CRISTIANOS DEL NUEVO SIGLO
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viernes, 3 de abril de 2026
destitución del jefe del Estado Mayor causa descontento en el Ejército de EEUU
- Sputnik Mundo,
La destitución del jefe del Estado Mayor causa descontento en el Ejército de EEUU, según medios
El secretario de Guerra de EEUU, Pete Hegseth, destituyó el 2 de abril al general Randy George, lo que refleja una creciente tensión entre el titular del ente castrense y los altos mandos del Ejército, según los medios.
Esto, acorde a los reportes, corresponde a los antiguos resentimientos de Hegseth hacia el Ejército, disputas de personal y su tensa relación con el secretario del Ejército, Daniel Driscoll.
Además, Hegseth se ha enfrentado en los últimos meses con George y Driscoll por bloquear el ascenso de cuatro oficiales a generales de una estrella. Durante varios meses el Secretario de Guerra presionaba a los generales para que bloquearan el ascenso de estos oficiales, pero ellos rununciaron a hacerlo citando "un largo historial de servicio ejemplar" por parte de los candidatos.
"Los altos mandos del Ejército reaccionaron con ira y frustración ante la noticia de la destitución del general George, calificándola como el último golpe a un cuerpo que ya se siente bajo el asedio de Hegseth", afirmaron los informes.
Se agregó que el general George, que fue nombrado para el cargo en 2023, sacó al Ejército de una de las peores crisis de reclutamiento de su historia en 2024. El general Christopher LaNeve figura como principal candidato para sustituir a George, según los medios. Fue su adjunto y también asistente de Hegseth en el pasado.
Además, Hegseth destituyó a otros dos generales: David Hodne, que dirigía el Mando de Preparación y Transformación del Ejército, y al capellán general del Ejército de Tierra, William Green Jr.
Un intermediario de Hegseth habría intentado adquirir un fondo de defensa antes del ataque contra Irán, según medios
Previamente, trascendió que el Pentágono tiene previsto reorganizar el sistema de mando de las FFAA, rebajando el rango de varios cuarteles generales regionales y reduciendo el número de altos mandos.
Desde que asumió el cargo en enero de 2025, Hegset ordenó la destitución de varios generales, entre ellos el ex presidente del comité de jefes de Estado Mayor de las FFAA de EEUU, Charles Brown. En abril de 2025, el exportavoz del Pentágono, John Elliott, afirmó que en el departamento de Guerra "reina el caos total", provocado, entre otras cosas, por los despidos.
jueves, 2 de abril de 2026
Abrirá una vía para la liberación de Palestina la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán?
¿Abrirá una vía para la liberación de Palestina la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán?
Por Ramzy Baroud | 03/04/2026 | Mundo
Fuentes: Rebelión [Foto de Brahim Guedich, Creative Commons 4.0]
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
Algunas personas están expresando su frustración por el hecho de que entre las condiciones de Irán para poner fin a la guerra no se haya mencionado explícita y e indudablemente la exigencia de poner fin a la ocupación israelí de Palestina y de desmantelar el régimen de apartheid. Entre las condiciones difundidas en medios iraníes y afines (aunque no han sido confirmadas formalmente por Irán) está la propuesta de que cualquier resolución debe incluir acabar con todas la guerras de Israel en todos los frentes: Gaza, Líbano, Siria y otros lugares. Sin embargo, estas condiciones no priorizaban específicamente la libertad de Palestina como condición previa para poner fin a la guerra.
Esta frustración no es inoportuna ni marginal. La cuestión de Palestina no es una cuestión más para muchas personas, sino que es el eje fundamental del conflicto en sí. No obstante, precisamente por eso no se debe abordar de forma aislada. Abordar la guerra actual unicamente por medio de lo que se ha afirmado o no se ha afirmado explícitamente corre peligro de reducir a una sola dimensión un conflicto que es profundamente complejo, cuando de hecho y en última instancia la cuestión de Palestina se está conformando, disputando y resolviéndose potencialmente a través a esta lucha más amplia e interrelacionada.
Varías líneas de análisis recogen elementos de esta realidad, pero pocas la sustentan. Algunas se centran de forma limitada en la política interna israelí y afirman que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu está prolongando la guerra para mantener su coalición, atrasar su comparecencia ante la justicia y evitar las consecuencias legales que podrían acabar con su carrera política. Otras hacen una lectura estratégica más amplia y sitúan la guerra dentro de la búsqueda que desde hace tiempo lleva a cabo Israel de lograr el control regional por medio de la neutralización de sus adversarios, ampliar la normalización [de relaciones de Israel con otros países] y la consolidación de su posición como potencia fundamental en la zona. Una tercera línea de análisis, más cercana a la corriente dominante, continúa operando dentro del marco declarado de Washington y Tel Aviv. Aunque incluya algún aspecto crítico, sigue aferrada a la retórica del programa nuclear de Irán, la «seguridad » de Israel y la maquinaria habitual de justificación.
No es un marco neutral. Elude sistemáticamente la responsabilidad que tiene Israel en esta guerra, de la misma manera que se ha negado sistemáticamente a afrontar el genocidio en Gaza. Incluso sus críticas al presidente estadounidense Donald Trump siguen siendo de procedimiento, centradas en los poco claros objetivos de la Casa Blanca, la escasa coordinación y los mensajes contradictorios, en vez de centrarse en la lógica política y moral que ha llevado a esta guerra.
El recorrido histórico más amplio desaparece entre unas explicaciones que son meramente internas y el cada vez más vacío discurso de los medios dominantes. La verdad radica en otra parte. Asia Occidental no ha entrado en crisis repentinamente. Ha sido conformado deliberadamente para ser inestable. A lo que estamos asistiendo no es a una ruptura abrupta, sino a la aceleración de un proceso histórico de larga data que ahora está llegando a una fase decisiva.
El Acuerdo Sykes-Picot de 1916 en Gran Bretaña y Francia no dividió simplemente el territorio, sino que urdió su fragmentación. Se impusieron unas fronteras arbitrarias que tenían muy poco en cuenta la realidad histórica, cultural o social, lo que garantizaba que la zona iba a estar fracturada políticamente y a ser manejable desde el exterior. Este marco colonial se reforzó posteriormente gracias a los acuerdos alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial que transfirieron a Estados Unidos el control efectivo de la zona. En 1945 se produjo un hecho fundamental cuando el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt se reunió con el rey saudí Abdulaziz a bordo del buque estadounidense Quincy para acordar una formula estratégica: Estados Unidos garantizaba la seguridad a cambio de un acceso estable a los recursos petroleros. Este acuerdo evolucionó, sobre todo en la década de 1970, al sistema del petrodólar, según el cual las transacciones del petróleo mundial se debían hacer en dólares estadounidenses, lo que tuvo unas consecuencias estructurales. Se garantizaba la demanda mundial de dólares y la fortaleza de la economía estadounidense quedó vinculada directamente a su influencia sobre los flujos energéticos de Asia Occidental. En adelante el dominio de Estados Unidos en la zona no fue meramente estratégico, sino que fue la base del orden económico global.
¿Cuando empezaron a cambiar las cosas?
Una respuesta común es la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos en 2003. Esta guerra pretendía consolidar el control de Estados Unidos, sin embargo desestabilizó la zona de forma profunda y duradera, sacó a la luz los límites de la intervención militar directa y aceleró unas fuerzas que el propio Washington no pudo controlar totalmente.
Hacia 2011 Estados Unidos empezó a hacer nuevos cálculos. El «giro hacia Asia» del gobierno Obama reflejaba una reorientación estratégica hacia China, mientras que Washington adoptaba en Asia Occidental un modelo de implicación más indirecto, que a menudo se calificaba de «dirigir desde atrás». Este planteamiento fue evidente en Libia en 2011, donde las fuerzas de la OTAN, bajo la coordinación estadounidense, intervinieron militarmente sin que hubiera sobre el terreno una presencia estadounidense a gran escala. El resultado de ello no fue la estabilidad, sin el colapso del Estado [libio].
En Siria, Iraq, Yemen y otros lugares Estados Unidos delegó cada vez más, recurrió a alianzas regionales y a formas híbridas de guerra. Pretendía mantener su influencia y reducir al mismo tiempo el coste político y financiero de la ocupación directa.
Isrel asumió un papel más importante en este nuevo marco. Ya no era un simple aliado, sino un pilar que se situaba como garante regional de la seguridad dentro del orden encabezado por Estados Unidos. Se incorporó a este acuerdo a los Estados árabes, sobre todo a los del Golfo, como socios económicos, y la normalización de sus relaciones con Israel se consideró pragmática e inevitable. Los Acuerdos de Abraham firmados en 2020 formalizaron este giro. No fueron unos acuerdos meramente diplomáticos, sino parte de un proyecto más amplio para reorganizar Asia Occidental de acuerdo con las prioridades estratégicas de Estados Unidos e Israel.
Aunque los Acuerdos de Abraham se consideraron, con toda razón, una traición a Palestina, también estaban destinados a eludir totalmente la cuestión palestina. Jared Kushner expresó explícitamente esta lógica al afirmar que la cooperación regional y la integración económica podían avanzar con independencia de resolver la cuestión de los derechos del pueblo palestino.
El propio discurso empezó a cambiar en consonancia con ello. Israel adoptó y difundió el lenguaje de un «nuevo Oriente Medio» que promueve una idea en la que tiene una posición fundamental e indiscutible.
Esta idea quedó perfectamente clara en septiembre de 2023, cuando Netanyahu pronunció un discurso en la ONU y presentó un mapa de la zona que excluía totalmente a Palestina, una declaración tan política como visual.
Con todo, ni siquiera el genocidio que estaba teniendo lugar en Gaza alteró de forma significativa esta trayectoria. A pesar de las condenas retóricas, varios gobierno árabes siguieron priorizando el preservar este orden que estaba emergiendo e invertir capital político en su supervivencia al tiempo que ofrecían poco apoyo significativo al pueblo palestino.
No es una postura fortuita.
Muchos Estados del Golfo no fueron fruto de movimientos de liberación anticoloniales, sino de acuerdos coloniales. Al haber sigo antiguos Protectorados británicos, su sistema político y el de seguridad mantiene una fuerte relación con el poder occidental. El limitado tamaño de sus poblaciones, la profundidad de su territorio y su autonomía estratégica hacen que dependan de garantías externas para su supervivencia.
Puesto que China sigue siendo cautelosa a la hora de proyectar su poderío militar y, al menos por el momento, no desea sustituir a Estados Unidos como patrocinador de la seguridad, estos Estados siguen dependiendo de la validación política, la protección militar y la infraestructura tecnológica occidentales.
Desde su punto de vista, el colapso del orden existente no es una liberación, sino un peligro.
Esto ayuda a explicar la ausencia de cualquier cambio serio en su postura respecto a Israel, ni siquiera cuando los dirigentes israelíes expresan abiertamente sus ambiciones expansionistas. El propio Netanyahu ha enmarcado repetidamente el papel de Israel en unos términos de sugieren un proyecto regional más amplio, esto es, el «Gran Israel»; un proyecto que va más allá de la asociación para convertirse en una relación de dominio.
Aunque estas declaraciones provocan cierta alarma a algunos regímenes árabes, no han alterado de forma fundamental sus cálculos. Hace tiempo que comprendieron la naturaleza del poder israelí, aunque siguen funcionando dentro de un sistema que recompensa el alineamiento con actores más fuertes, no la resistencia a ellos.
Teniendo en cuenta todo esto, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no se puede entender como una serie de decisiones aisladas o de cálculos cortoplacistas, sino que es el resultado de una trayectoria histórica de varias etapas y acumulativa.
Es cierto, Netanyahu trata de sobrevivir políticamente; es cierto, la política estadounidense sigue estando profundamente determinada por la influencia pro-Israel, pero reducir esta guerra únicamente a esos factores es ignorar su función estructural: el intento de imponer un nuevo orden regional.
Precisamente en este contexto más amplio es donde hay que entender la resistencia palestina en Gaza. Nunca pretendió derrotar a Israel en términos militares convencionales, sino que su objetivo era ampliar el ámbito del conflicto, obstaculizar la capacidad de Israel para reconfigurar la zona unilateralemente y hacer frente a lo que se podría considerar un incipiente «Sykes-Picot II», esta vez centrado en el dominio israelí. Israel es plenamente consciente de esta dinámica y de ahí que califique constantemente la guerra de existencial y la equipare a su momento fundacional en 1948: la Nakba y la limpieza étnica de Palestina
Sin embargo, la poderosa respuesta de Irán, el papel constante que desempeña Hezbollah, la implicación de Ansarallah y una mayor consolidación del Eje de la Resistencia sugieren que es posible que Israel no pueda lograr ninguno de sus objetivos estratégicos.
Y ahí es donde fallan la mayoría de los análisis preponderantes.
Para el Eje de la Resistencia la victoria no requiere un triunfo militar decisivo, requiere aguante; en este contexto no perder es en sí mismo una victoria estratégica. De suceder eso, no se limitaría a interrumpir la trayectoria actual, podría empezar a revertirla. Se vería profundamente alterado el arco estratégico que siguió a la guerra de Iraq, reforzado por el «giro hacia Asia», el fracaso de los levantamientos árabes y el proceso de normalización [de relaciones con Israel]. Se debilitaría el papel de Israel como garante de la “seguridad”, lo que llevaría a los regímenes árabes a replantear sus alineamientos y posiblemente a explorar nuevas formas de coexistencia regional, no con Israel, sino con Irán.
Y en ese momento a Estados Unidos le quedarían pocas opciones: o bien profundizar su implicación en una región de la que ha estado intentando desvincularse, o bien aceptar un panorama geopolítico modificado en el que Irán y sus aliados ya no son actores periféricos, sino fuerzas consolidadas e ineludibles a la hora de configurar el futuro de la zona.
Aunque únicamente esto no liberará a Palestina ni desmantelará el apartheid, podría, no obstante, abrir nuevos espacios políticos, geopolíticos y legales para que opere el pueblo palestino, unos espacios que el cambio de los equilibrios regionales y la desaparición de viejos obstáculos hacen posibles.
Si fracasa la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las implicaciones irán mucho más allá del campo de batalla. Se empezará a desmoronar no solo el equilibrio de poder existente, sino también el propio lenguaje y los presupuestos que han gobernado la zona durante décadas. En ese contexto es probable que potencias globales como China y Rusia se posicionen más firmemente como socios económicos y estratégicos alternativos, y traten de sacar provecho de un panorama regional cambiante.
Al mismo tiempo, algunos países europeos, que ya han empezado a expresar su desacuerdo con la política estadounidense, pueden empezar a negociar nuevos acuerdos, sobre todo teniendo en cuenta la importancia estratégica del Estrecho de Ormuz y su relación directa con los flujos mundiales de energía.
Puede que países de todo el Sur Global aprendan de este momento y exploren formas de cooperación regional en contra de los marcos coloniales heredados y de las viejas jerarquías de poder.
El conjunto de todos estos cambios no resuelve la «cuestión palestina», pero sí abre posibilidades, que amplían el terreno en el que el pueblo palestino y sus aliados, incluido el movimiento global de solidaridad, pueden actuar, organizarse y ejercer presión.
Se vislumbran ya los contornos de un cambio político: disminuye el apoyo a Israel entre la población estadounidense común y la solidaridad global con Palestina llega a unos niveles sin precedentes, incluso entre las sociedades occidentales.
El reto es no limitarse a reconocer que se está produciendo un cambio, sino comprender lo profundo que es y hacia dónde se dirige, para no constreñirnos a lecturas parciales de la guerra contra Irán. Este cambio se debe entender como parte de una lucha más amplia sobre el futuro de la zona, en la que Palestina sigue siendo fundamental.
Ramzy Baroud es periodista, director y colaborador de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, el próximo de los cuales está Before the Flood, que publicará Seven Stories Press. Otros de sus libros son Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y The Last Earth. También es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su página web es www.ramzybaroud.net.
Texto original: https://www.counterpunch.org/2026/03/30/will-the-us-israeli-war-on-iran-open-the-road-to-palestinian-freedom/
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.
Lo que ha conseguido Irán es mostrar que 'el rey estaba desnudo'"
Sputnik Mundo,
Ajedrez de geopolítica, Conduce Javier Benítez.
Conflicto en Medio Oriente: "Lo que ha conseguido Irán es mostrar que 'el rey estaba desnudo'"
Irán ya ha ganado el conflicto contra EEUU e Israel. Así lo expresó recientemente el portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Esmail Baghaei, quien argumentó su afirmación con hechos que han ocurrido a lo largo del tiempo desde el año 1979, en que el país norteamericano se opuso a la revolución del país persa.
El tiempo pone las cosas en su lugar
"Creo que ya hemos ganado esta guerra brutal porque, literalmente hablando, (...) EEUU ha estado en guerra con Irán desde 1979, cuando se opusieron a la revolución iraní. Durante los últimos 47 años, lo han intentado todo: asesinatos, sanciones paralizantes, como ellos las llaman. Y, como saben, durante los últimos meses de la guerra Irán-Irak, también intervinieron militarmente. Así que esta es otra fase de su animosidad hacia los iraníes. Y se basa principalmente en un error de cálculo", enfatizó Baghaei.
En este escenario, el alto funcionario persa aseveró que la actual agresión injustificada de EEUU e Israel contra su país, en realidad, "se trata de una guerra de Israel", que arrastró al conflicto al país norteamericano.
"Lo cierto es que durante los últimos 27 o 28 días hemos demostrado resiliencia. Nos hemos defendido de dos regímenes con armas nucleares, tecnológicamente superiores y muy sofisticadas, pero hemos aprendido a vivir, sobrevivir y prosperar en estas situaciones críticas", destacó el ministro de Exteriores de Irán.
Entonces, Baghaei denunció una conducta sistémica de EEUU, y es el hecho de que atacó a Irán dos veces en medio de las negociaciones. "Nos atacaron el 13 de junio [de 2025], cuando teníamos previsto reunirnos el 15 de junio. Durante doce días tuvimos que defendernos. Tras unos meses, propusieron volver a hablar. Entablamos negociaciones, pero el 28 de febrero [de 2026] repitieron la misma táctica: lanzaron su agresión justo cuando teníamos previsto reunirnos el lunes [2 de marzo] en Viena", fustigó.
En opinión del analista internacional Marcelo Ramírez, la exposición de Baghaei es adecuada.
"Creo que tiene razón. Cuando él lo presenta, como él lo explica así, se ve con una claridad cristalina cómo han sido los ataques. Es una cosa que ya escapa a la política clásica. Si bien los países entran en guerras, si bien los países a veces pueden dar golpes por sorpresa, esta cuestión de preparar una negociación, y atacar durante la misma, y luego volver a repetirlo para tratar de descabezar al Gobierno, demuestra la verdadera naturaleza de Occidente, de Israel y de EEUU", reflexiona el experto.
Ramírez señala que EEUU "ha sido arrastrado a un conflicto, que creo que es el principio del fin de una hegemonía que a nosotros nos parece eterna; nos parece 'normal' hablar de un EEUU predominante".
"Pero, en definitiva, en términos históricos, no es nada más que una nación más, que va a pasar y que la historia seguirá sucediéndose hacia el futuro con más cambios. No hay nada que sea eterno. Lo que ha conseguido Irán es básicamente mostrar de alguna manera que ‘el rey estaba desnudo', concluye el analista.
miércoles, 1 de abril de 2026
Irán, ¿un nuevo Vietnam para Estados Unidos?
Recomiendo:
Irán, ¿un nuevo Vietnam para Estados Unidos?
Por Carlos Fazio | 01/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: La Jornada
Al cumplirse un mes del artero e ilegal ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, resulta difícil entender qué está ocurriendo sobre el terreno y qué decisiones toman las partes en la realidad.
El conflicto se dirime en dos planos, el de las narrativas y el de los hechos. La guerra está ligada a los discursos de uno y otro bando: los ultimátums maximalistas de Donald Trump con énfasis en la “rendición incondicional” son respondidos por la dirección iraní con una nutrida matriz de represalias y exigencias que, de aplicarse, transformaría el círculo estratégico de la guerra, consciente de que enfrenta una amenaza existencial y está dispuesta a luchar hasta el final frente a dos potencias nucleares. Por eso, los ataques aéreos de saturación del bando agresor son respondidos con acciones simétricas de retaliación de la parte iraní.
Esto no es simplemente la “niebla de la guerra” ni la propaganda gris o negra clásicas. Se trata de un estilo completamente nuevo de llevar a cabo operaciones militares, que en un alto porcentaje se libran y se ganan en el ámbito de las simulaciones virtuales. Por eso resulta muy difícil evaluar y considerar con seriedad el ultimátum postrero de Trump que vence el 6 de abril o las acciones reales de la república islámica. Por supuesto, hay que verificarlo todo y buscar las fuentes originales, pero, en última instancia, sólo la realidad da la respuesta.
En ese intercambio de golpes virtuales se entremezclan imágenes de acontecimientos reales y separar unas de otras se vuelve casi imposible. Si bien parece claro que está en curso una nueva fase de un plan de Washington y Tel Aviv por destruir, desmembrar y dividir a Irán en pequeños estados étnicos sectarios y anárquicos (siguiendo el modelo sirio) y reconfigurar de raíz la economía mundial y la geopolítica, no se alcanza a comprender del todo las contradictorias tácticas de guerra híbrida de Trump; su diatriba en Truth Social se presenta y suena como una completa farsa. A su vez, aunque parece incontrovertible que Irán cuenta con una estrategia cuidadosamente elaborada que se está desarrollando en fases diferenciadas, tampoco resulta nítida la lógica de la Guardia Revolucionaria Islámica. Menos aún, las acciones de las monarquías petroleras vasallas del golfo Pérsico y del mundo islámico.
Aunque sí es plausible señalar, que de ser simplemente una potencia proxy, un portaviones terrestre del Occidente colectivo en Medio Oriente que vivía de las subvenciones de Estados Unidos y Europa, Israel (al influjo de los megamillonarios del lobby judío israelí-estadunidense) se ha convertido en un centro de toma de decisiones que incide directamente sobre el jefe de la Casa Blanca y el Estado profundo (deep state). Según se infiere de los dichos del periodista Tucker Carlson y del dimitente ex director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent, ambos no hace mucho cercanos a Trump, Israel ya no es “la cola que mueve al perro”, sino el cerebro; con Benjamin Netanyahu y los sionistas a la vanguardia ideológica del conflicto y haciendo el “trabajo sucio” (Drecksarbeit), Friedrich “Blackrock” Merz dixit.
Otra novedad del conflicto es que a diferencia de las guerras tradicionales, en las que los ejércitos dirigían su potencia de fuego hacia infraestructuras estratégicas del enemigo –bases militares, aeródromos, fábricas de armas– y en las que se podían rastrear las líneas de suministro y trazar planes de batalla con relativa certeza, en las dos últimas décadas, la lógica ha ido más allá de la zona de guerra física. La revolución digital ha construido una segunda capa de infraestructura estratégica tras las líneas del frente, transformando silenciosamente la proyección de fuerza y la manera en que se libran las guerras. La infraestructura digital ha pasado de la periferia de la guerra a su núcleo operativo.
La recopilación de inteligencia, la logística del campo de batalla y la coordinación de mando y control en múltiples teatros dependen cada vez más de los sistemas en la nube de inteligencia artificial. Según la perspectiva estratégica de Irán, la columna vertebral tecnológica que sustenta las operaciones militares de Estados Unidos e Israel (Amazon, Microsoft, Google, Oracle, Nvidia, IBM, Palantir) no puede considerarse políticamente neutral; constituye una extensión del propio espacio de batalla, un dominio donde se cruzan los activos económicos, las plataformas empresariales y los objetivos de seguridad nacional.
Pero más allá de la propia lógica del conflicto, cuanto más se prolonga, más frecuentes son las comparaciones con Vietnam: a pesar de su superioridad militar, Washington corre el riesgo de verse envuelto en una agotadora guerra de desgaste sin un desenlace claro. Vietnam demostró que, incluso al perder en el campo de batalla, se puede ganar estratégicamente. A los generales vietnamitas se les atribuye una fórmula que se ha convertido casi en un axioma de los conflictos asimétricos: perder las batallas, pero ganar la guerra. Dado el carácter existencial del conflicto, todo indica que Irán está actuando así. Le va en ello su supervivencia.
Por eso, a pesar de los graves daños sufridos, Irán aumenta de manera constante el costo del enfrentamiento para Estados Unidos (e Israel), mediante la presión sobre los mercados globales y el bloqueo del estrecho de Ormuz (lo que con la entrada de los hutíes de Yemen al conflicto, podría replicarse en el estrecho de Bab el Mandeb, que une el mar Rojo con el golfo de Adén). La guerra trasciende el enfrentamiento con sus agresores y afecta los intereses de todo el mundo. Ante Trump se perfila un dilema al que ya se enfrentaron sus predecesores, desde Vietnam hasta Irak: llevar la escalada militar a un nuevo nivel o retroceder y asumir una derrota estratégica. Esa es la cuestión.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán
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Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán
Por Jonathan Cook | 01/04/2026 | Mundo
Fuentes: Voces del Mundo
El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu debió de haber convencido a Donald Trump de que una guerra contra Irán se desarrollaría de forma muy similar al ataque mediante el buscapersonas en el Líbano de hace 18 meses. Los dos ejércitos decapitarían conjuntamente a la cúpula dirigente de Teherán, y esta se derrumbaría tal como lo había hecho Hizbolá —o eso parecía entonces— tras el asesinato por parte de Israel de Hasan Nasraláh, líder espiritual y estratega militar del grupo libanés.
De ser así, Trump se creyó completamente esta estratagema. Asumió que sería el presidente de Estados Unidos encargado de “rehacer Oriente Medio”, una misión que sus predecesores habían rechazado desde el rotundo fracaso de George W. Bush cuando intentó alcanzar el mismo objetivo, junto con Israel, más de 20 años antes.
Netanyahu dirigió la mirada de Trump hacia la supuesta “hazaña audaz” de Israel en el Líbano. El presidente estadounidense debería haber mirado hacia otro lado: al colosal fracaso moral y estratégico de Israel en Gaza. Allí, Israel se ha pasado más de dos años arrasando el pequeño enclave costero, sometiendo a la población al hambre y destruyendo toda la infraestructura civil, incluyendo escuelas y hospitales.
Netanyahu declaró públicamente que Israel estaba “erradicando a Hamás”, el gobierno civil de Gaza y su movimiento de resistencia armada, que durante dos décadas se había negado a someterse a la ocupación y el bloqueo ilegales del territorio por parte de Israel. En realidad, como prácticamente todos los expertos en derecho y en derechos humanos concluyeron hace tiempo, lo que Israel estaba haciendo era cometer un genocidio y, al hacerlo, quebrantar las reglas de la guerra que habían regido el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Pero dos años y medio después de la destrucción de Gaza por parte de Israel, Hamás no sólo sigue en pie, sino que controla las ruinas. Si bien Israel puede haber reducido en un 60% el tamaño del campo de concentración donde se encuentra confinada la población de Gaza, Hamás está lejos de ser derrotado. Más bien, es Israel quien se ha retirado a una zona segura, desde donde está reanudando una guerra de desgaste contra los supervivientes de Gaza.
Sorpresas por el horizonte
Al considerar la posibilidad de lanzar una guerra ilegal contra Irán, Trump debería haber tenido en cuenta el rotundo fracaso de Israel para destruir a Hamás tras bombardear este pequeño territorio —del tamaño de la ciudad estadounidense de Detroit— desde el aire durante dos años. Ese fracaso fue aún más evidente dado que Washington había proporcionado a Israel un suministro ilimitado de municiones. Ni siquiera el envío de fuerzas terrestres israelíes logró sofocar la resistencia de Hamás. Estas eran las lecciones estratégicas que la administración Trump debería haber aprendido.
Si Israel no pudo someter militarmente a Gaza, ¿por qué iba a pensar Washington que la tarea en Irán sería más fácil? Después de todo, Irán es 4.500 veces más grande que Gaza. Tiene una población y un ejército 40 veces mayores. Y posee un temible arsenal de misiles, no los cohetes caseros de Hamás. Pero, aún más importante, como Trump parece estar aprendiendo ahora a su costa, Irán —a diferencia de Hamás en la aislada Gaza— tiene palancas estratégicas que accionar con consecuencias de gran alcance.
Teherán está igualando la escalada de Washington paso a paso: desde atacar la infraestructura militar estadounidense en los Estados vecinos del Golfo y la infraestructura civil crítica, como las redes eléctricas y las plantas desalinizadoras, hasta cerrar el estrecho de Ormuz, la vía por donde se transporta gran parte del petróleo y los suministros energéticos del mundo. Teherán sanciona ahora al mundo, privándolo del combustible necesario para el funcionamiento de la economía global, de forma muy similar a como Occidente sancionó a Irán durante décadas, privándolo de los elementos esenciales para sostener su economía interna.
A diferencia de Hamás, que tuvo que luchar desde una red de túneles bajo las llanuras arenosas de Gaza, Irán cuenta con un terreno que le otorga una enorme ventaja militar. Los acantilados de granito y las estrechas calas a lo largo del estrecho de Ormuz ofrecen un sinfín de lugares protegidos desde donde lanzar ataques sorpresa. Las vastas cordilleras del interior brindan innumerables escondites: para el uranio enriquecido que Estados Unidos e Israel exigen que Irán les entregue, para los soldados, para plataformas de lanzamiento de drones y misiles y para fábricas de armamento.
Estados Unidos e Israel están destruyendo la infraestructura militar visible de Irán, pero, tal como descubrió Israel al invadir Gaza, prácticamente desconocen lo que se esconde tras ella. Sin embargo, pueden estar seguros de una cosa: Irán, que lleva décadas preparándose para esta lucha, tiene muchas sorpresas reservadas si se atreven a invadir.
Sin confianza en Trump
El principal problema para Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, es que ya no controla los acontecimientos, más allá de una serie de declaraciones escuetas, alternando entre la agresión y la conciliación, que parecen haber enriquecido únicamente a su familia y amigos, mientras los mercados petroleros suben y bajan con cada una de sus palabras. Trump perdió el control de la contienda militar en el momento en que cayó en la trampa de Netanyahu.
Puede que sea el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero ahora se ha visto envuelvo, de forma inesperada, en una situación muy delicada. Carece en gran medida de poder para poner fin a una guerra ilegal que él mismo inició. Ahora son otros quienes dictan los acontecimientos. Israel, su principal aliado en la guerra, e Irán, su enemigo oficial, tienen todas las cartas importantes en la mano. Trump, a pesar de su bravuconería, se deja arrastrar por su estela. Puede declarar la victoria, como ha dado a entender en repetidas ocasiones. Pero, una vez desatada la guerra, poco puede hacer para poner fin a los combates.
A diferencia de Estados Unidos, Israel e Irán tienen interés en que la guerra continúe mientras puedan soportar el sufrimiento. Cada régimen cree —por diferentes razones— que la lucha entre ellos es existencial. Israel, con su visión del mundo de suma cero, teme que, si Irán igualara su poderío militar en Oriente Medio con su capacidad nuclear, Tel Aviv ya no contaría con la exclusiva influencia de Washington. Ya no podría sembrar el terror en la región a su antojo. Y tendría que llegar a un acuerdo con los palestinos, en lugar de su plan preferido de perpetrar genocidio y limpieza étnica.
De igual modo, Irán ha llegado a la conclusión —basándose en la experiencia reciente— de que no se puede confiar en Estados Unidos, y especialmente en Trump, más que en Israel. En 2018, durante su primer mandato, el presidente estadounidense rompió el acuerdo nuclear firmado por su predecesor, Barack Obama. El verano pasado, Trump lanzó ataques contra Irán en medio de las negociaciones. Y, a finales del mes pasado, Trump desató esta guerra, justo cuando las conversaciones reanudadas estaban a punto de tener éxito, según los mediadores. Las palabras de Trump no valen nada. Podría llegar a un acuerdo mañana, pero ¿cómo podría Teherán estar seguro de no sufrir otra ronda de ataques seis meses después?
Irán se fija en el destino de Gaza durante las últimas dos décadas. Israel comenzó bloqueando el territorio y sometiendo a la población a una dieta que se intensificaba si se negaban a quedarse quietos en su campo de concentración. Luego, Israel comenzó a “segar el césped” cada pocos años, es decir, a bombardear el enclave con ataques aéreos. Y terminó perpetrando un genocidio. Los líderes iraníes no están dispuestos a arriesgarse a seguir ese camino. En cambio, creen que deben darle a Estados Unidos una lección que no olvidará fácilmente. Irán busca causar tal devastación en la economía global y en los Estados aliados de Estados Unidos en el Golfo, que Washington no se atreva a plantearse una segunda ronda.
Esta semana, el New York Times informó que los ataques iraníes habían dejado muchas de las 13 bases militares estadounidenses en la región prácticamente inhabitables. Los 40.000 soldados estadounidenses en el Golfo han tenido que ser reubicados en hoteles y oficinas, incluyendo miles que han sido dispersados incluso en lugares lejanos de Europa.
Avivando las llamas
Como se hace más evidente cada día, los intereses de Estados Unidos e Israel con respecto a Irán son ahora opuestos. Trump necesita restablecer la calma en los mercados cuanto antes para evitar una depresión global y, con ella, el colapso de su apoyo interno. Debe encontrar la manera de restablecer la estabilidad. Dado que los ataques aéreos no han logrado desalojar ni a los ayatolás ni a la Guardia Revolucionaria, sólo le quedan dos opciones: ceder y entablar negociaciones humillantes con Irán, o intentar derrocar al régimen mediante una invasión terrestre e imponer un líder de su elección. Pero dado que Irán aún no ha terminado de causar daño a Estados Unidos y no tiene motivo alguno para confiar en la buena fe de Trump, Washington se ve inexorablemente empujado hacia la segunda opción.
Israel, por su parte, se opone rotundamente a la primera opción, las negociaciones, que lo llevarían de vuelta al punto de partida. Y sospecha que la segunda opción es inviable. La principal lección de Gaza es que el vasto territorio iraní probablemente convierta a las tropas invasoras en blancos fáciles para un ataque de un enemigo invisible. Y existe el suficiente apoyo al liderazgo iraní —aunque los occidentales nunca se quieran enterar de ello— como para que Israel y Estados Unidos impongan a la población al pretendiente al trono, Reza Pahlavi, quien ha estado celebrando desde la distancia el bombardeo de su propio pueblo.
Israel inició esta guerra con una agenda completamente distinta. Busca el caos en Irán, no la estabilidad. Eso es lo que ha intentado generar en Gaza y el Líbano, y todo indica que busca el mismo resultado en Irán. Esto es algo que debería haberse comprendido hace mucho tiempo en Washington.
Esta semana, Jake Sullivan, exasesor de seguridad nacional de Joe Biden, citó recientes declaraciones de Danny Citrinowicz, un veterano exresponsable de inteligencia militar israelí especializado en Irán, quien afirmó que el objetivo de Netanyahu es “simplemente desintegrar Irán y provocar el caos”. ¿Por qué? “Porque”, explica Sullivan, “desde su perspectiva, un Irán desintegrado representa una menor amenaza para Israel”.
Esa es la razón por la que Israel sigue asesinando a líderes iraníes, como hizo anteriormente en Gaza, conocedor como es de que figuras aún más beligerantes ocuparán su lugar. Busca líderes radicalizados y vengativos que se nieguen a dialogar, no pragmáticos dispuestos a negociar. Por eso Israel ataca la infraestructura civil en Irán, como hizo en Gaza y está haciendo ahora mismo en el Líbano, para sembrar desesperanza y fomentar la división, y provocar que Teherán arremeta con represalias, lo que a su vez provocaría mayor indignación en los vecinos iraníes del Golfo y arrastraría a Estados Unidos aún más al conflicto. Por eso Israel ha estado colaborando secretamente con grupos minoritarios en Irán y sus alrededores —y sin duda armándolos—, como ha vuelto a hacer en Gaza y el Líbano, con la esperanza de avivar aún más las llamas de la desintegración interna. Los Estados en guerra civil, consumidos por sus propias luchas internas, representan poca amenaza para Israel.
Mensajes confusos
Como es habitual, Trump envía mensajes confusos. Busca negociar —aunque no está claro con quién— mientras acumula tropas para una invasión terrestre. Resulta difícil analizar las intenciones del presidente estadounidense porque sus declaraciones carecen por completo de sentido estratégico. El miércoles por la noche, declaró en un evento de recaudación de fondos en Washington que Irán deseaba fervientemente llegar a un acuerdo, y añadió: “Tienen miedo de decirlo porque creen que su propio pueblo los matará. También temen que los matemos nosotros”.
Esta no es la lógica de una superpotencia que busca consolidar su propia autoridad y restablecer el orden en la región. Es la lógica de un jefe mafioso acorralado, que espera que una última jugada desesperada pueda desbaratar los planes de sus rivales lo suficiente como para darle la vuelta a la situación. Es probable que esa jugada consista en enviar fuerzas especiales estadounidenses a ocupar la isla de Kharg, el principal centro de las exportaciones de petróleo iraní a través del estrecho de Ormuz. Trump parece creer que puede usar la isla como moneda de cambio, exigiendo a Teherán que reabra el estrecho o perderá el acceso a su propio petróleo.
Según diplomáticos consultados, Irán no sólo se niega a ceder el control del estrecho, sino que amenaza con bombardear masivamente la isla —y a las fuerzas estadounidenses allí presentes— antes que darle a Trump una ventaja. Teherán también advierte que comenzará a atacar el transporte marítimo en el Mar Rojo, una segunda vía marítima vital para el transporte de suministros de petróleo desde la región.
Aún le quedan cartas por jugar.
Esto es como el juego de ver quién es el menos gallina que a Trump le costará ganar. Todo esto deja al liderazgo israelí en una posición ventajosa. Si Trump sube la apuesta, Irán hará lo mismo. Si Trump declara la victoria, Irán seguirá disparando para dejar claro que él decide cuándo se detiene el conflicto. Y en el improbable caso de que Estados Unidos haga grandes concesiones a Teherán, Israel tiene múltiples maneras de avivar de nuevo las llamas. De hecho, aunque apenas lo informan los medios occidentales, ya está alimentando activamente esas llamas. Está destruyendo el sur del Líbano, utilizando la devastación de Gaza como modelo, y preparándose para anexionarse territorios al sur del río Litani de acuerdo con su agenda imperial del Gran Israel. Sigue matando palestinos en Gaza, sigue reduciendo el tamaño de su campo de concentración y sigue bloqueando la ayuda, los alimentos y el combustible. Israel está intensificando sus pogromos con milicias de colonos contra aldeas palestinas en la Cisjordania ocupada, en preparación para la limpieza étnica de lo que alguna vez se consideró la columna vertebral de un Estado palestino.
Sullivan, asesor principal de Biden, señaló que la visión israelí de un “Irán fracturado” no redundaba en interés de Estados Unidos. Suponía el riesgo de una prolongada inseguridad en el estrecho de Ormuz, el colapso de la economía global y un éxodo masivo de refugiados de la región hacia Europa. Esto agravaría aún más la crisis económica europea, de la que ya se culpa a los inmigrantes. Reforzaría el sentimiento nativista que los partidos de extrema derecha ya están ganando terreno en las encuestas. Reforzaría la crisis de legitimidad que ya enfrentan las élites liberales europeas y justificaría el creciente autoritarismo.
En otras palabras, fomentaría en toda Europa un clima político aún más propicio para la agenda supremacista israelí, basada en la ley del más fuerte. La salida de Trump es difícil de lograr. E Israel hará todo lo posible para asegurarse de que siga siendo así.
Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net
Texto en inglés: Middle East Eye, traducido por Sinfo Fernández.
Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/03/31/israel-se-asegura-de-que-trump-no-encuentre-una-salida-en-iran/
martes, 31 de marzo de 2026
ONU llama a Israel a derogar la ley que legaliza la pena de muerte a presos palestinos
La ONU llama a Israel a derogar la ley que legaliza la pena de muerte a presos palestinos
- Sputnik Mundo, 30.03.2026
La oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en el Territorio Palestino Ocupado señaló que la "ley discriminatoria" aprobada en la Knesset contraviene las obligaciones de Israel en virtud del derecho internacional.
"Las Naciones Unidas se oponen a la pena de muerte en cualquier circunstancia. La aplicación de esta nueva ley violaría la prohibición del derecho internacional de imponer castigos crueles, inhumanos o degradantes", remarcó el organismo en un comunicado.
Añadió que el proyecto de ley consolida aún más la violación por parte del Estado judío de la prohibición de la segregación racial y el apartheid, esto porque "se aplicará exclusivamente a los palestinos de la Cisjordania ocupada y de Israel, quienes a menudo son condenados tras juicios injustos".
lunes, 30 de marzo de 2026
El retorno de los dioses de hierro
Recomiendo:
El retorno de los dioses de hierro
Por Alejandro Marcó del Pont | 30/03/2026 | Economía
Fuentes: El tábano economista
La alquimia financiera del siglo XX colapsó porque dependía de un flujo ininterrumpido de bienes reales que ya no existe (El Tábano Economista)
El siglo XX no terminó con la caída del Muro de Berlín ni con las Torres Gemelas; terminó, en realidad, el día en que descubrimos que no se puede cenar un derivado financiero ni calentar un hogar con el prestigio marchito de un bono del Tesoro. Durante décadas, habitamos una alucinación colectiva, una suerte de «alquimia financiera» donde los sumos sacerdotes de Wall Street y la City de Londres nos convencieron de que el oro podía crearse del aire, que la deuda era riqueza y que las promesas de pago eran más reales que el acero. Pero el hechizo se ha roto. En este 2026, mientras el horizonte de Medio Oriente se ilumina con el resplandor de las baterías antiaéreas y el rugido de los flujos de crudo interrumpidos, el mundo despierta a una verdad brutal: los átomos han derrotado a los bits, y la entrega de «cosas» físicas ha aniquilado a la tiranía de los papeles.
A contramano del relato imperante en Occidente, la producción está imponiendo su lógica sobre la financiarización por una simple razón: el control de los flujos de comercio —como vimos en “La guerra de los corredores”— se ha convertido en el factor decisivo de estabilidad. Estamos ante un punto de inflexión donde la economía real (producción y energía) ha tomado por asalto al orden de los activos (finanzas). Si los flujos físicos de mercancías y energía se detienen, la arquitectura financiera de Occidente —basada en la baja inflación y la deuda barata— se desmorona.
La alquimia financiera del siglo XX está muriendo. Durante décadas, el mundo vivió hechizado por la gran promesa: que el dinero podía multiplicarse sin tocar la tierra, que la riqueza nacía de bonos, derivados y balances contables, y que la producción real —esas fábricas humeantes, esos minerales extraídos, esa energía que enciende todo— era un detalle menor, casi pintoresco, que podíamos dejar en manos de otros. Hoy, en 2026, esa ilusión se deshace. La industria, la entrega concreta de cosas, está recuperando el trono. Y lo hace de la forma más brutal posible: demostrando que sin cosas reales no hay promesas que valgan.
Piensen en el corazón de esa alquimia, los bonos del Tesoro estadounidense. Durante el siglo XX, especialmente después de Bretton Woods y la liberalización financiera de los ochenta, el dólar se convirtió en la moneda del mundo no porque Estados Unidos produjera más que nadie, sino porque vendía la promesa de que siempre podría pagar. El mundo enviaba contenedores llenos de autos, pantallas planas y petróleo; Washington enviaba papeles. Bonos. Deuda. Intereses que se pagaban con más deuda. Era un ciclo perfecto mientras el comercio fluyera sin interrupciones y la producción barata de Asia mantuviera los precios bajos. Giovanni Arrighi lo llamó la fase terminal de la acumulación: la financiarización, donde el capital ya no se reinvierte en fábricas sino en especulación. Robert Cox lo vio como dominación sin verdadera hegemonía, coerción disfrazada de consenso. El resto del planeta aceptaba porque, al fin y al cabo, los bonos rendían, la inflación estaba domada y la Pax Americana garantizaba que los barcos llegaran.
Hoy, el epicentro de este sismo geoeconómico es Irán. No es solo una cuestión de mapas o de fanatismos religiosos; es la física aplicada a la geopolítica. Al convertirse en el promotor de una inflación en cascada a través de la interrupción de los flujos en el Golfo Pérsico, Irán ha pinchado la burbuja de la prepotencia financiera occidental. Cada dron que sobrevuela un estrecho, cada barril que no sale, es un clavo en el ataúd de la financiarización. Porque la financiarización necesita, por encima de todo, estabilidad y baja inflación para que sus «promesas de pago» tengan sentido. Si el precio de la gasolina en Ohio o de la electricidad en Berlín se dispara porque los flujos de energía están en manos de quienes ya no aceptan el dictado del dólar, el bono del Tesoro deja de ser un refugio para convertirse en un certificado de confiscación. Los inversores huyen de la deuda porque saben que, en un mundo inflamado, un papel que promete un 4% de interés es una broma pesada cuando el costo de la vida sube un 15%.
Este es el paso del sistema de la «fe» al sistema de la «cosa». La producción, esa vieja gloria despreciada por los profetas de la economía de servicios, ha regresado para reclamar su trono. Ya no importa quién tiene el balance contable más inflado, sino quién controla el peaje, quién domina el flujo y quién posee la fábrica. La capacidad de mutar del orden global hacia un fraccionamiento zonal no es una posibilidad; es una realidad en marcha. Estamos viendo la formación de fortalezas industriales donde el valor se mide en kilovatios-hora, en toneladas métricas y en unidades de manufactura, mientras que las economías que apostaron todo a la «apreciación de activos» se descubren desnudas y hambrientas.
Pero algo se rompió. La producción, silenciosamente, empezó a imponer su lógica. Primero fue la pandemia, luego la guerra en Ucrania, después las tensiones en el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado, las que dieron lugar a un cuello de botella mortal. Ataques a instalaciones petroleras y de gas en el Golfo, cierres efectivos del estrecho, misiles contra plantas de GNL en Qatar y represalias que dañan campos como South Pars: el resultado es inmediato y brutal. El petróleo Brent ha superado los 100 dólares por barril y los precios del gas en Europa se han duplicado. Cada 10% de aumento sostenido en los precios de la energía, según el FMI, añade 0,4 puntos porcentuales a la inflación global y reduce el crecimiento en -0,2%. Si esto persiste meses, hablamos de un shock que alimenta inflación persistente, encarece los fertilizantes, dispara los costos de transporte y erosiona el poder adquisitivo de familias enteras desde Asia hasta Europa y América.
Ahí está la mutación profunda. Pasamos de un sistema basado en promesas de pago a uno basado en la entrega de cosas. Quien controla la energía, el comercio y los flujos físicos domina la producción. No es una teoría abstracta; es mecánica. Sin un flujo estable de petróleo y gas a través de Ormuz, las fábricas se apagan, los contenedores se encarecen y la inflación regresa como un fantasma de los años setenta.
Los bonos del Tesoro, antes refugio seguro, empiezan a perder compradores reales. ¿Por qué alguien prestaría a un imperio que no puede garantizar ni el combustible ni la estabilidad de precios? El FMI lo advirtió en marzo de 2026: disrupciones prolongadas en energía impulsan inflación y frenan el crecimiento. El Banco Mundial y el Banco Central Europeo (ECB) coinciden. Los shocks de oferta por fragmentación geoeconómica generan inflación duradera porque la economía real se ajusta lentamente. La financiarización, que convirtió industrias enteras en meros vehículos de rentabilidad financiera, ya no puede sostener ganancias cuando los costos reales se disparan por misiles y bloqueos.
Miren lo que está ocurriendo en tiempo real. Estados Unidos, bajo la presión de su propia deuda y de una inflación que la guerra en Irán aviva, acelera la relocalización, traer de vuelta semiconductores, acero, farmacéuticos. No por nostalgia, sino porque descubrió que sin control físico de la cadena de suministros no hay seguridad nacional ni estabilidad económica. China asegura rutas terrestres alternativas. Europa habla de autonomía estratégica, pero sabe que depende de quien controle el gas y los minerales. América Latina, con sus recursos, empieza a entender que su poder reside en procesarlos localmente y decidir a quién se los vende, salvo los que navegan sin proyecto de país, sin visión a largo plazo, rumbo o planificación estructural, la Argentina de Milei.
El mundo se está volviendo zonal, pragmático, productivo. No es un nuevo orden multipolar ordenado; es un mosaico de bloques que priorizan la entrega real sobre la especulación. Y en el centro de todo, los flujos de energía: quien los domine —ya sea mediante acuerdos bilaterales, rutas alternativas o políticas industriales audaces— dictará el ritmo de la producción del siglo XXI.
Y aquí es donde la crítica a la financiarización se vuelve urgente y moral. Durante décadas nos vendieron que la desindustrialización era progreso: “el conocimiento vale más que el músculo”, decían los gurús de Wall Street. Que las fábricas sucias se fueran a Asia era una bendición ecológica y económica. Que la riqueza se generara en los mercados de derivados era sofisticación. Falso. Lo que hicimos fue vaciar comunidades enteras en el Rust Belt americano, en el norte de Inglaterra, en el conurbano industrial argentino. Creamos una clase de rentistas globales que vivían de cupones mientras la base productiva se erosionaba.
La financiarización no creó riqueza; la redistribuyó hacia arriba y la hizo frágil. Cada crisis —2008, 2020, 2022— lo demostró: cuando la economía real tose, la financiera se ahoga. Ahora, con la guerra en Irán disparando los precios de la energía, las tasas de interés altas para combatir la inflación destruyen el valor de los bonos y hacen que las ganancias financieras se evaporen. Los bonos del Tesoro dejarán de funcionar como motor del mundo no porque alguien los declare inválidos, sino por irrelevancia: ¿para qué comprar promesas cuando el petróleo se encarece, los barcos no pasan y la inflación se come el poder adquisitivo?
En este contexto, el tecnofeudalismo que describe Yanis Varoufakis parece, a primera vista, el heredero lógico. Plataformas digitales que reemplazan mercados por rentas algorítmicas. Dueños de la nube que cobran peaje por cada transacción, cada dato, cada clic. Las Big Tech y el Estado chino como nuevos señores feudales. Suena sofisticado, casi inevitable. Pero aquí viene la grieta fatal, agravada por la guerra en Irán: el tecnofeudalismo no puede imponerse sin la base física que desprecia. Sin helio, no hay semiconductores. Y sin semiconductores de última generación, no hay algoritmos que funcionen a escala, no hay servidores que enfríen, no hay inteligencia artificial que procese los datos que supuestamente generan la nueva renta.
El helio, esencial para la litografía de chips, ya enfrentaba escasez antes; con disrupciones energéticas globales y tensiones en suministros críticos, la fabricación se complica aún más. ¿Qué plataforma genera renta si los centros de datos se apagan por falta de energía estable o si la cadena de suministro de silicio se interrumpe por un estrecho bloqueado? El tecnofeudalismo es, en el fondo, otro espejismo financiero: cree que puede vivir de la renta digital mientras la industria real —y los flujos de energía que la sostienen— se desmoronan. Pero no puede. La producción física —la extracción controlada, el procesamiento local, el comercio zonal— es el fundamento que la nube no puede sustituir. Quien domine los flujos de energía y minerales críticos dominará también la “nube”. Sin cosas, no hay datos. Sin producción, no hay feudalismo tecnológico.
El paso que estamos viviendo es histórico. No es el fin del capitalismo, sino el fin de una fase de su declinación. La alquimia financiera del siglo XX nos dio comodidad temporal y desigualdad estructural. Nos hizo creer que podíamos desvincular la riqueza de la materia. Ahora la materia —la energía que fluye o se interrumpe, el comercio que se controla o se bloquea— reclama su lugar con misiles y facturas inflacionarias. La energía, el comercio y los flujos físicos se convierten en los nuevos árbitros del poder. Quien los domine ganará la partida de la producción del siglo XXI. Los bonos del Tesoro perderán su magia no por decreto, sino porque nadie querrá comprar promesas cuando las cosas reales escasean y cuestan más.
No sabemos aún qué forma exacta tomará este nuevo paisaje. Quizá un mosaico de geopolíticas zonales, como sugiere José Luis Fiori: espacios de maniobra donde cada región negocia su producción sin someterse a un solo centro. Quizá un mundo no-polar de improvisación creativa, donde la autonomía estratégica sea la única doctrina racional. Lo que sí sabemos es que termina la era de las promesas vacías. La era de la entrega de cosas comienza. Y en esa entrega —en el mineral extraído con responsabilidad, en la fábrica que genera empleo, en la energía que no depende de un estrecho en guerra— reside la verdadera soberanía del siglo XXI.
Que nadie se engañe: no será fácil. Habrá tensiones, guerras por recursos, ajustes dolorosos, inflación que achica el bolsillo. Pero será más real. Más sólido. Menos alquímico y más humano. Porque al final, la riqueza siempre fue eso: cosas que se producen, se intercambian y se usan. No promesas que se imprimen y se venden mientras el petróleo se dispara y el gas se duplica. La industria está de vuelta, impulsada por la dura lección de Irán. Y el mundo, por primera vez en décadas, empieza a respirar el aire de lo concreto.
Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/03/29/el-retorno-de-los-dioses-de-hierro/
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