jueves, 13 de agosto de 2026

"Occidente ha perdido totalmente la brújula", considera experto

Mundo - Sputnik Mundo "Occidente ha perdido totalmente la brújula", considera experto hace 18 horas La bandera de Rusia en un buque - Sputnik Mundo, 1920, 13.08.2026 © Sputnik / Vitaly Newar / Acceder al contenido multimedia Síguenos en Las incautaciones de buques comerciales rusos por parte de varios países europeos reflejan "el grado de erosión" que padece el esquema de seguridad internacional, pero también exhibe "la carencia de cuadros diplomáticos" en Occidente, señala en entrevista con Sputnik el doctor en Ciencias Políticas de la UNAM, Alejandro Salgó Valencia. "Ya se ha quedado muy corto el esquema legal y de diplomacia. Occidente ha erosionado mucho estas herramientas. Hay una carencia de cuadros diplomáticos en el mundo occidental (...). Yo veo a gente mucho más diplomática en Rusia... Pero lo que vemos es un Occidente que ha perdido totalmente la brújula", asegura el analista internacional. También advierte que, si continúan los "viejos actos de piratería" contra los barcos mercantes rusos, Moscú estaría en posición de responder de la misma manera contra las naciones que considere hostiles, algo que, dice, no le conviene para nada al bloque de la OTAN, ya que, asegura, "se podría dar la pauta a que escale el conflicto [ucraniano]". En ese tenor, considera "lógica" la advertencia que ha lanzado el presidente Vladímir Putin acerca de que Rusia estaría obligada a dar una "respuesta recíproca", incluso en la zona del Pacífico. Este 12 de agosto, el presidente Putin calificó de "piratería y robo" la iniciativa de la OTAN de incautar buques mercantes rusos y vender los bienes saqueados de dichas embarcaciones. Por ello, advirtió que Moscú estaría obligado a dar una "respuesta recíproca" a los diferentes países occidentales que cometan esos actos, incluso en la zona del Pacífico. Las acciones de piratería de Occidente "no cambiarán en nada" la ventaja rusa Rusia tiene todo el derecho de responder a los actos de piratería de los que ha sido víctima en aguas internacionales a través de la incautación y el saqueo de sus buques comerciales bajo el pretexto de las sanciones económicas occidentales en su contra, señaló por su parte a este medio el internacionalista de la Universidad Autónoma Metropolitana de México (UAM), Mauricio Alonso Estévez. "Occidente está acostumbrado a llevar a cabo estos actos de piratería, no es algo nuevo. Al contrario: nos recuerda a aquellos episodios en los que cometían esto de manera arbitraria y constante para satisfacer sus intereses económicos y políticos", observa el analista geopolítico y experto en Europa del Este. Además, Estévez considera que la postura de Moscú es "formal, racional, abierta y mesurada" ante la "irracionalidad de la OTAN", ya que no se esconde bajo narrativas o argumentos falsos. "[La incautación de barcos comerciales rusos] forma parte de una estrategia del Occidente colectivo que pretende desgastar a Rusia ante la incapacidad de la OTAN y de Ucrania de frenar los avances rusos en el frente de batalla. Sin embargo, Occidente no entiende que estas acciones de piratería y terrorismo no cambiarán en nada las condiciones favorables para Rusia en el frente ucraniano, pero sí, en cambio, se lastimarán mucho más las relaciones con Moscú, lo cual empeoraría el camino para una eventual resolución del conflicto en Ucrania", señala. "Otro tiro al pie" Las acciones de las potencias europeas se suman a un largo listado de afrentas por parte de la Unión Europea, un bloque que no hace más que seguir los designios de Washington a pesar de ir en contra de sus propios intereses, dijo en entrevista con Sputnik el analista internacional Tadeo Casteglione. "Estamos delante de actos ilegales que condicionan bastante toda la situación a nivel internacional", abundó el experto. Rusia tiene con qué "hacer entrar en razón" a quienes quieran capturar sus buques, asegura un experto La Unión Europea, recordó, sigue comprando gas y petróleo ruso, incluyendo las vías marítimas; "entonces, lógicamente, es una locura, es otro tiro al pie en el cual se terminan perjudicando ellos mismos". Pero, además, esto marca un precedente preocupante a nivel global. "Nos olvidemos que si la Unión Europea o Estados Unidos deciden incautar los buques que tengan la bandera rusa, bueno, mañana puede ser China o cualquier país que ellos crean una amenaza y eso crea una inseguridad a nivel internacional que no es menor y que a la misma vez es un agravante a la crisis económica global", sentenció. ¿Costos excesivos? La respuesta de Putin, quien prometió una represalia "en cualquier lugar" ante la captura de buques rusos, se trata de simple reciprocidad ante las sanciones unilaterales injustificadas por parte de los países aliados europeos, dijo por su parte el analista internacional Carlos Manuel López Alvarado. "La presión contra Rusia en Europa podría producir costos, y está produciendo costos, que van a ser cada vez más excesivos para los intereses occidentales", aseveró. El analista ponderó que las acciones en contra de los navíos mercantes rusos están fuera del marco legal internacional y cobrarán una "alta factura" a las potencias occidentales. "En ese sentido, Rusia tiene bastante fortaleza, puesto que las sanciones europeas no han podido lograr un debilitamiento de la política exterior ni de la cuestión comercial e industrial ni tecnológica de Rusia. En tanto, la Unión Europea sigue adhiriéndose… el bloque europeo de la OTAN, a los intereses de Washington, y eso les está pasando una factura bastante alta", sentenció.

Acuerdo de defensa de La Meca, ¿la OTAN sunita?

Recomiendo: Acuerdo de defensa de La Meca, ¿la OTAN sunita? Por Alejandro Marcó del Pont | 13/08/2026 | Mundo Fuentes: El tábano economista [Imagen: El presidente turco, Tayyip Erdogan, el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, y el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, posan tras la firma de un acuerdo de defensa conjunto en La Meca, Arabia Saudita, el 7 de agosto de 2026. Saudi Press Agency via AP - Saudi Press Agency] ¿La muerte del monopolio de defensa del Golfo? (El Tábano Economista) Imagine usted un tablero de ajedrez donde, durante cincuenta años, un solo jugador movía todas las piezas. Ese jugador era Washington. Ponía y quitaba reyes, decidía qué peones avanzaban y cuáles morían, y cobraba por cada movimiento una comisión llamada petrodólar. Ahora imagine que, una mañana de agosto de 2026, tres jugadores que antes movían sus piezas por separado se sientan juntos, y dicen: a partir de hoy, jugamos nosotros. Eso es exactamente lo que ocurrió en La Meca el 7 de agosto de 2026. Arabia Saudita, Pakistán y Turquía firmaron un acuerdo de defensa conjunta que, sobre el papel, dice algo muy simple: si tocan a uno, nos tocan a todos. Pero debajo de esa frase aparentemente defensiva se esconde una nueva reconfiguración de poder en Oriente Medio desde la caída del Imperio Otomano. Para entender por qué este acuerdo hace temblar los cimientos del orden mundial, hay que comprender una fórmula que los analistas militares llevaban décadas temiendo y que nadie había logrado materializar hasta ahora. Es una ecuación de tres variables que, sumadas, producen algo explosivo. La primera variable es el dinero. Arabia Saudita tiene petróleo, reservas billonarias y la capacidad de financiar cualquier empresa militar durante generaciones sin pestañear. La segunda variable es el músculo. Pakistán tiene el sexto ejército más grande del mundo, experiencia de combate real en tres guerras contra la India, y algo que nadie más en el mundo islámico posee: ojivas nucleares. La tercera variable es la tecnología. Turquía, bajo el liderazgo de Erdogan, ha construido en quince años una industria militar que ya no envidia a nadie: drones que cambiaron la guerra en Nagorno-Karabaj, cazas de quinta generación en desarrollo, sistemas navales y de guerra electrónica de primer nivel. Cuando usted suma capital saudí, músculo pakistaní y tecnología turca, no obtiene una alianza. Produce una superpotencia regional que no responde a ningún Estado occidental, que no necesita permiso de nadie para existir y que tiene alcance desde el Mediterráneo hasta el océano Índico. Es, si se me permiten la analogía, como si tres empresas medianas que competían entre sí decidieran fusionarse y, de la noche a la mañana, se convirtieran en un monopolio que hace irrelevante al antiguo líder del mercado. Y aquí viene lo verdaderamente revolucionario: cada uno consigue algo que no podía obtener solo. Arabia Saudita gana un escudo. Durante años, Riad vivió con el terror de que un dron hutí o un misil iraní pudiera destruir una refinería, un aeropuerto, un proyecto turístico de la Visión 2030. Ahora, ese escudo ya no depende del humor del presidente de turno en Washington. Depende de divisiones paquistaníes y de enjambres de drones turcos que responden a una llamada directa desde La Meca. Pakistán gana oxígeno. Su economía estaba al borde del colapso, mendigando préstamos al FMI y a China. Ahora recibe un flujo constante de petrodólares saudíes, energía subsidiada y tecnología militar turca que moderniza su ejército sin tener que pedirle nada a nadie. Y Turquía gana algo que Erdogan lleva veinte años buscando: un asiento en la mesa grande. Ya no es el socio incómodo de la OTAN al que le niegan cazas F-35. Ahora es el proveedor tecnológico del mundo islámico, el cerebro industrial de una alianza que abarca tres continentes. Pero lo que este acuerdo demuestra, por encima de todo, es algo que Washington se negaba a aceptar: las potencias medias del mundo islámico ya no necesitan a Estados Unidos ni a Gran Bretaña para garantizar su supervivencia. Durante medio siglo, la doctrina fue simple. Nosotros les damos seguridad, ustedes nos dan petróleo barato y compran nuestros bonos del Tesoro. Ese trato se llamaba petrodólar y era el verdadero motor del poder estadounidense. No era el portaaviones en el Golfo lo que sostenía al dólar como moneda de reserva. Era el pacto silencioso de 1974: yo te protejo, tú vendes en dólares. Si la protección ya viene de Islamabad y Ankara, el dólar pierde su razón de ser. Y sin el petrodólar, Estados Unidos pierde el privilegio de imprimir dinero sin consecuencias, de sancionar a medio mundo sin represalias, de financiar su deuda a tasas ridículamente bajas. Estamos presenciando, y no es una exageración, el acta de defunción del monopolio de seguridad estadounidense en Oriente Medio. No murió de un golpe. Murió de irrelevancia después de los ataques iraníes. Murió porque sus antiguos clientes encontraron un proveedor mejor, más barato y sin condiciones políticas. Y cuando un monopolio muere, el antiguo monopolista no se retira elegantemente. Se enfurece. Castiga, sabotea. Y aquí es donde la cosa se pone peligrosa. Hay un actor que queda huérfano en este nuevo escenario, y ese actor es Israel. Piénsenlo con calma. Israel construyó toda su doctrina de seguridad sobre dos pilares. El primero, Estados Unidos me protege y me financia. El segundo, los árabes me necesitan como contrapeso contra Irán. Si Arabia Saudita ya tiene a Pakistán y a Turquía para disuadir a Teherán, ¿para qué necesita a Israel? Si el Golfo ya no depende del paraguas estadounidense, ¿por qué iba Riad a normalizar relaciones con Tel Aviv como moneda de cambio por armas que ya no necesita? Los Acuerdos de Abraham pierden su lógica. Israel se queda con su arsenal nuclear, con su tecnología de punta, con su ejército formidable, pero solo. Se convierte en una Esparta regional: temida, armada hasta los dientes, pero aislada, sin amigos, sin rutas de vuelo garantizadas, sin inteligencia compartida. Y un Israel aislado es un Israel impredecible, y un Israel impredecible es el mayor peligro para la estabilidad de toda la región. Ahora bien, este nuevo bloque no existe en el vacío. Existe en un mundo donde hay otra superpotencia que observa todo con una sonrisa silenciosa. Esa superpotencia es China. Y China es, paradójicamente, la mayor beneficiaria de este acuerdo sin haber disparado una sola bala ni firmado un solo tratado. ¿Por qué? Porque China necesita tres cosas desesperadamente: energía barata, rutas comerciales seguras y un dólar débil. Y este acuerdo le entrega las tres en bandeja de plata. Piensen en los corredores energéticos. El petróleo del Golfo tiene que pasar por dos cuellos de botella para llegar a Asia y UE: el estrecho de Ormuz y el estrecho de Bab el-Mandeb, en el Mar Rojo. Irán controla el primero. Los hutíes, aliados de Irán, controlan el segundo. Cualquier analista militar le dirá que, por muy poderoso que sea el nuevo bloque trilateral, no puede bombardear Ormuz sin destruir la economía mundial. No puede invadir Yemen sin desatar una guerra que nadie quiere. Entonces, ¿qué hacen Arabia Saudita, Turquía y los países del Golfo? Tienen que hablar con Irán. Tienen que negociar. Tienen que llegar a un entendimiento. Y ¿saben quién es el único país del mundo que tiene influencia simultánea sobre Irán, sobre Pakistán y sobre Arabia Saudita? China. Beijing compra el petróleo de los tres. Beijing financia infraestructura en los tres. Beijing tiene contratos de armas con los tres. China se convierte en el árbitro natural, en el notario de la paz, en el garante último de que los estrechos permanezcan abiertos. Y eso es exactamente lo que China quiere. No necesita portaaviones en el Golfo. No necesita bases militares. Le basta con ser el cliente principal, el prestamista paciente y el mediador discreto. Mientras Washington gasta billones en bases militares que ya nadie necesita y fueron destruidas, Beijing construye puertos, ferrocarriles y oleoductos que todos necesitan. Es la diferencia entre un imperio que cobra por proteger y un imperio que cobra por conectar. Los corredores energéticos quedan así cubiertos por una red de acuerdos. Arabia Saudita negocia con Irán porque necesita que sus petroleros pasen por Ormuz. Turquía negocia con Rusia porque necesita que el grano y el gas fluyan por el Mar Negro. Pakistán ofrece el puerto de Gwadar como alternativa logística. Y China, desde arriba, teje todos estos hilos en una sola red comercial que se llama la Nueva Ruta de la Seda. El resultado es que el flujo de energía ya no depende de la Quinta Flota estadounidense. Depende de una arquitectura de acuerdos regionales donde cada actor tiene algo que perder si dispara primero. ¿Y qué pierde Estados Unidos en todo esto? Pierde el Golfo, pierde el petrodólar, pierde la capacidad de sancionar unilateralmente, pierde la exclusividad de vender armas, pierde el monopolio de la inteligencia. Pero, sobre todo, pierde algo que no se recupera con dinero ni con misiles, pierde la narrativa. Pierde la historia que se contaba a sí mismo y al mundo de que era indispensable, de que sin él habría caos, de que su presencia era el precio de la paz. Esa historia se acabó. Y cuando una historia se acaba, no importa cuántos portaaviones tengas, el mundo ya no te mira igual. Hay quien dirá que esto es una exageración, que Estados Unidos sigue teniendo la economía más grande, el ejército más poderoso, la tecnología más avanzada. Y es cierto. Pero la hegemonía no se mide solo en fuerza bruta. Se mide en relevancia. Se mide en si los demás te necesitan o no. Y la verdad incómoda de este agosto de 2026 es que, por primera vez en medio siglo, los países del Golfo, de Anatolia y del subcontinente indio han decidido que no necesitan a Washington para sobrevivir. Han encontrado su propia fórmula. Y esa fórmula, por ahora, funciona. El mundo que nace no es un mundo sin conflictos. Irán y Arabia Saudita seguirán desconfiando. India mirará con recelo a Pakistán reforzado. Israel hará algo desesperado. Turquía y Rusia chocarán en el Mar Negro. Pero será un mundo donde esos conflictos se resuelven, o al menos se gestionan, sin que solo Washington tenga la última palabra. Será un mundo más desordenado, sí. Pero también más honesto. Un mundo donde el poder se negocia entre muchos, en lugar de imponerse desde uno solo. La historia no termina aquí. Nunca termina. Pero el 7 de agosto de 2026, en una ciudad sagrada del desierto arábigo, tres hombres firmaron un papel y, sin saberlo quizás, cerraron un capítulo de cincuenta años. El capítulo donde un solo país decidía quién vivía y quién moría en la región más energética del planeta. Ese capítulo se cerró. Y el siguiente, el que se está escribiendo ahora mismo, tiene muchos autores. Esa es la verdadera noticia. No que nazca un nuevo bloque. Sino que muera un monopolio. Y los monopolios, cuando mueren, nunca vuelven. Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/08/12/acuerdo-de-defensa-de-la-meca-la-otan-sunita/

miércoles, 12 de agosto de 2026

Netanyahu busca consolidarse como gendarme regional", tras rechazar acuerdo con Hamás

- Sputnik Mundo Cara o Ceca "Netanyahu busca consolidarse como gendarme regional", tras rechazar acuerdo con Hamas. El primer ministro israelí rechazó el acuerdo de desarme de Hamás impulsado por Donald Trump ante el Consejo de Paz. El mandatario aseveró que "rechaza el documento de 15 puntos" y que "las Fuerzas de Defensa no realizarán ninguna retirada hasta el desarme de Hamás". "Veo dos estrategias en el marco del conflicto. Los desacuerdos entre Trump y Netanyahu son más estratégicos que tácticos. Trump quiere darle un cierre al conflicto, en la antesala de las elecciones locales, mientras que Netanyahu busca aumentar la conflictividad en la región y la continuidad de la guerra para consolidarse como gendarme regional", sostuvo en Cara o Ceca Sebastián Schulz, analista internacional y profesor de la Universidad Nacional de La Plata en Argentina. "Estos puntos son irrealizables porque implican la retirada de Israel y una desmilitarización incondicional de Hamás. Al mismo tiempo, otros actores internacionales sostienen que la paz se alcanzará cuando se cree el Estado palestino", añadió. "En el mediano plazo van a persistir los conflictos y eso dará lugar a que los actores de peso regional se alejen de EEUU para intentar resolverlos priorizando sus intereses", observó.

El declive de Estados Unidos (Parte I )

Recomiendo: El declive de Estados Unidos (Parte I Por Claudio Katz | 12/08/2026 | EE.UU. Fuentes: Rebelión El retroceso del liderazgo norteamericano es reconocido con mayor énfasis que en otros momentos. Actualmente se verifica una generalizada coincidencia en torno a un diagnóstico, que suscitó numerosas controversias en el pasado. Es importante constatar, describir y explicar ese declive para captar la principal tendencia del escenario contemporáneo. El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar con agresiones militares su retroceso económico y su pérdida de primacía geopolítica. Busca preservar por la fuerza un comando que ya no tiene los cimientos del pasado. Esta caracterización ordena la evaluación de los principales acontecimientos mundiales. Permite reconocer quién es el principal responsable de las tragedias bélicas del planeta y cuál es la causa de esas sangrías. Si esta evaluación es relativizada o diluida, el debate sobre la regresión estadounidense queda enmarañado en interminables discusiones sobre aspectos específicos, como el retroceso del dólar, la gravitación de Wall Street, el impacto Hollywood o la incidencia del Pentágono. En esas discusiones, el declive de Estados Unidos ya no es indagado para clarificar las tremendas consecuencias militares de ese descenso para el resto del mundo. El esclarecimiento de ese impacto, queda reemplazado por especulativas evaluaciones del nivel agudo o acotado de la regresión norteamericana. En esas mediciones, el análisis del principal proceso geopolítico del siglo XXI queda sustituido por ejercicios descriptivos de los factores, que acentúan o contrapesan el declive. Se omite que lo importante de esa caída no es su variable intensidad, sino las guerras imperiales que suscita. Indagar el problema con el foco puesto en esas convulsiones, permite comprender las principales consecuencias del declive imperial. CRONOLOGIA DEL DESCENSO Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial como la potencia preponderante de Occidente, con un inédito nivel de primacía sobre sus rivales. El fin de las conflagraciones entre imperios y la custodia que asumió del capitalismo, le otorgaron un predominio mayúsculo entre 1945 y 1970. Esa superioridad se asentaba en la preponderancia bélica y la preeminencia económica. No solo comandaba la OTAN y controlaba un centenar de bases militares distribuidas por todo el planeta, sino que manejaba la mitad del producto mundial y el 60% de la fabricación planetaria, con un tesoro que albergaba el 80% de las reservas auríferas totales. Basta observar que esos porcentuales han caído en la actualidad al 25%, 17% y 25%, respectivamente, para notar la magnitud del poder económico que detentó gigante norteamericano y su dramática reducción actual (Torres López, 2026) El período de auge fue acertadamente denominado la “Edad del Imperialismo” para subrayar esa preeminencia (Magdoff, 1969). Con los marines desplegados por el grueso del planeta, el dólar funcionaba con una moneda mundial, aceptada sin ninguna vacilación por los socios y subordinados del hegemón. Con esa conducción operó el imperialismo colectivo de la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón), que consagraba el alto nivel de entrelazamiento y sometimiento de dos grandes aliados al comando norteamericano (Amin, 2004). Bajo esa dirección se configuró un sistema imperial con jerarquías y funciones definidas por la primera potencia. Las tradicionales diferencias entre los rivales de Occidente perdieron connotaciones bélicas y se procesaron como acotadas controversias comerciales o financieras (Katz, 2023: 28-44). Ese período de auge estadounidense afrontó varios momentos de erosión. En los años 60, la acelerada reconstrucción de Alemania y Japón restauró la competitividad de ambas economías, que comenzaron a erosionar la superioridad de las empresas norteamericanas. Washington contrarrestó esa amenaza con medidas comerciales y monetarias, que sofocaron el desafío de sus subordinados. El poder del Pentágono sobre los dos grandes perdedores de la Segunda Guerra Mundial bloqueó por completo ese despertar germano y nipón. En la década siguiente, la descontrolada emisión de dólares y el desbordante endeudamiento del gendarme yanqui, afectaron la confiabilidad de la divisa estadounidense hasta tornarla inconvertible al oro. Frente a esa adversidad, el Departamento de Estado recurrió al sostén de sus subalternos del mundo árabe y apuntaló el mecanismo de los petrodólares para preservar el reinado del dólar. Los monumentales excedentes financieros que generaba la exportación de crudo del Medio Oriente, fueron reciclados en los mercados bajo control yanqui, para asegurar esa continuidad del imperialismo del dólar. En los años 80, Reagan añadió a ese refuerzo el inicio del modelo neoliberal -con privatizaciones, aperturas comerciales y desregulaciones laborales- que recompusieron los beneficios de las grandes empresas, recortando los salarios y los gastos sociales. Esa agresión contra los trabajadores restauró las ganancias, pero no revirtió la continuada regresión estadounidense frente a sus rivales. La decreciente competitividad internacional de la economía yanqui no fue modificada y el declive persistió como un problema irresuelto. Pero ese descenso pareció súbitamente contenido en la década siguiente por la inesperada implosión de la Unión Soviética. El antagonista ruso nunca amenazó a su rival en el plano económico, pero lideró durante décadas un denominado campo socialista, que afectó seriamente el poder de Occidente. La existencia de ese contrapeso facilitó las revueltas sociales contra el capitalismo y las resistencias nacionales contra las agresiones imperiales. ADVERSIDADES AUTOINFLIGADAS La imprevista implantación de un orden unipolar a fin del siglo XX -con preeminencia total de Estados Unidos- le brindó a la primera potencia una gran oportunidad, para recrear su preponderancia económica y geopolítica. Pero en lugar de consumar esa restauración, Washington se embarcó en una escalada de aventuras bélicas con resultados adversos. Dilapidó recursos, erosionó su autoridad, socavó sus alianzas y terminó agravando el declive precedente. Las campañas militares en el Gran Oriente Medio (Afganistán, Irak, Libia, Siria Palestina e Irán), la expansión de la OTAN en Europa del Este, el provocativo rearme en Asia Oriental y el continuado intervencionismo en América Latina jalonaron ese desborde belicista, que sepultó todos los atisbos de recomposición norteamericana. El Pentágono demolió países y destruyó sociedades, sin recrear los procesos de inversión requeridos para rentabilizar a las empresas estadounidenses. La dinámica del Plan Marshall no se repitió en ninguna de las incursiones de las últimas décadas y la pérdida de posiciones de la economía norteamericana se acentuó con el nuevo despliegue internacional de los marines. A diferencia de lo ocurrido en Europa durante la posguerra, las intervenciones bélicas estadounidenses no dieron lugar a negocios florecientes. Esa incapacidad para transformar acciones militares en beneficios económicos retrata la agudeza del declive. Ese retroceso se tornó más transparente en los últimos 20 años, con la extinción del espejismo unipolar. Estados Unidos quedó enfrentado a su pérdida de primacía, en un nuevo contexto de creciente distribución mundial del poder. Ese escenario emergió a la superficie en la crisis financiera del 2008, cuando el socorro estatal evitó el colapso de los principales bancos norteamericanos. El país logró escapar de ese abismo con mayor oxígeno que sus rivales de Europa o Japón, pero quedó como un nítido perdedor frente a China. Desde ese momento, afronta las duras consecuencias del despertar asiático y del surgimiento de nuevos centros de acumulación divorciados (o autonomizados) de la tradicional centralidad estadounidense. Ese desplazamiento es una consecuencia imprevista de la globalización neoliberal, que Estados Unidos impulsó para recrear su dominio y terminó padeciendo como una gran desventaja. Beijing (y no Washington) fue el gran favorecido por esa expansión mundial del comercio y por esa razón, continúa auspiciado las transacciones globales, contra la reacción proteccionista del auspiciante inicial de ese rumbo. Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano, que esa ventaja lograda por el rival chino de un proyecto propiciado por Estados Unidos. EL DETERMINANTE ECONÓMICO El retroceso del coloso norteamericano tiene un pilar primordialmente económico. Es un declive perceptible en todos los ámbitos, pero derivado de la regresión industrial y productiva que padece el país. Esa caída se verifica en la financiarización y el consiguiente desborde especulativo. El episodio más reciente de esa secuencia fue el rescate estatal del 2008, que evitó el quebranto de los bancos, pero legó un endeudamiento mayúsculo que mantiene la vulnerabilidad de todo el sistema. Por esa razón, los temblores que periódicamente afectan a las distintas entidades, suscitan el pánico a un reinicio de las grandes convulsiones. Ese temor fue por ejemplo visible en el 2023, con la quiebra del Silicon Valley Bank y en el 2024, cuando el desplome de la Bolsa japonesa hizo temblar a Wall Street. El pavor a otro estallido financiero se localiza actualmente en la burbuja tecnológica, que ha inflado con incuantificables inversiones a los títulos de las siete mega corporaciones del universo digital. En el 2023, esas compañías canalizaban la mitad de las ganancias del principal índice bursátil. La capitalización de esas firmas -que comandan la Inteligencia Artificial- supera cualquier cálculo de ganancias o ingresos acordes a su captura de fondos. Esos indicadores de continuada financiarización de la economía estadounidense son la contracara del deterioro productivo. Los bajos rendimientos en la esfera industrial motorizan la emigración de capitales al ámbito especulativo, recreando la clásica tendencia de los capitalistas a contrarrestar ganancias reducidas en la producción, con altas remuneraciones en las finanzas. Ese persistente comportamiento de la elite dominante agrava el estancamiento de la productividad, el deterioro de la base industrial y la pérdida de negocios frente a China (Lapavitsas, 2026). En la batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados -que gobierna la acumulación capitalista- Estados Unidos tiene a quedar relegado. El pasaje de la globalización neoliberal al estatismo neomercantilista refleja este nuevo escenario, signado por la retracción del capitalismo estadounidense hacia políticas de mayor resguardo interno y menor audacia externa. El declive económico de la primera potencia también se verifica en una deuda pública gigantesca, que se amplifica con el bajo crecimiento del PBI. Cada recuperación cíclica se consuma con mayores niveles de endeudamiento, financiados por el imperialismo del dólar (Hudson, 2024). Esa dominación permite solventar las monumentales erogaciones internas, con el sostén de una moneda que preserva su reinado mundial, pero afronta la pérdida de privilegios. La desdolarización es un proceso lento, pero persistente que puede acelerarse súbitamente si se acrecienta la vulnerabilidad geopolítico-militar de la primera potencia. Las reservas en dólares de los bancos centrales se mantienen en un alto nivel, pero han caído del indisputado porcentual previo. La mitad de todos los pagos transfronterizos se liquidan en dólares, pero esa divisa continúa perdiendo fortaleza, a medida que China compra oro y reduce la participación de los billetes norteamericanos en sus caudales (Roberts, 2023). La tendencia de los BRICS Plus a desdolarizarse se afianza en los mercados de materias primas, que ya operan con otras monedas y en las transacciones de combustible ese viraje es más llamativo. Todo el circuito del petrodólar que durante décadas sostuvo la primacía yanqui está en revisión y muchos expertos observan con atención, que los extranjeros poseen más activos estadounidenses, que los inversores de ese país en activos foráneos. En este escenario, los desenlaces geopolíticos desfavorables para Washington, tienen un impacto erosivo muy directo sobre el imperialismo del dólar. La primera potencia emergió del temblor del 2008, sin resolver ninguno de los desequilibrios estructurales que afronta una economía inflada, con capitales sobrantes sin desvalorizar. Los remedios neoliberales y keynesianos -para lidiar en las últimas dos décadas con esa desventura- fueron infructuosos y por esa razón, la guerra en gran escala despunta como la principal salida que avizora el gran capital. El gasto bélico y la reconversión militarista son concebidos como la carta de salvación al continuado deterioro económico. El declive de Estados Unidos no es una mera regresión de un competidor en desgracia, frente a sus ascendentes rivales. Desde hace mucho tiempo, la economía del norte opera como pilar del capitalismo mundial y su deterioro es un signo de la alicaída salud de todo el sistema. Estados Unidos concentra dos grandes desequilibrios de la época actual: la desigualdad social y la catástrofe del medio ambiente. Por esa condensación de trastornos sistémicos, también comanda la devastadora salida militarista que tantea el capitalismo para lidiar con su crisis. El imperialismo norteamericano es experto en esa respuesta, porque compensa desde hace décadas su deterioro económico con belicismo. Ese contrapeso se forjó al calor de la primacía del “complejo militar industrial” sobre toda la estructura económica del país. La posibilidad de financiar con emisión ilimitada en dólares acentuó esa gravitación del dispositivo bélico. Estados Unidos ha desarrollado una compulsión militarista que lo empuja a guerrear en incontables rincones del planeta, optando siempre por desenlaces guerreros en desmedro de soluciones negociadas. Ejerció durante todo el siglo XX su dominio con actos de fuerza, bombardeos de la población civil y demolición de sociedades. En ningún momento de los últimos veinticinco años introdujo algún paréntesis en ese destructivo accionar. Pero los resultados de su conducta ilustran otro costado del declive norteamericano. LOS FALLIDOS MILITARES Los efectos económicos negativos del gigantismo bélico se multiplican con el creciente intervencionismo de los marines. El “complejo industrial-militar-digital” acrecienta ganancias, a costa del grueso del sistema productivo, que pierde posiciones a escala internacional. Los beneficios que acaparan los proveedores del Pentágono erosionan la competitividad de las empresas del país. Esas adversas consecuencias se han verificado al cabo de incursiones victoriosas (Yugoslavia) y de palpables fracasos (Afganistán, Irak). Estos segundos fallidos han sido la norma de las últimas décadas. En lugar de forjar una nueva supremacía mundial, Estados Unidos se auto inmola, agotando su tesoro en largas y costosas conflagraciones que no logra ganar. Esos contratiempos en el campo de batalla se han corroborado también en los operativos puntuales contra Somalia o Yemen, en las improvisaciones bélicas contra Irán y en las desventuras acumuladas en Ucrania. Esa impotencia bélica es rigurosamente ocultada por el Departamento de Estado, mediante manipulaciones del sistema comunicativo global. Los medios desinforman para sostener el mito del poderío y la invencibilidad de las tropas yanquis. Transmiten una imagen inflada de las capacidades del Pentágono, distorsionando la propia historia de esas fuerzas. Lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial quedó incorporado como un patrón de esas deformaciones, que la propaganda estadounidense ha repetido en forma invariable. En esa oportunidad ocultó que el nazismo fue doblegado por el heroísmo de la Unión Soviética que destruyó al 75% del ejército alemán, luchando contra las mejores divisiones de la Wehrmacht en el frente oriental. Por el contrario, los Aliados se enfrentaron tardíamente y con gran lentitud a tropas de segundo nivel. Hollywood desvirtuó ese desenlace con relatos que glorificaron imaginarias gestas del ejército norteamericano y extendió la misma adulteración a lo ocurrido en Vietnam, Irak o Afganistán. En esos casos transformó humillantes derrotas del invasor en insustanciales episodios, carentes de vencedores o vencidos. Siempre eludió contar el revés sufrido por los marines hiper armados, frente a los resistentes mal aprovisionados que enfrentaban (Nolan, 2025). El Pentágono mantiene un esquema mundial de bases militares forjado durante la guerra fría que ha perdido operatividad. Esa inadecuación fue muy visible en la reciente guerra contra Irán. El costoso gigantismo naval fue totalmente ineficaz, frente a la efectividad y baratura de los drones, que anticiparon la dinámica de las confrontaciones contemporáneas. Esa inadaptación se extiende también a las pulseadas atómicas. Todo el sistema de control nuclear -establecido durante la guerra fría para contener la proliferación- ha quedado sepultado. Ya hay ocho naciones con armas nucleares y otras treinta con pericia para construirlas. Los tratados de equilibrio atómico que durante décadas renovaban Washington y Moscú han perdido efectividad y Estados Unidos no sabe cómo gestionar un escenario que escapa a su mando. Esa desorientación conduce a replanteos de todo tipo. Algunos generales proponen reconsiderar la estrategia de la Destrucción Mutuamente Asegurada (MAD) y otros retoman la doctrina del primer golpe, para una eventual confrontación con China (Foster, 2025). La renovación de la “guerra de las galaxias” que auspician los consejeros de Trump forma parte de esos replanteos. Las cúpulas doradas -con miles de satélites en el espacio orbital controlados por la Inteligencia Artificial- son concebidas para una conflagración atómica, por la empresa de fabricación aeroespacial Space X del milmillonario Ellon Musk. Ese tipo de proyectos se inscribe en la privatización de las guerras y el creciente uso de mercenarios, que desde hace varias décadas administra el Pentágono. Luego del fracaso de Vietnam, esa preeminencia de los contratistas se tornó dominante. Pero la conversión de conflictos bélicos en un simple campo de negocios introduce dos problemas al intervencionismo imperial. Por un lado, erosiona la legitimidad política de esas acciones, que son percibidas por el grueso de la población como acontecimientos lejanos y no patrióticos. Por otra parte, multiplica el descontrol de los mercenarios, que tienden a autonomizar sus operativos, privilegiando sus intereses o asumiendo metas propias. Fue lo ocurrido con viejos socios de la CIA como Bin Laden y con otros legionarios del yihadismo. La capacidad de los imperios para gestionar sus posesiones con tropas de otro cuño, siempre dependió de la vitalidad de esas configuraciones. En su esplendor, Roma otorgaba la ciudadanía a cambio del servicio militar e Inglaterra llegó a manejar casi la mitad de sus fuerzas con reclutas de las colonias. Pero esas modalidades resultaron contraproducentes en el declive de ambas potencias y ese mismo infortunio con los cipayos afecta a Estados Unidos en la actualidad. La sustitución de la confrontación bélica por el terrorismo es otro indicio de las desventuras que afronta el Pentágono. De la misma forma, que ha optado por delegar en vasallos los operativos más riesgosos y que elude el uso de tropas propias, recurre a los métodos mafiosos del asesinato selectivo en su acción internacional. Hilary Clinton festejó el crimen de Gadafi y Obama celebró el homicidio de Bin Laden, con la misma naturalidad que Trump exaltó el magnicidio de Jameneí. Israel introdujo y generalizó esa modalidad de ultimar opositores, que tradicionalmente diferenció al hampa de la punición estatal. Ese desprecio por el derecho internacional parece un acto de dominación, poder o impunidad, pero en los hechos es otro signo de impotencia del declinante imperialismo norteamericano. Como no logra ejercer su tradicional preponderancia, recurre a vetustas modalidades de salvajismo (Chomsky; Prashad, 2012). El uso reciente de la Inteligencia Artificial para programar masacres de civiles en Palestina, Líbano o Irán es otro indicio de la misma tendencia. Estados Unidos afianza esta variedad de militarismo atropellado, como desorientada respuesta a su pérdida de autoridad geopolítica. Ninguno de sus gobiernos asume que el fin de la unipolaridad obliga a la primera potencia a actuar en un nuevo tablero de disperso poder multipolar. Los antecesores de Trump ignoraron ese cambio y el magnate ha intentado manejar sin ningún éxito este adverso escenario. No logró ese control con amenazas económicas coercitivas en el 2025 y menos aún con las aventuras bélicas del 2026. Ese bienio aportó nuevas confirmaciones de un declive derivado de tendencias de mayor porte. ANTICIPIOS, PERCEPCIONES Y ACIERTOS El retroceso de largo plazo que afronta Estados Unidos fue diagnosticado con gran anticipación por varios estudiosos del tema. De ese pelotón sobresalió un pensador, que subrayó la triple dimensión del declive en el plano financiero, económico y militar (Arrighi, 1999: 192-288). Destacó que el primer indicador era característico del ocaso padecido por todas las potencias en repliegue. Describió cómo en el caso estadounidense, la financiarización socavó el aparato productivo y atribuyó esa regresión fabril a la expansión de empresas transnacionales, que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Precisó, además, la forma en que el neoliberalismo acentuó la sobreacumulación, afectando a la economía del Norte y detalló cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390). Partiendo de esa evaluación, estimó que el ocaso no era contenido con exhibiciones de poder militar, ni por sus efectos en inconsistentes recuperaciones. Recordó, además, que los fracasos bélicos inaugurados con Vietnam, no fueron revertidos por ninguna contraofensiva posterior (Arrighi, 2005). Ese diagnóstico permitió percibir en forma muy temprana el ascenso de China y señalar la existencia de una aguda contraposición entre dos modelos (territorialismo capitalista y economía mercantil), determinantes de retroceso estadounidense y del ascenso chino. Fue una mirada que capturó en su embrión, dinámicas de largo plazo que desbordaban la mera competencia económica entre Occidente y Oriente (Arrighi, 2007: 217-371). En contraste con otras visiones, que situaban el declive estadounidense en un tobogán de inexorable autodestrucción de todo el sistema mundial (Wallerstein, 2005: 109-141), ese enfoque avizoró distintos desenlaces posibles, sin postular un devenir predeterminado. Evitó identificar la crisis del capitalismo norteamericano con un derrumbe cronológicamente previsible, señalando que el declive no seguía un patrón de automaticidad económica. Remarcó la conexión de ese retroceso con procesos político-sociales divorciados de cualquier calendario preestablecido (Katz, 2023: 41-42). Muchos analistas posteriores han destacado las distintas aristas del declive estadounidense, ilustrando cómo la continuada financiarización de esa economía ha obstruido los intentos de recomposición productiva. Recuerdan, especialmente, que la sostenida exacción de recursos del resto del mundo, no logra ser utilizada internamente para contrarrestar el ocaso. Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive, enfatizan la variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída, al efecto combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el hegemonismo político y la ideología misionera. Con esa visión subrayan la multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción (Galtung, 2010: 10-29). El declive fue avizorado también por los críticos del comportamiento imperial estadounidense y por personajes de la elite de ese sistema, que en forma circunstancial o sistemática dieron cuenta de esa regresión con el propósito de revertirla. El registro de esas lecturas enriqueció la compresión del fenómeno, especialmente durante el auge de la unipolaridad. Su análisis permitió confrontar con los erróneos pronósticos de resurrección imperial norteamericana, que al poco tiempo fueron desmentidos de la realidad (Boron, 2014: 8-25). ANALOGÍAS CON ROMA El declive de Estados Unidos suscita instructivas comparaciones históricas, especialmente con el antecedente romano, que también operó como un sistema de dominación asentado en normas de coerción, expansión y jerarquía. La denominación latina “imperium” alude a esa estructura, contrapuesta con el concepto griego de hegemonía, que siempre fue asociado con formas de sometimiento más consensuadas (Ilkowski, 2015). Muchas comparaciones resaltan similitudes de Estados Unidos con Roma en el terreno de la violencia autodestructiva. Las semejanzas son extendidas a otras esferas, como el estancamiento productivo, la depredación de los recursos naturales, el despilfarro de las riquezas o la sobre expansión militar. Las potencias declinantes suelen forzar la extracción de excedentes de sus súbditos para conservar el poder, quebrantando los equilibrios que facilitaban la prosperidad precedente. Por esa compulsión confiscatoria, Roma terminó devorándose a sí misma, cuándo la expropiación de la población circundante no alcanzó para financiar el descontrolado gasto militar. Esa práctica de confiscación guerrera agotó al imperio (Torres López, 2026). La misma corrosión afecta actualmente a Estados Unidos en el plano de los ingresos y la deuda pública. Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente desdolarización de las transacciones mundiales. Roma ejercía su poder mediante la fuerza, pero manteniendo contrapartidas de protección, seguridad y beneficios con sus súbitos y aliados. Cuando rompió ese equilibrio, perdió capacidad para preservar su dominación (Norman, 2025). Esa misma fractura de alianzas afecta a Estados Unidos, desde que tiende a transformar a sus socios en vasallos. Ese cambio de relaciones corroe, por ejemplo, el pacto transatlántico que durante toda la segunda mitad del siglo XX sostuvo al sistema imperial. Un contrapunto esclarecedor entre los efectos de la expansión agrícola romana y la globalización contemporánea, ilustra el boomerang que emparenta al declive de los dos imperios. Al extender sus cultivos fuera de sus fronteras, Roma deterioró su vieja primacía rural a favor de sus vecinos, en un proceso semejante a la mundialización económica que inició Estados Unidos y empoderó a China. En ambos casos, las ventajas iniciales de la potencia dominante en sectores estratégicos fueron capturadas por sus adversarios, en la propia dinámica expansiva del hegemón. En las dos situaciones, las metrópolis plantaron las semillas de su propia regresión. En la Antigüedad, compartiendo prácticas agrícolas y en la actualidad, exportando industrias, tecnologías y servicios, que fueron recreados con mayor productividad por sus destinatarios (Heather; Rapley, 2024). Otro rasgo del declive que emparenta a Roma con Estados Unidos es la perduración temporal de ese descenso, luego del propio agotamiento del sistema. Esa decadencia se extendió durante centurias en la Antigüedad y se verifica en las últimas décadas de regresión norteamericana (Galtung, 2010: 10-29). La analogía entre ambos imperios, se extiende también a la forma en que las contradicciones económicas internas fueron agravadas por la acción militar. La Guerras contra Cartago le permitieron al coloso de la Antigüedad controlar el Mediterráneo y la provisión de esclavos para su economía doméstica. Pero ese suministró incentivó expansiones militares ulteriores que socavaron esas ventajas. El gendarme norteamericano padece el mismo síndrome, como custodio internacional de la opresión capitalista (Roberts, 2026). Las semejanzas también se verifican en la virulencia imperial. Esa ferocidad es una consecuencia directa del declive, que reduce la capacidad para generar consensos y desplegar la hegemonía, generando formas más inestables y violentas de dominación. Los imperios nunca declinan de manera suave, aceptando pasivamente la pérdida de su poder. Multiplican las amenazas, exigen mayor obediencia y se tornan más agresivos. Esa conducta de Roma, fue reproducida por las atrocidades de la Corona española para mantener sus dominios americanos, por el genocidio de los armenios durante el ocaso del imperio otomano, por la crueldad de los británicos frente la pérdida de su joya en la India y por el baño de sangre que perpetró el colonialismo francés para evitar la independencia Argelia (Boron, 2014: 8-25). Desde hace décadas, el imperialismo norteamericano repite esa conducta, con guerras que destruyen países, sin generar ninguna contención a su declive. OTROS CONTRAPUNTOS HISTÓRICOS La confrontación entre Estados Unidos y China ha recreado también el interés por la moraleja histórica de la trampa de Tucídides. Esa referencia es utilizada para ilustrar el resultado adverso que afronta una potencia emergente, cuando intenta destronar a destiempo a su rival dominante. Atenas era la ascendente ciudad-estado marítima, que tenía todo a su favor para doblegar al antiguo dominador terrestre espartano. Pero esas ventajas no le alcanzaron para ganar su apuesta bélica. Ese inesperado resultado es recordado, a veces, para imaginar situaciones victoriosas del dominador estadounidense, si el desafiante chino captura Taiwán y termina sufriendo la misma derrota que padecieron los atenienses. Pero la reincorporación de esa isla al territorio unificado de China, sigue una pauta estratégica de otro tipo y ya anticipada por la asimilación de Hong Kong. Es concebida como un proceso más económico que militar y no se inscribe en políticas imperiales expansivas por parte de China. La analogía con Atenas y Esparta es además forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida en declive y el agredido (China) es un emergente, que elude el uso de la fuerza. Justamente por ese posicionamiento, la trampa de Tucídides fue explícitamente aludida por Xi Jinping en su reciente encuentro con Trump. El presidente chino convocó a evitar el aprisionamiento mutuo en un conflicto bélico. Aludió a esa referencia histórica, como un enredo que todos los involucrados deben rehuir para impedir inútiles sangrías. Algunos autores han estudiado la enseñanza de Tucídides con esa misma finalidad, distinguiendo cuáles fueron los conflictos entre potencias desafiantes y predominantes, que desembocaron en la guerra y cuáles sortearon ese desenlace. A partir de ese cómputo, destacan que la contienda fue evitada en varios casos y puede ser igualmente soslayada en el futuro. Señalan que el ejemplo más reciente de esa tensión sin guerra final, fue la confrontación que mantuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Entienden que ese antecedente debería ser reproducido en la disputa actual entre Washington y Beijing (Allison, 2017:1-3). Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible, porque al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano. Otro antecedente ilustrativo -muy distante de lo ocurrido entre la Estados Unidos y la URSS- fue la confrontación que desató el hegemónico imperio británico (retador), contra el desafiante rival alemán (retado), a principio del siglo XX. Pero esa pugna se dirimió en el campo de batalla e involucró a enemigos con estrategias y conductas muy distintas del contexto actual. China no es comparable con Alemania, y Estados Unidos no se asemeja a Inglaterra. En el primer caso, porque Beijing está embarcado en una expansión económica mundial, que no sigue la pauta del militarismo imperialista. Despliega negocios y no invasiones, con la atención puesta en sostener su crecimiento y no en la ocupación formal o informal de territorios ajenos. Esta conducta se ubica en las antípodas del imperialismo alemán de la primera mitad del siglo XX (Katz, 2023: 100-109). Por otra parte, varias diferencias separan a Estados Unidos de su antecesor británico, ante todo, en el plano económico. Inglaterra era un acreedor mundial que exportaba capitales, financiando la inversión mundial con fondos que fluían desde la metrópolis hacia la periferia. Por el contrario, Estados Unidos es un deudor que recepta esos capitales. Acumula, además, un monumental déficit comercial con su retador chino que financia con emisión y endeudamiento (Tooze, 2026). Es cierto que la industria inglesa declinaba con la misma tónica que su sucesor norteamericano actual y que también recurrió al proteccionismo para contrarrestarla, pero nunca afrontó la escala que presentan esos procesos en Estados Unidos. Y esa diferencia de intensidades es muy relevante para una potencia norteamericana, que se expandió a partir de su propia base territorial. Mientras que Gran Bretaña, que se vio obligada a salir tempranamente al exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su preeminencia financiera, la economía estadounidense se desenvolvió en forma paulatina con parámetros autocentrados. No emergió de una localización pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino de un enorme asentamiento poblado con torrentes de inmigrantes. El declive actual de su industria afecta duramente esa trayectoria. Estados Unidos no cuenta, además, con la flexibilidad que tuvo Gran Bretaña para consumar su repliegue, amoldándose a nuevas circunstancias históricas. Mientras que Inglaterra pudo realizar su traspaso del comando mundial al socio ascendente, su ahijado no tiene a mano ese candidato y no puede repetir esa transferencia. La inflexibilidad norteamericana obedece a fuertes determinantes militares, que lo diferencian del antecesor inglés. La primera potencia ha forjado una estructura bélica cualitativamente superior a la construida por Gran Bretaña, puesto que asumió un rol de protección del capitalismo mundial que su predecesor nunca desenvolvió. Por esa razón, Washington no se embarca en los caminos para deshacer el imperio que siguió Londres y refuerza su ofensiva de guerras imperiales, en todos los rincones del planeta. Existen también comparaciones de la regresión estadounidense con lo ocurrido con la Unión Soviética, pero son contrapuntos poco pertinentes. Omiten que la URSS nunca tuvo una impronta imperial, porque tampoco cobijó un sistema capitalista. Careció de una clase propietaria asentada en la acumulación de plusvalía y sujeta a las reglas de la competitividad entre empresas. Esa ausencia explica la política conservadora que desenvolvía el Kremlin, evitando el expansionismo y bregando por recrear el estatus quo con su par norteamericano. Por el contrario, Estados Unidos es el imperialismo global más agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las contradicciones del capitalismo del siglo XXI. Es importante tener presente las diferencias de regímenes sociales en que se asientan las potencias en declive. El poder de Roma descansaba en la propiedad territorial, el trabajo esclavo y la expansión fronteriza, mientras que el imperio del capital estadounidense se sostiene en la explotación del trabajo asalariado, la competencia y la productividad de las empresas. Y lo mismo vale para los contrapuntos con otros casos. Ese reconocimiento es importante, para notar que las semejanzas en los declives de los distintos imperios no suponen desemboques análogos. El interés por mirar el pasado con preocupaciones de futuro siempre fue el propósito de esas comparaciones. Las primeras analogías de la decadencia de Roma con su posible repetición en Inglaterra (que formuló Gibbon en 1776), eran impulsadas por la pretensión de evitar ese descenso, con mayor estímulo del comercio y la industria. La trampa de Tucídides es reiteradamente recordada para alertar sobre las inmanejables consecuencias de cualquier chispa bélica, pero también para postular singularidades de Estados Unidos que lo eximirían de cualquier declive. Ese negacionismo constituye otro aspecto clave del escenario actual, que analizamos en el próximo texto. Claudio Katz: Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz REFERENCIAS -Torres López, Juan (2026). El doloroso declive de los imperios https://rebelion.org/el-doloroso-declive-de-los-imperios/ -Magdoff, Harry (1969). La era del imperialismo, Pensamiento Crítico, La Habana, número 29, páginas 6-159 -Amin, Samir (2004). El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004. -Katz, Claudio (2023). En La crisis del sistema imperial, Edición virtual, septiembre 2023 Jacobin, Buenos Aires -Roberts, Michael (2023) Un mundo multipolar y el dólar https://www.sinpermiso.info/textos/un-mundo-multipolar-y-el-dolar -Lapavitsas, Costas (2026). «El poder del dólar depende más de la capacidad coercitiva de EEUU que de su economía» https://rebelion.org/el-poder-del-dolar-depende-mas-de-la-capacidad-coercitiva-de-eeuu-que-de-su-economia/ -Hudson, Michael (2024). La economía está en el punto máximo de endeudamiento… no hay forma que se recupere https://kaosenlared.net/michael-hudson-la-economia-esta-en-el-punto-maximo-de-endeudamiento-no-hay-forma-que-se-recupere/ -Nolan, Gerry (2025). Yankwashing : cómo el imperio borra la verdad

martes, 11 de agosto de 2026

El retiro oficial de Venezuela de la CPI: ¿así de fácil creen engañar al mundo?

Recomiendo: El retiro oficial de Venezuela de la CPI: ¿así de fácil creen engañar al mundo? Por Nicolas Boeglin | 11/08/2026 | Venezuela Fuentes: Rebelión El pasado 24 de julio Venezuela anunció su intención de retirarse de la Corte Penal Internacional (CPI): véase al respecto esta nota de la agencia alemana de noticias DW. En las líneas que siguen presentaremos las justificaciones oficiales dadas por Venezuela y las intentaremos poner en perspectiva al darse este anuncio hacia finales de un mes particularmente duro para la CPI, como lo fue el mes de julio del 2026: con una nueva arremetida anunciada el 13 de julio por parte del principal enemigo que tiene la justicia penal internacional desde sus primeros inicios en el 2002, Estados Unidos y con la denuncia oficializada por Chad del Estatuto de Roma el pasado 31 de julio (véase nota oficial). En nuestras reflexiones referiremos también a las presiones de todo tipo ejercidas por Estados Unidos en América Latina a partir del 2002 en aras de torpedear los esfuerzos de la comunidad internacional tendientes a dotarla de una justicia penal internacional: este pequeño recorrido histórico permitirá entender mejor que, a penas 10 días después de que Estados Unidos anunciara una campaña contra la CPI en este mes de julio del 2026, Venezuela procediera al anuncio objeto de estas reflexiones. Usualmente, cada 17 de julio se celebra en todo el mundo el día internacional de la justicia penal internacional, al conmemorarse la adopción en julio de 1998 del instrumento internacional que crea la CPI. En el caso específico de Costa Rica, no se registró mayor manifestación oficial en este mes de julio del 2026: lo único que se registró en el sitio oficial de su aparato diplomático el 17 de julio del 2026 (véase comunicado oficial) fue la máxima condecoración otorgada a … la embajadora de Israel en Costa Rica, al parecer en el marco de una ceremonia muy privada (Nota 1). La justificación oficial de Venezuela En el «tweet» del pasado 24 de julio difundido por el actual jefe del aparato diplomático venezolano, se pueden leer las únicas razones oficiales que invoca Venezuela para tomar su decisión, refiriéndose a un supuesto «sesgo geográfico» en la labor actual de la CPI «en detrimento del Sur Global» (sic.). Al omitir convenientemente referirse a las recientes órdenes de captura emitidas contra altas autoridades en Rusia (2023) y en Israel (2024), la justificación resulta de pronto bastante débil y hasta… algo risible: ¿un «sesgo geográfico» cuando la CPI ha emprendido acciones contra los dirigentes del principal socio de Estados Unidos en Oriente Medio, apoyados de manera incondicional por las diversas administraciones norteamericanas? Vaya vaya… ¡que «argumento» más innovador! Con relación a una labor de la CPI que iría supuestamente «en detrimento del Sur Global» en este año 2026, omitiremos precisar las longitudes y las latitudes del extenso territorio ruso con relación a uno de los dos polos del planeta Tierra, de manera a no causar mayor sonrojo al ya causado. Lo que podríamos calificar (con el sesgo nuestro de profesor universitario, acostumbrado a evaluar a sus estudiantes, sus evasivas y omisiones) como una «justificación que padece de una pobreza extrema» en este 2026, resulta bastante notoria. Y más llamativo resulta el hecho que no haya sido mayormente detectada por analistas y comentaristas, así como por columnistas y «expertos«, usualmente siempre muy pendientes de todo lo que ocurre en Venezuela. Más aún tratándose, en el caso de los dirigentes de Israel, de un Estado como Venezuela que, históricamente, ha recibido a refugiados y a desplazados palestinos, así como a personas heridas en proveniencia de Gaza y de Cisjordania en los últimos años, y que ha apoyado la lucha por el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. No está de más recordar que Venezuela mantiene hasta la fecha suspendidas sus relaciones diplomáticas con Israel, desde el mes de enero del 2009 (véase nota de ElPais/España), «ante la gravedad de las atrocidades contra el pueblo palestino«. Salvo error de nuestra parte, este anuncio relacionado a la CPI de Venezuela no ha dado lugar a ningún comunicado oficial del aparato diplomático de Venezuela, que haya sido colgado en su sitio oficial (véase enlace). En este mismo sitio oficial sí se encuentra, en sentido opuesto, este comunicado oficial, del 7 de noviembre del 2021, en el que Venezuela reafirmaba ante la comunidad internacional, su firme y pleno compromiso con la justicia penal internacional de La Haya (véase enlace). Es de tomar nota desde ya, de la poca formalidad del actual aparato diplomático venezolano, que posiblemente tenga algún tipo de explicación: enviar un primer mensaje, a modo de provocación y de paso, medir las diversas reacciones y los silencios. Cabe precisar que esta decisión de Venezuela de este mes de julio se tomó unos pocos días después del 17 de julio, fecha aniversario de la justicia penal internacional, y que pasó en este 2026, prácticamente desapercibida (Nota 2). El Estatuto de Roma en muy breve Como bien se recordará, la CPI fue establecida en julio de 1998 mediante un instrumento conocido como el «Estatuto de Roma«: el texto completo del Estatuto de Roma de 1998 en español está disponible en este enlace. Resulta oportuno recordar para quiénes no estén muy familiarizados con esta jurisdicción internacional ubicada en La Haya, que la CPI es competente para juzgar penalmente únicamente a título individual a personas (y no a Estados) que, en el ejercicio de sus funciones, cometieron, ordenaron o instigaron a la comisión de tres crímenes: el genocidio (cuya definición se encuentra en el Artículo 6 del Estatuto de Roma), los crímenes de lesa humanidad (Artículo 7) y los crímenes de guerra (Artículo 8). La lectura completa de este último artículo 8 es particularmente recomendada a la luz de las imágenes de destrucción masiva e injustificada y de la muerte diaria de civiles en Ucrania desde el 24 de febrero del 2022 así como a la luz de las imágenes de muertes de civiles palestinos y de destrucción a gran escala que provienen de Gaza desde la misma tarde/noche del 7 de octubre del 2023: la lectura completa de este artículo 8 permite además entender mucho mejor las razones por las que tanto el Presidente de Rusia (desde marzo del 2023) como el actual Primer Ministro de Israel (y su ex Ministro de defensa) son objeto de una orden de captura emitida por la CPI desde el mes de noviembre del 2024 (véase comunicado oficial de la CPI). En el caso de la franja de Gaza, al 25 de julio del 2026 se contabilizan casi 174.000 personas heridas, muchas de ellas de gravedad y sin acceso a medicamentos, agua y alimentos en cantidad suficientes, y 73.305 víctimas identificadas en Gaza, la mayoría siendo mujeres (10.983), niños (21.283) y personas de la tercera edad (5.100): véase último informe de Naciones Unidas al 25 de julio del 2026. Cabe precisar que las autoridades sanitarias palestinas únicamente registran cuerpos identificados de personas fallecidas en Gaza, y no contabilizan los cuerpos de personas sin identificar, por lo que se estima que son muchas más las personas fallecidas en Gaza y que muchos son los cuerpos que aún permanecen bajo los escombros. Foto extraída de artículo publicado en Israel por Magazine+972 titulado «‘The ICC’s findings so far have only scratched the surface’», edición del 26 de noviembre del 2024. Texto integral cuya lectura es recomendada disponible en este enlace La denuncia del Estatuto de Roma Como todo instrumento internacional adoptado en el ámbito multilateral, el Estatuto de Roma contiene en su artículo 127, una disposición sobre la denuncia del mismo, y que se lee de la siguiente manera: «Artículo 127 Denuncia 1. Todo Estado Parte podrá denunciar el presente Estatuto mediante notificación por escrito dirigida al Secretario General de las Naciones Unidas. La denuncia surtirá efecto un año después de la fecha en que se reciba la notificación, a menos que en ella se indique una fecha ulterior. 2. La denuncia no exonerará al Estado de las obligaciones que le incumbieran de conformidad con el presente Estatuto mientras era parte en él, en particular las obligaciones financieras que hubiere contraído. La denuncia no obstará a la cooperación con la Corte en el contexto de las investigaciones y los enjuiciamientos penales en relación con los cuales el Estado denunciante esté obligado a cooperar y que se hayan iniciado antes de la fecha en que la denuncia surta efecto; la denuncia tampoco obstará en modo alguno a que se sigan examinando las cuestiones que la Corte tuviera ante sí antes de la fecha en que la denuncia surta efecto». Este artículo 127 precisa que, mientras la denuncia de Venezuela no surta efectos legales (con un plazo muy preciso de 12 meses contados a partir de la notificación de la denuncia a la Secretaría General de Naciones Unidas), la justicia penal internacional de La Haya puede continuar con sus investigaciones, recopilar información adicional a la que ya dispone, las organizaciones de derechos humanos pueden continuar enviando casos a la Fiscalía de la CPI, al tiempo que Venezuela sigue sometida a todas y a cada una de las disposiciones del Estatuto de Roma como Estado Parte. Con relación a la situación interna en Venezuela en materia de derechos humanos, este informe del 2021 de un grupo de expertos de la Organización de Estados Americanos (OEA) ya alertaba de la posible comisión en Venezuela de crímenes de lesa humanidad susceptibles de interesar a la CPI, al concluir (p. 453) que: «the Panel of Independent International Experts considers that there are reasonable grounds, that satisfy the standard of proof required by Article 53 of the Rome Statute, to believe that acts to which the civilian population of Venezuela was subjected to, dating back to at least February 12, 2014, constitute crimes against humanity, in accordance with Article 7 of the Rome Statute of the International Criminal Court, including the crimes of murder, imprisonment, torture, rape and other forms of sexual violence, persecution, and enforced disappearances as said forth more fully in this report». En buena lógica, la OEA debería de haberse pronunciado contra la decisión de Venezuela anunciada de retirarse de la CPI en este mes de julio del 2026. Al momento de redactar estas líneas (8 de agosto del 2026), no pareciera ser el caso: una actitud que resulta oportuno contrastar con, por ejemplo, el comunicado de prensa de la misma OEA al notificar Venezuela, en el mes de septiembre del 2012, su denuncia de la Convención Americana sobre los Derechos Humanos (véase comunicado oficial). Es de señalar el mismo silencio de la OEA cuando, en noviembre del 2025, tres Estados – de los cuales dos se ubican en el hemisferio americano – consideraron oportuno votar en contra de la prohibición absoluta de la tortura en Naciones Unidas (Nota 3). Estados Partes al Estatuto de Roma y criminales de guerra buscados por la CPI Con relación a las modificaciones de las relaciones jurídicas de un Estado Parte al Estatuto de Roma, en lo que va de este año 2026 únicamente se registra por el momento (al 8 de agosto del 2026) las siguientes: – la denuncia del Estatuto de Roma por parte de Chad (véase nota oficial del 31 de julio de la Secretaría General de Naciones Unidas), y ; – una nota de la misma Secretaría General con fecha del 29 de mayo del 2026 (véase nota) en la que las nuevas autoridades húngaras notifican dejar sin efecto la denuncia del Estatuto de Roma realizada por Hungría en junio del 2025 (véase documento). Esta reciente decisión de Hungría del 2026 fue, por cierto, saludada por la CPI (véase comunicado oficial): de haberse materializado jurídicamente la denuncia del Estatuto de Roma por parte de Hungría, se hubiese convertido Hungría en el primer Estado miembro de la Unión Europea (UE) en tomar sus distancias con la justicia penal internacional. ¿Algunos sectores políticos ocupaban, habiendo fracasado con Hungría en Europa, encontrar a otro Estado en otra región del mundo, dispuesto a denunciar el Estatuto de Roma? Cabe recordar que en julio del 2025, la CPI emitió una decisión condenando a Hungría por invitar al Primer Ministro israelí y no cumplir con las obligaciones derivadas del Estatuto de Roma (véase texto de esta decisión). Se trata de una decisión muy similar a otra anterior, en contra de Mongolia, al haber invitado sus autoridades (sin capturarlo) al actual Presidente de Rusia, también objeto de una orden de captura en su contra emitida por la CPI en marzo del 2023: la decisión relativa a Mongolia es del 24 de octubre del 2024, y por cierto, lleva la firma mancomunada del actual juez costarricense en la CPI (véase texto). Con relación a la no captura y entrega a la CPI del Presidente de Rusia, Tajikistan también ha sido objeto de una condena por parte de la CPI, en el mes de marzo del 2026 (véase decisión). Por cierto, estas decisiones de la CPI, que nunca fueron cuestionadas por ninguno de los 125 Estados Partes al Estatuto de Roma, confortan sin discusión alguna la idea que un jefe de Estado objeto de una orden de captura emitida por la CPI ya no beneficia de los privilegios e inmunidades de los que goza todo jefe de Estado cuando viaja en el exterior. Pese a la claridad meridiana de estas decisiones de la CPI, existen pequeños círculos (que gravitan usualmente alrededor de las embajadas de Israel) que continúan intentando establecer un falso debate ante la opinión pública defendiendo la idea que sí se imponen estos privilegios e inmunidades sobre una orden de captura emitida por la CPI. A estos distinguidos asesores de estos pequeños círculos de influencia (incluyendo los que gravitan alrededor de la embajada de Israel en Costa Rica), debería de poder llamarles la atención un hecho sencillo de observar: la reducción bastante drástica de viajes en el exterior del Presidente de Rusia y del Primer Ministro de Israel, desde el momento en que la CPI notificó la existencia de órdenes de arresto en su contra.¿Qué será lo que observamos todos y que no quieren ver unos pocos? Nótese que el nuevo alcalde de Nueva York tiene la firme intención de capturar al Primer Ministro israelí si llegara a poner un pié en la ciudad (véase nota de The Guardian del 19 de julio del 2026): desde el punto de vista estrictamente jurídico, su posición abre un interesante debate sobre las competencias que en materia policial poseen en Estados Unidos las autoridades locales, con respecto a las autoridades federales. América Latina y el Estatuto de Roma En este enlace figura el estado oficial de las firmas y de las ratificaciones, que registra 125 Estados Partes al Estatuto de Roma: cabe precisar que Senegal fue el primer Estado en ratificarlo en febrero de 1999, siendo Ucrania el último en haber ratificado el Estatuto de Roma, en el mes de octubre del 2024. No resulta de más recordar que en América Latina, el primer Estado en ratificarlo fue precisamente Venezuela en el mes de junio del 2000: por lo que el anuncio de la denuncia del Estatuto de Roma por parte de sus autoridades el pasado 24 de julio mediante el precitado «tweet» cobra mucha mayor relevancia, y debiera de haber provocado un repudio mucho mayor al observado, tanto en el seno de agrupaciones de profesionales en derecho y jueces como en organizaciones latinoamericanas de derechos humanos. En América Latina, resulta oportuno indicar que los tres últimos Estados en ratificar el Estatuto de Roma fueron Chile (2009), Guatemala (2012) y El Salvador (2016). Siempre en la región latinoamericana, son tres los Estados que hasta la fecha, persisten en no ser Estados Partes al Estatuto de Roma: Cuba, Haití y Nicaragua. El último informe de labores de la Oficina del Fiscal de la CPI (diciembre del 2025) se puede leer en inglés y en francés. Con relación a América Latina, en estos momentos la CPI mantiene abierta una investigación sobre Venezuela iniciada en el 2018 (véase enlace), al tiempo que desestimó otra (siempre sobre Venezuela) iniciada a solicitud de las mismas autoridades venezolanas (véase enlace); y cerró una que tenía abierta sobre Colombia en el 2021 (véase enlace). Con respecto a Venezuela, cabe precisar que la investigación abierta en el 2018 fue objeto de una solicitud formal a la Oficina del Fiscal presentada conjuntamente por Argentina, Canadá, Chile, Colombia, Perú y Paraguay (véase carta conjunta) a la que se unieron posteriormente Uruguay (véase carta) y Ecuador (véase carta) en el 2024. Aquí también, en buena lógica, estos mismos Estados debieron de haber repudiado el anuncio de Venezuela de retirarse de la CPI del 24 de julio del 2026 y veremos que … no ha sido el caso. En este enlace de la organización en derechos humanos Human Rights Watch se explica en detalle la importancia para las víctimas en Venezuela de la labor realizada por la justicia penal internacional de La Haya. Recientemente en El Salvador, varios expertos y organizaciones han solicitado que la CPI investigue las exacciones que sufren muchos salvadoreños, y el manto de impunidad campante que las acompaña, tratándose de exacciones que califican jurídicamente como crímenes de lesa humanidad (Nota 4). La lectura de su informe es particularmente recomendada a diversos sectores políticos en América Latina, partidarios de una «política de mano dura» contra la delincuencia organizada inspirada en la experiencia salvadoreña, incluidos sus adeptos en Costa Rica. No está de más señalar la fuerte movilización ciudadana observada en Costa Rica este 6 de agosto del 2026 (véanse al respecto esta nota del Semanario Universidad y este análisis publicado en SurcosDigital), en resguardo de la democracia, de la paz social, del Estado de derecho y del respeto al Poder Judicial que acciones recientes del actual Poder Ejecutivo y de la fracción oficialista en el Poder Legislativo buscan debilitar, inspirados en parte en el «modelo» salvadoreño. Esta reacción ciudadana se dio en gran parte en respuesta al uso de la expresión «magistrados golpistas» escuchada, al parecer nunca antes usada en la historia de toda América Latina (véase nota de SwissInfo). Un manifiesto colectivo de profesores universitarios (véase texto reproducido en el Semanario Universidad) señala, en otros aspectos, que: «Manifestamos nuestro categórico rechazo al uso irresponsable del concepto de golpe de Estado, por parte de figuras políticas en el Poder Ejecutivo. Utilizar una categoría reservada para describir la ruptura de un orden constitucional para describir desacuerdos institucionales propios del funcionamiento regular de una democracia constitucional, desvirtúa su significado histórico y jurídico, deteriora la deliberación pública y puede contribuir a erosionar la confianza ciudadana en las instituciones democráticas». Más allá de la crisis político-institucional que algunos parecían dispuestos a provocar en Costa Rica, sin haber previsto la capacidad de reacción y de fuerte movilización que puede generar una sociedad como la costarricense (que lo ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia política de Costa Rica y que parecieran algunos desconocer por completo…), han sido muchas las críticas hechas a la labor de la CPI: como toda institución internacional, su funcionamiento es perfectible. Ahora bien, la posibilidad (aún remota) que se establece, en los Estados Partes al Estatuto de Roma, para que algún día las víctimas de crímenes de guerra, de crímenes de lesa humanidad o de un genocidio, y sus familiares, vean a sus responsables enjuiciados en La Haya, constituye una manera de mermar la sed de venganza y de revancha de muchos en diversas partes del mundo: mientras que la impunidad genera ineludiblemente más violencia, la existencia de una jurisdicción como la CPI puede contribuir a frenarla. Estados Unidos y

El Observatorio Euro-Med denuncia cómo Israel borra las huellas de los crímenes cometidos en Gaza

Recomiendo: El Observatorio Euro-Med denuncia cómo Israel borra las huellas de los crímenes cometidos en Gaza Por Pablo Elorduy | 10/08/2026 | Palestina y Oriente Próximo Fuentes: El Salto Se estima que han sido retiradas de su emplazamiento diez millones de toneladas de escombros producidos durante la operación genocida de Israel. La “limpieza” se produce sin supervisión ni examen de las pruebas. Cada día parten cien camiones cargados de escombros desde Gaza hacia lugares indeterminados de Israel y de la Cisjordania ocupada. Junto a los cascotes, ladrillos, restos de metal y de estructuras, transportan las pruebas y los indicios del genocidio cometido por el régimen de Tel Aviv contra el pueblo palestino desde el 7 de octubre de 2023. El Observatorio Euromediterráneo de Derechos Humanos publicó este lunes, 3 de agosto, un reporte que detalla cómo los soldados israelíes y los contratistas civiles están eliminando sistemáticamente posibles pruebas de genocidio en la Franja de Gaza. “Las fuerzas israelíes, junto con contratistas civiles israelíes, están llevando a cabo una operación amplia y organizada para procesar y retirar los escombros de los barrios e instalaciones que han destruido en la Franja de Gaza y trasladarlos desde las zonas bajo su control militar fuera de la Franja”, señala esta organización con sede en Ginebra. De este modo, denuncian, se elude conscientemente el examen minucioso y la investigación criminal exhaustiva que debe producirse antes de cualquier intervención que pueda alterar o borrar las características del terreno. “Los escombros esparcidos por toda la Franja de Gaza incluyen posibles lugares de asesinatos ilegales y bombardeos dirigidos contra familias enteras, así como sitios que se cree que contienen fosas comunes o cuerpos enterrados dentro de viviendas, hospitales, refugios e instalaciones civiles destruidas”, apuntan desde Euro-Med. La denuncia de este observatorio incluye el hecho de que los comités de investigación internacionales y locales no han tenido la oportunidad de inspeccionar, examinar y documentar los lugares. Algo importante en el caso que la Corte Penal Internacional (CPI) instruye sobre la comisión de crímenes de guerra y de violación del Estatuto de Roma sobre genocidio. La organización recuerda que el artículo 70(1)(c) del Estatuto de Roma considera que “destruir, alterar o interferir en la obtención de pruebas” son actos delictivos que obstaculizan la misión de justicia de la CPI. Los testimonios desde la Franja señalan que las Fuerzas Armadas de Israel, junto con empresas privadas, están destruyendo los edificios que quedan en pie, triturando, mezclando y transportando los escombros por medio de 400 máquinas pesadas, “antes de que equipos forenses, expertos en pruebas y especialistas en municiones sin explotar puedan examinar, documentar y preservar los lugares, junto con las pruebas y los restos humanos”. Cuando pasan 290 días del alto el fuego pactado bajo las condiciones de Donald Trump, la situación para la población que sobrevive en Gaza sigue estando marcada por una situación humanitaria catastrófica. En su informe semanal, la agencia de comunicación gubernamental de la Franja refiere que 1.100 personas han sido asesinadas desde esa declaración de alto el fuego; la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) ha verificado ya el asesinato de 685 palestinos entre octubre y mediados de abril, entre ellos 283 mujeres y niños. La Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos ha denunciado asimismo el desplazamiento activo que Israel está llevando a cabo sobre las demarcaciones pactadas en el alto el fuego. Según el relator de esta oficina, Thameen Al-Kheetan, la población palestina en Gaza permanece atrapada en un área cada vez más reducida, “ya que la ‘línea amarilla’, que marca el límite del control militar israelí, se desplaza constantemente hacia el oeste”. Una limpieza étnica que continúa El 4 de agosto se celebró uno de los funerales más multitudinarios de la historia de Gaza, en el que se enterraron los cuerpos de 112 palestinos, de los 308 recuperados de entre los escombros de una masacre cometida contra las familias Abu Sharia y Al-Hasaina en la ciudad de Gaza. Los trabajos de recuperación de cadáveres se extendieron desde el pasado 14 de julio hasta el 3 de agosto. Según el Ministerio de Salud de Gaza, 2.276 familias han sido completamente borradas de la faz de la tierra desde octubre de 2023; en 2.348 casos solo una persona ha sobrevivido a la eliminación de sus familias. 60.737 niños y niñas han quedado huérfanos. En el territorio ocupado de Cisjordania la situación ha empeorado en lo que va de año, según reportan las agencias de Naciones Unidas. “Las lesiones relacionadas con los ataques de los colonos han aumentado drásticamente, pasando de una lesión cada tres días en 2020 a un promedio de dos por día en 2025 y más de tres por día en lo que va de 2026”, señala la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA). Desde el 1 de enero de 2025 hasta junio de 2026 se han producido más de 3.000 ataques en Cisjordania —lo que los colonos y el sionismo internacional llaman las tierras de “Judea y Samaria”— y desde octubre de 2023, los ataques han acabado con la vida de 82 palestinos. En ese periodo, caracterizado por agresiones que van desde la quema de viviendas y los asaltos hasta la destrucción de cultivos, se han contabilizado 200 nuevos asentamientos de colonos en Cisjordania. Fuente: https://www.elsaltodiario.com/palestina/informe-denuncia-israel-borra-pruebas-genocidio

lunes, 10 de agosto de 2026

Irán ve en las retiradas de la CPI una señal del deterioro de la confianza global

Mundo MINUTO A MINUTO: El sismo de magnitud 7,4 deja cientos de víctimas y daños en Colombia - Sputnik Mundo, Irán ve en las retiradas de la CPI una señal del deterioro de la confianza global - Sputnik Mundo,10.08.2026 La salida de Chad, Venezuela y otros países de la Corte Penal Internacional (CPI) es una señal de desesperación respecto a ese tribunal, declaró el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaíl Bagaí. Según el portavoz, esta tendencia refleja la decepción de muchos países con una institución que fue creada para combatir la impunidad y prevenir los crímenes internacionales más graves. Asimismo, el vocero afirmó que los últimos años cuestionan la independencia de la CPI ante la presión de EEUU y sus aliados. El tribunal aplica justicia de forma selectiva, actuando con firmeza en algunos casos y de forma diferente en otros. El 24 de julio, Venezuela anunció su salida definitiva de la Corte Penal Internacional, considerando que "la actuación de la CPI responde a un sesgo geográfico demostrado, que ha concentrado su labor de manera desproporcionada en países africanos y latinoamericanos, en detrimento del sur global". Tres días después, el 27 de julio, el Gobierno de Chad notificó oficialmente al secretario general de la ONU "su decisión soberana de retirarse del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional". Previamente, Burkina Faso, Malí y Níger también anunciaron en un comunicado conjunto su retirada de la CPI, argumentando que este organismo es incapaz de examinar e investigar crímenes de guerra, de lesa humanidad, genocidio y agresión.