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domingo, 18 de enero de 2026
Israel y su guerra perpetua
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Israel y su guerra perpetua
Por Marcelo Colussi | 17/01/2026 | Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: Rebelión
“Toda Gaza y cada niño de Gaza deben morir de hambre.”
Ronen Shaulov, rabino sionista
“Israel no es un Estado “amigo” o “aliado”, sino un recurso militar, un francotirador a sueldo colocado en una “zona de interés” [de Estados Unidos]”.
Edu Rodríguez
Introducción
Partamos de una afirmación fuerte, contundente: hoy el Estado de Israel no representa a todo el pueblo judío, ni en el propio territorio medio-oriental (más de 7 millones), ni en la diáspora (más de 8 millones, siendo Estados Unidos el país donde más se encuentran: alrededor de 6 millones). La política que mantiene Tel Aviv es resistida, o más aún: aborrecida, por muchos judíos.
Valga al respecto lo dicho, por ejemplo, por el Partido Comunista de Israel luego de la amenaza del actual presidente Benjamín Netanyahu de aplastar a los palestinos de la Franja de Gaza, posterior al ataque de Hamas del pasado 7 de octubre de 2023:
“Los crímenes del gobierno fascista israelí, destinados a sostener la ocupación, están conduciendo a una guerra regional. Tenemos que detener esta escalada. En estos tiempos difíciles, repetimos nuestra condena inequívoca de cualquier ataque contra civiles inocentes e instamos a todas las partes a detener a los civiles en el ciclo de violencia”.
Igualmente, lo declarado vez pasada por Sergei Gornostayev (judío de origen ucraniano, actual residente en Israel), hoy día catedrático de Sociología en la Universidad de Haifa, anteriormente soldado israelí que se negó a tomar parte en uno de los tantos conflictos de Israel con El Líbano:
“Comencé lentamente a comprender el sentido de las políticas israelíes y de la ocupación, y empecé a involucrarme, más o menos activamente, en la acción política de la izquierda. También decidí negarme a prestar el servicio de reserva. Creo que lo obvio y más irritante de esta guerra es su falta de sentido. Para todos está claro que no hay conexión entre los dos soldados capturados por Hezbollah y la operación en El Líbano. Hoy, después de un mes, incluso ni los ministros recuerdan mencionar a esos pobres muchachos, y están buscando justificaciones para el conflicto”.
Es decir: hay más de un judío que no avala la agresión que realiza Israel contra los palestinos, ni contra ningún punto del Medio Oriente, aunque la imagen mediática dominante es que todos los judíos están en una guerra -supuestamente justa y necesaria, por otro lado- contra sus vecinos.
Lo anterior es una falacia total, parte de la monstruosa operación mediática de manipulación y ocultamiento de la verdad a que se somete al pueblo judío, siguiendo los pasos de quien, en su momento, fue un enconado agresor del mismo, imbuido de la locura supremacista de pertenecer a una presunta “raza superior”, el nazi Joseph Goebbels, cuya máxima de mentir descaradamente, pues “Una mentira repetida mil veces termina transformándose en una verdad”, se volvió lema infaltable y fundamental en la política israelí.
“Hamas será borrado de la faz de la tierra. Cada miembro de Hamas es un hombre muerto, pues son bárbaros y bestias”, espetó el actual mandatario israelí Netanyahu. Pero vale recordar que en estos últimos tiempos, en la agresión en la Franja de Gaza, el ejército de Israel ha masacrado a, por lo menos, 100.000 palestinos en su preconizada lucha contra el terrorismo, fundamentalmente civiles no combatientes, incluyendo niños y niñas, mujeres, ancianos, bombardeando hospitales, reduciendo el territorio atacado a escombros inhabitables. Ahora bien: ¿quiénes, realmente, son los “bárbaros y bestias”? ¿Por qué el Estado de Israel se ha convertido en esto?
Debe aclararse rápidamente que no es cierto que el pueblo de Moisés odie visceralmente a los palestinos, a los árabes, a todos los habitantes de lo que hoy se conoce como Medio Oriente. En todo caso, y eso es lo que intentaremos mostrar con el presente texto, se juegan ahí otros intereses. No estamos hablando de guerras religiosas ni culturales.
¿Qué es el actual Estado de Israel?
Ya es un lugar común en buena parte de la prensa corporativa comercial de casi todo el mundo presentar las terribles agresiones del Estado de Israel contra los pueblos árabes, y en especial contra la población palestina, como una legítima defensa ante “ataques sanguinarios de musulmanes fanáticos”. El bombardeo mediático al que la población global se ve sometida minuto a minuto ha hecho de esto un lugar común, naturalizado, aceptado casi acríticamente. En toda esa lluvia desinformativa solo se habla del ataque, siempre presentado como despiadado, de grupos extremistas contra un pueblo israelí eternamente víctima.
¿Esto es así? ¡No, en absoluto! El asunto es infinitamente más complejo. Y es necesario dejar claro desde un principio que no se trata de cuestiones religiosas; en todo caso, concretos intereses geopolíticos y económicos se anudan con cuestiones teológicas, pero presentadas de tal manera -perversamente engañosa, por cierto- que podría llegar a creerse que estamos ante cuestiones de fe. Por lo pronto, el llamado “fundamentalismo islámico” tiene mucho de creación mediática. De acuerdo con Zbigniew Brzezinsky, cerebro de la ultraderecha guerrerista estadounidense, la ayuda de la CIA a los insurgentes afganos fue aprobada en 1979, buscando así involucrar en la lucha a la Unión Soviética de modo directo. Ello sucedió, y la guerra en Afganistán trepó en forma exponencial, luego extendida a todo el Medio Oriente y el Asia central. A través del fundamentalismo islámico -fomentado y financiado por la Casa Blanca- se ayudó a terminar con el proyecto socialista tanto en Afganistán -que había tenido su revolución popular (Revolución Saur) en 1978- como, indirectamente, como en la Unión Soviética. Brzezinsky, sin ninguna vergüenza, pudo decir entonces en declaraciones públicas: “¿Qué significan un par de fanáticos religiosos si eso nos sirvió para derrotar a la Unión Soviética?”
Por parte del gobierno de Tel Aviv, hoy liderado por una suma de sionistas genocidas y sanguinarios con Benjamín Netanyahu a la cabeza, se trata, entonces, de una “heroica” lucha por defenderse de “fanáticos fundamentalistas anti-judíos”. En pocas palabras, para mostrar la otra cara del asunto: el Estado de Israel juega un papel de avanzada de los intereses geoestratégicos de Washington en la región de Medio Oriente (¿su estado número 51?), y secundariamente de potencias capitalistas europeas.
Desde su nacimiento como Estado independiente el 14 de mayo de 1948, la historia de Israel no ha sido sencilla. En realidad, si bien amparándose en el deseo histórico de un pueblo paria de tener su propio territorio, surge más que nada como estrategia geoimperial de las grandes potencias occidentales, Gran Bretaña y Francia entre las principales, con los intereses petroleros como trasfondo. La vergüenza, la admiración y el respeto que hizo sentir el Holocausto de seis millones de judíos masacrados a manos de la locura eugenésica de los nazis, preparó las condiciones para que ese nacimiento pudiera tener lugar. Una “compensación histórica”, podría decirse. Pero con el tiempo las cosas fueron cambiando. Su mismo nacimiento tuvo algo, o mucho, de cuestionable. Por lo pronto quien fuera su primera ministra entre 1969 y 1974, Golda Meir (apodada la “Dama de Hierro”, por su dureza e intransigencia) decía que era “imprescindible vaciar Palestina de sus pobladores originarios”.
Hoy el Estado de Israel, supuestamente amparado en ese pretendido “derecho histórico” de recuperar una “tierra prometida”, juega el papel de una base de Washington en Medio Oriente. Su poder militar, y en especial su no declarada oficialmente capacidad atómica, representa el poderío militar del imperialismo estadounidense en una zona de su especial interés geopolítico.
El ex presidente estadounidense Joe Biden, siendo senador manifestó sin empacho que “Si Israel no existiera, Estados Unidos debería inventar Israel para proteger sus intereses en la región”. Más claro: imposible. Ahí tenemos la verdadera -la única, la real- clave para entender el eterno conflicto de Medio Oriente.
Hoy el Estado de Israel es una delegación del poder estadounidense -secundado también, en alguna medida, por la Unión Europea- en una zona particularmente rica en petróleo (un tercio de la producción mundial proviene de Medio Oriente y el Golfo Pérsico, y en la región se encuentran las reservas más grandes del planeta, junto con las de Venezuela), riqueza que Occidente -o mejor dicho: sus enormes multinacionales (ExxonMobil, Chevron, Halliburton, Phillips 66 -Estados Unidos-, Shell -Gran Bretaña y Holanda-, British Petroleum -Gran Bretaña-, TotalEnergies -Francia-) no quieren perder por nada del mundo. Esto explica que Israel sea una potencia militar, el único país de la región con armamento nuclear, no declarado oficialmente pero tampoco nunca negado (alrededor de 100 bombas atómicas, o quizá más), listo para defender esos intereses empresariales.
Al respecto de ese armamento nuclear, si bien el gobierno de Tel Aviv no es claro en torno a él -por lo pronto nunca quiso firmar el Tratado sobre No Proliferación de Armas Nucleares-, según revelaciones que hiciera el científico nuclear Mordechai Vanunu (arrepentido luego por su accionar), que trabajó por nueve años en el reactor nuclear de Dimona en el desierto del Néguev, 150 kilómetros al sur de Jerusalén, Israel sí posee armas nucleares, según su denuncia, aparecida en 1986 en el Sunday Times, de Londres, bajo el título “Revelado: Los secretos del arsenal nuclear de Israel”. Las filtraciones que hiciera Vanunu provocaron que el Mossad lo repatriara -a partir de una peliculesca acción de secuestro en Roma-, pasando luego 18 años en prisión en territorio israelí -10 de ellos en aislamiento completo-.
El sionismo gobernante en el país no defiende la “tierra prometida”; defiende los intereses capitalistas occidentales. El lobby judío de Estados Unidos -su principal sostén- no tiene intereses religiosos; solo tiene olor a dólar. Valga decir que Israel es uno de los 20 países con mayor financiamiento militar de todo el planeta. En el año 2024 gastó alrededor de 25 mil millones de dólares para mantener y equipar su formidable ejército, con alrededor de 170 mil efectivos y grandes tecnologías de punta. Todo ello no tiene el más mínimo carácter ligado a religiosidad alguna, sino una avidez económica descomunal, justificada en una presunta guerra santa.
El presidente israelí Benjamin Netanyahu dijo que los palestinos deben salir de Gaza porque ese es un territorio que le pertenece históricamente al pueblo judío. ¿Razones histórico-religiosas? ¡No, en absoluto! Dicho esto, inmediatamente declaró que la Franja de Gaza es un “buen negocio inmobiliario” que explotará el Estado de Israel junto a Estados Unidos (o junto a ese magnate inmobiliario que es el actual presidente: Donald Trump, quien se permitió decir vez pasada que la zona se convertiría en un “resort de lujo”, la Riviera de Oriente Medio). El llamado -hipócritamente- Plan de Paz presentado por el presidente Trump, con el que aspiraba ganar el Premio Nobel de la Paz en 2025, no es sino la ratificación de ese nefasto proyecto.
La ayuda militar estadounidense más grande para con algún país es la que otorga a Israel: alrededor de 4,000 millones de dólares anuales, traspasándole mucha tecnología bélica de punta, lo que representa el 17% de toda la ayuda armamentística de la gran potencia al exterior. Para Tel Aviv eso significa el 70% de la cooperación militar externa; el resto viene de Europa. Pero desde el 7 de octubre del 2023, luego del famoso operativo de Hamas denominado “Diluvio de Al Aqsa”, la Casa Blanca destinó más de 12 mil 500 millones de dólares para ayuda militar directa a Tel Aviv. Financiamiento que ha servido para perpetrar uno de los más repulsivos genocidios de la historia, ante lo cual el mundo no termina de reaccionar. Genocidio, por cierto, que no tiene el más mínimo asomo de reivindicación teológico-espiritual. ¿Y qué dice la ONU al respecto?
Además de esa copiosa ayuda externa, Israel produce su propia tecnología militar -siempre asistido por Estados Unidos-, lo que lo constituye en un feroz guardián del área, en todo momento listo para atacar, tal como está haciendo ahora en forma creciente. “Israel debe ser como un perro rabioso, muy peligroso para ser molestado”, expresó sin ningún remordimiento, o más aún: ¡orgulloso!, el que fuera general y ministro de Defensa israelí, Moshé Dayán. Pero… ¿no es que las religiones preconizan el amor y la paz?
¿Se repite la historia, pero al revés?
Debe tenerse bien en claro esto: el pueblo judío ha sido, desde el legendario éxodo bíblico, un colectivo marcado por la exclusión, la persecución, el escarnio. Proceso milenario que concluye con el Holocausto (la Shoah) a manos de la locura eugenésica nazi (el supuesto “pueblo culto y desarrollado de Europa” ¿?), donde murieron seis millones de sus miembros, es decir, alrededor de una tercera parte de la población judía mundial en ese entonces, para inicios de la década del 40 del pasado siglo. Sin ningún lugar a dudas, su historia como pueblo ha sido una de las más sufridas en la historia humana (sin olvidar otros genocidios ocurridos en otras latitudes con otros pueblos, igualmente atroces, todos considerados delitos de lesa humanidad, por tanto, imprescriptibles e imperdonables en términos jurídicos).
Hoy día el Estado de Israel lleva a cabo una política de terrorismo y agresión pavorosa. Nada, absolutamente nada lo puede justificar, y las tropelías que comete contra el pueblo palestino -ahora ampliadas a una gran zona que toca todo el Medio Oriente- son tan atroces como las que sufrieran los judíos en los campos de exterminio de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo entender esto: venganza histórica? No olvidar, de todos modos, que también hay voces judías que piden terminar con esta locura militarista, con la política anexionista que impulsa el gobierno de Tel Aviv, sectores que buscan una paz genuina y una sana convivencia con sus vecinos. Una visión tendenciosamente simplificada y maniquea de la situación de esta región del planeta pretende hacer ver la lucha entre judíos y árabes como consustancial a la historia. Pero en verdad este conflicto no es religioso, ni tampoco racial, por cuanto los palestinos son tan semitas como los judíos y durante siglos han convivido en paz. Es un conflicto de proyectos estratégico-militares, internacional y territorial, con grandes intereses económicos de por medio, y que se anuda con vericuetos psicosociales muy complejos donde no está ausente algún mecanismo por el que las históricas víctimas juegan ahora el papel de victimarios (algo así como un retorcido “resarcimiento” en tanto pueblo sufrido).
En el campo de las ciencias psicológicas (esto fue formulado por Sigmund Freud, alguien de extracción judía justamente, quien se salvó del campo de concentración por ser una celebridad mundial, permitiéndosele -o exigiéndosele- el exilio, ya en su vejez y enfermo de cáncer) existe un principio que dice: “En el momento actual se repite activamente lo que, con anterioridad, se padeció pasivamente”. ¿Habrá algo de eso en juego aquí? ¿De víctimas a victimarios? En realidad, no hay ninguna diferencia entre la “solución final” y las cámaras de gas de los nazis, sufridas por el pueblo judío, con la actual “limpieza étnica” de palestinos que hoy algunos judíos -¿en nombre de qué?- están haciendo en Gaza.
“Los árabes”, expresó el ultraderechista ex mandatario israelí Ariel Sharon, “sólo entienden la fuerza, y ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen”; “y como solíamos ser tratados”, agregó con mucha perspicacia el politólogo palestino-estadounidense Edward Said. Por supuesto que, si bien en la actual belicosidad del Estado israelí asienta en concretas y muy reales cuestiones económico-políticas, no deja de estar presente también esta arista psicológica. Casi en espejo está reproduciendo lo que ocho décadas atrás sufrió en carne propia.
Ahora bien: no siempre el Estado de Israel fue esa máquina de masacrar palestinos que es hoy día, ese “peligroso perro rabioso” del que se ufanaba aquel militar. En un primer momento, luego de su creación en 1948, no jugó el papel que actualmente se le conoce; por el contrario, trató de mantener una política de neutralidad entre los bloques de poder de entonces. Aunque ello duró poco. Para comienzos de los 50 comienza a alinearse con una de las potencias que libraba la Guerra Fría: los Estados Unidos, y la doctrina de la neutralidad es desechada. En 1951 el premier israelí David Ben Gurión propuso secretamente enviar tropas de su país a Corea del Sur como ayuda a la guerra librada por Washington contra la pro soviética Corea del Norte. Pero durante la década de 1950 Estados Unidos no estaba interesado en fomentar la inestabilidad del Medio Oriente -tal como sucede ahora-, cuyas principales zonas de interés coincidían con los intereses inmediatos del mayor grupo petrolero norteamericano en el Golfo Pérsico y en la Península Arábiga. Por eso en esa época los aliados estratégicos del militarismo israelí fueron Francia y Gran Bretaña. Luego de la Guerra del Sinaí de 1956 la situación regional empezó a preocupar a la administración de Washington, con el presidente Eisenhower a la cabeza.
Para ese entonces comienzan a caer los regímenes monárquicos apoyados por Gran Bretaña, y en su lugar se da el ascenso de proyectos militares anti-occidentales que acudieron a la ayuda político-militar soviética. John Kennedy fue el primer presidente estadounidense que le vendió armas a Israel, ya partir de 1963 comenzó a forjarse una alianza no oficial entre el Pentágono y los altos mandos del ejército israelí. Esta supeditación de los intereses nacionales a la lógica del enfrentamiento entre las, por ese entonces, dos superpotencias globales por zonas de influencia y control en el Medio Oriente no sólo reprodujo la lógica del conflicto árabe-israelí, sino que echa mano -sin saberlo seguramente- de esa trágica historia del paso de víctima a victimario: “ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen”, así como fuimos tratados nosotros en la Shoah (el Holocausto, o la Catástrofe, en hebreo).
La prensa occidental de las grandes corporaciones mediáticas nos tiene acostumbrados a presentar la convulsa situación del Medio Oriente como producto del terrorismo islámico del que es víctima el estado de Israel. Pero como dijo Adrián Salbuchi:
“Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel han declarado a Hamas y Hezbollah como “organizaciones terroristas”. Conviene recordar, sin embargo, que el origen de las Fuerzas de Defensa Israelíes [el Ejército] surge de la fusión en 1948 de tres grandes organizaciones terroristas: los grupos Stern, Irgun y Zvai Leumi que previo al surgimiento del Estado de Israel, perpetraron crímenes terroristas como el asesinato del mediador de la ONU en Palestina, Conde Bernadotte (organizado por la guerrilla a cargo de Ytzakh Shamir, luego primer ministro israelí), y el ataque terrorista con bombas en 1947 contra el Hotel Rey David de Jerusalén, sede de la comandancia militar británica (perpetrado por la guerrilla de Menahem Beghin, luego también primer ministro israelí). Una de dos: o todos estos grupos -Hamas, Hezbollah y Ejército Israelí- son catalogados como “fuerzas de defensa”; o son todos catalogados como ‘grupos terroristas’”.
Conviene recordar también que las voces más racionales surgidas entre judíos, como la de Ytzakh Rabin, ex primer ministro que buscaba un entendimiento con sus vecinos árabes, fueron silenciadas por los fundamentalistas guerreristas que tienen secuestrado el Estado israelí. Rabin -como dijo el citado Saluchi-
“fue acribillado a balazos en Israel no por un terrorista musulmán; no por un neonazi; sino por Ygal
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