martes, 14 de marzo de 2017

La AIF, un gendarme en el corazón del Vaticano para limpiar el "banco del papa"


La AIF, un gendarme en el corazón del Vaticano para limpiar el "banco del papa"

AFP


Ⓒ AFP – Vincenzo Pinto | El suizo René Brülhart, presidente de la Autoridad de Información Financiera, el 7 de marzo de 2017 en la plaza San Pedro del Vaticano.
Instalada en el corazón de la Ciudad del Vaticano, la joven autoridad contra el lavado dirigida por un experto suizo asegura haber dado pasos de gigante para eliminar las operaciones opacas del “banco del papa”, salpicado por los escándalos.
La Autoridad de Información Financiera (AIF) está a sólo unos pasos de la residencia del papa Francisco, que festeja el lunes sus cuatro años de Pontificado.
Dentro de ella, en sus oficinas adornadas con crucifijos, no quedan dudas. La entidad está al servicio del papado, como recuerda con voz suave su presidente, René Brülhart.
Antes de su misión en la Santa Sede, este abogado aceptó el desafío de adecuar las normas de la plaza financiera de Liechtenstein a las normas internacionales, sin que fuera recibido con los brazos abiertos.
René Brülhart llegó a la AIF en el otoño 2012, durante el pontificado de Benedicto XVI, que había creado esta agencia para empujar a las instituciones financieras del Vaticano a adoptar los criterios internacionales en materia de lucha contra el blanqueo de dinero y la financiación del terrorismo.
“Mi primer trabajo consistió en comprender los desafíos”, describe sobriamente René Brülhart. Luego, abocarse a la escritura de una nueva ley contra el lavado, conforme a las normas internacionales y ya no más a la única lógica de la casa.
“Tuve numerosas puertas abiertas en el Vaticano”, asegura. “Pero no todos están contentos, sirvo antes que todo a la institución de la Santa Sede”.
No dice nada sobre la “vieja guardia” que le puso obstáculos. El papa Francisco decidió en junio de 2014 cambiar a la totalidad del consejo de dirección de la AIF.

– Gran limpieza –

Según los informes de actividad de la AIF, siete transacciones potencialmente sospechosas le fueron señaladas en 2011 y 2012. Luego fueron casi 900 en los tres años siguientes, prueba de que el sistema cambia.
Los señalamientos conciernen esencialmente a cuentas del Instituto para las Obras de Religión (IOR), apodado ‘el banco del papa’. Una pequeña parte se envía cada año al fiscal del Vaticano.
La gran limpieza terminó a fines de 2015, con el cierre de casi 5.000 cuentas bancarias “sospechosas”.
“Todas no eran ilegales o estaban vinculadas a actividades criminales”, precisa Brülhart. “Algunas pertenecían a personas que no correspondían más a la clientela querida por el IOR”, explica.
El estatuto del banco, que no fue modificado, permite abrir una cuenta después de una donación, pero el banco busca captar y concentrarse en “clientes” religiosos, las congregaciones y los empleados del Vaticano.
A escala de los tiempos del Vaticano, la celeridad del gendarme financiero parece revolucionaria.
“Esconderse detrás de anchos muros ya no era posible”, subraya un observador interno.
Y ya era tiempo. Durante el pontificado de Benedicto XVI estallaron nuevos escándalos financieros, en 2010 se congelaron fondos sospechosos y en 2012 el director del banco se vio obligado a dejar la institución.
Hasta entonces, el IOR hacía pocas preguntas sobre el origen de los fondos.
En el pasado, la mafia también fue acusada de aprovechar este anonimato o de utilizar testaferros para blanquear fondos.
Ya “no recomendaría” intentar reciclar dinero sucio en el Vaticano, afirma René Brülhart.
“Si no se tomara en serio nuestro trabajo, ni el Banco de Italia, ni las organizaciones de supervisión Paunidenses o alemana habrían firmado memorándum de acuerdo con nosotros”, sostiene.
En 2011, el Vaticano pidió participar en el proceso de evaluación Moneyval, órgano del Consejo de Europa para el lavado de dinero. El último informe, en 2015, concluyó que el Vaticano palió muchas deficiencias estructurales, pero tardó en iniciar las demandas judiciales.
En la oficina del fiscal de la Santa Sede esperan 17 investigaciones, tres de ellas ya están siendo instruidas en Italia. Entre 2013 y 2016 se congelaron 13 millones de euros de fondos de origen dudoso.
Fuente: http://www.holactu.com/2017/03/12/la-aif-un-gendarme-en-el-corazon-del-vaticano-para-limpiar-el-banco-del-papa/

martes, 7 de marzo de 2017

La religión como fuente de utopías regeneradoras y libertarias

La religión como fuente de utopías regeneradoras y libertarias

Leonardo Boff

06/03/2017
Hoy predomina la convicción de que el factor religioso es un dato del fondo utópico del ser humano. Después de que la marea crítica de la religión, hecha por Marx, Nietzsche, Freud, Popper y Dawkins retrocedió, podemos decir que los críticos no han sido suficientemente críticos.
En el fondo todos ellos elaboran dentro de un equívoco: quisieron colocar la religión dentro de la razón, lo cual hace surgir todo tipo de incomprensiones. Estos críticos no se dieron cuenta de que el lugar de la religión no está en la razón, aunque posea una dimensión racional, sino en la inteligencia cordial, en el sentimiento oceánico, en esa esfera de lo humano donde surgen las utopías.
Bien decía Blaise Pascal, matemático y filósofo, en el famoso fragmento 277 de sus Pensées: «El corazón es el que siente a Dios, no la razón». Creer en Dios no es pensar en Dios sino sentir a Dios a partir de la totalidad de nuestro ser. La religión es la voz de una conciencia que se niega a aceptar el mundo tal como es, sim-bólico y dia-bólico. Ella se propone transcenderlo, proyectando visiones de un nuevo cielo y una nueva Tierra y de utopías que rasgan horizontes no vislumbrados todavía.
La antropología en general y especialmente la escuela psicoanalítica de C. G. Jung ven la experiencia religiosa surgiendo de las capas más profundas de la psique. Hoy sabemos que la estructura en grado cero del ser humano no es la razón (logos, ratio) sino la emoción y el mundo de los afectos (pathos, eros y ethos).
La investigación empírica de David Golemann con su Inteligencia emocional (1984) vino a confirmar una larga tradición filosófica que culmina en M. Meffessoli, Adela Cortina, Muniz Sodré y en mí mismo (Direitos do coração, Paulus 2016). Afirmamos ser inteligencia saturada de emociones y de afectos. En las emociones y en los afectos se elabora el universo de los valores, de la ética, de las utopías y de la religión.
De este transfondo emerge la experiencia religiosa que subyace a toda religión institucionalizada. Según L. Wittgenstein, el factor místico y religioso nace de la capacidad de extasiarse del ser humano. «Extasiarse no puede expresarse mediante una pregunta. Por eso tampoco existe ninguna respuesta» (Schriften 3, 1969,68). El hecho de que el mundo exista es totalmente inexpresable. Para este hecho «no existen palabras, ese inexpresable se muestra; es lo místico» (Tractatus logico-philosophicus, 1962, 6, 52). Y continúa Wittgenstein: «lo místico no reside en cómo es el mundo sino en el hecho de que el mundo existe» (Tractaus, 6,44). «Aunque hayamos respondido a todas las posibles preguntas científicas, nos damos cuenta de que nuestros problemas vitales ni siquiera han sido tocados» (Tractatus, 5,52).
«Creer en Dios», prosigue Wittgenstein, «es comprender la cuestión del sentido de la vida. Creer en Dios es afirmar que la vida tiene sentido. Sobre Dios, que está más allá de este mundo, no podemos hablar. Y sobre lo que no podemos hablar, debemos callar» (Tractatus,7).
La limitación del espíritu científico es no tener nada sobre lo que callar. Las religiones cuando hablan es siempre de forma simbólica, evocativa y autoimplicativa. Finalmente terminan en el noble silencio de Buda o usando el lenguaje del arte, de la música, de la danza, del rito.
Hoy, cansados del exceso de racionalidad, de materialismo y consumismo, estamos asistiendo a la vuelta de lo religioso y de lo místico. Pues en él se esconde lo invisible que es parte de lo visble, y que puede dar una nueva esperanza a los seres humanos.
Cabe recordar una frase del gran sociólogo y pensador, al final de su monumental obra Las formas elementales de la vida religiosa (en español 1996): «Hay algo de eterno en la religión, destinado a sobrevivir a todos los símbolos particulares». Porque sobrevive a los tiempos, la afirmación de Ernst Bloch en sus famosos tres volúmenes de El principio esperanza: «donde hay religión, hay esperanza».
Lo esencial del Cristianismo no reside en afirmar la encarnación de Dios. Otras religiones también lo han hecho. Es afirmar que la utopía (lo que no tiene lugar) se volvió eutopía (un lugar bueno). En alguien, no solo fue vencida la muerte, lo que ya sería mucho, sino que ocurrió algo mayor: por la resurrección explosionaron e implosionaron todas las virtualidades escondidas en el ser humano. Jesús de Nazaret es el “novísimo Adán”, como dice San Pablo (1Cor 15,45), el hombre abscóndito ahora revelado. Él es solo el primero de muchos hermanos y hermanas; también la humanidad, la Tierra y el propio universo serán transfigurados para ser el cuerpo de Dios.
Por tanto, nuestro futuro es la transfiguración del universo y de todo lo que él contiene, especialmente la vida humana, y no polvo cósmico. Tal vez sea esta nuestra gran esperanza, nuestro futuro absoluto.
*Leonardo Boff es articulista del JB online y escribió Nuestra resurrección en la muerte, Sal Terrae 2002.
Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 6 de marzo de 2017

Tiene el papa un problema con la economía o lo tienen los liberales?

¿Tiene el papa un problema con la economía o lo tienen los liberales?

Ganas de escribir

Las recientes declaraciones de Francisco invitan a reflexionar sobre los problemas económicos que nos asuelan por culpa de la codicia y de la complicidad de muchos intelectuales con quienes lo quieren todo para sí

Sería vanidoso por mi parte que yo tratara de defender nada más y nada menos que al papa de Roma frente a quienes le critican. Como se decía en el viejo catecismo del padre Astete, doctores tiene la santa madre Iglesia para contestarles.Pero, dado que no he leído a ningún economista más versado que yo que comentara el asunto, me atrevo a entrar en el debate para romper una lanza en favor del jesuita argentino que ahora ocupa la silla de san Pedro.
La cuestión es que, hace unos días, el papa dijo una frase muy rotunda en la improvisada homilía de una misa que celebró en su residencia particular (normalmente, el texto completo de las homilías papales se publica en la web del Vaticano pero ésta no aparece allí, de momento, aunque se han hecho eco de ella multitud de medios de muy diferente ideología (por ejemplo, aquí).
Según la agencia de noticias Reuters, el papa Francisco dijo: “Hay algunos que dicen ‘yo soy muy católico, siempre voy a misa, pertenezco a esta asociación y la otra’ pero también deberían decir ‘mi vida no es cristiana, no le pago a mis empleados salarios justos, exploto a la gente, hago negocios sucios, lavo dinero”. Eso es una doble vida. Hay muchos católicos que son así y son un escándalo. Cuántas veces hemos escuchado decir a la gente ‘para ser católico como él, mejor ser ateo'”.
Poco después de que se publicaran esas palabras del pontífice, el periodista Robert Wenzel, conocido propagandista de la escuela liberal austriaca de economía y editor de EconomicPolicyJournal.com, escribió un artículo (The Pope’s Problem with Basic Economics) en el que afirma que el papa desconoce los conceptos fundamentales de la economía. Duda Wenzel que “pudiera dibujar una curva de oferta y demanda” y le critica duramente que, a pesar de ese desconocimiento, hable de salarios adecuados o justos y de explotación.
Concretamente Wenzel acusa al papa de hacer una de las seis cosas que, según se dice en la Biblia, más aborrece Jehová, sembrar discordia entre hermanos; en este caso, entre “el hombre de negocios que ofrece precios y salarios de mercado” y los consumidores y trabajadores.
En apoyo de esta idea, Wenzel aporta una cita de Murray Rothbard, uno de los más conocidos defensores de la escuela austriaca de economistas anarcoliberales (así denominados por su creencia ciega y extrema en las virtudes y automatismos del mercado) y que prefería denominarse a sí mismo como “derechista o reaccionario radical” o de “derecha dura” mejor que conservador (así lo decía en A Strategy for the Right).
Rothbard afirmaba que el precio que se fija en el mercado no es un acto de voluntad de los vendedores, es decir, que éstos no lo establecen en función de que se levanten más codiciosos o responsables cada mañana. Por el contrario, aseguraba que el aparato de la teoría económica, “construido a lo largo de siglos”, ha demostrado que los precios a los que se venden los bienes y servicios (incluido el precio del trabajo) se establecen exclusivamente como resultado de la demanda (de la cantidad que están dispuestos a adquirir los compradores a cada precio dado) y de la oferta de los vendedores. Por tanto, decía Rothbard, no es verdad que los precios se fijen, como creen algunos economistas, simplemente añadiendo un margen a los costes de producción que, si va más allá de un determinado nivel, ya sería fruto de la codicia.
Dando por buenas estas ideas, Wenzel termina diciendo que lo que hace el papa Francisco cuando predica hablando de salarios apropiados y de explotación es, nada más y nada menos, que hacer música en la guarida de los totalitarios y crear un gran pecado económico.
Llegados a este punto, y aunque dije al principio que no creo que sea yo quien mejor pueda defender al papa Francisco, hay que preguntarse si Wenzel lleva razón. Es decir, si el salario es algo que se determine automáticamente por la oferta y la demanda de trabajo en el mercado y, por tanto, con independencia de la voluntad de quienes contratan a los trabajadores. Y, en suma, si es cierto que la teoría económica “de siglos” ratifica lo que dicen estos economistas liberales.
La respuesta es clara y rotunda: no, no y no. Es matemáticamente imposible que el salario se fije como dicen Wenzel, Rothbard y los economistas liberales o de la escuela austriaca como ellos.
Para que se pueda afirmar que el salario (el precio del trabajo) se fija automáticamente en el mercado de trabajo a través de la oferta y demanda la teoría económica establece condiciones que son de imposible complimiento. Las más importantes (o las que puedo explicar más fácilmente para no complicar mucho este artículo) son las siguientes.
En primer lugar, se tendría que poder definir una oferta y una demanda de trabajo para todo el mercado. Pero, tal y como ocurre en general con la oferta y demanda de bienes, es matemáticamente imposible definir una oferta y una demanda de trabajo agregadas (para todo el mercado). Entre otras condiciones más complicadas de entender, para poder definir una demanda de trabajo agregada debería de haber un solo tipo de trabajo y todos los demandantes de trabajo (las diferentes empresas) deberían tener exactamente las mismas preferencias a la hora de contratar. Es decir, algo materialmente imposible. Y se ha demostrado también que la oferta de trabajo que realizan los trabajadores puede tener cualquier forma, de manera que no hay “un” salario de oferta y demanda sino que, en todo caso, habría muchos niveles de salarios compatibles con la oferta y la demanda de trabajo de mercado.
En segundo lugar, para que pudiera haber un salario de mercado que fuese el resultado automático de la oferta y la demanda de trabajo éstas dos deberían ser independientes. Pero Piero Sraffa demostró hace años que eso es imposible: si se establece (como hacen los liberales) que la oferta de trabajo cambia cuando cambia el salario, resulta que al aumentar la oferta de trabajo ha de haber cambiado el salario y, cuando cambia el salario, cambia la distribución de la renta, que afecta a las ventas, y, por tanto, a la demanda de trabajo que hagan las empresas. Luego es evidente que la oferta y la demanda de trabajo no son independientes sino justamente lo contrario.
En tercer lugar, para que pudiera haber un salario de mercado que fuese el resultado automático de la oferta y la demanda de trabajo en las condiciones que dicen los economistas liberales, los mercados de trabajo deberían de ser de competencia perfecta (todos los agentes deberían tener el mismo poder de decisión, información perfecta y gratuita, y el trabajo debería ser perfectamente homogéneo en todos los empleos, entre otras condiciones). Si eso no ocurre, como sucede en la realidad y de forma prácticamente inevitable, el nivel de salario de mercado es indeterminado porque depende del poder de negociación de las partes.
En cuarto, lugar, para que pudiera haber un salario de mercado que fuese el resultado automático de la oferta y la demanda de trabajo e independiente de la voluntad de los empleadores, como dicen los economistas liberales o austriacos, los trabajadores deben generar su oferta de trabajo como el resultado de elegir entre el trabajo o el ocio para cada nivel de salario. Pero es evidente que, para que puedan tener esa libertad de elección, deben disponer de ingresos adicionales a los del trabajo suficientes, lo que muy rara vez acontece.
En quinto lugar, para que fuese cierto lo que afirman los liberales sobre el salario como algo ajeno a la voluntad de los empleadores debe ocurrir que las empresas contraten trabajadores en función de su contribución al producto, de su llamada “productividad marginal”. Pero este requisito, como explico con más detalle en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas, lleva a un resultado absurdo: para conocer la productividad del factor trabajo en conjunto, hay que homogeneizar todas las posibles variantes que lo componen (el trabajo de los ingenieros, las doctoras, los auxiliares, los bomberos, las maquinistas, etc.). Pero resulta evidente que cada uno de esos componentes es diferente a los demás: cada dentista aporta a la producción en su conjunto algo diferente a lo que aporta cada ingeniera, cada fresador o cada vendedora de seguros… Por tanto, si queremos hablar del factor trabajo en conjunto, de productividad marginal en conjunto, para poder determinar el precio de mercado (“un” salario de referencia que todos los empleadores acepten como algo totalmente ajeno a su voluntad, como dicen los economistas liberales), debemos homogeneizar el factor trabajo. Y la única manera de homogeneizarlo es a través de su precio, para lo cual es necesario saber… ¡el precio de cada trabajo! Llegamos, por tanto, a un resultado absurdo o tautológico: para determinar a través de la productividad marginal del trabajo su precio de mercado hay que saber antes su precio.
Esta última condición es la clave de bóveda del análisis neoclásico o liberal del mercado de trabajo porque es la que permite criticar a quienes, como el papa Francisco en esta ocasión, reclaman un salario decente, es decir, una distribución más justa de la riqueza. La razón es sencilla.
Lo que hay detrás de una teoría tan tautológica e irreal como la de la productividad marginal es que gracias a ella se puede hacer creer que el salario es, como dice Rothbard y los liberales, independiente de la voluntad, un resultado automático del mercado que, además, es justo de por sí, puesto que su nivel le viene dado al empleador por el mercado y lo recibe o no el trabajador solo en función objetiva de que contribuya en esa misma medida al producto final. Es por eso que, según los economistas liberales, nadie puede protestar si los salarios son bajos o la distribución es injusta puesto que nos dirán que si son así es porque esa es la contribución “objetiva” de cada trabajador al producto final. Una estratagema intelectual brillante pero, como acabo de señalar, basada en una pura tautología y completamente ajena al mundo real.
Quienes critican al papa porque reclama salarios adecuados o porque condena la explotación de la gente son, en las palabras arriba mencionadas de su propio ideólogo Murray Rothbard, los “reaccionarios radicales” o la “derecha dura”. Están en su derecho de hacerlo, faltaría más, pero debe saberse que el fundamento científico de sus críticas es nulo. El papa Francisco sabe mucho mejor que ellos cómo está funcionando la economía contemporánea, cuáles son los problemas que la creciente concentración de la riqueza está creando a los seres humanos y a la naturaleza, y qué solución tienen los problemas económicos que nos asolan por culpa de la codicia y también de la complicidad de muchos intelectuales con quienes lo quieren todo para sí.
Y, por último, no está de más señalar que se atreven a tachar a los demás de totalitarios quienes establecen con nulo fundamento que sus ideas económicas son la verdad revelada y las de los demás simples errores o incluso fuentes del pecado.
Juan Torres López es economista, miembro del Consejo Científico de Attac España y catedrático de Economía aplicada en la Universidad de Sevilla. @JUANTORRESLOPEZ

Fuente: http://www.juantorreslopez.com/tiene-el-papa-un-problema-con-la-economia-o-lo-tienen-los-liberales/