viernes, 28 de agosto de 2026

Irán acusa de "terrorismo de Estado" a EEUU y dice que "la presión no funciona"

- Sputnik Mundo Irán acusa de "terrorismo de Estado" a EEUU y dice que "la presión no funciona" En alianza con Tel Aviv, Washington emprende una "guerra militar, económica e híbrida" contra el país persa "bajo pretextos falsos e infundados", advirtió el Ministerio de Exteriores iraní en un comunicado. "En el marco de sus políticas hostiles e ilegales contra Irán, EEUU dio a conocer su 'Operación Paria Económico', lo que constituye un acto de terrorismo de Estado", señaló Teherán, que a su vez recordó que quien apoye la campaña norteamericana se convertirá en cómplice de "la voluntad ilegal de un Estado sobre Estados soberanos", ya que Washington también amenazó a aquellas naciones que decidan mantener relaciones comerciales con Irán. "No cabe duda de que el pueblo iraní, inspirándose en su gran patrimonio civilizatorio y sus tradiciones religiosas y nacionales, frustrará las acciones malévolas de sus enemigos", aseguró Teherán. Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, habla durante una conferencia de prensa para detallar nuevas sanciones contra Irán, en el Departamento del Tesoro en Washington D.C., EEUU, el 24 de agosto de 2026 Igualmente, el canciller iraní Seyed Abás Aragchi apuntó en redes sociales que "retornar a la diplomacia no es imposible", pero todo depende, dijo, de que EEUU entienda que "la presión no funciona".

La economía política de la guerra contra Irán

Recomiendo: Entrevista al profesor e investigador Adam Hanieh La economía política de la guerra contra Irán Por | 28/08/2026 | Economía Fuentes: Correspondencia de prensa Desde que Israel lanzó el ataque contra Irán en junio de 2025, el conflicto ha sido analizado principalmente desde la perspectiva de la escalada militar y las fluctuaciones de los mercados energéticos mundiales. Sin embargo, las consecuencias de la guerra van mucho más allá de los precios del petróleo. El agravamiento de los riesgos que pesan sobre el transporte marítimo en el Golfo pone de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas de suministro mundiales, que dependen de la circulación ininterrumpida de materias primas, productos manufacturados e insumos industriales que atraviesan esta región. Mientras los gobiernos, las empresas y los mercados financieros evalúan las repercusiones sobre los precios y el suministro, el estrecho de Ormuz emerge como la cuestión estratégica central en torno a la cual giran ahora multitud de otros desafíos: la seguridad regional, el comercio mundial, los flujos energéticos, los ejes de infraestructura, las sanciones, la reconstrucción y el futuro orden político de Medio Oriene. Tanto si el estrecho permanece abierto, como si es objeto de disputas o se transforma mediante nuevos «acuerdos» logísticos, se ha convertido en el eje central en torno al cual se articulan las negociaciones entre las visiones contrapuestas de la región. Para descifrar estas dinámicas más amplias, recurrimos al economista político Adam Hanieh, cuyos trabajos analizan desde hace tiempo el papel del Golfo en el capitalismo internacional, la economía política de la integración regional y la relación entre poder de Estado, energía y imperio. En esta entrevista, Hanieh cuestiona los análisis simplistas sobre la guerra que limitan su importancia a las fluctuaciones de los precios del petróleo. Más bien sitúa el conflicto en el marco más amplio de la economía política del imperio, demostrando que la importancia estratégica del Golfo no reside únicamente en sus exportaciones de energía, sino también en su papel central en las cadenas de suministro mundiales, los mercados financieros y los ejes de infraestructuras emergentes. La entrevista analiza las repercusiones de la guerra para el poderío estadounidense, la normalización de las relaciones entre el Golfo e Israel, la dependencia de los combustibles fósiles y la reconstrucción regional, al tiempo que destaca cómo las consecuencias del conflicto recaen de manera desproporcionada sobre las poblaciones vulnerables de Medio Oriente, África y el sur de Asia. La idea central de Adam Hanieh es que la guerra no debe entenderse como un acontecimiento geopolítico aislado, sino como parte de una lucha más amplia en torno a la organización del comercio, los flujos de capital, las infraestructuras y la autoridad política en el seno de un orden mundial en rápida transformación. (Las respuestas a estas preguntas datan de principios de junio de 2026. A.P. Redactores de la sección «Península Arábiga» de Jadaliyya: En sus últimos artículos, usted destaca el papel fundamental del estrecho de Ormuz, no solo para los flujos mundiales de petróleo, sino también para las cadenas de suministro en sentido amplio. En su opinión, ¿qué aspectos de las perturbaciones actuales se están pasando por alto o no son suficientemente analizados? Y, de cara al futuro, ¿qué podría significar un régimen dominado por Irán en el estrecho para la organización del comercio regional y mundial? Adam Hanieh (AH): Gran parte de la cobertura mediática dedicada a los aspectos económicos de una guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán se centró en la evolución de los precios del petróleo y su impacto en los consumidores de Estados Unidos o de Europa occidental. Esto oculta el hecho de que el estrecho de Ormuz no es solo un cuello de botella petrolero, sino una importante vía comercial para muchas otras materias primas, entre las que se destacan los productos químicos básicos, las materias primas petroquímicas, los fertilizantes y el aluminio. En este sentido, la guerra pone de manifiesto que debemos alejarnos del estereotipo orientalista que reduce a los Estados del Golfo a simples «fuentes gigantes» de petróleo y comprender su papel central en las cadenas de suministro industriales mundiales, en el sentido amplio. Esto adquiere una importancia especial, ya que los principales vínculos comerciales del Golfo se orientan ahora cada vez más hacia el Este, en lugar de dirigirse principalmente hacia Estados Unidos o Europa Occidental. La región conecta Asia Oriental, Asia Meridional y el continente africano gracias a los flujos de materias primas básicas a la base de la producción agrícola e industrial. Debido a estos cambios en la geografía del comercio, las repercusiones económicas de la guerra son potencialmente muy graves y van mucho más allá de una simple crisis energética, sobre todo en los países confrontados ya a la guerra y a los conflictos. Tomemos el ejemplo de Sudán, que en 2024 importó por vía marítima el 54 % de sus fertilizantes desde el Golfo, lo que supone la proporción más elevada del mundo. Sudán también atraviesa una guerra civil que dura ya tres años —y en la que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos desempeñan un papel fundamental [como agentes que apoyan a facciones militares opuestas]— y que ha provocado el desplazamiento de un tercio de la población sudanesa. Así pues, aquí se observa cómo la guerra estadounidense-israelí contra Irán puede agravar crisis ya existentes. El control de los movimientos de mercaderías a través del estrecho le daría, evidentemente, a Irán una poderosa influencia sobre el transporte marítimo mundial, los flujos energéticos y las consideraciones de seguridad regional. Sin embargo, considero que eso generaría una enorme presión por parte de los grandes importadores asiáticos, que dependen de un suministro ininterrumpido procedente del Golfo, y estimo que es poco probable que acepten tal acuerdo. A más largo plazo, eso podría acelerar los esfuerzos encaminados a diversificar las rutas y los proveedores. AP: En los últimos años, hemos sido testigos de toda una serie de iniciativas destinadas a desarrollar alternativas al estrecho de Ormuz: corredores terrestres que conectan los Emiratos Árabes Unidos (EAU) con Jordania e Israel, oleoductos que unen los yacimientos petrolíferos del este de Arabia Saudita con los puertos del mar Rojo, así como rutas alternativas más improvisadas dentro de los Emiratos Árabes Unidos y entre éstos y Omán. ¿Cree que estas iniciativas darán lugar a infraestructuras sostenibles y a largo plazo? ¿En qué medida pueden reducir de forma significativa la dependencia de los Estados del Golfo —y de las cadenas de suministro mundiales— respecto al estrecho? ¿Y qué marco de análisis deberíamos utilizar para evaluar la viabilidad y la importancia estratégica de estas denominadas «alternativas»? AH: El oleoducto terrestre de los Emiratos Árabes Unidos hacia Fujayrah [ciudad de los EAU], los oleoductos sauditas hacia el Mar Rojo y la mejora de las conexiones por carretera y portuarias dentro de los Emiratos Árabes Unidos podrían reducir la presión sobre determinadas exportaciones de crudo, pero no creo que puedan sustituir fácilmente la densidad de las infraestructuras intermodales que se han ido creando en el Golfo a lo largo de muchas décadas. Una vez más, hay que tener en cuenta que los Estados del Golfo no son solo exportadores de petróleo: los oleoductos no pueden transportar fertilizantes, productos químicos, alimentos y otras mercancías producidas en la región. Estas infraestructuras alternativas también son también vulnerables a los ataques militares y al sabotaje. Pienso que es importante analizar estos distintos proyectos de infraestructuras desde la perspectiva de la región en su conjunto, en particular, los intentos estadounidenses y europeos de promover la normalización de las relaciones entre los Estados del Golfo e Israel. El Corredor India-Medio Oriente (IMEC) es un ejemplo de ello: tiene por objetivo crear corredores energéticos y comerciales alternativos que conecten la India y Europa a través del Golfo, Jordania e Israel. Esta propuesta es anterior al genocidio en Gaza, y las conversaciones continúan a un ritmo sostenido desde octubre de 2023. Las potencias estadounidenses y europeas presentan explícitamente el IMEC como un contrapeso a la iniciativa china «Belt and Road» en Medio Oriente. Del mismo modo, la iniciativa «3+1» sobre el gas, que conecta a Israel, Chipre y Grecia, fue presentada como una forma de reducir la dependencia europea del gas ruso, al tiempo que refuerza la arquitectura energética del Mediterráneo oriental alineada con Estados Unidos. En este sentido, esas alternativas en materia de futuras infraestructuras de desarrollo constituyen intentos de reorganizar los vínculos comerciales y económicos de la región en torno a Estados Unidos y sus principales aliados. AP: Por otra parte, ¿este momento podría marcar un punto de inflexión histórico más amplio hacia una producción más localizada y una transición acelerada hacia las energías renovables? AH: Lamentablemente, no creo que eso sea probable. Frente a las perturbaciones en el suministro y a la volatilidad de los precios, la respuesta predominante a escala mundial parece consistir en apostar aún más por los combustibles fósiles, mediante nuevos acuerdos sobre petróleo y gas, la ampliación de las infraestructuras de GNL (gas natural licuado), las subvenciones a la producción nacional de hidrocarburos, así como el debilitamiento o el aplazamiento de las normativas medioambientales. Estados Unidos, en particular, intenta utilizar su dominio en el sector de los combustibles fósiles como medio para contrarrestar sus debilidades a nivel mundial en otros sectores. Lo hemos visto en Venezuela y ahora en Cuba, así como en el contexto de la guerra contra Irán. La propia conducción de la guerra refuerza asimismo el papel estratégico central de los combustibles fósiles, ya que los ejércitos modernos son instituciones que consumen enormes cantidades de petróleo. Un estado de guerra permanente encierra así al mundo aún más firmemente en la dependencia de los hidrocarburos. Esta guerra actual también demuestra hasta qué punto el petróleo debe considerarse mucho más que una simple fuente de combustibles líquidos para el transporte. Los productos petroquímicos, como los plásticos, los fertilizantes y otros materiales sintéticos derivados del petróleo y del gas, son esenciales para sectores que van mucho más allá del transporte, en particular los sistemas alimentarios y agrícolas, así como para una amplia gama de industrias manufactureras. Pero pienso que el principal problema aquí radica en la falsa creencia de que, en cierto modo, nos encontramos en una «transición» hacia las energías renovables. El año 2025 registró el mayor consumo de petróleo, gas y carbón de la historia de la humanidad. Debido a la tendencia innata del capitalismo hacia una expansión sin fin, el flujo energético tiende siempre a crecer. Lo que estamos presenciando es la incorporación de las energías renovables a los combustibles fósiles -al igual que la denominada «transición del carbón al petróleo» a mediados del siglo XX no supuso un descenso del consumo de carbón, sino su expansión-. Los Estados del Golfo ilustran claramente este carácter acumulativo de los sistemas energéticos: están realizando inversiones considerables en energía solar, eólica y otras formas de infraestructuras con bajas emisiones de carbono. Y se fijan también objetivos ambiciosos en materia de uso de energías renovables para la producción de electricidad. Sin embargo, todo ello se lleva a cabo en paralelo a los aumentos previstos en la producción de petróleo y gas, y no en sustitución de estos últimos. La razón principal de esta expansión de las energías renovables es que los países del Golfo desean destinar una mayor cantidad de petróleo y gas a la exportación, en lugar de quemarlos en su territorio para generar electricidad. Tal y como declaró hace unos años el ministro de Energía saudita, el príncipe Abdulaziz bin Salman, las energías renovables ofrecen una «triple ventaja»: un aumento de las exportaciones de petróleo, una energía doméstica más barata y el prestigio derivado del cumplimiento de los objetivos de emisiones. Así pues, en lugar de un abandono de los combustibles fósiles, estamos asistiendo a una superposición de las energías renovables sobre una base de hidrocarburos en plena expansión. AP: Aunque esta guerra se presenta con frecuencia como un enfrentamiento con Irán, también puede interpretarse como un conflicto en el que los propios Estados del Golfo están profundamente implicados. El discurso político de Estados Unidos -especialmente bajo el mandato de Trump- a menudo hace hincapié en la obtención de concesiones económicas y estratégicas por parte de las economías del Golfo a cambio de supuestas garantías de seguridad. ¿Cómo interpreta usted los intereses estadounidenses en el seno del CCG (Consejo de Cooperación del Golfo) en el contexto de esta guerra? ¿En qué medida son los Estados del Golfo socios, clientes o incluso sitios de extracción en el marco de esta estrategia geopolítica y económica más amplia? AH: Desde mediados del siglo XX, el Golfo constituye un pilar fundamental del poder mundial de Estados Unidos. Esto se debe, ante todo, a los enormes recursos petrolíferos y de gas de la región, que contribuyeron al auge mundial del petróleo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la importancia del Golfo nunca se limitó únicamente a los recursos energéticos físicos. Los grandes excedentes financieros generados por las exportaciones de petróleo y gas revisten igualmente una gran importancia. Desde la década de 1970, estos excedentes fueron invertidos en gran parte en activos en dólares, en bancos occidentales, en los mercados de bonos del Tesoro estadounidense y en la adquisición de material militar estadounidense. Gracias a estos flujos financieros, el Golfo desempeñó un papel clave en el mantenimiento tanto del papel internacional del dólar como de la arquitectura más amplia del poder financiero de Estados Unidos. Lo que ha cambiado en las dos últimas décadas es la aparición de nuevos polos de acumulación de capital fuera de Estados Unidos, especialmente en China. El auge de China coincidió con un debilitamiento relativo del dominio de Estados Unidos en las tecnologías, las industrias, las cadenas de suministro y las infraestructuras clave. Al mismo tiempo, Estados Unidos se enfrenta ahora a toda una serie de problemas internos profundos, entre los que se destacan un disfuncionamiento político, el aumento de la violencia social, el encarcelamiento en masa, el problema de las personas sin techo y el deterioro de las infraestructuras públicas. Pienso que las relaciones entre Estados Unidos y el CCG deben entenderse en este contexto mundial más amplio. Lo que Estados Unidos está intentando hacer -y se trata de un proyecto anterior a Trump- es reafirmar la supremacía estadounidense en Medio Oriente. Un elemento clave de esta estrategia consiste en profundizar las relaciones de Estados Unidos con las monarquías del Golfo y en impulsar el proyecto de normalización con Israel. Esto va mucho más allá del antiguo modelo de las «garantías de seguridad» (que, en mi opinión, siempre fue un poco simplistas). Actualmente, los Estados del Golfo están profundamente integrados en la economía política estadounidense a través de los mercados bursátiles, su participación en el capital de riesgo y los fondos especulativos, las inversiones de los fondos soberanos y otros canales financieros -además de su consumo continuo de material militar estadounidense-. Asimismo, comparten con la Administración Trump el mismo compromiso con un mundo centrado en las energías fósiles. Esto convierte al Golfo en un actor activo en la reproducción del poder de Estados Unidos, y no en simples clientes pasivos. AP: ¿Considera que esta guerra es un indicio del declive del imperio estadounidense, tal y como lo afirman algunos? ¿Prevé algún cambio en las relaciones entre el CCG, Estados Unidos e Israel cuando termine la guerra? AH: Pienso que, efectivamente, en las dos últimas décadas asistimos a un declive relativo del dominio mundial de Estados Unidos, y esta guerra es una señal más de esa tendencia general. Sin embargo, no creo que deba interpretarse como un simple derrumbe del poder estadounidense. Estados Unidos conserva su supremacía militar, y el papel central que ocupa el dólar le confiere un poder extraordinario para utilizar el acceso a los mercados mundiales como arma, a través de sanciones y controles extraterritoriales. Pero, como señalé anteriormente, este debilitamiento aumentó la importancia de Medio Oriente para Estados Unidos, sobre todo teniendo en cuenta la dependencia de China del suministro energético de la región y la importancia del Golfo como zona clave de los excedentes financieros mundiales. En este contexto, Estados Unidos siguió presionando a favor de una normalización de las relaciones entre Israel y los países del Golfo, en torno a un bloque alineado con Estados Unidos. Parece que, efectivamente, los Emiratos Árabes Unidos hayan reforzado sus vínculos con Israel y Estados Unidos durante la guerra, y mi previsión es que esta tendencia continúe tras el conflicto. Lo que sigue siendo incierto es si Arabia Saudita adherirá oficialmente a los Acuerdos de Abraham. A diferencia de algunos comentaristas, no tengo la impresión de que Arabia Saudita se haya distanciado de Estados Unidos a lo largo de esta guerra. Tampoco creo que la monarquía saudita se oponga a la normalización de las relaciones con Israel; es sencillamente inconcebible que Baréin y los Emiratos Árabes Unidos hayan podido adherir a los Acuerdos de Abraham sin el visto bueno de Arabia Saudita. Pero es evidente que existen tensiones en el seno mismo del CCG, y estas podrían agravarse. Un factor clave en todo esto será la naturaleza de cualquier acuerdo que pueda alcanzarse entre Estados Unidos e Irán en el futuro próximo. Otro aspecto importante de esta cuestión es el de la reconstrucción y las medidas de posguerra en Gaza, el Líbano, Siria, el Golfo y otros países. El «Consejo de Paz» de Trump constituye un claro vector de normalización, al reunir a Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Israel y otros actores en un único marco institucional. En gran medida, esos planes de reconstrucción constituyen una continuación de la guerra por otros medios y se superpondrán, además, a los diversos proyectos de infraestructuras que mencioné anteriormente. AP: Usted señaló las consecuencias sociales a escala mundial de esta guerra, que van más allá de los precios del petróleo y las perturbaciones comerciales. ¿Cómo podrían manifestarse estas dinámicas dentro del propio CCG? En Baréin, por ejemplo, ya se observa un aumento de las tensiones: manifestaciones, detenciones y casos como el de Sayed Mousawi mientras que en otros lugares, los Estados del Golfo parecen prestar cada vez más atención a sus poblaciones migrantes, poniendo el énfasis en los temas de la inclusión y la unidad en sus comunicados oficiales. ¿De qué manera este momento podría remodelar las dinámicas sociales y políticas internas en el Golfo, y en qué medida podría hacer eco -o alejarse- de las trayectorias iniciadas por los levantamientos de 2011? AH: La guerra conllevó una fuerte intensificación de la represión en el seno del CCG, en particular la detención y la muerte bajo custodia de Sayed Moustafa Mousawi en Baréin, así como la pérdida de la nacionalidad de miles de personas en Kuwait. En el resto del Golfo, se produjeron detenciones relacionadas con publicaciones en las redes sociales, restricciones al rodaje de documentales o a la difusión de información, advertencias contra los «rumores» y una mayor vigilancia de las expresiones públicas. Estas medidas se inscriben en una tendencia histórica más amplia en la que los conflictos y las tensiones regionales sirven para justificar la represión y la reducción del espacio político. También debemos reflexionar sobre lo que una desaceleración económica en el Golfo podría suponer para la mano de obra migrante de la región. Los trabajadores migrantes representan una parte muy importante de la mano de obra en el conjunto de las monarquías del Golfo, y millones de hogares en el sur de Asia, Oriente Medio y África dependen de las remesas que estos envían a sus países de origen. En crisis anteriores, como en 2008 y durante la pandemia de COVID-19, muchos de estos trabajadores y trabajadoras perdieron su empleo y se vieron amenazados de expulsión. Una disminución de las remesas de los migrantes tendría repercusiones en las poblaciones de los países de origen mucho más allá del Golfo. Como en 2011, las reivindicaciones económicas pueden vincularse rápidamente con otras reivindicaciones políticas y poner de manifiesto las divisiones existentes en la población. Este es especialmente el caso de Bahréin, donde las desigualdades económicas están relacionadas con modelos de gobernanza sectarios. En Kuwait, la revocación de la nacionalidad es anterior a la guerra, pero el conflicto sirve de pretexto para acelerar (y justificar) estas medidas. Sin embargo, el panorama político en el Golfo ya no es el mismo que en 2011, cuando los movimientos de protesta formaban parte de un levantamiento regional más amplio. Las capacidades represivas de los Estados del Golfo son mayores que en aquella época, y considero que el espacio para la contestación está más restringido y controlado. Pero hay un elemento diferente en la actualidad: el grado en que la normalización de las relaciones con Israel —y, en términos más generales, el proyecto de los Acuerdos de Abraham— constituye una línea de fractura en el seno de las sociedades del Golfo. La simpatía de la opinión pública hacia Palestina sigue siendo fuerte, lo que genera una tensión con los esfuerzos que realizan los dirigentes del Golfo por profundizar sus vínculos con Israel. Adam Hanieh, profesor de la SOAS, Universidad de Londres, y director del SOAS Middle East Institute. Recientemente publicó en la editorial Verso la obra titulada Crude Capitalism. Oil, Corporate Power and the Making of the World Market, en septiembre de 2025. Entrevista realizada por los responsables de la sección «Península Arábiga» (AP) del sitio web Jadaliyya Entrevista original en inglés publicada en Jadaliyya En francés: A l’encontre. Traducción de Correspondencia de Prensa. Fuente: https://correspondenciadeprensa.com/?p=54661

jueves, 27 de agosto de 2026

Wallerstein predijo la caída del imperio estadounidense

Recomiendo: Wallerstein predijo la caída del imperio estadounidense Por Gregory P. Williams | 27/08/2026 | EE.UU. Fuentes: Revista Jacobin En pleno auge belicista tras el 11S, Immanuel Wallerstein anticipó que la hegemonía estadounidense había iniciado una caída irreversible. A más de dos décadas de la advertencia, la incapacidad de Washington para gestionar la decadencia aceleró el giro neofascista interno y empujó al mundo a una era de caos e inestabilidad. En julio de 2002, Immanuel Wallerstein participó en el programa matutino de llamadas en vivo de C-SPAN. Acababa de escribir un ensayo para la revista Foreign Policy con un título provocativo: «El águila ha aterrizado de emergencia». Wallerstein argumentaba que la posición dominante de Estados Unidos en el escenario mundial estaba en declive. Había pasado menos de un año desde los atentados del 11S y la posterior invasión estadounidense de Afganistán. El gobierno de Bush estaba preparando a sus fuerzas armadas y a la opinión pública para la invasión de Irak, que comenzaría en marzo de 2003. Conviene recordar que George W. Bush era una figura muy popular en ese entonces. La aprobación del presidente había alcanzado un récord del 90 % el septiembre anterior y se mantenía por encima del 70 % cuando Wallerstein hizo pública su advertencia sobre el declive. Sin embargo, a Wallerstein le pareció el momento exacto para intervenir. Llevaba escribiendo sobre la decadencia hegemónica de Estados Unidos desde principios de la década de 1980. Pese a ello, aún creía, en el intervalo entre las invasiones de Afganistán e Irak, que Estados Unidos tenía la oportunidad de gestionar eficazmente su declive. Wallerstein no creía que fuera posible prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia. Sostenía que las grandes potencias alcanzan la hegemonía —término que remite a un dominio global sin parangón— debido a factores económicos, políticos y militares que, en última instancia, también erosionan esa misma hegemonía. El declive hegemónico estadounidense comenzó mucho antes del 11S, con la crisis económica de la década de 1970 y la guerra de Vietnam. Para Wallerstein, Estados Unidos enfrentaba la disyuntiva de toda potencia hegemónica en decadencia: un declive progresivo o una caída estrepitosa. George W. Bush eligió lo segundo. Hoy, Donald Trump ha acelerado aún más esa dinámica al desplegar agresivamente una de las pocas armas que le quedan a un hegemón en agonía: un aparato militar extremadamente poderoso. Ciclos de hegemonía ¿Por qué estaba en declive la hegemonía de Estados Unidos? Para Wallerstein, la hegemonía estadounidense del siglo XX apenas se diferenciaba de la holandesa del siglo XVII o de la británica del siglo XIX. Estas tres potencias (y solo estas tres, según su planteo) alcanzaron la hegemonía al montarse sobre una ola de fuerzas económicas que no podían controlar del todo y al imponerse militarmente sobre un rival. Tras su triunfo, la potencia hegemónica pasaba a crear instituciones a su imagen y semejanza. Los británicos, por ejemplo, se impusieron sobre Francia y luego crearon el Concierto de Europa en 1815. El ascenso de Estados Unidos a la hegemonía comenzó tras la recesión mundial de 1873. En el relato de Wallerstein, la pérdida de cuota de mercado de Gran Bretaña en el mundo se debió al despliegue de Estados Unidos y de su principal rival, Alemania. Estados Unidos se convirtió en un gigante de la producción de acero y, posteriormente, de automóviles, mientras que Alemania lo hizo en la industria química. El ascenso económico de cada uno de estos Estados fue precedido por una crisis política interna y una posterior estabilización (relativa): en el caso estadounidense, la victoria de la Unión en la Guerra de Secesión; en el alemán, la unificación bajo el liderazgo prusiano tras la guerra franco-prusiana. Wallerstein concebía las dos guerras mundiales como una prolongada Guerra de los Treinta Años entre ambos rivales. Señalaba que tanto las Provincias Unidas de los Países Bajos como Gran Bretaña también habían alcanzado la hegemonía tras conflagraciones de tres décadas (en el caso neerlandés, esto ocurrió tras la Guerra de los Treinta Años original, entre 1618 y 1648). Tras imponerse a Alemania y a las potencias del Eje en 1945, la dirigencia estadounidense consideró que necesitaba tres condiciones para sostener su prosperidad: 1) mercados internacionales para su producción industrial; 2) un orden mundial que garantizara el comercio a bajo costo; y 3) una suerte de pacto que asegurara que la producción no sufriera interrupciones. Washington logró estos objetivos mediante la reconstrucción de Europa Occidental y Japón, la creación de grandes instituciones multilaterales como las Naciones Unidas y el establecimiento de un acuerdo tácito con la Unión Soviética. Este último movimiento, simbolizado por la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, fue para Wallerstein mucho más decisivo que la fundación de la ONU dos meses después. Según el relato convencional, la Guerra Fría —que se extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1991 (si se toma el período más amplio)— fue una contienda entre dos adversarios irreconciliables: Estados Unidos y la Unión Soviética. Para Wallerstein, en cambio, este período se articuló en torno a un pacto implícito entre las dos grandes potencias. La esfera de influencia estadounidense abarcaba aproximadamente dos tercios del planeta, mientras que la soviética cubría el resto. Cada potencia dominaba su zona y utilizaba la amenaza de la otra para alinear a sus aliados díscolos. Yalta se sostenía en un «equilibrio del terror» entre ambas naciones. El apogeo de la hegemonía estadounidense transcurrió aproximadamente entre 1945 y 1970. Como todo hegemón, Estados Unidos terminó siendo víctima de su propio éxito. Hacia 1970, Europa Occidental y Japón se habían convertido, a ojos de Wallerstein, en pares económicos de Washington. En el proceso de forjar socios comerciales —clave para el éxito de posguerra—, Estados Unidos también construyó a sus propios rivales. Como todo hegemón, Estados Unidos comenzó a perder su ventaja económica siguiendo la misma secuencia en la que la había construido. Primero, el hegemón pierde su ventaja en la agricultura y la industria; luego, en el comercio; finalmente, en el sector financiero. También en la década de 1970, la derrota en Vietnam expuso la debilidad militar de Estados Unidos y su incapacidad para imponer su voluntad a escala global. Vietnam, escribió Wallerstein, simbolizó el rechazo al orden mundial estadounidense por parte de los pueblos postergados del mundo, conocidos a veces como Tercer Mundo o Sur Global. El movimiento de independencia vietnamita contra las potencias coloniales (Francia, Japón y Estados Unidos) fue una extensión de la ola de protesta global que eclosionó en 1968. Según Wallerstein, «la generación del 68 no se limitó a condenar la hegemonía estadounidense. Condenaron la complicidad soviética con Estados Unidos, condenaron Yalta» y solo veían «dos bandos: las dos superpotencias y el resto del mundo». El colapso de la Unión Soviética en 1991, de nuevo a contracorriente del sentido común dominante, representó para Wallerstein un desastre para Estados Unidos, porque perdió a su gran Otro. En un ensayo de 1992, Wallerstein insistió en que la Guerra Fría «no era un juego que había que ganar, sino más bien un minué que había que bailar… El fin de la Guerra Fría eliminó, en efecto, el último gran sostén de la hegemonía y la prosperidad estadounidense: el escudo soviético». La respuesta de Washington al declive hegemónico ha sido reafirmar su grandeza, tanto en los discursos como en los hechos, para intentar recuperar su posición global. Sin embargo, como explicó Wallerstein en C-SPAN: «Si eres el número uno, no tienes por qué andar gritándolo. La gente lo sabe. Si tienes que gritarlo, es porque algo anda mal. Algo está pasando». Matar al mensajero Muchos de los oyentes que llamaban a C-SPAN no recibieron con agrado el mensaje de Wallerstein sobre el declive. La audiencia expresó su malestar de diversas maneras: una persona preguntó si flameaban banderas en el campus de Yale, dado el aparente sesgo antiestadounidense del autor; otra lo acusó de haber esquivado el reclutamiento para la guerra de Vietnam, sin reparar en que había sido incorporado al servicio militar en una etapa anterior, durante la guerra de Corea. A una tercera le dio escalofríos la sola idea de Wallerstein en la presidencia: «Si un tipo como él estuviera al mando de Estados Unidos, el país terminaría como un armadillo, hecho una bola, esperando a que le den una patada». Ese tipo de exabruptos resultaba habitual para Wallerstein, quien ya había escrito sobre el costo psicológico y nacional que el declive hegemónico impone a quienes lo experimentan. Se trataba de un período potencialmente peligroso para la política interna y para la clase dirigente a la que la ciudadanía pudiera recurrir. En el programa, Wallerstein aclaró que él solo era el mensajero y que Estados Unidos se estaba aislando del mundo: no solo de las naciones que necesitaba seducir, sino también de sus aliados más cercanos. «Si sobreestimas tu poder y andas por ahí actuando como un matón», afirmó, «pierdes mucho más que si entablas un diálogo elemental». Parte de la audiencia veía en Wallerstein un intento de reformar la política exterior estadounidense. Un espectador preguntó cómo responder a las acusaciones de antiamericanismo, a lo que Wallerstein respondió que procuraba apelar a la razón. Sostuvo que la política exterior de Estados Unidos atentaba contra los propios intereses de sus ciudadanos: No apelo a su altruismo, apelo a su egoísmo. Están provocando un impacto negativo mucho más veloz sobre Estados Unidos y sobre sus propias vidas. En cuanto a su nivel de vida, su riesgo de morir y todo lo que defienden, estarán peor si insisten con estas políticas que si cambian de rumbo. El declive no equivalía a una catástrofe. Históricamente, las potencias hegemónicas no caen demasiado bajo: terminan reacomodándose entre las demás grandes potencias, aunque con un nivel de confort material superior al de la mayoría (basta observar hoy a los Países Bajos o al Reino Unido). Es más: como escribió Wallerstein en aquel ensayo de 1992, el declive podía ser «la mayor bendición de todas». Estados Unidos tenía la oportunidad de abrazar un sentido moral. Fue «Abraham Lincoln quien dio la nota moral: “Así como no querría ser un esclavo, tampoco querría ser un amo”». A comienzos de la década de 1990, Wallerstein vislumbró dos futuros posibles para Estados Unidos. El primero derivaría en el neofascismo, caracterizado por el conflicto social y por el sometimiento de los sectores populares a la brutalidad y el prejuicio. El segundo escenario, más esperanzador, asumía la forma de una solidaridad nacional canalizada mediante la socialdemocracia y el avance hacia el igualitarismo. Aunque Wallerstein no solía inclinarse por pronósticos desmedidamente optimistas, consideraba que la vía igualitaria era más probable que la neofascista. Preveía una catarsis nacida de «un estrés social compartido» que, articulada con la prosperidad económica estadounidense y la noción popular de libertad, engendraría un movimiento contra las principales dimensiones de la «asignación desigual»: género, raza y etnia, edad y clase. Calculaba que el impulso del 68, al haber resquebrajado la hegemonía estadounidense y destronado la ideología del liberalismo centrista, conduciría a un movimiento de masas en favor del progreso. Wallerstein contaba además con la historia como guía. En los dos primeros antecedentes de hegemonía en la economía-mundo capitalista —el holandés y el británico—, el declive hegemónico fue seguido, a la larga, por una marcha hacia el bienestar y la igualdad. ¿Por qué tendría que ser Estados Unidos la excepción? Sin embargo, Wallerstein también dejaba abierta la rendija del neofascismo. Si el fin de la Guerra Fría significaba el fin del dominio estadounidense sobre dos tercios del globo, también implicaba el fin del liberalismo centrista como garante cultural de la economía-mundo capitalista. Desde las revoluciones de 1848, al menos, el liberalismo centrista había sido la fuerza de gravedad que mantenía a raya tanto a la izquierda radical como a la derecha conservadora. El liberalismo centrista prometía la efectivización de los derechos democráticos y el bienestar económico, no de manera inmediata para todos los pueblos, sino mediante un proceso gradual y ordenado administrado por el Estado a lo largo de generaciones. El liberalismo centrista, como señaló Wallerstein en su libro El moderno sistema mundial IV, fue utilizado por «los fuertes [para] atenuar el descontento de los débiles». Las figuras e instituciones poderosas atenuaban el descontento de las masas desposeídas, así como los Estados fuertes atenuaban el descontento de los Estados débiles. Sin embargo, la ventaja económica de Estados Unidos trastabilló a medida que el Sur Global comenzó a impugnar la estructura de poder de Yalta. Tras el colapso de uno de sus actores principales, la Unión Soviética, las masas y los Estados débiles demostraron no ser tan débiles después de todo. Ante ese escenario, para Wallerstein, «los conservadores volverían a ser conservadores, y los radicales, radicales. Los liberales centristas no desaparecieron, pero vieron recortado su peso». Las posibilidades ideológicas quedaban de pronto abiertas. Tras la Guerra Fría, Wallerstein percibió un gran potencial para que el declive de la hegemonía estadounidense estuviera acompañado de una redistribución económica interna. Diez años más tarde, aquel movimiento radical no se había materializado, mientras que los halcones conservadores se hallaban firmemente entronizados en el poder. Buscaban hacer alarde de su músculo militar porque, según su lógica, «si Washington no ejerce la fuerza, Estados Unidos quedará cada vez más marginado». Wallerstein, no obstante, advirtió que sus acciones provocaban el efecto contrario. Inevitable como era el declive, la agresiva política exterior del gobierno de Bush «solo contribuirá a la decadencia de Estados Unidos, transformando un descenso gradual en una caída mucho más rápida y turbulenta». En retrospectiva, el ensayo de 2002 y la aparición televisiva de Wallerstein constituyeron un intento por desviar a Estados Unidos de esa trayectoria. Evidentemente, había abandonado la esperanza de un movimiento socialdemócrata y reorientaba su atención hacia el propio poder hegemónico en descomposición. En el verano de 2002, más de seis de cada diez estadounidenses respaldaban la apertura de un segundo frente bélico en Irak. La posición de Wallerstein era la de un sector crítico, impopular pero persistente. Ante semejantes cuestionamientos, el presidente Bush se limitaba a señalar que la historia juzgaría sus actos. Hoy resulta evidente que los halcones no lograron preservar la hegemonía estadounidense ni remodelar el mundo a la medida de los intereses de Washington. ¿Qué ha ocurrido entre aquel momento y el presente? Declive y negación El siglo XXI no ha empezado bien para Estados Unidos. La dirigencia estadounidense se ha empecinado en recuperar la hegemonía perdida. A medida que el poder económico de Estados Unidos disminuye en comparación con el resto del mundo, Washington ha utilizado su ejército para hacer gala de fuerza e imponer sus objetivos políticos. De hecho, Estados Unidos ha emprendido más intervenciones militares desde 1991 que entre 1798 y 1990. Esta opción constituye la estrategia clásica de un hegemón en decadencia sumido en la negación: consciente de su caída, pero incapaz de ver que su mejor opción viable era la gestión adecuada del descenso. Estados Unidos no ha logrado un mundo más pacífico ni más próspero, ni ha mejorado la situación de las naciones que invadió. En Universalismo europeo: la retórica del poder (2006), Wallerstein cuestionó la lógica del intervencionismo. La potencia invasora rara vez mejora la situación del lugar invadido en comparación con lo que habría sido de no haber intervenido, conclusión confirmada por las aventuras militares de Estados Unidos a lo largo y ancho del Medio Oriente. El veredicto de Wallerstein de 2002 podría haber sido escrito este mismo año (o esta misma semana). Escribió que Estados Unidos se encuentra como «una superpotencia solitaria que carece de poder verdadero, un líder mundial al que nadie sigue y al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio de un caos global que no puede controlar». La reacción de la generación del 68 que él describió provino tanto del Sur Global no alineado como de las masas descontentas en su propio país. En el siglo XXI, la concatenación que comenzó a nivel del sistema-mundo se trasladó rápidamente a la política interna estadounidense y luego volvió a extenderse hacia afuera. El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos. Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos militares y su gasto militar, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013. En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral. En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar. Gregory P. Williams: Profesor asociado de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Simmons de Boston. Su libro Contesting the Global Order: The Radical Political Economy of Perry Anderson and Immanuel Wallerstein es un título académico destacado de la American Library Association. Traducción: Natalia López Fuente: https://jacobinlat.com/2026/08/wallerstein-predijo-la-caida-del-imperio-estadounidense/ Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Moscú lanza una advertencia a Londres por el uso de armas británicas en ataques de Kiev | Video

Sputnik Mundo, Moscú lanza una advertencia a Londres por el uso de armas británicas en ataques de Kiev |7.08.2026 La respuesta de Rusia a los ataques de las FFAA de Ucrania con armamento británico podría dirigirse contra instalaciones militares del Reino Unido tanto en Ucrania como fuera de sus fronteras, aseguró la portavoz de la Cancillería rusa, María Zajárova. "Hemos advertido en reiteradas ocasiones que, como respuesta a los ataques ucranianos con armas británicas contra territorio ruso, cualquier instalación militar y equipo del Reino Unido en Ucrania y fuera de ella podrían ser blanco de represalias", comentó la vocera. Recordó que Londres, al agravar el conflicto ucraniano —entre otras cosas, mediante el suministro de armamento a Kiev—, se guía por la idea de infligirle a Moscú una "derrota estratégica". Sin embargo, estos intentos están condenados al fracaso mientras que el Reino Unido termina "completamente manchado" por tales actos de agresión, postuló. A la vez, todos los responsables de la muerte de civiles rusos a causa de los ataques ucranianos con armas británicas contra territorio de Rusia serán castigados "de acuerdo con sus actos", advirtió la vocera de la Cancillería rusa. En este contexto, Zajárova hizo un llamado a los ciudadanos británicos para que tomen conciencia de las peligrosas consecuencias de la política de Londres. Anteriormente, el primer ministro británico, Andy Burnham, declaró que la llamada "coalición de los dispuestos" llevaría a cabo ejercicios para preparar sus tropas para su despliegue en Ucrania. El traslado de los militares está previsto para inmediatamente después de que se alcance un acuerdo de alto el fuego, según los planes. Por su parte, Rusia ha manifestado en reiteradas oportunidades que no tolerará la presencia de tropas occidentales en el territorio de Ucrania y que las considerará parte del conflicto y un objetivo militar legítimo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

De cómo los medios de comunicación venden el genocidio palestino

Recomiendo: De cómo los medios de comunicación venden el genocidio palestino Por Chris Hedges | 26/08/2026 | Mentiras y medios, Palestina y Oriente Próximo Fuentes: Voces del Mundo [Ilustración: «¡Alegría para el mundo!» (Mr. Fish) El texto de la imagen reza «Gaza: tierra de sonrisas»] Los medios de comunicación occidentales fomentan el consenso en favor del genocidio. Normalizan la ocupación militar y el apartheid que Israel lleva practicando desde hace décadas. Ocultan las flagrantes violaciones del derecho internacional por parte de Israel. Perpetúan la falacia de que Israel es la víctima. Traicionan, desacreditan y demonizan el trabajo de los periodistas y profesionales de los medios de comunicación palestinos en Gaza, de los cuales al menos 220 han sido asesinados por Israel entre el 7 de octubre de 2023 y agosto de 2025. Aceptan pasivamente la draconiana censura israelí. Se conforman con tibias cartas de protesta ante la negativa de Israel a permitir la entrada de periodistas extranjeros en Gaza —un intento de Israel por enmascarar sus crímenes de guerra—. Amplifican las mentiras israelíes, desde bebés decapitados hasta agresiones sexuales generalizadas contra mujeres israelíes el 7 de octubre, para ocultar la verdad. Cuando se escribe sobre Gaza, los verbos están en voz pasiva. No hay sujeto. Nadie rinde cuentas. El genocidio, al parecer, es un acto de Dios. No es diferente de un terremoto o un tsunami. Los clichés y los adjetivos opacos, como el «ciclo de violencia» o los «enfrentamientos», distorsionan y falsifican la realidad. «Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento», advirtió George Orwell. Términos como «genocidio», «atrocidad», «limpieza étnica» y «territorios ocupados» desaparecen por arte de magia de los informes de los medios de comunicación sobre los palestinos, cuya resistencia se describe habitualmente como «salvaje» y «bárbara». Los editores dan instrucciones a los periodistas del New York Times para que eviten términos como «Palestina», «genocidio», «carnicería», «campo de refugiados» o «matanza» y «masacre» en referencia a los palestinos. Los medios de comunicación repiten servilmente lo que Israel les proporciona. Los bombardeos intensivos se convierten en «ataques aéreos quirúrgicos». El uso de la hambruna como arma por parte de Israel se convierte en una «escasez de alimentos». El asesinato de civiles desarmados —incluidos niños— se convierte en «enfrentamientos». Los recintos de los colonos judíos, situados en lo alto de las colinas y con aspecto de fortalezas, se convierten en «barrios». El asesinato extrajudicial de un periodista o un médico se convierte en «fallecimiento». El genocidio, al que se hace referencia como la «guerra entre Israel y Hamás», se justifica como «autodefensa», parte del mantra del «derecho de Israel a defenderse». Cuando se destruyen escuelas, hospitales, clínicas, ambulancias, mezquitas, iglesias y otros objetivos civiles, se les tilda de «centros de mando de Hamás» o se les ataca porque Hamás está «utilizando a civiles como escudos humanos» —algo que Israel hace habitualmente, cuando el ejército ata a los palestinos detenidos y les obliga a entrar en edificios y túneles que podrían contener trampas explosivas, por delante de las tropas israelíes—. Cuando los israelíes son retenidos por Hamás, son «rehenes», incluso si prestan servicio en el ejército. Cuando los palestinos —incluidos los niños— son retenidos sin cargos ni juicio y desaparecen en centros de detención israelíes, donde la tortura es «generalizada» y «sistemática», son «prisioneros». Los ataques con misiles contra campamentos de tiendas de campaña u hospitales se achacan a grupos armados palestinos que lanzan cohetes errantes. Si Israel reconoce los ataques —lo cual ocurre muy raramente—, se describen como un «trágico error». Las instituciones civiles de Gaza se califican como «dirigidas por Hamás» para poner en duda la veracidad de sus informaciones. El New York Times suele matizar los comunicados del Ministerio de Sanidad de Gaza señalando que «no distingue entre civiles y combatientes», ocultando así la matanza de decenas de miles de civiles. El resultado son algunos de los textos más enrevesados de la historia del periodismo, como el titular del New York Times del 5 de noviembre de 2023 que reza: «Las explosiones que, según los habitantes de Gaza, fueron un ataque aéreo, dejan numerosas víctimas en un barrio densamente poblado». «Cuando los periodistas de Middle East Eye Mohamed Salama y Ahmed Abu Aziz, junto con el fotoperiodista de Reuters Hussam al-Masri y los independientes Moaz Abu Taha y Mariam Dagga —que habían trabajado con varios medios de comunicación, incluida Associated Press— fueron asesinados en un ataque de ‘doble golpe’ —diseñado para acabar con los equipos de primera intervención que acudían a atender a las víctimas de los ataques iniciales— en el Complejo Médico Nasser, ¿cómo respondieron las agencias de noticias occidentales?» Lo pregunté en mi columna «La traición a los periodistas palestinos». «El ejército israelí afirma que los ataques contra el hospital de Gaza tenían como objetivo lo que, según ellos, era un cámara de Hamás», informó Associated Press. «Las Fuerzas de Defensa de Israel afirman que el ataque al hospital iba dirigido contra un cámara de Hamás», anunció la CNN. El cámara pertenecía a Reuters, que afirmó que Israel era «plenamente consciente» de que la agencia de noticias estaba grabando desde el hospital. «Cuando el corresponsal de Al Jazeera, Anas Al Sharif, y otros tres periodistas fueron asesinados el 10 de agosto en su tienda de prensa cerca del hospital Al Shifa, ¿cómo se informó de ello en la prensa occidental?», pregunté. «Israel mata a un periodista de Al Jazeera del que afirma que era un líder de Hamás», tituló Reuters su noticia, a pesar de que Al Sharif formaba parte de un equipo de Reuters que ganó un Premio Pulitzer en 2024. El periódico alemán Bild publicó en portada una noticia titulada: «Matan en Gaza a un terrorista disfrazado de periodista». «Las piruetas lingüísticas empleadas por los medios llegaron hasta el punto de redefinir palabras, vaciándolas de significado», escribe Assal Rad en «No digas Palestina: cómo los medios fabricaron el consentimiento para el genocidio»: «Los medios de comunicación dominantes no describieron las repetidas infracciones del alto el fuego por parte de Israel utilizando el lenguaje propio de una violación. En su lugar, la cobertura siguió los mismos patrones de racionalizar los ataques de Israel y repetir acríticamente las afirmaciones de Israel para justificar sus acciones. Mientras se seguía matando a palestinos —durante un «alto el fuego»— y el flujo de ayuda no alcanzaba el nivel de necesidad ni lo acordado, los medios occidentales enmarcaron estas violaciones flagrantes como «pruebas» o «desafíos» a un «alto el fuego inestable». Mientras organizaciones líderes en derechos humanos como Amnistía Internacional advertían de que el genocidio, de hecho, no había terminado, los medios de comunicación tradicionales siguieron presentándolo como una guerra con un «alto el fuego frágil»». Las palabras importan. Las palabras justifican las acciones. Si no hay genocidio, si Israel se está defendiendo en una guerra, Estados Unidos y los aliados europeos de Israel tienen derecho a proporcionar decenas de miles de millones de dólares en ayuda militar. Si se trata de una guerra iniciada por Hamás el 7 de octubre, entonces es posible lamentar la destrucción de Gaza y la matanza masiva perpetrada por Israel como el desafortunado resultado del ataque de Hamás. Esta corrupción del lenguaje está diseñada, como señaló Orwell, para defender lo indefendible: «Cosas como la perpetuación del dominio británico en la India, las purgas y deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón, pueden defenderse, sin duda, pero solo con argumentos demasiado brutales como para que la mayoría de la gente los afronte, y que no concuerdan con los objetivos declarados de los partidos políticos. Por ello, el lenguaje político tiene que consistir en gran medida en eufemismos, argumentos circulares y una vaguedad totalmente confusa. Se bombardean desde el aire pueblos indefensos, se expulsa a los habitantes al campo, se ametralla al ganado y se incendian las chozas con balas incendiarias: a esto se le llama «pacificación». A millones de campesinos se les arrebatan sus granjas y se les obliga a caminar penosamente por las carreteras con nada más que lo que pueden llevar encima: a esto se le llama «traslado de población» o «rectificación de fronteras». Se encarcela a personas durante años sin juicio, se les dispara por la nuca o se les envía a morir de escorbuto a los campamentos madereros del Ártico: a esto se le llama «eliminación de elementos poco fiables»». Adam Johnson, en «How to Sell a Genocide: The Media’s Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio: la complicidad de los medios de comunicación en la destrucción de Gaza)», analizó más de 12.000 artículos de The New York Times, The Washington Post, CNN.com, Politico, Axios, USA Today y The Associated Press, además de 5.000 segmentos televisivos emitidos en la CNN y la MSNBC. Su libro, fruto de una minuciosa investigación, es una acusación contundente contra la justificación del genocidio por parte de los medios de comunicación «liberales». La CNN y The New York Times dieron instrucciones a sus editores y periodistas de que los ataques solo podían atribuirse a Israel después de la confirmación por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y las coordenadas GPS. Johnson cita a una fuente de la CNN: «Ya fuera en la redacción o sobre el terreno, no podíamos atribuir nada a Israel a menos que cumpliéramos con este requisito imposiblemente exigente de tener que llamarlo «explosión», hasta que geolocalizáramos el lugar de la explosión, enviáramos las coordenadas a los israelíes y les pidiéramos un comentario». Puedes ver una entrevista con Johnson sobre su libro en The Electronic Intifada aquí. Los periodistas de la CNN que informan sobre Israel y Palestina deben enviar sus trabajos para su revisión a la oficina de la cadena en Jerusalén antes de su emisión. La oficina de la CNN, al igual que todas las oficinas de noticias en Israel, está obligada a acatar las restricciones impuestas por los censores militares israelíes. A los muy pocos palestinos que aparecen en la CNN y otros medios de comunicación tradicionales se les pregunta sistemáticamente —por lo general, incluso antes de que se les permita salir en antena— si «condenan» a Hamás. A los invitados que expresan siquiera una crítica moderada hacia Israel se les pregunta si Israel «tiene derecho a existir». A nadie se le pregunta jamás si condena el sionismo, el apartheid, la limpieza étnica, el genocidio o la guerra de cien años de Israel contra Palestina. Tampoco se les pregunta si los palestinos tienen derecho a defenderse —lo cual, según el derecho internacional, sí tienen, incluso con armas—. Nuestros periodistas y medios de comunicación domesticados son, como señaló Robert Fisk, «prisioneros del lenguaje del poder». Repiten obedientemente el léxico oficial. Esto los convierte no solo en propagandistas, sino en cómplices del genocidio. A quienes protestan contra el genocidio, incluidos los estudiantes en los campus universitarios —muchos de los cuales son judíos—, se les tacha de «partidarios de Hamás» y «antisemitas». Los periodistas buscan a los estudiantes sionistas, que suelen encontrarse refugiados en las casas Hillel de los campus, y que afirman «temer por su seguridad» a causa de las protestas. Los medios de comunicación prestan poca atención al aumento de la intolerancia antimusulmana o a la represión ejercida contra los estudiantes manifestantes, que incluye no solo la brutalidad policial y 3.000 detenciones y arrestos, sino también suspensiones, períodos de prueba, expulsiones, la retención de títulos y el despido de profesores solidarios. Las consignas que reclaman la liberación de Palestina —entre ellas «Desde el río hasta el mar, Palestina será libre»— junto con la bandera palestina, se han tipificado como delito. El mensaje es claro: las vidas judías importan. Las vidas palestinas, no. «Los informes de los organismos de la ONU, de observadores de derechos humanos respetados, de revistas médicas y de personal médico profesional suelen ser tratados con respeto y se les da protagonismo en los medios de comunicación dominantes», escribe el historiador Rashid Khalidi en la introducción del libro de Robin Anderson, The Complicit Lens: US Media Coverage of Israel’s Genocide in Gaza: «No es así en esta guerra: por el contrario, si es que se citan tales fuentes, los medios de comunicación otorgan el mismo tratamiento a las escandalosas calumnias y difamaciones contra estas organizaciones y personas, difamaciones que producen en abundancia la legión de propagandistas profesionales de Israel y su miríada de defensores en EE. UU. Además de difamar a los críticos del genocidio de Israel tachándolos de partidarios de Hamás o simpatizantes del terrorismo, el arma principal de su arsenal de difamación es el uso indebido, sistemático y escandaloso de la acusación letal de antisemitismo». La fuga masiva de lectores y espectadores de los medios de comunicación convencionales hacia las plataformas de redes sociales —que no filtran las noticias a través del lobby israelí, el Gobierno de EE. UU. o las grandes empresas— es un claro indicador de la bancarrota de los medios. La respuesta a esta fuga ha sido el «plataformicidio»: el uso de algoritmos, el «shadow banning», la restricción de las funciones de retransmisión en directo y el cierre de cuentas por parte de gigantes de las redes sociales como Facebook, Instagram, X, YouTube y TikTok, para reducir drásticamente el alcance de la información sobre Palestina. Esta censura forma parte de un esfuerzo coordinado para ocultar al público el horror del genocidio. Al hacer referencia constantemente al 7 de octubre, los medios occidentales sacan de contexto el genocidio. Ignoran el asedio de Gaza por parte de Israel, que dura ya 19 años. En los medios occidentales, el 7 de octubre se presenta como un acto «sin provocación previa». Se ignoran las masacres perpetradas por Israel contra palestinos desarmados en Gaza durante los inviernos de 2008 y 2009, así como sus ataques contra Gaza en 2012, 2014 y durante la Gran Marcha por el Retorno en 2018 y 2019. Rara vez se menciona la Nakba de 1948 —cuando los sionistas europeos se apoderaron de más del 78% de la Palestina histórica, expulsaron violentamente a 750.000 palestinos, destruyeron más de 530 pueblos palestinos y mataron a 15.000 palestinos—. El 70% de los que fueron expulsados de sus hogares en 1948 se vieron obligados a refugiarse en Gaza. El proyecto sionista se basa en fomentar la amnesia histórica. «Una vez que Hamás quedó instituido como un grupo terrorista brutal cuyos miembros torturaban, desmembraban y decapitaban a bebés con regocijo y sin escrúpulos, no se necesitó ninguna explicación adicional», escribe Anderson en su libro. «Los medios de comunicación simplemente evitaron informar sobre el historial de violencia de Israel y, como resultado, los medios del establishment también ignoraron las condiciones de la vida cotidiana de los palestinos». La ficción de que actualmente existe un alto el fuego en Gaza —Israel ha matado al menos a 1.286 palestinos y ha herido a 4.257 desde que supuestamente entró en vigor— se ha convertido en la excusa utilizada por los medios de comunicación occidentales para dar la espalda a Gaza. Esta negación del genocidio ha caracterizado la cobertura informativa desde sus inicios. Enmascara no solo los crímenes de Israel, sino también la intención declarada de Israel de llevar a cabo una limpieza étnica de todos los palestinos de Gaza. Neutraliza de hecho el derecho internacional. Y convierte en una burla la profesión del periodismo. Cuando se produzca el último acto de limpieza étnica, los medios de comunicación occidentales, estoy seguro, seguirán bombardeándonos con propaganda israelí, eufemismos y clichés. Y justificarán el genocidio hasta el final. Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning. Texto en inglés: The Chris Hedges Report, traducido por Sinfo Fernández. Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/08/24/de-como-los-medios-de-comunicacion-venden-el-genocidio-palestino/ PALESTINA: Derecho a la resistencia

Ucrania abandonó su prosperidad real por promesas que nunca se cumplieron

Ucrania abandonó su prosperidad real por promesas que nunca se cumplieron Sputnik Ucrania vive una realidad difícil de ocultar: a sus 35 años de independencia, al país nunca le ha ido tan bien como cuando mantenía estrechas relaciones con Rusia. No obstante, la propaganda occidental logró convencerlos de abandonar esa prosperidad por promesas de integración europea que nunca se cumplieron.

martes, 25 de agosto de 2026

Encuestas: Los estadounidenses rechazan la integración militar con Israel

Recomiendo: Encuestas: Los estadounidenses rechazan la integración militar con Israel Por Brett Wilkins | 25/08/2026 | EE.UU. Fuentes: Common Dreams - Imagen: El secretario de Guerra Pete Hegseth junto a Netanyahu previo a una reunión en el Pentágono (Washington, DC), julio de 2025. Una nueva encuesta realizada entre votantes estadounidenses ofrece una advertencia a los legisladores del Congreso que apoyan un plan para estrechar los lazos militares entre Estados Unidos e Israel, al constatar que una clara mayoría de los votantes se opone a la propuesta, que algunos críticos han calificado de “traición”. La encuesta Data for Progress, realizada entre el 3 y el 7 de agosto a 1.217 probables votantes estadounidenses para Demand Progress y el Institute for Middle East Understanding (IMEU) Policy Project, reveló que el 61% de los encuestados se opone a la legislación de la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) de 2027 que integraría a las empresas armamentísticas israelíes en el Pentágono a un nivel superior al de cualquier otro país. Esta cifra ascendió al 78% entre los demócratas y al 73% entre los independientes. “Esta encuesta es una señal de alerta roja para cualquier miembro del Congreso que apoye el proyecto de ley de autorización de defensa”, declaró Cavan Kharrazian, asesor principal de políticas de Demand Progress. “Una clara mayoría de los votantes no apoya una mayor integración del ejército israelí y las empresas militares israelíes en el Pentágono, algo que la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) pretende hacer”. La Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, votó el mes pasado (con 216 votos a favor y 212 en contra), en su mayoría siguiendo las líneas partidistas, a favor de una Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) récord de 1,15 billones de dólares. El proyecto de ley de gastos militares incluye la Sección 219, una disposición que crearía una Iniciativa de Cooperación en Tecnología de Defensa entre Estados Unidos e Israel, acelerando la investigación, el desarrollo, las pruebas y la integración conjunta de tecnologías de defensa, incluyendo inteligencia artificial, defensa antimisiles y sistemas antidrones. Los representantes Thomas Massie (republicano por Kentucky) y Ro Khanna (demócrata por California) presentaron una enmienda para eliminar la Sección 219 de la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA). La medida no fue aprobada. La congresista Ilhan Omar (demócrata por Minnesota), que votó en contra de la NDAA, describió la Sección 219 como “una amenaza escandalosa para la seguridad y la autonomía de nuestro país”. La versión del Senado del proyecto de ley de autorización de gastos militares incluye una disposición relacionada —la Sección 1217, la Ley de Futuros entre Estados Unidos e Israel—, y ambas cámaras deberán conciliar sus respectivas leyes de la NDAA antes de que se decida la redacción final. No se prevé que la conciliación se produzca antes de noviembre. “Ya es hora de que el Congreso escuche al pueblo estadounidense, y no a las mismas voces que siempre quieren darle a Israel un cheque en blanco”, dijo Kharrazian. Ese cheque en blanco ha ascendido a más de 174.000 millones de dólares en ayuda, sin ajustar por inflación, desde la fundación del Estado moderno de Israel en 1948. La nueva encuesta reveló que el 57% cree que el ejército israelí y las empresas armamentísticas de ese país no deberían tener mayor acceso a los sistemas militares estadounidenses. El 51% afirmó que Israel se beneficia más de la relación entre ambos países, frente a solo el 12% que opinó que Estados Unidos sale ganando. Aunque los votantes republicanos apoyan la disposición del Pentágono por un margen de 16 puntos, cuando se les pregunta al respecto sin contexto adicional se muestran considerablemente menos entusiasmados con la idea de otorgar acceso especial a cualquier ejército extranjero, oponiéndose a ello un 62%, frente a un 27%. El 40% de los votantes encuestados afirmó creer que la relación entre Estados Unidos e Israel es “demasiado estrecha”, frente al 42% que opina que es “adecuada”. Entre los demócratas, el 56% considera que las relaciones son demasiado estrechas, en comparación con solo el 23% que opina que son adecuadas. El 22% de los republicanos y el 43% de los independientes coincidieron en que las relaciones entre Estados Unidos e Israel son demasiado estrechas. Al preguntarles si creen que Donald Trump apoya demasiado al gobierno de derecha de Israel, el 49% respondió que sí, en comparación con solo el 33% que dijo que el Presidente está brindando el apoyo adecuado y solo el 8% que cree que no está brindando suficiente apoyo a este aliado clave. La opinión de los encuestados sobre Israel se ha deteriorado notablemente: el 44% afirma que ahora ve al país con peores ojos que hace tres años, en comparación con solo el 17% que dice que su opinión ha mejorado en medio de la guerra de aniquilación en Gaza, que expertos de las Naciones Unidas , grupos de derechos humanos y un caso liderado por Sudáfrica que actualmente se encuentra ante la Corte Internacional de Justicia califican de genocidio, así como por la ocupación, colonización, limpieza étnica y apartheid israelíes en Palestina. Si nos centramos únicamente en los últimos seis meses, el 41% de los encuestados afirmó que su opinión sobre Israel se ha vuelto menos favorable, frente al 16% que opina que se ha vuelto más favorable. Entre los demócratas, la división es de 56% contra 13%; entre los independientes, de 42% y 11% respectivamente. “Israel es una nación que está cometiendo genocidio y que acaba de arrastrar al pueblo estadounidense a una guerra desastrosa que aún está afectando nuestros bolsillos”, declaró Margaret DeReus, directora ejecutiva del Proyecto de Políticas de IMEU, refiriéndose a la guerra con Irán. “Los senadores juran anteponer el bienestar del pueblo estadounidense a todo lo demás; para cumplir con ese juramento, deben desechar esta propuesta ridícula”. “Es el colmo del absurdo que el Congreso siquiera esté considerando una propuesta para involucrarse más con el ejército israelí y usar nuestros impuestos para subsidiar a sus empresas de armas”, añadió DeReus. Fuente de la traducción al castellano: https://www.elcohetealaluna.com/israel-suma-rechazos/ Fuente del original: https://www.commondreams.org/news/poll-us-israel-military-integration