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martes, 7 de junio de 2016
CONVERSATORIO EN CEIPES, CON PABLO RICHARD
miércoles, 1 de junio de 2016
Para repensar El Salvador
Para repensar El Salvador
Alainet
En estos días,
cuando se evalúa el ejercicio de los poderes ejecutivo, legislativo y
municipal, es necesario contar con criterios que nos ayuden no solo a
tener un juicio crítico sobre lo prometido y lo realizado por estos
representantes, sino también a sopesar la responsabilidad e incidencia
de la ciudadanía en el destino del país. Hay, en este sentido, dos
documentos que pueden ayudarnos a evaluar y actuar. El primero es el
informe de desarrollo humano del PNUD para 2013, en el que se plantea la
necesidad de imaginar una nueva nación y la urgencia de hacerla
posible. El documento tiene un valor teórico y operativo a la hora de
las evaluaciones, diagnósticos y propuestas sobre la realidad del país.
En el documento se busca responder a una pregunta histórica, que es
acicate para la sociedad salvadoreña: ¿por qué en casi dos siglos no
hemos podido alcanzar un desarrollo humano alto? La doble respuesta que
da el PNUD pone de manifiesto graves desaciertos humanos y sociales:
haber ignorado que la verdadera fuente de riqueza está en invertir en
las capacidades de la gente y haber descuidado los ámbitos clave (hogar,
educación y trabajo) para que la gente desarrolle y aproveche sus
capacidades.
De ahí que, según el PNUD, El Salvador necesita reinventarse, y para ello debe cambiar de rumbo de forma radical y comprometer a todos sus actores sociales en el esfuerzo de buscar consensos y sellar pactos para construir una nueva realidad con y para todos los salvadoreños. Ahora bien, ¿cuál es ese rumbo que puede llevarnos al país que queremos?, ¿qué consensos y pactos son necesarios para alcanzarlo? Una respuesta a estas interrogantes la encontramos en la primera carta pastoral del arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar, titulada “Veo en la ciudad violencia y discordia”. Este es el segundo documento que sugerimos tener en cuenta en esta coyuntura de evaluación y proyección. En especial, recomendamos examinar las exhortaciones dirigidas a los diferentes actores de la sociedad salvadoreña. Veamos algunas relacionadas con la necesidad de tomar acción en el ámbito político, económico, jurídico y cultural.
El cambio de rumbo que necesita el país pasa por hacer de la política pública uno de los instrumentos principales para frenar el mal común y posibilitar su contrario. Frente a este reto, el arzobispo invita a los gobernantes a que “no se sumerjan en conflictos partidaristas o ideológicos […], sino que velen por el bien común, por el bienestar de las grandes mayorías” Y con fuerza los emplaza a que “hagan de El Salvador un país totalmente inclusivo y destierren la exclusión social, así como la inequidad de él”. Frente al predominio de una economía de la exclusión, la sociedad salvadoreña requiere de una política económica incluyente y equilibrada, que permita superar la angustia e inseguridad que provoca la falta de empleo o su deterioro. El llamado del arzobispo a los que controlan la economía lo formula en términos de petición, interpelación y compromiso:
[Exhorto] a los que detentan el poder económico para rogarles por una economía más solidaría, no del derroche, y a contra pelo con los modelos neoliberales que permiten la acumulación de la riqueza en pocas manos. Creen más plazas de trabajo, en lugar de despidos. [Los pobres] tendrán trabajo y consecuentemente, lo suficiente para mantener a sus familias no en condiciones de sobrevivencia sino en condiciones dignas. Que la alimentación, salud, vivienda, educación, esparcimiento, sistema de pensión, entre otras necesidades, sean suplidas con calidad a través de un sueldo que responda a las exigencias de la actualidad. Propiciando más puestos de trabajo evitan que más y más personas ingresen a las estructuras delictivas de este país […].
La sociedad salvadoreña también necesita estar fundada en el Estado de derecho y tener un sistema judicial eficaz, comprometido con el combate a la corrupción y la impunidad de cualquier orden. Las siguientes palabras del arzobispo, dirigidas a los aplicadores de la ley, están orientadas a la necesidad de unificar el derecho con la justicia: “[Pido] a los encargados de la ley que no permitan la impunidad ni la injusticia en ninguna de sus formas. No tengan preferencias a la hora de aplicar la ley, sino que haya verdadera justicia. [Lo contrario] solo hace perder credibilidad en ustedes y anima a otros a la comisión de delitos”.
Y respecto a las estructuras sociales que necesita El Salvador para posibilitar hogares dignos, educación de calidad y participación ciudadana, y orientadas a la transformación cultural, el mensaje del arzobispo centra la atención en los educadores, responsables de formar a la niñez y la juventud:
Fomenten en sus alumnos y alumnas valores morales y civiles que propician un clima cordial en las relaciones interpersonales. Ustedes pueden ayudar a concientizar a las familias de sus alumnos en la necesidad de prescindir de la violencia, enseñándoles que el dialogo es la forma correcta de resolver los conflictos interpersonales. […] Fomenten la pedagogía de la vida, del amor y del cuido por la naturaleza.
En suma, con el informe del PNUD se anima a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad, hasta que fructifiquen en cambios estructurales. Y las exhortaciones del arzobispo, inspiradas en la fe cristiana que no evade la realidad histórica, nos recuerdan que la creación de una sociedad nueva solo es posible si asumimos el compromiso de sustituir la idolatría del dinero, la discriminación social y el poder excluyente por comportamientos y relaciones sociales de equidad, solidaridad y justicia.
Carlos Ayala Ramírez es director de radio YSUCA, El Salvador.
Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/177786
De ahí que, según el PNUD, El Salvador necesita reinventarse, y para ello debe cambiar de rumbo de forma radical y comprometer a todos sus actores sociales en el esfuerzo de buscar consensos y sellar pactos para construir una nueva realidad con y para todos los salvadoreños. Ahora bien, ¿cuál es ese rumbo que puede llevarnos al país que queremos?, ¿qué consensos y pactos son necesarios para alcanzarlo? Una respuesta a estas interrogantes la encontramos en la primera carta pastoral del arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar, titulada “Veo en la ciudad violencia y discordia”. Este es el segundo documento que sugerimos tener en cuenta en esta coyuntura de evaluación y proyección. En especial, recomendamos examinar las exhortaciones dirigidas a los diferentes actores de la sociedad salvadoreña. Veamos algunas relacionadas con la necesidad de tomar acción en el ámbito político, económico, jurídico y cultural.
El cambio de rumbo que necesita el país pasa por hacer de la política pública uno de los instrumentos principales para frenar el mal común y posibilitar su contrario. Frente a este reto, el arzobispo invita a los gobernantes a que “no se sumerjan en conflictos partidaristas o ideológicos […], sino que velen por el bien común, por el bienestar de las grandes mayorías” Y con fuerza los emplaza a que “hagan de El Salvador un país totalmente inclusivo y destierren la exclusión social, así como la inequidad de él”. Frente al predominio de una economía de la exclusión, la sociedad salvadoreña requiere de una política económica incluyente y equilibrada, que permita superar la angustia e inseguridad que provoca la falta de empleo o su deterioro. El llamado del arzobispo a los que controlan la economía lo formula en términos de petición, interpelación y compromiso:
[Exhorto] a los que detentan el poder económico para rogarles por una economía más solidaría, no del derroche, y a contra pelo con los modelos neoliberales que permiten la acumulación de la riqueza en pocas manos. Creen más plazas de trabajo, en lugar de despidos. [Los pobres] tendrán trabajo y consecuentemente, lo suficiente para mantener a sus familias no en condiciones de sobrevivencia sino en condiciones dignas. Que la alimentación, salud, vivienda, educación, esparcimiento, sistema de pensión, entre otras necesidades, sean suplidas con calidad a través de un sueldo que responda a las exigencias de la actualidad. Propiciando más puestos de trabajo evitan que más y más personas ingresen a las estructuras delictivas de este país […].
La sociedad salvadoreña también necesita estar fundada en el Estado de derecho y tener un sistema judicial eficaz, comprometido con el combate a la corrupción y la impunidad de cualquier orden. Las siguientes palabras del arzobispo, dirigidas a los aplicadores de la ley, están orientadas a la necesidad de unificar el derecho con la justicia: “[Pido] a los encargados de la ley que no permitan la impunidad ni la injusticia en ninguna de sus formas. No tengan preferencias a la hora de aplicar la ley, sino que haya verdadera justicia. [Lo contrario] solo hace perder credibilidad en ustedes y anima a otros a la comisión de delitos”.
Y respecto a las estructuras sociales que necesita El Salvador para posibilitar hogares dignos, educación de calidad y participación ciudadana, y orientadas a la transformación cultural, el mensaje del arzobispo centra la atención en los educadores, responsables de formar a la niñez y la juventud:
Fomenten en sus alumnos y alumnas valores morales y civiles que propician un clima cordial en las relaciones interpersonales. Ustedes pueden ayudar a concientizar a las familias de sus alumnos en la necesidad de prescindir de la violencia, enseñándoles que el dialogo es la forma correcta de resolver los conflictos interpersonales. […] Fomenten la pedagogía de la vida, del amor y del cuido por la naturaleza.
En suma, con el informe del PNUD se anima a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad, hasta que fructifiquen en cambios estructurales. Y las exhortaciones del arzobispo, inspiradas en la fe cristiana que no evade la realidad histórica, nos recuerdan que la creación de una sociedad nueva solo es posible si asumimos el compromiso de sustituir la idolatría del dinero, la discriminación social y el poder excluyente por comportamientos y relaciones sociales de equidad, solidaridad y justicia.
Carlos Ayala Ramírez es director de radio YSUCA, El Salvador.
Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/177786
martes, 31 de mayo de 2016
La Iglesia mexicana contra el matrimonio gay
La Iglesia mexicana contra el matrimonio gay
©
AFP 2016/ Pedro Pardo
Era predecible que la Arquidiócesis Primada de México condenaría la iniciativa de reforma constitucional presentada el pasado 17 de mayo por el presidente Enrique Peña Nieto para reconocer el matrimonio entre las personas del mismo sexo.
Era
predecible —y testimonio de ello es el más reciente editorial del
semanario católico "Desde la fe"—, porque la 'Archidioecesis
Mexicanensis' sostiene al respecto una postura que parece datar de los
días en que la Tierra era plana y la sostenían sobre sus lomos cuatro
elefantes trepados al caparazón de una tortuga, una postura en la que
además parecen no haber dejado huellas el par de milenios transcurridos
desde la crucifixión de un judío barbado que proclamaba la hermandad de
todos los seres humanos y cuya prédica iba dirigida por igual a los
aceptados y a los excluidos de su tiempo.
El editorial se sostiene sobre premisas cuestionables. En ese sentido valdría la pena conocer en base a qué criterios se puede asegurar "que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados" o que el matrimonio "sólo puede darse entre un hombre y una mujer". Lo primero es un dogma, lo segundo un argumento falaz. Lo primero se presenta como un concepto inmutable, ajeno al disenso y excusa perfecta para el anatema; lo segundo como una conclusión en apariencia válida que olvida que la familia como sujeto cultural responde a las necesidades de un ámbito social y se transforma junto con él, condicionado por criterios religiosos, jurídicos y económicos que interactúan con desigual fortuna. De pareja índole es la afirmación de que "ha sido la fe cristiana la que en la cultura occidental ha dado lugar al concepto de persona, su dignidad y su respeto". La vehemencia del alegato, la plausible prédica de amor del catolicismo, no alcanzan a desvanecer, empero, la evidencia histórica de que el Humanismo floreció como movimiento intelectual cuando los pensadores del Medioevo tardío voltearon a los clásicos grecolatinos y redescubrieron el sentido racional de la vida humana extraviado en la oscuridad monástica de la Europa feudal. No se olvidó la fe, pero ésta dejó de ser coto exclusivo de Dios y transitó hacia el ser humano y sus potencialidades creadoras.
A contramano de lo que se afirma en el editorial, "que no es posible que a la Iglesia se le sustraiga de un debate que afecta no sólo a sus fieles", la realidad de un estado laico como México evidencia que no sólo es factible sino hasta deseable. Un eventual diálogo en el que uno de los interlocutores supone que el matrimonio gay afecta "al futuro de la sociedad y a su sano desarrollo" está emponzoñado de inicio por el pócima mortal de los prejuicios, esas que llevan a catalogar de "malsana ideología" toda representación sistémica y cualquier programa de acción en pro del matrimonio igualitario.
La
aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo no supone la
desaparición de la familia en tanto modelo de relación social, tan sólo
su expansión por nuevos cauces. Un enlace tutelado por el dios al que se
le reza, una boda en apego a la jurisprudencia civil o la sociedad de
convivencia que reconoce la Constitución mexicana resultan formas de
alianzas tan válidas como las que pueden establecer dos "evas" o un par
de "adanes" sin que ello suponga atentar "contra el fundamento biológico
de la diferencia entre sexos". O en todo caso, no más que el celibato
que la Iglesia católica impone, en oposición al "fundamento biológico"
de la libido, a quienes se consagran al ministerio pastoral.
Lo que la Iglesia católica defiende con su condena del matrimonio gay
va más allá de preceptuar la sexualidad de sus feligreses a los que
intenta imponer dos severos códigos de conducta: la monogamia y la
indisolubilidad del enlace contraído. En este mundo secularizado, lo que
la Iglesia realmente no quiere perder es el bastión último —la familia
tradicional, nuclear— en el que se reproduce su fe y los valores que de
ella dimanan. Sólo que alguien debiera advertirles a quienes pontifican y
condenan que tales valores —responsabilidad, compromiso, honestidad,
respeto, entre muchos otros— no son exclusivos ni de un credo ni de un
solo tipo de familia.
De ahí que en la defensa a ultranza de un 'statu quo' rebasado por las mundanas circunstancias del ser humano, el referido editorial se haya prodigado en una serie de torpes argumentaciones, la menor de las cuales no es el cuestionamiento de la pertinencia de la reforma constitucional al artículo cuatro propuesta por Peña Nieto.
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK
Les invitamos a comentar la publicación en nuestra página de Facebook o nuestro canal de Twitter.
El editorial se sostiene sobre premisas cuestionables. En ese sentido valdría la pena conocer en base a qué criterios se puede asegurar "que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados" o que el matrimonio "sólo puede darse entre un hombre y una mujer". Lo primero es un dogma, lo segundo un argumento falaz. Lo primero se presenta como un concepto inmutable, ajeno al disenso y excusa perfecta para el anatema; lo segundo como una conclusión en apariencia válida que olvida que la familia como sujeto cultural responde a las necesidades de un ámbito social y se transforma junto con él, condicionado por criterios religiosos, jurídicos y económicos que interactúan con desigual fortuna. De pareja índole es la afirmación de que "ha sido la fe cristiana la que en la cultura occidental ha dado lugar al concepto de persona, su dignidad y su respeto". La vehemencia del alegato, la plausible prédica de amor del catolicismo, no alcanzan a desvanecer, empero, la evidencia histórica de que el Humanismo floreció como movimiento intelectual cuando los pensadores del Medioevo tardío voltearon a los clásicos grecolatinos y redescubrieron el sentido racional de la vida humana extraviado en la oscuridad monástica de la Europa feudal. No se olvidó la fe, pero ésta dejó de ser coto exclusivo de Dios y transitó hacia el ser humano y sus potencialidades creadoras.
A contramano de lo que se afirma en el editorial, "que no es posible que a la Iglesia se le sustraiga de un debate que afecta no sólo a sus fieles", la realidad de un estado laico como México evidencia que no sólo es factible sino hasta deseable. Un eventual diálogo en el que uno de los interlocutores supone que el matrimonio gay afecta "al futuro de la sociedad y a su sano desarrollo" está emponzoñado de inicio por el pócima mortal de los prejuicios, esas que llevan a catalogar de "malsana ideología" toda representación sistémica y cualquier programa de acción en pro del matrimonio igualitario.
De ahí que en la defensa a ultranza de un 'statu quo' rebasado por las mundanas circunstancias del ser humano, el referido editorial se haya prodigado en una serie de torpes argumentaciones, la menor de las cuales no es el cuestionamiento de la pertinencia de la reforma constitucional al artículo cuatro propuesta por Peña Nieto.
"Habiendo tantos problemas que tienen de
rodillas al país […], no es posible que el Gobierno de la República
ponga como prioridad legislar sobre falsos derechos, que no se sostienen
desde una base antropológica", dicen, como si los homosexuales no
resultaran sujetos dignos de las "condiciones instrumentales que le
permiten a la persona su realización", como si a la historia del
catolicismo le fuese ajena esa supuesta anarquía de preferencias, como
si más de una vez la Iglesia no hubiese priorizado el silencio oportuno
ante los excesos de cualquier césar con la excusa que ahora se quiere
olvidar —y que acaso bastaría para zanjar este desencuentro si no se
oyera como una salida impertinente— de "a Dios lo que es de Dios".
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK
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martes, 24 de mayo de 2016
jueves, 19 de mayo de 2016
¿Precarios o laicos?
¿Precarios o laicos?
La Calle del medio
¿Qué es lo contrario de
“precario”? Firme, estable, seguro. ¿O laico? Recordemos que el término
“precario” se cruza a través del latín con el verbo italiano “pregare”,
que en español quiere decir “rezar” o “rogar” y está etimológicamente
emparentado asimismo con “plegaria”. “Precario” es, por tanto, el que
vive de plegarias, el que sobrevive rogando o rezando, el que no depende
de sí mismo para mantenerse con vida. La precariedad define la
condición “religiosa” de un ser humano frágil y necesitado de los demás,
pero no puede extenderse al terreno político y social sin desmentir el
carácter laico y republicano de nuestras instituciones. Soy “precario”
como existencia mortal, sí, pero no puedo serlo ni como trabajador ni
como ciudadano, salvo que acepte un dios -una instancia exterior
omnipotente- como fuente de mi sustento y de mis derechos. La
precariedad, como sabemos, se va imponiendo en tres ejes fundamentales.
El primero es el ecológico. Escribía Marcel Proust que con el Tiempo
pasa como con la rotación de la Tierra, que no percibimos su movimiento;
y Franz Kafka decía sobre el curso de la vida que “creemos que
caminamos cuando en realidad caemos”. ¿Alguien ha notado la desaparición
de 27.000 ríos en China en los últimos cincuenta años? ¿O la de 27
especies animales -entre ellas el bucardo o el sapo dorado- en las dos
últimas décadas? ¿O la “oscilación masiva” del eje del planeta como
consecuencia del cambio climático? Nunca las condiciones de
supervivencia de la humanidad habían estado más amenazadas, y ello como
consecuencia precisamente de la intervención humana; y nunca los
individuos -o al menos los más responsables de esta precariedad- se
habían sentido más seguros. La mitad del planeta que vive en el mercado y
no en el suelo, atornillada a un imaginario de renovación permanente y
de reposición ilimitada de recursos, se cree a cubierto de toda amenaza y
acreedora de una especie de derecho a la inmortalidad; y su seguridad
engañosa alimenta la fragilidad global.
El segundo eje de precariedad es el laboral. En un mundo en el que hay más de 200 millones de desempleados y en el que la robotización obliga ya a distinguir entre empleo y trabajo y a emancipar el salario del empleo, el 75% de la población activa trabaja de manera informal e inestable, con porcentajes de hasta el 90% en Bolivia, Perú, China e India. La situación no es mucho mejor en Europa, y es particularmente alarmante en España, donde los contratos temporales, con una duración media de 53 días, alcanzaron en 2015 la cifra astronómica de 17 millones, afectando a un 36% del empleo registrado. Lo extraño es que, en una situación semejante, no sólo haya una irrisoria cantidad de protestas y revueltas sino que, allí donde pueden hacerlo, los trabajadores precarios -los que viven de plegarias y de ruegos- votan, como buenos rehenes, a los responsables de su precariedad. El caso de España es también proverbial en este sentido: en el país con más paro y más corrupción de la UE, más de 7 millones de españoles dieron la victoria electoral al derechista Partido Popular. Es difícil no asociar esta indiferencia ante la propia precariedad a la penetración cultural del mercado: a la asunción natural -es decir- del “mercado laboral” como “cálculo de vidas” (por citar a Hayek) y con el imaginario mercantil y sus pautas de consumo como vertedero de todas las ambiciones y todos los deseos.
Pero hay un tercer eje de precariedad. Tenemos el “temblor del aire”, que pocos advierten y mata ríos y ranas, y tenemos el “temblor del pan”, que sus víctimas asumen con naturalidad. Y tenemos también -digamos- el “temblor mental”, en virtud del cual, en el año 2016, en un marco social altamente tecnologizado, con naves en el espacio y pasmosos registros de “ondas gravitacionales”, a pesar de internet y de los avances contra el cáncer, la humanidad está menos segura que nunca de lo que debe creer, de lo que debe pensar y de lo que debe saber. En mi último artículo hablaba del “nihilismo de la sensación”; pues bien, esta precariedad del conocimiento, que acaba pudiendo demostrar y refutar cualquier cosa, es inseparable de la definición misma del nihilismo, según una fórmula que me atrevo a sugerir aquí: “nada puede ser conocido, todo merece ser destruido”, fórmula en la que las dos proposiciones no mantienen entre sí una relación de coordinación sino de yuxtaposición. Quiero decir que lo que afirma el nihilismo, y de ahí su peligrosidad, es que “puesto que nada puede ser conocido, todo puede ser destruido”. Si no se puede conocer la “verdad” del mundo, ni la “realidad” del hombre, el mundo y el hombre están completamente desprotegidos; y nuestra tentación es empujarlos al vacío. Hoy los seres humanos somos particularmente vulnerables porque no sabemos qué podemos ni qué debemos saber y, por lo tanto, acabamos desconfiando de todo y confiando, por eso mismo, en cualquier cosa .
La “precariedad del conocimiento” tiene una dimensión muy evidente relacionada con los medios de comunicación. Es lo que Ignacio Ramonet ha llamado “inseguridad informativa”, que conduce por igual al escepticismo y a la credulidad. Si no podemos fiarnos de los medios de comunicación, terminamos por desconfiar de todas las evidencias y considerando evidentes, por contraste, todos los ruidos y todas las conspiraciones. Pero la inseguridad informativa, que es una de sus fuentes, se inscribe en una precariedad más amplia y, se quiere, más radical, como resultado de la -por otro lado saludable- “desacralización” del mundo. El problema es que no ha sido ni la ciencia ni la razón -ni la compasión humana- la que ha despojado al mundo de su “prestigio” -la que ha despojado al mundo de su “mundo”- sino el relativismo acuciante del mercado. ¿Cómo decirlo? El escepticismo es el umbral de la credulidad y, si no creemos en nada, entonces estamos en peligro de creer en lo que sea (al igual que los pollos consideran su madre al primer objeto con el que entran en contacto al nacer). Durante siglos la fe nos ha protegido de la superstición: Dios, por decirlo así, nos ha protegido de la astrología y, en el terreno social, la “lucha de clases” nos ha protegido de los extraterrestres. Quizás Dios no era una buena idea y quizás la “lucha de clases” no era un concepto bien afinado, pero Dios no ha sido sustituido por Darwin ni la lucha de clases por un concepto más explicativo y movilizador. A las preguntas “qué podemos conocer” y “qué podemos creer” ha respondido el mercado con una rapsodia de identidades cortas, placeres intensos y creencias desechables e intercambiables. Nunca -desde el final del imperio romano- la sociedad ha sido más escéptica respecto de la razón y más crédula respecto de los Annunakis o del Talismán de los Siete Ángeles.
La precariedad del conocimiento, que erosiona el “mundo” que el mundo lleva dentro, genera y alimenta la credulidad. La credulidad, lo sabemos, es un gran negocio. El imaginario mercantil, fuente de nihilismo, convierte el nihilismo en una fuente mayor de beneficios. Digamos que convierte en capital los propios efectos desestabilizadores del capital. Es difícil encontrar datos globales, pero en los últimos años la proliferación de videntes y curanderos ha convertido las “consultas psíquicas”, por teléfono o incluso en televisión, en el más rentable fraude legal de la crisis global. El 50% de los estadounidenses -muchos sin seguro médico- recurre, por lo demás, a la medicina alternativa, que mueve más de 35.000 millones de dólares al año.
Paradójicamente el mismo mercado que ha desacralizado el mundo lo ha vuelto “precario”, es decir religioso. Esta triple “precariedad” -ecológica, económica y mental- confía nuestro sustento y nuestros derechos a una instancia exterior, pero tan caprichosa e imprevisible que no es de extrañar que, frente a ella, la tentación del fanatismo recupere las versiones más rotundas y normativas del Dios monoteísta, bíblico o islámico. Contra la precariedad del mercado y la seguridad contrapuntística del fanatismo (dos formas de religión), sería quizás mejor desempolvar y afinar la lucha de clases -o como queramos llamarla- y reivindicar un mundo realmente laico y republicano. Y conservar nuestras supersticiones, inevitables y a veces hermosas, para el amor y para la muerte, que en cualquier otro mundo posible seguirán demandando nuestras “plegarias”.
El segundo eje de precariedad es el laboral. En un mundo en el que hay más de 200 millones de desempleados y en el que la robotización obliga ya a distinguir entre empleo y trabajo y a emancipar el salario del empleo, el 75% de la población activa trabaja de manera informal e inestable, con porcentajes de hasta el 90% en Bolivia, Perú, China e India. La situación no es mucho mejor en Europa, y es particularmente alarmante en España, donde los contratos temporales, con una duración media de 53 días, alcanzaron en 2015 la cifra astronómica de 17 millones, afectando a un 36% del empleo registrado. Lo extraño es que, en una situación semejante, no sólo haya una irrisoria cantidad de protestas y revueltas sino que, allí donde pueden hacerlo, los trabajadores precarios -los que viven de plegarias y de ruegos- votan, como buenos rehenes, a los responsables de su precariedad. El caso de España es también proverbial en este sentido: en el país con más paro y más corrupción de la UE, más de 7 millones de españoles dieron la victoria electoral al derechista Partido Popular. Es difícil no asociar esta indiferencia ante la propia precariedad a la penetración cultural del mercado: a la asunción natural -es decir- del “mercado laboral” como “cálculo de vidas” (por citar a Hayek) y con el imaginario mercantil y sus pautas de consumo como vertedero de todas las ambiciones y todos los deseos.
Pero hay un tercer eje de precariedad. Tenemos el “temblor del aire”, que pocos advierten y mata ríos y ranas, y tenemos el “temblor del pan”, que sus víctimas asumen con naturalidad. Y tenemos también -digamos- el “temblor mental”, en virtud del cual, en el año 2016, en un marco social altamente tecnologizado, con naves en el espacio y pasmosos registros de “ondas gravitacionales”, a pesar de internet y de los avances contra el cáncer, la humanidad está menos segura que nunca de lo que debe creer, de lo que debe pensar y de lo que debe saber. En mi último artículo hablaba del “nihilismo de la sensación”; pues bien, esta precariedad del conocimiento, que acaba pudiendo demostrar y refutar cualquier cosa, es inseparable de la definición misma del nihilismo, según una fórmula que me atrevo a sugerir aquí: “nada puede ser conocido, todo merece ser destruido”, fórmula en la que las dos proposiciones no mantienen entre sí una relación de coordinación sino de yuxtaposición. Quiero decir que lo que afirma el nihilismo, y de ahí su peligrosidad, es que “puesto que nada puede ser conocido, todo puede ser destruido”. Si no se puede conocer la “verdad” del mundo, ni la “realidad” del hombre, el mundo y el hombre están completamente desprotegidos; y nuestra tentación es empujarlos al vacío. Hoy los seres humanos somos particularmente vulnerables porque no sabemos qué podemos ni qué debemos saber y, por lo tanto, acabamos desconfiando de todo y confiando, por eso mismo, en cualquier cosa .
La “precariedad del conocimiento” tiene una dimensión muy evidente relacionada con los medios de comunicación. Es lo que Ignacio Ramonet ha llamado “inseguridad informativa”, que conduce por igual al escepticismo y a la credulidad. Si no podemos fiarnos de los medios de comunicación, terminamos por desconfiar de todas las evidencias y considerando evidentes, por contraste, todos los ruidos y todas las conspiraciones. Pero la inseguridad informativa, que es una de sus fuentes, se inscribe en una precariedad más amplia y, se quiere, más radical, como resultado de la -por otro lado saludable- “desacralización” del mundo. El problema es que no ha sido ni la ciencia ni la razón -ni la compasión humana- la que ha despojado al mundo de su “prestigio” -la que ha despojado al mundo de su “mundo”- sino el relativismo acuciante del mercado. ¿Cómo decirlo? El escepticismo es el umbral de la credulidad y, si no creemos en nada, entonces estamos en peligro de creer en lo que sea (al igual que los pollos consideran su madre al primer objeto con el que entran en contacto al nacer). Durante siglos la fe nos ha protegido de la superstición: Dios, por decirlo así, nos ha protegido de la astrología y, en el terreno social, la “lucha de clases” nos ha protegido de los extraterrestres. Quizás Dios no era una buena idea y quizás la “lucha de clases” no era un concepto bien afinado, pero Dios no ha sido sustituido por Darwin ni la lucha de clases por un concepto más explicativo y movilizador. A las preguntas “qué podemos conocer” y “qué podemos creer” ha respondido el mercado con una rapsodia de identidades cortas, placeres intensos y creencias desechables e intercambiables. Nunca -desde el final del imperio romano- la sociedad ha sido más escéptica respecto de la razón y más crédula respecto de los Annunakis o del Talismán de los Siete Ángeles.
La precariedad del conocimiento, que erosiona el “mundo” que el mundo lleva dentro, genera y alimenta la credulidad. La credulidad, lo sabemos, es un gran negocio. El imaginario mercantil, fuente de nihilismo, convierte el nihilismo en una fuente mayor de beneficios. Digamos que convierte en capital los propios efectos desestabilizadores del capital. Es difícil encontrar datos globales, pero en los últimos años la proliferación de videntes y curanderos ha convertido las “consultas psíquicas”, por teléfono o incluso en televisión, en el más rentable fraude legal de la crisis global. El 50% de los estadounidenses -muchos sin seguro médico- recurre, por lo demás, a la medicina alternativa, que mueve más de 35.000 millones de dólares al año.
Paradójicamente el mismo mercado que ha desacralizado el mundo lo ha vuelto “precario”, es decir religioso. Esta triple “precariedad” -ecológica, económica y mental- confía nuestro sustento y nuestros derechos a una instancia exterior, pero tan caprichosa e imprevisible que no es de extrañar que, frente a ella, la tentación del fanatismo recupere las versiones más rotundas y normativas del Dios monoteísta, bíblico o islámico. Contra la precariedad del mercado y la seguridad contrapuntística del fanatismo (dos formas de religión), sería quizás mejor desempolvar y afinar la lucha de clases -o como queramos llamarla- y reivindicar un mundo realmente laico y republicano. Y conservar nuestras supersticiones, inevitables y a veces hermosas, para el amor y para la muerte, que en cualquier otro mundo posible seguirán demandando nuestras “plegarias”.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
¿Modernizar el islam?
Apuntes críticos en torno al Estado multiconfesional
¿Modernizar el islam?
«Hemos
llegado ya al punto en que la loa a la racionalidad se considera como
señal de que un hombre es un viejo oscurantista, lamentable
superviviente de una era pasada.» (Bertrand Russell: Esbozo del
disparate intelectual)
El currículum de religión islámica para los distintos niveles educativos de nuestro sistema de enseñanza ha sido publicado en el BOE, donde se hace carne el verbo de la ley para que ésta habite efectivamente entre nosotros. Así caminamos con paso firme hacia el Estado multiconfesional. Es una forma ciertamente espuria de interpretar la aconfesionalidad reconocida en nuestra constitución como forma de definir la relación entre las instituciones civiles y las religiosas en el espacio público (y la escuela es parte esencial del mismo). En vez de tender hacia un efectivo cumplimiento de la laicidad, que es condición sine qua non para conformar un verdadero Estado democrático capaz de garantizar la libertad de conciencia de sus ciudadanos, convertimos el aula en altavoz de los dogmas de las distintas confesiones religiosas que conviven en nuestro territorio. Sabemos que vivimos en un criptocatolicismo de facto; ahora se trata de justificarlo mediante la coartada de que no es excluyente de otras creencias que entre los españoles –grey tradicionalmente propiedad de la franquicia del Vaticano– han venido a habitar. Especialmente el islam, al que se teme en la misma medida que se dice respetar, porque así lo manda el manual del político correcto y el ciudadano progresista posmoderno. Claro, claro, puesto que quedamos en que todas las opiniones –y dogmas, por ende– son respetables. De modo que criminalicemos cuanto queramos el terrorismo –ente satánico de turbia naturaleza–, pero no a la religión, no a las creencias. Éstas no son la causa de que los hombres maten; lo es el virus del fanatismo, que no se sabe muy bien cómo ni de dónde viene. ¡Cuantísimos creyentes hay de todos los monoteísmos que no son fanáticos homicidas!
En consecuencia, hay que procurar que el islam se modernice, tratar de inmunizarlo contra el contagio del delirio fundamentalista, como de hecho se hizo históricamente con el cristianismo. Es lo que propugnan algunos de quienes han reflexionado sobre el complejo fenómeno yihadista, como es el caso de Eva Borreguero, profesora de ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid, que defiende esta tesis en su artículo titulado, precisamente, Modernizar el islam (http://elpais.com/elpais/2015/11/30/opinion/1448915295_206637.html). Se trataría, en su opinión, de apoyar a aquellos musulmanes moderados que trabajan, ejerciendo una siempre amenazada libertad de expresión en sus ámbitos de dominio islámico, para que triunfen en su propósito de que se imponga una exégesis por así decir ilustrada frente a la interpretación literal de la palabra sagrada, que es central en el salafismo que, a su vez, justifica ideológicamente el movimiento yihadista. Dice que «ello implica contextualizarla (la dimensión belicista de los textos sagrados) en su dimensión histórica, respetando la construcción teológica de valor universal». Confieso que no entiendo muy bien a qué se refiere con lo último, con eso de la «construcción teológica de valor universal». ¿En qué consiste una construcción así? ¿Cuáles son las construcciones de valor universal de las diversas religiones? ¡Pero si desde que se dio el cisma de oriente hace un milenio se le viene dando vueltas al dichoso ecumenismo en el solo ámbito del cristianismo sin apenas avances!
A no ser que admitamos la imposición por la fuerza como procedimiento válido de alcanzar la universalidad de ciertos valores, sólo cabe el diálogo para lograrlo. El diálogo únicamente es fructífero a ese respecto si nos colocamos trabajosamente en un espacio de entendimiento que trascienda las convicciones personales, esto es, que sea objetivo, común, interpersonal y firme; un territorio, en definitiva, que no sea propiedad de nadie y que acoja a cualquiera que venga con el pasaporte de las buenas razones; el mismo que se torna imposible de cohabitar cuando es invadido por los dogmas. En su libro La inteligencia fracasada, José Antonio Marina acierta a expresarlo luminosamente cuando dice: «En esto consiste el uso racional de la inteligencia, en usar toda su operatividad transfigurada, incluido por supuesto el razonamiento, para buscar evidencias compartidas. El hombre necesita conocer la realidad y entenderse con los demás, para lo cual tiene que abandonar el seno cómodo y protector de las evidencias privadas, de las creencias íntimas. Sopesar las evidencias ajenas, criticar todas, las propias y las extrañas, abre el camino a la búsqueda siempre abierta de una verdad y de unos valores más firmes, más claros y mejor justificados. La irracionalidad, el encastillamiento en la opinión personal, lleva irremisiblemente a la violencia. Popper decía: "Conviene que combatan las ideas para que no tengan que combatir las personas". El uso racional de la inteligencia, indispensable para convivir, se concreta en dos grandes dominios de evidencias universales: la ciencia y la ética».
Aquí considero que reside el punto clave de la imbricación de la religión en el nuevo paradigma de civilización que se inauguró con la edad moderna, y en la que se desea integrar el islam: ¿cómo se articula la relación entre el criterio de la fe (propio de las religiones) y el de la razón en el seno de una sociedad multirreligiosa que se ordena conforme a los principios democráticos consolidados a partir de la modernidad? De acuerdo con lo que afirma Marina: no es la religión dominio de «evidencias universales», es decir, que puedan compartir quienes no sean creyentes de esa religión. Si eso ocurre es porque se trasciende el ámbito creencial de la confesión particular para hacer comunión en el dominio de la ética, en el que no la fe, sino la razón constituye su primordial fundamento.
Tampoco hay que pasar por alto que es intrínseco al ser de las religiones una cierta soberbia respecto de la verdad, que es lo que convierte a sus creencias en evidencias para el creyente, lo que las excluye de la palestra del debate racional. De modo que la mera crítica de sus contenidos es fácilmente tenida por una falta de respeto en el mejor de los casos o de un ataque en el peor de ellos (piénsese si no en esa rocambolesca figura penal del delito contra los sentimientos religiosos; ¿y por qué no un delito contra los sentimientos estéticos, de manera que se multe o encierre a todo aquel que atente contra el buen gusto en el vestir, pongamos por caso?). Seguramente no exagera Sam Harris en su libro de improbable título, El fin de la fe, cuando afirma:
«La fe religiosa supone un mal uso tan intransigente del poder de nuestra mente que es como una especie de perverso agujero negro cultural, con una frontera más allá de la cual se vuelve imposible cualquier discurso racional».
Esto en esencia es lo que significa la palabra wahi, perteneciente al universo lingüístico que apuntala la fe del islam: revelación divina dada a la humanidad a través de sus profetas. Es considerado un fenómeno misterioso y enigmático que no cabe en el marco del intelecto común del ser humano. Es un tipo de alocución celestial e inmaterial que no puede ser concebida a través de los sentidos ni la reflexión intelectual, sino que es otra percepción que a veces se manifiesta en algunas personas por la voluntad de Alá. He aquí un elemento que no resistiría la prueba del algodón de la modernidad –¡que no es otra que la de la razón!– y que no representa una de esas construcciones teológicas de valor universal que cree la arriba mencionada Eva Borreguero que hay que salvaguardar en todas la religiones. Pero ¿cuáles la resistirían, si el valor universal, precisamente, se levanta sobre el suelo de ese territorio común que decíamos fertiliza el uso racional de la inteligencia, el mismo que con la fe se abotarga?
Hay quien dirá que es mejor que el islam, como el resto de religiones (¿todas? ¿sólo las mayoritarias? ¿las que alcancen pactos educativos con el Estado en virtud de arbitrarios criterios? ¿estamos ante el inicio del famoso «café para todos» para la educación religiosa en la escuela pública?), esté en la escuela moderna, precisamente para contribuir a su modernización, que aquí equivale a moderación. El creyente moderado de cualquier fe es el que no renuncia a vivir en el mundo moderno y, para ello, no tiene más remedio que interpretar alegóricamente o incluso ignorar lo que no dejan de ser cánones constitutivos de la palabra divina en la que, por otro lado, dice creer a pies juntillas (esto es la fe). A esa moderación contribuye no poco la ignorancia de la mayoría de los creyentes de la cantidad de barbaridades que en verdad contienen sus sagradas escrituras por no haber dedicado un tiempo a la lectura de lo que es, en definitiva, la prístina fuente de sus creencias. Dicho de otro modo: para ser un musulmán o un cristiano o un judío moderados hay que ser necesariamente un negligente lector de la letra de la ley divina, lo que equivale, lógicamente, a ser un mal musulmán o un mal cristiano o un mal judío. Para explicarlo con contundencia: el joven transexual cordobés que ha pretendido hace unos días confirmarse para apadrinar a un niño, y que ha recibido un rotundo no del párroco, obediente a la consigna del obispado de Córdoba, quería un contradiós (nunca mejor dicho), pues, con el catecismo en la mano, el transexual es inapelablemente un mal católico, y como tal ha de sufrir las consecuencias, igual que los homosexuales y demás colectivos de moral pecaminosa. ¡Lo contrario supondría que la Iglesia Católica Apostólica y Romana renegase de sus principios!
Sea como fuere, si se trata de modernizar el islam –o lo que es lo mismo, contribuir al crecimiento de un islam moderado– de nada sirve introducirlo en nuestras aulas para adoctrinamiento de nuestros (no son en exclusiva de sus padres) niños y adolescentes. Porque, como contundentemente explica Sam Harris en el libro citado: «Las puertas que nos llevan a renunciar a la literalidad de las escrituras no se abren desde dentro. La moderación que vemos entre los no fundamentalistas no es señal de que los credos han evolucionado, sino, más bien, de que es producto de los muchos martillazos que la modernidad ha propinado a ciertos dogmas de la fe exponiéndolos a la duda. El menor de estos progresos no es la aparición de una tendencia a valorar las evidencias y a dejarnos convencer sólo por propuestas respaldadas por la evidencia. Hasta los más fundamentalistas se mueven a la luz de la razón; la diferencia está en que sus mentes parecen haberse compartimentado para acomodar las abundantes afirmaciones de certeza que conlleva su fe».
Lo prueba la historia. Al cristianismo lo fue poniendo en su sitio la modernidad conforme el librepensamiento se fue abriendo camino, y una ilustración militante fue construyendo, no teológicamente sino filosóficamente –es decir, sobre el pensamiento crítico y el conocimiento–, los valores universales que conforman el marco dentro del que los individuos pueden aspirar a una vida buena. Toda religión es –repitámoslo– intrínsecamente soberbia y en la idiosincrasia del creyente está la pulsión –latente o no– del proselitismo (¿cómo no si se hallan en posesión de la verdad? ¿Y no querría todo el mundo que se le diese la oportunidad de conocerla? Más aún, ¿no es deber del creyente darla a conocer, es decir, hacer profesión de fe?). Así que la moderación le vino impuesta al cristianismo cuando la razón le ganó la partida histórica a la fe en la cultura europea. Ahora bien, no se debería incurrir en la ingenuidad de confiar en que esa victoria sea definitiva. Ni mucho menos.
En la escuela está uno de los frentes de una guerra que se libra contra el fanatismo todos los días. La posmodernidad nos ha vuelto más tolerantes a un relativismo que desincentiva el debate racional y crítico (inteligente) que hoy más que nunca precisamos en la aldea global, donde convivimos codo con codo con quien respira otra atmósfera cultural, pero forma parte del mismo organismo social. A ese debate también hay que someter a las religiones, en torno a las que no tiene justificación establecer cordones sanitarios contra el librepensamiento. Lo expuso con claridad meridiana Bichara Khader, profesor de la universidad belga de Lovaina, palestino de origen y fundador del Centro de Estudios e Investigaciones sobre el Mundo Árabe Contemporáneo, en una entrevista emitida recientemente por una cadena de radio (http://cadenaser.com/programa/2016/05/06/a_vivir_que_son_dos_dias/1462545766_253640.html). Al respecto de la cuestión de la incompatibilidad de la democracia y el mundo árabe dijo: «Lo que es necesario, y los musulmanes tienen que entenderlo, es que hay que separar el espacio religioso del espacio político. Esta separación es la laicidad, es la neutralidad del Estado de cara a las creencias y a la no creencia... El futuro del mundo musulmán reside en la separación de lo religioso, que tiene que ser algo privado, y de lo público, de la gestión del Estado y de los asuntos oficiales, que tienen que ser separados del impacto de las interferencias nefastas de la religión. Entonces, no hay una incompatibilidad de principio, pero estas interferencias constantes de la religión en nuestros Estados perjudican la búsqueda de un mundo árabe secular».
Y lo que vale para el islam vale para cualquier otra religión.
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