viernes, 11 de septiembre de 2026

Israel, Estado medieval con tecnología punta

Avanzada Recomiendo: 4 Israel, Estado medieval con tecnología punta Por Pedro López López | 11/09/2026 | Opinión Fuentes: Rebelión Publicado en nuevatribuna.es, 9 de septiembre de 2026 Si algo impresiona, entre otras cosas, de la Edad Media, es la crueldad en la guerra y en la tortura. Junto a ella, la humillación; había que destruir a la persona fisica y psicológicamente, asegurarse de que no pudiera levantar cabeza después de pasar por el infierno de la tortura y de los tratos degradantes. Hay muchos museos dedicados a las prisiones y a las torturas, dos elementos inevitablemente asociados. Entre las muestras de estos museos, destacan las torturas que practicaba la Inquisición para obtener de los torturados y torturadas el acatamiento ante las declaraciones que les preparaban. Estando la Iglesia de por medio, gran parte de estos episodios tenían que ver con mujeres que se salían del patrón conductual de una sociedad ridículamente devota y que eran acusadas de tener contactos con el demonio, ese fantasma creado por la religión para asegurar el sometimiento de la plebe. Es cierto que la Edad Media lleva esa estigma, siendo igualmente cierto que la tortura ha estado en todas las épocas de la historia, rivalizando entre ellas en términos de crueldad. Pero ciertos iconos históricos han quedado en este asunto, como la Inquisición, el nazismo, el franquismo, Camboya y sus jemeres rojos o la Argentina de Videla y el Chile de Pinochet[i] La civilización no suprime la barbarie, sino que la perfecciona, dijo Voltaire. Y aquí entra un país extraordinariamente avanzado en la tecnología relacionada con la guerra y la represión, el espionaje, técnicas de lucha especialmente salvajes como el Krav Maga, prácticas genocidas… en fin, todo lo relacionado con la destrucción del presunto enemigo, un concepto extraordinariamente elástico. Este país es Israel, y una noticia reciente nos ilustra al respecto, noticia que ya saltó hace unos meses, pero que ha estado en barbecho a la espera de que un tribunal israelí resolviera una denuncia. La “revolucionaria” idea consiste en poner un foso con cocodrilos rodeando una cárcel situada en medio del desierto de Néguev, donde se ubica la cárcel de Ketziot, la más grande del país, ya que, según el ministro ultra Itamar Ben Gvir, “los terroristas de Nujba –un grupo de Hamás- tienen mucho miedo de los cocodrilos”. Por lo visto, los demás no tenemos miedo de los cocodrilos y no tendría ningún efecto que tropezáramos con ellos en medio del agua. En los años cincuenta-sesenta del pasado siglo la psicología social vivió en Estados Unidos un gran desarrollo debido a la cantidad de científicos exiliados de Europa que llegó a este país. En aquellos años la gran pregunta después del nazismo era cómo se podía llegar al nivel de crueldad de los nazis con los prisioneros. Asunto avivado por el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann en 1961. Dos experimentos marcaron bastante esos años: el experimento de la obediencia a la autoridad y el experimento de la prisión de Stanford. Los dos fueron llevados a cabo por psicólogos estadounidenses. En el primero, Stanley Milgram (1983-1984) diseñó en 1961 una situación en la que los sujetos que intervinieron creían estar participando en un experimento sobre memoria, cuando en realidad participaban en un experimento destinado a observar hasta dónde podría llegar la crueldad de un sujeto que hacía unas preguntas y cada error del sujeto que respondía debía ser castigado con una descarga eléctrica, suave en el primer error y subiendo el voltaje a medida que se cometían más errores, hasta llegar a un nivel peligroso; en realidad, no se aplicaban descargas, pero el sujeto que creía administrarlas no lo sabía. De lo que se trataba era de saber hasta dónde podía seguir infligiendo dolor a un prójimo el sujeto engañado, al que se le había asegurado que si decidía interrumpir su participación no se le retiraría el dinero que cobraba por participar. En el segundo experimento, a cargo de Philip Zimbardo (1933-2024) y realizado en 1971, se trataba de crear una situación social simulando las condiciones de una cárcel y dividiendo a una clase de alumnos de psicología en funcionarios de prisiones y presos. La situación llevó a diversas formas de maltrato (maltrato verbal, torturas, humillaciones…) sobre personas en situación de encarcelamiento. Se trataba de observar cómo los supuestos funcionarios se metían en el papel y maltrataban a sus compañeros cada vez más. Hubo que cancelar el experimento días antes de lo que estaba previsto. Ambos casos tuvieron una segunda parte interesante décadas después. Philip Zimbardo publicó en 2007 El efecto Lucifer: entender cómo la gente buena se vuelve malvada. Lo escribió tras la guerra de Iraq, centrándose en cómo soldados “normales” torturaban a los presos. En el libro recordaba el experimento de 1971 y lo comparaba con las torturas en la cárcel de Abu Graib, destacando que esos comportamientos se debían al contexto estimular. Milgram murió en 1984 relativamente joven, con cincuenta y un años. No obstante, su experimento generó mucho interés y se replicó en una situación distinta en 2009 (un concurso de televisión en vez de un supuesto equipo científico) con otro experimento llevado a cabo en Francia por un equipo de científicos franco-suizo. El experimento está en youtube y el falso concurso junto con el documental resultante llevó como título El juego de la muerte. Tanto el libro de Zimbardo como el experimento de Milgram adaptado casi medio siglo después incluyen profundas reflexiones relacionadas referentes al grado de crueldad que puede desarrollar, ¡atención!, cualquier ser humano si se dan las condiciones “adecuadas”, en las que interviene el contexto y la presión social. Esto no es algo inevitable, sino que la sociedad y las autoridades deben conocerlo y activar herramientas educativas y de socialización. Hace un par de décadas tuvimos durante el gobierno Zapatero un agrio debate político al calor de una ley educativa que incorporaba un área para la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, una buena herramienta para combatir precisamente los prejuicios, los estereotipos y el odio resultante de ellos, que llevan a la polarización que vive no solo nuestro país, sino gran parte del planeta en los últimos años, una ola que va en ascenso. No sé qué modelo educativo hay en Israel, aunque algo me puedo suponer, ya que el país está integrado en nuestra civilización occidental y en una ola mundial que centra la educación en valores técnicos y de competitividad por encima de cualquier consideración ética o social que pueda frenar una carrera competitiva que pasa por encima de cualquier valor no ya social, sino simplemente humano. Esta carrera salvaje impulsada, según se nos cuenta, por el mercado, incluye prácticas bárbaras contra las poblaciones (deterioro ambiental, envenenamiento de aire, mar y tierra, accidentes laborales, impacto en la salud de los trabajadores, desplazamiento de poblaciones por la ocupación de terrenos ambicionados por multinacionales, etc.). Quizás si el foco se pusiera en el respeto a los seres humanos, el reconocimiento de sus derechos, la imposición de reglas internacionales debatidas y consensuadas por todos los países, la prohibición de guerras para resolver conflictos, etc., podríamos recuperar algo del optimismo que hemos podido tener hace unas décadas y que ha desaparecido en nuestras narices. Mientras siga la ley del más fuerte, con capacidad para arrollar a la comunidad internacional este escenario no puede calificarse más que de salvaje, por mucha tecnología que se le ponga. Israel y su guardaespaldas, Estados Unidos, son el ejemplo palpable. [i] Por cierto, un libro interesantísimo no muy conocido, es Calle Londres 38, del extraordinario jurista británico Philippe Sands; sin serlo, se lee como una novela. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

EEUU insta a la OTAN a "desmantelar" la CPI, informan medios

Mundo Sputnik EEUU insta a la OTAN a "desmantelar" la CPI, informan medios Washington, que de facto es el líder de la OTAN, instó a sus aliados de la organización a llevar a cabo un "desmantelamiento sistemático" de la Corte Penal Internacional (CPI), informan los medios occidentales. Según explican, esta institución jurídica vulnera la soberanía de Estados Unidos. "EEUU intentó involucrar a sus aliados de la OTAN en una campaña para 'desmantelar sistemáticamente' la Corte Penal Internacional, lo que agravó aún más las ya tensas relaciones transatlánticas", escribe la prensa. En particular, Washington instó a condenar públicamente las acciones de la CPI, así como a poner fin a cualquier tipo de apoyo material a la organización. Además, durante una reunión a puerta cerrada de los embajadores de la OTAN, celebrada en Bruselas en julio, el enviado de EEUU, Matthew Whitaker, también pidió a los aliados que abandonaran el Estatuto de Roma —el documento fundacional de la CPI—, según tres diplomáticos que solicitaron permanecer en el anonimato, citados por los medios. Asimismo, instó a cada uno de los embajadores a reflexionar sobre la amenaza que representa la Corte Penal Internacional para la soberanía de cada uno de los países miembros. La presión de EEUU sobre sus aliados de la OTAN llega en un momento ya de por sí tenso para el bloque militar, subrayan los medios. Esto se debe, entre otros factores, a las diferencias de opinión sobre el conflicto entre EEUU e Irán, las tensiones en torno a la cuestión de la soberanía de Groenlandia planteada por la Administración Trump y el financiamiento de la alianza.

Por fin el mundo tiene los ojos puestos en Palestina

Recomiendo: Por fin el mundo tiene los ojos puestos en Palestina ¿Quién tiene derecho a contar la historia de Palestina? Por VVAA | 09/09/2026 | Palestina y Oriente Próximo Fuentes: Voces del Mundo [Foto: apoyo a Palestina en la inauguración del Mundial de Fútbol en Ciudad de México el 11 de junio de 2026 (Carlos Tischler/Eyepix Group vía Reuters)] Palestina no se clasificó para el Mundial de fútbol de este verano. Pero tampoco hacía falta. Los activistas inauguraron el torneo formando una bandera palestina humana en Ciudad de México, y en el partido entre Egipto e Irán, disputado en Seattle, ondeaban banderas palestinas detrás de las porterías mientras se coreaban consignas en apoyo a Gaza. Cuando Bosnia y Herzegovina, una nación que sobrevivió a su propio genocidio, alcanzó las eliminatorias, sus seguidores llenaron los estadios con coros de «Palestina libre» en apoyo a un pueblo que sufre otro. Palestina no tenía equipo sobre el terreno de juego, pero se convirtió en una de las presencias más destacadas del torneo. En los últimos tres años, la bandera palestina se ha erigido no solo como símbolo de denuncia del genocidio israelí, sino como un gesto global contra la victimización, la injusticia y la opresión colonial. El torneo concluyó en julio, con Palestina como su verdadera ganadora. Esa visibilidad conlleva ahora una cierta responsabilidad. El mes de septiembre del pasado año, una comisión de investigación de la ONU concluía que Israel está perpetrando un genocidio en Gaza, donde el Ministerio de Sanidad ha registrado más de 73.000 muertos, de los cuales aproximadamente la mitad son mujeres y niños. Unas 2.700 familias han desaparecido del registro civil. El máximo tribunal del mundo está examinando una demanda por genocidio presentada por Sudáfrica y a la que se han sumado más de una docena de Estados. Por su parte, la Corte Penal Internacional ha dictado órdenes de detención contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el exministro de Defensa, Yoav Gallant, por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, entre ellos el uso del hambre como método de guerra. Del mismo modo, la creciente visibilidad y el apoyo a Palestina se reflejan en la opinión pública mundial. Gallup reveló en febrero que, por primera vez en un cuarto de siglo de encuestas, más estadounidenses simpatizan con los palestinos que con los israelíes, mientras que la mayoría de los ciudadanos de la mayoría de los 36 países encuestados por Pew esta primavera tienen una opinión negativa de Israel. Y, sin embargo, al mismo tiempo, se sigue exterminando a los palestinos; se destruyen sus hogares, hospitales, colegios, archivos y universidades —y, con ellos, los medios para contar su propia historia—. Esta es la paradoja de Palestina en un mundo polarizado: nunca ha sido tan visible, y nunca se ha escrito tanto sobre ella por parte de otros. La cuestión ya no es solo si Palestina será libre, sino quién tendrá el permiso y el poder para contarlo. Guerra contra la memoria La destrucción de la vida palestina por parte de Israel nunca ha sido solo física. Siempre ha tenido un segundo objetivo: borrar y desmantelar la memoria palestina. Como ha señalado Munawar en otras ocasiones, la destrucción del patrimonio palestino no comenzó con esta guerra. Se remonta a la Nakba de 1948 y a las aldeas que quedaron desiertas y a las que se les cambió el nombre: una Nakba que sigue vigente y a la que las comunidades palestinas y árabes llevan mucho tiempo haciendo frente con iniciativas populares para salvaguardar lo que el poder estatal pretende borrar. En marzo de 2026 la Unesco había verificado los daños sufridos por 164 lugares de interés cultural en Gaza —mezquitas, iglesias, museos y archivos—, aunque las autoridades palestinas sitúan la cifra real en un nivel mucho más alto. Los expertos de la ONU registraron la destrucción de las doce universidades de Gaza y el incendio de los Archivos Centrales de Gaza, y se preguntaron si ello equivalía a un «escolasticidio». El ataque también va dirigido contra quienes lo documentan: más de 200 periodistas palestinos han sido asesinados desde octubre de 2023, mientras que el Comité para la Protección de los Periodistas afirma que el ejército israelí ha llevado a cabo más asesinatos selectivos de periodistas que el ejército de cualquier otro gobierno del que se tenga constancia. A los periodistas extranjeros, por su parte, se les sigue prohibiendo el acceso a Gaza. Ni siquiera los muertos se libran: las fuerzas israelíes han arrasado y profanado al menos 16 cementerios de Gaza, desenterrando cadáveres a medida que avanzaban. La comisión de la ONU sobre el genocidio también incluyó los ataques contra lugares culturales y religiosos entre los actos que constituyen crímenes de guerra. Quemar los archivos de un pueblo y arrasar sus universidades no es algo secundario en un genocidio; es fundamental para su aniquilación. En Gaza, esa estrategia ha alcanzado su forma más absoluta como un ataque no solo contra los vivos y los muertos, sino sobre la capacidad de un pueblo para expresarse por sí mismo. Por eso Palestina se ha convertido en la prueba más dura de un término que las universidades occidentales utilizan con libertad, a menudo de forma descuidada: «descolonización». Como ha argumentado Munawar, descolonizar el patrimonio significa algo más que revisar un programa de estudios o una lista de lecturas. Requiere redistribuir el poder para decidir qué se conserva, qué se restaura y qué se recuerda, y quién es el encargado de recordar. Ningún caso ilustra este argumento de forma más cruda que el de Palestina. Relatos contrapuestos La cuestión de quién se encarga de recordar fue fundamental en la XII conferencia anual de la Escuela de Ámsterdam para el Patrimonio, la Memoria y la Cultura Material, que organizamos en la Universidad de Ámsterdam el pasado mes de junio. Los participantes se preguntaron qué ha trastocado, desmantelado y soñado de nuevo el pensamiento descolonizador, y si esos logros pueden mantenerse ante la presión de los nacionalismos resurgentes. Una de las dos mesas redondas principales de la conferencia, «Descolonización en Palestina: derecho y soberanía narrativa», reunió a la investigadora en crímenes internacionales Alette Smeulers, a la especialista en la Convención sobre el Genocidio Marieke de Hoon y al teólogo palestino Mitri Raheb, autor de Decolonizing Palestine: The Land, The People, The Bible. La mesa redonda partió de la premisa de que el derecho internacional no funciona en Palestina como un árbitro neutral, sino como otro escenario de lucha. También examinó cómo los relatos religiosos y culturales del sionismo cristiano, utilizados durante mucho tiempo para justificar el despojo, están a su vez listos para ser cuestionadas. Los ponentes cuestionaron la invocación selectiva del derecho internacional por parte de Europa: rápida a la hora de citarlo contra sus adversarios, lenta contra sus aliados. Lo que se repetía una y otra vez en la conferencia era una incomodidad más cercana a casa. Durante décadas las instituciones occidentales han prestado su autoridad al borrado de la identidad palestina, tratando con demasiada frecuencia los relatos israelíes como hechos incuestionables, mientras que descartaban los relatos palestinos como opiniones poco fiables, replanteando el despojo de un pueblo colonizado como una disputa entre iguales. Las mesas redondas sobre memorias controvertidas y narrativas contrapuestas se preguntaron qué significa para los académicos —especialmente los árabes y palestinos que trabajan en Occidente— rechazar ese reflejo y devolver a los palestinos el papel de autores de su propio conocimiento. Ese rechazo es visible tanto dentro de las aulas como fuera de ellas. Desde Columbia hasta Ámsterdam los estudiantes han organizado protestas y acampadas para exigir que sus universidades reconozcan con honestidad el genocidio. La facultad también ha lanzado una nueva colección de libros, «Palestine: Past, Present and Future Narratives», editada por uno de nosotros (Saloul) y dedicada a contrarrestar «las tradiciones eurocéntricas y orientalistas y los modos hegemónicos de producción de conocimiento» sobre Palestina. Para un lugar tan implacablemente descrito por los forasteros, ninguna tarea es más importante que restablecer la autoría palestina. Frente a la magnitud de la pérdida, se trata de un instrumento modesto. Pero la soberanía narrativa se construye precisamente a partir de ese trabajo: la labor paciente de garantizar que los palestinos hablen con su propia voz y sean escuchados. Reconstruir sobre los escombros La cuestión de la autoría se cierne ahora sobre la reconstrucción de Gaza. El llamado «Junta de Paz», ideado y presidido por Donald Trump sin representación palestina en su nivel ejecutivo, ha prometido miles de millones y no ha cumplido prácticamente nada. Mientras tanto, circulan imágenes idílicas de una «Nueva Gaza» de rascacielos y puertos deportivos, como si Gaza fuera una costa en blanco a la espera de inversores. Las consecuencias de esa jerarquía no han hecho más que quedar más claras desde que Hamás disolvió en julio el comité a través del cual gobernaba Gaza y traspasó la administración cotidiana a un órgano tecnocrático que responde, en última instancia, ante la junta. Israel ha llegado incluso a rechazar el logotipo de ese comité palestino porque se asemeja al emblema de la Autoridad Palestina. Ni siquiera los símbolos de la administración palestina escapan al veto. Gaza no es una costa en blanco. Reconstruir un lugar mientras se asesina a las personas a las que pertenece y se borra lo que antes había allí no es recuperación; es limpieza étnica por otros medios. La región ya ha pasado por esto antes, y sus monumentos reconstruidos ofrecen tanto modelos como advertencias. El puente restaurado de Mostar y la mezquita de al-Nuri de Mosul —que resurge según las condiciones establecidas por sus habitantes— demostraron que la reconstrucción puede contribuir a la recuperación de la comunidad. En Palmira, por el contrario, la restauración se convirtió, de forma orquestada, en un espectáculo de poder político. La reconstrucción es siempre una disputa sobre quién es dueño del pasado, y solo sana cuando la lideran las personas a quienes pertenece ese pasado. En Gaza la soberanía narrativa tiene una forma concreta: una reconstrucción y una gestión del patrimonio dirigidas por los palestinos, en lugar de un consejo sin representación palestina; el rescate y la digitalización de los archivos; y unas comunidades que deciden qué se restaura, qué se conmemora y qué se deja en pie como testimonio de la identidad palestina. Esa labor ha comenzado de forma fragmentaria, con la Unesco movilizando 5,7 millones de dólares para estabilizar los lugares patrimoniales dañados, reabrir los espacios educativos y apoyar a los periodistas de Gaza, frente a los 116,5 millones de dólares que, según afirma, se necesitan. La disputa por la historia de Palestina perdurará más allá de este genocidio, al igual que ha perdurado más allá de todas las masacres y borrones que la han precedido. Se pueden derribar muros y quemar archivos; la exigencia de ser recordados, y de recordar por uno mismo, no desaparece con ellos. La tarea, tanto para los académicos como para los estudiantes y el público en general, consiste en garantizar que, cuando los palestinos cuenten la historia de lo que se les ha hecho y de en quiénes pretenden convertirse, se reconozca, por fin, que les corresponde a ellos contarla. Nour A Munawar es investigador en patrimonio y memoria en la Universidad de Ámsterdam y experto de la Unesco en patrimonio cultural y documental. Es editor principal de «The Politics of Post-Conflict Heritage Reconstruction» (Palgrave Macmillan, 2025) y autor del próximo libro «Rebuilding Syria: Cultural Heritage and Memory After Conflict» (Edinburgh University Press). También es investigador principal de «Decolonial Futures: Heritage, Memory, and Narratives in the Making in MENA», un proyecto financiado por el Consejo Neerlandés de Investigación. James Symonds es catedrático de arqueología histórica en la Universidad de Ámsterdam. Ihab Saloul es cofundador y director de investigación de la Escuela de Ámsterdam para el Patrimonio, la Memoria y la Cultura Material, y editor de la serie «Palestine: Past, Present and Future Narratives» de la editorial Central European University Press. Texto original: Middle East Eye, traducido del inglés por Sinfo Fernández. Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/09/08/por-fin-el-mundo-tiene-los-ojos-puestos-en-palestina-pero-quien-tiene-derecho-a-contar-su-historia/

jueves, 10 de septiembre de 2026

Estampas de una guerra perdida por EE.UU.

Recomiendo: Estampas de una guerra perdida por EE.UU. Por | 10/09/2026 | EE.UU. Fuentes: Editorial de "La Jornada" - Imagen: Portaviones USS Abraham Lincoln. Nuevos reportes periodísticos dieron cuenta este fin de semana de las deplorables y desesperantes condiciones que los 5 mil marinos a bordo del portaviones Abraham Lincoln han venido padeciendo durante el despliegue de ese buque y de su grupo de ataque en las proximidades del golfo Pérsico: militares asignados a esa embarcación declararon a un corresponsal de MS Now en Tailandia –donde hicieron escala después de 286 días de permanecer en alta mar– que el actual fue “el peor despliegue que jamás habían experimentado” y compartieron sus temores de que maniobras como ésa –prolongadas y sin escalas– se vuelvan habituales debido a la situación creada por la agresión estadunidense contra Irán. Informes previos ya hablaban de una crisis de intentos de suicidio entre los marinos a bordo de ese portaviones, de comida escasa y descompuesta, de falta de agua y de productos de higiene personal y de descomposturas permanentes de los sanitarios a bordo. Condiciones semejantes habían sido reportadas en marzo por la tripulación del USS Gerald R. Ford, el portaviones más grande del mundo, tras nueve meses de permanecer en el mar Rojo; esa embarcación sufrió además un incendio que dejó 200 marineros lesionados y a más de 600 sin litera para descansar. Estas realidades a bordo de los barcos de guerra más poderosos del mundo son difícilmente compatibles con el discurso triunfalista de la Casa Blanca, que pregona la derrota de Irán, la victoria de Estados Unidos y un dominio militar regional más que dudoso. No sorprende, en consecuencia, que el secretario de Defensa Pete Hegseth haya impuesto una política de total opacidad, gestionado el despido de editores y colaboradores del periódico especializado en temas militares Stars and Stripes y establecido restricciones adicionales a la información disponible en la red interna del Pentágono. Según una investigación de The New York Times, las tribulaciones de los marinos se deben principalmente a la crisis logística causada por la destrucción de una base militar estadunidense en Bahréin que servía como principal punto de aprovisionamiento logístico de la Quinta Flota y que fue atacada por Irán con misiles y drones en respuesta a los primeros bombardeos en su contra lanzados por Washington y por Tel Aviv. Desde entonces, los barcos de Estados Unidos desplegados en la región dependen de la base militar de la isla de Diego García, mucho más alejada del teatro de operaciones, lo que causa un cuello de botella en las líneas de suministro. Por lo demás, y a pesar de las aseveraciones de Trump, múltiples medios internacionales señalan que la Marina estadunidense no está en posibilidad de desplazar libremente sus unidades por el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz y que éstas se ven forzadas a operar en mar abierto, a fin de evitar los ataques misilísticos y las maniobras en enjambre de las lanchas rápidas iraníes, armadas con cohetes, torpedos y misiles antiaéreos y antibuque. En suma, siete meses después de iniciada la agresión estadunidense-israelí contra la República Islámica, la que solía ser la armada más poderosa del planeta no ha sido capaz de anotarse una victoria en la guerra marítima asimétrica que le ha impuesto Irán con recursos bélicos infinitamente menores, y no hay perspectivas de que lo logre. Y ese solo hecho, aunado a la imposibilidad de derrotar a Irán después de una “furia épica” que le ha costado a los contribuyentes de la superpotencia decenas de miles de millones de dólares, bien puede ser calificado de derrota. Fuente: https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/09/07/editorial/estampas-de-una-guerra-perdida

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Mao, la modernización y el «Viejo tonto»

Recomiendo: Mao, la modernización y el «Viejo tonto» Por Xulio Ríos | 09/09/2026 | Mundo Fuentes: Rebelión El 9 de septiembre de 1976, hace ahora cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país, aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables. Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo. Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica. Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica. El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china. La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad. Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo. En cierto sentido, el Viejo tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo. Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña? El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los años noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas. Por eso resulta interesante contemplar los cincuenta años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos periodos. También existen, naturalmente, importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario. El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente. La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy. Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización. Xulio Ríos acaba de publicar China, la modernización permanente (Txalaparta, 2026) Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

martes, 8 de septiembre de 2026

La dictadura civil fascista: religión y cultura en el recogido Abelardo de la Espriella en Colombia

Recomiendo: La dictadura civil fascista: religión y cultura en el recogido Abelardo de la Espriella en Colombia Por Sara Leukos | 08/09/2026 | Colombia Fuentes: Rebelión [Imlustración: X-tian] In memoriam de los campesinos curadores y sanadores del cuerpo y del espíritu de San José del Guaviare-El Retorno. Doris, tu luz brillará por siempre. Q.E.P.D. I. Lo proscrito La acción política del denominado “recogido” Abelardo de la Espriella —término que alude tanto a su reclusión voluntaria como a su carácter de instrumento— en pleno siglo XXI y bajo un mandato de origen fraudulento, abre una fisura profunda en la sociedad colombiana. Su Gobierno obliga a formular una pregunta fundamental: ¿qué es realmente una democracia en el siglo XXI? ¿Dónde reside, verdaderamente, el poder político? Su Administración se articula en dos esferas que, aunque delimitadas, convergen en una unidad autoritaria que reproduce el principio rector del fascismo heredado. Por un lado, una relación cóncava entre religión y poder; por otro, una acción convexa de carácter policivo-militar sustentada en una doctrina de seguridad nacionalista. La religión se erige así en eje central para la consolidación del poder, configurando lo que podemos denominar una dictadura civil fascista (DCF), donde la dimensión religiosa funciona como binomio indisoluble: religión/poder al servicio del mandato político, sosteniendo un autoritarismo económico y un vacuo retoricismo. De esta manera, diversas esferas económicas —tanto internas como foráneas— adquieren un sentido sacramental, investidas de un “poder ungido por encima de Dios” que, según la percepción del mandatario, le otorga sabiduría para gobernar por encima de los derechos humanos, civiles, patrimoniales y culturales de una población amparada por la Constitución de 1991. Pero esa Constitución se torna nominal en manos de un megalómano de personalidad centrífuga, con detonantes misóginos y una naturaleza díscola que incluso contradice sus propios deseos. Tales rasgos se evidencian públicamente mediante un retoricismo vulgar, aquel que Platón denunciaba en Fedro. El recogido actúa, pero no dirige. Debe servir a otros; carece de capacidad real para gobernar. Su naturaleza lo incapacita para discernir más allá de las emociones, los encantos y los espectáculos públicos con los que intenta validar su presencia ante alguna masa deambulante, laberíntica, deseosa de otro pater familiae que alivie su carga de frustración y desastre vital. Las decisiones del recogido permanecen ocultas bajo el tapete, solo actúa cuando el poder remoto se lo ordena. Es un signo de la hybris: la desmesura que corroe al gobernante que se cree elegido. En esta representación servil de la dirección política, el mandatario queda confinado en un sarcófago moral que lo petrifica en el tiempo. La homogenización de la fe, su omnipresencia y la presencia de sus ministros de Estado configuran un diálogo construido sobre los escombros del fascismo histórico español. Abelardo, el recogido servil del neofascismo reproduce con variaciones variopintas el delirio que el General Franco importó bajo el lema: ¡Viva Cristo Rey! Colombia, en esta simbiosis del siglo XXI, se sumerge en una imposición destinada a un hombre irrisorio en su esencia, que denomina al país “Patria milagro”. Se instaura así una nueva forma de dictadura civil fascista (DCF) contemporánea, organizada bajo algunos preceptos de la dictadura moderna de Francisco Franco. Es una hipérbole política vertical que resume su delirio íntimo y lo proyecta a lo público. Por ello es utilizado como instrumento. En la visión crítica del profesor Sergio Samper de Zubiría, se plantea una tercera característica fundamental: La tercera característica del “neofascismo” (C. Wanschelbaum) es la recuperación de elementos del fascismo y la introducción de otros nuevos. Se recuperan de su antecedente la defensa de la propiedad privada, el vínculo con las corporaciones, los valores tradicionales, la apelación a un pasado mítico, la búsqueda de chivos expiatorios, la intensificación del control social, el autoritarismo y la disciplina, pero se añaden temáticas como la “ideología de género”, teorías conspirativas, una peculiar defensa del medio ambiente y el cuestionamiento de la idea de igualdad. Conjugan un programa neoliberal con el neoconservadurismo, la violencia y el odio colectivo. Ante cualquier amenaza a la pérdida de su poder, su respuesta se hace más reaccionaria, más violenta, más racista y abandona los consensos En Colombia, esta proyección neofascista incorpora la esfera religiosa como un dispositivo de poder y legitimación, mediante el cual determinadas formas de espiritualidad son articuladas al ejercicio del autoritarismo estatal. El poder se ejerce bajo una doble investidura: la de los “ungidos por la mano de Dios” y la de aquellos que gobiernan “con la Biblia en la mano”. Esta alianza entre el cristianismo conservador, ciertos sectores evangélicos y una interpretación particular del sionismo (basada en lecturas del Talmud) no solo opera como una fuerza ideológica, sino como un poder económico y político que coopera con el Gobierno para instaurar un régimen de miedo y encierro a través de la fe. Este proyecto no se limita a una moral pública, se infiltra en las instituciones, donde ministros, consejeros y aduladores, atrapados en sus propias “bajas pasiones” y secretos, encuentran en esta ideología un manto para ocultar sus faltas personales y los oscuros manejos del Estado. Gobernar bajo esta moralidad, que evoca el oscurantismo del medioevo occidental, es profundamente inquietante. El poder, en su esencia, “sodomiza” a quien lo porta. En la lógica del capitalismo, los sujetos solo se liberan de aquellos que les son útiles mientras alimentan su hybris; cuando la “esquizofrenia” del deseo capitalista ya no les sirve, los desecha dejándolos expuestos en la sombra más vulgar e irrisoria de lo que fueron o creyeron ser. Abelardo el recogido no escapa a esta dinámica. Nadie escapa a la esquizofrenia del capitalismo. La instrumentalización de la religión trasciende la mera legitimación oscura desde la Constitución. Es una conversión más profunda. El régimen actual en Colombia, cuyo mandato se ha convertido en epicentro del autoritarismo, desconoce y homogeniza lo ritual, reduciendo la diversidad espiritual a una única ontología: la de la devoción cristiana al servicio del capitalismo. Este proyecto ignora y ataca las expresiones culturales y espirituales diversas. Se trata de un régimen de naturaleza fraudulenta y “monocrática” que busca sustentar la unificación del poder político para un fascismo internacional, apoyándose en los escombros de los muertos y desaparecidos del fascismo del siglo XX, particularmente el español. Es un recogimiento del poder político mono-sacramental inspirado en el franquismo. Sin embargo, en este neofascismo contemporáneo, los muertos hablan y hacen memoria en una sociedad profundamente relacional, que construye su territorio y su poder político de forma culturalmente arraigada. II. Lo expuesto Esta extensión neofascista introduce a las legiones de los cultos religiosos institucionalizados en una relación binominal con el poder militar y policial. Juntos, instauran una supuesta seguridad territorial bajo una doctrina de seguridad nacionalista, unida a los símbolos del autoritarismo religioso: la “Patria milagro”. Este constructo reduce y elimina cualquier pensamiento diverso en los campos cultural, participativo y político. En este estado de fragmentación se impone una ideología clerical y poli-vertical que desconoce y ataca el pensamiento autónomo y las relaciones de gran horizontalidad que practican las comunidades indígenas. Estas comunidades, a través del mambeo, el yagé y la relación con las plantas, donde sus médicos tradicionales curan a los sujetos en relación con la comunidad y sanan la tierra, representan una resistencia vital. De igual manera, las comunidades afros con sus tradiciones de culto al tabaco, las hierbas y las mujeres sanadoras, o la comunidad yoruba con los principios filosóficos de Ifá, sanan la vida y el mundo de los seres. Los campesinos y mujeres sanadoras que realizan rezos sincréticos para curar el alma donde el espíritu pueda ser liberado y la tierra, puede ser sanada para las malas señas de la naturaleza. En estas comunidades espirituales y culturales, los sujetos se expresan bajo una ontología relacional, es decir no solo es un ser, es la relación heterogénea de singularidades territoriales, que implica no solo relaciones pasivas, sino una horizontalidad de la concepción del mundo cartografiado desde dentro, no solo desde lo externo; sino profundamente interno en la cosmogonía de la naturaleza, la vida, la salud traduciendo la relación de una comunidad políticamente y cultural en un territorio. Allí, es donde los hombres hacen una resistencia de unidad, organización y cultural no como una visión de yuxtaposición, sino bajo una naturaleza de adherida a su propósitos y objetivos orgánicos políticamente designados. III. Contravía Es la naturaleza en la tierra la que debe ser comprendida desde su propia trama de relaciones. La ideología neofascista no logra alcanzar una comprensión cosmogónica del mundo desde dentro, como una ontología relacional y horizontal, porque su racionalidad se encuentra inscrita en una tradición occidental que ha separado al sujeto de la naturaleza, al individuo de la comunidad y al territorio de sus dimensiones espirituales y políticas. El poder cosmogónico de esa gran horizontalidad reside precisamente en su capacidad política para reconocer el universo de cada ser en su singularidad, en su propio microcosmos, allí donde muchas veces se encuentra la razón misma de vivir. Los pueblos históricamente arrasados han quedado, en ocasiones, sin voz y sin luz; sin embargo, el brillo de sus historias perdura. No existen ataduras distintas de aquellas que emergen de su propio territorio y de las relaciones políticas, culturales y espirituales que articulan a la comunidad con la naturaleza y con sus espíritus. Allí se sostiene una forma de resistencia cultural, popular y comunitaria. La crisis no reside en las manifestaciones relacionales de las espiritualidades de los pueblos. La crisis reside en el capitalismo, que continúa cobrando vidas bajo una lógica de unificación y homogeneización en pleno siglo XXI. La homogenización misma se encuentra en crisis porque el capitalismo no consigue —ni permite— singularizar la relación entre sujeto y naturaleza. Esa relación reclama, a gritos, una comprensión distinta: no un poder destinado a dominarla, explotarla y devastarla, sino una forma de conocimiento capaz de reconocerla como parte constitutiva de la existencia. Colombia no escapa a esta desnaturalización de la geografía. Su territorio ha sido históricamente intervenido, fragmentado y disputado mediante relaciones de poder que pretenden convertir la tierra en objeto de administración, explotación y control. Frente a ello, solo resta una unidad, resistencia y organización (URO) capaz de reconstruir los vínculos entre comunidad, territorio, memoria y naturaleza. Hoy muchos pueblos hablan desde sus propias espiritualidades y desde los saberes que han sobrevivido a la violencia, al despojo y a la homogenización cultural. Allí se encuentra uno de los epicentros de la resistencia en este siglo. Antes de que la tierra tenga que expresarse mediante su propia devastación, son los sujetos quienes hablan desde una profunda ontología relacional: una forma de existencia que comprende que la comunidad, la naturaleza, el territorio y la espiritualidad no son dimensiones separadas, sino partes de un mismo tejido de vida. La contravía consiste, entonces, en interrumpir la lógica de la homogenización y recuperar la posibilidad de pensar el territorio desde sus propias relaciones. No se trata únicamente de resistir al poder, sino de producir otra forma de comprender la vida: una política de la relación, de la singularidad y del territorio frente a la pretensión de convertir la naturaleza y los sujetos en objetos disponibles para el poder. Bibliografía Arendt, H. (1999). La philosophie de l’éxistence. París : Payot & Rivages . Arendt, H. (2021). La Pluralidad del mundo . Bogotá : Taurus. Bachelard, G. (1957). La poétique de l’espace. Paris: Editorial Puf . Focault, M. (1997). Los espacios de otros. Astrágalo. Cultura de la Arquitectura y la Ciudad. No 7, 83-91. Foucault, M. (1996). Tecnologías del yo. Barcelona: Paidós. Foucault, M. (2006). Seguridad, territorio, población. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Gramsci. (1983). Textes. Paris : Éditions sociales. Platón. (1986). DIÂLOGOS III FEDON, BANQUETE, FEDRO. Madrid : GREDOS. Zubiria, Samper Sergio. (5 de julio de 2026). Elecciones presidenciales en Colombia: extrema derecha o neofascismo. Obtenido de Revista Izquierda: https://revistaizquierda.com/elecciones-presidenciales-en-colombia-extrema-derecha-o-neofascismo/ Sara Leukos, escritora y articulista colombiana. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Elecciones regionales en Alemania: la victoria de AfD "es un terremoto politico.

Mundo Sputnik Elecciones regionales en Alemania: la victoria de AfD "es un terremoto político" El partido Alternativa para Alemania (AfD) ganó este 6 de septiembre las elecciones en la región oriental de Sajonia-Anhalt, con un resultado que lo dejó a tres escaños de la mayoría absoluta necesaria para gobernar por primera vez en solitario en una región alemana después de ocho décadas. "Esto desencadenó un terremoto político en toda Alemania y, lógicamente, también genera coletazos para toda Europa, pero el resultado debe leerse en un contexto de crisis económica, aumento de los precios y dificultades energéticas", afirmó Ezequiel Bistoletti, politólogo y doctor en Ciencia Política desde Alemania, en diálogo con Séptimo Piso. Para Bistoletti, el crecimiento del partido también refleja el desgaste de los partidos tradicionales. "Más que una victoria del AfD, representa una derrota de todos los partidos históricos de Alemania", sostuvo. El resultado abre ahora un escenario complejo para la formación de un gobierno regional y podría incrementar la presión sobre el canciller Friedrich Merz. "La respuesta muy probablemente aparezca en un intento de ilegalización de la AfD, lo cual representaría la ilegalización del partido más popular del sistema político alemán en este momento", advirtió Bistoletti.