domingo, 5 de abril de 2026

Segundo mes de conflicto en Oriente Medio: "El tiempo juega a favor de Irán"

Segundo mes de conflicto en Oriente Medio: "El tiempo juega a favor de Irán" Sputnik Las tensiones en Asia occidental no parecen ver el horizonte a pesar de los ultimátum del presidente de EEUU, Donald Trump, y su afirmación de estar cerca de cumplir los objetivos en Irán. Mientras tanto, los efectos en el precio del crudo se incrementan. "Irán ha propuesto una guerra de desgaste con un componente fuertemente centrado en la cuestión económica y energética y creo que está bastante claro que el tiempo hoy juega a favor de Irán", analizó a Cara o ceca Lautaro Rivara, doctor en Historia y periodista, desde los estudios de Sputnik. Según Rivara, EEUU también se enfoca en asegurarse una América Latina alineada a sus intereses. "Nosotros somos el reservorio de recursos naturales y somos considerados por EEUU un área de seguridad interior. En ese marco, desde Washington se han propuesto desbancar todo tipo de alternativa política", resumió. YPF mantendrá congelado el precio de los combustibles por 45 días pese al alza internacional del crudo La escalada del conflicto en Oriente Medio disparó el valor del petróleo a nivel mundial a más de 100 dólares por barril.

sábado, 4 de abril de 2026

Qué está en juego en la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán?

Recomiendo: ¿Qué está en juego en la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán? Por Martín Martinelli | 04/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo Fuentes: Jacobin América Latina - Imagen: El presidente del Estado Mayor Conjunto estadounidense, el general Dan Caine, ofrece una conferencia de prensa sobre la Operación Epic Fury en el Pentágono, 19 de marzo de 2026. (Vía Wikimedia Commons) La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán entrelaza numerosos elementos geopolíticos clave, que van desde la apuesta inmediata para controlar vías estratégicas de circulación comercial hasta el inicio de una reorganización regional a gran escala. Las escaladas bélicas en años recientes y, particularmente, las planteadas desde 2022 en Ucrania-Rusia, Palestina (y la región circundante. incluyendo a Israel, Líbano, Yemen, Iraq e incluso Afganistán y Pakistán), Venezuela e Irán, además de los países sancionados unilateralmente, conforman distintas batallas que están relacionadas. Ese uso de la fuerza busca impedir el declive hegemónico estadounidense y occidental en el mundo, que se siente desafiado por la irrupción de China, Rusia y sus alianzas. En esta transición hegemónica global y conflictiva (una verdadera crisis sistémica), se intenta frenar el declive estadounidense (con una deuda de 38 billones de dólares) mediante un incremento del uso de su complejo militar-industrial. Eso no significa que vayamos a ver un final abrupto, sino que el rol estadounidense está puesto en cuestión por el ascenso o la recuperación de otras potencias en los planos militar, económico, científico-tecnológico y de distribución del poder mundial. La situación interna de Estados Unidos está marcada por tensiones internas y crisis económicas. Una válvula de escape de su política hacia el exterior es la guerra e intervención en la política de otros países. Mientras su actualidad económica se ha debilitado, su poder militar se sigue expandiendo y se utiliza para doblegar rivales y subordinar a los países alineados. Por eso, traslada las disputas a ese terreno, al uso de medios militares «directos» e «indirectos» para intentar neutralizar el desarrollo de China y sus aliados. Pese a argumentar que lo más importante era «America first» (Estados Unidos está primero), la estrategia de la política exterior estadounidense, si bien ha ido cambiando en la retórica, no refleja grandes cambios en los hechos. Por ejemplo, los defensores de esta política y del movimiento «Make America Great Again» (MAGA) proponían frenar en poco tiempo las guerras, pero los acontecimientos marcaron otro desenvolvimiento. El objetivo de complicar los lazos económicos de otros países con China y de distanciarla de Alemania y la Unión Europea aumentaron, a su vez, la carrera armamentística y la belicosidad. La otra gran tendencia coyuntural y estructural es el ascenso del poderío chino. Esto envuelve una disputa y una competencia con Estados Unidos en el terreno comercial, de los mercados, en lo tecnológico y en la influencia planetaria. Aunque siguen manteniendo intercambios en varias ramas, se registró una caída del 20 % en esos movimientos y. durante la última década, el gigante asiático alcanzó el 30 % de la producción industrial mundial, sobrepasando ya desde 2008 el 15 % de la de Estados Unidos (en 1995, Estados Unidos tenía más del 20 %, cuadruplicando el 5 % del país asiático). Hoy China es el mayor importador mundial de petróleo y alrededor de tres cuartas partes de su consumo dependen del exterior. Es, además, el principal comprador de crudo de Irán y uno de los mayores importadores del de Arabia Saudita, al tiempo que lidera inversiones para una transición energética orientadas a reducir el uso de combustibles fósiles. Esta doble condición explica su interés estratégico en asegurar rutas de suministro a través de puertos del Cuerno de África y de los principales estrechos marítimos, en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR). En ese esquema, China adquiere cerca del 19 % del petróleo que exporta Rusia, el 15 % del de Arabia Saudita y alrededor del 15 % del de Irán. En este último caso, esas compras representan más del 90 % de las exportaciones iraníes de crudo, que se comercializa con descuentos para sortear las sanciones internacionales. En este contexto, se observa un realineamiento de las alianzas regionales en torno a la gravitación económica y política de China. Resulta clave considerar no solo las vastas reservas de hidrocarburos de países como Arabia Saudita, Irán y Emiratos Árabes Unidos—ubicadas en el estratégico Estrecho de Ormuz—, sino también la incorporación de los dos últimos al BRICS+ a partir de 2024 (con la invitación simultánea para Arabia, en proceso de integración). La ampliación de este bloque refuerza la articulación entre potencias energéticas y los nodos logísticos clave, como sucede con Egipto (el país más poblado de la región, que también ingresó al BRICS+ en 2024), que controla el Canal de Suez, y con Etiopía, situada en el Cuerno de África, próxima al estrecho de Bab el-Mandeb, por donde circula una parte sustancial del comercio mundial de hidrocarburos. ¿Qué se dirime en esta guerra? ¿Cuáles son las cuestiones principales que se dirimen en esta guerra? Una es la del petróleo y el gas, incluyendo su extracción, transporte y control, con toda una disputa para intervenir en los planes de aquellos gobiernos que difieren de lo pretendido por Estados Unidos y tienen un acercamiento a China y a Rusia. Por eso hoy, luego del fracaso de la guerra arancelaria y económica, Estados Unidos apuesta por intervenciones militares directas en las potencias petroleras. Sin embargo, por ahora, esta política impulsó una suba del precio del petróleo que afecta la economía mundial y refuerza la crisis sistémica actual. El segundo factor sustancial es el alineamiento del dólar al petróleo (con los petrodólares) y el intento de evitar los intercambios en otras monedas. Defender al dólar implica combatir la creciente deuda estadounidense y financiar la hipertrofia militar. Además, sirve para escalar el antagonismo de la estructura imperial liderada por Estados Unidos frente a China, Rusia, Irán, Venezuela, Cuba y otros aliados. En esas dos aristas, el Golfo Pérsico es uno de los ejes centrales del sistema energético mundial. Y el Estrecho de Ormuz representa un punto estratégico para el comercio mundial de petróleo y gas natural licuado (así como de fertilizantes, con Irán como uno de los principales exportadores de urea del Golfo). En la región circundante, Estados Unidos utilizó la fuerza para atomizar diferentes países (Iraq, Afganistán, Libia), acordando con los países del Consejo de Cooperación del Golfo o CCG (como Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes). Irán, por su parte, encabezó el eje Teherán-Bagdad-Damasco-Beirut, con Palestina como importante punto de conexión entre sus integrantes. El tercer aspecto pasa por el control de los mercados y las arterias de conexión, intentando desestabilizar las dos grandes vías o rutas comerciales estratégicas que convergen en Irán. Se trata de la IFR (o «Nueva Ruta de la Seda») y del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, desde Rusia, Irán y la India (una red multimodal de 7.200 km que conecta India, Irán, Azerbaiyán, Rusia y Asia Central). Ambas reducen tiempos y costos de envío en un 30-40 % con respecto al Canal de Suez u otros caminos y constituyen una alternativa para evitar las sanciones o la tensión con Europa. En contrapartida, en septiembre de 2023 se planteó como alternativa la instauración del Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC, impulsado por India, Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Francia, Alemania e Italia), un intento de opción respecto de los otros corredores, que busca fortalecer a la India en su competencia con la manufactura china y posicionar a Israel. Irán es un nodo fundamental de la integración euroasiática, con sus corredores energéticos y de transporte este/oeste en la IFR y en el Corredor Norte/Sur. Además, firmó un tratado de 25 años con China por 400 mil millones de dólares de infraestructura a cambio de energía. El histórico interés por dominar a Irán proviene de su localización, de su importancia como una de las hegemonías regionales (también en el terreno de la influencia cultural) y de sus reservas energéticas, ya que no sólo cuenta con una de las mayores reservas petrolíferas mundiales (solo superada por Venezuela y Arabia Saudita) sino también con la segunda reserva de gas global, después de Rusia. Pero no se trata sólo del intento de control de Irán sino de toda la región, ya que casi el 80 % de las reservas de gas mundiales probadas de hidrocarburos se encuentran en apenas diez países, ubicados principalmente en Asia Occidental y Rusia. El cuarto punto sería la pretensión de afianzar una hegemonía regional israelí y la idea del Gran Israel, con un país fortalecido y ampliado, pero subordinado a Estados Unidos. Los cuatro factores están interrelacionados y se encuentran en una lógica que lleva décadas. Pero varias diferencias saltan a la vista en la coyuntura actual respecto del momento de la invasión a Iraq de 2003, en el marco de un mundo unipolar. Hoy EE. UU. tiene una mayor oposición y una menor fortaleza y, pese a su inmenso presupuesto militar, podría empantanarse gravemente en su iniciativa bélica en la región. Israel, por su parte, luego de avanzar con los acuerdos de Abraham, de estar cerca de una normalización con Arabia Saudita, de haber cometido el genocidio en Gaza, de encabezar el frente de guerra contra Hezbollá en el Líbano, de motorizar el cambio de régimen en Siria y de llevar adelante los ataques contra los hutíes en Yemen, hoy busca derribar a su principal rival regional. El «capitalismo fósil» La región del centro de Afroeurasia se ha visto envuelta en guerras durante todo el siglo XX y lo que va del XXI. Es la zona más intervenida militarmente en el último siglo y medio. Y no se trata solo de una disputa por los territorios y sus recursos sino también, como dijimos, de contrarrestar la expansión de potencias competidoras de Estados Unidos, con la particularidad de que en los últimos treinta y cinco años se han elevado los números de muertos, heridos, desplazados y refugiados en cada una de las intervenciones regionales. Por eso, el genocidio en Gaza se inscribe en ese marco, como evidencia de un síndrome del final de la posguerra fría y de la extensión espacial del complejo militar industrial (en concatenación con el conflicto Ucrania-Rusia-OTAN). Desde 2001, las invasiones de Estados Unidos y la OTAN (con la connivencia de más actores regionales y mundiales), causaron la muerte de 4,5 millones de personas e indujeron el desplazamiento de 38 millones de individuos, afectando a más de 100 millones de habitantes. La lógica y estrategia estadounidense de comportamiento hacia los países con las mayores reservas mundiales de hidrocarburos se caracteriza por la alianza con Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Kuwait, y por las invasiones a Iraq (1991 y 2003), Libia (2011), Venezuela e Irán (2026), así como por las sanciones y la guerra por delegación contra Rusia (desde 2015). En un historial estadunidense atravesado por una extensa serie de intervenciones militares y colaboraciones en golpes de Estado, este año se cumplen 250 años de su independencia, de los cuales solo en dieciséis no estuvo en guerras. China, en cambio, en tiempos recientes le compró petróleo a aquellos países sancionados y selló tratados con varios de esos países sin usar la faceta bélica. Algunos de estos países, además de incorporarse al BRICS+, se sumaron a la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), como es el caso de Irán y, como socios de diálogo, de Arabia Saudita y Qatar. Ese contraste entre las políticas de las superpotencias hacia la región de Asia Occidental y Norte de África, se ve modificado por el rol de apéndice regional que cumple Israel. Y ahí es donde Gaza y la cuestión palestina adquieren un lugar preponderante por su ubicación, por ser un ejemplo de resistencia y por constituir la primera dificultad a las pretensiones hegemónicas regionales israelíes (que están totalmente incorporadas a la estrategia estadounidense). Pese a que hoy los ojos del mundo están puestos en el Golfo Pérsico y en todos los países que lo rodean, con énfasis en Irán, Israel continúa presionando a la Franja de Gaza y sostiene sus intenciones de anexar Cisjordania. Es importante entender la lógica de cómo se conecta lo que sucede en Gaza (también en Líbano, Irán y el Golfo) con el «capitalismo fósil», el interés por el petróleo y el gas, las rutas geoestratégicas que atraviesan la región para conectar Eurasia y África. Esto está relacionado con una lógica de confrontación geopolítica entre el BRICS+ y el G7/OTAN, en una disputa que todavía se mantiene fuera del ámbito pleno militar. La lucha por la liberación de Palestina constituye un enfrentamiento al imperialismo liderado por Estados Unidos y al capitalismo fósil global. Los dos pilares de la hegemonía estadounidense en la región son Israel y las monarquías del Golfo Pérsico, ricas en combustibles fósiles. Palestina forma parte de un frente global contra el colonialismo y el imperialismo, por lo que el derrocamiento de los regímenes árabes conservadores de la región también resulta esencial para el triunfo de su lucha. Una guerra asimétrica La guerra contra Irán constituye una confrontación asimétrica, donde dos potencias militares y nucleares comenzaron un bombardeo sobre una potencia regional. Una serie de factores entrelazados sirven para comprender el contexto en el cual Estados Unidos e Israel precipitaron el ataque sobre Irán, recordando que, como planteamos al inicio, esta guerra regional es parte de la apuesta bélica estadounidense para frenar su relativo declive económico y hegemónico. El ataque también forma parte de la Guerra Global Híbrida, que combina métodos militares convencionales con tácticas no convencionales —guerra económica y política, ciberataques, desinformación— para desestabilizar adversarios, que se lleva adelante en varios ejes de conflictos abiertos simultáneos. La estrategia estadounidense pasa hoy por atacar a Irán, como el eslabón que considera más débil del triángulo geoestratégico que conforma con China y Rusia, mientras le deja a Europa la tarea de desgastar a Rusia y espera el momento para ir por China. En ese marco, Estados Unidos intenta asestarle golpes a los aliados de la asociación estratégica sino-rusa, como es el caso de Venezuela y Cuba, además del país persa. En la práctica se corroboran, además, dos hilos conductores en la nueva estrategia estadounidense: el control de los puntos de reservas energéticas y de las rutas comerciales estratégicas. Estos objetivos explican las amenazas de ocupación de Groenlandia (por las nuevas rutas del Ártico) y del Canal de Panamá (junto con el dominio del Caribe). En esta guerra asimétrica, los gastos son exponenciales para Estados Unidos porque la respuesta iraní es mucho menos costosa, por el uso de misiles balísticos y drones de tecnología más barata. La estrategia iraní, con la colaboración de un sistema de radares e inteligencia chinos, pasa por golpear a Israel y atacar a objetivos como las bases militares estadounidenses y a sus empresas o bancos en los países de la región, buscando atenuar y redefinir el control de Estados Unidos sobre el petróleo del Golfo Pérsico. La clave de la estrategia reside en que Irán limite el tránsito por el Estrecho de Ormuz solo a los petroleros cuya carga se haya liquidado en yuanes, lo que genera un debilitamiento en la dolarización del comercio energético mundial. Recordemos que el reciclaje de petrodólares constituye la base de la financiación y la militarización del comercio petrolero mundial estadounidense. Entonces, los objetivos iraníes apuntan a erradicar la amenaza de incursiones militares, a frenar sanciones, a recuperar sus activos congelados y a terminar con la ocupación israelí de los territorios palestinos. En eso podría modificar el equilibrio geopolítico en el Golfo Pérsico, dificultando el control estadounidense de puntos estratégicos navales y de los corredores marítimos de la zona (prueba de ello es la retirada de tropas europeas de la OTAN de Iraq). Por eso, esta es una guerra regional que toma carácter mundial por el impacto económico que genera el cierre del Estrecho de Ormuz y el golpe a la provisión de petróleo y gas al resto del mundo (sobre todo a Europa, Japón, Corea del Sur y la India). A esta crisis se suma el temor a que los hutíes dificulten el paso por el Estrecho de Bab el Mandeb hacia el Canal de Suez, lo que también encarece y prolonga los transportes marítim os al obligar a una circunvalación de África. Algunos puntos clave a modo de conclusión En esta guerra crucial, los aspectos más relevantes desde el punto de vista geopolítico son: -Se trata de una continuación de la alianza estadounidense-israelí para, al menos desde la disolución soviética, impulsar un «caos controlado» en la región. -El entrelazamiento político militar de Estados Unidos e Israel para esta guerra, hasta el momento no está siendo acompañado, como se esperaba, por la OTAN. -Es clave el intento estadounidense de desestabilizar las rutas de aprovisionamiento chinas, los corredores económicos, la multipolaridad y el tablero euroasiático («geopolítica del caos»), además de debilitar el BRICS+ y las relaciones entre Irán, Rusia y China. -Estos planes se están complicando por el contraataque de Irán (con apoyo chino a través del yuan y de ayuda en cuanto a inteligencia), lo que debilita la influencia estadounidense e israelí en el Golfo Pérsico, generando, de manera calculada, inmensas repercusiones financieras, económicas y de influencia. -La desdolarización y la cuestión de los petrodólares (más la desdolarización incipiente o el desarrollo posible del petroyuan) aparece como un claro eje de disputa, un tema central ante la posibilidad de una crisis económica mundial. Martín Martinelli es historiador y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Luján, donde se desempeña como docente. Autor de Palestina (e Israel): entre intifadas, revoluciones y resistencias y de Geopolítica del genocidio en Gaza. Fuente: https://jacobinlat.com/2026/04/que-esta-en-juego-en-la-guerra-contra-iran/

viernes, 3 de abril de 2026

destitución del jefe del Estado Mayor causa descontento en el Ejército de EEUU

- Sputnik Mundo, La destitución del jefe del Estado Mayor causa descontento en el Ejército de EEUU, según medios El secretario de Guerra de EEUU, Pete Hegseth, destituyó el 2 de abril al general Randy George, lo que refleja una creciente tensión entre el titular del ente castrense y los altos mandos del Ejército, según los medios. Esto, acorde a los reportes, corresponde a los antiguos resentimientos de Hegseth hacia el Ejército, disputas de personal y su tensa relación con el secretario del Ejército, Daniel Driscoll. Además, Hegseth se ha enfrentado en los últimos meses con George y Driscoll por bloquear el ascenso de cuatro oficiales a generales de una estrella. Durante varios meses el Secretario de Guerra presionaba a los generales para que bloquearan el ascenso de estos oficiales, pero ellos rununciaron a hacerlo citando "un largo historial de servicio ejemplar" por parte de los candidatos. "Los altos mandos del Ejército reaccionaron con ira y frustración ante la noticia de la destitución del general George, calificándola como el último golpe a un cuerpo que ya se siente bajo el asedio de Hegseth", afirmaron los informes. Se agregó que el general George, que fue nombrado para el cargo en 2023, sacó al Ejército de una de las peores crisis de reclutamiento de su historia en 2024. El general Christopher LaNeve figura como principal candidato para sustituir a George, según los medios. Fue su adjunto y también asistente de Hegseth en el pasado. Además, Hegseth destituyó a otros dos generales: David Hodne, que dirigía el Mando de Preparación y Transformación del Ejército, y al capellán general del Ejército de Tierra, William Green Jr. Un intermediario de Hegseth habría intentado adquirir un fondo de defensa antes del ataque contra Irán, según medios Previamente, trascendió que el Pentágono tiene previsto reorganizar el sistema de mando de las FFAA, rebajando el rango de varios cuarteles generales regionales y reduciendo el número de altos mandos. Desde que asumió el cargo en enero de 2025, Hegset ordenó la destitución de varios generales, entre ellos el ex presidente del comité de jefes de Estado Mayor de las FFAA de EEUU, Charles Brown. En abril de 2025, el exportavoz del Pentágono, John Elliott, afirmó que en el departamento de Guerra "reina el caos total", provocado, entre otras cosas, por los despidos.

jueves, 2 de abril de 2026

Abrirá una vía para la liberación de Palestina la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán?

¿Abrirá una vía para la liberación de Palestina la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán? Por Ramzy Baroud | 03/04/2026 | Mundo Fuentes: Rebelión [Foto de Brahim Guedich, Creative Commons 4.0] Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos Algunas personas están expresando su frustración por el hecho de que entre las condiciones de Irán para poner fin a la guerra no se haya mencionado explícita y e indudablemente la exigencia de poner fin a la ocupación israelí de Palestina y de desmantelar el régimen de apartheid. Entre las condiciones difundidas en medios iraníes y afines (aunque no han sido confirmadas formalmente por Irán) está la propuesta de que cualquier resolución debe incluir acabar con todas la guerras de Israel en todos los frentes: Gaza, Líbano, Siria y otros lugares. Sin embargo, estas condiciones no priorizaban específicamente la libertad de Palestina como condición previa para poner fin a la guerra. Esta frustración no es inoportuna ni marginal. La cuestión de Palestina no es una cuestión más para muchas personas, sino que es el eje fundamental del conflicto en sí. No obstante, precisamente por eso no se debe abordar de forma aislada. Abordar la guerra actual unicamente por medio de lo que se ha afirmado o no se ha afirmado explícitamente corre peligro de reducir a una sola dimensión un conflicto que es profundamente complejo, cuando de hecho y en última instancia la cuestión de Palestina se está conformando, disputando y resolviéndose potencialmente a través a esta lucha más amplia e interrelacionada. Varías líneas de análisis recogen elementos de esta realidad, pero pocas la sustentan. Algunas se centran de forma limitada en la política interna israelí y afirman que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu está prolongando la guerra para mantener su coalición, atrasar su comparecencia ante la justicia y evitar las consecuencias legales que podrían acabar con su carrera política. Otras hacen una lectura estratégica más amplia y sitúan la guerra dentro de la búsqueda que desde hace tiempo lleva a cabo Israel de lograr el control regional por medio de la neutralización de sus adversarios, ampliar la normalización [de relaciones de Israel con otros países] y la consolidación de su posición como potencia fundamental en la zona. Una tercera línea de análisis, más cercana a la corriente dominante, continúa operando dentro del marco declarado de Washington y Tel Aviv. Aunque incluya algún aspecto crítico, sigue aferrada a la retórica del programa nuclear de Irán, la «seguridad » de Israel y la maquinaria habitual de justificación. No es un marco neutral. Elude sistemáticamente la responsabilidad que tiene Israel en esta guerra, de la misma manera que se ha negado sistemáticamente a afrontar el genocidio en Gaza. Incluso sus críticas al presidente estadounidense Donald Trump siguen siendo de procedimiento, centradas en los poco claros objetivos de la Casa Blanca, la escasa coordinación y los mensajes contradictorios, en vez de centrarse en la lógica política y moral que ha llevado a esta guerra. El recorrido histórico más amplio desaparece entre unas explicaciones que son meramente internas y el cada vez más vacío discurso de los medios dominantes. La verdad radica en otra parte. Asia Occidental no ha entrado en crisis repentinamente. Ha sido conformado deliberadamente para ser inestable. A lo que estamos asistiendo no es a una ruptura abrupta, sino a la aceleración de un proceso histórico de larga data que ahora está llegando a una fase decisiva. El Acuerdo Sykes-Picot de 1916 en Gran Bretaña y Francia no dividió simplemente el territorio, sino que urdió su fragmentación. Se impusieron unas fronteras arbitrarias que tenían muy poco en cuenta la realidad histórica, cultural o social, lo que garantizaba que la zona iba a estar fracturada políticamente y a ser manejable desde el exterior. Este marco colonial se reforzó posteriormente gracias a los acuerdos alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial que transfirieron a Estados Unidos el control efectivo de la zona. En 1945 se produjo un hecho fundamental cuando el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt se reunió con el rey saudí Abdulaziz a bordo del buque estadounidense Quincy para acordar una formula estratégica: Estados Unidos garantizaba la seguridad a cambio de un acceso estable a los recursos petroleros. Este acuerdo evolucionó, sobre todo en la década de 1970, al sistema del petrodólar, según el cual las transacciones del petróleo mundial se debían hacer en dólares estadounidenses, lo que tuvo unas consecuencias estructurales. Se garantizaba la demanda mundial de dólares y la fortaleza de la economía estadounidense quedó vinculada directamente a su influencia sobre los flujos energéticos de Asia Occidental. En adelante el dominio de Estados Unidos en la zona no fue meramente estratégico, sino que fue la base del orden económico global. ¿Cuando empezaron a cambiar las cosas? Una respuesta común es la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos en 2003. Esta guerra pretendía consolidar el control de Estados Unidos, sin embargo desestabilizó la zona de forma profunda y duradera, sacó a la luz los límites de la intervención militar directa y aceleró unas fuerzas que el propio Washington no pudo controlar totalmente. Hacia 2011 Estados Unidos empezó a hacer nuevos cálculos. El «giro hacia Asia» del gobierno Obama reflejaba una reorientación estratégica hacia China, mientras que Washington adoptaba en Asia Occidental un modelo de implicación más indirecto, que a menudo se calificaba de «dirigir desde atrás». Este planteamiento fue evidente en Libia en 2011, donde las fuerzas de la OTAN, bajo la coordinación estadounidense, intervinieron militarmente sin que hubiera sobre el terreno una presencia estadounidense a gran escala. El resultado de ello no fue la estabilidad, sin el colapso del Estado [libio]. En Siria, Iraq, Yemen y otros lugares Estados Unidos delegó cada vez más, recurrió a alianzas regionales y a formas híbridas de guerra. Pretendía mantener su influencia y reducir al mismo tiempo el coste político y financiero de la ocupación directa. Isrel asumió un papel más importante en este nuevo marco. Ya no era un simple aliado, sino un pilar que se situaba como garante regional de la seguridad dentro del orden encabezado por Estados Unidos. Se incorporó a este acuerdo a los Estados árabes, sobre todo a los del Golfo, como socios económicos, y la normalización de sus relaciones con Israel se consideró pragmática e inevitable. Los Acuerdos de Abraham firmados en 2020 formalizaron este giro. No fueron unos acuerdos meramente diplomáticos, sino parte de un proyecto más amplio para reorganizar Asia Occidental de acuerdo con las prioridades estratégicas de Estados Unidos e Israel. Aunque los Acuerdos de Abraham se consideraron, con toda razón, una traición a Palestina, también estaban destinados a eludir totalmente la cuestión palestina. Jared Kushner expresó explícitamente esta lógica al afirmar que la cooperación regional y la integración económica podían avanzar con independencia de resolver la cuestión de los derechos del pueblo palestino. El propio discurso empezó a cambiar en consonancia con ello. Israel adoptó y difundió el lenguaje de un «nuevo Oriente Medio» que promueve una idea en la que tiene una posición fundamental e indiscutible. Esta idea quedó perfectamente clara en septiembre de 2023, cuando Netanyahu pronunció un discurso en la ONU y presentó un mapa de la zona que excluía totalmente a Palestina, una declaración tan política como visual. Con todo, ni siquiera el genocidio que estaba teniendo lugar en Gaza alteró de forma significativa esta trayectoria. A pesar de las condenas retóricas, varios gobierno árabes siguieron priorizando el preservar este orden que estaba emergiendo e invertir capital político en su supervivencia al tiempo que ofrecían poco apoyo significativo al pueblo palestino. No es una postura fortuita. Muchos Estados del Golfo no fueron fruto de movimientos de liberación anticoloniales, sino de acuerdos coloniales. Al haber sigo antiguos Protectorados británicos, su sistema político y el de seguridad mantiene una fuerte relación con el poder occidental. El limitado tamaño de sus poblaciones, la profundidad de su territorio y su autonomía estratégica hacen que dependan de garantías externas para su supervivencia. Puesto que China sigue siendo cautelosa a la hora de proyectar su poderío militar y, al menos por el momento, no desea sustituir a Estados Unidos como patrocinador de la seguridad, estos Estados siguen dependiendo de la validación política, la protección militar y la infraestructura tecnológica occidentales. Desde su punto de vista, el colapso del orden existente no es una liberación, sino un peligro. Esto ayuda a explicar la ausencia de cualquier cambio serio en su postura respecto a Israel, ni siquiera cuando los dirigentes israelíes expresan abiertamente sus ambiciones expansionistas. El propio Netanyahu ha enmarcado repetidamente el papel de Israel en unos términos de sugieren un proyecto regional más amplio, esto es, el «Gran Israel»; un proyecto que va más allá de la asociación para convertirse en una relación de dominio. Aunque estas declaraciones provocan cierta alarma a algunos regímenes árabes, no han alterado de forma fundamental sus cálculos. Hace tiempo que comprendieron la naturaleza del poder israelí, aunque siguen funcionando dentro de un sistema que recompensa el alineamiento con actores más fuertes, no la resistencia a ellos. Teniendo en cuenta todo esto, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no se puede entender como una serie de decisiones aisladas o de cálculos cortoplacistas, sino que es el resultado de una trayectoria histórica de varias etapas y acumulativa. Es cierto, Netanyahu trata de sobrevivir políticamente; es cierto, la política estadounidense sigue estando profundamente determinada por la influencia pro-Israel, pero reducir esta guerra únicamente a esos factores es ignorar su función estructural: el intento de imponer un nuevo orden regional. Precisamente en este contexto más amplio es donde hay que entender la resistencia palestina en Gaza. Nunca pretendió derrotar a Israel en términos militares convencionales, sino que su objetivo era ampliar el ámbito del conflicto, obstaculizar la capacidad de Israel para reconfigurar la zona unilateralemente y hacer frente a lo que se podría considerar un incipiente «Sykes-Picot II», esta vez centrado en el dominio israelí. Israel es plenamente consciente de esta dinámica y de ahí que califique constantemente la guerra de existencial y la equipare a su momento fundacional en 1948: la Nakba y la limpieza étnica de Palestina Sin embargo, la poderosa respuesta de Irán, el papel constante que desempeña Hezbollah, la implicación de Ansarallah y una mayor consolidación del Eje de la Resistencia sugieren que es posible que Israel no pueda lograr ninguno de sus objetivos estratégicos. Y ahí es donde fallan la mayoría de los análisis preponderantes. Para el Eje de la Resistencia la victoria no requiere un triunfo militar decisivo, requiere aguante; en este contexto no perder es en sí mismo una victoria estratégica. De suceder eso, no se limitaría a interrumpir la trayectoria actual, podría empezar a revertirla. Se vería profundamente alterado el arco estratégico que siguió a la guerra de Iraq, reforzado por el «giro hacia Asia», el fracaso de los levantamientos árabes y el proceso de normalización [de relaciones con Israel]. Se debilitaría el papel de Israel como garante de la “seguridad”, lo que llevaría a los regímenes árabes a replantear sus alineamientos y posiblemente a explorar nuevas formas de coexistencia regional, no con Israel, sino con Irán. Y en ese momento a Estados Unidos le quedarían pocas opciones: o bien profundizar su implicación en una región de la que ha estado intentando desvincularse, o bien aceptar un panorama geopolítico modificado en el que Irán y sus aliados ya no son actores periféricos, sino fuerzas consolidadas e ineludibles a la hora de configurar el futuro de la zona. Aunque únicamente esto no liberará a Palestina ni desmantelará el apartheid, podría, no obstante, abrir nuevos espacios políticos, geopolíticos y legales para que opere el pueblo palestino, unos espacios que el cambio de los equilibrios regionales y la desaparición de viejos obstáculos hacen posibles. Si fracasa la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las implicaciones irán mucho más allá del campo de batalla. Se empezará a desmoronar no solo el equilibrio de poder existente, sino también el propio lenguaje y los presupuestos que han gobernado la zona durante décadas. En ese contexto es probable que potencias globales como China y Rusia se posicionen más firmemente como socios económicos y estratégicos alternativos, y traten de sacar provecho de un panorama regional cambiante. Al mismo tiempo, algunos países europeos, que ya han empezado a expresar su desacuerdo con la política estadounidense, pueden empezar a negociar nuevos acuerdos, sobre todo teniendo en cuenta la importancia estratégica del Estrecho de Ormuz y su relación directa con los flujos mundiales de energía. Puede que países de todo el Sur Global aprendan de este momento y exploren formas de cooperación regional en contra de los marcos coloniales heredados y de las viejas jerarquías de poder. El conjunto de todos estos cambios no resuelve la «cuestión palestina», pero sí abre posibilidades, que amplían el terreno en el que el pueblo palestino y sus aliados, incluido el movimiento global de solidaridad, pueden actuar, organizarse y ejercer presión. Se vislumbran ya los contornos de un cambio político: disminuye el apoyo a Israel entre la población estadounidense común y la solidaridad global con Palestina llega a unos niveles sin precedentes, incluso entre las sociedades occidentales. El reto es no limitarse a reconocer que se está produciendo un cambio, sino comprender lo profundo que es y hacia dónde se dirige, para no constreñirnos a lecturas parciales de la guerra contra Irán. Este cambio se debe entender como parte de una lucha más amplia sobre el futuro de la zona, en la que Palestina sigue siendo fundamental. Ramzy Baroud es periodista, director y colaborador de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, el próximo de los cuales está Before the Flood, que publicará Seven Stories Press. Otros de sus libros son Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y The Last Earth. También es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su página web es www.ramzybaroud.net. Texto original: https://www.counterpunch.org/2026/03/30/will-the-us-israeli-war-on-iran-open-the-road-to-palestinian-freedom/ Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

Lo que ha conseguido Irán es mostrar que 'el rey estaba desnudo'"

Sputnik Mundo, Ajedrez de geopolítica, Conduce Javier Benítez. Conflicto en Medio Oriente: "Lo que ha conseguido Irán es mostrar que 'el rey estaba desnudo'" Irán ya ha ganado el conflicto contra EEUU e Israel. Así lo expresó recientemente el portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Esmail Baghaei, quien argumentó su afirmación con hechos que han ocurrido a lo largo del tiempo desde el año 1979, en que el país norteamericano se opuso a la revolución del país persa. El tiempo pone las cosas en su lugar "Creo que ya hemos ganado esta guerra brutal porque, literalmente hablando, (...) EEUU ha estado en guerra con Irán desde 1979, cuando se opusieron a la revolución iraní. Durante los últimos 47 años, lo han intentado todo: asesinatos, sanciones paralizantes, como ellos las llaman. Y, como saben, durante los últimos meses de la guerra Irán-Irak, también intervinieron militarmente. Así que esta es otra fase de su animosidad hacia los iraníes. Y se basa principalmente en un error de cálculo", enfatizó Baghaei. En este escenario, el alto funcionario persa aseveró que la actual agresión injustificada de EEUU e Israel contra su país, en realidad, "se trata de una guerra de Israel", que arrastró al conflicto al país norteamericano. "Lo cierto es que durante los últimos 27 o 28 días hemos demostrado resiliencia. Nos hemos defendido de dos regímenes con armas nucleares, tecnológicamente superiores y muy sofisticadas, pero hemos aprendido a vivir, sobrevivir y prosperar en estas situaciones críticas", destacó el ministro de Exteriores de Irán. Entonces, Baghaei denunció una conducta sistémica de EEUU, y es el hecho de que atacó a Irán dos veces en medio de las negociaciones. "Nos atacaron el 13 de junio [de 2025], cuando teníamos previsto reunirnos el 15 de junio. Durante doce días tuvimos que defendernos. Tras unos meses, propusieron volver a hablar. Entablamos negociaciones, pero el 28 de febrero [de 2026] repitieron la misma táctica: lanzaron su agresión justo cuando teníamos previsto reunirnos el lunes [2 de marzo] en Viena", fustigó. En opinión del analista internacional Marcelo Ramírez, la exposición de Baghaei es adecuada. "Creo que tiene razón. Cuando él lo presenta, como él lo explica así, se ve con una claridad cristalina cómo han sido los ataques. Es una cosa que ya escapa a la política clásica. Si bien los países entran en guerras, si bien los países a veces pueden dar golpes por sorpresa, esta cuestión de preparar una negociación, y atacar durante la misma, y luego volver a repetirlo para tratar de descabezar al Gobierno, demuestra la verdadera naturaleza de Occidente, de Israel y de EEUU", reflexiona el experto. Ramírez señala que EEUU "ha sido arrastrado a un conflicto, que creo que es el principio del fin de una hegemonía que a nosotros nos parece eterna; nos parece 'normal' hablar de un EEUU predominante". "Pero, en definitiva, en términos históricos, no es nada más que una nación más, que va a pasar y que la historia seguirá sucediéndose hacia el futuro con más cambios. No hay nada que sea eterno. Lo que ha conseguido Irán es básicamente mostrar de alguna manera que ‘el rey estaba desnudo', concluye el analista.

miércoles, 1 de abril de 2026

Irán, ¿un nuevo Vietnam para Estados Unidos?

Recomiendo: Irán, ¿un nuevo Vietnam para Estados Unidos? Por Carlos Fazio | 01/04/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo Fuentes: La Jornada Al cumplirse un mes del artero e ilegal ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, resulta difícil entender qué está ocurriendo sobre el terreno y qué decisiones toman las partes en la realidad. El conflicto se dirime en dos planos, el de las narrativas y el de los hechos. La guerra está ligada a los discursos de uno y otro bando: los ultimátums maximalistas de Donald Trump con énfasis en la “rendición incondicional” son respondidos por la dirección iraní con una nutrida matriz de represalias y exigencias que, de aplicarse, transformaría el círculo estratégico de la guerra, consciente de que enfrenta una amenaza existencial y está dispuesta a luchar hasta el final frente a dos potencias nucleares. Por eso, los ataques aéreos de saturación del bando agresor son respondidos con acciones simétricas de retaliación de la parte iraní. Esto no es simplemente la “niebla de la guerra” ni la propaganda gris o negra clásicas. Se trata de un estilo completamente nuevo de llevar a cabo operaciones militares, que en un alto porcentaje se libran y se ganan en el ámbito de las simulaciones virtuales. Por eso resulta muy difícil evaluar y considerar con seriedad el ultimátum postrero de Trump que vence el 6 de abril o las acciones reales de la república islámica. Por supuesto, hay que verificarlo todo y buscar las fuentes originales, pero, en última instancia, sólo la realidad da la respuesta. En ese intercambio de golpes virtuales se entremezclan imágenes de acontecimientos reales y separar unas de otras se vuelve casi imposible. Si bien parece claro que está en curso una nueva fase de un plan de Washington y Tel Aviv por destruir, desmembrar y dividir a Irán en pequeños estados étnicos sectarios y anárquicos (siguiendo el modelo sirio) y reconfigurar de raíz la economía mundial y la geopolítica, no se alcanza a comprender del todo las contradictorias tácticas de guerra híbrida de Trump; su diatriba en Truth Social se presenta y suena como una completa farsa. A su vez, aunque parece incontrovertible que Irán cuenta con una estrategia cuidadosamente elaborada que se está desarrollando en fases diferenciadas, tampoco resulta nítida la lógica de la Guardia Revolucionaria Islámica. Menos aún, las acciones de las monarquías petroleras vasallas del golfo Pérsico y del mundo islámico. Aunque sí es plausible señalar, que de ser simplemente una potencia proxy, un portaviones terrestre del Occidente colectivo en Medio Oriente que vivía de las subvenciones de Estados Unidos y Europa, Israel (al influjo de los megamillonarios del lobby judío israelí-estadunidense) se ha convertido en un centro de toma de decisiones que incide directamente sobre el jefe de la Casa Blanca y el Estado profundo (deep state). Según se infiere de los dichos del periodista Tucker Carlson y del dimitente ex director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent, ambos no hace mucho cercanos a Trump, Israel ya no es “la cola que mueve al perro”, sino el cerebro; con Benjamin Netanyahu y los sionistas a la vanguardia ideológica del conflicto y haciendo el “trabajo sucio” (Drecksarbeit), Friedrich “Blackrock” Merz dixit. Otra novedad del conflicto es que a diferencia de las guerras tradicionales, en las que los ejércitos dirigían su potencia de fuego hacia infraestructuras estratégicas del enemigo –bases militares, aeródromos, fábricas de armas– y en las que se podían rastrear las líneas de suministro y trazar planes de batalla con relativa certeza, en las dos últimas décadas, la lógica ha ido más allá de la zona de guerra física. La revolución digital ha construido una segunda capa de infraestructura estratégica tras las líneas del frente, transformando silenciosamente la proyección de fuerza y la manera en que se libran las guerras. La infraestructura digital ha pasado de la periferia de la guerra a su núcleo operativo. La recopilación de inteligencia, la logística del campo de batalla y la coordinación de mando y control en múltiples teatros dependen cada vez más de los sistemas en la nube de inteligencia artificial. Según la perspectiva estratégica de Irán, la columna vertebral tecnológica que sustenta las operaciones militares de Estados Unidos e Israel (Amazon, Microsoft, Google, Oracle, Nvidia, IBM, Palantir) no puede considerarse políticamente neutral; constituye una extensión del propio espacio de batalla, un dominio donde se cruzan los activos económicos, las plataformas empresariales y los objetivos de seguridad nacional. Pero más allá de la propia lógica del conflicto, cuanto más se prolonga, más frecuentes son las comparaciones con Vietnam: a pesar de su superioridad militar, Washington corre el riesgo de verse envuelto en una agotadora guerra de desgaste sin un desenlace claro. Vietnam demostró que, incluso al perder en el campo de batalla, se puede ganar estratégicamente. A los generales vietnamitas se les atribuye una fórmula que se ha convertido casi en un axioma de los conflictos asimétricos: perder las batallas, pero ganar la guerra. Dado el carácter existencial del conflicto, todo indica que Irán está actuando así. Le va en ello su supervivencia. Por eso, a pesar de los graves daños sufridos, Irán aumenta de manera constante el costo del enfrentamiento para Estados Unidos (e Israel), mediante la presión sobre los mercados globales y el bloqueo del estrecho de Ormuz (lo que con la entrada de los hutíes de Yemen al conflicto, podría replicarse en el estrecho de Bab el Mandeb, que une el mar Rojo con el golfo de Adén). La guerra trasciende el enfrentamiento con sus agresores y afecta los intereses de todo el mundo. Ante Trump se perfila un dilema al que ya se enfrentaron sus predecesores, desde Vietnam hasta Irak: llevar la escalada militar a un nuevo nivel o retroceder y asumir una derrota estratégica. Esa es la cuestión. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán

Recomiendo: Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán Por Jonathan Cook | 01/04/2026 | Mundo Fuentes: Voces del Mundo El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu debió de haber convencido a Donald Trump de que una guerra contra Irán se desarrollaría de forma muy similar al ataque mediante el buscapersonas en el Líbano de hace 18 meses. Los dos ejércitos decapitarían conjuntamente a la cúpula dirigente de Teherán, y esta se derrumbaría tal como lo había hecho Hizbolá —o eso parecía entonces— tras el asesinato por parte de Israel de Hasan Nasraláh, líder espiritual y estratega militar del grupo libanés. De ser así, Trump se creyó completamente esta estratagema. Asumió que sería el presidente de Estados Unidos encargado de “rehacer Oriente Medio”, una misión que sus predecesores habían rechazado desde el rotundo fracaso de George W. Bush cuando intentó alcanzar el mismo objetivo, junto con Israel, más de 20 años antes. Netanyahu dirigió la mirada de Trump hacia la supuesta “hazaña audaz” de Israel en el Líbano. El presidente estadounidense debería haber mirado hacia otro lado: al colosal fracaso moral y estratégico de Israel en Gaza. Allí, Israel se ha pasado más de dos años arrasando el pequeño enclave costero, sometiendo a la población al hambre y destruyendo toda la infraestructura civil, incluyendo escuelas y hospitales. Netanyahu declaró públicamente que Israel estaba “erradicando a Hamás”, el gobierno civil de Gaza y su movimiento de resistencia armada, que durante dos décadas se había negado a someterse a la ocupación y el bloqueo ilegales del territorio por parte de Israel. En realidad, como prácticamente todos los expertos en derecho y en derechos humanos concluyeron hace tiempo, lo que Israel estaba haciendo era cometer un genocidio y, al hacerlo, quebrantar las reglas de la guerra que habían regido el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero dos años y medio después de la destrucción de Gaza por parte de Israel, Hamás no sólo sigue en pie, sino que controla las ruinas. Si bien Israel puede haber reducido en un 60% el tamaño del campo de concentración donde se encuentra confinada la población de Gaza, Hamás está lejos de ser derrotado. Más bien, es Israel quien se ha retirado a una zona segura, desde donde está reanudando una guerra de desgaste contra los supervivientes de Gaza. Sorpresas por el horizonte Al considerar la posibilidad de lanzar una guerra ilegal contra Irán, Trump debería haber tenido en cuenta el rotundo fracaso de Israel para destruir a Hamás tras bombardear este pequeño territorio —del tamaño de la ciudad estadounidense de Detroit— desde el aire durante dos años. Ese fracaso fue aún más evidente dado que Washington había proporcionado a Israel un suministro ilimitado de municiones. Ni siquiera el envío de fuerzas terrestres israelíes logró sofocar la resistencia de Hamás. Estas eran las lecciones estratégicas que la administración Trump debería haber aprendido. Si Israel no pudo someter militarmente a Gaza, ¿por qué iba a pensar Washington que la tarea en Irán sería más fácil? Después de todo, Irán es 4.500 veces más grande que Gaza. Tiene una población y un ejército 40 veces mayores. Y posee un temible arsenal de misiles, no los cohetes caseros de Hamás. Pero, aún más importante, como Trump parece estar aprendiendo ahora a su costa, Irán —a diferencia de Hamás en la aislada Gaza— tiene palancas estratégicas que accionar con consecuencias de gran alcance. Teherán está igualando la escalada de Washington paso a paso: desde atacar la infraestructura militar estadounidense en los Estados vecinos del Golfo y la infraestructura civil crítica, como las redes eléctricas y las plantas desalinizadoras, hasta cerrar el estrecho de Ormuz, la vía por donde se transporta gran parte del petróleo y los suministros energéticos del mundo. Teherán sanciona ahora al mundo, privándolo del combustible necesario para el funcionamiento de la economía global, de forma muy similar a como Occidente sancionó a Irán durante décadas, privándolo de los elementos esenciales para sostener su economía interna. A diferencia de Hamás, que tuvo que luchar desde una red de túneles bajo las llanuras arenosas de Gaza, Irán cuenta con un terreno que le otorga una enorme ventaja militar. Los acantilados de granito y las estrechas calas a lo largo del estrecho de Ormuz ofrecen un sinfín de lugares protegidos desde donde lanzar ataques sorpresa. Las vastas cordilleras del interior brindan innumerables escondites: para el uranio enriquecido que Estados Unidos e Israel exigen que Irán les entregue, para los soldados, para plataformas de lanzamiento de drones y misiles y para fábricas de armamento. Estados Unidos e Israel están destruyendo la infraestructura militar visible de Irán, pero, tal como descubrió Israel al invadir Gaza, prácticamente desconocen lo que se esconde tras ella. Sin embargo, pueden estar seguros de una cosa: Irán, que lleva décadas preparándose para esta lucha, tiene muchas sorpresas reservadas si se atreven a invadir. Sin confianza en Trump El principal problema para Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, es que ya no controla los acontecimientos, más allá de una serie de declaraciones escuetas, alternando entre la agresión y la conciliación, que parecen haber enriquecido únicamente a su familia y amigos, mientras los mercados petroleros suben y bajan con cada una de sus palabras. Trump perdió el control de la contienda militar en el momento en que cayó en la trampa de Netanyahu. Puede que sea el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero ahora se ha visto envuelvo, de forma inesperada, en una situación muy delicada. Carece en gran medida de poder para poner fin a una guerra ilegal que él mismo inició. Ahora son otros quienes dictan los acontecimientos. Israel, su principal aliado en la guerra, e Irán, su enemigo oficial, tienen todas las cartas importantes en la mano. Trump, a pesar de su bravuconería, se deja arrastrar por su estela. Puede declarar la victoria, como ha dado a entender en repetidas ocasiones. Pero, una vez desatada la guerra, poco puede hacer para poner fin a los combates. A diferencia de Estados Unidos, Israel e Irán tienen interés en que la guerra continúe mientras puedan soportar el sufrimiento. Cada régimen cree —por diferentes razones— que la lucha entre ellos es existencial. Israel, con su visión del mundo de suma cero, teme que, si Irán igualara su poderío militar en Oriente Medio con su capacidad nuclear, Tel Aviv ya no contaría con la exclusiva influencia de Washington. Ya no podría sembrar el terror en la región a su antojo. Y tendría que llegar a un acuerdo con los palestinos, en lugar de su plan preferido de perpetrar genocidio y limpieza étnica. De igual modo, Irán ha llegado a la conclusión —basándose en la experiencia reciente— de que no se puede confiar en Estados Unidos, y especialmente en Trump, más que en Israel. En 2018, durante su primer mandato, el presidente estadounidense rompió el acuerdo nuclear firmado por su predecesor, Barack Obama. El verano pasado, Trump lanzó ataques contra Irán en medio de las negociaciones. Y, a finales del mes pasado, Trump desató esta guerra, justo cuando las conversaciones reanudadas estaban a punto de tener éxito, según los mediadores. Las palabras de Trump no valen nada. Podría llegar a un acuerdo mañana, pero ¿cómo podría Teherán estar seguro de no sufrir otra ronda de ataques seis meses después? Irán se fija en el destino de Gaza durante las últimas dos décadas. Israel comenzó bloqueando el territorio y sometiendo a la población a una dieta que se intensificaba si se negaban a quedarse quietos en su campo de concentración. Luego, Israel comenzó a “segar el césped” cada pocos años, es decir, a bombardear el enclave con ataques aéreos. Y terminó perpetrando un genocidio. Los líderes iraníes no están dispuestos a arriesgarse a seguir ese camino. En cambio, creen que deben darle a Estados Unidos una lección que no olvidará fácilmente. Irán busca causar tal devastación en la economía global y en los Estados aliados de Estados Unidos en el Golfo, que Washington no se atreva a plantearse una segunda ronda. Esta semana, el New York Times informó que los ataques iraníes habían dejado muchas de las 13 bases militares estadounidenses en la región prácticamente inhabitables. Los 40.000 soldados estadounidenses en el Golfo han tenido que ser reubicados en hoteles y oficinas, incluyendo miles que han sido dispersados incluso en lugares lejanos de Europa. Avivando las llamas Como se hace más evidente cada día, los intereses de Estados Unidos e Israel con respecto a Irán son ahora opuestos. Trump necesita restablecer la calma en los mercados cuanto antes para evitar una depresión global y, con ella, el colapso de su apoyo interno. Debe encontrar la manera de restablecer la estabilidad. Dado que los ataques aéreos no han logrado desalojar ni a los ayatolás ni a la Guardia Revolucionaria, sólo le quedan dos opciones: ceder y entablar negociaciones humillantes con Irán, o intentar derrocar al régimen mediante una invasión terrestre e imponer un líder de su elección. Pero dado que Irán aún no ha terminado de causar daño a Estados Unidos y no tiene motivo alguno para confiar en la buena fe de Trump, Washington se ve inexorablemente empujado hacia la segunda opción. Israel, por su parte, se opone rotundamente a la primera opción, las negociaciones, que lo llevarían de vuelta al punto de partida. Y sospecha que la segunda opción es inviable. La principal lección de Gaza es que el vasto territorio iraní probablemente convierta a las tropas invasoras en blancos fáciles para un ataque de un enemigo invisible. Y existe el suficiente apoyo al liderazgo iraní —aunque los occidentales nunca se quieran enterar de ello— como para que Israel y Estados Unidos impongan a la población al pretendiente al trono, Reza Pahlavi, quien ha estado celebrando desde la distancia el bombardeo de su propio pueblo. Israel inició esta guerra con una agenda completamente distinta. Busca el caos en Irán, no la estabilidad. Eso es lo que ha intentado generar en Gaza y el Líbano, y todo indica que busca el mismo resultado en Irán. Esto es algo que debería haberse comprendido hace mucho tiempo en Washington. Esta semana, Jake Sullivan, exasesor de seguridad nacional de Joe Biden, citó recientes declaraciones de Danny Citrinowicz, un veterano exresponsable de inteligencia militar israelí especializado en Irán, quien afirmó que el objetivo de Netanyahu es “simplemente desintegrar Irán y provocar el caos”. ¿Por qué? “Porque”, explica Sullivan, “desde su perspectiva, un Irán desintegrado representa una menor amenaza para Israel”. Esa es la razón por la que Israel sigue asesinando a líderes iraníes, como hizo anteriormente en Gaza, conocedor como es de que figuras aún más beligerantes ocuparán su lugar. Busca líderes radicalizados y vengativos que se nieguen a dialogar, no pragmáticos dispuestos a negociar. Por eso Israel ataca la infraestructura civil en Irán, como hizo en Gaza y está haciendo ahora mismo en el Líbano, para sembrar desesperanza y fomentar la división, y provocar que Teherán arremeta con represalias, lo que a su vez provocaría mayor indignación en los vecinos iraníes del Golfo y arrastraría a Estados Unidos aún más al conflicto. Por eso Israel ha estado colaborando secretamente con grupos minoritarios en Irán y sus alrededores —y sin duda armándolos—, como ha vuelto a hacer en Gaza y el Líbano, con la esperanza de avivar aún más las llamas de la desintegración interna. Los Estados en guerra civil, consumidos por sus propias luchas internas, representan poca amenaza para Israel. Mensajes confusos Como es habitual, Trump envía mensajes confusos. Busca negociar —aunque no está claro con quién— mientras acumula tropas para una invasión terrestre. Resulta difícil analizar las intenciones del presidente estadounidense porque sus declaraciones carecen por completo de sentido estratégico. El miércoles por la noche, declaró en un evento de recaudación de fondos en Washington que Irán deseaba fervientemente llegar a un acuerdo, y añadió: “Tienen miedo de decirlo porque creen que su propio pueblo los matará. También temen que los matemos nosotros”. Esta no es la lógica de una superpotencia que busca consolidar su propia autoridad y restablecer el orden en la región. Es la lógica de un jefe mafioso acorralado, que espera que una última jugada desesperada pueda desbaratar los planes de sus rivales lo suficiente como para darle la vuelta a la situación. Es probable que esa jugada consista en enviar fuerzas especiales estadounidenses a ocupar la isla de Kharg, el principal centro de las exportaciones de petróleo iraní a través del estrecho de Ormuz. Trump parece creer que puede usar la isla como moneda de cambio, exigiendo a Teherán que reabra el estrecho o perderá el acceso a su propio petróleo. Según diplomáticos consultados, Irán no sólo se niega a ceder el control del estrecho, sino que amenaza con bombardear masivamente la isla —y a las fuerzas estadounidenses allí presentes— antes que darle a Trump una ventaja. Teherán también advierte que comenzará a atacar el transporte marítimo en el Mar Rojo, una segunda vía marítima vital para el transporte de suministros de petróleo desde la región. Aún le quedan cartas por jugar. Esto es como el juego de ver quién es el menos gallina que a Trump le costará ganar. Todo esto deja al liderazgo israelí en una posición ventajosa. Si Trump sube la apuesta, Irán hará lo mismo. Si Trump declara la victoria, Irán seguirá disparando para dejar claro que él decide cuándo se detiene el conflicto. Y en el improbable caso de que Estados Unidos haga grandes concesiones a Teherán, Israel tiene múltiples maneras de avivar de nuevo las llamas. De hecho, aunque apenas lo informan los medios occidentales, ya está alimentando activamente esas llamas. Está destruyendo el sur del Líbano, utilizando la devastación de Gaza como modelo, y preparándose para anexionarse territorios al sur del río Litani de acuerdo con su agenda imperial del Gran Israel. Sigue matando palestinos en Gaza, sigue reduciendo el tamaño de su campo de concentración y sigue bloqueando la ayuda, los alimentos y el combustible. Israel está intensificando sus pogromos con milicias de colonos contra aldeas palestinas en la Cisjordania ocupada, en preparación para la limpieza étnica de lo que alguna vez se consideró la columna vertebral de un Estado palestino. Sullivan, asesor principal de Biden, señaló que la visión israelí de un “Irán fracturado” no redundaba en interés de Estados Unidos. Suponía el riesgo de una prolongada inseguridad en el estrecho de Ormuz, el colapso de la economía global y un éxodo masivo de refugiados de la región hacia Europa. Esto agravaría aún más la crisis económica europea, de la que ya se culpa a los inmigrantes. Reforzaría el sentimiento nativista que los partidos de extrema derecha ya están ganando terreno en las encuestas. Reforzaría la crisis de legitimidad que ya enfrentan las élites liberales europeas y justificaría el creciente autoritarismo. En otras palabras, fomentaría en toda Europa un clima político aún más propicio para la agenda supremacista israelí, basada en la ley del más fuerte. La salida de Trump es difícil de lograr. E Israel hará todo lo posible para asegurarse de que siga siendo así. Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net Texto en inglés: Middle East Eye, traducido por Sinfo Fernández. Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/03/31/israel-se-asegura-de-que-trump-no-encuentre-una-salida-en-iran/