lunes, 3 de agosto de 2020

Pensar el mundo desde Bolivia

Pensar el mundo desde Bolivia

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Fuentes: Awasqa

Bolivia, antes de Evo, durante su gobierno y aún después del golpe de estado, es un universo complejo para ser entendido sin haber vivido allí. Por eso recurrimos a Rafael Bautista, filósofo indígena boliviano, que hace un análisis profundo de la realidad política de su país. Les dejamos su palabra y pensamiento, que fue originalmente publicado como un panel que se llamó “Pensar el mundo desde Bolivia,” y que puede ser escuchado aquí. Por razones de espacio, transcribimos una edición de la ponencia.

***

Lo que puedo decir acerca del proceso boliviano lo expuse en un trabajo del 2018 que se llamó “¿Cómo se produce una ‘revolución de colores’?”. Ahí estoy mostrando lo que está pasando en el proceso boliviano y por qué iba a fracasar, por qué íbamos a tener una declinación del proceso boliviano. Lo que no sabíamos era qué tan profunda fue la horadación que se hizo al espíritu popular, para que no se replique la insurgencia popular de octubre del 2013.

Por lo general, y esto es una autocrítica que tenemos que hacernos como izquierda latinoamericana, el izquierdismo siempre jura y perjura de que basta una revuelta popular para escribir y afirmar que el socialismo está a la vuelta de la esquina. Sin embargo, han habido insurgencias populares que han terminado en gobiernos que nunca han estado a la altura de lo que el pueblo había producido como hecho revolucionario.

Esto siempre ha llevado a una especie de ortodoxia que Marx (después retoma eso Franz Hinkelammert) lo denomina: “el termidor de la revolución.” Es decir, una revolución empieza con una base profundamente democrática, pero esa base democrática—lo que Dussel llamaría “la potencia”, o sea el poder originario—tiene que determinarse, no puede quedar en la indeterminación. El problema es cuando se determina, es decir, cuando asume una fisonomía determinada, cuando ingresan los profesionales de la política, cuando se ingresa a la forma de gobierno, aparecen quienes horadan esa base democrática popular y empiezan a hacer encajar esa insurgencia dentro de cánones ya establecidos, teóricos, que supuestamente son los que afirman el tránsito inmediato al socialismo.

Y eso es lo que ha fracasado en el siglo XX. Eso es lo que ha pasado en Bolivia porque el sujeto plurinacional que hizo posible el estado plurinacional, lo indígena de este país, perfiló un horizonte que no podía ser reducido ni diluído en el horizonte socialista del siglo XX. Tenía que haberse trascendido ese horizonte, cuyas expectativas son las mismas del capitalismo: el desarrollo y el progreso como motores de una economía del crecimiento.

Eso es el capitalismo, es una economía del crecimiento. El socialismo cuando persigue los mismos indicadores del crecimiento como criterios únicos de evaluación económica, cae en replicar los mitos modernos del desarrollo y del progreso, y eso le conduce a no producir socialismo, sino a replicar la posibilidad de que el capitalismo se renueve.

Entonces el horizonte del sujeto plurinacional, estaba perfilando en el llamado Vivir Bien, un nuevo paradigma desde el cual se nos presentaba la necesidad de pensar un nuevo tipo de economía, desde nuevos criterios de evaluación económica —ya no el crecimiento del PIB, etc., sino otro tipo de indicadores que hagan posible la desestructuración de la lógica capitalista— y la actualización de criterios económicos que hicieran posible lo que aquí ya se estaba hablando como economía comunitaria.

Para producir una nueva economía hay dos cosas que la izquierda aquí en Bolivia tampoco somatizó. Primero, la economía capitalista necesita de un marco jurídico que lo haga posible y que lo legitime, y ese marco jurídico es el derecho liberal. Todos nuestros estados están encajonados en el marco liberal que hace imposible cualquier transformación de la economía, porque esa economía está sostenida sobre ese marco liberal que es pertinente única y exclusivamente para desarrollar una economía del capital, del mercado. Es decir, todo el marco jurídico liberal está pensado para amparar, proteger y desarrollar la lógica del capital.

Por eso Marx dice, no vemos las relaciones económicas sino a partir de su espejo, que son las relaciones jurídicas. Esas relaciones jurídicas la izquierda nunca las ha criticado, las ha mantenido. Por eso son gobierno, entran al gobierno, y como dejan incólume el marco liberal del estado, de derecho liberal, del estado-nación, entonces no hallan cómo transformar ese estado porque se someten ellos mismos a un marco que consideran natural. Es decir, hasta la izquierda considera el derecho liberal como derecho natural y el derecho liberal fue impuesto precisamente para desarrollar el capital.

Aquí no se hizo ningún cambio en el marco jurídico. Es más, los abogados, o como aquí decimos los estudiantes de derecho y los de derecho, son los más derechistas porque subjetivan muy bien el derecho moderno liberal, y son los que en la Asamblea Constituyente les decían a los mismos líderes indígenas que lo que ellos querían era imposible ¿Por qué? Porque era “ilegal”. Porque era “inconstitucional”.

Si estábamos cambiando la constitución, estábamos generando un nuevo marco constitucional, estábamos en un ámbito anterior al ámbito de la ley, estábamos en la base misma de la ley, que es el marco normativo constitucional, que es la carta de nacimiento de un nuevo estado. Ahí tenía que haberse pensado un nuevo marco jurídico. Ese marco jurídico aquí lo denominamos como el derecho comunitario, que ya no parte de las robinsonadas del derecho liberal, ya no parte del individuo en tanto individuo. Parte de la comunidad, parte de la Naturaleza como sujeto de derechos y que los derechos humanos se deducen de los derechos de la Madre Tierra. Eso no se hizo, por lo tanto, se pretendió hacer socialismo por el mismo marco jurídico normativo liberal que después de los 80 ahora es neoliberal, o sea es peor, el marco jurídico que ahora se lo denomina como el “lawfare”.

Entonces, con eso pretendieron hacer socialismo la izquierda del gobierno del MAS, y los resultados fueron el desencantamiento paulatino, no solamente de las bases indígenas, de sectores populares, hasta de sectores juveniles. Ustedes se acordarán el episodio del TIPNIS, cómo el gobierno que era el abanderado de la defensa de los derechos de la Madre Tierra, de pronto quería, bajo la lógica del desarrollo a toda costa, prácticamente partir un parque nacional—que además era un parque territorio indígena reconocido por el propio estado nacional—quería partirlo en dos para que se extienda la frontera agrícola. Y eso iba a ocasionar desequilibrios ecosistémicos en esa región, y de esa región dependen las lluvias, la producción de precipitaciones pluviales en los llanos de nuestro país.

En ese lugar hay petróleo pero va a salir más caro porque arriesgando ese ecosistema íbamos a comprometer el futuro de agua potable, de precipitaciones pluviales en los llanos de Bolivia, o sea en todo el sector de la Chiquitanía, de los llanos, de los pastizales, del pantanal, etc. Ahí empezó una suerte de desencantamiento.

Foto: Indymedia Bolivia

La segunda cuestión: para producir una revolución se necesita producir al sujeto que impulse y desarrolle esa revolución, eso significaba la revolución democrático-cultural. El “proceso de cambio” suena demasiado vacío si es que no se introduce este elemento, porque estamos queriendo intentar acá revolucionar a la propia revolución. Es decir, ya no adoptar un concepto que universaliza de revolución, sino proponer un nuevo concepto de revolución desde nuestra propia realidad.

Eso significaba para nosotros que revolución era restaurar la forma de vida —actualizarla en estos tiempos, frente a todo lo que estamos padeciendo, como el cambio climático, etc.— desde el horizonte de vida que nos habían legado nuestros pueblos y nuestras culturas. Es decir, la sustancia profundamente comunitaria como horizonte de vida, como horizonte político. Entonces la revolución democrático cultural significaba una revolución cultural, es decir, una revolución dentro de los patrones culturales, una revolución que interpele definitiva y decididamente a esta clasificación social de un país colonial como Bolivia, que no es solamente una clasificación social —la que sostiene al oligarca en la cumbre de la pirámide y al pueblo llano en la base— sino es una clasificación racializada.

Por eso acá también se perdió de vista desde el ámbito gubernamental que el racismo no es una discriminación más. Aquí se abrió el Viceministerio de Descolonización como un apéndice del Ministerio de Cultura. El Ministerio de Cultura en nuestro país es un ministerio de tercera, ni siquiera es un ministerio de segunda. Pues imagínense dónde arrinconaron al Viceministerio de Descolonización.

Porque entendieron que el racismo es una discriminación como la discriminación a los gays, como la discriminación a la mujer, cuando no se dan cuenta los izquierdistas que detrás de la acumulación originaria que habla Marx en el Capital, el paso lógico de dinero al capital, había una previa acumulación, pre-originaria que es el sacrificio de 100 millones de indios y de afros en el Nuevo Mundo.

Eso ha producido una clasificación antropológica que es el mito fundacional del mundo moderno para hacer aparecer que lo blanco es sinónimo de humanidad y todo lo que no es blanco, es susceptible de barbarie. Por lo tanto, es lo que tiene que “desarrollarse,” lo que tiene que “superarse,” lo que tiene que dejar de ser lo que es, para aspirar a hacer lo que no es. Es el desprecio de uno mismo para admitir en uno mismo que la única posibilidad de hacer algo en este mundo es ser como el dominador. Es decir, el racismo en última instancia es una clasificación antropológica que ha biologizado las diferencias culturales, nos ha hecho parecer que las diferencias culturales no son culturales, son biológicas, son genéticas. Y la ciencia moderna está preñada de ese racismo congénito desde la biología con Darwin hasta las ciencias sociales con el Darwinismo social, etcétera.

Es decir, toda la ciencia moderna y la filosofía está plagada y preñada de los prejuicios modernos que han hecho del racismo su mito fundacional para legitimar única y exclusivamente el mundo moderno como el único posible, como el único deseable. Y a nuestros mundos de la vida los han hecho mostrar como si fuesen imposibles, como si fuesen algo del pasado.

Uno de los autores que son clave para entender la literatura argentina (como yo soy escritor, mucho me he vinculado a la literatura), Ezequiel Martínez Estrada, es uno de los más grandes escritores argentinos, amigo personal del Che Guevara, es más, el primer embajador de Argentina en la Cuba revolucionaria. En su libro Radiografía de la pampa, él mismo, siendo de izquierda revolucionaria, dice que el indio no tiene futuro, que del indio no se puede esperar nada. Dice en Radiografía de la pampa, el indio es pasado intransitivo, pretérito intransitivo, es decir, no tiene ninguna posibilidad de ser actualidad. Imagínense que Domingo Faustino Sarmiento piense eso, ya, le perdona porque es un facho de derecha, pero que Ezequiel Martínez Estrada piense eso, uno de los maestros de generaciones de escritores de izquierda, piense eso, eso nos muestra que la izquierda en Latinoamérica también es profundamente racista.

En el 2006 aquí se reunieron en la vicepresidencia líderes de pueblos indígenas de Latinoamérica y ellos dijeron: la izquierda Latinoamericana no tiene identidad. Eso fue lapidario. Pero hay quienes que poco a poco fueron desplazando al sujeto plurinacional de las decisiones estatales, con sujeto sustitutivo, que lo encarnó el vicepresidente García Linera. Mientras él andaba en su círculo académico por todos los países de Latinoamérica promoviendo el proceso de cambio boliviano, aquí en Bolivia, él estaba desplazando definitivamente al sujeto plurinacional, y él se pone como sujeto sustitutivo, raptando el poder de decisión.

Es decir, desde que acabó la Asamblea Constituyente, y en plena Asamblea Constituyente, este sector lo que acá se llama el círculo q´ara, el círculo blancoide que rodeaba al Evo, desplazó al sujeto plurinacional e impuso una agenda. Esa era una agenda que estaba raptando la revolución democrático-popular, como una nueva aventura socialista de la izquierda del siglo XX. O sea, ni siquiera una izquierda actualizada, en la panorámica de un mundo en transición civilizatoria. Esa izquierda seguía con los prejuicios del siglo XX del mundo bipolar, y ni siquiera habían transitado el mundo unipolar, peor al mundo tripolar que estamos viviendo ahora.

Por eso no tenían lectura geopolítica, no sabían qué era una revolución de colores, no sabían qué era un golpe blando, no sabían qué eran las guerras de quinta generación. Por eso tenían que haber transformado estructuralmente al ejército y a la policía, y no lo hicieron. Es más, los suboficiales del ejército le presentaron al compañero Evo un proyecto de descolonización de las fuerzas armadas, y el mismo presidente archivó esa propuesta. Creyeron que, coaptando el poder político a la manera del centralismo estalinista, podrían eventualmente comprar a quien y quienes quisieran, y de ese modo imponer su proyecto político, haciéndonos creer que era el único posible.

Entonces, poco a poco, los líderes indígenas fueron limpiados del gobierno y los únicos que empezaron a tomar las decisiones fueron los invitados de este sector blancoide, de una izquierda desactualizada y anacrónica, que creía que estaba viviendo el ‘52. O sea, lo que hizo este gobierno que, déjenme decirlo, es el mejor gobierno que ha tenido Bolivia en toda su historia, eso sin lugar a dudas, ha producido la mayor inversión pública en carreteras, escuelas, hospitales, en todo. Nadie va a poder decir que el compañero Evo entró a robar, eso es una leyenda urbana que se ha inventado la derecha para desprestigiar su imagen. El problema es que eso que hicieron, que no está mal, que está muy bien, era algo que se podía esperar de un gobierno nacionalista y revolucionario de 1952. Ahora, una izquierda actualizada tendría que haber producido una transformación estructural del estado, no simplemente hacer funcionar bien este estado liberal.

El mismo canciller Choquehuanca lo admitió, alguna vez nos dijo en una conferencia pública: lo que estamos haciendo nosotros, decía, estamos administrando muy bien el estado neoliberal, nada más. Cuando no se tiene perspectiva y no se tiene un horizonte clarificador, el político se remite a lo que hay, nada más, se convierte en reformista. Por quedarse en el poder empieza a pactar con grupos de poder. Y aquí hay que recordar a René Zavaleta Mercado, él decía: la oligarquía tiene un juramento de superioridad que nunca va a negociar, puede negociar cualquier cosa menos el juramento de superioridad sobre el indio. Jamás va a consentir que el indio se considere su igual.

Por eso han aguantado al Evo, por quedarse en el poder, por seguir haciendo lo que llamamos el obrismo, por seguir generando infraestructura, por seguir trabajando, por generar un estado soberano, etcétera. La cúpula empezó a pactar con los grupos de poder oligárquicos de acá y les empezó a mimar, incluso al ejército y a la policía, y miren cómo les han pagado.

Es decir, el pueblo salió en defensa del Evo, pero ese pueblo que salió en defensa del Evo, no fue el sujeto al cual el gobierno dio las mayores preferencias. Imagínense, aún el pueblo —que tampoco se vio reflejado en una transformación económica, favoreciendo a los sectores más marginados— ellos salieron en defensa del Evo y del gobierno del MAS. ¿Quiénes le hicieron el golpe de estado al Evo? Los sectores que él mismo mimó demasiado en toda su gestión.

Por eso yo a veces me ponía molesto cuando en Argentina los recibían toda la izquierda, la CLACSO, la FLACSO, todos los aplaudían. Básicamente les estaba diciendo, señoras y señores, nuestras ideas no están mal, están funcionando en Bolivia. Y fíjense lo que ha pasado por seguir insistiendo en los dogmas que la izquierda del siglo XX vio como fracasos históricos. Nuestro proceso que muchos llaman el más genuino de Latinoamérica en los últimos tiempos, se destruyó. Esto es motivo para que no solamente en Bolivia sino en Latinoamérica se repiense el asunto de cuál es el horizonte más genuino y verdadero que podrían proponerse, incluso los socialistas.

Entonces, el horizonte que se propusieron los del gobierno, es el mismo horizonte que la izquierda nunca criticó a lo largo del siglo XX, y que es el sostén cultural y civilizatorio del capitalismo, es decir, la modernidad. Por eso han fracasado y ahora vuelven a intentar y agarran el discurso indigenista solamente de modo demagógico, de modo declarativo, pero en el fondo no creen en eso.

Por eso el desencantamiento horadó la legitimidad del gobierno poco a poco. Mientras más el gobierno iba perdiendo el discurso, iba perdiendo el horizonte del Vivir Bien, de la descolonización, del estado plurinacional, su legitimidad iba decreciendo, paulatinamente la gente iba desencantándose. ¿Y a dónde iba esa legitimación? Al empoderamiento de la derecha.

Por eso, aquí se estaba preparando una revolución de colores y el gobierno no se daba cuenta. No se daba cuenta que cuanto más abandonaba el horizonte indígena popular, más le daba argumentos a la derecha para que el fascismo retorne a Bolivia. Estaban demasiado ensoberbecidos, creían demasiado en su infalibilidad y creyeron que comprando a los militares y a los policías tenían asegurado el poder, y miren lo que ha pasado. Cuanto más el gobierno perdía legitimidad, cedía esa legitimidad y la transfería, muy a su pesar, a la derecha que se estaba empoderando paulatinamente. El racismo congénito de una sociedad colonizada como la boliviana empezó a ebullir.

La clase media siempre ha sido la base del reclutamiento de la oligarquía, el fascismo es una ideología pensada para clases subalternizadas que ven como único horizonte de vida el ascenso social, a toda costa. En sociedades como la nuestra, ese ascenso social es racializado también: el blanqueamiento cultural es una opción de vida que lo asume el subalternizado. Como dice Frantz Fanon, tiene piel negra, pero ahora usa máscaras blancas.

Entonces, poco a poco, el gobierno del MAS mientras fue cediendo hasta discursivamente las potencias originarias del horizonte plurinacional, estaba cediendo y transfiriendo esa legitimidad a la derecha. De pronto mientras la derecha estaba empoderándose y estaba creciendo como democrática, el pueblo iba vaciándose de ese espíritu revolucionario y espíritu vocal, y en vez de que el gobierno de nuevo haga la unción democrática al pueblo, las últimas alocuciones del Evo y del Álvaro fueron profundamente y decepcionantemente tecnocráticas. Es decir, para ellos la política ya había dejado de existir y lo único que les viene en sus discursos era la aplicación de transferencias de tecnología para impulsar el desarrollo económico nacional, sin política. Por eso estaban apuntando básicamente a una implantación tecnológica importada que iba a costar mucho a Bolivia, pero que en el fondo era la suplantación definitiva, de cualquier desarrollo.

Por ejemplo en el agro, paulatinamente el gobierno fue poniendo financiamiento a opciones de industrialización del campo, pero no daba ningún tipo de créditos ni tampoco le interesaba ya promover la cultura campesina comunitaria familiar. Y porque hasta los propios dirigentes campesinos, empezaron a ver con buenos ojos la introducción de semillas transgénicas, porque impulsa el desarrollo en términos agroindustriales. ¿Y qué hay de la producción comunitaria campesina? ¿Qué de este marco tecnológico abandonado y nunca actualizado de experiencias que perviven pero en las peores condiciones?

Por ejemplo, los suka kollus que se llaman acá, son una forma de sembradío en el altiplano que genera una muy buena cantidad de humectación al medio ambiente, que hace posible producciones extraordinarias. Eso hay como experiencia y se realiza en la actualidad pero sin ningún patrocinio estatal.

Pero cuando se trataba de experiencias de tecnificar el agro, en los términos agroindustriales, eso sí el gobierno del Evo apostaba a eso, invertía. ¿En favor de quién iba a todo eso? De los sectores oligárquicos de la CAO, de la Corporación Agrícola del Oriente, que básicamente son los magnates que manejan la producción de soya a nivel nacional, y que está metida por componente accionario hasta Monsanto, por que son capitales brasileños que se mezclan con capitales bolivianos, y por detrás está Monsanto. Eso nos muestra cómo cuando desaparece esa cuestión que aquí denominamos lo sagrado de la política, el horizonte indígena popular, esa restauración de la forma de vida de nuestros ancestros, lo único que le queda al político es el mero cálculo crítico de la mantención del poder, y en eso degeneró el asunto acá en Bolivia.

En las dos últimas elecciones la gente estaba tan desencantada porque estaba viendo cómo se iba proponiendo al dedo a diputados, senadores, ministros, etcétera, que nunca habían peleado por estas cosas, nunca habían dado la cara por ellos. Es más, muchos de ellos estaban en contra del proceso y, sin embargo, aparecieron como diputados, como senadores, como ministros, viceministros, de la última gestión del compañero Evo. Mucha gente cuando vio la asonada fascista, de la clase media racista-urbana en este país, tampoco salió en defensa de algo que decía: está perdido esto.

El problema fue el pueblo llano, como decimos los de abajo, los que sí entendieron que en política la persona no es solamente la persona, sino lo que representa la persona. Ellos se veían a sí mismos reflejados en el Evo, por eso ellos fueron los que salieron después del golpe y se hicieron masacrar en Sacaba, en Potosí… Ellos fueron los que dieron el pecho. Y la clase media, la población urbana no salió porque uno, el desencantamiento; segundo, la inflamación de un fasicsmo travestido de formas democráticas cuando nada más era la escenografía autóctona de una revolución de colores, aquí le llaman la “revolución de las pititas”. Entonces previo a esto ya sabíamos que esto iba a acabar mal, los artículos que escribimos el año pasado, sobre, por ejemplo, “La solución por el desastre” ya hablamos que aquí la cosa iba a ser un baño de sangre demasiado costoso, y que ya no podía ser analizado desde una visión política solamente. Aquí estaba en juego otra cosa.

Rafael Bautista Segales escribió trece libros sobre filosofía, teoría política, epistemología, geopolítica, cuento y poesía. Dirige el programa televisivo “La Bitácora”. Sus análisis son publicados en Rebelión, ALAINET, Argenpress, Bolpress, etc.

Fuente: https://greennetworkproject.org/es/2020/07/25/3910/


sábado, 1 de agosto de 2020

La ignorada vanguardia antifascista negra de EE.UU.

La ignorada vanguardia antifascista negra de EE.UU.


Fuentes: The Baffler - CTXT -Foto: El piloto afroamericano John Robinson luchó en Etiopía contra las fuerzas de ocupación fascistas de Italia en 1935. D.P

En 1935, panafricanistas, comunistas, feligreses y sindicalistas afroamericanos se opusieron a la invasión de Etiopía por Mussolini. Fueron los primeros en ver la conexión entre el imperialismo europeo y la violencia fascista.

Ahora la mayoría solo existe en los archivos. Las fotos muestran a una hermosa joven inclinada sobre una mesa de operaciones que mira hacia la cámara con una mezcla de desafío y agotamiento. Un hombre con un jersey con el León de Judá estampado sostiene con garbo su casco de piloto en una mano. Un comandante militar señala en la distancia un rocoso valle español. Salaria Kea, John Robinson, Oliver Law: son tres de las decenas de miles de afroamericanos que, un año antes de que surgiera la Brigada Abraham Lincoln en defensa de la España republicana, protestaron, recaudaron fondos y lucharon para librar a Etiopía del fascismo en un episodio que incluso la izquierda ha olvidado.

En 1934 Etiopía era uno de los dos únicos países africanos que nunca habían sido colonizados por Europa, aunque no fue por falta de intentos. El emperador etíope Menelik II había derrotado de forma aplastante a los invasores italianos en 1896 y, casi cuatro décadas después, el líder fascista Benito Mussolini anhelaba vengar la “humillación” de su patria imperial. Aquel mes de diciembre, las fuerzas de Mussolini provocaron un enfrentamiento en Walwal, en la frontera entre Etiopía y Somalilandia, esta última controlada por los italianos.

En 1934 Etiopía era uno de los dos únicos países africanos que nunca habían sido colonizados por Europa, aunque no fue por falta de intentos

A pesar de que Etiopía pertenecía a la Liga de las Naciones, Francia y Gran Bretaña demostraron poca voluntad de proteger a su Estado miembro –especialmente cuando todavía esperaban persuadir a Mussolini para que se uniera a una alianza contra la Alemania nazi–. ¿Por qué emplear su ventaja política continental en una nación africana pobre? Estados Unidos seguía pensando que el fascismo podía ser un baluarte aceptable contra la Amenaza Roja, de modo que guardaba celosamente su neutralidad. El New York Times demostró que incluso la Unión Soviética, que se llenaba la boca con la independencia de Etiopía,había amasado una fortuna con la exportación de suministros a los campamentos de aspirantes a formar parte de las fuerzas de ocupación italianas en África.

A pesar de que solo tenía cinco años en la época de la guerra, la dramaturga Lorraine Hansberry escribió más tarde: “Recuerdo los noticiarios de la guerra de Etiopía y el sentimiento de indignación… Combatientes con lanzas y nuestra gente apasionada con ello, mi madre criticaba a un Papa que bendecía a las tropas italianas que iban a asesinar a los etíopes”. Los estadounidenses negros como Hansberry fueron de los pocos grupos que desde Estados Unidos reconocieron los peligros del fascismo. Incluso antes que Hannah Arendt, vieron la clara línea que llevaba de los horrores del imperialismo europeo a la violencia inflada de un Mussolini. No permitirían que Il Duce engullera el país culto, desafiante e histórico que admiraban. Langston Hughes expresó ese sentir en Balada de Etiopía: “Gentes de color / Sed un hombre al fin / Decidle a Mussolini / ¡No! No pasarás”.

“¡Muerte al fascismo!”

Aquella primavera [de 1935], cuando Mussolini se preparaba para la guerra con su típico estilo dado a la autodramatización, los panafricanistas negros, los comunistas, los feligreses y los sindicalistas entraron en acción con protestas que se extendieron por todo Estados Unidos. En mayo, después de que un manifestante negro lanzara un ladrillo a la ventana de una tienda de propiedad italiana en Harlem, la policía disparó contra una multitud de cuatrocientos manifestantes –“alborotadores” en palabras del New York Times – e hirió a un hombre en la pierna. Durante una manifestación en junio en Chicago, dos mujeres jóvenes, una negra y una judía, se encadenaron frente al consulado italiano; carteles que decían “Dejad en paz a Etiopía” colgaban de su pecho. Un periódico local señaló que Chicago había negado la autorización a los organizadores con el pretexto de que “los negros en Chicago no tenían que preocuparse por lo que estaba sucediendo en Europa”. Para el gobierno de la ciudad, el internacionalismo negro era una amenaza más directa que la Italia fascista.

En agosto, veinte mil manifestantes blancos y negros desfilaron por Harlem cantando “¡Muerte al fascismo!” y “¡pueblos italiano y negro, uníos en un frente común contra la guerra!”. Los líderes sindicales, los comunistas, los panafricanistas, los sacerdotes y el rabino Michael Alpert pronunciaron sendos discursos ante la concentración de Harlem –días después de que un centenar de residentes negros e italianos y profascistas lucharan entre sí con armas caseras en las calles de Jersey City–. Miembros del Partido Comunista Negro de Harlem y el South Side de Chicago organizaron el Comité Conjunto para la Defensa de Etiopía, y el 31 de agosto de 1935, el coordinador comunista Harry Haywood desafió la violencia policial desenfrenada al liderar una serie de manifestaciones espontáneas que bloquearon el tráfico y quemaron la efigie de Mussolini. En sus memorias, Haywood escribió que “la defensa de Etiopía se había convertido en una lucha por las calles de Chicago”. Los trabajadores portuarios organizados por los comunistas se negaron a cargar barcos italianos. En la famosa y acertadamente llamada Iglesia Bautista Abisinia, Adam Clayton Powell recaudaba fondos para Etiopía mientras pronunciaba discursos apasionados en defensa de la resistencia del país al fascismo.

A pesar de que Etiopía pertenecía a la Liga de las Naciones, Francia y Gran Bretaña demostraron poca voluntad de protegerles

A pesar de estas conmovedoras muestras de solidaridad nacional, tan solo un estadounidense negro llegó a Etiopía. El 2 de mayo de 1935, el piloto John Robinson subió a un tren en Chicago: el primer tramo de un viaje de un mes con destino a Addis Abeba. A los veintinueve años Robinson ya era un pionero. Como le prohibieron asistir a la Escuela de Aviación Curtiss-Wright debido a su raza,  trabajó como conserje de la escuela para poder asistir a las clases y después utilizó sus conocimientos para dirigir un grupo que construyó su propio avión. Gracias a esta hazaña se convirtió en el primer estudiante negro de la escuela. Robinson creó la Asociación de Pilotos Aéreos Challenger, que era un club de vuelo para negros, y después un campo de aviación para pilotos negros. Como se describe en la biografía que escribió Phillip Thomas Tucker, Father of the Tuskegee Airmen, John C. Robinson (Padre de los aviadores de Tuskegee, John C. Robinson), posteriormente convenció al Instituto Tuskegee para que abriera una escuela de aviación, donde planeaba trabajar de instructor.

Sin embargo, la rápida escalada de las guerras coloniales en África trastocó dichos planes. Comprometido con el panafricanismo, obsesionado con volar y disgustado con el abandono de un miembro de la Liga de las Naciones por parte de Europa, Robinson renunció a su carrera para presentarse a la convocatoria de técnicos cualificados que hizo el emperador Haile Selassie. “La Liga de las Naciones es, sencillamente, el engaño de otro hombre blanco”, escribió Robinson más tarde. “Los blancos siempre se mantendrán unidos cuando se trata de la cuestión del color”. En agosto, Selassie nombró a Robinson jefe de la Fuerza Aérea Imperial Etíope. Su flota constaba de once aviones y solo ocho de ellos podían volar.

“La habilidad [de Robinson] para pilotar ha electrizado a la población”, informó el New York Times después de que lo designaran para el puesto, pero el aviador se vio envuelto en una batalla contra el tiempo. Mientras entrenaba frenéticamente a un diminuto grupo de pilotos etíopes, Mussolini acumulaba trescientos mil soldados a lo largo de la frontera. Mientras Etiopía sufría un embargo de armas por parte de Gran Bretaña, Robinson reparaba, mendigaba e introducía de contrabando en el país una docena de aviones más durante el transcurso de la guerra. Irónicamente, la Alemania nazi suministró algunos armamentos a la monarquía de Selassie; querían distraer a Mussolini mientras se preparaban para el Anschluss (anexión) de Austria.

El 28 de septiembre, el día en que Haile Selassie movilizó al país, Etiopía tenía 13 aviones frente a los 595 de Italia, cuatro tanques frente a los 795 de Italia y rifles únicamente para armar a la mitad de sus combatientes. Etiopía no tenía fábricas de armas, nadie que le concediera préstamos y formaba parte de una Sociedad de Naciones comprometida de un modo retórico con su seguridad colectiva y que, en realidad, se encogió de hombros con desprecio ante la perspectiva del propio Anschluss de Etiopía. Desesperado, Selassie dio la orden: so pena de muerte, toda mujer sin un bebé y todo hombre o niño lo suficientemente mayor como para sostener una lanza debía dirigirse a Addis Abeba.

Un ensayo de la guerra total

El 3 de octubre, aviones de combate italianos comenzaron a bombardear la pequeña ciudad comercial etíope de Adua.

Dos años antes de que masacraran a mil seiscientos habitantes de Guernica, Italia inició un bombardeo aéreo rotundo contra civiles. En treinta minutos lanzaron mil bombas sobre Dessie

En dicha ciudad, en 1896, el emperador etíope Menelik II había diezmado en una ocasión al ejército invasor italiano; sin embargo, esta vez, Mussolini no hizo ninguna declaración formal de guerra. Los fascistas anunciaron su presencia con una matanza. Aviones italianos arrasaron un hospital y bombardearon a civiles mientras los combatientes etíopes disparaban inútilmente sus rifles hacia el cielo. “Vi a un escuadrón de soldados atónitos en la calle mirando a los aviones. Levantaban las espadas que asían con las manos”, le dijo Robinson a un corresponsal de guerra después de que lograra escapar por los pelos de Adua. Los fascistas estaban encantados con su matanza. “Esperaba grandes explosiones como las que se ven en las películas estadounidenses”, se quejó Vittorio Mussolini, uno de los hijos del líder fascista que participó en la batalla. “Las casitas de los abisinios no brindaban ninguna satisfacción a un bombardero”.

Dos años antes de que la Luftwaffe y la Aviazione Legionaria masacraran a mil seiscientos habitantes del pueblo español de Guernica, Italia inició un bombardeo aéreo rotundo contra civiles. En un lapso de treinta minutos, los aviones italianos lanzaron mil bombas sobre Dessie, la ciudad del norte  a donde Selassie había trasladado su cuartel general. La Regia Aeronautica de Italia atacó a Etiopía sin pausa, en lo que Selassie llamó un intento de “exterminar al hombre y a la bestia”. Bombas incendiarias arrasaron pueblos y ganado de pastoreo. El gas mostaza cayó del cielo como una lluvia ardiente. El gas mostaza, que abrasa la piel humana causando insoportables ampollas químicas, está prohibido por los Convenios de Ginebra, pero España ya lo había empleado contra civiles marroquíes durante la rebelión del Rif en la década de 1920, y en Etiopía, Italia lo utilizó incluso contra hospitales de campaña de la Cruz Roja. Ataques con bombas incendiarias, blitzkrieg (guerra relámpago), agresiones con gas letal a civiles: las herramientas que los fascistas probaron contra los africanos pronto se emplearían, a una escala igualmente sangrienta, en Europa.

En Nueva York y Chicago se desataron nuevas protestas antifascistas. La policía dispersó a cien estudiantes universitarios de un piquete frente al consulado italiano de Nueva York. “¡Abajo el fascismo italiano!”, gritaban. En Harlem la policía disolvió una manifestación de cuatrocientas personas que calificaron de disturbios, en la que hirieron y arrestaron a un manifestante que ondeaba una bandera etíope. Organizaciones como la Asociación Panafricana de Reconstrucción y la Alianza Negra Mundial reclutaron a miles de hombres negros dispuestos a luchar. Las imágenes de la época muestran una enorme fila de residentes de Harlem, elegantemente vestidos con trajes y sombreros, inscribiéndose como voluntarios para  Etiopía.

Sin embargo, debido a la injerencia diplomática de Washington, sus esfuerzos fueron en vano. Desesperado por alcanzar la postura de neutralidad de mediados de los años treinta ante la creciente amenaza fascista, el gobierno de Estados Unidos presionó a Selassie para que rechazara a posibles voluntarios, a quienes luego amenazó con la cárcel, multas y la pérdida de la ciudadanía. Además, debido a la macabra lógica del racismo institucional, muchos afroamericanos simplemente carecían de los medios financieros o documentos burocráticos para viajar a Etiopía; en Mississippi, por ejemplo, a algunos bebés negros ni siquiera se les otorgaba el certificado de nacimiento.

Aunque carecían de aviones, bombas y balas suficientes (muchos soldados recibieron solo sesenta que les debían durar toda la guerra), el ejército etíope mantuvo a raya a los italianos durante siete meses brutales. En aviones aptos solo para transportar suministros, Robinson evadió y a veces luchó contra elegantes aviones de combate italianos mientras transportaba provisiones y personal esencial. Sin embargo, en última instancia, la valentía no es rival para el gas y las bombas. El 30 de abril de 1936, con toda la Fuerza Aérea de Etiopía destruida y días después de la rendición, Robinson tomó uno de los últimos trenes que salían de Addis Abeba. Debajo de sus botas crujían panfletos que exigían que los líderes del gobierno de Addis Abeba se rindieran o verían su capital bombardeada.

Los pulmones de Robinson quedaron dañados por tres ataques de gas mostaza; su brazo mostraba las cicatrices de las balas italianas. Fue el único estadounidense que sirvió durante toda la Guerra italo-etíope. Cuando el barco de Robinson atracó en Nueva York, dos mil admiradores lo recibieron como a un héroe.

El fascismo en casa

El 30 de junio de 1936, el emperador Haile Selassie se presentó ante la Liga de las Naciones y les rogó a los países miembros que pusieran fin a su apaciguamiento ante el fascismo. “Hoy somos nosotros”, dicen que declaró mientras abandonaba el estrado, “mañana serás tú”. Dieciocho días después, los generales fascistas iniciaron una revuelta contra el gobierno electo de España.

Aquí no hay necesidad de describir los detalles de la guerra más mitificada de la historia moderna de las izquierdas, excepto señalar que, de los noventa negros estadounidenses que se ofrecieron como voluntarios para defender la asediada República española, muchos eran activistas veteranos defensores de Etiopía (una dinámica investigada por Robin DG Kelley en Race Rebels: Culture, Politics, and the Black Working Class).

La razón de que los estadounidenses negros reconocieran los peligros del fascismo anticipadamente fue que lo conocían en su formato estadounidense

En sus memorias From Mississippi to Madrid, James Yates, chófer de la Brigada Abraham Lincoln, describía cómo se distribuían folletos en contra de la guerra y se recogían donativos para los supervivientes de la guerra etíope. “Estaba más que preparado para ir a Etiopía”, escribió. Un personaje de un relato corto de Oscar Hunter, veterano de la Brigada de Lincoln, dio esta explicación a su decisión de luchar en España: “Esto no es Etiopía, pero servirá”. Junto con otras enfermeras de Harlem, Salaria Kea recaudó fondos para un hospital de campaña de setenta y cinco camas en Etiopía, y luego solicitó, sin éxito, unirse al ejército etíope. Al año siguiente, se embarcó rumbo a España como la única mujer negra de la Brigada Abraham Lincoln. Oliver Law, quizás el miembro más famoso de la Brigada, dirigió la campaña “Dejad en paz a Etiopía” que llevó a cabo el Partido Comunista de Chicago. Como organizador comunista negro, Law había sido un blanco frecuente de la notoria brutalidad de la policía de Chicago; en 1930 los policías lo enviaron al hospital después de detenerlo durante una protesta que había organizado en contra del desempleo. La policía arrestó a Law nuevamente semanas antes de que se fuera a España, esta vez porque habló en una manifestación en apoyo a Etiopía. En España, Law alcanzó el rango de capitán de la Brigada Abraham Lincoln: era la primera vez que un estadounidense negro comandaba una unidad mixta desde el punto de vista racial. Días después murió desangrado en el cerro del Mosquito (en Villaviciosa de Odón), fue herido de muerte mientras dirigía una carga contra los ejércitos de Franco.

La razón de que los estadounidenses negros reconocieran los peligros del fascismo en el extranjero anticipadamente fue que lo conocían demasiado bien en su formato estadounidense. Vieron a los camisas negras de Mussolini reflejados en las capuchas blancas del Klan y el hostigamiento de Hitler a los judíos reflejados en la violencia sistemática de Jim Crow. Mientras gran parte del mundo dormía, lucharon contra los fascistas en las calles de Jersey City, en el cielo etíope y en el barro del valle de Jarama.

Crawford Morgan, un veterano de la Brigada Abraham Lincoln, lo expresó de este modo: “Consciente de lo que el gobierno fascista italiano hizo a los etíopes, así como de la forma en que yo y el resto de los negros en este país hemos sido tratados desde que se implantara la esclavitud, pensé que tenía una idea bastante precisa de lo que era el fascismo… Tuve la oportunidad de combatirlo con balas y fui a combatirlo con balas. Si vuelvo a tener la oportunidad de combatirlo con balas nuevamente, volveré a combatirlo con balas”.

Este artículo se publicó originalmente en The Baffler.

Traducción de Paloma Farré.

Fuente: https://ctxt.es/es/20200701/Politica/32908/Molly-Crabapple-The-Baffler-Etiopia-colonialismo-Antifascismo-Mussolini-Chicago-manifestaciones-EEUU.htm

Descansa en lucha, John Robert Lewis

Descansa en lucha, John Robert Lewis



Fuentes: Democracy Now! - Foto: John Lewis en la marcha en Selma por los derechos civiles, 7 de marzo de 1965. (National Archives)

John Lewis, ícono de los derechos civiles y congresista por 17 períodos, murió el pasado 17 de julio de cáncer de páncreas, a los 80 años.

El 7 de marzo de 1965, día que se conoció como “Domingo sangriento”, 600 afroestadounidenses y activistas del movimiento por los derechos civiles partieron de la ciudad de Selma, en el estado de Alabama, en una marcha hacia Montgomery, capital del estado, para exigir el derecho al voto. Mientras cruzaban el puente Edmund Pettus de Selma, los manifestantes fueron atacados por la policía del estado de Alabama con bastones, picanas para ganado, perros y gas lacrimógeno. Las imágenes del violento ataque policial dieron la vuelta al mundo. John Lewis, presidente del Comité Estudiantil de Coordinación No Violenta (SNCC, por sus siglas en inglés), en aquel entonces de 25 años de edad, fue uno de los principales organizadores de la marcha y resultó hospitalizado con una conmoción cerebral.

Su compromiso con los principios de justicia, igualdad y el poder de la protesta no violenta debería servirnos de guía mientras navegamos estos complejos días. John Lewis, ícono de los derechos civiles y congresista por 17 períodos, murió el pasado 17 de julio de cáncer de páncreas, a los 80 años.
Ocho días después del «Domingo sangriento», la valentía de los manifestantes obligó al presidente Lyndon Johnson a dirigirse a una sesión conjunta del Congreso, implorando la aprobación de la Ley de Derechos Electorales de 1965: “Pero incluso si aprobamos este proyecto de ley, la batalla no terminará. Lo que sucedió en Selma es parte de un movimiento mucho más amplio que llega a cada sección y estado del país. Es el esfuerzo de los estadounidenses negros para lograr la bendición completa de la vida estadounidense. Su causa también debe ser la nuestra, porque no se trata solo de negros, sino que, en realidad, somos todos nosotros los que debemos vencer al perjudicial legado de la intolerancia y la injusticia. Y venceremos”.

Después del «Domingo sangriento», el reverendo Martin Luther King Jr. se unió a John Lewis en Selma y ayudó a organizar dos marchas más. Unas 25.000 personas se unieron a los manifestantes que llegaron a Montgomery el 25 de marzo. El 6 de agosto de 1965, el presidente Johnson firmó la Ley de Derechos Electorales, que eliminó las restricciones que tenían las personas de color para inscribirse como votantes, especialmente en los estados del sur. Durante casi un siglo, los sureños blancos promulgaron las llamadas “leyes de Jim Crow”, que condenaron a los afroestadounidenses a vivir empobrecidos y segregados, prácticamente en estado de esclavitud.

Entre las leyes de Jim Crow había muchas que hacían casi imposible que un afroestadounidense pudiera registrarse para votar. Las pruebas de alfabetización, administradas solo a la población negra, tenían preguntas como: “¿Cuántas burbujas hay en una barra de jabón?”. En el condado de Lowndes, en Alabama, en 1964 los afroestadounidenses constituían el 80% de la población, pero ninguno de ellos estaba registrado para votar. En Misisipi, la inscripción de votantes afroestadounidenses era inferior al 7% en 1964; en 1988 era del 75%.

Casi medio siglo después, en 2013, la Corte Suprema de Estados Unidos, con cinco votos a favor y cuatro en contra, en el fallo de Alabama contra Holder, restringió considerablemente la Ley de Derechos Electorales. Desde entonces, más de 25 estados de mayoría republicana han aprobado una serie de leyes de privación de los derechos electorales. Con ejemplos como requisitos para la identificación de votantes, purgas masivas de padrones electorales basadas en datos defectuosos, el cierre de miles de centros de votación y la limitación de la votación anticipada y en ausencia, estas leyes disuaden de votar a millones de personas de color.

A esto se suman dos nuevas amenazas para las elecciones presidenciales de este año: la pandemia de coronavirus y el propio presidente Donald Trump. Con el aumento de las muertes por COVID-19 en casi todas partes del país, algo que afecta desproporcionadamente a las comunidades de color, la votación presencial se ha convertido en un acto peligroso. Votar por correo es la solución más simple. Trump ha atacado esta práctica, afirmando falsamente en más de una ocasión que habilita el fraude electoral, a pesar de que él mismo ha votado por correo. No es de extrañar que Trump se haya negado a presentar sus respetos al venerado activista por el derecho al voto John Lewis, el primer legislador afroestadounidense en ser velado en la Rotonda del Capitolio.

Trump acelera su marcha hacia el autoritarismo al desplegar agentes paramilitares federales en ciudades de todo Estados Unidos. A pesar de la violencia y las detenciones arbitrarias que Trump está desatando, el movimiento Black Lives Matter continúa, empoderando a una nueva y diversa generación de activistas. En su última aparición pública, John Lewis, provisto de tapabocas, visitó la Plaza Black Lives Matter, cerca de la Casa Blanca.

Después de su muerte, la Cámara de Representantes renombró la ley H.R. 4 como la “Ley de Derechos Electorales John R. Lewis de 2020”. Esta ley revertiría el daño a la Ley de Derechos Electorales de 1965 causado por la Corte Suprema en 2013. El líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, republicano, alabó a John Lewis ante su ataúd en la Rotonda pero se niega a permitir que el Senado debata el proyecto de ley.

John Lewis era el último orador de la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad de 1963 que aún vivía. Sus asesores de ese entonces le dijeron que el borrador de su discurso era demasiado radical y que distanciaría del movimiento a los demócratas, particularmente al presidente, John F. Kennedy. John Lewis originalmente escribió: “No podemos depender de ningún partido político, ya que tanto los demócratas como los republicanos han traicionado los principios básicos de la Declaración de la Independencia… Marcharemos por el sur, por el corazón de Dixie, como lo hizo Sherman. Seguiremos nuestra propia política de tierra arrasada y arrasaremos con las leyes de Jim Crow, sin violencia”.

Pero nunca pronunció esas palabras públicamente en la Marcha sobre Washington.

El día de su funeral, el periódico The New York Times publicó un ensayo que John Lewis escribió poco antes de su muerte. “La democracia no es un estado. Es un acto. Gente común con una visión extraordinaria puede redimir el alma de Estados Unidos metiéndose en lo que yo llamo buenos problemas, problemas necesarios”, escribió Lewis.

Gracias por toda una vida de buenos problemas, problemas necesarios.

Descansa en lucha, John Robert Lewis.


© 2020 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

Fuente: https://www.democracynow.org/es/2020/7/31/descansa_en_lucha_john_robert_lewis

El resurgimiento «americano» que no logró Trump

El resurgimiento «americano» que no logró Trump
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Fuentes: Rebelión

Trump concluye su presidencia con tres crisis simultáneas que jaquean su ambición de otro mandato. La pandemia, la depresión económica y la rebelión de los afroamericanos han trastocado el escenario electoral.

El magnate ejerció una presidencia disruptiva que transgredió todas las normas. Demolió la sobriedad, exaltó la grosería, extremó la fanfarronería e instaló un inédito desorden en los asuntos públicos. Su alocada confianza y su comportamiento patotero desconcertaron a los analistas.

Se generalizó la imagen de un insano sin brújula, que insulta dignatarios, humilla jefes de estado y viola todos los compromisos. Pero esa constatación no alcanza para entender el contexto actual. Se necesita una evaluación serena de los propósitos y resultados de su gestión en el terreno económico y geopolítico, tanto a escala global como regional.

OBJETIVOS Y ESTRATEGIAS

Trump buscó utilizar el poderío geopolítico-militar de Estados Unidos para recuperar el liderazgo económico de su país. Con esa finalidad encaró durísimas negociaciones para extender al plano comercial, los privilegios monetarios que mantiene el dólar. Intentó revertir el enorme déficit de intercambios con 100 naciones, reclamó ventajas para las exportaciones y penalidades para las importaciones. Presentó esa demanda, como una insólita reparación al trato internacional injusto que afronta el coloso del Norte.

Con ese disparatado argumento motorizó una virulenta agenda mercantilista y tensó la cuerda de todas las tratativas. Propició acuerdos bilaterales sustitutivos del multilateralismo y cuestionó ciertas normas del libre-comercio. Pero impulsó ajustes en los convenios vigentes y no un retorno al viejo proteccionismo.

Trump eligió esa estrategia para remontar el declive industrial estadounidense. Intentó aprovechar las ventajas que la primera potencia conserva en las finanzas y exigió mayor preponderancia para los bancos, los bonos del Tesoro, Wall Street y la FED.

También buscó preservar la supremacía tecnológica, mediante crecientes exigencias de cobro por los derechos de propiedad intelectual. Reclamó nuevas retribuciones por las patentes, para acrecentar las ganancias capturadas con la comercialización de esos servicios (Roberts, 2018).

Con ese control de la financiarización y del capitalismo digital, Trump esperaba forjar un nuevo equilibrio entre los sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. Apuntaló los negocios de las empresas con cadenas de valor en otros países e incentivó también la recuperación de las compañías locales, afectadas por la competencia mundial.

El primero grupo reúne a los gigantes del comercio, las finanzas, la tecnología y la comunicación (Microsoft, Google, Facebook, Amazon, City-Group, Wall Mart). El segundo sector aglutina a los proveedores del Pentágono, las petroleras, los sojeros y las empresas centradas en el mercado interno (Lockheed, General Dynamics, Exxon, Chevron, General Electric, Bank of America) (Dierckxsens; Formento; Piqueras, 2018).

El proyecto neoliberal es compartido por ambas fracciones, pero los globalistas habitualmente sintonizan con la cúpula del Partido Demócrata y los americanistas con el establishment republicano. Clinton apuntaló al primer sector y Bush Jr. al segundo. Obama retomó el favoritismo por los mundialistas y Trump pasó de la marginalidad americanista a la defensa de todo ese segmento (Merino, 2018).

Cuando alcanzó la presidencia cumplió sus compromisos con el sector siderúrgico, el complejo industrial-militar y las corporaciones industriales, pero abrió también su gabinete a Wall Street y los globalistas. Las disputas entre ambos grupos se dirimieron en bataholas y cambios de ministros.

Para recuperar la primacía estadounidense Trump combinó protección local con negocios mundiales. Promovió la guerra comercial y las barreras arancelarias, sin obstruir el libre flujo de capitales que enriquece a los financistas. Preservó especialmente las redes digitales globalizadas que necesitan las firmas de la alta tecnología. Restringió el mercado americano para los rivales foráneos, pero sostuvo la primacía del dólar en una economía internacionalizada.

Trump apostó a forzar la sumisión de los países competidores. Trató de revertir las negativas consecuencias de la globalización, que Estados Unidos encabezó con resultados desfavorables. La primera potencia no pudo remontar su pérdida de posiciones y quedó expuesta al arrollador avance del desafiante chino.

La contención del rival asiático fue la prioridad del magnate. China bordea el pedestal de la economía mundial, al cabo de varias décadas de asombrosas tasas de crecimiento e inversión. Trump puso fin a la amistosa relación con un socio transformado en competidor, que ahora batalla por la hegemonía mundial.

El freno de China es el principal objetivo de todo el establishment de Washington. Trump tomó la delantera con una brutal pulseada en el terreno comercial. Exigió a Xi Jinping la reducción del déficit comercial y obtuvo ciertas concesiones, pero utilizó cada tregua para relanzar las hostilidades. Presionó al máximo y cantó victoria ante cualquier resultado. Disfrazó siempre sus agresiones con pretextos de seguridad nacional y acusaciones de piratería. Buscó sobretodo frenar el avance tecnológico de China en la transmisión de datos (5G) y la inteligencia artificial (Agenda 2025).

Trump trató de repetir con el gigante oriental el sometimiento que Reagan logró con Japón en los años 80. Ese país fue obligado a restringir exportaciones, revalorizar el yen y financiar el Tesoro estadounidense. Esa subordinación condujo a un estancamiento de la economía nipona, que persiste al cabo de varios experimentos fallidos de reactivación keynesiana (Roberts, 2016: (173-184).

El magnate también buscó afianzar las ventajas de Estados Unidos sobre Europa. Aprovechó la existencia de un aparato estatal unificado, frente a competidores transatlánticos que no logran extender su unificación monetaria al plano fiscal o bancario. Esa carencia de poder estatal explica la reacción débil y tardía de Europa frente a la crisis del 2008. Washington definió expeditivamente, los socorros que tramitó Bruselas en forma tortuosa. Esa pesadez potenció las tensiones generadas por los excedentes comerciales y las acreencias financieras, que acumula el Norte a expensas del Sur del Viejo Continente (Lapavitsas, 2016: 374-383). Trump incentivó esas fragilidades para impedir cualquier desafío europeo.

Bajo la apariencia de una gran improvisación, el ocupante de la Casa Blanca concibió un ambicioso plan de recuperación de la economía estadounidense. ¿Qué logró en cuatro años?

MAGROS RESULTADOS

La estrategia de Trump dependía de la disciplina de sus aliados (Australia, Arabia Saudita, Israel), la subordinación de sus socios (Europa, Japón) y la complacencia de un adversario (Rusia) para forzar la capitulación de otro (China). Pero el magnate no consiguió esos alineamientos y el consiguiente relanzamiento de la supremacía norteamericana falló desde el principio.

La confrontación con China fue su principal fracaso. Las amenazas no amedrentaron al dragón asiático. La acotada reducción del déficit comercial que obtuvo con la guerra de aranceles, no revirtió las desventuras de la economía estadounidense. El tablero previo se mantuvo. China aceptó mayores compras y menores exportaciones, pero no permitió la apertura financiera y el frenó de sus inversiones tecnológicas.

La ofensiva de Trump debió lidiar con las propias consecuencias de sus bravuconadas arancelarias. Traspasado cierto techo, las tarifas aduaneras impactan sobre los precios y la productividad estadounidense, que depende de la importación de insumos baratos. Además, las represalias afectan seriamente a las empresas yanquis radicadas en Oriente. China es el principal mercado para el agro y para varias ramas manufactureras. Los puestos de trabajo que podrían restaurarse con protección aduanera son amenazados por esa pérdida de adquirientes en Oriente.

La batalla comercial tiene efectos tan contradictorios, como la revaluación del yuan que exige Trump. Esa valorización potencia una divisa que aspira a disputar el señoreaje internacional del billete norteamericano. Además, China no acepta acomodar su política monetaria a los reclamos de un deudor, que ha colocado el grueso de sus títulos en los bancos asiáticos (Hernández Pedraza, 2018).

El presidente millonario logró el visto bueno formal de sus aliados, pero no el acompañamiento requerido para la batalla comercial contra China. Ningún socio resignó los negocios lucrativos con el gran cliente asiático. Israel vende armas y tecnologías a Beijing, Arabia Saudita coloca excedentes petroleros y tanto Canadá como Australia mantienen intensos intercambios con el gigante oriental (Poch, 2018).

Las dificultades para arrastrar a Europa a la confrontación con China fueron semejantes. Pero el deterioro de la relación transatlántica fue detonado por disputas más directas con el Viejo Continente. El trato agresivo del magnate hacia Europa llegó a incluir, por ejemplo, ofertas coloniales de comprar Groenlandia con su población incluida.

Algunas demandas estadounidenses fueron satisfechas. Francia enmendó su proyecto de ‘tasa Google’, Alemania redujo exportaciones para mantener su tajada en el mercado automotor y varios integrantes de la Unión Europea aceptaron adquirir más soja o gas americano. Adoptaron la misma tónica conciliadora de Japón, que accedió a una mayor apertura de su mercado interno. Pero ningún miembro de la coalición occidental renunció a los contratos con China o a su participación en la Ruta de la Seda.

Los conflictos escalaron con la demanda estadounidense de ruptura comercial con Irán. Las grandes multinacionales de Francia y Alemania (Total, Renault, Volkswagen, Siemens, Daimler) vetaron la pérdida de mercado persa que exigía Washington.

El choque en curso por el gasoducto Nord Stream 2 que enlazará a Rusia con Alemania es mucho más serio. En defensa de los proveedores norteamericanos de gas licuado, Trump conspira con sus vasallos (Ucrania, Polonia) para impedir la inauguración de una obra casi concluida. El reciente ultimátum de sanciones legales a las empresas europeas, coloca a Alemania en la disyuntiva de capitular o confrontar con Washington. ´

Frente a tantas tensiones Trump buscó asegurar la alianza con Inglaterra apuntalando un Brexit definitivo. Pero ni siquiera obtuvo la lealtad de los británicos, que juegan su propia partida en el mundo. Las frustraciones del mandatario yanqui aumentaron con la fallida alianza que propiciaba con Rusia para doblegar a China. Sus coqueteos con Moscú fueron internamente torpedeados por el establishment diplomático de Washington. Ese boicot facilitó el acuerdo defensivo que finalmente concertó Putin con Xi Jinping.

Esta sucesión de fracasos quebrantó el proyecto de restaurar la “grandeza americana” a costa del resto del mundo. Trump sólo logró inducir un alivio de la coyuntura, preservando todos los desequilibrios de la economía. La pérdida de competitividad industrial persistió, con mayor deterioro del medio ambiente por la renovada explotación del carbón y el shale-oil. La desregulación financiera acentuó los riesgos de nuevas burbujas y la retracción de ingresos por los beneficios impositivos concedidos a los grandes capitalistas agravó el déficit fiscal (Fernández Tabio, 2018).

Trump se estrelló con los mismos obstáculos que afectaron a sus antecesores. Su verborragia y pedantería no tuvieron efectos mágicos sobre la economía. Esa carencia de resultados salió a flote en la crisis que precipitó la pandemia. El desempleo, la caída del PBI y los anticipos de quiebras vuelven a situar a Estados Unidos en el centro de la tormenta. Las bravuconadas ya no disimulan la impotencia que ha caracterizado a su gestión.

OBSTÁCULOS EN AMÉRICA LATINA

Trump recordó, que para recuperar primacía en el mundo, Estados Unidos necesita exhibir poder en su propio hemisferio. Por eso asfixió a los países latinoamericanos con paquetes recargados de mercantilismo (Guillén, 2018).

Priorizó el incremento del superávit comercial. Con excepción de México, la balanza del intercambio con la región es ampliamente favorable a Estados Unidos. Para aumentar ese excedente exigió crecientes compras y estableció nuevas restricciones a las importaciones.

Presionó a la Argentina con la elevación del arancel al biodiesel y difundió una lista de doce naciones infractoras de las normas de propiedad intelectual. A Brasil no sólo le impuso limitaciones al ingreso del acero y el aluminio. Demandó también la presencia norteamericana en el negocio aeronáutico y en las licitaciones de obra pública manejadas por empresas locales.

El magnate puso la lupa en la contención del intercambio comercial de China con América Latina. Ese flujo se multiplicó por 22 veces entre el 2000 y el 2013 y alcanzó en 2017 más de 250.000 millones de dólares. Cada año se tramita la incorporación de algún nuevo país a los convenios de libre-comercio, que ya firmaron Ecuador, Perú y Chile. Beijing ofrece las inversiones y los créditos que retacea su competidor del Norte.

Trump intentó repetir con China la política de presión utilizada para disuadir la presencia europea. El Viejo Continente negocia tratados con varios países (México, Chile) o bloques (MERCOSUR), pero sin disputar primacía con Washington. España afrontó ese techo en la última década. Las tajadas que el capitalismo ibérico obtuvo en las finanzas, las telecomunicaciones y la energía a través de las privatizaciones encontraron un serio límite. Pero ese antecedente no cuenta frente a China, que confronta con Estados Unidos a otra escala regional y mundial.

El descarnado negociante que maneja la Casa Blanca buscó motorizar en la región los tratados bilaterales que sucedieron al fracaso del ALCA. Ese proyecto continental de libre comercio quedó sepultado en la cumbre de Mar del Plata (2005). El camino estadounidense -para acaparar recursos naturales y colocar excedentes- fue desde entonces sustituido por los convenios bilaterales. El gigante yanqui comenzó a negociar acuerdos muy favorables con interlocutores débiles y dispersos.

Obama incentivó esos tratados, pero aspiraba a retomar el sendero multilateral mediante otra versión del ALCA (TPP). Trump frenó ese rumbo por presión directa del sector americanista, que exigió barreras específicas en la industria (acero) y el agro (azúcar). Pero ese curso no obstruyó los negocios del segmento globalista. El equilibrio entre ambos grupos se verifica en el nuevo tratado T-MEC con México y Canadá, que sustituyó al TLCAN.

El histriónico mandatario suscribió esa renovación luego de una intensa campaña de insultos, contra “el peor acuerdo comercial de la historia”. La nueva versión fue redactada para satisfacer las heterogéneas necesidades de las compañías yanquis.

Los americanistas de la industria automotriz lograron incrementar la porción de fabricación en suelo estadounidense (Merino; Bilmes, 2020). Sus pares del agro consolidaron la demolición del cultivo local de granos y oleaginosas. México ya importa el 45% de sus alimentos y consume volúmenes siderales de las sobras que acumulan las cadenas gringas (Hernández Navarro, 2020).

Pero también los globalistas de los servicios (Big Data) consiguieron su parte, con las restricciones a las transferencias internacionales de datos. A su vez las empresas farmacéuticas impusieron protecciones adicionales a las patentes y licencias.

Todas las firmas estadounidenses lucrarán, además, con las barreras introducidas a las empresas alemanas y japonesas y con el renovado sometimiento de México. Ese país continúa padeciendo bajas tasas de crecimiento, desempleo, desarraigo rural, contaminación del medio ambiente y explotación de la fuerza de trabajo.

El nuevo convenio también eliminó el arbitraje independiente, para dirimir los conflictos provocados por las empresas yanquis. Qué López Obrador haya evitado la apertura del sector energético y la desregulación de PEMEX no compensa esos perjuicios y sus elogios a Trump han sido patéticos.

El T-MEC retrató en forma acabada los objetivos de Trump. Cambió el nombre del acuerdo, para acentuar su condición de tratado amoldado al dominador del Norte. El convenio buscará reducir el déficit comercial estadounidense a costa de las compañías asiáticas y europeas, que exportan desde México a Estados Unidos. La suscripción del acuerdo fue una excepción en el cúmulo de fracasos del lenguaraz presidente. Pero la reversión del desbalance de intercambios es tan improbable, como la restauración del tercio de empleos manufactureros perdidos en el Medio Oeste.

El T-MEC no compensa la continuada presencia regional de China, que continúa ignorando todas las demandas de desalojo, con crecientes exportaciones a Brasil, México, Chile, Perú y Argentina. Trump intentará un freno adicional a través de la letra chica del convenio. Introdujo una cláusula para obstruir cualquier acuerdo comercial inconsulto de México con China. Anticipó esa presión forzando a Brasil a suspender los proyectos bioceánicos con financiación oriental. Impuso, además, el mismo congelamiento en los emprendimientos nucleares de Argentina.

Pero no logró extender ese sometimiento al abandono de los grandes negocios con China. Ni siquiera Bolsonaro pudo aceptar las prohibiciones contra al adquiriente del 40% de las exportaciones agro-industriales del país. Los mandatarios neoliberales soportan humillaciones, pero necesitan preservar las lucrativas actividades que Estados Unidos quiere confiscar.

Washington sólo exige sumisión frente a las atractivas ofertas de Beijing. Durante la pandemia China, envió los respiradores y medicinas que el tradicional socorrista del Norte acaparó para su propia población. Además, el viejo conflicto de exportaciones latinoamericanas competitivas con el Norte (soja, trigo, petróleo) vuelve a cobrar relevancia, frente a un comprador chino que pondera complementariedades con la economía regional. Por donde se lo mire, también en América Latina falló el proyecto de recuperación hegemónica estadounidense.

VACILACIONES DEL IMPERIO

La supremacía militar es el principal instrumento que dispone Estados Unidos para intentar la reconquista del liderazgo económico. Con su monumental circuito de bases desplegadas por todo el planeta, el Pentágono es el gendarme del capitalismo.

Pero la utilización de esa maquinaria siempre ha dependido de la cambiante capacidad geopolítica detentada por Washington. La belicosidad que prevaleció desde Truman a Kennedy fue sucedida por el replanteo de Nixon, el repliegue de Carter y la contraofensiva de Reagan. El intervalo de Clinton fue seguido por el unilateralismo de Bush y las indecisiones de Obama. Trump emergió en un momento de revisión y procesamiento de derrotas.

Sus inclinaciones belicistas saltan a la vista. Relanzó la guerra de las galaxias con un presupuesto récord, retomó las pruebas de misiles y rompió el tratado de desarme nuclear (Armanian, 2019). Garantizó además ganancias récord a los fabricantes de armas, mantuvo los bombardeos en Siria e Irak y ensayó una mega-bomba de alcance inédito en Afganistán (Medea; Davis, 2020).

Trump reavivó la obsesión por la seguridad y desplegó una brutal retórica belicista. Pero optó por proclamas distanciadas del universalismo protector. No utilizó la mascarada misionera de la intervención humanitaria y evitó calzarse el disfraz de custodio del mundo libre.

Retomó la tradición aislacionista, que presenta la agresión imperial como un favor concedido a los gobiernos desamparados. Subrayó especialmente que esa ayuda debe ser mendigada y remunerada. Destacó que los auxilios prestados por Estados Unidos al resto del mundo tienen un costo, que Occidente debe solventar. Con ese mensaje exigió la financiación europea de la OTAN (Anderson, 2016).

El acoso de China fue la prioridad militar del magnate. Complementó las presiones comerciales con un gran despliegue de la flota del Pacífico y exigió la desmilitarización de los arrecifes del Mar del Sur, para quebrantar el escudo defensivo de su rival. Su menú de provocaciones incluyó la detención de directivos de Huawei, el cierre de consulados chinos, la promoción del separatismo del Tibet, la recreación de complots derechistas en Hong Kong y el auspicio del independentismo de Taiwán.

Obama anticipó ese giro. Desplazó tropas desde Medio Oriente hacia el continente asiático y buscó integrar a la India al bloque anti-chino conformado con Corea del Sur, Japón y Australia. Trump redobló esa política de asedio que propicia el Partido Demócrata, con el visto bueno de Biden (Smith Ashley, 2018).

Pero China disputa el podio de la economía mundial afianzando su poderío militar. Dejó atrás su vieja condición de país periférico y se ubica en las antípodas del protectorado que Estados Unidos mantiene en Japón. La estrecha asociación que a su vez mantiene con la economía norteamericana, transforma a la potencia asiática en un adversario muy distinto al precedente soviético. No es un blanco sencillo para los estrategas de Washington, que deben reconciliar las demandas agresivas del aparato militar con las inclinaciones negociadoras de las corporaciones económicas yanquis (Petras, 2005). Trump no resolvió esa tensión y su estrategia frente a China desembocó finalmente en un coctel de vacilaciones.

LIMITACIONES BÉLICAS

El magnate carga con la pesada herencia de los fracasos militares legados por Bush. La ocupación de Irak fue un fiasco y Afganistán se transformó en un atolladero. Esas derrotas enterraron los ensueños de unilateralismo y “nuevo siglo americano”. Las secuelas de esa adversidad explican el cauto manejo bélico de Trump. Las invasiones de los marines fueron reemplazadas por la boconería y las pomposas amenazas vía twitter.

En Siria el millonario retiró tropas, abandonó a los aliados kurdos, avaló el protagonismo de Turquía y aceptó la preeminencia de Rusia. En Afganistán mantuvo los bombardeos reduciendo efectivos y en Corea del Norte archivó el ultimátum. Enfrentó un antagonista con armas nucleares que no puede ser barrido con los mercenarios utilizados en Libia.

Las provocaciones contra Irán han sido más inciertas. Trump jugó con fuego en el asesinato de la principal figura de las fuerzas armadas y en los extraños atentados del estrecho de Ormuz. Pero no aceptó la escalada que propiciaron sus socios israelíes y saudíes. Sostuvo la anexión de Cisjordania y las masacres de los yemenitas, pero no comprometió al Pentágono con otra intervención.

Trump sólo alentó guerras locales de bajo costo para testear la reacción de sus enemigos (Petras, 2018). Ya no cuenta con las alianzas globales que tuvo Bush. Varios aliados flaquean en el exterior (Inglaterra, Francia), otros enfrentan resistencias internas a la militarización (Alemania, Japón) y algunos son más proclives a la negociación que a la confrontación (Corea del Sur) (Rousset, 2018).

La reticencia a ensanchar los conflictos detonó varios pugilatos palaciegos, como el despido de Bolton o la renuncia de Mattis, que potenciaron la desorientación del alto mando. El magnate priorizó una recuperación económica, que exige la continuidad de la preponderancia bélica sin ningún resultado adverso y en ningún momento logró plasmar esa ecuación.

La fallida alianza con Putin dinamitó sus planes. Buscó ese acuerdo con las propuestas de reingreso ruso al G 7 y con el buen trato hacia una potencia, acostumbrada a negociar en las cúspides. Intentó congelar las hostilidades en Ucrania y los misiles en Polonia, pero chocó con el Congreso, los Demócratas y la prensa, que respondieron con un potencial impechment a su condescendencia con Moscú.

Trump alentó la habitual alianza con Rusia contra China que suele propiciar el Departamento de Estado, cuando falla la opción inversa. En los últimos años Kissinger favorecía el entendimiento con Moscú para neutralizar a Beijing, en contraposición Brzezinski que motorizaba el acoso a Rusia, para mantener buenos negocios con China. El establishment siempre ha oscilando entre ambas variantes (Gandásegui, 2018). Pero en esta ocasión, las indefiniciones estadounidenses fortalecieron el dique defensivo forjado por Putin con Xi Jinping.

El magnate tampoco pudo someter a Europa. La irresuelta exigencia de mayor sostén financiero de la OTAN provocó una seria erosión de la alianza transatlántica. Alemania consolidó su comando de la UniónEuropea, con mayores ambiciones de negocios propios y creciente autonomía del padrinazgo norteamericano. Ese distanciamiento se afianzó con el divorcio iniciado por Inglaterra para distanciarse del Viejo Continente.

Pero la independencia germana obliga a reconsiderar la gestación de un ejército europeo desligado de Washington. Alemania objeta esa iniciativa, puesto que su carencia de estructuras bélicas colocaría al país en un lugar subordinado. La fractura entre poder militar (Francia) y económico (Alemania) y los divergentes intereses entre los 26 miembros de la Unión Europea impiden forjar un dispositivo militar unificado (Serfati, 2018).

El capitalismo europeo no ha podido emanciparse de la tutela bélica estadounidense y por eso acompañó las incursiones de Irak y Ucrania. Pero ha encontrado un significativo espacio para resistir el reclamo monetario de Trump.

El mandatario yanqui no consiguió las victorias geopolíticas que hace varias décadas obtuvo su admirado Reagan. Tampoco logró la división del campo enemigo que efectivizó Nixon. Sólo se asemeja a este último personaje, en la enemistad con los medios de comunicación y en los disgustos con la burocracia de Washington. El escandaloso morador de la Casa Blanca evitó un Watergate, pero no la ausencia de resultados de su gestión. Falló en restablecer el poder de fuego imperial que necesita Estados Unidos para recuperar un liderazgo económico.

DESVENTURAS EN EL HEMISFERIO

Trump reforzó el control imperial sobre América Latina. Mantuvo el equipamiento del Comando Sur de Miami, con fuerzas equivalentes al Golfo Pérsico o al Mediterráneo y afianzó la jefatura de la IV Flota sobre una vasta red de uniformados y agentes del Pentágono. Las bases de Colombia fueron surtidas del aprovisionamiento requerido para acciones de gran alcance y la supervisión del Amazonas se afianzó con los gendarmes de la zona.

El belicoso mandatario redobló la presión para liquidar la autonomía militar y el equipamiento diversificado de Brasil. Integró a los generales de ese país al diseño continental de Washington y acentuó la conexión de las fuerzas de seguridad argentinas con la DEA, la CIA y el FBI.

La penetración yanqui en las estructuras militares de Latinoamérica se consumó con el manoseado pretexto de enfrentar el narcotráfico. La sangría de México ya ha demostrado que esa excusa sólo encubre la periódica mudanza de plantaciones y guaridas de los carteles. La continuada demanda de narcóticos por parte de consumidores del Norte incrementa los millonarios ingresos de los intermediarios estadounidenses. Las narco-burguesías locales se enriquecen con el negocio que comparten con los financistas gringos del narcotráfico.

Trump consolidó un proceso de militarización que ha potenciado la atroz degradación social de Centroamérica. Las guerras mafiosas se desenvuelven con armamento “made in USA” y la complicidad de estructuras estatales infiltradas por las embajadas estadounidenses.

Pero la gran prioridad del bocón de la Casa Blanca estuvo localizada en Venezuela. Propició todos los complots imaginables para recuperar el control de la principal reserva petrolera del hemisferio. Instaló asesores en las fronteras, financió la auto-proclamación de Guaidó, ensayó la farsa de la ayuda humanitaria, tanteó una guerra eléctrica y auspició incontables asonadas en los cuarteles. Sólo los intentos de invasión a Cuba han superado ese cronograma de incursiones.

El agresor del Norte desparramó también provocaciones para intimidar a las potencias rivales. Retomó la Doctrina Monroe contra la presencia de buques rusos en el Caribe, instalaciones informáticas chinas en Sudamérica o simples visitas de funcionarios iraníes a los países hostilizados. Desplegó ejercicios militares para subrayar su disgusto con esas misiones.

Estados Unidos carece en América Latina de apéndices asociados para ejercer el control militar del continente. No cuenta con un socio estructural e histórico que cumpla el rol de Israel en Medio Oriente o Australia en Oceanía. Por esa razón debe mantener su presencia directa en el hemisferio.

Esa intervención repite la norma de los últimos cien años. Washington siempre recuerda a las clases dominantes locales quién ejercer la jefatura efectiva en la región. Utiliza un variado menú de cooptaciones, chantajes y amenazas para sostener su primacía, saboteando la conformación de un bloque geopolítico latinoamericano unificado y autónomo.

Trump reiteró ese manual del imperialismo con gran nostalgia por las cañoneras de Thodore Roosevelt. Añora las incursiones de Reagan para recapturar Centroamérica y la impudicia de Bush para despachar tropas.

Por eso ha intentado exhibir un perfil de brutalidad decisoria contrapuesto al tinte conciliatorio de Obama. Sustituyó la apertura hacia Cuba por el endurecimiento del embargo y reemplazó la distensión inaugurada con la CELAC y UNASUR por la virulencia de la OEA y el Grupo de Lima. En lugar de ponderar la “alianza entre iguales” que realzan los diplomáticos del continente, enrostró a Latinoamérica la superioridad de Estados Unidos.

Con estas diferencias de trato Trump mantuvo la política de estado hacia la región, que han compartido todos los mandatarios republicanos y demócratas. El magnate arremetió contra Cuba, frente a un antecesor que no levantó el embargo. Conspiró abiertamente contra Venezuela, ante un precursor que dejó correr el fracasado golpe del 2002. Apuntaló una asonada en Bolivia, que coronó operativos similares aprobados por Obama en Honduras y Paraguay.

Con estilos y retóricas muy diferentes, la Casa Blanca siempre apuntala a sus agentes serviles. Trump ha mantenido esa estrategia de larga data, centrada en desplazar competidores externos, anular la autonomía de la burguesía regional y sofocar las rebeliones populares (Morgenfeld, 2017: 359-362).

Pero también en este campo emergió un divorcio entre los dichos y los hechos. Las amenazas del magnate chocaron con la imposibilidad de repetir la intervención a Granada (1983) y Panamá (1989) o la última ocupación de Haití (2010), recubierta de rescate humanitario.

Su principal fracaso se verificó en Venezuela. En el dramático escenario económico-social que afronta ese país, no pudo derrocar al diabolizado chavismo. El secuestro de la petrolera CITGO o la captura de lingotes de oro (junto a Inglaterra), no diluyeron su impotencia frente al gobierno bolivariano. La agenda imperial afrontó significativos obstáculos en América Latina.

SOSTÉN DERECHISTA, CAOS DE GESTIÓN

Trump sintoniza con una oleada marrón en el mundo, que condujo a varios personajes indigeribles a la presidencia. Encarna un tipo de liderazgo que ha canalizado parte del descontento social, con la ruinosa situación generada por el neoliberalismo. Frente al techo que encontraron las protestas populares y la ausencia de respuesta de los progresistas, la derecha capturó ese malestar. En Estados Unidos ese round fue ganado por el TEA Party y no por Occupy Wall Street.

El desbocado mandatario aunó la base conservadora tradicional de los republicanos en la “América profunda”, con las vertientes reaccionarias más extremas. Retomó el viejo mensaje religioso, homofóbico y racista, con una nueva carga de resentimientos hacia la burocracia de Washington, los impuestos federales y los intelectuales globalizados.

El magnate prometió restaurar la gloria en un país decepcionado con la gestión previa. Obama defraudó a los afroamericanos agobiados por los asesinatos policiales y a los latinos, golpeados por un récord de expulsión de indocumentados. También desmoralizó a los verdaderos demócratas, frustrados por la continuidad del espionaje interno y a los asalariados, enojados con la destrucción del tejido industrial.

Trump aprovechó un vacío político para hostilizar a los inmigrantes. Exaltó la identidad anglosajona y atacó el multiculturalismo cosmopolita imperante en las dos costas. Desde el sillón presidencial profundizó su burda alabanza a la pureza americana y con una catarata de exabruptos comandó el proyecto derechista más audaz del mundo desarrollado.

A diferencia de sus pares europeos logró superar la marginalidad política atrapando una de las grandes formaciones partidarias. No debió lidiar con la ausencia de identidad nacional homogénea o con el temor a corroer la moneda común que impera en el Viejo Continente. Tampoco tuvo que transitar por el tortuoso camino del irresuelto Brexit (Anderson, 2017). Pero esas ventajas no bastaron para consolidar su mandato.

Gestionó durante cuatro años una incontable secuencia de escándalos, peleas y despidos. Las memorias que difunden sus despechados funcionarios retratan una administración caótica y sujeta a los caprichos de un imprevisible timonel. Trump se desdijo hasta el cansancio, clausuró y reabrió dependencias, cerró y reinicio el Congreso y estuvo al borde de un desplazamiento por acusaciones de corrupción. Siempre mostró los dientes y subió la apuesta en las feroces internas. Pero el barullo de su administración confirmó su incapacidad para cohesionar un proyecto de reconstrucción imperial.

Trump es un reaccionario que auspicia la represión, coquetea con el suprematismo blanco e induce provocaciones paraestatales de las milicias. Pero no forjó un régimen fascista. Ese término es erróneamente utilizado como sinónimo de autoritarismo o insania presidencial (Bhaskar, 2019). Con esa etiqueta se omite la enorme distancia que lo separa del fascismo clásico de entreguerras.

Actualmente no impera un marco de guerras interimperialistas, levantamientos revolucionarios o amenazas comunistas. Las clases dominantes no auspician la reconquista bélica de territorios, el terror para demoler sindicatos o el confinamiento de las minorías. El léxico brutal no define a un fascista (Riley, 2019).

El bonapartismo es un concepto más apto para caracterizar al personaje que el mote vacío de populismo. Trump intentó combinar el liderazgo carismático con el manejo unipersonal de un sistema plutocrático. Gobernó en sistemática tensión con la burocracia estable, la cúpula del Partido Demócrata y la elite de la comunicación. Pero no logró construir una jefatura efectiva del estado. Su débil bonapartismo desembocó en simple incoherencia y ausencia de resultados (Cinatti, 2018).

El BOOMERANG DE LOS LATINOS

Trump desplegó una furibunda agresión contra los latinos. Para movilizar a su base derechista reavivó el imaginario conservador, que atribuye el fin del sueño americano a la afluencia de trabajadores foráneos.

Esa mirada identifica el declive del capitalismo yanqui con los flujos inmigratorios, cuando esa corriente genera un contrapeso a esa regresión. Los jóvenes extranjeros compensan el envejecimiento de la fuerza laboral y nutren de cerebros a los sectores más dinámicos. La simplificación chauvinista ignora estos datos, para potenciar la desesperación de los estadounidenses afectados por la precarización y el desempleo.

El perverso mandatario incentivó el resentimiento de los blancos empobrecidos contra los latinos, con un viejo libreto de odio de las clases medias hacia los desamparados. Retomó la antigua receta del racismo sureño contra los afroamericanos. Con esa estrategia construyó una base política autónoma para sostener sus insultos contra los latinos “invasores”, “delincuentes” y “violadores”.

Trump comenzó su espantosa prédica con una convocatoria a construir el muro fronterizo que debía frenar el aluvión de drogas. Sólo omitió que el grueso los narcóticos ingresa por otra vía. Autorizó redadas para cazar indocumentados en las grandes ciudades, soslayando las plantaciones, que no podrían levantar sus cosechas sin el auxilio de los migrantes (Majfud, 2019).

El brutal mandatario llegó al extremo de promover la separación de las familias en los campos enjaulados de la frontera. Durante la pandemia suspendió los visados argumentando que los extranjeros introducen el virus. Pero olvidó que una represalia equivalente cerraría el acceso de todos los estadounidenses al resto del mundo.

Muchas diatribas del presidente no traspasaron el universo del verbo. La construcción del muro avanzó lentamente y México no cargó con su financiación. La deportación de dreamers quedó bloqueada por las apelaciones judiciales y la indignación social frenó la separación de padres e hijos indocumentados. Tampoco la publicitada militarización de la frontera redujo las caravanas de centroamericanos, que necesitan expatriarse para sobrevivir.

Trump combinó la agresividad interna contra los latinos con el apoyo a la restauración conservadora en toda la región. Buscó recrear la vieja subordinación de los gobiernos serviles al amo imperial. Forjó un enlace especial con tres dinosaurios (Duque, Bolsonaro y Macri) que comparten su miopía derechista y su ceguera neoliberal.

El magnate intentó extender a Sudamérica la red de convergencias, que enhebró con personajes tan abominables como Bin Salman o Netanyahu. Esa coincidencia con déspotas y criminales sintonizó con su activo sostén de los golpistas (Añez), los represores (Piñera) y los usurpadores (Lenin Moreno).

Pero el renovado sometimiento de sus vasallos no resucitó la vieja dominación yanqui. Ni siquiera los colonizados presidentes de la región pudieron sostener el idilio con un mandatario que desprecia a todos los nacidos en Latinoamérica. Las burlas y desplantes del plutócrata erosionaron el entreguismo nativo, en un marco de coincidentes encuestas que resaltan el abrumador repudio a Trump en toda la zona.

Ese rechazo no reconoce fronteras y ha sido potenciado por el fracasado intento de reconstruir el Ministerio de Colonias de la OEA. Todo el empeño que pusieron los trogloditas del Departamento de Estado (Abrams, Rubio, Pompeo) para sustituir los mecanismos autónomos de UNASUR y CELAC por el servilismo del Grupo de Lima tuvieron magros resultados. No lograron forjar coberturas suficientes para la conspiración contra Venezuela, el embargo contra Cuba o el golpismo en Bolivia.

Al desconcertar a sus títeres del Sur Trump cavó su propia fosa. Los mensajes de egoísmo nacional sepultaron el disfraz auxiliador del imperio y quebrantaron el sostén geopolítico de su proyecto.

REBELIONES EN LA PROPIA CASA

El viraje represivo actual en varios países de América Latina es enfáticamente aprobado por Trump. Comparte el despliegue de la violencia estatal contra el descontento popular y aporta especialistas para ese atropello. Ya reactivó los organismos y fundaciones yanquis dedicados a espiar y desorganizar los movimientos de resistencia. Las embajadas han recobrado protagonismo en ese trabajo conspirativo.

La tradicional rebeldía de América Latina prende todas las alarmas de Washington. Las sublevaciones que irrumpieron en las últimas dos décadas inquietan a un mandante imperial, preocupado por los rebrotes del ciclo político progresista que disputa con la restauración conservadora.

La vitalidad de la lucha social en la región se verificó el año pasado, en una secuencia de batallas que apuntaló victorias y contuvo los retrocesos. Las revueltas desenmascararon en Chile el modelo neoliberal y doblegaron en Ecuador el ajuste del FMI, pero no evitaron el golpe en Bolivia y la persistencia de los atropellos en Brasil. Las protestas sacudieron también a Colombia, Haití y Honduras y la derecha perdió su manejo del gobierno en México y Argentina, pero el ajuste neoliberal se mantuvo en el grueso del continente. La pandemia sólo introdujo un paréntesis en estas convulsiones.

Pero lo que nadie previó fue el estallido de enormes protestas en el propio corazón del imperio. La rebelión de los afroamericanos ha convulsionado a las grandes ciudades estadounidenses, con manifestaciones multirraciales contra la impunidad policial. La enorme popularidad de esas movilizaciones neutralizó la reacción represiva de Trump (Catalinotto, 2020).

Esa sublevación converge con el rebrote de las huelgas y el gran protagonismo de una nueva generación que renueva la épica de los años 60 (Carbone, 2020). Los estandartes de las marchas (“no puedo respirar”, “las vidas los negros valen”) reavivan la insubordinación y obligan a revisar el legado de la esclavitud. Las iniciativas para arrodillarse cuando se entona el himno nacional o para derribar los monumentos insultantes ilustran ese viraje (Sharon Smith, 2020).

La lucha de los afroamericanos es la primera acción callejera de envergadura e impacto internacional luego de la pandemia. Esa reacción tiene un gran impacto sobre América Latina y reconecta las resistencias populares de ambas regiones, al cabo de un prolongado divorcio.

La enorme población latina de Estados Unidos podría articular ambos procesos. Los inmigrantes, residentes, descendientes e indocumentados conforman una comunidad vilipendiada por Trump y denigrada por los gobernantes derechistas que forzaron su expatriación.

El repudio al presidente más anti-latino de historia americana crea puentes entre el antiimperialismo latinoamericano y el progresismo estadounidense. En el Norte se batalla por un sistema de salud y educación universitaria gratuitos y en el Sur por la redistribución del ingreso y la contención de la hemorragia que provoca la deuda externa. El enorme impacto de Sanders y de los candidatos radicales que lo acompañan ha establecido un nuevo cimiento de convergencia con la izquierda latinoamericana.

¿FRACASO PARCIAL O DEFINITIVO?

Para lograr la reelección Trump no sólo debe disimular el incumplimiento de sus promesas. Necesita también esconder su irresponsabilidad criminal en el manejo de la pandemia. Con negacionismo e improvisación multiplicó el número de muertes, el récord de contagiados y el caos sanitario. Su figura será recordada por la indiferencia ante las fosas comunes. Ahora decidió forzar el retorno al trabajo y la apertura de los colegios, para crear el clima de normalidad requerido para sostener su candidatura (Davis, 2020). No repara el costo humano de esa aventura.

Trump sube la apuesta de provocaciones frente a un adversario demócrata, que ha optado por el silencio para disputar el voto conservador. Busca activar su base de adictos contra ese inmovilismo de Biden. Las encuestas lo desfavorecen, pero construyó su carrera en esa adversidad y ensayará un clima de virulencia electoral para posicionarse en la recta final (Morgenfeld, 2020).

El sistema electoral no exige mayoría de votos, sino simple superioridad de delegados y un sufragio con los inconvenientes de la pandemia y el voto por correo favorece todo tipo de tropelías.

Pero el imprevisible resultado de esos comicios no modificará el fracaso de su gestión. Sólo determinará el relanzamiento o naufragio de su proyecto. Trump no logró en cuatro años la recomposición de la economía estadounidense. El resto del mundo no sostuvo esa recuperación y el rival chino continuó ascendiendo. Desplegó exhibiciones de belicismo que no compensaron su impotencia en los escenarios de conflicto. Esas limitaciones acotaron el intervencionismo en América Latina y erosionaron su capacidad interna de mando. Ahora confronta con protestas radicales que lo desafían en la calle.

Este balance de la gestión de Trump es insoslayable para evaluar lo que podría suceder si gana o pierde en noviembre. Su programa no encarna el capricho de un lunático. Expresa una de las estrategias en juego del poder capitalista, que las clases dominantes mantendrán o corregirán después de la elección.

28-7-2020

RESUMEN

Los desenfrenos de Trump encubrieron sus fracasos. No logró recuperar la economía estadounidense, ni frenar el desafío chino. Tampoco consiguió la neutralidad rusa o el sometimiento de sus socios occidentales. Ni siquiera la renovación del tratado bilateral que impuso a México inició la recaptura de América Latina.

Confrontó con un adversario muy distinto a la Unión Soviética, evitó poner a prueba el poder imperial y disfrazó sus vacilaciones con bravuconadas. Eludió invasiones y no pudo derrocar al chavismo.

El caos de su gestión socavó sus pretensiones autoritarias y las agresiones contra los latinos afectaron la sumisión de la derecha regional. Terminó afrontando una revuelta de los afroamericanos que converge con las luchas populares del hemisferio. Su impotencia salió a flote en la pandemia y la clase dominante definirá si relanza o sustituye su proyecto.

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Claudio Katz: Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz