CRISTIANOS DEL NUEVO SIGLO
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miércoles, 29 de abril de 2026
¿A dónde se dirige EEUU?: ¿fin de la hegemonía o apocalipsis elegido?
¿A dónde se dirige EEUU?: ¿fin de la hegemonía o apocalipsis elegido? - Sputnik Mundo,28.04.2026
Alexandr Yakovenko, diplomático, exembajador ruso en el Reino Unido y rector de la Academia Diplomática del Ministerio de Exteriores de Rusia, reflexiona sobre cómo el conflicto con Irán ha llevado a Washington a una trampa capaz de enterrar la hegemonía estadounidense.
La palabra 'trampa' se oye cada vez más dentro de EEUU para describir la situación en la que Donald Trump se ha visto envuelto respecto a Irán por obra de Benjamín Netanyahu. Aunque quizá sea más exacto decir que todo esto es consecuencia de la fuerte atadura del proceso de definición de los intereses estadounidenses a Israel, donde en los últimos 10–15 años se ha producido una radicalización política. Y esta trampa parece haber resultado fatal para EEUU.
Washington no puede comportarse como Tel Aviv en Gaza y Líbano: de lo contrario, la diferencia entre ambos desaparecería para siempre. No sería Israel quien se elevara al nivel de EEUU, sino EEUU quien se vería reducido al tamaño de Israel. Esta es la magnitud de las apuestas que el establishment estadounidense y, en especial, los responsables directos —incluido el estamento militar— en la línea iraní no pueden desconocer. Como se reconoce en el propio Israel, en esta dinámica "está perdiendo a EEUU".
Al verse confrontado directamente con el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica —consecuencia de la apuesta por la eliminación de la dirigencia política iraní—, Washington se ve compelido a legitimar este componente armado del sistema político iraní mediante negociaciones indirectas. Se trata de un actor que los propios estadounidenses han designado como organización terrorista y que, al parecer, no tiene intención de desaprovechar la oportunidad histórica que se le ha brindado: poner término, de manera unilateral, no solo al orden americano-céntrico en Oriente Medio, sino a la hegemonía global de EEUU en su conjunto, ostentando además una posición de dominio en la escalada. ¡Quién habría imaginado que el destino otorgaría a Teherán el papel del David bíblico frente al nuevo Goliat!
Desde el punto de vista técnico, la situación recuerda a la primera mitad de los años setenta, cuando Washington abandonó el patrón oro y aprovechó la crisis petrolera de 1974 para instaurar el sistema del petrodólar, por el cual el precio del crudo se fijaba en dólares, creando una demanda artificial de la moneda estadounidense.
Durante toda aquella década, EEUU sufrió una de las peores crisis económicas de su historia. Si Teherán cierra el estrecho de Ormuz —lo que correctamente se denomina "la bomba nuclear iraní"—, puede desencadenar una recesión global de consecuencias catastróficas para la economía estadounidense y el fin del petrodólar tal como lo conocemos.
China ya venía comprando petróleo a los países árabes del Golfo en yuanes, pero ahora, después de la destrucción de su infraestructura energética —que podría ser total si hay una nueva ronda de confrontación armada—, les faltan precisamente esos dólares para reconstruir y simplemente para vivir en condiciones de paz. Emiratos Árabes Unidos solicitó a Washington una línea de swap de la Reserva Federal: de lo contrario, se verá obligado a pasar al yuan, lo que equivaldría ni más ni menos que a un viraje estratégico hacia Pekín: "¡Adiós, EEUU!". Nada personal. Todo se construyó sobre arena, literal y metafóricamente. ¿Por qué fue necesario arriesgarlo todo?
Washington se enfrenta a una elección: lanzar una segunda oleada de ataques contra Irán, lo que claramente busca y comprende que el final del conflicto debe ser definitivo y, por tanto, puramente militar, sin diplomacia alguna, o, bajo cualquier cobertura, aceptar las condiciones del país persa y retirarse en silencio de la región, sin pagar nada, volviendo al seno del electorado MAGA, mientras los republicanos aún puedan salvar algo, de cara a las elecciones intermedias de noviembre.
En cualquier escenario, el control del estrecho de Ormuz queda en manos iraníes.
Esta elección o destruirá para siempre el respeto y la credibilidad de EEUU, o se los devolverá, pero solo a condición de que se normalice como una gran potencia global más: un estatus que deberá ganarse día tras día con logros en su propio desarrollo —tecnológico incluido— y renunciando a vivir a costa del resto del mundo. De lo contrario, no funcionará. Como no funcionó en las últimas décadas, cuando las élites estadounidenses creían que el famoso "liderazgo" les había sido otorgado por derecho divino para siempre y que no hacía falta demostrarlo.
Ya hace 20 años, el politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski advertía que, para mantener su posición en el mundo, EEUU debía guiarse en su política exterior por algo más grande que los estrechos intereses nacionales y que esa visión del futuro debía ser compartida por otras naciones. Solo los estadounidenses pueden responder al desafío surgido del conflicto con Irán. Todos los demás, incluidos los aliados, han optado por una posición de distancia, y ese distanciamiento —no su poderío militar— es como el far niente italiano que ya ha destruido de facto la OTAN y funciona como la "bomba nuclear pacífica" iraní. Recordemos que exactamente esa distancia del sur y el este global fue lo que hizo fracasar las sanciones contra Rusia en el conflicto ucraniano.
Queda, además, lo que cabe llamar una guerra civilizacional de exterminio —la vivimos en 1941-1945, cuando los nazis alemanes actuaban en nombre de la "Europa civilizada"—, es decir, fuera de todo marco jurídico internacional, incluido el humanitario. A eso se reduce el manifiesto de 22 puntos de Palantir, que propone olvidar la moral en las decisiones políticas y actuar sin piedad contra enemigos de otras civilizaciones, partiendo de que hay culturas exitosas y culturas "nocivas".
Entre estos enemigos figuran Irán y Rusia. Este apogeo del militarismo impulsado por IA ("¡Que luche él!" — el colmo de la deshumanización de la guerra, vía que los estadounidenses ya recorrieron en su "guerra contra el terror" con drones) y del totalitarismo proclama como meta la creación de un nuevo Estado corporativo hipertecnológico (República tecnológica de Alex Karp) dirigido por Alex Karp, cuyos sacerdotes saben más que nadie. Como si al mundo no le bastara la experiencia del Estado corporativo bajo el fascismo y el nazismo europeos. ¿Y en qué se diferenciaban los imperios coloniales dirigidos por empresas privadas? La propia Compañía Británica de las Indias Orientales condujo a la India a la rebelión de los cipayos de 1857, después de la cual, Londres asumió directamente el control de la colonia.
De ahí solo hay un paso hasta el empleo del arma nuclear —que afortunadamente Trump lo niega, afirmando que "ya ha ganado de todos modos"—, puesto que, según la comprensión del fundador de Palantir, Peter Thiel, el Anticristo ya camina entre nosotros: la escatología religiosa justificaría también esto. En su Apocalipsis de nuestro tiempo, el escritor y filósofo ruso, Vasili Rozánov, escribió duras verdades sobre el cristianismo y el destino histórico de Rusia, pero admitía que en la catástrofe de la guerra europea "todo se precipita en el vacío de un alma que ha perdido su antiguo contenido", que era precisamente el cristianismo.
Ni a él ni a nadie en el mundo cristiano hasta ahora (los nazis se volcaron al ocultismo) se le ocurrió ponerse a dirigir un apocalipsis declarado arbitrariamente. Es decir, usurpar el papel de Dios (de ahí el choque con el Vaticano). ¿O es que estas élites —que desde siempre han tenido una conciencia profunda de su excepcionalidad en forma de autoelección y autjustificación y, por tanto, del derecho al genocidio heredado de los fanáticos— no pueden ofrecer nada más ni a su pueblo, ni al mundo?
Una sociedad capitalista dominada por un feudalismo tecnológico
"Un tecnofeudalismo deshumanizante": el verdadero lado del manifiesto de Palantir
Como señaló el historiador militar Michael Vlahos en su ensayo EEUU es una religión (publicado en The American Conservative), históricamente EEUU ha sido mucho más que un Estado-nación moderno y, en su mesianismo, se acercaba a las civilizaciones orientales, llamada a llenar ese vacío del alma del que hablaba Rózanov. La modernidad quita, no da.
Juzgar al otro de "primitivo" crea las condiciones para su deshumanización (igual que la tesis israelí del supuesto "holocausto nuclear"). Por eso, al negar a Irán el derecho a ser lo que EEUU fue alguna vez (pero perdió tras seis décadas de guerras fallidas), Washington es estructuralmente incapaz de diseñar una estrategia victoriosa contra Irán. La actual "narrativa redentora" de las élites se resume en el eslogan "la paz mediante la fuerza", cuya ejecución debe reforzar la legitimidad del poder estadounidense, que ha optado por el camino de la "coerción y el castigo" tanto dentro como fuera. Según Vlahos, esta interrelación es una "dinámica mutuamente destructiva".
La gran pregunta es si los propios estadounidenses están dispuestos a aceptar la transformación de su sociedad y Estado que les proponen los multimillonarios de la tecnología. El tiempo lo dirá. Pero si EEUU toma este camino, se enfrentará frontalmente al resto del mundo y se convertirá en un paria global. Nadie mirará con indiferencia este giro transhumanista de la política autodestructiva de las élites estadounidenses. Lamentablemente, la declaración de Trump sobre su intención de "destruir la civilización iraní paria" encaja perfectamente con estas recetas. Ojalá que detrás de esta retórica solo haya enfado por el hecho de que Teherán se comporta "de forma deshonesta e incorrecta", destruyendo las expectativas iniciales y sin fundamento de Washington y Tel Aviv.
En términos simples, la elección que tiene EEUU es la misma que plantearon politólogos independientes ya en tiempos de Barack Obama: aferrarse a la existencia en un sistema cerrado (un control cada vez más ilusorio sobre el mundo) o aprender a vivir en un sistema abierto, compitiendo de igual a igual con el resto de los países. Y parece que, precisamente, Irán va a ayudar a las élites estadounidenses a tomar la decisión correcta, acorde con los tiempos y con las capacidades reales de EEUU, que por primera vez en la historia moderna quedan tan claramente expuestas en Oriente Medio y más allá.
martes, 28 de abril de 2026
¿En qué lugar de África queda Rusia?
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¿En qué lugar de África queda Rusia?
Por Guadi Calvo | 28/04/2026 | África
Fuentes: Rebelión
Pocas semanas antes de que Benjamín Netanyahu vendiera a Donald Trump la Operación Furia Épica, con la que en un par de días lograrían deshacerse del Gobierno de los ayatolás y hacerse de todo su petróleo, lo que es evidente que no se ha logrado, el Pentágono había comenzado a buscar la forma de expulsar a Rusia de África.
Para lo que necesita sí o sí quebrar la relación de Moscú, con la peligrosa presencia de Rusia en África y particularmente con la Alianza de Estados del Sahel (AES), el trípode anticolonialista compuesto por Mali, Burkina Faso y Níger, que desde hace tres años, luego de exterminar la ominosa presencia francesa y estadounidense de sus países, resiste a los embates del terrorismo fundamentalista financiado por los países del Golfo Pérsico y articulado desde Washington y París, utilizando una vez más a las khatibas de al-Qaeda que operan en el área con el nombre de Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en inglés) y la franquicia de Daesh, Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS).
Además, el Pentágono necesita cortar la provisión de equipamiento y mercenarios rusos a las filas del ejército de Khalifa Hafther, quien controla todo el este de Libia, y después de años de cortocircuitos con Moscú, la diplomacia y la inteligencia del presidente Vladimir Putin, ha logrado en varios países del continente incrementar su presencia.
Más allá de los ingentes esfuerzos de los muyahidines, apoyados por Francia y los Estados Unidos, las AES, han resistido y mantenido la unidad.
El poder de los terroristas ha conseguido mantener por semanas el bloqueo de los accesos de petróleo y otros insumos vitales a ciudades como Bamako, la capital de Mali, con más de cuatro millones de habitantes. Mientras que las incursiones a aldeas, donde además de asesinar a los takfiris (apóstatas) incendian viviendas y sembradíos; saquean desde vehículos a animales y cosechas. A su retirada, más allá de la estela de destrucción que dejan, obligan a los jóvenes a incorporarse a la milicia. Estos ataques prácticamente cotidianos han provocado que solo en Burkina Faso el número de personas desplazadas alcance los dos millones y medio.
También son centenares las bajas que han provocado entre las filas de los ejércitos regulares de estos tres países, donde son frecuentes las emboscadas, ataques a unidades militares, atentados y sabotajes contra instalaciones vitales tanto para los militares como para el desarrollo de la vida civil, usinas eléctricas o plantas potabilizadoras, por ejemplo.
En este contexto el pasado sábado 25 de abril muyahidines aliados a los separatistas tuaregs, del Frente de Liberación de Azawad (FLA) del norte de Mali, lanzaron una ola de ataques y atentados, coordinados contra diferentes puntos de Bamako entre los que se incluye su aeropuerto Modibo Keïta, a unos 15 kilómetros del centro de la capital, que se encuentra junto a una base de la Fuerza Aérea, y otros centros urbanos del centro y norte del país. Ya en 2024, el JNIM había atacado el aeropuerto y un campo de entrenamiento militar próximo a Bamako donde asesinaron a decenas de efectivos.
La operación del sábado se convirtió en la mayor acción terrorista de estos últimos años. En un comunicado, las FAMa (Fuerzas Armadas de Mali) informaron que, tras algunas horas de combate, los terroristas se habían replegado y la situación estaba bajo control.
Los ataques incluyeron la principal base militar de las FAMa, ubicada en la localidad de Kati, cercana a Bamako. Allí se encuentra el ministro de Defensa, Sadio Camara, a quien algunas fuentes han dado por muerto. Algunos videos muestran columnas de camiones y motocicletas transitando por las calles de Kati.
También se registraron ataques en algunas localidades del centro de Mali, como Sévaré y Mopti, Kidal y Gao, donde algunas informaciones refieren a tiroteos y cadáveres en las calles.
Los insurgentes habrían conseguido posiciones en algunos barrios de la ciudad de la norteña ciudad de Kidal, epicentro de la rebelión separatista tuareg de 2012. Al mismo tiempo, voceros del movimiento Azawad afirmaban que sus fuerzas tenían el control pleno de la ciudad y de algunas zonas de Gao, otra ciudad del noreste del país. Lo que no fue confirmado por ninguna otra fuente.
Mientras que en la ciudad de Gao, la ciudad más extensa del norte del país, con poco menos de 100.000 habitantes, algunos pobladores informaron de disparos y las explosiones que habrían comenzado en las primeras horas del sábado.
El origen de mal
Esta joint venture entre terroristas y milicianos tuareg ha vivido diferentes alternativas desde su comienzo en 2012, cuando los tuaregs, aprovechando el periodo de anarquía que se abrió tras el golpe de Estado contra el presidente Amadou Touré, y toda la región se encontraba fuertemente conmocionada por lo que se estaba viviendo en Libia tras el derrocamiento y martirio del coronel Gadafi, los legendarios hombres azules creyeron estar frente a una nueva oportunidad para concretar la creación de Azawad, su mítica nación que se extiende desde el norte de Mali y abarca vastas regiones de Mauritania, Argelia, sur de Libia y Níger. Si bien sus reivindicaciones son indiscutibles, como tantos otros pueblos como los baluchis, kurdos o saharauis, la presencia colonial y la continuidad de sus herederos formales han hecho imposible concretar esas pretensiones
Esto habilitó a que algunas khatibas de al-Qaeda que la CIA había transportado a Libia, financiadas por Arabia Saudita, se mudaran al norte de Mali e infiltraran la rebelión del Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA), la alianza de las tribus tuareg, dando así oportunidad a Francia de ocupación militar activa en su antigua colonia, primero con la Operación Serval y más tarde la Barkhane, hasta que fue expulsada en 2022, tras el golpe de los coroneles encabezados por Assimi Goïta, quienes hasta ahora siguen gobernando el país y fueron los promotores de la alianza anticolonial, que tanto preocupa a Washington y sus socios europeos.
Estados Unidos necesitará trabajar muy fuerte en África, continente que las últimas administraciones han mantenido al margen de sus intereses, lo que permitió a China afianzarse en lo comercial y a Rusia en lo político y militar. Un coctel demasiado amargo para los estadunidenses.
Y empieza por lo principal: Libia, que es el país con mayores reservas petroleras del continente, a las que las grandes petroleras estadounidenses están intentando regresar después de años de ausencia. Ya en febrero, Chevron cerró un acuerdo para la explotación petrolera frente a las costas libias; al tiempo que la Exxon Mobil en 2025 acordó su regreso al país tras haberse retirado en 2013. Sin duda en este contexto de la guerra en Medio Oriente este tipo de negociaciones se multiplicarán no solo en Libia, sino que necesitan retornar con urgencia a la región del Sahel rica en uranio y otros minerales
No por nada se conoció que apenas dos semanas atrás llegó al sur de Libia el teniente general John Brennan, del ejército de los Estados Unidos, quien fue recibido por dirigentes de grupos armados libios, que se han mantenido enfrentados durante años y ahora parecen estar dispuestos a unirse después que Brennan consiguiera que realizaran junto a tropas estadounidenses ejercicios militares conjuntos, con miras de incorporarlos a la lucha armada para expulsar a Rusia del continente. A estos ejercicios se han sumado dotaciones del ejército alemán brindando asistencia médica y las fuerzas turcas ofrecieron apoyo con drones, además de representantes de Italia, el Reino Unido, Egipto y Francia, y fuerzas del Chad, vecino del sur de Libia y por el este de Níger, además de la inteligencia ucraniana que tiene una gran actividad en el norte de Mali y en Sudán, operando contra cualquier tipo de interés ruso.
Más allá de las guerras que se libran en Medio Oriente, donde no es una utopía que Estados Unidos pueda perder su condición de potencia reinante, será en África donde tarde o temprano se dará la batalla que marque el destino de todos por las próximas décadas.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Acerca de la guerra imperialista de EE.UU. e Israel contra Irán
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Acerca de la guerra imperialista de EE.UU. e Israel contra Irán
Por Carlos Fazio | 28/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: La Jornada
Entre las versiones sobre la evolución de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán, la opinión dominante es que sus planificadores esperaban una victoria relámpago, con la caída y capitulación del gobierno iraní y la imposición de un régimen títere y la posterior balcanización de un país de importancia geopolítica rico en hidrocarburos. Pero por el giro que han tomado los acontecimientos, todo indica que los agresores subestimaron el poderío militar y la resistencia del nacionalismo iraní, su solidez organizativa y sus orientaciones estratégicas. Y hoy el balance parece favorecer a Irán, una nación con 3 mil años de historia y unas dinámicas internas que escapan a la comprensión de la mayoría de los occidentales.
De allí que más allá de los plazos, ultimátums y actos de aventurerismo de Donald Trump y el régimen sionista, ha quedado claro que el poder no sólo se mide en una abismal superioridad aérea, el despliegue de portaviones y la destrucción de infraestructura crítica gubernamental, civil y militar, según la doctrina militar de “conmoción y pavor” (shock and awe), dirigida a paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla y destruir su voluntad de luchar. Sino que abarca también la naturaleza de la guerra asimétrica y sus dimensiones económicas y políticas; un nuevo concepto bélico desarrollado por la parte iraní en la legítima defensa de su soberanía, basado en misiles balísticos de precisión y drones fabricados con recursos propios e ingeniería inversa, como sustitutos de una fuerza aérea convencional, que dotó a Irán de una estructura disuasoria y reconfiguró el equilibrio militar en la zona, vía el ataque y/o destrucción de 13 bases de Estados Unidos en los petroemiratos del golfo Pérsico (incluidos sofisticados radares en Qatar y Bahréin, claves de la infraestructura de guerra electrónica del Pentágono), y en la capacidad de utilizar el territorio como un arma de guerra; en este caso, el estrecho de Ormuz, que hizo que los precios de los hidrocarburos, los fertilizantes y el helio se dispararan, impactando la economía mundial; lo que explica en gran medida el éxito militar de Irán hasta la fecha.
El gobierno y el alto mando militar iraní llevaban 20 años preparándose para una agresión como la del 28 de febrero. Eso es lo que –a pesar del alto costo humano y material infligido inicialmente por el eje estadunidense-israelí– les ha permitido poner en práctica una estrategia de resistencia basada en una guerra prolongada de desgaste y una “defensa en mosaico” descentralizada, principios elaborados por Irán tras los fracasos de Estados Unidos en Irak y Afganistán: los 31 centros de mando (uno por provincia) cuentan con fuerzas armadas y milicias propias, dotadas de capacidad armamentística y autonomía estratégica. En caso de un primer ataque que “decapitara” el mando central (como de hecho ocurrió con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei y de los principales jefes castrenses), todos los centros de mando pasarían a modo autónomo y seguirían luchando.
Como ha explicado el ex diplomático británico y ex agente del MI6 Alastair Crooke, para resistir la supremacía de Estados Unidos en materia de satélites e inteligencia, otra de las enseñanzas recogida por Irán de las guerras en la región fue ocultar a gran profundidad toda su estructura militar misilística y de drones, para lo cual inicialmente habría recibido ayuda de la República Popular Democrática de Corea. El resultado son las “ciudades de misiles” –como la famosa Fortaleza de Yazd, enterrada en la montaña a 500 metros de profundidad fuera del alcance de las bombas–, que según Crooke (quien ha participado activamente como mediador en Medio Oriente durante muchos años) cuentan con un sistema ferroviario que lleva los misiles hasta la salida de túneles en la superficie, desde donde se lanzan directamente (y no sólo desde lanzadores móviles sobre el terreno) y luego los silos se introducen de nuevo en su lugar.
Sería el caso, también, de la infraestructura militar naval, enterrada a lo largo de toda la costa iraní (incluida la de Ormuz), plagada de cuevas y acantilados repletos de misiles antibuque, y túneles que pasan por debajo del mar y cuentan con drones sumergibles que cuentan con baterías de litio que les da una autonomía de cuatro días. Orientados a la inteligencia artificial, los drones tienen capacidad para merodear y esperar un objetivo, seleccionarlo y atacarlo de forma autónoma. Según Crooke, Irán también dispondría de unos 25 minisubmarinos y debido a que el estrecho de Ormuz no es muy profundo, pueden desplazarse sin ser detectados por los satélites y los AWACS (sistema aerotransportado de alerta y control) de Estados Unidos y disparar misiles antibuque mientras están sumergidos.
Asimismo, Irán aprendió que Estados Unidos suele tener capacidad logística sólo para una fuerza de corta duración, y su plan fue llevar al enemigo a una guerra prolongada de desgaste; por eso ha dosificado el uso de misiles. Además, Irán estaría recibiendo vía satélite apoyo en inteligencia de China a través del buque Ocean One, y dispondría de un sistema integrado de campo de batalla y sus objetivos a través de radares, similar a los IRS (estructuras de inteligencia, reconocimiento y vigilancia) que utiliza Ucrania contra Rusia.
Irán ha puesto a prueba la hegemonía del dólar. Si Irán es atacado, responde y al mismo tiempo intensifica la represalia, en una escalada de violencia sin fin que está marcando una tendencia desfavorable a Estados Unidos. Todo indica que el contrataque estratégico iraní no se concibió para conducir a ningún compromiso negociado (saben que Estados Unidos e Israel siempre engañan y traicionan), sino más bien para crear las circunstancias mediante las cuales el país persa pueda escapar de la “jaula” impuesta por Trump y sus aliados, de aislamiento, sanciones, bloqueos y asedio permanentes.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
lunes, 27 de abril de 2026
revelan por qué Netanyahu enfureció a los militares israelíes
En busca de un chivo expiatorio: medios revelan por qué Netanyahu enfureció a los militares israelíes
hace 20 horas
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, busca activamente un chivo expiatorio al que atribuir todos los fracasos con Irán y Líbano, lo que está generando un profundo malestar entre los mandos militares, informa el diario israelí 'Israel Hayom'.
"El descontento [de los militares] es solo la punta del iceberg de una sensación creciente dentro del Ejército [y el Ministerio de Defensa] de que Netanyahu está buscando a alguien a quien culpar por los resultados poco alentadores en Líbano y los resultados parciales en Irán", afirma el medio.
Según el periódico, Netanyahu planea echar la culpa del fallido ataque contra Irán al Mosad, mientras que el "fracaso en Líbano" recaerá sobre las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
"Debido a que las contradicciones entre el liderazgo político y militar se están intensificando, la situación real sobre el terreno se vuelve aún más complicada", señala el artículo.
Desde el 16 de abril está en vigor un alto el fuego oficial entre Israel y Líbano. Sin embargo, Hizbulá acusa a Tel Aviv de haber violado la tregua más de 200 veces, mediante el uso de aviación, drones, artillería y la destrucción de casas minadas en localidades libanesas. El grupo chiita anunció que, en respuesta a estas violaciones, llevó a cabo una operación de combate.
Irán había señalado la suspensión de los ataques contra Líbano como una de las condiciones para el alto el fuego de 14 días con EEUU anunciado el 8 de abril. Esta semana, el presidente de EEUU, Donald Trump, lo prorrogó unilateralmente, indicando que permanecerá vigente hasta que Teherán presente propuestas de solución y se celebre una reunión entre las delegaciones.
domingo, 26 de abril de 2026
Crímenes de Guerra en Irán
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Crímenes de Guerra en Irán
Por Julio César Centeno | 25/04/2026 |
Fuentes: Rebelión [Foto: hospital bombardeado en Irán]
Estados Unidos e Israel iniciaron una guerra coordinada de agresión contra Irán el 28 de febrero de 2026. Estos ataquen constituyen una clara violación de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional.
La sentencia central del Tribunal de Núremberg, donde se juzgaron y condenaron a muerte a los líderes Nazis capturados tras la Segunda Guerra Mundial señala: “Iniciar una guerra de agresión no es solo un crimen internacional; es el crimen internacional supremo, que solo se diferencia de otros crímenes de guerra en que contiene en sí mismo la maldad acumulada del conjunto. Los jefes de Estado y altos funcionarios no gozan de inmunidad cuando cometen actos criminales bajo el derecho internacional”
Este principio jurídico permitió condenar a los líderes nazis bajo el cargo de Crímenes Contra la Paz, estableciendo que la paz mundial es un bien jurídico protegido que genera obligaciones para los individuos, más allá de las fronteras nacionales. El Tribunal de Núremberg rechazó el argumento de la defensa de que no existía una ley previa que prohibiera la agresión (nullum crimen sine lege). Los jueces concluyeron que el Pacto Kellogg-Briand de 1928 ya había convertido la guerra en un acto ilegal antes de 1939, por lo que los acusados sabían, o debían saber, que sus actos eran ilícitos.
La Carta de las Naciones Unidas, firmada en 1945, es el pilar del derecho internacional moderno y establece un marco legal diseñado específicamente para evitar el flagelo de la guerra. En su Artículo 2.4 se refiere al Principio de Prohibición. Es el corazón de la Carta. Prohíbe no solo el uso de la fuerza armada, sino también la amenaza de usarla. «Los Miembros de la Organización se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado…»
No se limita solo a la «guerra» formal, sino a cualquier acto de fuerza hostil. Protege la soberanía de los países, sin importar su tamaño o poder.
La Carta reconoce que existen situaciones donde el uso de la fuerza puede ser legal, pero las limita estrictamente a dos escenarios:
Legítima defensa (Artículo 51): Un Estado tiene el derecho inherente de defenderse si es objeto de un ataque armado. Este derecho existe solo hasta que el Consejo de Seguridad tome las medidas necesarias para mantener la paz.
Autorización del Consejo de Seguridad (Capítulo VII): El Consejo puede autorizar el uso de la fuerza (por ejemplo, mediante una coalición internacional) si determina que existe una amenaza a la paz, un quebrantamiento de la misma o un acto de agresión.
Resolución 3314 (1974): Para clarificar la Carta, la Asamblea General definió la agresión como el uso de la fuerza armada por un Estado contra la soberanía de otro. Incluye invasiones, bombardeos o el bloqueo de puertos.
La agresión se considera un crimen contra la paz internacional que genera responsabilidad jurídica para el Estado y responsabilidad penal para los líderes que la organizan.
Como contraparte a la prohibición de la fuerza, en su Artículo 2.3 la Carta obliga a todos los Estados a resolver sus controversias por medios pacíficos (negociación, mediación, arbitraje o arreglo judicial), de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz ni la justicia.
Múltiples declaraciones de funcionarios estadounidenses también implican violaciones del derecho internacional humanitario y crímenes de guerra. Declaraciones recientes describen las normas internacionales que rigen el compromiso militar como «estúpidas» y priorizan la «letalidad » sobre la «legalidad » son profundamente alarmantes y peligrosamente miopes. Estas afirmaciones, en combinación con la conducta de las fuerzas estadounidenses, deterioran el orden jurídico internacional.
La guerra le cuesta a los contribuyentes estadounidenses cerca de US$ 2.000 millones cada día. Causa además un daño significativo a la población civil del Oriente Medio, ha provocado la pérdida de miles de vidas, ha desestabilizado la economía mundial, amenaza con provocar hambrunas por escasez de fertilizantes y está causando graves daños medioambientales y económicos.
Jus ad bellum: Los ataques lanzados por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero de 2026 contra Irán violaron claramente la prohibición del uso de la fuerza establecida en la Carta de las Naciones Unidas. La fuerza contra otro Estado solo está permitida en legítima defensa o cuando esté autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU. El Consejo de Seguridad no autorizó el ataque. Irán no atacó a Israel ni a Estados Unidos.
A pesar de las variadas y contradictorias afirmaciones en sentido contrario de la administración Trump, no hay pruebas de que Irán representara una amenaza inminente que pudiera fundamentar una afirmación de legítima defensa.
El 18 de marzo 2026, el Director del Centro Nacional de Contra-Terrorismo de los Estados Unidos, Joe Kent, renunció a su cargo declarando: “Mi consciencia no me permite apoyar la guerra contra Irán. Irán no representa una amenaza a nuestra nación. Está claro que esta guerra de agresión se debe a la presión de Israel y a su poderoso lobby en Estados Unidos”
Kent es un veterano de las Fuerzas Especiales del Ejército norteamericano con múltiples despliegues en la guerra de agresión contra Irak. También sirvió como oficial paramilitar contra el terrorismo en la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Varios militares de alto rango en el ejército de Estados Unidos han criticado o se han negado a participar en lo que consideran constituye una guerra ilegal, violatoria del derecho internacional y de leyes norteamericanas. El General John Kelly afirma “Trump es una persona profundamente deshonesta… un fascista”. General Mark Milley: “Trump es la persona más peligrosa en Estados Unidos”. General H.R. McMaster: “Trump ha demostrado no estar apto para desempeñar el cargo de presidente”. General Michael Flynn: “Trump es una amenaza a nuestra constitución”. Coronel de 4 estrellas William McRaven, refiriéndose a Donald Trump: “Usted nos ha avergonzado ante los ojos de nuestros hijos, nos ha humillado ante el mundo, y peor aún, nos ha dividido como nación”
Donald Trump destituyó al Jefe del Estado Mayor del ejército de Estados Unidos y 12 generales por negarse a bombardear objetivos civiles en Irán y por negarse a dirigir una invasión terrestre para tratar de abrir el estrecho de Ormuz. Una hora después de su renuncia, el general Randy George, Jefe del Estado Mayor, declaró: “Un loco conducirá al gran ejército de Estados Unidos a la ruina”
Expertos en derecho internacional han concluido que las acciones de Israel y Estados Unidos violan la Carta de la ONU, incluidos el Presidente de la Sociedad Americana de Derecho Internacional y el Presidente de la Rama Americana de la Asociación de Derecho Internacional. El secretario general de la ONU, António Guterres, también condenó los ataques por violar la carta de la ONU y socavar la paz y la seguridad internacional.
Violaciones del derecho internacional humanitario: Las leyes de los conflictos armados limitan las hostilidades de las partes en conflicto. Estas normas fundamentales han sido violadas, incluyendo ataques contra objetos civiles, como el asesinato de líderes políticos sin función militar, infraestructuras petrolíferas y gasísticas y plantas de desalinización de agua. El 19 de marzo, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, condenó los ataques a infraestructuras energéticas, señalando sus “impactos desastrosos» para la población civil.
La Media Luna Roja iraní informa que «se han atacado 67.414 emplazamientos civiles, de los cuales 498 son escuelas y 236 centros de salud»
Un informe de las principales organizaciones de la sociedad civil encontró que al menos 1.443 civiles iraníes, incluidos 217 niños, fueron asesinados por fuerzas estadounidenses e israelíes entre el 28 de febrero y el 23 de marzo.
El primer día de los ataques, el 28 de febrero, la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en Minab, Irán, fue atacada con misiles, causando la muerte de al menos 175 personas, en su mayoría niñas. El edificio se utilizó como escuela durante más de una década. El presidente Trump negó su responsabilidad, afirmando falsamente que «fue hecho por Irán.» Sin embargo, una investigación preliminar del Departamento de Defensa determinó que fue Estados Unidos quien llevó a cabo el ataque y que el objetivo se basaba en inteligencia desactualizada. El ataque violó el derecho internacional humanitario y se considera un crimen de guerra. El ataque es uno de los más viles y mortíferos del ejército estadounidense contra civiles en las últimas décadas.
Irán también condenó el bárbaro ataque de Estados Unidos e Israel contra la Universidad Sharif en Teherán el 6 de abril de 2026 y el bombardeo del centenario Instituto Pasteur en Teherán, centro de excelencia biomédica, destruyendo sus laboratorios de virología, bacteriología y parasitología.
Es alarmante la retórica de funcionarios gubernamentales norteamericanos durante la guerra. El 13 de marzo 2026 el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, declaró: «Seguiremos avanzando, sin cuartel ni piedad para nuestros enemigos«
En el derecho internacional está explícitamente prohibido declarar que no se dará cuartel, una prohibición que también se establece en el manual de derecho de la guerra del Departamento de Guerra de Estados Unidos. La declaración de Hegseth viola el derecho internacional humanitario, así como el estatuto estadounidense de crímenes de guerra 18 U.S.C. 2441. Ordenar o amenazar con ataques sin cuartel es un crimen de guerra.
Abbas Araghchi, Ministro de Relaciones Exteriores de Irán, respondió: “Cuando el Secretario de Guerra de Estados Unidos declara guerra sin cuartel, no proyecta fortaleza. Deja al descubierto su bancarrota moral y su ignorancia de la legislación internacional sobre conflictos armados. Le sugerimos que revise la Convención de La Haya y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, a no ser que aspire unirse a Netanyahu como un criminal de guerra”
La declaración de «ataques sin cuartel» del Secretario de Guerra Hegseth se suma a declaraciones anteriores, incluyendo el 25 de septiembre de 2025 y el 2 de marzo de 2026, cuando afirmó que Estados Unidos no lucha bajo «estúpidas reglas internacionales de enfrentamiento» El 8 de enero de 2026, el presidente Trump declaró que «no necesito el derecho internacional.» El 13 de marzo, declaró que Estados Unidos podría realizar ataques contra Irán «solo por diversión».
El presidente Trump amenazó el 13 de marzo de 2026: «Podría eliminar cosas en la próxima hora, centrales eléctricas que generan la electricidad, que generan el agua… Podríamos hacer cosas tan malas que literalmente nunca podrían reconstruirse como nación.«
El derecho internacional prohíbe ataques contra objetivos indispensables para la supervivencia de la población civil. Los ataques señalados por Trump son crímenes de guerra.
El 21 de marzo 2026 el presidente Trump amenazó nuevamente con «aniquilar» las centrales eléctricas en Irán. El embajador de EE.UU. ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, defendió los ataques a las centrales eléctricas al día siguiente y también dijo que atacar centrales nucleares no estaba descartado. El derecho internacional prohíbe expresamente atacar infraestructura energética civil. Si una central eléctrica tiene tanto fines civiles como militares (de doble uso), puede considerarse un objetivo militar cuando realiza «una contribución efectiva a la acción militar» y el ataque «ofrece una ventaja militar definitiva«. Sin embargo, cualquier ataque debe respetar los principios de proporcionalidad y precaución. El principio de proporcionalidad prohíbe ataques que causen daños excesivos a civiles en relación con la ventaja militar.
Los ataques a centrales nucleares, incluso si tienen un propósito militar, requieren especial cuidado debido al alto riesgo de liberar radiación y material radiactivo y, en consecuencia, graves daños a la población civil. Un ataque de este tipo podría perjudicar la salud y seguridad de millones de civiles.
El 23 de marzo de 2026, la presidenta del CICR, Mirjana Spoljaric Egger, expresó su profunda preocupación, señalando: «la guerra contra infraestructuras esenciales es una guerra contra los civiles«
El 7 de abril 2026, el presidente Trump amenazó con destruir a toda una civilización, la Persa: “Toda una civilización morirá esta noche”. Amenazó así con cometer uno de los más atroces crímenes internacionales: el genocidio masivo de una población indefensa. Un crimen de guerra claramente identificado y condenado en el derecho internacional. La total impunidad con la que lanzó esta amenaza es un claro síntoma de la decadencia enquistada en el gobierno de Estados Unidos.
Desde el inicio de la segunda administración Trump, el Departamento de Guerra bajo el secretario Hegseth ha debilitado deliberada y sistemáticamente las protecciones destinadas a garantizar el cumplimiento del derecho internacional humanitario. Esto incluye destituir a abogados militares de alto rango sin citar públicamente mala conducta, y reemplazar a abogados del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, socavando directamente la supervisión legal de las operaciones de combate. También ha abolido los «equipos ambientales y civiles» y otros mecanismos diseñados específicamente para limitar los daños a civiles durante las operaciones.
La Estrategia de Defensa Nacional 2026 omite por completo las referencias a la protección civil y al derecho internacional. Estos cambios son especialmente preocupantes a la luz de los comentarios del Secretario de Guerra, Pete Hegsethm, de que las reglas internacionales de enfrentamiento interfieren con «luchar por ganar».
Las declaraciones públicas de altos funcionarios de Estados Unidos son una alarmante falta de respeto por las normas del derecho internacional humanitario, aceptadas por los todos los estados miembros de la Organización de Naciones Unidas y que protegen tanto a civiles como a miembros de las fuerzas armadas.
Estados Unidos ha reconocido que todos los países deben promover el derecho internacional humanitario. Lo que no parece estar clara es su determinación a cumplir con ese principio.
El Coronel Douglas MacGregor, Asesor al Secretario de Defensa de Estados Unidos 2020-2021, en entrevista del 01 04 2026 declaró: “La guerra con Irán está perdida. Una catástrofe estratégica. El verdadero objetivo era tomar control del petróleo y el gas de Irán y destruir la alianza Rusia-Irán-China. Irán dispone de la iniciativa estratégica. Tropas en el terreno es una misión suicida. El comercio por el estrecho de Ormuz ha caído en un 95%. Trump no acepta la verdad, tratando de evitar humillación pública en Estados Unidos y a escala mundial. Está en un tren al infierno y no puede bajarse”
JC-Centeno@Outlook.com
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
El imperialismo estadounidense entra en una nueva etapa
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Los sectores de izquierda deben examinar esta situación
El imperialismo estadounidense entra en una nueva etapa
Por Steve Ellner | 25/04/2026 | EE.UU.
Fuentes: CounterPunch - Rebelión / Imagen: Edgar Serrano
La retórica y las acciones de Donald Trump contra Irán, Venezuela y Cuba en el último año tienen pocos precedentes en la historia contemporánea. Deben interpretarse como la señal de una nueva etapa. En ese sentido, exigen una reevaluación del análisis y de la estrategia por parte de la Izquierda.
La reiterada amenaza de Donald Trump de bombardear a Irán “hasta devolverlo a la Edad de Piedra, donde pertenece” no tiene equivalente en la retórica de incluso los jefes de Estado más notorios y brutales del pasado reciente. La decapitación de toda la dirigencia de un país para forzar su rendición total, como han hecho Washington y Tel Aviv en Irán, constituye asimismo una novedad en la estrategia bélica. El secuestro del presidente de Venezuela y de su esposa, la diputada Cilia Flores, como primer paso en un intento de establecer una relación colonial mediante el control absoluto de la principal fuente de ingresos del país —el petróleo— representa un retorno a prácticas propias del imperialismo de siglos pasados.
Estos son ejemplos de “hiperimperialismo”, un concepto teorizado por Samir Amin para describir a Estados Unidos “como la única superpotencia capitalista”. Más recientemente, el Tricontinental: Institute for Social Research ha señalado que el hiperimperialismo estadounidense persiste a pesar de una marcada erosión de su poder económico y, aunque en menor medida, financiero. Su supremacía militar no solo es inigualada, sino que se ve complementada por formas de guerra híbrida, en particular las “hipersanciones” y el uso de la guerra jurídica (“lawfare”).
Lo que debe añadirse al concepto de hiperimperialismo —en particular en la versión que encarna Donald Trump— es su carácter sui generis. Para encontrar un paralelo al tipo de hegemonía que hoy ejerce Estados Unidos —marcada por el uso persistente e indiscriminado de la fuerza y la amenaza de recurrir a ella— habría que remontarse al imperio romano o incluso a épocas anteriores.
Una de las innovaciones de Trump radica en el empleo del aparato militar para reforzar el sistema de sanciones económicas: ejemplos de ello son la interdicción de buques petroleros, la “cuarentena” del petróleo cubano y la guerra a gran escala contra Irán.
La política exterior del segundo mandato de Donald Trump dista de representar una ruptura total con el pasado. Las bases fueron sentadas por administraciones previas, tanto de los Demócratas como los Republicanas. Sin embargo, sus acciones obligan a la Izquierda no solo a reformular sus estrategias, sino también a reconsiderar evaluaciones y análisis previos sobre las naciones del Sur sometidas a formas extremas de agresión imperialista.
La resistencia frente a la ofensiva de Estados Unidos debe adquirir un peso mayor al momento de evaluar a los gobiernos. Asimismo, la desesperación y el agotamiento populares, que erosionan el fervor revolucionario y distancian a amplios sectores de la población de esos mismos gobiernos, deben comprenderse a la luz del trauma cotidiano que padecen como resultado directo de las acciones imperialistas.
Lo que el hiperimperialismo de Trump nos revela
El punto de partida es reconocer que, desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Irán, Venezuela y Cuba se encuentran en un estado de guerra de facto, lo que representa una escalada de las múltiples formas de hostilidad y agresión de años anteriores. Este hecho es clave para evaluar a los tres gobiernos.
Si bien el compromiso de la Izquierda con la democracia debe mantenerse incuestionable e inquebrantable, en estos casos la responsabilidad principal por las perspectivas inciertas de la democracia recae en el asedio impuesto por las potencias imperialistas. Como señaló uno de los fundadores de la democracia estadounidense y su cuarta presidente, James Madison: “De todos los enemigos de la libertad pública, la guerra es quizás el más temible”.
El cerco impuesto por el hiperimperialismo sobre Irán, Cuba y Venezuela pone en evidencia rasgos centrales del imperialismo que se remontan en el tiempo: en primer lugar, Washington ha perfeccionado el régimen de sanciones hasta convertirlo en una herramienta de enorme poder, capaz en ocasiones de infligir daños comparables a los de una intervención armada; en segundo lugar, el imperialismo constituye el principal motor de los acuciantes problemas económicos que enfrentan estas tres naciones; en tercer lugar, las justificaciones esgrimidas para las acciones emprendidas contra ellas no resisten un análisis riguroso; y, en cuarto lugar, la brutalidad del sistema de sanciones pone de relieve la necesidad de su eliminación total.
La discusión que sigue examina estos puntos.
La respuesta de Teherán a la Operación Furia Épica pone de relieve el impacto devastador de las sanciones. Los líderes del país han dejado claro que el levantamiento de estas —así como “garantías internacionales de no injerencia de Estados Unidos” en sus asuntos internos— constituye una condición innegociable para poner fin al actual conflicto. En otras palabras, la dirigencia iraní sitúa la destrucción provocada por las sanciones en un plano comparable al de los bombardeos.
En el caso de Venezuela, los acontecimientos que precedieron al secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3 de enero de 2026 ponen de manifiesto la maquinaria de gran alcance y altamente coordinada que sustenta el régimen de sanciones. El seguimiento por parte de la segunda administración de Trump de la llamada “flota fantasma”, que transportaba el petróleo venezolano sancionado —así como la interdicción de varios de esos buques— subraya hasta qué punto Washington ha perfeccionado los mecanismos de aplicación de las sanciones desde los primeros años de la Revolución cubana.
La primera administración de Donald Trump fue pionera en promover la “sobrecumplimiento” (overcompliance), mediante la cual el monitoreo ampliamente publicitado de Washington buscaba garantizar que empresas e instituciones financieras de todo el mundo evitaran cualquier transacción con Venezuela, incluso aquellas no específicamente contempladas por el régimen de sanciones. El objetivo era imponer un verdadero bloqueo. Mike Pompeo y Elliott Abrams encabezaron una campaña —apoyándose en el FBI, el Departamento del Tesoro, las embajadas estadounidenses y la comunidad de inteligencia— para investigar las operaciones de empresas a nivel global con Venezuela, en lo que equivalía a un claro mensaje disuasorio dirigido al mundo empresarial. Incluso firmas que participaban en esquemas de intercambio de petróleo por alimentos, no prohibidos por el régimen sancionatorio, fueron advertidas de que corrían riesgos. A las empresas bajo investigación, asimismo, se les indicó que las sanciones podrían suspenderse si cesaban por completo sus vínculos con Venezuela.
Una mirada retrospectiva a la implementación de las sanciones durante la primera administración de Donald Trump y a su impacto devastador refuerza el argumento de que ese instrumento de política exterior ha sido tan perjudicial que debe ser desmantelado de manera incondicional y en su totalidad.
Esta opinión contrasta con la de sectores liberales como la Washington Office on Latin America (WOLA), que si bien criticaron las sanciones contra Venezuela, abogaron por utilizar “negociaciones para flexibilizar las sanciones financieras y petroleras” como mecanismo de presión para obtener concesiones. De hecho, los centros de poder en Washington también favorecieron el alivio de las sanciones como herramienta de negociación, con el fin de presionar al gobierno de Maduro para que implementara reformas orientadas al mercado en beneficio del capital estadounidense.
Una comprensión cabal de la magnitud y la severidad de la “guerra” de Washington contra Venezuela socava la tesis sostenida por algunos sectores de la Izquierda, según la cual las sanciones no serían más responsables de los graves problemas del país que la mala gestión gubernamental. Una posición aún más dura dentro de la Izquierda sostiene que las sanciones “no explican las causas estructurales del colapso social que hemos vivido”.
Asimismo, la remoción forzosa de Maduro y Flores pone de relieve que Washington estaba decidido a desmantelar un gobierno cuyo ejemplo y cuyas políticas contravenían los intereses de Estados Unidos. Antes del secuestro del 3 de enero, algunos sectores de la Izquierda en Venezuela y en otros lugares negaban que Washington buscara sacar a Maduro del poder, convencidos de que este ya se había entregado. Sin embargo, se equivocaban en la medida en que Washington claramente quería su salida.
Pedro Eusse, dirigente destacado del Partido Comunista de Venezuela (PCV), organización que rompió con el gobierno de Maduro en 2020, escribió en julio de 2025: “Todo indica que la verdadera intención de la política de agresión de Estados Unidos y sus aliados contra el gobierno venezolano no ha sido su derrocamiento, sino su subordinación”.
En el caso de Cuba, las medidas extremas de la segunda administración Trump contra el país también ponen de evidencia la crueldad y la eficacia del sistema de sanciones. La cuarentena impuesta por Trump —respaldada por la Marina— sobre los envíos de petróleo constituye un hecho inédito desde la Crisis de los Misiles de octubre de 1962. El resultado ha sido apagones recurrentes de 16 horas que han interrumpido el suministro de agua, el funcionamiento de los hospitales, la producción y transporte de alimentos y la recolección de basura.
En efecto, la cuarentena subraya la dependencia de Cuba del petróleo venezolano y la solidaridad recíproca que dio lugar al intercambio de combustible por personal médico cubano. Esto representa un punto a favor para Maduro. El programa desmiente la afirmación de algunos sectores de la Izquierda de que la política exterior de Maduro, en palabras del PCV, nunca pasó de una “retórica antiimperialista” carente de contenido.
La narrativa elaborada en Washington sobre Cuba —y la reacción que suscita tanto en los medios dominantes como en la Izquierda— resulta llamativa. A diferencia de la demonización dirigida contra Venezuela e Irán, la condena de Washington hacia la isla ha sido relativamente vacía y ha tenido escasa resonancia en los grandes medios y en los círculos progresistas. La campaña de demonización contra Cuba —impulsada por un anticomunismo de extremo — permanece en gran medida confinada a la ultraderecha, con su epicentro en Miami.
La retórica oficial actual contrasta con el lenguaje empleado en 1982, cuando el Departamento de Estado designó a Cuba como Estado patrocinador del terrorismo, alegando “su prolongada historia de brindar asesoría, refugio, comunicaciones, entrenamiento y apoyo financiero a grupos guerrilleros y a terroristas individuales”. Hoy, en cambio, la justificación de la administración Trump para mantener esa misma designación se centra en que el gobierno cubano ofrece “refugio seguro a terroristas” y se niega a extraditarlos.
Por más infundado que sea el caso de “narcoterrorismo” contra Maduro, lo cierto es que ofrecía una justificación que, sin duda, resonó al menos en un sector de la opinión pública. Compárese eso con la línea de Marco Rubio sobre Cuba, que niega de plano los efectos catastróficos de la cuarentena petrolera. Rubio sostiene que “no hemos hecho nada punitivo contra el régimen cubano” y añade que los apagones “no tienen nada que ver con nosotros”.
En cambio, responsabiliza al liderazgo cubano alegando que “quieren controlarlo todo”. Un caso clásico de culpabilización de la víctima, pero con escasa capacidad de persuasión. Una encuesta de YouGov realizada en marzo encontró que solo el 28% de los adultos en Estados Unidos respalda el bloqueo de envíos de petróleo a Cuba, frente a un 46 % que se opone.
Además, la afirmación de Marco Rubio de que la única novedad es que Cuba “ya no recibe petróleo venezolano gratuito” es manifiestamente falaz. Rubio sabe perfectamente que Venezuela ha mantenido un esquema de intercambio con Cuba que involucra a sus Brigadas Médicas Internacionales, las cuales sostienen una presencia significativa en Venezuela y en otros países. Precisamente por ello, Rubio ha desplegado una ofensiva para sabotear el programa, lamentablemente con cierto grado de éxito.
Si la cuarentena petrolera demuestra algo, es que las penurias que enfrenta el pueblo cubano tienen su origen en la guerra de Washington contra Cuba, que ya se prolonga por 65 años. Las críticas a las políticas del gobierno cubano —o incluso al socialismo en sí— ocupan, en comparación, un distante segundo plano.
El desastre de Trump II exige una lectura rigurosa
La ofensiva de hostigamiento de Trump en el exterior ha alimentado una creciente oposición al intervencionismo e incluso ha contribuido a fomentar sentimientos antiimperialistas dentro de Estados Unidos. Apenas una semana después del inicio de los bombardeos contra Irán en 2026, el 53 por ciento de la población estadounidense se oponía a los ataques, en marcado contraste con la participación militar de Estados Unidos en Vietnam, la Guerra del Golfo, Afganistán e Irak, que en sus comienzos contaron con un amplio respaldo mayoritario. Resulta revelador que el exeditor de The New Republic haya calificado la guerra estadounidense contra Irán de imperialista. En un artículo de opinión publicado en The New York Times, Peter Beinart escribió: “La visión de política exterior de Donald Trump es el imperialismo”.
Una lección de los acontecimientos recientes resulta particularmente relevante para la Izquierda: la demonización de los jefes de Estado constituye una condición sine qua non para la intervención militar. En los casos de Irán y Venezuela, ese proceso de descrédito combina algunos elementos de hecho con una alta dosis de desinformación.
En el caso de Maduro, la campaña de satanización —que se remonta a poco después de su llegada al poder en 2013— alcanzó nuevos niveles tras las controvertidas elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, que la oposición calificó de fraudulentas. A partir de entonces, los grandes medios corporativos comenzaron a etiquetar sistemáticamente a Maduro como “autócrata” y “dictador”.
Seis meses más tarde, con Trump ya en la Casa Blanca, la campaña de demonización se intensificó aún más. En efecto, la caracterización de Maduro como “narcoterrorista” se convirtió en un preludio indispensable para los bombardeos de embarcaciones en el Caribe y los posteriores secuestros, pese a las dudas expresadas por algunos de los grandes medios de comunicación sobre la veracidad de la afirmación.
La conclusión es clara: la Izquierda debe diferenciar entre la crítica y la demonización, y reconocer las posibles consecuencias nefastas de esta última.
La demonización del líder supremo Alí Jamenei y de su círculo más cercano también sentó las bases para acciones imperialistas; pero, por supuesto, su gobierno no podía ubicarse en la misma categoría que los de Cuba y Venezuela. El régimen iraní es teocrático, no de izquierda, y defiende activamente valores patriarcales. Asimismo, el nivel de represión letal desatado durante las protestas de Mujer, Vida, Libertad en 2022, y en las manifestaciones que estallaron a partir de finales del año pasado, no tiene parangón en Venezuela y Cuba.
No obstante, el cerco asfixiante impuesto por Estados Unidos sobre Irán hace altamente improbable una vía pacífica hacia la democratización. Asimismo, como en Venezuela y Cuba, las sanciones severas han favorecido la expansión de economías en la sombra, redes clientelares y prácticas fraudulentas, una dinámica ampliamente documentada en numerosos estudios sobre regímenes de sanciones a nivel mundial.
Eskandar Sadeghi-Boroujerdi, un prolífico académico especializado en Irán y fuertemente crítico del gobierno, declaró a Jacobin: “Si bien la República Islámica es paranoica, también se encuentra claramente asediada por todos los frentes”. Asimismo, subrayó la relación intrínseca entre las sanciones y los problemas más acuciantes del país: “Las sanciones y las debilidades estructurales de la economía iraní se retroalimentan: existe entre ellas una relación simbiótica”.
En síntesis, toda lectura rigurosa de Irán debe situar en primer plano el papel de las sanciones, un enfoque que inevitablemente modera la tendencia a retratar a su dirigencia en términos demonizadores.
Las lecciones del 28 de julio de 2024
El tema de la veracidad de los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024 en Venezuela requiere ser replanteado. Esos comicios difícilmente podían considerarse democráticos, independientemente de las cifras oficiales anunciadas, dado que el electorado venezolano votó bajo una presión determinante: reelegir a Nicolás Maduro implicaba la continuidad de las sanciones, mientras que la victoria de un candidato opositor abría la puerta a su levantamiento inmediato.
La abrumadora mayoría de los venezolanos tenía plena conciencia de lo que estaba en juego. Luis Vicente León —el principal encuestador del país y, además, miembro de la oposición— informó que el 92 por ciento de la población consideraba que las sanciones afectaban negativamente a la economía, y la mayoría calificaba ese impacto como “muy negativo”. (El sondeo desmiente la reiterada afirmación del Departamento de Estado de EE. UU de que las sanciones solo perjudican a funcionarios gubernamentales.)
Un escenario similar se produjo en las elecciones presidenciales nicaragüenses de 1990, cuando la candidata opositora Violeta Chamorro derrotó sorpresivamente al sandinismo en medio de una devastadora guerra civil promovida por Estados Unidos. Pero existía una diferencia fundamental. Lejos de demonizar a los sandinistas, Chamorro apostó por una transición basada en la cogobernabilidad y la negociación, orientada a la reconciliación nacional y al desmantelamiento del conflicto armado.
En contraste, durante más de una década previa a las elecciones del 28 de julio, la principal figura de la oposición venezolana, María Corina Machado, descartó cualquier negociación con quienes, según ella, habían violado los derechos humanos. Nunca dejó de repetir consignas como “no a la impunidad”, “no a la amnistía” y “no hay acuerdos con criminales”, a menudo con referencias explícitas a los chavistas y al propio Maduro. Maduro y sus seguidores tenían razones de sobra para temer un escenario de represalias y represión similar al que la oposición intentó imponer durante el fallido golpe de Estado de abril de 2002 contra el gobierno chavista. Incluso el encuestador opositor León reconoció que ese temor no carecía de fundamento.
Marta Harnecker, la reconocida teórica de Izquierda, sostuvo que el sandinismo cometió un error al celebrar las elecciones de 1990 en medio de la violencia y el sabotaje promovidos por Estados Unidos. Harnecker calificó la decisión de convocar comicios “en un terreno moldeado por la contrarrevolución” como un “error estratégico”.
Una reevaluación y reinterpretación de las elecciones del 28 de julio resulta esclarecedora. Los chavistas más firmes aceptan los resultados oficiales, que dieron como ganador a Maduro con cerca del 52 por ciento de los votos. La oposición, por su parte, rechaza esa afirmación. Existe una tercera posición, defendida por partidarios de Maduro que, no obstante, expresan escepticismo y señalan que, debido a un ataque masivo de hackeo proveniente del exterior, podría ser imposible conocer con certeza el conteo real.
El debate en torno a la veracidad de los resultados oficiales del 28 de julio elude la cuestión fundamental de si las elecciones debieron haberse celebrado en primer lugar. De hecho, la idea de condicionar los comicios al levantami
sábado, 25 de abril de 2026
Irán no negociará con EEUU bajo presión, afirma Pezeshkian
- Sputnik Mundo,
Irán no negociará con EEUU bajo presión, afirma Pezeshkian
Teherán no pretende dialogar con Washington si hay amenazas o bloqueo del estrecho de Ormuz, aseguró el mandatario iraní, Masoud Pezeshkian en una charla telefónica con su par de Pakistán, Shehbaz Sharif, según 'Press TV'.
El líder del país persa también expresó que, para reanudar el diálogo, recomienda a EEUU que elimine todos los obstáculos, incluyendo las acciones navales.
Más temprano, el mandatario estadounidense, Donald Trump, canceló el viaje que realizarían su enviado especial, Steve Witkoff, y su yerno, Jared Kushner, a Pakistán, donde participarían en una nueva ronda de negociaciones con Irán, en medio de la escalada de tensiones en Oriente Medio.
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