domingo, 23 de agosto de 2026

China "se negará a seguirle el juego a los 'actos imprudentes'" de EEUU frente a Irán, dice un medio

- Sputnik Mundo, China "se negará a seguirle el juego a los 'actos imprudentes'" de EEUU frente a Irán, dice un medio Pekín se negará tajantemente a sumarse a las medidas punitivas impuestas por Washington contra la nación persa, tras el anuncio de la Casa Blanca sobre el lanzamiento de una operación de "guerra económica" a escala masiva, señala un diario chino en una editorial. En un análisis, el medio Global Times sostiene que las advertencias del Departamento del Tesoro estadounidense —que instó a China a acatar el bloqueo contra Irán utilizando una retórica del tipo "están con nosotros o contra nosotros"— constituyen una muestra de desesperación e imposición unilateral por parte de Washington. De acuerdo con la publicación, la estrategia militar de Estados Unidos en Oriente Medio ha caído en un punto muerto tras meses de conflicto, lo que habría forzado a la Administración estadounidense a recurrir a la presión económica masiva como una vía para intentar salir del estancamiento. El Global Times argumenta que este despliegue de sanciones no representa un verdadero cambio estratégico victorioso, sino un intento desesperado por contener los costos de un conflicto en el que los medios militares han demostrado ser ineficaces. Irán acusa de "terrorismo económico" a EEUU tras ofensiva en su contra En ese sentido, se advierte además sobre las severas repercusiones globales de estas acciones, señalando que las sanciones unilaterales no resuelven los problemas de fondo y solo consiguen encarecer la energía, desarmar las cadenas de suministro y avivar la inflación global. "China no solo se negará a seguirle el juego a los 'actos imprudentes' de Estados Unidos en torno a la cuestión de Irán, sino que la comunidad internacional tampoco respaldará a Washington", se lee en la publicación. El diario señala que EEUU pretende que el resto de la comunidad internacional pague los platos rotos por una fallida guerra que Washington lanzó junto a Israel, afectando la navegación en el estrecho de Ormuz y desestabilizando los mercados. Asimismo, se destaca el creciente aislamiento diplomático de la Casa Blanca, asegurando que ni siquiera los aliados tradicionales de Estados Unidos en Europa respaldan de forma entusiasta este enfoque radical. El rotativo chino sostiene que esta retórica divisiva ha provocado profundas fracturas en el sistema de alianzas de Washington, ya que los países europeos temen las graves consecuencias económicas y energéticas que este bloqueo representa para sus propias poblaciones, en un contexto de salarios estancados, encarecimiento del nivel de vida y crecimiento imparable de las facturas de electricidad. Irán promete derrotar por completo a EEUU e Israel y proteger los intereses nacionales En cuanto a la posición soberana del gigante asiático, el Global Times enfatiza que China se opone firmemente al acoso unilateral y a la jurisdicción extraterritorial que intenta imponer la Casa Blanca. Al respecto, el medio afirma que aceptar las presiones de Washington sentaría un peligroso precedente donde el comercio internacional dejaría de regirse por normas bilaterales y multilaterales para quedar supeditado a los caprichos de la política exterior estadounidense, marcando el regreso a la "ley de la selva". El medio chino concluye que ni Pekín ni el resto de la comunidad internacional participarán en lo que calificó como "juegos imprudentes" de Washington, reiterando que la única vía de salida digna para Estados Unidos es abandonar la mentalidad de la Guerra Fría y la estrategia de máxima presión. "Un alto al fuego y el cese de las hostilidades inmediatos, la pronta reanudación de las conversaciones de paz, el restablecimiento de la navegación a través del estrecho [de Ormuz] y el respeto a la autoridad de la Carta de la ONU: estas han sido las posturas constantes de China desde que estalló el conflicto, y constituyen el enfoque que sirve a los intereses de todas las partes", finaliza.

sábado, 22 de agosto de 2026

Irán advierte a países vecinos que "no se alineen con EEUU de ninguna manera"

Mundo - Sputnik Mundo, 1920 Internacional Irán advierte a países vecinos que "no se alineen con EEUU de ninguna manera" El general de división Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, instó a los países vecinos y amigos a no sumarse a la guerra económica de Washington contra Irán, según informó la agencia 'IRNA'. "El petróleo no saldrá ni por el estrecho de Ormuz ni por el golfo Pérsico" si los países respaldan el cerco económico estadounidense y perjudican los intereses de Irán, subrayó. Asimismo, afirmó que el estrecho de Ormuz permanece cerrado y no se reabrirá a menos que Estados Unidos cambie su comportamiento y cumpla con sus compromisos. "Nunca lo permitiremos": Irán lanza una fuerte advertencia a EEUU sobre el estrecho de Ormuz Añadió que Irán y Omán han acordado una ruta de navegación intermedia a través del estrecho, aunque aún no está lista una declaración conjunta.

El declive de Estados Unidos (Parte II)

Recomiendo: El declive de Estados Unidos (Parte II) Por Claudio Katz | 19/08/2026 | EE.UU. Fuentes: Rebelión - Imagen: Ilustración de mronline.org La regresión de Estados Unidos es negada por sus gobernantes. El liberalismo justifica ese desconocimiento con falacias de excepcionalidad, superioridad idiosincrática o hipocresías de valores democráticos. Asigna míticas cualidades a un poder blando que perdió sus viejos cimientos. Mientras los neoconservadores repiten el mismo mensaje exaltando la fuerza militar, el realismo reconoce la adversidad omitiendo su basamento capitalista. El acertado diagnóstico de la sobre expansión militar exige una complementaria conceptualización del imperialismo y las teorías del declive relativo retratan escenarios, sin explicar tendencias subyacentes. Las enormes adversidades que afronta Estados Unidos son vistas en los principales círculos del poder como contratiempos pasajeros. No reconocen el declive, ni tampoco el rechazo externo al belicismo norteamericano o la pérdida de incidencia geopolítica del país. Esa negación es conceptualizada con argumentos disímiles por los autores liberales y neoconservadores, que cierran los ojos frente a los contundentes indicios de esa regresión. El declive es en cambio avizorado por los teóricos del realismo, que registran la evidencia de la caída y por analistas del liberalismo crítico, que observan un retroceso relativo causado por desaciertos de la política exterior o por deformaciones en la gestión interna. Esta amplia gama de opiniones influye de manera muy variable, sobre las corrientes políticas que disputan primacía en la elite gobernante. EL NEGACIONISMO LIBERAL Lo teóricos liberales suelen reflotar los mitos de la identidad estadounidense, para justificar su postura antideclinista. Algunos estiman que el país sigue siendo el principal referente internacional de un orden global de convivencia y progreso. Estiman que el tradicional rol norteamericano de “ciudadano prominente” de ese sistema, tiende a perdurar por el excepcional legado que concentra la primera potencia (Ikenberry, 2018). Con más recato que en el pasado, este diagnóstico recrea la vieja idealización de Estados Unidos, como una potencia singular que despierta admiración, respeto o envidia del resto del mundo. Esa visión omite todos los indicios de pérdida de esa centralidad y continúa enalteciendo al país, como un caso excepcional que lo exime de los infortunios afrontados por otros imperios. Esa mirada olvida que todas las potencias proclamaron su invariable supremacía, alegando inimitables singularidades. Los ingleses exaltaban su origen aristocrático, los franceses su liderazgo cultural y los alemanes su capacidad organizativa. Todos aludían a virtudes de su identidad nacional, que los glorificadores de Estados Unidos suponen exclusiva. El “destino manifiesto” en que se asienta esa ponderación se nutrió de alegatos de primacía anglosajona, frente a los aborígenes exterminados, los negros esclavizados y los latinos explotados. La apropiación de la denominación “América” tan solo para Estados Unidos, supuso de entrada una descalificación del resto del continente. Esa desvalorización se acentuó con la identificación de la prosperidad, el bienestar o el padrinazgo con el Norte y el subdesarrollo, la corrupción o la incapacidad para autogobernarse con América Latina. Pero esa contraposición ha quedado erosionada por el declive del imperio. “América” persiste como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado. Muchos liberales desechan ese distanciamiento, señalando que Estados Unidos conserva grandes capacidades para recrear su preeminencia internacional. Afirman que el declive es una falsa percepción, alimentada por cuestionamientos internos, heridas autoinfligidas o malestares en el humor de su población. Atribuyen las tesis decadentistas a esa mutable psicología de los propios ciudadanos del país (Nye, 2024a). Pero esos registros no son volubles impresiones, ni cambiantes sensaciones, sino capturas reales de las transformaciones que afronta Estados Unidos. El ocaso del sueño americano se verifica en el acentuado deterioro del nivel de vida de la población, que ilustran los indicadores de ingresos, salud, educación, esperanza de vida o movilidad social. El número de personas encarceladas, los decesos por armas de fuego y las quiebras familiares por endeudamiento confirman ese diagnóstico. El alicaído estado de ánimo refleja los dramas de una sociedad fracturada, violenta y desigual. La mirada convencional ignora o menosprecia estas evidencias, porque identifica a Estados Unidos con la auto confianza y la consiguiente capacidad para sobreponerse a cualquier malestar (Nye, 2024b). Pero no se entiende por qué razón esa cualidad sería tan exclusiva de esa nación. La historia del siglo XX indica que un gran número de países han logrado superar situaciones más traumáticas, que las padecidas por Estados Unidos. Ese país siempre libró guerras fuera de sus fronteras y nunca tuvo que lidiar con la tragedia de las invasiones, que por ejemplo sufrieron Rusia o China. El antideclinismo liberal postula que Estados Unidos encarna los valores universales del liberalismo y tiende a exportar esos ideales al resto del mundo. Sería el portador de la democracia a todos los rincones del planeta y esa promoción de la civilización lo diferenciaría de otros imperios (Ikenberry, 2024). Pero esa autoasignación de virtudes educativas oculta la hipocresía de una potencia, que utiliza estandartes altruistas para justificar incursiones brutales. Esos operativos invocan los derechos humanos, la justicia, la contención de enemigos impiadosos o el auxilio de poblaciones afectadas, cuando en los hechos simplemente apuntalan los negocios de los capitalistas. Con alabanzas a la concordia y la cooperación, consuman matanzas para favorecer a la elite de enriquecidos que comanda al país. Además, Washington siempre emitió mensajes salvadores para edulcorar intervenciones, que invariablemente empeoran los escenarios a enmendar. El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un control militar del planeta, a través de un sistema de bases militares que sustituyó al dispositivo colonial europeo. Asentó su predominio en un coercitivo mecanismo, ubicado en las antípodas de cualquier cooperación. La duplicidad liberal oculta ese basamento, recreando los engaños de respeto a la soberanía ajena. Esa tolerancia siempre tuvo un alcance limitado para los socios o vasallos y fue directamente nula para los adversarios o desafiantes. El liberalismo persiste como el principal transmisor de las falacias estadounidenses y por eso desconoce el descreimiento que actualmente suscitan esas falacias. EL MITO DEL PODER BLANDO Cada tanto, los teóricos liberales reconocen el declive de Estados Unidos, pero asignándole una escala acotada. Destacan que su país conserva ventajas de geografía (rodeado por océanos), moneda (primacía del dólar), demografía (renovación de la fuerza laboral) y tecnología (especialmente digital) (Nye, 2024a). Pero desconocen las nuevas adversidades en esos campos e ignoran la limitada relevancia de esas áreas, en comparación al desmoronamiento industrial y la baja productividad de la economía estadounidense. Las miradas condescendientes suelen considerar que Estados Unidos vencerá a China por atributos de larga data. Con anteojeras eurocentristas, no registran que el desafiante asiático está conquistando, uno tras otro, todos los podios en disputa. La férrea defensa que exhibe Beijing del libre comercio, contra el renacido proteccionismo de Washington, trasparenta quién detenta la mayor competitividad. Pasando por alto estos cruciales basamentos económicos, el antideclinismo liberal proclama que Estados Unidos vencerá, por el poder blando de atracción que mantiene frente a un rival carente de esa cualidad (Nye, 2024a). Destacan la enorme capacidad de persuasión que conserva la potencia dominante, para que otros hagan lo que ella anhela. Estiman que Estados Unidos puede recrear y actualizar esa modalidad de poder para perpetuar su primacía. Pero esa enorme influencia ideológica, cultural y política no deriva de los valores universales, que el liberalismo remarca e idealiza, sino de la pujanza que exhibió el capitalismo yanqui en el pasado. En ese vigor económico y productivo se asentó el americanismo, como ideología exaltadora del capitalismo en estado puro. Los mensajes de contractualismo espontáneo, conveniencias de la desigualdad social y méritos de la privatización ilimitada -que tradicionalmente difundió Estados Unidos- atrajeron la admiración de las clases dominantes de todo el mundo. Todas quedaron fascinadas por la adulación de la empresa, como un campo de cristalización del talento, que despliega el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los gerentes. Ese elogio de la firma fue complementado con la veneración del individualismo, como virtud suprema de la personalidad y la exaltación de la acumulación, como una larga travesía de capitalistas heroicos. El poder blando de Estados Unidos se afianzó por la internacionalización de esa ideología, que reverencia al capitalismo en forma irrestricta. La posguerra fue edad de oro de ese americanismo, que logró una sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero esa ideología actualmente pierde atractivo, en estricta correspondencia con el declive su inspirador. Estados Unidos ya no es visto como un exportador de bienestar, sino como artífice de tremendos procesos destructivos y su poder blando no resucitará por simple nostalgia de un contexto ideológico que ha desaparecido. El ensalzamiento general del capitalismo persiste, fue revitalizado por el neoliberalismo y alcanzó un nuevo cenit con la ultraderecha, pero ha perdido su asociación con la superioridad o primacía de Estados Unidos. La celebración del mercado y las expectativas de rápido ascenso social, ya no son sinónimo del sueño americano. El liberalismo desconoce ese cambio cualitativo, imaginando que Estados Unidos persiste como una sociedad innovadora y potente, capaz de proyectar su poder sobre el resto del planeta por el dominio ideológico que forjó en el pasado. Pero esa mirada sobrevalora la capacidad que mantienen las mercancías culturales, los consumos mediáticos y los controles de las redes sociales, para sostener esa influencia. No alcanza con la consolidación del inglés como lengua franca, o con la cooptación educativa de las distintas elites del mundo por los centros académicos norteamericanos. El poder blando opera sobre esas aristas, pero no puede recrearse y pierde efectividad, por el gran retroceso que sufren los basamentos productivos de ese mando. El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump. Supone que, una vez reconstruida la institucionalidad mundial quebrantada por el magnate, Estados Unidos recuperará su autoridad moral y su preponderancia ideológica (Nye, 2024a). Imagina que tan solo bastará con reconstruir las alianzas multilaterales del pasado, para recuperar el mando yanqui de Occidente, resucitando la influencia de Washington que Trump degradó hasta un piso nunca visto (Ikenberry, 2024). Pero el deterioro de esos atributos precedió a Trump y se consumó bajo la gestión de sus antecesores liberales y globalistas. Del fracaso de esas administraciones emergió el magnate y sus fallidos han confirmado, que el declive del poder blando, no obedece tan solo a la prepotencia despectiva del magnate. Fue el desplome de la globalización neoliberal, lo que potenció la erosión de esa fuerza. La confianza liberal en que Estados Unidos puede sobreponerse a sus desventuras -y recuperar hegemonía por su gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias- es un simple mito. El declive de largo plazo que afronta la primera potencia demuestra lo contrario. El país exhibe una manifiesta dificultad para reconocer y amoldarse al escenario multipolar. Por eso depende de acciones militares, que los propios promotores del poder blando observan como un recurso insoslayable para sostener la primacía mundial. Auspician especialmente en Ucrania, políticas ultra belicistas, que contradicen la relevancia formalmente asignada al poder blando (Slaughter, 2026). Ese contrasentido no es la única, ni la menor contradicción que rodea al liberalismo. La negación del declive les impide comprender el problema básico que afronta el país (Wolff, 2026a, 2026b). LA CRUDEZA DEL PODER FUERTE La variante neoconservadora de negación del declive, comparte con su par liberal la exaltación de los valores universales, que Estados Unidos exportaría al resto del mundo. Pero discrepa sobre el pilar de esa fuerza benévola. En lugar de situar ese cimiento en el poder blando de Occidente, lo atribuye al poder fuerte que exhibe el Pentágono. Esa mirada enfatiza el rol de la primera potencia como custodio del planeta e imperio benévolo (Kagan, 1998). Destaca que el abandono de ese papel, quebrantaría el orden mundial y desembocaría en un escenario de inmanejable caos. Recuerda que Washington hace valer su protección del mundo mostrando fuerza y que la renuncia a esa ostentación, afectaría el liderazgo que necesita la civilización para subsistir (Kagan, 2026a). Este enfoque resalta la deuda que todo el mundo mantiene con Estados Unidos por el sostén que el Pentágono brinda a la democracia, la libertad y el progreso. Repite esos lugares comunes del discurso liberal, con un agregado de explícita agresividad belicista. Este añadido militarista aporta el ingrediente neoconservador específico al discurso clásico del americanismo (Sanz, 2014). Kagan es un renombrado auspiciante de estos mensajes, que concentra en su propia trayectoria la furia militarista de su vertiente. Fue uno de los principales teóricos del “nuevo siglo americano” en los años de Bush y justificó sin ningún reparo la invasión a Irak y la devastación de Afganistán. Posteriormente, estuvo involucrado en el golpe de Estado perpetrado en Ucrania, para promover el ingreso de ese país a la OTAN y provocar una confrontación con Rusia. En la actualidad es un estrecho aliado del genocida Netanyahu, rechaza cualquier reconocimiento del escenario multipolar, exige el rearme de Europa y Japón y auspicia alianzas internacionales reconstructoras de la supremacía norteamericana. Últimamente asumió una postura de indignado halcón contra la humillación propinada por Irán. Despotrica contra la actitud vacilante del Pentágono, que a su juicio expresa la conducta de una “superpotencia rebelde, que no quiere luchar” (Kagan, 2026b). Propone embarcar al imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y por momentos abandona con inverosímiles maquillajes. En la óptica neoconservadora, el declive no es un estado de ánimo pasajero, sino un efectivo peligro derivado del repliegue bélico de Estados Unidos. A diferencia de los liberales no disimulan, ni relativizan la centralidad de la acción armada, para sostener el status dominante de la primera potencia. Subrayan sin ningún filtro esa característica, la ponderan como un ADN del país y recuerdan que el Pentágono es artífice de todas las ventajas logradas por el gigante del Norte. Esa reivindicación de la coerción se inserta en la narrativa tradicional de un país, que naturalizó la guerra, como devenir inexorable de un pueblo elegido para cumplir con mandatos patrióticos. Ese relato oculta la violencia ejercida en los países invadidos y las masacres cometidas por los marines. La dureza de la guerra es simplemente asumida como un dato invariable y por esa razón, el escenario bélico ha quedado incorporado al sentido de común de gran parte de la población estadounidense. El matrimonio de Hollywood con el Pentágono contribuyó a generalizar esa ideología, disolviendo el contenido sanguinario de la guerra en la fascinación de las imágenes. Permitió masificar la apariencia misionera de los marines, como salvadores de una civilización amenazada por cambiantes enemigos. La fisonomía racial, idiomática y nacional de los adversarios fue periódicamente modificada para penalizar a comunistas, musulmanes o narcotraficantes, según la conveniencia de cada momento. El trumpismo soberanista retomó esa exaltación del militarismo estadounidense. Capturó con ese mensaje a una masa plebeya receptiva a los mitos del americanismo y descontenta con las elites globalistas de las Costas. Esas leyendas no solo realzan la genialidad de los estadounidenses, sino que enrostran ingratitud al resto mundo por desconocer lo que Estados Unidos ha hecho por ellos. Todo el discurso de MAGA se asienta en creencias de ese tipo. El mensaje de restaurar la grandeza de Estados Unidos, está siempre emparentado con una retribución pendiente al benefactor yanqui. El proteccionismo, las exigencias monetarias, los reclamos de reindustrialización o las demandas de territorios, recursos naturales y localidades estratégicas que brutalmente formula Trump, se basan en ese presupuesto de recompensa adeudada al filántropo yanqui. El trumpismo resalta, además, el fundamento religioso del credo neoconservador, que presenta a Estados Unidos como un país elegido por Dios, para consolidar la superioridad anglosajona y las creencias protestantes. Marco Rubio complementa ese cimiento con un revival de la ideología macartista. Esos prejuicios de la guerra fría, le asignan a cualquier acción de Occidente un contenido salvador de la única civilización, que merece perdurar y gobernar al género humano. DIAGNÓSTICOS REALISTAS Las miradas negacionistas pierden actualmente auditorio ante la manifiesta contundencia del declive estadounidense. Por el contrario, sus adversarios declinistas ganan terreno con explicaciones de distinto índole. La influencia de este campo se verifica en los teóricos realistas de la disciplina Relaciones Internacionales, que reconocen el retroceso asignándole un cimiento geopolítico. Afirman que Estados Unidos desperdició el momento unipolar que sucedió a la implosión de la URSS, librando guerras inútiles, para instalar gobiernos del propio cuño en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Líbano, Sudán y Somalia. Estiman que la primera potencia dilapidó sus energías y derrochó sus recursos en esos inservibles operativos, que han generado consecuencias negativas de mayor gravedad en Ucrania. Destacan que Estados Unidos quebrantó alianzas y perdió influencia política por sus fracasadas aventuras militares. Esta mirada estima que los desaciertos de varios gobiernos desubicaron a la primera potencia, frente al nuevo escenario multipolar. Convocan a registrar que Estados Unidos ya no puede imponer su agenda y debe considerar las demandas de otros jugadores, especialmente las exigencias de sus dos grandes rivales de Rusia y China. Proponen la adopción de políticas de amoldamiento al mundo actual (Mearsheimer, 2023). Pero con este enfoque, enaltecen el pragmatismo y eluden indagar la existencia de procesos determinantes de la regresión estructural que afecta a la primera potencia. Por eso el declive no ocupa un lugar significativo en su visión. El realismo evita evaluar la dinámica histórica subyacente de los procesos de auge y caída de las potencias. No conecta en ningún momento esos ciclos con contradicciones del capitalismo o con desequilibrios estructurales de ese sistema. El realismo tan solo estudia las relaciones entre potencias, entendiendo que están determinadas por la tensión, desconfianza o rivalidad que genera la disputa por el poder. Resalta la presencia de actores que buscan supremacía, guiados por impulsos de predominio o autopreservación y señala que estas percepciones suscitan agresividad, miedo o desconcierto. La dinámica socio-histórica determinante de estos cursos es tan ignorada, como su pilar en el capitalismo. Desconocen la forma en que ese régimen social condiciona todas las tensiones en juego. Esa indagación es reemplazada por la mera evaluación del estado de los conflictos entre las potencias, a partir de un diagnóstico de invariable provisionalidad de la supremacía lograda por algún contrincante. Destaca que el predominio global nunca puede eternizarse en el largo plazo y que la proyección de poder solo es estable a una escala regional de menor alcance. La propia superioridad militar que disuade a los rivales, está siempre sujeta a la erosión de ese comando por los avances bélicos que consigue el enemigo (ESFAS, 2026). En ese marco analítico, el declive de Estados Unidos es visto como un episodio de rivalidades eternas, que irrumpen con cierta contundencia en el contexto actual. Se observa a ese retroceso, como resultado de la simple acumulación de poder por parte de una potencia, que suscita la respuesta equilibradora de sus contrincantes. En el siglo XXI, esa reacción contra el hegemonismo estadounidense es vista como un inevitable correctivo de la prepotencia exhibida por los auspiciantes del “nuevo siglo americano”, que desbalancearon el equilibrio mundial (Waltz, 2000). Esta mirada induce a buscar políticas de amoldamiento de la primera potencia al nuevo contexto global. Trump intentó seguir ese rumbo con su estrategia inicial de contención bélica, buscando reposicionar a Estados Unidos en el plano económico frente al avasallante competidor chino. Pero al cabo de un año de fracasado proteccionismo retomó la receta militar, que es el curso familiar a todos los gobiernos yanquis para lidiar con sus fracasos. El magnate se ha empantanado en su ensayo de algún camino sustituto del aventurerismo militar, porque enfrenta el mismo dilema sin solución de todas las administraciones confrontadas con el declive de Estados Unidos. Los teóricos del realismo no registran el fracaso de esta experiencia reciente de su propio recetario y repiten propuestas correctivas, sin ofrecer soluciones a las disyuntivas que genera el retroceso de la primera potencia. Reafirman ciertas obviedades -como la imposibilidad de eternizar el dominio de un hegemón- omitiendo los determinantes históricos de esa incapacidad. En los hechos, participan de las mismas fluctuaciones políticas, que exhiben los pensadores de otras corrientes de la elite gobernante. El realismo aporta argumentos de justificación a la política exterior de los trumpistas, anti trumpistas, soberanistas, aislacionistas o neoconservadores. Apuntalan en ciertas circunstancias al americanismo y en otras al globalismo, porque la propia concepción realista tan solo jerarquiza una acertada evaluación de las relaciones de fuerza internacionales y el consiguiente comportamiento de sus actores protagónicos. No cuenta con un diagnóstico del sentido histórico de la regresión que afronta Estados Unidos. SOBRE EXPANSIÓN MILITAR Algunos exponentes del liberalismo crítico han expuesto diagnósticos del declive de Estados Unidos, centrados en la sobre expansión militar de esa potencia. Es una mirada de larga data que se ha renovado en forma periódica y en contraposición a sus pares convencionales, reconoce la regresión y le atribuye un determinante bélico. Un exponente clásico de esta mirada, estima que el gigante norteamericano repite un síndrome que afectó a todos sus antecesores históricos, centrado en la ruptura del equilibrio entre el desenvolvimiento económico y el poder militar. Considera que esta segunda esfera se amplió por encima de sus posibilidades, en creciente conflicto con el cimiento productivo que lo sostiene (Kennedy, 1989: 539-577). Su enfoque objeta la dilatación bélica de Estados Unidos, señalando que luego de conquistar el dominio mundial con ventajas económicas, el gigante norteamericano quedó entrampado por la adversidad militar. Ilustra cómo ese deterioro ha sido convalidado por todos los ocupantes de la Casa Blanca. Remarca, además, el impacto negativo del belicismo sobre todas las áreas de la economía y recuerda que ese mismo tipo de déficit fiscal y endeudamiento, afectó al reinado español, al imperio otomano y demolió tanto a los Habsburgo en el siglo XVII, como a Gran Bretaña en el XIX. La explicación del declive yanqui por su sobre expansión militar fue especialmente expuesta en los años 80, cuando Reagan inauguró el neoliberalismo e instauró un modelo de ofensiva del capital sobre el trabajo, para recomponer los beneficios de las clases dominantes. Buscó por esa vía restaurar la deteriorada economía estadounidense frente a la alta competitividad de las exportaciones japonesas y se propuso relanzar la primacía militar norteamericana con amenazas a la Unión Soviética. El rearme del Pentágono a través de la “guerra de las galaxias”, fue en esos años un típico ejemplo del uso del poder militar, como instrumento de compensación del retroceso económico. Aportó nítidas evidencias de los efectos negativos de esa expansión bélica. Pero esa adversidad quedó enmascarada por la inesperada implosión de la URSS y la consiguiente extinción del denominado campo socialista. Ese acontecimiento redujo también la incidencia conceptual de la sobre expansión imperial estadounidense, que había logrado una alta recepción en los años 80 y quedó relegada a ámbitos minoritarios en la década posterior. El desplome de la URSS recreó la imagen un poder perdurable de Estados Unidos, primero con el episódico revival del reaganismo y luego con el espejismo unipolar (Kennedy, 2003) Ese transitorio período -equiparable al pasajero renacimiento que tuvo Gran Bretaña a principios del siglo XX (Belle Epoque)- fue observado como el reinicio de “un siglo americano”. Suscitó lecturas equivocadas, que ignoraron la dinámica prolongada de los declives generados por el descontrol militar. Esos retrocesos de largo plazo pueden ser interrumpidos por efímeros resurgimientos, que no alteran el repliegue estructural de la potencia. Esa regresión subyacente resurgió a pleno posteriormente en la Bush y se verifica a pleno en la actualidad. La guerra de Irak, la ocupación de Afganistán, la incursión contra Libia, la devastación de Siria y el conflicto de Ucrania, ilustraron la forma en que opera la sobre expansión militar, como un rasgo de períodos decadentes. Ese declive no obedece tan solo a políticas exteriores específicas de uno u otro gobierno, sino que deriva de los nocivos efectos que generan los desbordados operativos imperiales. En todos los casos, la embestida comienza con gran aliento, cantos de victoria y expectativas de florecientes negocios, pero al poco tiempo los invasores quedan atrapados en el mismo pantano que anticipó Vietnam. Los éxitos de la edad ascendente del imperio ya no se repiten y la guerra se convierte en una carga insostenible para su iniciador. Ese efecto es un dato abrumador de las últimas décadas. Salta a la vista que Estados Unidos ha sobre expandido su capacidad de acción, con o sin tropas propias. En el caso más reciente de Irán soslayó esa presencia y sufrió la misma derrota, comprometiendo un descomunal despilfarro de recursos en acciones con resultado adverso. El diagnóstico de la sobrecarga imperial ha sido formulado por otros autores, que remarcan su efecto nocivo sobre la estabilidad de la primera potencia. La evidencia más palpable es el deterioro de la competitividad, a medida que los contratistas del Pentágono acrecientan ganancias, a costa del grueso de la economía (Ortiz García, 2023). Este efecto negativo del militarismo no es un principio invariable de cualquier época o coyuntura, ni una desventura para todos los dominadores. Depende de la era en que se encuentra cada imperio. El belicismo apuntaló la economía estadounidense en la primera mitad del siglo XX y se convirtió a posteriori en su gran desdicha. Es la preeminencia de etapas de auge o declive lo que determina ese resultado disímil. En un período del primer signo, las nuevas tecnologías desarrolladas en el área militar se reconvierten en rentables innovaciones de la esfera civil. Por el contrario, en las etapas opuestas esa mutación queda bloqueada. Lo mismo ocurre en la industria. El estímulo militar a los nuevos procesos de fabricación en cierta fase, se transforma en su opuesto obstructor en los momentos inversos. Basta observar la desindustrialización y la baja productividad fabril de Estados Unidos, para notar en qué período de esa secuencia se encuentra el país. El contrapunto con China confirma ese retrato. Los autores que sitúan el determinante del declive estadounidense en la sobre expansión bélica, suelen proponer la reducción del gasto militar como el remedio a la enfermedad que socava al país. Postulan un repliegue imperial que corrija esa afección, repitiendo la trayectoria que siguió Gran Bretaña. Pero ese curso tendría enormes implicancias para un orden mundial forjado en torno a la supremacía estadounidense. El análisis de esos efectos exige situar la teoría de la sobre expansión militar en el marco conceptual de dos nociones -capitalismo e imperialismo- que el marxismo privilegia y el liberalismo crítico relativiza o ignora. ¿DECLIVE RELATIVO? En los análisis sobre el declive son muy frecuentes las descripciones, las evaluaciones del debate y los registros de opiniones, que evitan definir el acierto de una u otra postura. Se destacan, por ejemplo, las cambiantes funciones que cumplen los planteos declinistas y antideclinistas, como argumentos de las elites para justificar distinto tipo de políticas exteriores (Slaughter, 2026). En otros casos, se retrata cómo un enfoque consiguió más relevancia que el opuesto, en los variables escenarios de la historia norteamericana contemporánea. En esas revisiones, se recuerda que hasta los años 60 prevalecía un optimismo sin referencias al declive, mientras que en la década posterior se impuso ese señalamiento, al compás de lo ocurrido con Vietnam, la crisis del petróleo y el avance de los procesos socialistas (Reguera, 2021). Las tesis antideclinistas volvieron a primar en los años de unipolaridad y confianza en el resurgimiento del “siglo americano”, pero perdieron nuevamente relevancia en las últimas dos décadas de retroceso económico y fracasos bélicos. Las miradas descriptivas suelen aportar fundamentos para los enfoques que buscan situarse en un punto intermedio de relativización del declive. No niegan el retroceso, pero moderan su alcance, acotan su relevancia o destacan la existencia de una caída contrarrestada a través de secuencias cíclicas. Esos enfoques intermedios repasan los debates entre los exponentes de una u otra postura, para constatar la perdurable reaparición de la controversia. Consideran que esa problemática aparece, se disuelve y resurge periódicamente, sin quedar nunca zanjada (D’Eramo, 2022). Estiman que esa oscilación conceptual refleja la dinámica de un proceso de regresiones contrabalanceadas. Lo que Estados Unidos suele perder en el plano económico lo recuperaría en la esfera militar, tecnológica o financiera, introduciendo límites que le permitirían concretar un periódico renacimiento. Pero esa mirada impide reconocer cuáles son las tendencias subyacentes que determinan el devenir general del país. Computan la existencia de fuerzas en direcciones contrapuestas suponiendo que no definen resultados. Con ese enfoque no logran explicar el problema. La forma agresiva, descontrolada y autodestructiva que asume el belicismo yanqui es divorciada del declive y esa disociación obstruye la comprensión de la lógica de un militarismo desenfrenado. Las tesis de la regresión relativa tuvieron gran predicamento en los años de unipolaridad, en polémica con la tesis de la continuada declinación norteamericana. Objetaron las exageraciones de este último enfoque, cuestionando su desconocimiento del repunte logrado por la primera potencia. Convocaron a estudiar todo el problema como una contradicción y no como un inexorable curso de la historia. Pero el declinismo no es una petición de principio, que organiza el análisis de Estados Unidos presuponiendo un destino predeterminado para esa potencia. Constituye un registro de tendencias efectivas, que reproducen comportamientos análogos de los imperios precedentes. Con esa mirada se explica por qué razón el epicentro del capitalismo mundial sostiene a este sistema, con un vandalismo militar acorde a la decadencia de ese régimen social. El declive de Estados Unidos expresa la pérdida de poder de la primera potencia, en un sistema afectado por su propia regresión. Esa gravedad de la crisis norteamericana -por el carácter capitalista de la estructura que intenta apuntalar- ilustra a pleno el escenario actual. Estados Unidos intenta contrapesar desequilibrios propios y sistémicos con incursiones externas. La dinámica del capitalismo y del imperialismo se entrecruzan en su accionar, mediante una confluencia mayúscula de desequilibrios. CONTRAPESOS SIN TENDENCIAS Ciertos autores definen el declive absoluto, como una situación que definitivamente impide a la potencia afectada revertir su regresión. Consideran que Estados Unidos no se encuentra en ese estadio, sino que puede recobrar poder con políticas adecuadas. Encaran esa evaluación mediante un análisis empírico del declive norteamericano, en comparación al afrontado por otras dieciséis potencias desde 1870 hasta la fecha. Indagan el retroceso del producto interno bruto y también la solvencia geopolítico-militar de los involucrados. De ese contrapunto deducen la presencia de un declive estadounidense acotado y reversible (Mac Donald; Parent: 43-68). Pero la propia evaluación en esos términos no parece procedente, porque el lugar dominante que alcanzó Estados Unidos, no se asemeja a cualquier gama de contendientes. El gigante del Norte alcanzó un grado de primacía mayúsculo, cuyo devenir debe contrastarse con las potencias que alcanzaron ese podio, como Roma, España, los Otomanos o Gran Bretaña. La insistencia en subrayar el alcance acotado del declive estadounidense actual, apunta a señalar que el país experimentará desventajas en la próxima década frente a China, pero con efectos manejables. Podría sobreponerse a ese impacto y lograría timonear ulteriormente el nuevo escenario. No afrontaría una categórica caída, ni tampoco conseguiría un rotundo éxito frente a su retador. Pero ese cauteloso optimismo constituye una simple profesión de fe, que soslaya los procesos determinantes de la pugna en curso. Estados Unidos declina porque concentra desequilibrios capitalistas, que China logra gestionar con un Estado regulador y autónomo de las clases dominantes. Su oponente carece de ese atributo y opera con una administración sometida a los milmillonarios del mundo digital. Esa diferencia no se corrige con ningún cambio de políticas oficiales. China evita, además, el uso de la fuerza frente a un competidor que intenta recuperar primacía con desenfrenado belicismo. De esta contraposición pueden deducirse pronósticos muy variados, pero omitiendo esos determinantes, no hay forma de ensayar previsiones de alguna consistencia (Katz, 2026). El otro fundamento habitual para postular el carácter acotado del declive estadounidense es la continuada preeminencia de ciertos pilares de esa preeminencia. Se afirma que el dólar persiste como moneda mundial, Wall Street como epicentro del sistema financiero, los gigantes digitales como líderes de alta tecnología y el Pentágono como cabeza del poder militar global (D’Eramo, 2022). Estos cuatro factores, efectivamente indican que el término primera potencia, aún se ajusta al lugar que ocupa Estados Unidos en el planeta. Pero lo que está en debate no es ese reconocimiento, sino las evidentes tendencias al retroceso estructural de esa preeminencia. La desdolarización sigue un curso lento, pero persistente y está erosionando la capacidad de Washington para emitir sin control y endeudar al fisco. Wall Street alberga una nueva burbuja financiera, asentada en la capitalización sin contrapartida en los ingresos de los mega empresas digitales. Esas compañías efectivamente lideran la Inteligencia Artificial, pero se enfrentan con la creciente productividad del rival chino, que fabrica con mayor eficiencia y menores costos los mismos productos. Finalmente, el propio Pentágono debe lidiar con guerras que pierde, utilizando su obsoleto arsenal en operativos fallidos. El declive de Estados Unidos es un proceso estructural estrechamente asociado a la dinámica del capitalismo y del imperialismo. Soslayando esos dos condicionantes, las explicaciones no logran salir de la superficie. ¿AUSENCIA DE SUSTITUTOS? Un argumento de peso para postular límites o contenciones al descenso de Estados Unidos, es la ausencia de un reemplazante para ejercer la dominación mundial. Esa carencia de sustituto en el liderazgo global es señalada como una restricción, que perpetuaría o al menos recrearía la supremacía norteamericana. La primera potencia podría decaer, pero nadie lograría suplantarla y esa ausencia de reemplazante amortiguaría el descenso, lo tornaría más lento o le permitiría a Estados Unidos gestionar su propio repliegue (Mann, 2008). Pero ese contrapeso no desmiente el declive, sino que describe los límites y obstáculos de esa regresión. La ausencia de un suplente no anula o revierte la tendencia declinante y ese retroceso es el dato central del diagnóstico. La carencia de un sustituto puede, además, convivir con un escenario de variados dominadores emergentes, en reemplazo del hegemón previo. En esa posibilidad se asienta el pronóstico abierto, que expusieron algunos teóricos (como Arrighi o Galtung), al entrever escenarios de irresuelto equilibrio entre varias potencias. Esa opción es incluso avizorada por la propia tesis de un freno al declive por carencia de sucesores. La caída sin reemplazo es una perspectiva abonada por la singularidad del principal desafiante, que no actúa en los hechos como potencia imperial. La cautelosa política exterior de China, su aversión al uso de la fuerza y su exclusivo énfasis en los negocios crea un contexto poco convencional. Esa peculiaridad de China coexiste, además, con un marco de multipolaridad y dispersión del poder, que se aleja del clásico retrato de belicosos aspirantes al trono hegemónico. Los BRICS no se comportan, por ejemplo, como la entente que forjaron Alemania, Italia y Japón en la entreguerra. El diagnóstico de un declive de Estados Unidos impedido por la ausencia de sustitutos, presupone que el futuro repetirá el pasado y que la existencia de una potencia hegemónica es indispensable para sostener el sistema mundial. Ese presupuesto recuerda lo ocurrido con Gran Bretaña -que pudo declinar traspasando su dominación al socio transatlántico- y resalta el hecho que su reemplazante no forjó un ahijado del mismo porte. Por eso se considera que la orfandad sustitutiva de Estados Unidos genera una situación sin salida, para la continuidad del sistema mundial. Pero la emergencia de China y los BRICS ha dado lugar a un escenario distinto. La tesis de un declive estadounidense -tan solo relativo por la ausencia de reemplazante- podía concebirse, en todo caso, para el período de crisis (1990-2008) del sistema imperial, pero ya no para la etapa en curso. En esos años, el coloso del Norte mantenía el lugar de custodio del capitalismo, que todas las potencias occidentales le habían delegado con anterioridad. El guardián cumplió ese rol sofocando levantamientos populares en África, Asia y América Latina. Pero ese papel se modificó sustancialmente a fin del siglo XX, primero con el reflujo de las revoluciones y la implosión del campo socialista, y posteriormente con la emergencia de China, la multipolaridad y las propias fracturas de la alianza occidental. Nuestra propia mirada del sistema imperial realzó la gravitación de Estados Unidos, tanto en el cenit como en la crisis de esa configuración. Destacamos el primordial rol contrarrevolucionario del gestor de la OTAN y su función vigilante del capitalismo, observando cómo ese papel interactuaba sobre la crisis económica de largo plazo que afectaba a la primera potencia. Nuestros señalamientos de esa relación destacaban la existencia de una recomposición periódica del poder estadounidense, que no lograba enmendar la fragilidad de sus bancos y el retroceso de su industria (Katz, 2023: 41-42). Pero estos diagnósticos -que subrayaban la presencia de una contradicción irresuelta- correspondían a un período ya extinguido y no al contexto actual. Esa diferencia tiene enormes implicancias que analizaremos en los próximos textos. REFERENCIAS –Wolff, Richard (2026a). La política de Trump y el declive del capitalismo estadounidense en 2026 https://sinpermiso.info/textos/la-politica-de-trump-y-el-declive-del-capitalismo-estadounidense-en-2026 -Wolff, Richard (2026b). Estados Unidos. «El imperio estadounidense está en declive -Ikenberry, John (2018). La crisis del orden liberal, Anuario internacional CIDOB https://www.cidob.org/publicaciones/crisis-del-orden-liberal-mundial -Nye, Joseph S (2024a). Estados Unidos, grandeza y declive, https://www.embajadaabierta.org/post/estados-unidos-grandeza-y-declive-por-joseph-nye -Nye, Joseph S (2024b) ¿Se acabó la hegemonía estadounidense? https://www.nuevarevista.net/crees-que-el-siglo-estadounidense-ha-terminado-piensalo-de-nuevo/ -Ikenberry, G. John (2024) Una nueva gran estrategia estadounidense: Argumentos a favor del internacionalismo liberal, ww-cfr-org.translate.goog/podcasts/presidents-inbox/new-us-grand-strategy-case-liberal-internationalism-g-john-ikenberry? -Kagan Robert (1998) The Benevolent Empire https://ciaotest.cc.columbia.edu/olj/fp/fp_kagan98.html -Kagan Robert (2026a). America vs. the Worldhttps://www.theatlantic.com/magazine/2026/03/trump-national-security-greenland-spheres-of-interest/685673/ -Slaughter, Anne-Marie (2026). ¿Importa el declive del poder blando estadounidense? -Sanz, Pablo (2014). Robert Kagan: The World America made de Robert Kagan https://www.nuevarevista.net/robert-kagan-world-america-made/ -Kagan, Robert (2026b) Estados Unidos es ahora una superpotencia rebelde. https://www-theatlantic-com.translate.goog/international/2026/03/trump-us-power-iran/686567/? -Mearsheimer, John (2023). John Mearsheimer y el declive de la hegemonía estadounidense https://johnmenadue-com.translate.goog/post/2023/11/john-mearsheimer-and-the-decline-of-us-hegemony/? -ESFAS (2026). La influencia de John J. Mearsheimer en la política exterior estadounidense de 2009-2021 https://www.defensa.gob.es/ceseden/-/esfas/influencia-john-mearsheimer-politica-exterior-estadounidense-de-2009-2021 -Waltz, Kenneth (2000). Structural Realism after the Cold War. International Security, 25(1), 5–41. -Kennedy, Paul (1989) Auge y caída de las grandes potencias Debolsillo, Plaza & Janes 1989, Madrid -Kennedy, Paul (2003). Ascenso ¿y caída? de los EE.UU. https://letraslibres.com/wp-content/uploads/2016/05/pdf_art_8907_7079.pdf -Mann, Michael (2008). American Empires: Past and Present, The Canadian Review of Sociology, vol. 45, Nº 1, febrero de 2008. -Ortiz García, Alonso Ronald (2023). El declive de Estados Unidos: una mirada histórica y geopolítica https://lectambulos.com/el-declive-de-estados-unidos-una-mirada-historica-y-geopolitica/ -Reguera, Marcos (2021) Imperio, auge y declive americano: la tradición declivista estadounidense en los siglos XIX y XX, Jerónimo Zurita, 99. Otoño 2021: 79-104, https://www.academia.edu/83279183/Revista_de_Historia_Jer%C3%B3nimo_Zurita_n_o_99_oto%C3%B1o_2021_ –MacDonald, Paul K (2009). Those who forget historiography are doomed to republish it: Empire, imperialism and contemporary debates about American power January 2009 Review of International Studies 35(01):45 –D’Eramo, Marco (2022) ¿Declive estadounidense? New Left Review 135, julio-agosto 2022 -Mac Donald, Paul K, Parent Joseph (2018). Twilight of the Titans: Great Power Decline and -Katz, Claudio (2023). En La crisis del sistema imperial, Edición virtual, septiembre 2023 Jacobin, Buenos Aires Claudio Katz: Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz Enlace a la primera parte del artículo: https://rebelion.org/el-declive-de-estados-unidos-parte-i/

viernes, 21 de agosto de 2026

Qué lección deja la derrota en las primarias en EEUU de perfiles abiertamente opositores a Trump?

¿Qué lección deja la derrota en las primarias en EEUU de perfiles abiertamente opositores a Trump? Sputnik Mundo Saltaron a la fama como férreos oponentes al presidente de EEUU durante su primer mandato, llegando incluso a liderar los juicios políticos en su contra, pero sus derrotas en las elecciones internas señalan un cambio de época. "La gente reclama soluciones a sus problemas, no quejas sobre la falta de institucionalidad", dijo un experto a Sputnik. El analista David Weigel hizo un resumen del panorama político actual luego de que el coronel retirado Alexander Vidman —estrella opositora durante el primer Gobierno del presidente Donald Trump— cayera derrotado de forma categórica en las internas para el Senado en Florida frente a Angie Dixon, una congresista local desconocida a nivel nacional y de escasos recursos que obtuvo 12% más de votos que el exfuncionario del Pentágono. "¿La derrota de Vindman marca el final de la Resistencia 1.0? Eso pareciera (...) Muchos demócratas perdieron este año luego de recordarle al electorado que se dedicaron a someter a juicio político a Trump, y los votantes simplemente se encogieron de hombros", escribió en su perfil de X. El fracaso de Vindman, quien testificó en el primer juicio de impeachment contra Trump y que, confiado en la notoriedad que esa intervención le había otorgado, había saltado a la política con el apoyo del establishment demócrata, fue el último revés electoral sufrido por las estrellas de la llamada "Resistencia", movimiento que luchó por descarrilar la presidencia del mandatario entre 2017 y 2021 y que estaba compuesto principalmente por dirigentes del partido opositor, pero también por funcionarios y militares de extensa —y transversal— trayectoria en Washington. En los últimos meses, estas figuras que construyeron su perfil público a través de una férrea oposición al magnate han sufrido derrotas inapelables en las primarias que los demócratas vienen realizando de cara a las elecciones generales de noviembre, confirmando que la corriente anti-Trump ya no es suficiente para seducir a los votantes, especialmente en un contexto de fuerte encarecimiento del costo de vida, estancamiento de los salarios y varios —e impopulares— frentes de conflicto abiertos por Washington. "La visa es utilizada por EEUU para presionar a la élite política mexicana", según expertos Los ejemplos no son solo múltiples, sino también variados, representativos de una tendencia que atraviesa tanto a distritos rurales ubicados en los denominados "estados bisagra" como a bastiones del progresismo urbano. Daniel Goldman, exfiscal del primer juicio político contra Trump y congresista por Nueva York, cayó semanas atrás en su intento de reelección; George Conway, cofundador del influyente comité de exrepublicanos Lincoln Project y de gran viralidad en redes, fracasó de manera estrepitosa (obtuvo el 5%) en su aspiración legislativa como representante demócrata. En tanto, figuras como la veterana congresista Diana DeGette, pese a ser una adversaria mediática de Trump, cayeron frente a una ignota joven de 30 años en su búsqueda de mantener su cargo. Cori Bush, que intentó volver al Congreso este julio luego de hacerse conocida como parte del grupo de Alexandria Ocasio-Cortéz y ser una habitual crítica del presidente, sufrió la misma suerte. Un castigo a la falta de propuestas Claudia Veiroj, internacionalista egresada de la Universidad de la República Oriental de Uruguay (Udelar), le dijo a Sputnik que el fenómeno está vinculado al carácter "centrista y falaz" de la denominada "Resistencia", que, en su visión, "operó recurriendo a mentiras y defendiendo el apego a las instituciones y a la etiqueta política en lugar de debatir con honestidad los problemas estructurales que sufren los estadounidenses y que llevaron a Trump al poder". El principal legado de Obama "es haber herido de muerte al proyecto neoliberal centrista", dice una experta De acuerdo con la experta, para estos políticos "era más fácil inventar teorías conspirativas sobre supuestas tramas globales para influir en las elecciones [sin mencionar que esa es una estrategia que EEUU ha llevado adelante desde siempre, tanto de manera encubierta como a la luz del día] que aceptar que el discurso neoliberal de enaltecimiento de las normas y la CIA ya no era popular con el electorado". En ese sentido, resaltó que la derrota de los abanderados de este movimiento "es un castigo a la falta de propuestas" de parte de los candidatos del establishment, que siguen sin querer aceptar que las prioridades de la base demócrata han cambiado drásticamente. "El pánico institucionalista o la guerra proxy en Ucrania, temas que estos políticos siguen repitiendo, no son argumentos populares, mientras que las críticas a Israel o a la construcción de data centers para empresas de inteligencia artificial, ha quedado claro que suman votos", afirmó. Llamado de atención En un mismo sentido, Diego Paullier, analista de política internacional egresado de la ORT, le dijo a este medio que la seguidilla de resultados contrarios a las figuras demócratas que sobresalieron en el primer mandato de Trump deja en claro que basar una plataforma en la restauración de la normalidad institucional es una estrategia "elitista y limitada" frente a demandas sociales insatisfechas. "El mensaje es claro: el electorado busca propuestas centradas en el acceso a la vivienda, la salud pública y el freno al financiamiento de conflictos bélicos, y no en una agenda centrada en oponerse a Trump o en investigar sus negocios inmobiliarios de hace 40 años", afirma, añadiendo que para el Partido Demócrata, el fracaso de los otrora "héroes" de la "Resistencia" representa una severa llamada de atención de cara a las elecciones generales de noviembre. ¿Por qué los demócratas no logran atraer a los votantes latinos que se distancian de Trump? "Agitar los fantasmas del primer Trump —cuando, además, el Gobierno demócrata que le siguió, encabezado por Joe Biden, fue tan malo que facilitó el regreso del ahora presidente— solo profundizaría la crisis demócrata, si es que el partido se empeña en mantener esa estrategia solo para complacer a sus donantes ricos que no quieren que nada cambie", sentencia

Trump, Netanyahu y Milei ante el espejo del fracaso

Recomiendo: Trump, Netanyahu y Milei ante el espejo del fracaso Por Ariela Ruiz Caro | 21/08/2026 | Opinión Fuentes: El cohete a la luna Unidos por una matriz de mesianismo político y retórica grandilocuente, el trío compuesto por Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Javier Milei se mira en el mismo espejo del desgaste y el fracaso. La realidad económica y la caída del respaldo ciudadano los condena. El caso de la Argentina de Milei se erige con la performance más dramática del grupo: el experimento libertario ha derivado en una caída estrepitosa del consumo, destrucción del empleo y un incremento de morosos con las tarjetas de crédito nunca antes vista. Al desplome histórico de Netanyahu en las encuestas israelíes —acosado por juicios de corrupción— se suma la erosión de Donald Trump, que no logra alinear la economía estadounidense a sus promesas de paz y prosperidad. Los tres gobernantes enfrentarán procesos electorales en un marco de desgaste político y deberán resolver juicios pendientes. La fantasía de la infalibilidad se encontrará en las urnas con el veredicto de los bolsillos. Economía y Política Los tres gobernantes tiene factores en común: sus economías se encuentran golpeadas, tienen bajo respaldo político y están envueltos en casos de corrupción. El experimento del dogma libertario extremo, impulsado por Milei, ha hundido al país en una situación de estancamiento prolongado en la mayoría de sectores; ha producido una fuerte caída del consumo interno y del poder adquisitivo en la mayoría de sectores; pérdida de empleo formal y un aumento de la informalidad laboral, lo que genera una brecha entre las cifras agregadas presentadas por el gobierno y la percepción cotidiana en la calle.Aunque su calendario electoral es el más lejano, la crudeza de la realidad ya empieza a configurar un escenario adverso de descontento social. El nuevo ranking de agosto de la consultora CB Global Data sobre la imagen de 18 mandatarios latinoamericanos ubicó a Javier Milei entre los cuatro peor evaluados de la región, inclusive peor que el presidente Daniel Ortega de Nicaragua. Según el informe, Milei registra un 35,1% de aprobación frente a un 62,8% de desaprobación, lo que lo posiciona en el puesto 15 de los 18 líderes relevados, dentro del grupo identificado como “los seis peores” del ranking. En Israel, Benjamín Netanyahu siente la cercanía de su ocaso político. Acosado por varios juicios por corrupción, su gestión económica exhibe un déficit fiscal desbocado por el enorme gasto militar, un sector de la construcción paralizado por la falta de mano de obra no israelí –provocada por el veto a los trabajadores palestinos tras el estallido del conflicto– y la fuga de cerebros de jóvenes que abandonan el país. Para hacer frente al masivo gasto militar y cumplir con la meta de reducir el déficit fiscal actual del 5,2% a menos del 3% del PIB hacia 2028, el gobierno ha aumentado el Impuesto al Valor Agregado (IVA) y aplicado nuevos impuestos a la propiedad y al suelo; realizado reformas en pensiones y jubilaciones; reducido el aparato estatal, entre otras. Según la última encuesta de Lazar Research publicada por el Jerusalem Post, el candidato Gadi Eisemkot (líder del partido Yashar) tiene un respaldo de 49% frente a un 38% de Netanyahu en las próximas elecciones del 27 de octubre. Asimismo, un 72,5% de la población declara no creer en las afirmaciones de Netanyahu de haber alcanzado “éxitos militares significativos” o haber neutralizado las amenazas existenciales. Sondeos del Centro Accord revelan que el 62% de la población general en Israel está de acuerdo con la afirmación de que “no hay civiles inocentes en Gaza” y un 92,1% de los israelíes considera que Irán “ganó” o salió más fortalecido del conflicto.Donald Trump tampoco queda a salvo de esta erosión económica y política. Los datos económicos más recientes de Estados Unidos muestran señales de enfriamiento, influenciado por el impacto rezagado de las tensiones energéticas globales y las políticas arancelarias. Toda vez que los aranceles son impuestos que pagan las empresas estadounidenses para ingresar productos extranjeros al país, estos son mayoritariamente traslados a los consumidores finales. La economía sigue creciendo a un ritmo modesto, pero el mercado laboral ha encendido alarmas por la pérdida de empleos y la inflación cedió ligeramente a 3,4%. El consumo muestra una profunda brecha de desigualdad según el nivel de ingresos. El Comité Económico Conjunto de ese país estima que las familias estadounidenses promedio enfrentan más de 3.500 dólares en costos anuales adicionales por inflación debido al efecto combinado de la gasolina cara y los aranceles comerciales. Según la última encuesta de The Economist/YouGov, el respaldo a Trump continúa cayendo y solo un 33% de los estadounidenses aprueba su gestión. Esta revela también que el 60% de los encuestados considera que Trump es poco honesto; 61% cree que utiliza el cargo para beneficio personal y 65% cree que Estados Unidos va por el camino equivocado. Donald Trump, presionado por Netanyahu, está pagando un alto precio por el inicio de la guerra en Irán, cada vez menos comprendida incluso dentro del propio partido republicano y de su movimiento MAGA. Corrupción y deudores seriales Los juicios por corrupción contra Benjamín Netanyahu –el primer jefe de gobierno en la historia del país en enfrentar un juicio penal mientras ejerce el cargo– comenzaron formalmente en mayo de 2020 y actualmente han entrado en una fase crítica. El conflicto exterior ha funcionado como el oxígeno que estira su permanencia en el cargo. Bajo el lema de que “no se cambia de líder en mitad de una tormenta”, Netanyahu ha justificado reiteradamente los retrasos en sus audiencias judiciales, argumentando compromisos urgentes de seguridad nacional. Aun así, luego de más de seis años de retrasos estratégicos debido a la pandemia, la guerra en Gaza y las escaladas militares regionales, su testimonio formal ha finalizado en junio después de sentarse en el banquillo de los acusados durante un año y medio a lo largo de 98 extenuantes audiencias ante el tribunal de distrito.Netanyahu enfrenta además procesos en la Corte Penal Internacional (CPI), que emitió una orden de arresto internacional contra su persona ya que se le acusa formalmente de utilizar la inanición de civiles como método de guerra y de dirigir intencionalmente ataques contra la población civil en la Franja de Gaza. Por otro lado, ante el Tribunal Internacional de Justicia (CIJ) se lleva el caso por genocidio impulsado originalmente por Sudáfrica contra el Estado de Israel. La gestión de Milei acumula múltiples denuncias penales en los tribunales federales de Comodoro Py. Las principales causas judiciales y denuncias formales son las siguientes: el caso $LIBRA (presunta cripto estafa y cohecho); el escándalo junto a su hermana de ANDIS (red de coimas en medicamentos); malversación y uso de fondos públicos; viajes y proselitismo político; presuntas irregularidades y desvíos de fondos en el otorgamiento de créditos millonarios de carácter hipotecario o prendario por parte del Banco Nación destinados a beneficiar de forma directa a altos funcionarios del Poder Ejecutivo. Trump ha enfrentado un total de cuatro causas penales principales y múltiples demandas civiles en los últimos años. Tras haber asumido nuevamente la presidencia de los Estados Unidos en enero de 2025, el estatus de sus procesos legales cambió drásticamente: su único caso penal cerrado terminó con una condena sin cárcel, las causas federales se disolvieron tras la renuncia del fiscal especial, y el resto de los juicios estatales permanecen congelados o en apelación. Mientras que Trump abraza el proteccionismo arancelario y convive con un déficit fiscal del 6% emitiendo bonos del Tesoro de forma masiva, una receta de masiva emisión de bonos que Netanyahu emula para costear la guerra en Israel, Milei persigue el superávit y la austeridad. Sin embargo, ambos terminan operando como “deudores seriales” para sostener sus modelos (Trump inundando el mercado global con deuda soberana y Milei atado a los vencimientos del FMI y los swaps para surfear la volatilidad financiera). Los gérmenes de la oposición El síntoma más nítido de un despertar civil y político ocurrió el 4 de agosto en las entrañas mismas de Estados Unidos. Contra todos los pronósticos del establishment tradicional, el médico epidemiólogo e hijo de inmigrantes egipcios, Abdul El-Sayed, conquistó de manera histórica la nominación demócrata al Senado por el estado clave de Michigan. Su triunfo no es menor: debió derribar una muralla financiera sin precedentes de más de 70 millones de dólares inyectados por fondos corporativos y el poderoso lobby pro-israelí (AIPAC), movilizados con el único objetivo de sepultar su candidatura. El-Sayed logró conectar con lucidez un dilema ético elemental que el trumpismo pretendía invisibilizar: en una era donde la clase trabajadora local no puede costear el alquiler ni la salud, resulta anacrónico e inmoral que el gobierno destine miles de millones de dólares del contribuyente a financiar los bombardeos coordinados con la administración de Netanyahu. La victoria de El-Sayed no es un hecho aislado. En enero de este año Zohran Mamdani, de origen ugandés e indio, del movimiento de los Socialistas Democráticos de América (DSA), asumió la alcaldía de la ciudad de Nueva York.El verdadero triunfo político de figuras como Zohran Mamdani o Abdul El-Sayed no radica únicamente en conseguir un puesto en la estructura del Estado, sino en haber logrado que un discurso contestatario, inclusivo y crítico de la política exterior tradicional se convierta en una plataforma electoralmente competitiva y ganadora dentro de los Estados Unidos. Este fenómeno demuestra que existe un sector importante de la ciudadanía que comparte y respalda esas mismas denuncias sobre las desigualdades internas y el rol militar de su país en el exterior. Ambos son etiquetados por los sectores conservadores como “radicales” porque califican las acciones militares de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente como genocidios. Cabe mencionar también como antecedente la “revuelta de los no comprometidos” (Uncommitted National Movement), una campaña de protesta política surgida en el ala progresista de los Estados Unidos contra el apoyo militar y diplomático de la administración de Joe Biden a Israel durante la guerra en Gaza. Esta movilización cobró fuerza durante las elecciones primarias del Partido Demócrata en 2024, en la que instaron a votantes registrados como demócratas a ir a votar a las urnas para seleccionar la opción “no comprometido”, o sea, por ningún candidato demócrata, y ha marcado la reconfiguración de la izquierda estadounidense. Como es sabido, el sistema político de Estados Unidos —donde el funcionamiento del sistema del Colegio electoral determina que el candidato que gana la mayoría de los votos en un estado se lleva todos los electores— está diseñado exclusivamente para el bipartidismo. Esto hace matemáticamente inviable que un tercer partido o un candidato independiente gane la presidencia, por lo que los movimientos políticos independientes participan desde uno de los dos partidos. Mientras en Estados Unidos avanza esta renovada insurgencia progresista, en las calles de Israel se fortalece un movimiento civil y estudiantil que exige detener la maquinaria bélica, como el movimiento social Standing Together y el partido creado recientemente A Place for Us All. En la Argentina sumida en el declive libertario se empiezan a estructurar los primeros consensos para enfrentar las elecciones del próximo año. El hecho más importante fue una sorpresiva “cumbre de unidad” celebrada el martes 11, donde se congregaron los tres líderes claves del Partido Justicialista: Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner. El freno a la ley de extranjerización de tierras en la Argentina como resultado de la movilización social es otra de las señales que muestran la reacción de sociedades fatigadas por el dogmatismo de gobernantes que intentan rifar los recursos estratégicos. En este escenario, el autoritarismo mediático y el desprecio por la dignidad humana pueden ganar elecciones, pero no estabilizarlas. Cuando las urnas hablen, la cruda realidad económica y social retomará su curso, recordándonos que el espectáculo político siempre tiene fecha de caducidad. El mundo en foco es la columna de Ariela Ruiz Caro para Mira: Feminismos y Democracias. Ariela Ruiz Caro es economista y actualmente investigadora del Centro de Estudios y Promoción de Desarrollo (DESCO), Argentina.arielaruizcaro@gmail.com Fuente: https://www.americas.org/trump-netanyahu-y-milei-ante-el-espejo-del-fracaso/

jueves, 20 de agosto de 2026

La política de Netanyahu no beneficia ni a la región ni al propio Israel, opina un exdiputado árabe

- Sputnik Mundo La política de Netanyahu no beneficia ni a la región ni al propio Israel, opina un exdiputado árabe La actual política de Israel no garantiza su seguridad ni una estabilidad duradera en la región, sostiene a Sputnik el exdiputado árabe de la Knesset (Parlamento israelí), Mojamed Hasan Kanan. A su juicio, solo una paz justa conforme al derecho internacional puede proporcionar una seguridad auténtica. El ataque contra la base aérea siria de Abu al Duhur se produjo después de que Damasco no respondiera a las exigencias del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre la cuestión libanesa, precisa el experto. Del mismo modo, subraya que Israel considera al actual Gobierno sirio una amenaza para sus fronteras septentrionales y, posiblemente, para su propia presencia en el norte de la región. "Una política de este tipo no contribuye a la estabilidad, la seguridad ni a la propia supervivencia de Israel en la región", apunta. Por el contrario, solo una paz justa en Oriente Medio, basada en las resoluciones del derecho internacional, puede garantizar una estabilidad auténtica, opina Hasan Kanan al reafirmar "la necesidad de la retirada de las tropas israelíes de todos los territorios ocupados en Siria, el Líbano, Palestina, Cisjordania y la Franja de Gaza". Según el experto, con este tipo de ataques Netanyahu busca transmitir que Israel y su Gobierno no pueden aceptar ningún acuerdo que no satisfaga a la extrema derecha. Anteriormente, Israel lanzó ataques aéreos contra la base aérea siria de Abu al Duhur, cerca de Alepo, situada a poca distancia de la frontera con Turquía. La oficina de Netanyahu justificó este golpe alegando que Siria estaría a punto de incumplir los acuerdos de seguridad con la parte israelí al supuestamente permitir un despliegue de militares turcos en dicha base aérea. En el comunicado se señalaba que la posible presencia de militares turcos en la base supondría una amenaza para la seguridad de Israel, que no tiene intención de tolerarla.

Cuando el «desarrollo» sirve para colonizar: de Rutenberg a la Junta de Paz de Gaza

Recomiendo: Cuando el «desarrollo» sirve para colonizar: de Rutenberg a la Junta de Paz de Gaza Por Jaldía Abubakra | 20/08/2026 | Palestina y Oriente Próximo Fuentes: El Salto Desde octubre de 2023 ha sido devastadas tierras agrícolas, sistemas de abastecimiento de agua, carreteras, hospitales, escuelas, universidades, mercados, panaderías, centros comunitarios, infraestructuras municipales y prácticamente todas las estructuras que permiten a una sociedad organizar su vida cotidiana. A lo largo de más de un siglo el colonialismo en Palestina no se ha impuesto únicamente mediante ejércitos, expulsiones, asentamientos y leyes de confiscación. También ha utilizado un lenguaje aparentemente mucho más amable: modernización, prosperidad, inversión, reconstrucción, ayuda humanitaria y desarrollo. Bajo esos términos, presentados una y otra vez como proyectos destinados a mejorar la vida de la población, se han impulsado estructuras económicas e infraestructuras que han servido para apropiarse de la tierra, reorganizar la sociedad palestina y aumentar su dependencia de quienes la colonizan. La actual Junta de Paz de Gaza no nace fuera de esta historia. Presentada bajo el lenguaje de la reconstrucción, la administración y la estabilidad después de una guerra de exterminio que ha destruido buena parte de las bases materiales de la vida en la Franja, reproduce una lógica conocida: primero se destruyen o se arrebatan las condiciones que permiten a una sociedad sostenerse por sí misma y después se ofrece devolver una parte de ellas bajo supervisión externa y a cambio de aceptar determinadas condiciones políticas. No es una lógica nueva. Desde el Mandato Británico hasta Oslo, pasando por los proyectos de judaización posteriores a la Nakba, Palestina ofrece numerosos ejemplos de cómo el denominado “desarrollo” puede convertirse en una herramienta de conquista colonial. También ofrece otra historia, menos contada: la de una población palestina que identificó muchas veces esas políticas, las rechazó y desarrolló diferentes formas de resistencia frente a ellas. La electricidad que iluminaba la colonización Uno de los primeros ejemplos apareció durante el Mandato Británico. En 1921 las autoridades británicas concedieron a Pinhas Rutenberg, ingeniero ruso y militante sionista, los derechos para desarrollar gran parte de la infraestructura eléctrica de Palestina. Sobre el papel, parecía una iniciativa de modernización: electrificar el país, mejorar sus infraestructuras y abrir una nueva etapa económica. Sin embargo, el problema nunca fue la electricidad. El problema era quién controlaba la infraestructura, a quién beneficiaba y qué proyecto político estaba ayudando a construir. La concesión permitió concentrar en manos sionistas el control de un servicio público estratégico mientras las redes eléctricas se expandían prioritariamente hacia los asentamientos judíos. Ciudades y comunidades palestinas quedaron relegadas o directamente excluidas, mientras la electricidad contribuía al crecimiento económico e industrial de la sociedad colonial que se estaba implantando en Palestina. La población palestina entendió muy pronto que aquellos postes eléctricos no eran neutrales. El Quinto Congreso Nacional Palestino, celebrado en Nablús en 1922, llamó al boicot del proyecto de Rutenberg. Más tarde se sucedieron manifestaciones y acciones de sabotaje contra la red. Una consigna de aquella época lo resumía con una claridad extraordinaria: “Los postes de Rutenberg son nuestras horcas”. No era un rechazo a la modernización ni a la electricidad. Era la comprensión de que una infraestructura aparentemente destinada al desarrollo estaba siendo utilizada para fortalecer un proyecto colonial que expulsaba progresivamente a la población originaria del control sobre su propia tierra y sus recursos. Décadas después, esa intuición quedó confirmada: en los años cuarenta, la inmensa mayoría de la electricidad producida por aquella red era consumida por los asentamientos judíos. El colonialismo había aprendido una lección que volvería a aplicar muchas veces: quien controla la infraestructura no controla únicamente un servicio; controla también las posibilidades económicas, la planificación territorial y, en buena medida, el futuro. De la Nakba al “desarrollo de Galilea” Después de la Nakba de 1948 la misma lógica adoptó nuevas formas. La expulsión masiva de la población palestina fue seguida por una arquitectura jurídica y económica destinada a convertir el despojo en una realidad permanente. Leyes e instituciones creadas por el nuevo Estado israelí facilitaron la transferencia de enormes extensiones de tierras palestinas confiscadas a instituciones sionistas y nuevos asentamientos. La tierra robada dejó de presentarse simplemente como botín de guerra y pasó a incorporarse a proyectos definidos como “desarrollo”. Uno de los ejemplos más claros fue el llamado “Desarrollo de Galilea”. Durante las décadas siguientes se impulsaron nuevos asentamientos, infraestructuras y dispositivos de vigilancia destinados a modificar la realidad demográfica y territorial del norte de Palestina. Bajo el lenguaje del desarrollo regional, decenas de miles de dunams de tierras palestinas fueron confiscados y las localidades palestinas quedaron progresivamente rodeadas y fragmentadas. La respuesta alcanzó un punto decisivo en 1976, cuando nuevas confiscaciones de tierras alrededor de Deir Hanna, Arraba, Sakhneen y otras localidades desencadenaron una movilización que pasaría a formar parte de la memoria nacional palestina: el Día de la Tierra. La importancia del Día de la Tierra no reside únicamente en la huelga general y las protestas que se extendieron por Palestina.: representó la consolidación de una conciencia política según la cual la defensa de la tierra no podía separarse de la lucha contra las estructuras económicas y administrativas utilizadas para apropiarse de ella. Comités locales, asambleas populares, movilizaciones y distintas formas de organización convirtieron la defensa territorial en una causa nacional que atravesó las fronteras impuestas al pueblo palestino. Aquella experiencia dejó otra lección esencial: el desarrollo colonial no se combate rechazando el desarrollo, sino defendiendo el derecho de la población palestina a decidir qué se construye, para quién se construye y sobre qué tierra. Oslo y el espejismo de la prosperidad bajo ocupación Con los Acuerdos de Oslo (1993) apareció una versión más sofisticada de la misma promesa. Esta vez no se hablaba únicamente de infraestructuras o asentamientos, se hablaba de construcción del Estado, crecimiento económico, inversiones internacionales y una futura economía palestina integrada en la región. La prosperidad debía convertirse, supuestamente, en uno de los pilares de la paz. Sin embargo, intentar construir una economía soberana mientras la potencia ocupante controla fronteras, movimientos, recursos, comercio exterior, grandes extensiones de tierra y buena parte de las infraestructuras básicas contiene una contradicción difícil de ocultar. Las zonas industriales promovidas durante la etapa de Oslo son un ejemplo especialmente revelador. La zona industrial de Jenin fue presentada como un proyecto capaz de generar empleo, atraer inversiones y conectar la futura economía palestina con mercados internacionales. Sin embargo, las condiciones que rodeaban estos proyectos mantenían la producción palestina profundamente condicionada por la economía israelí y por las decisiones de la ocupación. El problema tampoco era aquí la existencia de industrias o inversiones. La cuestión era qué tipo de economía se estaba construyendo. Las tierras destinadas a estos proyectos no eran espacios vacíos. En el caso de Jenin se trataba de tierras agrícolas de Marj Ibn Amer, vinculadas a la producción local y a la capacidad de las comunidades palestinas de mantener cierta autosuficiencia. Transformar esas tierras en plataformas industriales dependientes de los cruces controlados por Israel, de sus mercados y de su infraestructura económica significaba sustituir una forma de producción arraigada en la tierra por otra profundamente dependiente del ocupante. Así, el “desarrollo” podía producir empleo y movimiento económico al mismo tiempo que debilitaba las posibilidades de construir una economía palestina autónoma. La resistencia a estos proyectos adoptó otras formas: agricultores defendiendo sus tierras, investigadores exponiendo las condiciones de las concesiones, juristas cuestionando los acuerdos y organizaciones palestinas denunciando la normalización económica. Oslo, no obstante, introdujo además un elemento decisivo: una Autoridad Palestina cuya supervivencia institucional quedó vinculada al orden político y económico surgido de los acuerdos. De esta forma, parte de la resistencia dejó de enfrentarse únicamente a la ocupación y comenzó a encontrarse también con una estructura palestina encargada de administrar ese modelo. El resultado fue una inversión profunda del principio de liberación: en lugar de construir una economía que redujera la dependencia del ocupante, se presentó la integración económica con él como camino hacia un futuro Estado. Gaza: destruir primero, “reconstruir” después La guerra de exterminio contra Gaza ha llevado esta lógica hasta su expresión más brutal. La destrucción no se ha limitado a viviendas o instalaciones militares. Desde octubre de 2023 ha sido devastadas tierras agrícolas, sistemas de abastecimiento de agua, carreteras, hospitales, escuelas, universidades, mercados, panaderías, centros comunitarios, infraestructuras municipales y prácticamente todas las estructuras que permiten a una sociedad organizar su vida cotidiana. Esta destrucción tiene consecuencias que van mucho más allá del momento de la guerra. Cuanto menos puede producir una sociedad por sí misma, más depende de la ayuda exterior. Cuanto más se destruyen sus infraestructuras, mayor es la capacidad de quien controla los suministros para decidir quién recibe alimentos, combustible, medicinas o materiales de construcción. La ayuda deja entonces de ser únicamente ayuda. Puede convertirse en un instrumento político. La experiencia de la denominada Fundación Humanitaria de Gaza mostró hasta qué punto esta lógica podía llegar. En un territorio sometido deliberadamente al hambre y a la destrucción, el acceso a alimentos básicos fue concentrado en mecanismos controlados externamente. La supervivencia de la población podía ser administrada, restringida y utilizada como mecanismo de presión. La Junta de Paz de Gaza aparece ahora sobre esas ruinas. Y aquí se encuentra el núcleo del problema: quienes participaron, sostuvieron o permitieron la destrucción de las condiciones materiales de la vida palestina pretenden ahora presentarse como administradores de su reconstrucción. La población que ha sobrevivido al genocidio se enfrenta así a una propuesta en la que la reconstrucción puede quedar vinculada a nuevas estructuras de tutela, mecanismos de seguridad, condiciones económicas y exigencias políticas, entre ellas el desarme de la resistencia y la reorganización del gobierno de Gaza. La cuestión, por tanto, no es si Gaza debe ser reconstruida. Gaza tiene que ser reconstruida. La pregunta es quién decide cómo, para quién y bajo qué condiciones. Reconstruir Gaza mientras se confisca la voluntad política de su población no es liberarla. Sustituir la ocupación militar directa por una administración internacional sometida a los intereses de las mismas potencias que sostuvieron el genocidio tampoco significa devolver la soberanía al pueblo palestino. La reconstrucción puede convertirse en otro campo de batalla. Después de destruir hogares, campos, universidades y hospitales, ofrecer materiales, inversiones y proyectos inmobiliarios a cambio de aceptar un determinado orden político es transformar la necesidad creada por la guerra en instrumento de negociación. Es el mismo mecanismo que hemos visto bajo distintas formas durante un siglo: convertir la vida material palestina en algo condicionado a la aceptación del poder colonial. Reconstruir sin entregar el futuro Pero la otra parte de esta historia también se repite. Los palestinos han resistido. Lo hicieron frente a las concesiones de Rutenberg, frente a las confiscaciones posteriores a la Nakba, frente a los proyectos de judaización de Galilea y frente a la dependencia económica promovida durante Oslo. Y lo siguen haciendo hoy en Gaza. La resistencia no adopta siempre la misma forma. Ha sido boicot, huelga, protesta popular, organización comunitaria, defensa jurídica, rechazo político, resistencia armada y, en las condiciones extremas de Gaza, también la obstinación cotidiana por reconstruir la vida. Familias que levantan refugios con restos de edificios porque Israel impide la entrada de materiales de construcción; comunidades que recuperan espacios colectivos entre los escombros; agricultores que intentan volver a trabajar una tierra devastada; médicos, profesores y trabajadores que reconstruyen instituciones básicas con medios mínimos. Todo ello forma parte también del sumud palestino. La principal lección de esta historia no consiste en rechazar el desarrollo. Palestina necesita reconstrucción, infraestructuras, hospitales, universidades, agricultura, industria y una economía capaz de garantizar una vida digna. Pero el desarrollo sin soberanía puede convertirse en otra forma de dependencia. No puede hablarse de reconstrucción mientras quienes destruyeron deciden qué puede reconstruirse. No puede hablarse de prosperidad mientras la tierra continúa siendo confiscada. No puede hablarse de desarrollo mientras fronteras, recursos, agua, comercio y movilidad permanecen bajo control de la potencia colonial. Y no puede pedirse al pueblo palestino que entregue sus herramientas de resistencia como precio para recuperar una parte de aquello que le ha sido destruido. Desde los postes de Rutenberg hasta la Junta de Paz de Gaza, cambian los nombres, las instituciones y el lenguaje. Antes se hablaba de electrificación y modernización; después, de desarrollo regional; más tarde, de zonas industriales y paz económica; hoy se habla de reconstrucción, inversión y administración internacional. Pero la pregunta fundamental continúa siendo la misma: ¿quién controla la tierra, los recursos y las decisiones sobre el futuro palestino? La experiencia de más de un siglo demuestra que ningún desarrollo puede sustituir a la liberación. La prosperidad no puede sustituir a la soberanía, ni el desarrollo puede convertirse en el precio de renunciar a la liberación. La liberación es precisamente la condición necesaria para que pueda existir un desarrollo palestino verdadero. Fuente: https://www.elsaltodiario.com/palestina/cuando-desarrollo-sirve-colonizar-rutenberg-junta-paz-gaza