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domingo, 26 de abril de 2026
Crímenes de Guerra en Irán
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Crímenes de Guerra en Irán
Por Julio César Centeno | 25/04/2026 |
Fuentes: Rebelión [Foto: hospital bombardeado en Irán]
Estados Unidos e Israel iniciaron una guerra coordinada de agresión contra Irán el 28 de febrero de 2026. Estos ataquen constituyen una clara violación de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional.
La sentencia central del Tribunal de Núremberg, donde se juzgaron y condenaron a muerte a los líderes Nazis capturados tras la Segunda Guerra Mundial señala: “Iniciar una guerra de agresión no es solo un crimen internacional; es el crimen internacional supremo, que solo se diferencia de otros crímenes de guerra en que contiene en sí mismo la maldad acumulada del conjunto. Los jefes de Estado y altos funcionarios no gozan de inmunidad cuando cometen actos criminales bajo el derecho internacional”
Este principio jurídico permitió condenar a los líderes nazis bajo el cargo de Crímenes Contra la Paz, estableciendo que la paz mundial es un bien jurídico protegido que genera obligaciones para los individuos, más allá de las fronteras nacionales. El Tribunal de Núremberg rechazó el argumento de la defensa de que no existía una ley previa que prohibiera la agresión (nullum crimen sine lege). Los jueces concluyeron que el Pacto Kellogg-Briand de 1928 ya había convertido la guerra en un acto ilegal antes de 1939, por lo que los acusados sabían, o debían saber, que sus actos eran ilícitos.
La Carta de las Naciones Unidas, firmada en 1945, es el pilar del derecho internacional moderno y establece un marco legal diseñado específicamente para evitar el flagelo de la guerra. En su Artículo 2.4 se refiere al Principio de Prohibición. Es el corazón de la Carta. Prohíbe no solo el uso de la fuerza armada, sino también la amenaza de usarla. «Los Miembros de la Organización se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado…»
No se limita solo a la «guerra» formal, sino a cualquier acto de fuerza hostil. Protege la soberanía de los países, sin importar su tamaño o poder.
La Carta reconoce que existen situaciones donde el uso de la fuerza puede ser legal, pero las limita estrictamente a dos escenarios:
Legítima defensa (Artículo 51): Un Estado tiene el derecho inherente de defenderse si es objeto de un ataque armado. Este derecho existe solo hasta que el Consejo de Seguridad tome las medidas necesarias para mantener la paz.
Autorización del Consejo de Seguridad (Capítulo VII): El Consejo puede autorizar el uso de la fuerza (por ejemplo, mediante una coalición internacional) si determina que existe una amenaza a la paz, un quebrantamiento de la misma o un acto de agresión.
Resolución 3314 (1974): Para clarificar la Carta, la Asamblea General definió la agresión como el uso de la fuerza armada por un Estado contra la soberanía de otro. Incluye invasiones, bombardeos o el bloqueo de puertos.
La agresión se considera un crimen contra la paz internacional que genera responsabilidad jurídica para el Estado y responsabilidad penal para los líderes que la organizan.
Como contraparte a la prohibición de la fuerza, en su Artículo 2.3 la Carta obliga a todos los Estados a resolver sus controversias por medios pacíficos (negociación, mediación, arbitraje o arreglo judicial), de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz ni la justicia.
Múltiples declaraciones de funcionarios estadounidenses también implican violaciones del derecho internacional humanitario y crímenes de guerra. Declaraciones recientes describen las normas internacionales que rigen el compromiso militar como «estúpidas» y priorizan la «letalidad » sobre la «legalidad » son profundamente alarmantes y peligrosamente miopes. Estas afirmaciones, en combinación con la conducta de las fuerzas estadounidenses, deterioran el orden jurídico internacional.
La guerra le cuesta a los contribuyentes estadounidenses cerca de US$ 2.000 millones cada día. Causa además un daño significativo a la población civil del Oriente Medio, ha provocado la pérdida de miles de vidas, ha desestabilizado la economía mundial, amenaza con provocar hambrunas por escasez de fertilizantes y está causando graves daños medioambientales y económicos.
Jus ad bellum: Los ataques lanzados por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero de 2026 contra Irán violaron claramente la prohibición del uso de la fuerza establecida en la Carta de las Naciones Unidas. La fuerza contra otro Estado solo está permitida en legítima defensa o cuando esté autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU. El Consejo de Seguridad no autorizó el ataque. Irán no atacó a Israel ni a Estados Unidos.
A pesar de las variadas y contradictorias afirmaciones en sentido contrario de la administración Trump, no hay pruebas de que Irán representara una amenaza inminente que pudiera fundamentar una afirmación de legítima defensa.
El 18 de marzo 2026, el Director del Centro Nacional de Contra-Terrorismo de los Estados Unidos, Joe Kent, renunció a su cargo declarando: “Mi consciencia no me permite apoyar la guerra contra Irán. Irán no representa una amenaza a nuestra nación. Está claro que esta guerra de agresión se debe a la presión de Israel y a su poderoso lobby en Estados Unidos”
Kent es un veterano de las Fuerzas Especiales del Ejército norteamericano con múltiples despliegues en la guerra de agresión contra Irak. También sirvió como oficial paramilitar contra el terrorismo en la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Varios militares de alto rango en el ejército de Estados Unidos han criticado o se han negado a participar en lo que consideran constituye una guerra ilegal, violatoria del derecho internacional y de leyes norteamericanas. El General John Kelly afirma “Trump es una persona profundamente deshonesta… un fascista”. General Mark Milley: “Trump es la persona más peligrosa en Estados Unidos”. General H.R. McMaster: “Trump ha demostrado no estar apto para desempeñar el cargo de presidente”. General Michael Flynn: “Trump es una amenaza a nuestra constitución”. Coronel de 4 estrellas William McRaven, refiriéndose a Donald Trump: “Usted nos ha avergonzado ante los ojos de nuestros hijos, nos ha humillado ante el mundo, y peor aún, nos ha dividido como nación”
Donald Trump destituyó al Jefe del Estado Mayor del ejército de Estados Unidos y 12 generales por negarse a bombardear objetivos civiles en Irán y por negarse a dirigir una invasión terrestre para tratar de abrir el estrecho de Ormuz. Una hora después de su renuncia, el general Randy George, Jefe del Estado Mayor, declaró: “Un loco conducirá al gran ejército de Estados Unidos a la ruina”
Expertos en derecho internacional han concluido que las acciones de Israel y Estados Unidos violan la Carta de la ONU, incluidos el Presidente de la Sociedad Americana de Derecho Internacional y el Presidente de la Rama Americana de la Asociación de Derecho Internacional. El secretario general de la ONU, António Guterres, también condenó los ataques por violar la carta de la ONU y socavar la paz y la seguridad internacional.
Violaciones del derecho internacional humanitario: Las leyes de los conflictos armados limitan las hostilidades de las partes en conflicto. Estas normas fundamentales han sido violadas, incluyendo ataques contra objetos civiles, como el asesinato de líderes políticos sin función militar, infraestructuras petrolíferas y gasísticas y plantas de desalinización de agua. El 19 de marzo, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, condenó los ataques a infraestructuras energéticas, señalando sus “impactos desastrosos» para la población civil.
La Media Luna Roja iraní informa que «se han atacado 67.414 emplazamientos civiles, de los cuales 498 son escuelas y 236 centros de salud»
Un informe de las principales organizaciones de la sociedad civil encontró que al menos 1.443 civiles iraníes, incluidos 217 niños, fueron asesinados por fuerzas estadounidenses e israelíes entre el 28 de febrero y el 23 de marzo.
El primer día de los ataques, el 28 de febrero, la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en Minab, Irán, fue atacada con misiles, causando la muerte de al menos 175 personas, en su mayoría niñas. El edificio se utilizó como escuela durante más de una década. El presidente Trump negó su responsabilidad, afirmando falsamente que «fue hecho por Irán.» Sin embargo, una investigación preliminar del Departamento de Defensa determinó que fue Estados Unidos quien llevó a cabo el ataque y que el objetivo se basaba en inteligencia desactualizada. El ataque violó el derecho internacional humanitario y se considera un crimen de guerra. El ataque es uno de los más viles y mortíferos del ejército estadounidense contra civiles en las últimas décadas.
Irán también condenó el bárbaro ataque de Estados Unidos e Israel contra la Universidad Sharif en Teherán el 6 de abril de 2026 y el bombardeo del centenario Instituto Pasteur en Teherán, centro de excelencia biomédica, destruyendo sus laboratorios de virología, bacteriología y parasitología.
Es alarmante la retórica de funcionarios gubernamentales norteamericanos durante la guerra. El 13 de marzo 2026 el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, declaró: «Seguiremos avanzando, sin cuartel ni piedad para nuestros enemigos«
En el derecho internacional está explícitamente prohibido declarar que no se dará cuartel, una prohibición que también se establece en el manual de derecho de la guerra del Departamento de Guerra de Estados Unidos. La declaración de Hegseth viola el derecho internacional humanitario, así como el estatuto estadounidense de crímenes de guerra 18 U.S.C. 2441. Ordenar o amenazar con ataques sin cuartel es un crimen de guerra.
Abbas Araghchi, Ministro de Relaciones Exteriores de Irán, respondió: “Cuando el Secretario de Guerra de Estados Unidos declara guerra sin cuartel, no proyecta fortaleza. Deja al descubierto su bancarrota moral y su ignorancia de la legislación internacional sobre conflictos armados. Le sugerimos que revise la Convención de La Haya y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, a no ser que aspire unirse a Netanyahu como un criminal de guerra”
La declaración de «ataques sin cuartel» del Secretario de Guerra Hegseth se suma a declaraciones anteriores, incluyendo el 25 de septiembre de 2025 y el 2 de marzo de 2026, cuando afirmó que Estados Unidos no lucha bajo «estúpidas reglas internacionales de enfrentamiento» El 8 de enero de 2026, el presidente Trump declaró que «no necesito el derecho internacional.» El 13 de marzo, declaró que Estados Unidos podría realizar ataques contra Irán «solo por diversión».
El presidente Trump amenazó el 13 de marzo de 2026: «Podría eliminar cosas en la próxima hora, centrales eléctricas que generan la electricidad, que generan el agua… Podríamos hacer cosas tan malas que literalmente nunca podrían reconstruirse como nación.«
El derecho internacional prohíbe ataques contra objetivos indispensables para la supervivencia de la población civil. Los ataques señalados por Trump son crímenes de guerra.
El 21 de marzo 2026 el presidente Trump amenazó nuevamente con «aniquilar» las centrales eléctricas en Irán. El embajador de EE.UU. ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, defendió los ataques a las centrales eléctricas al día siguiente y también dijo que atacar centrales nucleares no estaba descartado. El derecho internacional prohíbe expresamente atacar infraestructura energética civil. Si una central eléctrica tiene tanto fines civiles como militares (de doble uso), puede considerarse un objetivo militar cuando realiza «una contribución efectiva a la acción militar» y el ataque «ofrece una ventaja militar definitiva«. Sin embargo, cualquier ataque debe respetar los principios de proporcionalidad y precaución. El principio de proporcionalidad prohíbe ataques que causen daños excesivos a civiles en relación con la ventaja militar.
Los ataques a centrales nucleares, incluso si tienen un propósito militar, requieren especial cuidado debido al alto riesgo de liberar radiación y material radiactivo y, en consecuencia, graves daños a la población civil. Un ataque de este tipo podría perjudicar la salud y seguridad de millones de civiles.
El 23 de marzo de 2026, la presidenta del CICR, Mirjana Spoljaric Egger, expresó su profunda preocupación, señalando: «la guerra contra infraestructuras esenciales es una guerra contra los civiles«
El 7 de abril 2026, el presidente Trump amenazó con destruir a toda una civilización, la Persa: “Toda una civilización morirá esta noche”. Amenazó así con cometer uno de los más atroces crímenes internacionales: el genocidio masivo de una población indefensa. Un crimen de guerra claramente identificado y condenado en el derecho internacional. La total impunidad con la que lanzó esta amenaza es un claro síntoma de la decadencia enquistada en el gobierno de Estados Unidos.
Desde el inicio de la segunda administración Trump, el Departamento de Guerra bajo el secretario Hegseth ha debilitado deliberada y sistemáticamente las protecciones destinadas a garantizar el cumplimiento del derecho internacional humanitario. Esto incluye destituir a abogados militares de alto rango sin citar públicamente mala conducta, y reemplazar a abogados del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, socavando directamente la supervisión legal de las operaciones de combate. También ha abolido los «equipos ambientales y civiles» y otros mecanismos diseñados específicamente para limitar los daños a civiles durante las operaciones.
La Estrategia de Defensa Nacional 2026 omite por completo las referencias a la protección civil y al derecho internacional. Estos cambios son especialmente preocupantes a la luz de los comentarios del Secretario de Guerra, Pete Hegsethm, de que las reglas internacionales de enfrentamiento interfieren con «luchar por ganar».
Las declaraciones públicas de altos funcionarios de Estados Unidos son una alarmante falta de respeto por las normas del derecho internacional humanitario, aceptadas por los todos los estados miembros de la Organización de Naciones Unidas y que protegen tanto a civiles como a miembros de las fuerzas armadas.
Estados Unidos ha reconocido que todos los países deben promover el derecho internacional humanitario. Lo que no parece estar clara es su determinación a cumplir con ese principio.
El Coronel Douglas MacGregor, Asesor al Secretario de Defensa de Estados Unidos 2020-2021, en entrevista del 01 04 2026 declaró: “La guerra con Irán está perdida. Una catástrofe estratégica. El verdadero objetivo era tomar control del petróleo y el gas de Irán y destruir la alianza Rusia-Irán-China. Irán dispone de la iniciativa estratégica. Tropas en el terreno es una misión suicida. El comercio por el estrecho de Ormuz ha caído en un 95%. Trump no acepta la verdad, tratando de evitar humillación pública en Estados Unidos y a escala mundial. Está en un tren al infierno y no puede bajarse”
JC-Centeno@Outlook.com
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
El imperialismo estadounidense entra en una nueva etapa
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Los sectores de izquierda deben examinar esta situación
El imperialismo estadounidense entra en una nueva etapa
Por Steve Ellner | 25/04/2026 | EE.UU.
Fuentes: CounterPunch - Rebelión / Imagen: Edgar Serrano
La retórica y las acciones de Donald Trump contra Irán, Venezuela y Cuba en el último año tienen pocos precedentes en la historia contemporánea. Deben interpretarse como la señal de una nueva etapa. En ese sentido, exigen una reevaluación del análisis y de la estrategia por parte de la Izquierda.
La reiterada amenaza de Donald Trump de bombardear a Irán “hasta devolverlo a la Edad de Piedra, donde pertenece” no tiene equivalente en la retórica de incluso los jefes de Estado más notorios y brutales del pasado reciente. La decapitación de toda la dirigencia de un país para forzar su rendición total, como han hecho Washington y Tel Aviv en Irán, constituye asimismo una novedad en la estrategia bélica. El secuestro del presidente de Venezuela y de su esposa, la diputada Cilia Flores, como primer paso en un intento de establecer una relación colonial mediante el control absoluto de la principal fuente de ingresos del país —el petróleo— representa un retorno a prácticas propias del imperialismo de siglos pasados.
Estos son ejemplos de “hiperimperialismo”, un concepto teorizado por Samir Amin para describir a Estados Unidos “como la única superpotencia capitalista”. Más recientemente, el Tricontinental: Institute for Social Research ha señalado que el hiperimperialismo estadounidense persiste a pesar de una marcada erosión de su poder económico y, aunque en menor medida, financiero. Su supremacía militar no solo es inigualada, sino que se ve complementada por formas de guerra híbrida, en particular las “hipersanciones” y el uso de la guerra jurídica (“lawfare”).
Lo que debe añadirse al concepto de hiperimperialismo —en particular en la versión que encarna Donald Trump— es su carácter sui generis. Para encontrar un paralelo al tipo de hegemonía que hoy ejerce Estados Unidos —marcada por el uso persistente e indiscriminado de la fuerza y la amenaza de recurrir a ella— habría que remontarse al imperio romano o incluso a épocas anteriores.
Una de las innovaciones de Trump radica en el empleo del aparato militar para reforzar el sistema de sanciones económicas: ejemplos de ello son la interdicción de buques petroleros, la “cuarentena” del petróleo cubano y la guerra a gran escala contra Irán.
La política exterior del segundo mandato de Donald Trump dista de representar una ruptura total con el pasado. Las bases fueron sentadas por administraciones previas, tanto de los Demócratas como los Republicanas. Sin embargo, sus acciones obligan a la Izquierda no solo a reformular sus estrategias, sino también a reconsiderar evaluaciones y análisis previos sobre las naciones del Sur sometidas a formas extremas de agresión imperialista.
La resistencia frente a la ofensiva de Estados Unidos debe adquirir un peso mayor al momento de evaluar a los gobiernos. Asimismo, la desesperación y el agotamiento populares, que erosionan el fervor revolucionario y distancian a amplios sectores de la población de esos mismos gobiernos, deben comprenderse a la luz del trauma cotidiano que padecen como resultado directo de las acciones imperialistas.
Lo que el hiperimperialismo de Trump nos revela
El punto de partida es reconocer que, desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Irán, Venezuela y Cuba se encuentran en un estado de guerra de facto, lo que representa una escalada de las múltiples formas de hostilidad y agresión de años anteriores. Este hecho es clave para evaluar a los tres gobiernos.
Si bien el compromiso de la Izquierda con la democracia debe mantenerse incuestionable e inquebrantable, en estos casos la responsabilidad principal por las perspectivas inciertas de la democracia recae en el asedio impuesto por las potencias imperialistas. Como señaló uno de los fundadores de la democracia estadounidense y su cuarta presidente, James Madison: “De todos los enemigos de la libertad pública, la guerra es quizás el más temible”.
El cerco impuesto por el hiperimperialismo sobre Irán, Cuba y Venezuela pone en evidencia rasgos centrales del imperialismo que se remontan en el tiempo: en primer lugar, Washington ha perfeccionado el régimen de sanciones hasta convertirlo en una herramienta de enorme poder, capaz en ocasiones de infligir daños comparables a los de una intervención armada; en segundo lugar, el imperialismo constituye el principal motor de los acuciantes problemas económicos que enfrentan estas tres naciones; en tercer lugar, las justificaciones esgrimidas para las acciones emprendidas contra ellas no resisten un análisis riguroso; y, en cuarto lugar, la brutalidad del sistema de sanciones pone de relieve la necesidad de su eliminación total.
La discusión que sigue examina estos puntos.
La respuesta de Teherán a la Operación Furia Épica pone de relieve el impacto devastador de las sanciones. Los líderes del país han dejado claro que el levantamiento de estas —así como “garantías internacionales de no injerencia de Estados Unidos” en sus asuntos internos— constituye una condición innegociable para poner fin al actual conflicto. En otras palabras, la dirigencia iraní sitúa la destrucción provocada por las sanciones en un plano comparable al de los bombardeos.
En el caso de Venezuela, los acontecimientos que precedieron al secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3 de enero de 2026 ponen de manifiesto la maquinaria de gran alcance y altamente coordinada que sustenta el régimen de sanciones. El seguimiento por parte de la segunda administración de Trump de la llamada “flota fantasma”, que transportaba el petróleo venezolano sancionado —así como la interdicción de varios de esos buques— subraya hasta qué punto Washington ha perfeccionado los mecanismos de aplicación de las sanciones desde los primeros años de la Revolución cubana.
La primera administración de Donald Trump fue pionera en promover la “sobrecumplimiento” (overcompliance), mediante la cual el monitoreo ampliamente publicitado de Washington buscaba garantizar que empresas e instituciones financieras de todo el mundo evitaran cualquier transacción con Venezuela, incluso aquellas no específicamente contempladas por el régimen de sanciones. El objetivo era imponer un verdadero bloqueo. Mike Pompeo y Elliott Abrams encabezaron una campaña —apoyándose en el FBI, el Departamento del Tesoro, las embajadas estadounidenses y la comunidad de inteligencia— para investigar las operaciones de empresas a nivel global con Venezuela, en lo que equivalía a un claro mensaje disuasorio dirigido al mundo empresarial. Incluso firmas que participaban en esquemas de intercambio de petróleo por alimentos, no prohibidos por el régimen sancionatorio, fueron advertidas de que corrían riesgos. A las empresas bajo investigación, asimismo, se les indicó que las sanciones podrían suspenderse si cesaban por completo sus vínculos con Venezuela.
Una mirada retrospectiva a la implementación de las sanciones durante la primera administración de Donald Trump y a su impacto devastador refuerza el argumento de que ese instrumento de política exterior ha sido tan perjudicial que debe ser desmantelado de manera incondicional y en su totalidad.
Esta opinión contrasta con la de sectores liberales como la Washington Office on Latin America (WOLA), que si bien criticaron las sanciones contra Venezuela, abogaron por utilizar “negociaciones para flexibilizar las sanciones financieras y petroleras” como mecanismo de presión para obtener concesiones. De hecho, los centros de poder en Washington también favorecieron el alivio de las sanciones como herramienta de negociación, con el fin de presionar al gobierno de Maduro para que implementara reformas orientadas al mercado en beneficio del capital estadounidense.
Una comprensión cabal de la magnitud y la severidad de la “guerra” de Washington contra Venezuela socava la tesis sostenida por algunos sectores de la Izquierda, según la cual las sanciones no serían más responsables de los graves problemas del país que la mala gestión gubernamental. Una posición aún más dura dentro de la Izquierda sostiene que las sanciones “no explican las causas estructurales del colapso social que hemos vivido”.
Asimismo, la remoción forzosa de Maduro y Flores pone de relieve que Washington estaba decidido a desmantelar un gobierno cuyo ejemplo y cuyas políticas contravenían los intereses de Estados Unidos. Antes del secuestro del 3 de enero, algunos sectores de la Izquierda en Venezuela y en otros lugares negaban que Washington buscara sacar a Maduro del poder, convencidos de que este ya se había entregado. Sin embargo, se equivocaban en la medida en que Washington claramente quería su salida.
Pedro Eusse, dirigente destacado del Partido Comunista de Venezuela (PCV), organización que rompió con el gobierno de Maduro en 2020, escribió en julio de 2025: “Todo indica que la verdadera intención de la política de agresión de Estados Unidos y sus aliados contra el gobierno venezolano no ha sido su derrocamiento, sino su subordinación”.
En el caso de Cuba, las medidas extremas de la segunda administración Trump contra el país también ponen de evidencia la crueldad y la eficacia del sistema de sanciones. La cuarentena impuesta por Trump —respaldada por la Marina— sobre los envíos de petróleo constituye un hecho inédito desde la Crisis de los Misiles de octubre de 1962. El resultado ha sido apagones recurrentes de 16 horas que han interrumpido el suministro de agua, el funcionamiento de los hospitales, la producción y transporte de alimentos y la recolección de basura.
En efecto, la cuarentena subraya la dependencia de Cuba del petróleo venezolano y la solidaridad recíproca que dio lugar al intercambio de combustible por personal médico cubano. Esto representa un punto a favor para Maduro. El programa desmiente la afirmación de algunos sectores de la Izquierda de que la política exterior de Maduro, en palabras del PCV, nunca pasó de una “retórica antiimperialista” carente de contenido.
La narrativa elaborada en Washington sobre Cuba —y la reacción que suscita tanto en los medios dominantes como en la Izquierda— resulta llamativa. A diferencia de la demonización dirigida contra Venezuela e Irán, la condena de Washington hacia la isla ha sido relativamente vacía y ha tenido escasa resonancia en los grandes medios y en los círculos progresistas. La campaña de demonización contra Cuba —impulsada por un anticomunismo de extremo — permanece en gran medida confinada a la ultraderecha, con su epicentro en Miami.
La retórica oficial actual contrasta con el lenguaje empleado en 1982, cuando el Departamento de Estado designó a Cuba como Estado patrocinador del terrorismo, alegando “su prolongada historia de brindar asesoría, refugio, comunicaciones, entrenamiento y apoyo financiero a grupos guerrilleros y a terroristas individuales”. Hoy, en cambio, la justificación de la administración Trump para mantener esa misma designación se centra en que el gobierno cubano ofrece “refugio seguro a terroristas” y se niega a extraditarlos.
Por más infundado que sea el caso de “narcoterrorismo” contra Maduro, lo cierto es que ofrecía una justificación que, sin duda, resonó al menos en un sector de la opinión pública. Compárese eso con la línea de Marco Rubio sobre Cuba, que niega de plano los efectos catastróficos de la cuarentena petrolera. Rubio sostiene que “no hemos hecho nada punitivo contra el régimen cubano” y añade que los apagones “no tienen nada que ver con nosotros”.
En cambio, responsabiliza al liderazgo cubano alegando que “quieren controlarlo todo”. Un caso clásico de culpabilización de la víctima, pero con escasa capacidad de persuasión. Una encuesta de YouGov realizada en marzo encontró que solo el 28% de los adultos en Estados Unidos respalda el bloqueo de envíos de petróleo a Cuba, frente a un 46 % que se opone.
Además, la afirmación de Marco Rubio de que la única novedad es que Cuba “ya no recibe petróleo venezolano gratuito” es manifiestamente falaz. Rubio sabe perfectamente que Venezuela ha mantenido un esquema de intercambio con Cuba que involucra a sus Brigadas Médicas Internacionales, las cuales sostienen una presencia significativa en Venezuela y en otros países. Precisamente por ello, Rubio ha desplegado una ofensiva para sabotear el programa, lamentablemente con cierto grado de éxito.
Si la cuarentena petrolera demuestra algo, es que las penurias que enfrenta el pueblo cubano tienen su origen en la guerra de Washington contra Cuba, que ya se prolonga por 65 años. Las críticas a las políticas del gobierno cubano —o incluso al socialismo en sí— ocupan, en comparación, un distante segundo plano.
El desastre de Trump II exige una lectura rigurosa
La ofensiva de hostigamiento de Trump en el exterior ha alimentado una creciente oposición al intervencionismo e incluso ha contribuido a fomentar sentimientos antiimperialistas dentro de Estados Unidos. Apenas una semana después del inicio de los bombardeos contra Irán en 2026, el 53 por ciento de la población estadounidense se oponía a los ataques, en marcado contraste con la participación militar de Estados Unidos en Vietnam, la Guerra del Golfo, Afganistán e Irak, que en sus comienzos contaron con un amplio respaldo mayoritario. Resulta revelador que el exeditor de The New Republic haya calificado la guerra estadounidense contra Irán de imperialista. En un artículo de opinión publicado en The New York Times, Peter Beinart escribió: “La visión de política exterior de Donald Trump es el imperialismo”.
Una lección de los acontecimientos recientes resulta particularmente relevante para la Izquierda: la demonización de los jefes de Estado constituye una condición sine qua non para la intervención militar. En los casos de Irán y Venezuela, ese proceso de descrédito combina algunos elementos de hecho con una alta dosis de desinformación.
En el caso de Maduro, la campaña de satanización —que se remonta a poco después de su llegada al poder en 2013— alcanzó nuevos niveles tras las controvertidas elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, que la oposición calificó de fraudulentas. A partir de entonces, los grandes medios corporativos comenzaron a etiquetar sistemáticamente a Maduro como “autócrata” y “dictador”.
Seis meses más tarde, con Trump ya en la Casa Blanca, la campaña de demonización se intensificó aún más. En efecto, la caracterización de Maduro como “narcoterrorista” se convirtió en un preludio indispensable para los bombardeos de embarcaciones en el Caribe y los posteriores secuestros, pese a las dudas expresadas por algunos de los grandes medios de comunicación sobre la veracidad de la afirmación.
La conclusión es clara: la Izquierda debe diferenciar entre la crítica y la demonización, y reconocer las posibles consecuencias nefastas de esta última.
La demonización del líder supremo Alí Jamenei y de su círculo más cercano también sentó las bases para acciones imperialistas; pero, por supuesto, su gobierno no podía ubicarse en la misma categoría que los de Cuba y Venezuela. El régimen iraní es teocrático, no de izquierda, y defiende activamente valores patriarcales. Asimismo, el nivel de represión letal desatado durante las protestas de Mujer, Vida, Libertad en 2022, y en las manifestaciones que estallaron a partir de finales del año pasado, no tiene parangón en Venezuela y Cuba.
No obstante, el cerco asfixiante impuesto por Estados Unidos sobre Irán hace altamente improbable una vía pacífica hacia la democratización. Asimismo, como en Venezuela y Cuba, las sanciones severas han favorecido la expansión de economías en la sombra, redes clientelares y prácticas fraudulentas, una dinámica ampliamente documentada en numerosos estudios sobre regímenes de sanciones a nivel mundial.
Eskandar Sadeghi-Boroujerdi, un prolífico académico especializado en Irán y fuertemente crítico del gobierno, declaró a Jacobin: “Si bien la República Islámica es paranoica, también se encuentra claramente asediada por todos los frentes”. Asimismo, subrayó la relación intrínseca entre las sanciones y los problemas más acuciantes del país: “Las sanciones y las debilidades estructurales de la economía iraní se retroalimentan: existe entre ellas una relación simbiótica”.
En síntesis, toda lectura rigurosa de Irán debe situar en primer plano el papel de las sanciones, un enfoque que inevitablemente modera la tendencia a retratar a su dirigencia en términos demonizadores.
Las lecciones del 28 de julio de 2024
El tema de la veracidad de los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024 en Venezuela requiere ser replanteado. Esos comicios difícilmente podían considerarse democráticos, independientemente de las cifras oficiales anunciadas, dado que el electorado venezolano votó bajo una presión determinante: reelegir a Nicolás Maduro implicaba la continuidad de las sanciones, mientras que la victoria de un candidato opositor abría la puerta a su levantamiento inmediato.
La abrumadora mayoría de los venezolanos tenía plena conciencia de lo que estaba en juego. Luis Vicente León —el principal encuestador del país y, además, miembro de la oposición— informó que el 92 por ciento de la población consideraba que las sanciones afectaban negativamente a la economía, y la mayoría calificaba ese impacto como “muy negativo”. (El sondeo desmiente la reiterada afirmación del Departamento de Estado de EE. UU de que las sanciones solo perjudican a funcionarios gubernamentales.)
Un escenario similar se produjo en las elecciones presidenciales nicaragüenses de 1990, cuando la candidata opositora Violeta Chamorro derrotó sorpresivamente al sandinismo en medio de una devastadora guerra civil promovida por Estados Unidos. Pero existía una diferencia fundamental. Lejos de demonizar a los sandinistas, Chamorro apostó por una transición basada en la cogobernabilidad y la negociación, orientada a la reconciliación nacional y al desmantelamiento del conflicto armado.
En contraste, durante más de una década previa a las elecciones del 28 de julio, la principal figura de la oposición venezolana, María Corina Machado, descartó cualquier negociación con quienes, según ella, habían violado los derechos humanos. Nunca dejó de repetir consignas como “no a la impunidad”, “no a la amnistía” y “no hay acuerdos con criminales”, a menudo con referencias explícitas a los chavistas y al propio Maduro. Maduro y sus seguidores tenían razones de sobra para temer un escenario de represalias y represión similar al que la oposición intentó imponer durante el fallido golpe de Estado de abril de 2002 contra el gobierno chavista. Incluso el encuestador opositor León reconoció que ese temor no carecía de fundamento.
Marta Harnecker, la reconocida teórica de Izquierda, sostuvo que el sandinismo cometió un error al celebrar las elecciones de 1990 en medio de la violencia y el sabotaje promovidos por Estados Unidos. Harnecker calificó la decisión de convocar comicios “en un terreno moldeado por la contrarrevolución” como un “error estratégico”.
Una reevaluación y reinterpretación de las elecciones del 28 de julio resulta esclarecedora. Los chavistas más firmes aceptan los resultados oficiales, que dieron como ganador a Maduro con cerca del 52 por ciento de los votos. La oposición, por su parte, rechaza esa afirmación. Existe una tercera posición, defendida por partidarios de Maduro que, no obstante, expresan escepticismo y señalan que, debido a un ataque masivo de hackeo proveniente del exterior, podría ser imposible conocer con certeza el conteo real.
El debate en torno a la veracidad de los resultados oficiales del 28 de julio elude la cuestión fundamental de si las elecciones debieron haberse celebrado en primer lugar. De hecho, la idea de condicionar los comicios al levantami
sábado, 25 de abril de 2026
Irán no negociará con EEUU bajo presión, afirma Pezeshkian
- Sputnik Mundo,
Irán no negociará con EEUU bajo presión, afirma Pezeshkian
Teherán no pretende dialogar con Washington si hay amenazas o bloqueo del estrecho de Ormuz, aseguró el mandatario iraní, Masoud Pezeshkian en una charla telefónica con su par de Pakistán, Shehbaz Sharif, según 'Press TV'.
El líder del país persa también expresó que, para reanudar el diálogo, recomienda a EEUU que elimine todos los obstáculos, incluyendo las acciones navales.
Más temprano, el mandatario estadounidense, Donald Trump, canceló el viaje que realizarían su enviado especial, Steve Witkoff, y su yerno, Jared Kushner, a Pakistán, donde participarían en una nueva ronda de negociaciones con Irán, en medio de la escalada de tensiones en Oriente Medio.
viernes, 24 de abril de 2026
Irán se niega a ceder en sus capacidades nucleares y militares
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Ni la ‘teoría del loco’ le funciona a Trump
Irán se niega a ceder en sus capacidades nucleares y militares
Por Carlos Fazio | 24/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: Rebelión - Imagen: Irán continúa disputando el control del estrecho de Ormuz.
El martes 21 de abril, firme en su posición de no ceder ante los chantajes de Donald Trump en una segunda ronda de conversaciones en Islamabad, Pakistán, el gobierno de Irán declinó enviar emisarios al encuentro. Fue, sin duda, una decisión meditada que envió a su contraparte un mensaje inequívoco: Irán, que había venido librando hasta ahora una guerra existencial defensiva, negociará únicamente desde una posición de fuerza. No realizará concesiones al enemigo. Se siente el vencedor en el campo de batalla, y el vencedor dicta las condiciones.
Como parte de un claro encuadre estratégico para terminar la guerra de manera permanente, esa posición iraní se fue consolidando a medida que el alto el fuego de dos semanas se acercaba a su fin, y obligó al siempre arrogante y marrullero Trump a conceder una nueva tregua para ganar tiempo. Coloquialmente, de manera involuntaria, el magnate se vio obligado a reproducir la tendencia que tanto lo enfurece: TACO (“Trump always chickens out” o “Trump siempre se acobarda”), acrónimo que le endilgara un periodista del Financial Times en agosto de 2025 y que desde entonces ha sido jocosa tendencia en las redes sociales.
Como han reconocido políticos, académicos y medios estadunidenses y europeos, el 28 de febrero Trump desató por segunda vez a traición una guerra de agresión contra Irán con objetivos declarados muy ambiciosos: desde el cambio de régimen hasta la destrucción de la infraestructura militar y nuclear de Irán. No logró ninguno de ellos. Ahora, busca desesperadamente negociaciones, no por buena voluntad, sino por necesidad. Por el contrario, Irán no solo sobrevivió a 40 días de agresión sin restricciones, sino que emergió más fuerte, más unido y más capaz de infligir daño a sus adversarios.
Además, Irán introdujo una distinción crítica a la mesa de negociaciones: según su marco analítico, no se trata de ceder activos estratégicos en la mesa sino de acordar el fin permanente de la guerra de manera digna. Su lógica es clara y sencilla y no debe ser malinterpretada como un rechazo a la diplomacia: Irán no comenzó esta guerra. Le fue impuesta por Estados Unidos e Israel en medio de las conversaciones nucleares en Ginebra.
Teherán ha acordado solo un alto el fuego, un silencio en el campo de batalla. Pero la guerra no ha terminado formalmente. Por lo tanto, cualquier negociación debe referirse a los términos para terminar la conflagración, y no, como pretenden EU e Israel, para desmantelar las capacidades nucleares o misilísticas defensivas de Irán. Ambos temas, están, para Irán, fuera de la mesa.
Como señala un análisis del sitio web del canal de televisión iraní Press TV, con sede en Teherán, después de décadas de sanciones ilegales, presión militar y campañas de asesinato, los programas de misiles y nucleares de Irán siguen no solo intactos, sino que han experimentado un crecimiento exponencial. Si el enemigo no pudo tomar esos activos en el campo de batalla, ¿por qué Irán habría de entregarlos en la mesa de negociaciones?
Además, negociar sobre estos activos legitimaría la agresión del enemigo. Si Irán se sentara a discutir sus niveles de enriquecimiento, existencias de uranio o alcances de misiles, aceptaría implícitamente que estos son temas legítimos de intervención extranjera. El enriquecimiento, la propiedad del uranio, la dilución o no son asuntos internos del país en los cuales ninguna entidad extranjera tiene derecho a interferir.
Parafraseando al secretario de Guerra de EE.UU., Peter Hegseth, la “diplomacia” de Washington y Tel Aviv son las bombas. Irán ya ha aprendido la lección histórica. Por eso, ahora, desde una posición de fuerza, su lógica es meridiana: si el gobierno iraní hace concesiones ahora, se atraparía a sí mismo en un ciclo destructivo: guerra, alto el fuego, negociaciones (simuladas y dolosas por parte de EU e Israel), concesiones, perfidia, luego otra guerra. El enemigo aprendería que la agresión paga: que al lanzar guerras ilegales e injustificadas e imponer lo que llama “máxima presión”, puede obtener concesiones de Irán. Por eso, no quiere repetir esa secuencia.
Otro ultimátum…
Al amanecer del martes 21 de abril, el “día D” postrero de una larga serie de ultimátums fallidos de Donald Trump a las autoridades iraníes para que aceptaran la capitulación en una guerra impuesta, las narrativas de ambas partes eran francamente contradictorias. Mientras por enésima vez Trump amenazaba desde la Casa Blanca con hacer uso de una fuerza militar abrumadora e indiscriminada sobre Irán, si al expirar el alto al fuego la noche de ese día sus autoridades no aceptaban la rendición incondicional en Islamabad, desde la nación persa llegaba la advertencia de que no aceptarían negociaciones “bajo la amenaza de la violencia” y que sus fuerzas armadas estaban preparadas para “mostrar nuevas cartas en el campo de batalla”.
A su vez, Pakistán, en su papel de mediador, realizaba activas gestiones para lograr un reconocimiento no oficial por parte de Estados Unidos del levantamiento del bloqueo naval impuesto a los puertos iraníes. En ese contexto, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, tenía previsto llegar a Islamabad para encabezar la delegación de su país en una nueva ronda de negociaciones. De acuerdo con expertos, el anuncio de su visita podría indicar que Washington había recibido “señales positivas” del mediador pakistaní, aunque no existía confirmación oficial sobre una segunda ronda de conversaciones.
Según informaciones difundidas por la agencia panárabe Al Mayadeen, EU estaría dispuesto a aceptar un “levantamiento no declarado” del bloqueo, permitir la libre circulación de buques y petroleros iraníes sin interceptación, mientras mantuviera su presencia naval cerca del golfo de Omán. En contraste, Teherán exigía un anuncio público y explícito del levantamiento del bloqueo como condición indispensable para avanzar en el proceso diplomático, debido a la desconfianza hacia la administración Trump. Irán rechazó negociar “bajo amenaza” y denunció la toma de control del buque iraní Tosca por EU como una violación de la tregua.
Por la mañana, mediante un comunicado, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Islámica había condenado en términos enérgicos el ataque al buque comercial Touska (Tosca) ocurrido la noche del domingo 19 de abril cerca de sus aguas territoriales en el mar de Omán, y denunció la captura de la tripulación y sus familias. El texto calificó el ataque como un “acto ilegal y salvaje”, y sostuvo que se trató de un “acto de piratería marítima y terrorismo” que violó el acuerdo de alto el fuego del 8 de abril. Según el comunicado, la tripulación y sus familiares fueron intimidados y tomados como rehenes durante el ataque, en un episodio que Teherán consideró una grave escalada.
A su vez, en Nueva York, el representante permanente de Irán ante las Naciones Unidas, embajador Amir Said Iravani, declaró en conferencia de prensa que el bloqueo naval por parte de EE.UU. “es una violación del alto el fuego, cuya anulación es condición para el reinicio de las negociaciones”. Afirmó, también, que “tan pronto como Washington ponga fin al bloqueo naval, creo que la próxima ronda de negociaciones se llevará a cabo en Islamabad”.
Según declaró un funcionario estadunidense a Axios, Trump quiere que la guerra termine ya, pero bajo sus condiciones. Dijo: “(Trump) está harto. Quiere que esto termine. No le gusta que Irán mantenga el control (del estrecho de Ormuz) en Medio Oriente. No le gusta que lo tengan como arma de coacción. No quiere seguir luchando. Pero lo hará si siente que tiene que hacerlo”.
Sin embargo, por la noche del 21 de abril, en un claro retroceso de sus posiciones previas de que no prorrogaría el alto el fuego, y a pesar de que Irán no envió ninguna delegación para participar en las conversaciones de Islamabad, Trump anunció de manera unilateral otra “pausa” en las hostilidades bélicas,
En la cuenta de su plataforma Truth Social, Trump, escribió: “Prolongaremos el alto el fuego hasta que Irán presente su propuesta y concluyan las negociaciones, sea cual sea su forma”. En un nuevo intento por ganar tiempo y a manera de control de daños, el magnate justificó la prórroga diciendo que se produjo “a petición del mariscal de campo Asim Munir y del primer ministro Shehbaz Sharif de Pakistán”, y que el cese de la agresión de EU continuaría hasta que susadversarios(los líderes y representantes de Irán) “puedan presentar una propuesta unificada”.
No obstante, afirmó que continuaría el ilegal bloqueo sobre los puertos y embarcaciones de la República Islámica, a pesar de la insistencia inequívoca de Teherán en que el bloqueo naval debe ser levantado para que las conversaciones bilaterales continúen.
El miércoles 22, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) advirtió que está preparado para lograr “avances y sorpresas aún mayores, más allá de la comprensión y los cálculos del enemigo en el campo de batalla”, y aseguró que, “en una posible nueva fase de la guerra” contra EU e Israel, “infligirá golpes devastadores e inimaginables contra los recursos restantes del enemigo en la región”.
El organismo afirmó que “la mayor parte de las infraestructuras militares” de EU e Israel en la zona del Golfo fueron destruidas tras “sufrir un duro golpe”, y que “está listo para enfrentar de manera decisiva, definitiva e inmediata cualquier amenaza o repetición de la agresión enemiga”.
El CGRI dijo que las 100 oleadas de operaciones combinadas con misiles y drones lanzadas por Irán desde el comienzo de las hostilidades, “paralizó y cegó la capacidad de discernimiento militar del enemigo”, asestando golpes devastadores a sus infraestructuras, centros estratégicos y capacidad de apoyo. “Ello condujo a un ‘vacío cognitivo’ del frente agresor e invasor en el campo de batalla y, posteriormente, a errores de cálculo y a súplicas de alto el fuego a Irán”. Tras “el derrumbe de la hueca hegemonía del poder militar de EU e Israel”, la región se encamina hacia un “nuevo orden en Asia Occidental”, sin potencias extranjeras y con un entorno más estable y seguro, concluyó el comunicado del CGRI.
Por su parte, el asesor del presidente del Parlamento iraní, Mahdi Mohammadi, criticó duramente la nueva moratoria trumpista. Manifestó que “la prórroga del alto el fuego por parte de Trump no significa nada. La parte perdedora (refiriéndose a EU) no puede imponer condiciones”. Y argumentó que “la continuación del asedio no difiere del bombardeo y debe responderse con una acción militar.” Además, la prórroga ciertamente significa ganar tiempo para un golpe sorpresa. El momento de tomar la iniciativa es de Irán”, sentenció.
De acuerdo con los pronunciamientos públicos de varios integrantes del gobierno iraní, puede deducirse que la República Islámica se considera vencedora indiscutible de la guerra de agresión de 40 días, y Teherán es ahora quien fija las condiciones, y no a la inversa. Según las autoridades persas, la parte que solicitó el alto el fuego en esta ocasión no fue Irán, sino Estados Unidos.
Después de agotar su arsenal de opciones políticas y militares acumulado durante 47 años, Washington no ha logrado alcanzar ninguno de sus objetivos declarados. De hecho, ha sufrido pérdidas tanto en el plano militar como en el diplomático, y también ha perdido la batalla de la narrativa. Asimismo, ha perdido el derecho de tránsito por el estrecho de Ormuz —un derecho del que gozaban antes de su más reciente aventura militar contra Irán—, influencia sobre los mercados energéticos globales y sus bases militares en Medio Oriente.
Critican en EE.UU. las posiciones maximalistas de Trump
Fiel a su estilo de diseminar paparruchas (fake news o embustes) con fines diversionistas, Trump aseguró que el gobierno iraní se encuentra en graves problemas financieros y exige la apertura del estrecho de Ormuz debido a su desesperación económica. “¡Irán se está derrumbando financieramente! Exigen la apertura inmediata del estrecho de Ormuz. ¡Están desesperados por dinero! Pierden 500 millones de dólares al día. Militares y policías se quejan de que no les pagan. ¡SOS!”, escribió el mandatario a través de su cuenta de Truth Social.
Sin embargo, su decisión desató una ola de críticas en Washington. En particular, el congresista republicano, Mike Quigley, cuestionó la capacidad mental del presidente para ejercer sus funciones. En su red social X, el legislador escribió que el juicio político o la aplicación de la 25.ª enmienda (que permitiría destituir a Trump) “no se trata ya de una disyuntiva. Trump es incapaz de cumplir con sus funciones y ha cometido delitos graves. El presidente necesita una evaluación cognitiva independiente de inmediato. No podemos esperar a que se enfade con Irán u otro país y decida cometer crímenes de guerra en plena noche.
En relación con los señalamientos de Mike Quigley, cabe apuntar que por estos días medios como The Guardian han comentado que Trump estaría aplicando la llamada “teoría del loco”, estrategia que consiste en llevar a los adversarios a dudar de la cordura y estabilidad mental del presidente para intimidarlos hasta tal punto que acaben haciendo concesiones que de otro modo no harían. Fue la estrategia diplomática practicada por Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, para sacar a EE.UU. de la Guerra de Vietnam. De ahí las promesas de Trump sobre acabar con la civilización persa y reenviar al país a la Edad de Piedra antes de llegar a una tregua.
Por su parte, el exnegociador estadounidense Aaron David Miller señaló que la crisis actual es consecuencia de la “insensatez de una guerra de elección”. Expresó que EE.UU. se enfrenta ahora a un largo periodo sin posibilidad de negociación; sin garantías de que no habrá escalada; sin tránsito por el estrecho de Ormuz, y con la economía global sufriendo. “Estados Unidos no tiene salidaˮ, escribió Miller en X.
A su vez, Daniel DePetris interpretó la extensión de la tregua como un intento de ganar tiempo por parte de Washington para evitar una reanudación del conflicto. Sin embargo, advirtió que esta decisión podría ser percibida como una victoria por Teherán. Añadió que el bloqueo naval impuesto por Trump no constituye un activo estratégico, sino más bien un obstáculo para entablar negociaciones serias con Irán. A su juicio, el magnate neoyorquino consideraba que esa medida serviría como un instrumento de presión para forzar a Teherán a negociar bajo sus propios términos, pero el resultado ha sido exactamente el contrario.
¿Por qué EE.UU. necesita negociar desesperadamente?
En síntesis, la agresiva campaña mediática de Trump y sus propagandistas en torno a las conversaciones en Islamabad revela una profunda desesperación. Washington no tiene nada que mostrar por su guerra impuesta al pueblo iraní. Lo único que puede hacer es fabricar narrativas, difundir bulos e intentar engañar a la opinión pública. Ese no es el comportamiento de una superpotencia militar, sino el de una parte derrotada que intenta escapar de un atolladero en el que se encuentra atrapada.
Esa desesperación le otorga a Irán una palanca extraordinaria. Y esa palanca debe ser utilizada, no desperdiciada. Las líneas rojas iraníes están claras. Y sus negociadores lo saben muy bien. Se trata de una posición estratégica calculada, basada en una evaluación del campo de batalla, la desesperación del enemigo y el valor de sus propios activos estratégicos. Irán está dispuesto a negociar los términos del fin de la guerra. Pero no negociará sus capacidades defensivas, su programa nuclear, su legítimo control sobre el estrecho de Ormuz y el derecho de su pueblo a reparaciones.
Desde el punto de vista de Irán, Estados Unidos perdió. Y hasta que Washington internalice esa realidad, cualquier negociación, ya sea en Islamabad, Ginebra o en cualquier otro lugar, seguirá siendo un ejercicio fútil. La pelota está en el campo de Trump. Pero por más que le pida ayuda al obsecuente presidente de FIFA, Gianni Infantino, las reglas del juego las escribe Irán.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
jueves, 23 de abril de 2026
Cómo Irán pudo doblegar el enorme poder aéreo de EE.UU
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Cómo Irán pudo doblegar el enorme poder aéreo de EE.UU
Por Tito Ura | 21/04/2026 | Mundo
Fuentes: Rebelión
Un informe del centro de análisis militar War on the Rocks revela cómo Irán ha neutralizado la superioridad aérea estadounidense en el conflicto de «Guerra del Golfo». Ante la imposibilidad de enfrentar directamente cazas F-35 y tecnología de quinta generación, Teherán desarrolló una estrategia de «disparar al sistema, no al avión»: en lugar de perseguir aeronaves multimillonarias, ataca con drones de bajo costo los puntos vulnerables que las mantienen operativas —aviones cisterna, radares AWACS, pistas de aterrizaje y depósitos de combustible en bases de Baréin, Catar, Arabia Saudí y Kuwait.
El resultado es una parálisis logística que ha confinado la flota estadounidense a sus hangares, pese a no haber sufrido derribos directos. Un dron de $20,000 interrumpe una red de apoyo valorada en miles de millones, invirtiendo la lógica convencional de la guerra aérea. Este estancamiento militar obliga a Washington a negociar desde la debilidad en las conversaciones de paz de Islamabad, donde la «flexibilidad» estadounidense esconde la imposibilidad de sostener una escalada que su propia maquinaria de guerra no puede costear.
Construir un caza invisible que no puede operar sin una red logística visible es el tipo de contradicción que solo el capitalismo tardío podía producir. El F-35 no es un avión: es un derivado financiero con alas, un vehículo de transferencia de riqueza pública a Lockheed Martin que, como todo producto especulativo, oculta su fragilidad estructural bajo capas de complejidad técnica.
Irán no ha derribado un solo F-35. Ha hecho algo peor: ha demostrado que no necesita hacerlo.
Mientras los cazas multimillonarios permanecen en los hangares de Qatar —demasiado lejos para operar sin repostar, demasiado expuestos si intentan acercarse— los drones Shahed-136, ensamblados con componentes de consumo masivo y GPS civil, están reconfigurando el mapa del poder aéreo a golpe de $20,000 por unidad.
Esta no es asimetría. Es parricidio económico: el hijo bastardo de la globalización comercial devorando al padre militar-industrial.
Tres puñaladas al sistema nervioso del imperio
Primera: la sed. Los KC-135, esos elefantes blancos del cielo que convierten el combustible en extensión territorial, están siendo cazados por enjambres de drones que no aparecen en los presupuestos de defensa. Sin cisternas, los F-35 son esculturas de titanio. La autonomía de combate de un caza de quinta generación se reduce a la distancia que puede volar con el depósito que trae de fábrica. La proyección de poder se ha convertido en problema de autonomía de combustible.
Segunda: la ceguera. Los AWACS, esas plataformas de mando que convierten la superioridad numérica en coordinación táctica, están siendo neutralizados por kamikazes que no requieren piloto, no generan bajas que noticiar, no producen funeral de estado. Sin ojos en el cielo, la flota estadounidense vuela ciega, dispersa, vulnerable a la emboscada. La red C4ISR se descompone ante el ataque de saturación que no distingue blancos.
Tercera: el bloqueo de la reproducción. Las pistas de Ali Al Salem, las torres de comunicación, los terminales satelitales: infraestructura que costó décadas de inversión y diplomacia de coerción, neutralizada por munición que no requiere precisión porque su objetivo es el área, no el punto. El capital fijo militar se deprecia ante el gasto corriente del adversario.
La matemática que el Pentágono no puede resolver
El costo de un día de operaciones de un escuadrón de F-35 —mantenimiento, combustible, tripulaciones, soporte logístico— supera el presupuesto anual de la fuerza de drones iraní. Esta no es comparación de efectividad militar. Es evidencia de colapso de modelo de acumulación.
El capitalismo de guerra estadounidense produjo una máquina cuyos costos de operación exceden la capacidad de su adversario más débil para generar blancos rentables. Es como construir un cañón para cazar mosquitos que, además, se oxida si no dispara proyectiles de oro.
La «negación aérea» iraní no busca controlar el espacio. Busca hacerlo inoperable para quien depende de él. Es la estrategia del proletariado logístico: no poseer los medios de producción aérea, sino paralizarlos mediante el desgaste diferencial.
Islamabad: el imperio negocia con las alas cortadas
Las conversaciones que comenzaron en la capital pakistaní no son diplomacia de posiciones de fuerza. Son terapia de emergencia para un paciente que sangra por los costos fijos.
Washington no puede amenazar con escalada aérea porque no puede sostenerla. No puede prometer protección a sus aliados porque no puede proteger sus propias bases. La «flexibilidad» que traerá a la mesa es el eufemismo diplomático para capitulación estructural disfrazada de realpolitik.
El alto el fuego de dos semanas no es pausa táctica. Es reconocimiento de agotamiento logístico. La pregunta no es si se convertirá en paz duradera, sino qué precio pagará la población civil iraní para que el imperio pueda retirarse sin admitir derrota.
Lo que viene después
Esta guerra no está en los manuales porque no es guerra de estados. Es guerra de formas de valor: la acumulación especulativa, compleja, centralizada, contra la circulación distribuida, simple, desechable.
Quien gane en Oriente Medio establecerá el modelo para el próximo ciclo de conflictos. Y los datos, hasta ahora, favorecen a quien puede producir destrucción en la escala del consumo masivo, no del lujo militar.
El F-35, en su hangar climatizado de Qatar, es ya un fósil. No tecnológico: político-económico. La pregunta es cuánto tiempo tardarán los contribuyentes estadounidenses en descubrir que financiaron, durante décadas, su propia vulnerabilidad estratégica.
Mientras tanto, en los talleres de ensamblaje de drones, se está escribiendo el manual de la próxima insurrección global: no compitas con el imperio en su terreno. Ataca el costo de mantenerlo en pie.
La guerra contemporánea ha dejado de ser un enfrentamiento entre ejércitos para convertirse en un campo de experimentación del capitalismo en crisis. Ya no se trata únicamente de conquistar territorios, sino de imponer —o resistir— una arquitectura global de poder. Lo que hoy emerge, desde las periferias del sistema, no es una simple táctica militar: es una impugnación directa al orden imperial.
El caso de Irán frente a la maquinaria aérea de Estados Unidos e Israel no debe leerse como una anomalía regional, sino como una señal de época. Ante la dificultad de igualar la acumulación tecnológica del centro imperial, la respuesta no ha sido competir, sino sabotear. No atacar el arma, sino el sistema que la sostiene. No destruir el avión, sino condenarlo a la inutilidad.
Aquí se revela la verdad incómoda del imperialismo contemporáneo: su poder no reside únicamente en la fuerza militar, sino en la estabilidad de redes globales —logísticas, financieras, tecnológicas— que conectan el centro con sus periferias. El F-35, símbolo del dominio occidental, no es solo un avión: es la expresión condensada de una economía política global que extrae recursos, concentra conocimiento y proyecta poder desde el centro hacia los márgenes.
Pero esa misma red que permite la dominación contiene su propia fragilidad. Las periferias, históricamente subordinadas, han aprendido no a replicar el modelo del centro, sino a explotarlo. A encontrar sus puntos de ruptura. A convertir la dependencia en vulnerabilidad.
Esta dinámica no es nueva. En Vietnam, el imperialismo estadounidense desplegó toda su potencia industrial sobre un territorio periférico. Sin embargo, la guerra no se decidió por la superioridad de fuego, sino por la incapacidad del sistema imperial de sostener el costo político, económico y social de la ocupación. La periferia no venció en términos convencionales: desgastó al centro hasta obligarlo a retirarse.
En Irak, la invasión de 2003 mostró la misma lógica. La caída de Bagdad fue rápida; la ocupación, imposible. La insurgencia convirtió cada calle en un nodo de resistencia, cada artefacto improvisado en una ecuación económica adversa para el ocupante. El centro imperial podía destruir, pero no estabilizar. Y sin estabilidad, el dominio se vuelve insostenible.
Afganistán profundizó esta crisis. Durante veinte años, la mayor coalición militar de la historia intentó imponer un orden desde el exterior. Fracasó no por falta de poder, sino por exceso de dependencia de un sistema incapaz de adaptarse a una guerra sin centro, sin líneas claras, sin final definido. La retirada no fue solo militar: fue geopolítica. Una señal del agotamiento del proyecto imperial en su forma clásica.
Lo que hoy se despliega con drones baratos y ataques a infraestructuras es la actualización tecnológica de esa historia larga de resistencias periféricas. La asimetría ya no es solo militar: es estructural. Un dron que cuesta miles de dólares puede inutilizar sistemas valorados en miles de millones. Es la inversión radical de la lógica capitalista global: el valor concentrado en el centro se vuelve vulnerable frente a la dispersión de capacidades en la periferia.
Desde Yemen hasta Ucrania, desde el Cáucaso hasta el Golfo, la misma tendencia se hace visible: la erosión del monopolio de la violencia por parte del centro. Los hutíes golpean infraestructuras críticas del sistema energético global. En Ucrania, la guerra revela los límites de la proyección de poder en un entorno saturado de tecnologías accesibles. En Nagorno-Karabaj, la guerra de drones desmantela doctrinas militares heredadas del siglo XX.
No se trata de episodios aislados. Es la manifestación de una crisis más profunda: la crisis del orden global construido tras la Guerra Fría. Un orden basado en la hegemonía estadounidense, en la centralidad del dólar, en la capacidad de intervenir militarmente sin costos existenciales. Ese orden se resquebraja cuando las periferias adquieren la capacidad de infligir daño sistémico.
El complejo militar-industrial, columna vertebral de ese orden, entra así en contradicción consigo mismo. Produce sistemas cada vez más avanzados, pero también cada vez más dependientes, más costosos, más frágiles ante estrategias de desgaste. La acumulación tecnológica ya no garantiza control; produce nuevas formas de vulnerabilidad.
Esto es lo que verdaderamente está en juego: no una guerra regional, sino una disputa sobre la viabilidad del propio sistema imperial. Porque cuando la retaguardia deja de ser segura, cuando las bases avanzadas se convierten en objetivos, cuando cada nodo puede ser atacado, el centro pierde su capacidad de proyectar estabilidad.
En este escenario, la guerra se redefine como una lucha entre centro y periferia en términos de sostenibilidad. El centro necesita continuidad, flujo, control. La periferia solo necesita interrumpir, fragmentar, desgastar. No necesita ganar; necesita impedir que el otro gane.
Como señaló Lenin al analizar el imperialismo, este representa la fase superior del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital y la expansión global de sus redes. Hoy, esa misma expansión global crea las condiciones para su impugnación. La red que integra el mundo bajo una lógica de dominación es también la que permite su desestabilización.
La estrategia iraní, en este sentido, no es solo militar: es geopolítica. No busca derrotar frontalmente al centro, sino demostrar que su dominio ya no es incuestionable. Que puede ser limitado, encarecido, erosionado. Que el equilibrio de poder ya no se decide únicamente en términos de superioridad tecnológica, sino en la capacidad de resistir y desgastar.
La hegemonía, entonces, entra en una fase crítica. No colapsa de inmediato, pero pierde coherencia. Se fragmenta. Se ve obligada a negociar donde antes imponía. A retroceder donde antes avanzaba.
Desde Vietnam hasta Irak, desde Kabul hasta Teherán, la historia reciente puede leerse como una acumulación de fracturas en el orden imperial. Cada conflicto no lo destruye, pero lo debilita. Cada periferia que resiste no lo derriba, pero lo obliga a replegarse.
La guerra del siglo XXI no anuncia el fin inmediato del imperialismo, pero sí su transformación en algo más inestable, más reactivo, más vulnerable. Un sistema que aún posee un poder inmenso, pero que ya no puede ejercerlo sin pagar costos crecientes.
Y en ese terreno, la pregunta ya no es quién domina el mundo, sino cuánto tiempo puede sostenerse ese dominio antes de que sus propias contradicciones lo desborden.
La respuesta, como siempre, no vendrá del centro, sino de las fisuras que se abren en sus márgenes.
Mientras tanto, en los talleres de ensamblaje de drones, se está escribiendo el manual de la próxima insurrección global: no compitas con el imperio en su terreno. Ataca el costo de mantenerlo en pie.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
miércoles, 22 de abril de 2026
Irán, el tiempo y la geografía
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Irán, el tiempo y la geografía
Por Guadi Calvo | 22/04/2026 | Mundo
Fuentes: Mundo
Por mucho tiempo corrió la leyenda de que un negociador de los talibanes advirtió a su contraparte estadounidense, en el contexto de la ocupación: “Ustedes tienen los relojes, nosotros tenemos el tiempo”, señalándole que, a pesar de que los estadounidenses disponían de la más alta tecnología militar y los suficientes recursos para abastecer de ellos a sus tropas, los dueños del tiempo, de todo el tiempo necesario para que finalmente suceda lo que sucedió, eran los afganos, quienes terminaron derrotándolos tras 20 largos años de guerra. El cuento se ha reactualizado en el contexto de la agresión que la Liga Epstein ha lanzado contra la República Islámica de Irán.
Los ayatolás, como los mullahs, también tienen el tiempo a su favor y, como los muyahidines afganos, cuentan con una geografía que los protege y a la que convierten en un arma clave en esta guerra, como ya ha quedado demostrado en el estrecho de Ormuz. Su bloqueo, en apenas unas pocas semanas ha puesto patas arriba la economía global, al tiempo que los generales estadounidenses han entendido que una invasión terrestre abriría una faceta desconocida del conflicto para la que debieran utilizar, dada la extensión del territorio -equivalente a prácticamente la mitad del subcontinente indio o la sumatoria de España, Alemania y Francia-, un número de efectivos de los que Estados Unidos no dispone, por lo que tendría que entrenar a cientos de miles de reclutas para operar de inmediato en una geografía montañosa con altas cordilleras y un clima extremadamente seco y caluroso, con temperaturas entre julio y agosto que se instalan entre los 45 y 50 grados. Lo que requeriría una disposición de recursos inagotables solo en agua, un bien extremadamente escaso en toda la región, particularmente en este momento que la sequía extrema, que ya lleva cinco años, llega a su punto crítico.
A todo esto hay que agregar al Artesh, el ejército regular, y a la Guardia Islámica Revolucionaria (IRGC), que sumados superan el millón de hombres, a los que acompañan miles de milicias regionales, por lo que las tropas invasoras se deberán enfrentar literalmente a un pueblo en armas. Fogueados en 47 años de bloqueo que les ha acarreado penurias para el abastecimiento de insumos básicos; en la guerra con Irak (1980-1988) y las constantes amenazas y agresiones de sus vecinos árabes, articulados por Washington y Tel Aviv, que a lo largo de décadas los bombardearon, les asesinaron centenares de científicos de primera línea como Majid Shahriari, asesinado en 2010, o Mohsen Fakhrizadeh en 2020, entre tantos otros; altos dirigentes de Gobierno, como recientemente a su Líder Supremo, Alí Jamenei, o el general de división y comandante de la Fuerza Quds de la IRGC, Qasem Soleimani, en 2020, por medio de un dron que lo localizó apenas llegaba al aeropuerto de Bagdad (Irak), además de los miles de ciudadanos comunes que murieron en bombardeos y atentados mientras agentes infiltrados del Mossad generaban protestas y disturbios en las principales ciudades del país, alentaban levantamientos armados de milicias árabes en el suroeste, kurdos en el noroeste y baluchis en el sureste, a los que además financian, proveen de armamento e inteligencia. Esta trágica secuencia ha servido de catalizador de la unidad del pueblo iraní, que entiende que en esta guerra no se juega un cambio de “régimen”, sino su propia existencia.
Por lo que nadie ignora, y mucho menos el Pentágono, que aquello que fue impracticable en Vietnam, Irak y Afganistán, con territorios mucho más pequeños y población más reducida, hacerlo en Irán es imposible.
El costo que Estados Unidos pagó en la fallida operación con la que intentó capturar el uranio enriquecido que creyeron se encontraba en algún lugar cercano a la ciudad de Isfahán, el pasado día 5 de abril, cuyas bajas reales serán por años información ultrarreservada. Aunque sí se conoció, ya que las pruebas son evidentes, que allí los Estados Unidos perdieron al menos media docena de helicópteros, dos Sikorsky UH-60 Black Hawk y varios MD Helicopters MH-6 Little Bird, además de dos C130 Hércules, al tiempo que un par de cazas les fueron derribados, una muestra homeopática en comparación con lo que les sucedería si Estados Unidos se adentrase en territorio iraní.
El otro estrecho
Es claro que mantener los altos el fuego estipulados entre Washington y Teherán y el ente sionista con Líbano está condenado al fracaso. Son muchos los factores que confabulan en su contra, principalmente las necesidades de Netanyahu de disimular no solo frente a los suyos, sino frente a Trump, que este picnic de fin de semana que le prometió se ha convertido en una emboscada donde puso en riesgo la continuidad de Trump en Washington y puede estar marcando el fin de la primacía de EEUU a escala global. Además de haber llevado al agotamiento casi terminal a todos los regímenes wahabitas y autocráticos de la ribera del golfo Pérsico, al punto que más de uno finalmente desaparezca y finalmente terminar convirtiendo a Irán, “la gran bestia negra”, en la potencia regional indiscutida, más fortalecida todavía con la alianza con Rusia y China.
Recordando aquello de los relojes de los talibanes, Irán tiene a su favor el tiempo, Ormuz, la aridez de su meseta y cuenta también con otra herramienta que recién hace unos pocos días se ha empezado a mencionar: el estrecho de Bab al-Mandeb, que como un sino de la historia puede traducirse como “Puerta de las lágrimas, de las lamentaciones o del dolor”.
El paso que une el mar Rojo con el golfo de Adén tiene entre 26 y 36 kilómetros de ancho y por allí transita desde y hacia el canal de Suez entre el 10 y el 12 por ciento del comercio mundial, entre lo que se incluye gas y petróleo hacia el Mediterráneo.
En varias etapas desde el comienzo del genocidio en Gaza, el movimiento hutí, también conocido como Ansarullah (Partidarios de Dios), prohibió la navegación por el mar Rojo a todas las embarcaciones que tuvieran vínculos con el régimen teocrático judío. La poderosa fracción yemení que controla la mitad del país y ha sido vencedora en la guerra que Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y un sinfín de naciones musulmanas iniciaron en 2015, de donde salieron derrotados cinco años después, horas después de iniciada la guerra contra Irán por parte de la Liga Epstein anunció el reinicio de sus operaciones contra cualquier embarcación relacionada con Israel.
Advirtiendo a Bahréin y a los EAU que serían los primeros en sufrir las consecuencias de apoyar las operaciones contra Irán. A partir de entonces sus operaciones fueron intermitentes, lanzando andanadas de misiles contra Israel entre el 28 y 30 de marzo, y el 1 y 2 de abril.
Más allá de que Bab el-Mandeb continúe navegable, la oportunidad para su cierre depende de la suerte de las necesidades de Irán. Incluso después de que los hutíes, entre marzo y mayo del año pasado, lanzaran la Operación Rough Rider, que hasta entonces había sido la mayor campaña de bombardeos, tanto aéreos como navales, que Trump, otra vez junto a Netanyahu, realizó durante su segundo mandato. Habiendo atacado más de mil objetivos en el noroeste yemení, no solo bases de lanzaderas de misiles y drones, sino también depósitos de suministros.
A poco menos de un año de la Operación Rough Rider, los hutíes están en condición de volver a atacar diversos objetivos en la península arábiga, incluso el oleoducto Este-Oeste para exportar petróleo saudita desde el puerto de Yanbu, sobre el mar Rojo, lo que provocaría una crisis todavía mayor de la que se está viviendo. Ya los milicianos yemeníes lo habían hecho en 2019, por lo que están en condiciones de volver a hacerlo. Al tiempo que están en condiciones de atacar la base estadounidense Camp Lemonnier (Djibouti) y las posiciones de los EAU cercanas a Berbera (Somalilandia).
Por lo que cerrar el estrecho que los separa de Eritrea y Djibouti, si bien puede resultar sencillo, acarrearía más sanciones para la parte de Yemen que gobierna y cuya población, desde los primeros coletazos de la Primavera Árabe (2011) a la guerra civil que comenzó en 2014 y que continúa larvada hasta hoy, vive bajo la constante presión de una economía desquiciada que se ha acrecentado tras los ataques judíos a su infraestructura portuaria en 2025. Además de las sanciones aplicadas después de que el movimiento Ansarullah fuera declarado Organización Terrorista Extranjera por parte del Departamento de Estado a principios de marzo del año pasado.
Esto ha afectado la cohesión del Gobierno hutí, atado a la suerte de Irán, por lo que, llegado el caso, cerrar el otro estrecho será una opción para resistir a la Liga Epstein, utilizando otra vez el tiempo y la geografía.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
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martes, 21 de abril de 2026
Trump anuncia una extensión del cese al fuego con Irán
Trump anuncia una extensión del cese al fuego con Irán
Sputnik Mundo,
El presidente estadounidense Donald Trump anunció a través de Truth Social que la extensión fue a solicitud del jefe del Estado Mayor del Ejército de Pakistán, Asim Munir, así como del premier Shehbaz Sharif, esto para que los líderes y representantes de Irán "presenten una propuesta unificada" para la resolución del conflicto.
"En consecuencia, extenderé el alto el fuego hasta que se presente su propuesta y concluyan las negociaciones, sea cual sea el resultado", escribió.
El mandatario detalló que las Fuerzas Armadas estadounidenses continuarán con el bloqueo del estrecho de Ormuz, mientras que el resto estarán "preparadas" ante cualquier escenario. El anuncio ocurre a pocas horas de terminar el cese al fuego pactado hace dos semanas.
Esmaeil Baqaei, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní - Sputnik Mundo, 1920, 21.04.2026
Defensa
Irán aún no ha definido su postura final sobre las negociaciones con EEUU, subraya la Cancillería iraní
hace 7 horas
El 7 de abril, Washington y Teherán anunciaron un alto al fuego de dos semanas. Las conversaciones posteriores en Islamabad terminaron sin resultados. Aunque no se anunció la reanudación de las hostilidades, EEUU inició un bloqueo de los puertos iraníes.
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