libia. Gadafi, para agradar a Occidente, se desarmó. ¿Qué pasó luego?… El destino del uranio enriquecido es el nudo de la cuestión y la posición de EEUU sobre este tema será la señal de lo que piense a futuro. Si insiste a muerte en que Irán entregue su uranio, es porque está considerando un tercer y definitivo ataque. Si opta por una posición más sensata y aceptable para Irán, es que la posibilidad de este tercer ataque se aleja. Por demás, si algo demostró Irán en la guerra impuesta por el eje gringo/sionista es que dispone de tecnología suficiente para fabricar misiles capaces de ser dotados de ojivas nucleares. Dicho de otra forma, Irán ha demostrado que posee la tecnología necesaria para fabricar misiles de largo y medio alcance con capacidades múltiples. Disponiendo de uranio enriquecido suficiente, estaría en capacidad de fabricar en meses ojivas nucleares. En caso de necesitar una mano amiga, ahí está Corea del Norte, cuyos ingenieros enseñaron a los iraníes cómo se construyen fortalezas subterráneas. Por último, señalamos que la agresión contra Irán puede entenderse como un ensayo de la casi inevitable guerra entre EEUU y China (y Rusia) por el control del Pacífico. Pero ese es otro tema, para otro día calendario. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 3 de mayo de 2026

La burbuja de ilusión de Occidente sobre Israel —y sobre sí mismo— finalmente está estallando

Recomiendo: La burbuja de ilusión de Occidente sobre Israel —y sobre sí mismo— finalmente está estallando Por Jonathan Cook | 02/05/2026 | Mentiras y medios Fuentes: Jonathan Cook Substack. Revisado y editado por Marwan Pérez para Rebelión El genocidio en Gaza y la limpieza étnica en el Líbano agotaron la legitimidad moral de Occidente. Ahora Irán está agotando lentamente la primacía militar de Occidente. Durante décadas, dos narrativas irreconciliables sobre Israel y sus motivaciones han coexistido en paralelo. Por un lado, la narrativa oficial occidental presenta a un valiente y asediado Estado «judío» de Israel, desesperado por alcanzar la paz con sus hostiles vecinos árabes. Incluso hoy en día, esa historia domina el panorama político, mediático y académico. Una y otra vez, o al menos eso nos dicen, Israel ha tendido la mano a «los árabes», buscando su aceptación, pero siempre ha sido rechazado. Un trasfondo en gran medida tácito sugiere que los regímenes supuestamente irracionales, sanguinarios y antisemitas de toda la región habrían completado la agenda exterminadora de los nazis de no ser por la protección humanitaria que Occidente brindó a una minoría vulnerable. Una contranarrativa palestina, aceptada en gran parte del resto del mundo, es silenciada en Occidente como una «calumnia de sangre» antisemita. Presenta a Israel como un estado supremacista étnico y altamente militarista, armado por Estados Unidos y Europa, empeñado en la expansión, las expulsiones masivas y el robo de tierras. Desde esta perspectiva, Occidente implantó a Israel como un puesto militar colonial, con el fin de someter a la población palestina nativa y aterrorizar a los estados vecinos mediante demostraciones de fuerza implacables y abrumadoras. Los palestinos no pueden alcanzar la paz ni ningún tipo de acuerdo, porque Israel solo busca la conquista, la dominación y la aniquilación. No hay término medio posible. La prueba, señalan los palestinos, es la persistente negativa de Israel a definir sus fronteras. A medida que su poder militar ha crecido década tras década, han surgido agendas políticas cada vez más extremas, que exigen no solo la anexión por parte de Israel de los últimos vestigios de los territorios palestinos que ocupa ilegalmente, sino también la expansión hacia estados vecinos como Líbano y Siria. Embriagados de poder Aquí tenemos dos relatos contradictorios en los que cada bando se presenta como víctima del otro. Dos años y medio después del inicio de una serie de guerras israelíes contra los pueblos de Gaza, Irán y Líbano, ¿cómo se mantienen estas dos perspectivas? ¿Acaso Israel parece un pacificador frustrado que se enfrenta a oponentes bárbaros, o un estado canalla cuya agresión durante décadas ha provocado la misma violencia de represalia que se utiliza para justificar su constante actividad bélica? ¿Es Israel un pequeño estado fortaleza, reacio a defenderse, o un aliado militar occidental tan embriagado de su propio poder que no puede limitar sus ambiciones territoriales, del mismo modo que un gran tiburón blanco no puede dejar de nadar? Lo cierto es que los últimos 30 meses han puesto de manifiesto, de forma contundente, no solo lo que Israel siempre ha sido, sino también, por extensión, lo que nuestros propios estados occidentales aspiraban a lograr a través de su cliente predilecto en Oriente Medio. En un momento de imprudencia el mes pasado, Christian Turner, el sucesor de Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, dijo en voz alta lo que muchos pensaban. Washington, el centro imperial de Occidente, afirmó, no sentía una lealtad profunda hacia sus aliados, salvo por uno. Sin saber que sus palabras estaban siendo grabadas, les dijo a un grupo de estudiantes visitantes : «Creo que probablemente hay un país que tiene una relación especial con Estados Unidos, y ese es probablemente Israel». Esa relación especial exige que la clase política y mediática de otros estados clientes de Washington, como Gran Bretaña, protejan a la Esparta de Occidente en Oriente Medio del escrutinio crítico. Las atrocidades de Israel se han vuelto tan flagrantes que el gobierno británico anunció el mes pasado el cierre de la unidad del Ministerio de Asuntos Exteriores encargada de investigar los crímenes de guerra —alegando la necesidad de recortes— para evitar que se expusiera aún más su complicidad en dichos crímenes. Si el gobierno británico se niega a supervisar los crímenes de guerra de Israel, no esperen más de los medios de comunicación tradicionales. Durante meses, Israel ha estado arrasando pueblo tras pueblo en el sur del Líbano, expulsando a millones de habitantes de las tierras que sus antepasados habían habitado durante milenios, y esto apenas preocupa a nuestros políticos y medios de comunicación. Israel está destruyendo el suministro de agua de Gaza , como ya hizo anteriormente con los hospitales y el sistema de salud del pequeño enclave, lo que garantiza una mayor propagación de enfermedades, y nuestros políticos y medios de comunicación apenas tienen una palabra que decir al respecto. Israel asesina a periodistas y personal de emergencias en Gaza y Líbano semana tras semana , mes tras mes, y esto apenas provoca la reacción de la clase política y mediática. Israel declara “líneas amarillas ” en Gaza y Líbano, demarcando fronteras ampliadas que formalizan el robo de tierras ajenas, y esto se convierte instantáneamente en la nueva normalidad. Israel viola continuamente los altos el fuego en Gaza y Líbano , sembrando la miseria e incitando aún más la ira y el resentimiento , y una vez más, nuestros políticos y medios de comunicación hacen la vista gorda. ¿Qué medios de comunicación occidentales están señalando un hecho sumamente revelador: que Israel ocupa ahora más territorio del Líbano que el que Rusia ocupa de Ucrania ? Sesgo de los medios Un análisis realizado el mes pasado por el grupo de monitoreo de medios Newscord confirmó investigaciones anteriores: que los medios británicos evitan cuidadosamente nombrar la limpieza étnica y el genocidio cuando es Israel, y no Rusia, quien los lleva a cabo. Al comparar la cobertura de los medios de comunicación británicos más «serios» —la BBC, The Guardian y Sky— con la de Al Jazeera, el estudio concluyó que los medios británicos optan sistemáticamente por ocultar la responsabilidad de Israel por sus crímenes. Israel fue identificado como responsable de los ataques en Gaza en solo la mitad de los reportajes de noticias británicos, en contraste con casi el 90 por ciento de los de Al Jazeera. Como señaló Newscord : «En la mitad de los casos, a los lectores de la BBC no se les dice quién mató a la persona en cuestión». Eso quedó ilustrado gráficamente en un tristemente célebre titular de la BBC : «Hind Rajab, de 6 años, encontrada muerta en Gaza días después de haber llamado pidiendo ayuda». De hecho, un tanque israelí acribilló a balazos un coche estacionado a pesar de que el ejército israelí sabía desde hacía horas que en su interior se encontraba una niña palestina —la única superviviente de un ataque anterior— a la que los equipos de emergencia intentaban desesperadamente rescatar. Israel también asesinó al equipo de rescate. En otro hallazgo revelador, Newscord señala que cuatro de cada cinco reportajes de la BBC sobre las bajas causadas por los ataques israelíes utilizaron la voz pasiva, en lugar de la activa, con la clara intención de minimizar la culpabilidad y la brutalidad de Israel. Los medios británicos también minimizaron activamente la magnitud del número de palestinos muertos en Gaza, atribuyendo regularmente las cifras a un ministerio de salud «afiliado a Hamás», a pesar de que las cifras, que actualmente superan los 70.000 palestinos, son casi con toda seguridad una subestimación masiva, dada la temprana destrucción del gobierno del enclave por parte de Israel y su capacidad para contabilizar a los muertos. El hecho de que las Naciones Unidas hayan considerado creíbles las cifras de Gaza solo se mencionó en el 0,6 por ciento de los informes. Intención genocida De manera similar, la BBC y The Guardian optaron por humanizar a los cautivos israelíes de Hamás, mencionándolos el doble de veces que a los cautivos palestinos del Estado israelí. Lo inadecuado de ese doble rasero queda acentuado por las continuas insinuaciones de políticos y medios de comunicación de que Hamas «decapitó bebés» y llevó a cabo violaciones sistemáticas el 7 de octubre de 2023, más de dos años después de que esas afirmaciones fueran completamente desacreditadas. Compárese esto con el efectivo silenciamiento mediático del informe de Euro Med Monitor del mes pasado sobre la repugnante práctica del ejército israelí de violar a prisioneros palestinos con perros entrenados precisamente para ese fin. Se ha multiplicado el relato de palestinos cautivos por Israel sobre violaciones y abusos sexuales sistemáticos, testimonios confirmados por organizaciones de derechos humanos y por denuncias de soldados y personal médico israelíes. Sin embargo, estos relatos apenas tienen repercusión en los medios de comunicación occidentales. Newscord señala otro problema velado que distorsiona la cobertura occidental: la omisión de hechos establecidos pero inconvenientes que presentarían a Israel bajo una luz depravada, es decir, veraz. Por ejemplo, señala Newscord, la BBC no ha informado en absoluto, salvo en una sola ocación, de las cientos de declaraciones claramente genocidas realizadas por funcionarios israelíes, desde el primer ministro Benjamin Netanyahu en adelante. Es fácil comprender porqué. Las autoridades legales suelen tener dificultades para determinar de forma concluyente si se ha cometido un genocidio porque, fundamentalmente, depende de inferir la intención, que normalmente está oculta por quienes cometen atrocidades. Resulta innegable que, en el caso de Israel, sus acciones en Gaza no solo parecen un genocidio, sino que sus líderes han dejado meridianamente claro que dichas acciones tienen una intención genocida. Este comportamiento solo se observa en quienes se sienten impunes. Una vez más, los medios británicos se han encomendado obedientemente de proteger a Israel de cualquier riesgo legal; todo ello en aras de una información objetiva, como bien saben. Una vieja historia Esto no es nada nuevo. La historia se repite desde antes de la violenta creación de Israel en la patria palestina en 1948, cuando Israel llevó a cabo una limpieza étnica contra el 80% de la población nativa en el nuevo estado autoproclamado «judío». O cuando, según el discurso engañoso que siguen empleando las élites políticas, mediáticas y académicas occidentales, unos 750.000 palestinos «huyeron». El objetivo ha sido crear y mantener una burbuja de ilusión para el público occidental, una en la que nuestros propios crímenes —y los de nuestros aliados— permanezcan invisibles para nosotros. Cabe destacar, en este sentido, la decidida exclusión de Israel por parte del gobierno británico de una reciente investigación «independiente» , dirigida por el exfuncionario de Whitehall Philip Rycroft, sobre la influencia financiera extranjera perniciosa en la política británica. Por supuesto, Rusia fue la principal protagonista de la investigación. Como era de prever, el gobierno de Keir Starmer rechazó en abril una petición firmada por más de 114.000 personas que solicitaban una investigación pública similar sobre la influencia del poderoso lobby israelí. Eso no fue ninguna sorpresa, dado que cualquier investigación de ese tipo habría corrido el riesgo de poner de relieve los cientos de miles de libras que se sabe que Starmer y sus ministros recibieron de grupos de presión proisraelíes. La misma clase política y mediática británica tan reacia a investigar la influencia perniciosa del lobby proisraelí también ignora la actual y sistemática destrucción de aldeas e infraestructuras por parte de Israel en todo el sur del Líbano, en flagrante violación de un supuesto alto el fuego. Soldados israelíes han declarado a los medios locales que su trabajo consiste en atacar indiscriminadamente todas las estructuras, sean civiles o «terroristas», con el objetivo de impedir que los habitantes libaneses regresen a sus aldeas. Esto coincide con el anuncio de Israel de que no tiene intención de retirarse una vez que cesen los combates, y continuará con su plan general de colonizar los territorios ocupados en el Líbano con colonos judíos. Si no fuera por los vídeos de Israel bombardeando comunidades libanesas que se han difundido en las redes sociales, a pesar de la supresión algorítmica, quizás no sabríamos de los esfuerzos masivos de Israel por llevar a cabo una limpieza étnica en el sur del Líbano. En respuesta a estos videos, The Guardian publicó un inusual reportaje en los medios de comunicación convencionales sobre la campaña de destrucción, minimizando el horror que vivieron las familias libanesas al descubrir que sus hogares habían desaparecido, junto con recuerdos y reliquias invaluables. El periódico describió esta experiencia —absurdamente— como « agridulce ». Los críticos señalan un patrón constante. Israel no solo está arrasando el sur del Líbano; en los últimos 30 meses, también ha arrasado casi todos los edificios de Gaza. Pero el modelo para ambos tiene un origen mucho más antiguo, como aprende todo palestino desde temprana edad. Tras haber expulsado a la mayoría de los palestinos de sus hogares en 1948, Israel pasó años dinamitando unos 500 pueblos uno tras otro, incluso mientras los líderes israelíes afirmaban públicamente que suplicaban a los refugiados que regresaran y los líderes occidentales ensalzaban a Israel como la «única democracia» de Oriente Medio . Las expulsiones que Occidente aún finge que no ocurrieron hace ocho décadas se están transmitiendo en directo. Esta vez, son imposibles de negar, al igual que la agenda colonial y supremacista que las sustenta. Vilipendiar al mensajero Si el mensaje implícito en las atrocidades de Israel ya no puede desaparecer, blanquearse ni normalizarse, como ocurría en una época anterior a las noticias continuas de 24 horas y las redes sociales, entonces se requiere una estrategia diferente: vilipendiar al mensajero. Esta es la tarea política de nuestro tiempo. La izquierda antirracista es demonizada como fanática antisemita por intentar reventar la burbuja de ilusión que Occidente ha mantenido durante mucho tiempo, denunciando ruidosamente tanto las atrocidades cometidas por Israel, supuestamente en nombre de los judíos, como la complicidad de sus propios gobiernos en esas atrocidades. El mes pasado, el gobierno de Starmer aprobó en la Cámara de los Comunes una ley que permite a la policía prohibir las protestas que causen » perturbaciones acumulativas «, es decir, protestas repetidas como las que se llevaron a cabo contra el genocidio israelí en Gaza. Los medios de comunicación apenas reaccionaron. El ataque perpetrado esta semana contra dos hombres judíos en Golders Green, presuntamente por un hombre con problemas mentales y un largo historial de violencia, está siendo rápidamente aprovechado por los principales partidos para preparar restricciones aún más severas al derecho a la protesta. Observen en este vídeo cómo Fiona Bruce, presentadora de Question Time, interrumpe inmediatamente a la subdirectora del Partido Verde en cuanto esta cuestiona a los demás panelistas por vincular las marchas contra el genocidio en Gaza con los ataques antisemitas. Los británicos que intentan detener los crímenes de guerra israelíes, ya sea atacando las fábricas de la muerte de Israel ubicadas en el Reino Unido o portando pancartas en apoyo de este tipo de acción directa, siguen siendo tratados como «terroristas» , incluso después de que un tribunal dictaminara que la prohibición de Palestine Action es ilegal. Ante la frecuente reticencia de los jurados a condenar, el Estado británico ha optado por manipular abiertamente los juicios. Se impide a los jurados conocer los motivos de los ataques contra las fábricas de armas israelíes, principal argumento de la defensa de los acusados. Los jueces instruyen a los jurados para que dicten sentencia condenatoria. Los ciudadanos que sostienen carteles en silencio a las afueras de los tribunales son arrestados por recordar a los jurados un derecho legal consagrado desde hace mucho tiempo a desobedecer tales instrucciones, seguir su conciencia y absolver; un abuso policial que contraviene cientos de años de precedentes legales y que los tribunales parecen cada vez más dispuestos a tolerar . Existen medidas cautelares, acatadas dócilmente por los medios de comunicación, sobre otras prácticas ilícitas secretas diseñadas para ayudar al gobierno británico a obtener los veredictos que necesita para frenar el activismo contra el genocidio. Solo lo sabemos porque la diputada de su partido, Zarah Sultana, ha utilizado su inmunidad parlamentaria para denunciarlas. Esta semana resultó significativo que, en el actual juicio por repetición contra seis acusados de Palestine Action, cinco de ellos prescindieran de sus abogados para los alegatos finales. Señalaron, con tono sombrío, que sus representantes legales no podían representarlos adecuadamente debido a «decisiones tomadas por el tribunal». Mientras tanto, el gobierno de Starmer sigue adelante con sus planes para deshacerse finalmente de los jurados problemáticos y dejar que jueces más fiables decidan por sí solos estos juicios políticos farsa. Bienvenidos al rápido desmoronamiento de los derechos constitucionales más preciados de Gran Bretaña, necesarios principalmente, al parecer, para proteger a un país lejano que, según la Corte Internacional de Justicia , comete el crimen de apartheid contra los palestinos y que posiblemente esté cometiendo genocidio en Gaza. Una lección dolorosa Pero, por supuesto, el gobierno británico —al igual que los gobiernos de Estados Unidos, Alemania y Francia— no está socavando su democracia liberal solo para proteger a Israel. Se ve obligado a llegar a tales extremos por desesperación. Occidente ya no puede sostener la burbuja de ilusión —sobre su superioridad moral o civilizatoria— en un mundo de recursos menguantes, un mundo donde las élites occidentales están dispuestas a provocar la destrucción del planeta para proteger las ganancias de los combustibles fósiles de las que se han vuelto obesas. La agenda de la élite Epstein es cada vez más transparente en su país y cada vez más cuestionada en el extranjero. El genocidio en Gaza y la limpieza étnica en el Líbano han agotado la legitimidad moral de Occidente. Ahora, Irán está agotando lentamente la primacía militar de Occidente. No sorprende que un imperio estadounidense en sus últimas, un imperio construido sobre el control de los combustibles fósiles, haya elegido el estrecho de Ormuz , el mayor puerto petrolero del mundo, como escenario para su batalla final. Israel fue, en efecto, implantado en la región hace ocho décadas como un estado títere altamente militarizado cuya principal función era proyectar el poder occidental, es decir, el estadounidense, en el rico Oriente Medio. Estados Unidos protegió a Israel del escrutinio público por la opresión que ejerce sobre los palestinos y el robo de su tierra natal. A cambio, el «valiente» Israel ayudó a Estados Unidos a construir una narrativa interesada que requería la contención y el derrocamiento de los gobiernos nacionalistas seculares en Oriente Medio, al tiempo que protegía a monarquías retrógradas que fingían oponerse a Israel mientras secretamente conspiraban con él. Los estados resultantes de la región, asediados y divididos, estaban listos para ser controlados. Carecían de gobiernos responsables que respondieran a las necesidades de su población y que pudieran aliarse para proteger los intereses de la región de la injerencia colonial occidental. Ahora, Irán está poniendo a prueba este sistema, que lleva décadas en funcionamiento, hasta su destrucción. Está obligando a los estados del Golfo a elegir: ¿seguirán sirviendo a Estados Unidos, a pesar de que este ha demostrado no poder protegerlos, o se aliarán con Irán, que emerge como una nueva gran potencia y cobra tasas por el paso por el estrecho? Occidente está aprendiendo rápidamente que los drones baratos pueden eludir incluso sus sistemas de detección más sofisticados, y que unas pocas minas y lanchas patrulleras pueden estrangular gran parte del combustible del que depende la economía mundial. La burbuja de la ilusión finalmente ha estallado. Occidente está recibiendo un duro y largamente esperado despertar. La lección será, sin duda, dolorosa. Fuente: https://jonathancook.substack.com/p/the-wests-bubble-of-illusion-about Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, 2 de mayo de 2026

Irán responde a EEUU con un plan de 14 puntos para poner fin a la guerra

Irán responde a EEUU con un plan de 14 puntos para poner fin a la guerra - Sputnik Mundo,02.05.2026 Irán, a través de un mediador pakistaní, presentó una respuesta a la propuesta estadounidense de nueve puntos, argumentando que el objetivo de las negociaciones debe ser el fin definitivo de la guerra, no solo una extensión del alto el fuego. Según medios iraníes, Washington ha propuesto una tregua de dos meses, mientras que Teherán afirma que los puntos principales deben definirse en 30 días. Estas son las principales demandas de Irán: Garantías de que no habrá más agresiones militares por parte de Estados Unidos o Israel. Retirada de las fuerzas y activos militares estadounidenses de Oriente Medio y la zona circundante a Irán. Fin del bloqueo naval. Liberación de los activos iraníes bloqueados. Pago de reparaciones de guerra. Suspensión de las sanciones económicas. Fin definitivo de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano. Creación de un nuevo mecanismo para la gestión del estrecho de Ormuz. Según medios iraníes, Teherán espera una respuesta oficial de Washington y considera que la vía diplomática a través de Pakistán debe permanecer abierta, a pesar del clima de desconfianza hacia Estados Unidos.

Cuba defenderá su soberanía e independencia "en cada palmo del territorio nacional", asegura Díaz-Canel

Cuba defenderá su soberanía e independencia "en cada palmo del territorio nacional", asegura Díaz-Canel Sputnik Mundo El presidente de EEUU, Donald Trump, eleva sus amenazas de agresión militar contra Cuba a una escala peligrosa y sin precedentes, advirtió el mandatario de la nación caribeña, Miguel Díaz-Canel, en su cuenta de X. El pueblo cubano defenderá su soberanía e independencia en cada palmo del territorio nacional, subrayó. "La comunidad internacional ha de tomar nota y, junto al pueblo de EEUU, determinar si se permitirá un acto criminal tan drástico para satisfacer los intereses de un grupo pequeño pero adinerado e influyente, con ansias de revancha y dominación", expresó. Díaz-Canel reiteró que cualquier enemigo del país se enfrentará a un pueblo decidido a defender la soberanía y la independencia "en cada palmo del territorio nacional". "Ningún agresor, por poderoso que sea, encontrará rendición en Cuba", aseguró. Poco antes, el canciller de Cuba, Bruno Rodríguez, denunció que los amagos del presidente estadounidense, Donald Trump, elevan la agresión contra la isla a "niveles peligrosos". Cuba marcha a favor de la paz y en condena al bloqueo económico estadounidense Recientemente, Trump declaró que podría hacerse con Cuba "de inmediato" tras concluir "el trabajo con Irán", al mismo tiempo que anunció su intención de enviar el portaviones USS Abraham Lincoln a las costas de la isla caribeña. El Estado insular, por su parte, acusa a EEUU de intentar asfixiar su economía y hacer insoportables las condiciones de vida de su población, mientras amenaza al país con una agresión militar.

jueves, 30 de abril de 2026

Malí: el «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente

Recomiendo: Malí: el «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente Por Beto Cremonte | 30/04/2026 | África Fuentes: Periodismo Internacional Alternativo (PIA) [Imagen: Assimi Goïta, presidente de Malí] La ofensiva coordinada entre JNIM y facciones tuaregs que buscó instalar la imagen de un Estado maliense colapsado rápidamente quedó desmontada a pesar de los agoreros analistas del relato “oficial” de la maquinaria occidental. Lo que sí ocurrió y que muchos analistas decidieron no ver (y/u ocultar), fue una rápida y coordinada respuesta de las fuerzas malienses, que siguen demostrando el camino de ruptura con el viejo esquema de tutela francesa en el que tanto Mali como los otros países de la AES, están dispuestos a llevar adelante más allá de ataques como los de este 25 de abril, dejando al descubierto algo más profundo: no solo se disputa el control del territorio, sino el sentido mismo de lo que ocurre en el Sahel. Lo cierto es que en las últimas horas del 25 de abril grupos yihadistas y separatistas tuaregs lanzaron una ofensiva coordinada contra Bamako, Kati, Gao y Kidal con un objetivo que excedía lo estrictamente militar: no se trataba únicamente de golpear posiciones del Estado, sino de instalar, en tiempo real, la idea de que el Gobierno de Assimi Goïta había perdido el control del país. Como viene ocurriendo casi sistemáticamente en esta región, aquí no podemos dejar de lado los episodios de finales de 2025 cuando la prensa occidental anunciaba la caída del Gobierno maliense en manos de JNIM por los bloqueos de las rutas de ingreso a Bamako. Este ataque también cumple con esa misma lógica: “la dimensión simbólica del ataque”. Algo que hoy es tan importante como su ejecución sobre el terreno. En el Sahel cada día se ponen en juego las disputa por el relato y el sentido. Lo que también es cierto y que pocos lo dijeron es que las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), con apoyo de sus aliados y en articulación con redes locales de información, lograron contener y revertir los ataques en cuestión de horas en los principales centros urbanos. Sin embargo, mientras esa respuesta comenzaba a desplegarse, buena parte de la maquinaria mediática internacional ya había comenzado a construir otro desenlace: el de un Estado desbordado, incapaz de sostener el orden interno tras su ruptura con los esquemas tradicionales de seguridad en la región. Los hechos concretos fueron que en la madrugada del 25 de abril Malí despertó bajo ataque. De manera simultánea, el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM), filial de Al Qaeda en la región, y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), una coalición de grupos separatistas tuaregs, lanzaron operaciones en Bamako, la vecina Kati —donde se encuentra la residencia presidencial— y ciudades estratégicas del norte como Gao, Kidal, Sévaré y Mopti. La ofensiva combinó ataques de alto impacto simbólico, acciones de hostigamiento y una rápida circulación de contenido en redes sociales que amplificó la percepción de descontrol. En pocas horas, el hecho dejó de ser solamente un episodio militar para convertirse en un fenómeno narrativo. Antes de que existiera un cuadro claro de situación en el terreno ya circulaban versiones que hablaban de ciudades “tomadas”, de infraestructuras críticas bajo ataque y de un Gobierno al borde del colapso. Esa secuencia —primero la interpretación, luego la verificación— no es un detalle menor: es parte constitutiva de cómo se construye hoy el sentido de los conflictos. La cobertura mediática en Occidente y sus voceros locales, esos mismos que sistemáticamente festejan cualquier revés de los Gobiernos soberanos del Sahel, no tardó en calificar la situación como una “junta desbordada” y un “fracaso del apoyo ruso”. Las redes sociales se llenaron de análisis apresurados, analistas de sillón anunciando la caída inminente de Goïta y el fin del experimento anticolonial en Malí. La rápida respuesta militar maliense Lejos del colapso anunciado en las primeras horas, la respuesta del Estado maliense comenzó a delinearse con mayor claridad a medida que avanzaba la jornada. El propio ejército confirmó que “grupos armados terroristas” habían atacado posiciones en Bamako y otras ciudades clave, señalando que sus fuerzas estaban “comprometidas en eliminar a los atacantes” y recuperar el control de las zonas afectadas. Ese dato no es menor. Porque mientras la narrativa inicial hablaba de ciudades caídas y de un Estado desbordado, los propios comunicados oficiales indicaban otra cosa: enfrentamientos activos, despliegue militar y, horas después, la afirmación de que la situación estaba bajo control en los principales puntos estratégicos. Los ataques, efectivamente, fueron de una magnitud inusual. Se trató de una ofensiva coordinada que alcanzó Bamako, Kati, Gao, Sévaré y Kidal de manera simultánea, algo que incluso fuentes internacionales describieron como uno de los episodios más extensos de los últimos años. Sin embargo, esa escala no se tradujo automáticamente en control territorial sostenido. Las propias afirmaciones de los grupos atacantes —como la supuesta toma de Kidal o posiciones en Gao— no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo, lo que refuerza la idea de que, junto con la ofensiva militar, se desplegó una operación de impacto comunicacional. En esa capacidad de respuesta aparece otro elemento que no puede ser soslayado. La actual estrategia de seguridad de Bamako, que incluye cooperación con actores rusos, ha modificado la dinámica operativa respecto de etapas anteriores. La presencia de estos aliados no evitó la ofensiva, pero sí formó parte del dispositivo que permitió contener ataques en puntos sensibles, como la capital y su entorno inmediato, donde incluso se reportó la defensa de instalaciones clave frente al avance de los grupos armados. Este punto es clave para ordenar el análisis: la ofensiva existió, fue amplia y coordinada, pero no logró consolidar un escenario de colapso estatal inmediato, ni siquiera sostenible del relato. La diferencia entre impacto inicial y resultado efectivo es, precisamente, el espacio donde se construyen las interpretaciones. Para nosotros, no hay tales interpretaciones, como comunicadores comprometidos no podemos hacernos eco de las mismas y solo señalar los sucesos como “información en proceso” o “conflicto en curso” deslindándonos la responsabilidad de dar informaciones concretas. La batalla por el sentido nos involucra Si algo dejó en evidencia la secuencia del 25 de abril no fue únicamente la capacidad operativa de los grupos armados o la respuesta del Estado maliense, sino la velocidad con la que se construye una interpretación dominante antes de que los hechos terminen de desarrollarse. En cuestión de horas, la ofensiva ya había sido leída como un síntoma de colapso estatal, incluso cuando los combates seguían en curso y la situación en el terreno estaba lejos de estabilizarse. Este mecanismo no es nuevo, pero en el Sahel adquiere una intensidad particular. La combinación entre fuentes iniciales poco verificadas, replicación acelerada en redes y una matriz previa de interpretación —que tiende a leer los procesos políticos de la región bajo la lógica del fracaso— produce un efecto concreto: instala percepciones que luego son difíciles de revertir, aun cuando la evolución de los hechos no confirme esos diagnósticos. Lo ocurrido en Malí encaja con precisión en esa lógica. Las afirmaciones iniciales sobre la “toma” de ciudades como Kidal o Gao circularon con fuerza, pero no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo. Sin embargo ese dato —la falta de confirmación— tuvo mucha menos circulación que la versión original. En otras palabras, la primera narrativa no necesitó ser comprobada para instalarse, le bastó con ser verosímil dentro de un marco ya construido. Ahí es donde la dimensión mediática del conflicto deja de ser un elemento accesorio para convertirse en un campo de disputa central. No se trata solamente de informar lo que ocurre, sino de definir qué significa lo que ocurre. Y en ese terreno, cada episodio es rápidamente absorbido por lecturas preexistentes: el avance de un grupo armado se convierte en prueba de debilidad estatal, mientras que la capacidad de respuesta del Gobierno es leída como una reacción defensiva, nunca como control efectivo. Esta asimetría no implica necesariamente una coordinación consciente entre actores mediáticos, pero sí revela un patrón. El Sahel es, desde hace años, un espacio donde se proyectan diagnósticos externos que muchas veces no dialogan con las dinámicas internas. En ese marco, cualquier episodio de violencia tiende a reforzar una narrativa ya instalada: la de Estados incapaces de sostener soberanía sin tutela externa. Sin embargo, lo ocurrido el 25 de abril introduce matices que esa lectura no logra absorber del todo. Porque si bien la ofensiva mostró la persistencia y capacidad de coordinación de actores armados, también evidenció que el Estado maliense —con todas sus limitaciones— mantiene capacidad de reacción, despliegue y recuperación en plazos relativamente cortos. La tensión entre esos dos elementos —persistencia de la amenaza y capacidad de respuesta— es la que queda muchas veces eclipsada por la necesidad de encuadrar rápidamente los hechos en categorías cerradas. Y es en ese punto donde la pregunta deja de ser qué ocurrió en Malí, para pasar a ser cómo se interpreta lo que ocurrió. JNIM y los tuaregs, la ofensiva local “El terrorismo en África no surge del vacío: es la herramienta más eficaz del neocolonialismo contemporáneo.” Un elemento particularmente relevante de los ataques del 25 de abril fue la coordinación entre el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) y sectores separatistas tuaregs nucleados en el Frente de Liberación de Azawad (FLA). Esta convergencia, que en los hechos se expresó en operaciones simultáneas y objetivos compartidos, no es completamente nueva, pero sí expone con mayor claridad una tensión difícil de encubrir: la coexistencia de agendas que, en términos políticos e ideológicos, responden a lógicas distintas. Por un lado, JNIM forma parte de una estructura yihadista regional con vínculos históricos con redes asociadas a Al Qaeda, cuyo objetivo no es la autonomía territorial de una región específica, sino la construcción de un orden basado en una interpretación estricta del islam político armado. Su expansión en el Sahel en la última década se ha apoyado tanto en la debilidad estatal como en la capacidad de insertarse en conflictos locales, adaptando su discurso a demandas específicas de cada territorio. Por otro lado, los movimientos tuaregs —con una larga historia de rebeliones en el norte de Malí— han articulado, con distintas variantes a lo largo del tiempo, reivindicaciones vinculadas a la autonomía, el reconocimiento político y la distribución de recursos en regiones históricamente marginadas por el poder central. Desde las insurrecciones de los años noventa hasta la proclamación del efímero Estado de Azawad en 2012, estas demandas han atravesado procesos de negociación, fragmentación y cooptación. La articulación entre ambos actores no surge, entonces, de una identidad política compartida, sino de una lógica táctica. Frente a un escenario en el que ninguna de las partes logra imponerse de manera individual sobre el Estado maliense, la convergencia permite amplificar la capacidad operativa, coordinar ataques y generar impacto simultáneo en distintos puntos del territorio. Sin embargo, esa misma alianza contiene su propia debilidad. La superposición de agendas —religiosa en un caso, territorial en el otro— limita la posibilidad de construir una base política homogénea y sostenida en el tiempo. De hecho, en experiencias anteriores, la convivencia entre grupos yihadistas y movimientos tuaregs derivó en tensiones, rupturas e incluso enfrentamientos internos cuando los objetivos estratégicos comenzaron a divergir. Este punto resulta central para evitar lecturas simplificadoras. La ofensiva del 25 de abril no puede ser entendida como la expresión de un bloque insurgente cohesionado, sino como la manifestación de una convergencia circunstancial entre actores que comparten un enemigo común, pero no necesariamente un proyecto político compatible. A esto se suma otro elemento clave: la relación con las poblaciones locales. Mientras que los reclamos históricos de sectores tuaregs encuentran algún grado de legitimidad en determinadas regiones del norte, la presencia de estructuras yihadistas ha sido, en muchos casos, resistida por comunidades que han padecido su accionar, particularmente en lo que respecta a la imposición de normas sociales y la violencia sobre civiles. Esa tensión entre legitimidad local y capacidad armada introduce una complejidad adicional. Porque si bien la alianza puede potenciar la acción militar en el corto plazo, también dificulta la construcción de un respaldo social amplio, condición necesaria para sostener cualquier tipo de control territorial más allá del impacto inicial de una ofensiva. En ese marco, presentar esta convergencia como una “revolución unificada” o como la expresión lineal de una insurrección popular no solo simplifica el escenario, sino que oculta las fracturas internas que atraviesan a estos actores. Y es precisamente en esas fracturas donde se juegan muchas de las dinámicas futuras del conflicto. Francia, Ucrania y la reconfiguración de la guerra en el Sahel Esta última ofensiva terrorista en Mali tampoco puede leerse por fuera de la disputa geopolítica que atraviesa al Sahel desde la ruptura entre Bamako y París. Malí no enfrenta únicamente una amenaza armada interna, enfrenta, al mismo tiempo, las consecuencias de haber quebrado una arquitectura de dependencia construida durante décadas alrededor de la tutela militar francesa, la subordinación regional y la administración externa de la seguridad. Ese giro no ocurrió en abstracto. Francia anunció en febrero de 2022 el retiro de sus fuerzas de Malí, incluyendo la Operación Barkhane y la fuerza europea Takuba, después de años de deterioro político, militar y social de su presencia en el país. El punto central es que esa retirada no significó la desaparición de los intereses franceses en la región, sino su reacomodamiento. París perdió bases, perdió interlocución privilegiada y perdió capacidad directa de mando, pero no perdió la voluntad de influir sobre un espacio que durante décadas consideró parte de su profundidad estratégica africana. Ahí se entiende mejor la importancia del relato. Si Malí aparece como un Estado fallido, si la ruptura con Francia se presenta como la causa directa del caos, entonces el viejo esquema colonial queda reivindicado por contraste: “con nosotros había orden, sin nosotros hay terrorismo”. Esa es la operación política de fondo. No hace falta que sea dicha de manera explícita, alcanza con repetir una y otra vez que el deterioro comenzó cuando Bamako decidió cambiar de aliados. Pero los datos históricos incomodan esa versión. La insurgencia yihadista no nació con Assimi Goïta, ni con la salida de Francia, ni con la llegada de asesores rusos. Malí arrastra un conflicto abierto desde 2012, y durante buena parte de ese período el país estuvo bajo una intensa presencia militar occidental. La propia Operación Barkhane comenzó en 2014 como continuación de Serval, con el objetivo declarado de combatir a los grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico en el Sahel. Sin embargo, casi una década después, esos grupos no solo no habían desaparecido, sino que habían extendido su radio de acción hacia el centro de Malí, Burkina Faso y Níger. Por eso la pregunta no puede ser formulada de manera tramposa. No se trata de preguntar si Malí vive hoy una situación de seguridad grave, sino quién construyó las condiciones de esa gravedad y por qué los mismos actores que fracasaron durante años en contener la expansión yihadista pretenden ahora presentarse como jueces del nuevo rumbo maliense. En ese tablero aparece también Ucrania, no como actor central del Sahel, sino como pieza de una guerra globalizada que ya no se libra únicamente en Europa oriental. El antecedente de 2024 es clave. Tras los combates de Tinzaouaten, cerca de la frontera con Argelia, Malí rompió relaciones diplomáticas con Kiev después de que un portavoz de la inteligencia militar ucraniana realizara declaraciones que Bamako interpretó como una admisión de apoyo informativo a los grupos que habían causado fuertes bajas al ejército maliense y a sus aliados rusos. Níger tomó luego una decisión similar, invocando las mismas acusaciones. Ese episodio debe ser tratado con precisión: Ucrania negó haber participado directamente y los rebeldes tuaregs también rechazaron haber recibido ayuda exterior. Pero la propia existencia de esas declaraciones, la reacción diplomática de Malí y Níger y la utilización del Sahel como escenario indirecto de la confrontación entre Rusia y Ucrania muestran que el conflicto maliense ya no puede encerrarse en una lectura puramente local. En ese contexto, la colaboración rusa funciona como algo más que apoyo militar. Para Bamako, Moscú representa la posibilidad de romper el monopolio occidental sobre la seguridad africana. Ese vínculo no está exento de costos, contradicciones ni límites —Tinzaouaten lo demostró con crudeza—, pero forma parte de una decisión soberana: buscar otros socios después de años de fracaso francés. Reducir esa decisión a “dependencia rusa” es una forma cómoda de negar la agenda política maliense. Lo que está en disputa, entonces, no es solo la eficacia de un dispositivo militar. Es el derecho de un Estado africano a definir sus alianzas sin pedir autorización a la antigua potencia colonial. Por eso cada ataque contra Malí es leído por ciertos sectores con una ansiedad casi celebratoria: si Bamako fracasa, fracasa también la hipótesis de que el Sahel puede caminar por fuera de la tutela francesa. Y si esa hipótesis fracasa, el viejo orden neocolonial puede presentarse no como dominación, sino como necesidad. Ese es el verdadero trasfondo de la ofensiva: JNIM y el FLA disparan sobre posiciones militares, pero el relato occidental dispara sobre una idea política mucho más profunda, la idea de que Malí, con todas sus dificultades, tiene derecho a reconstruir su seguridad, sus alianzas y su destino nacional por fuera de los moldes impuestos desde París, Bruselas o Washington. Lejos de las lecturas apresuradas que decretaron un colapso inminente, lo ocurrido en estas horas en Mali expone algo más incómodo para quienes necesitan confirmar la idea de un Sahel condenado al fracaso: Malí no solo resistió una ofensiva coordinada en múltiples frentes, sino que lo hizo en un contexto de reconfiguración profunda de su sistema de alianzas y bajo una presión constante, tanto militar como narrativa. Eso no cancela las debilidades estructurales del Estado maliense ni la persistencia de la amenaza armada, pero obliga a matizar un diagnóstico que suele construirse más desde el prejuicio que desde la evidencia. En ese sentido, el verdadero terreno en disputa no es únicamente el militar, sino el político. Porque si cada ofensiva es utilizada para confirmar que los procesos soberanistas africanos son inviables sin tutela externa, entonces el conflicto deja de ser una cuestión de seguridad para convertirse en una herramienta de disciplinamiento. Malí, con todas sus contradicciones, está ensayando una ruptura con ese esquema. Y esa decisión —más que cualquier batalla puntual— es la que explica la intensidad con la que se intentan instalar narrativas de derrota. Tal vez por eso, más que preguntarse quién ganó un enfrentamiento específico, convenga observar qué logra sostenerse en el tiempo. Y ahí es donde, pese a los agoreros de siempre, aparece un datdifícil de ignorar: el Estado maliense sigue en pie, mantiene capacidad de respuesta y continúa redefiniendo su lugar en un escenario regional en transformación. No es poco en una región donde durante años se naturalizó que la única estabilidad posible debía venir de afuera. Beto Cremonte, Redactor en jefe en PIA Global, especializado en el continente africano. Analista internacional en geopolítica. Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP. Fuente: https://noticiaspia.com/mali-el-apocalipsis-que-no-fue-y-la-narrativa-de-derrota-que-necesita-occidente/