lunes, 9 de marzo de 2020

Fantasmagoría en el supermartes

Fantasmagoría en el supermartes: ruinas, posesiones y epidemias

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Fuentes: Ctxt
Un virus nos muestra la importancia y la urgencia de una sanidad pública para todas las personas, de una sociedad que cuide a todas las personas. Se le puede llamar socialismo democrático o de cualquier otra manera.
Para describir la presente situación, confusa y volátil, y seguramente algo melancólica, tal vez sirva empezar con aquella vieja frase de Gramsci, ya tan usada: “En el tiempo de la crisis lo viejo no termina de morir, y lo joven lucha por nacer. En ese claroscuro surgen los monstruos”. Según las versiones, Gramsci en realidad no usaba la palabra “monstruos” sino que hablaba de “síntomas mórbidos”. Vivimos tiempos profundamente feos, así que seguramente da lo mismo la palabra que Gramsci usara: es un tiempo de síntomas mórbidos, de monstruos, de epidemias. Un tiempo de fantasmas y fantasmagorías. Parafraseando a Gramsci, en los últimos tiempos, y en tantos lugares, da la sensación de que no es ya que el viejo mundo no termine de morir. Es que sabe que está muriendo, pero está decidido a llevarse al nuevo mundo –y a todos nosotros– con él. 
Biden ofrece una imagen entre grotesca y patética, por sus frecuentes errores, sus frases e ideas sin terminar y su desorientación en algunos momentos
Es una paráfrasis y una forma de hablar –en una frase, lo reconozco, un tanto tremenda– pero no puedo evitar pensar en Biden como uno de los síntomas mórbidos del momento. Con esto no quiero caer de ningún modo en una demonización por su edad. Pero lo cierto es que Biden ofrece, ahora mismo, una imagen entre grotesca y patética, por sus frecuentes errores, sus frases e ideas sin terminar y su desorientación en algunos momentos. Pero como digo, no es mi intención cuestionar al individuo Joe Biden sino, más bien, a lo que ‘Biden’ como figura política, representa. 
La caída de la Casa Demócrata
¿Cómo es posible que una candidatura como la de Biden, que hace diez días parecía acabada, vuelva de esta manera del reino de los muertos? Hay muchas razones para explicarlo. En South Carolina, el apoyo del poderoso Jim Clyburn, sumado al establecimiento de toda una narrativa para amplificar como enorme remontada lo que era una victoria esperada (si bien, es cierto, no tan abultada) y en un estado en el que la campaña de Biden había volcado de manera desesperada todos sus recursos. En la  víspera del supermartes, las vertiginosas renuncias de Steyer, Buttigieg y Klobuchar, a las que se sumó Beto O’Rourke. Nótese que los estados de Minnesota, por el que es senadora Klobuchar, y Texas, de donde es O’Rourke, formaban parte de la contienda del martes. Esto es: estos apoyos supusieron una verdadera inyección de doping en el último momento. En ese sentido, y aun reconociendo que la del supermartes fue una victoria indiscutible para Biden, también es posiblemente el mejor resultado al que puede aspirar. Y de momento ha agotado las inyecciones de última hora. Solo le queda un último cartucho: Obama, que todavía no se ha pronunciado aunque es muy probable que lo haga pronto. Por otro lado, conviene no olvidar que Biden ha ganado en estados tradicionalmente republicanos, que es difícil que pudiera ganarle a Trump en noviembre, sobre todo porque, se mire por donde se mire, resulta un candidato previsible y convencional, incapaz de generar algún tipo de realignment fuera de lo esperado. Y a quien no se vota por un programa (¿que propone exactamente Biden?) ni por unas convicciones definidas, ni porque despierte una especial ilusión o identificación.
Pero más allá de cuestiones tácticas, la gente de esos estados le ha votado. ¿Por qué? Aquí aparece la cuestión del famoso “voto negro”, el supuesto “cortafuegos”, como al aparato demócrata le gusta denominar, en expresión cosificadora y sumamente problemática, ya que borra las complejidades internas a ese supuesto bloque: diferencias de clase, de género, geográficas, etc. Y –como pasa en todas partes– también generacionales. No por una mera cuestión de edad (las lecturas generacionales no suelen aportar gran cosa) sino por momentos que operan como parteaguas político. En este caso, Black Lives Matter. La fractura generacional es perceptible: los jóvenes afroamericanos –como los latinos y blancos– votan a Sanders. Pero es cierto que finalmente el voto en South Carolina se ha decantado masivamente por Biden. Como ha recordado la autora Tressie McMillan Cottom, una expresión habitual entre la comunidad afroamericana del sur es “Know your whites”, un dicho polisémico difícil de traducir, pero que vendría a expresar una (comprensible, por las innumerables razones históricas que todos conocemos) cautelosa desconfianza en los políticos blancos. “Mejor blanco conocido, que blanco por conocer” podríamos traducir de un modo un tanto libre. 
Es fácil sostener que Biden ha logrado el voto afroamericano del sur gracias a la nostalgia de Obama, a quien alude constantemente
Es fácil sostener que Biden ha logrado el voto afroamericano del sur –y el de otros sectores demográficos– gracias a la nostalgia de Obama, a quien alude constantemente. Sin embargo, diría que en realidad Biden interpela a una nostalgia todavía más profunda: la nostalgia de una normalidad perdida, modulada en diferentes formas de acuerdo a cada bloque de votantes. Como reedición de esa tradicional cautela de las generaciones de afroamericanos mayores hacia los políticos blancos, como decíamos. O como una vuelta a una normalidad institucional agotada tras el escándalo continuo que supone Trump, la profunda anomalía que representa su mera presencia en la Casa Blanca en las mentes biempensantes de los liberales blancos de la clase alta en las grandes ciudades, también mayores. Biden representa, tal vez, el retorno a una institucionalidad afable, tranquila, sin supuestas injerencias de Rusia, sin sobresaltos, y seguramente sin el –para este tipo de votantes– insufrible mal gusto hortera que Trump viene a representar. Una revuelta silenciosa de los mayores que, paradójicamente, ha venido a elegir precisamente al candidato al que más y más cruelmente puede destruir Trump (por las cuestiones –Ucrania, el hijo de Biden– que suscitaron un impeachment que quedó en nada y que seguramente, de hecho, reforzó a Trump). Todo ello, por otra parte, ¿va a ser generosamente financiado por Wall Street y todo tipo de lobbys, finalmente felices de haber encontrado el candidato que necesitaban para ganar? Y por otro candidato que ha abandonado en los últimos días, el hasta hace poco temible Bloomberg, autor de la que será recordada por muchos años como la auto-broma más cara de la historia. 
Pulsión de muerte en el Partido Demócrata. En un sentido superficial, inmediato, en la manera en que están potenciando deliberadamente un candidato que (lo sabemos todos, y ellos también) va a ser destrozado por Trump. En esa decisión imagino que predomina en muchos casos el dogma centrista de que hay que buscar el candidato más adecuado para atraer a un mítico votante republicano moderado. Es la estrategia que fracasó hace cuatro años, con una candidata mucho mejor preparada para ello que Biden. En un sentido más profundo, esa pulsión de muerte alude a esa resistencia absoluta hacia lo Otro, esto es, Bernie o cualquier intento de modificar una supuesta esencia demócrata que, a estas alturas, nadie sabe muy bien qué, y a quién, defiende. Sanders representa, para el aparato demócrata y sus alrededores, un peligro existencial. En un sentido material, concreto, para varios miles de personas empleadas en lobbys, medios, consultorías diversas. Pero realmente también para el propio partido como entidad histórica. De ahí esa pulsión de muerte, esa afirmación rotunda de la propia identidad que, aparentando fuerza, precede a la autoaniquilación. 
Este retorno de Biden, más allá del innegable papel de los medios, del framing, de las narrativas, obliga a preguntarnos acerca de qué afectos políticos se mueven, qué proyectos y visiones logran convencer, frente a la gravedad de problemas que nos acechan, como el cambio climático, la posibilidad misma de un futuro, y que sin embargo conducen una y otra vez a tantos votantes –sobre todo los más mayores– a buscar refugio en lo conocido, o en un deseo de vuelta a la normalidad. Una normalidad que muchísima gente joven, acosada por la deuda, el desempleo, la precariedad, simplemente nunca ha llegado a conocer. Esa es la falla generacional profunda, la que enmascaramos entre recriminaciones y chistes sobre tostadas de aguacate o respondiendo “ok boomer”. 
Warren o la posesión
En estos días de paisaje cambiante, la verdadera figura clave ha sido, está siendo y todavía será por un tiempo Elizabeth Warren. Después de unos decepcionantes resultados, incluido un tercer puesto en su propio estado, Massachusetts, y de varios días de controversia entre sus seguidores y los de Bernie, que pedían que cesara su campaña y diera su “endorsement” a Sanders, Warren eligió –como siempre– un calculado camino intermedio. Suspendió su campaña el jueves 5 de marzo, pero pidió algo de tiempo para pensar a quien dará (o si dará) su apoyo.  
Hasta comienzos del otoño pasado, Warren aparecía como una candidata imponente, hábilmente situada entre los dos polos del espectro: una sólida y preparadísima reformadora con pedigrí tecnocrático labrado en una larga experiencia académica y política, y una figura rotundamente progresista, que venía a ofrecer lo mismo que Bernie, pero a través de planes más concretos y factibles. Así al menos es como ella ha tratado de diferenciarse de Sanders y de colocarlo en el extremo izquierdo del campo. Además, contaba con el apoyo de importantes organizaciones de base, con capacidad de movilización (lo que se suele llamar aquí “ground game”). 
Todo el mundo coincide en lo decepcionante, y seguramente inmerecido, que ha terminado siendo el lugar de Warren en estas primarias. ¿A qué se ha debido su lento declive a lo largo de los últimos meses? Por seguir con este relato fantasmagórico, en Warren ha parecido operar la figura de la posesión. Mientras se situó claramente con un mensaje atrevido, y de hecho en clara sintonía y con mutuo respeto con Bernie, su figura ocupó una centralidad magnética. Su estrella comenzó a apagarse en el momento en que empezó a polarizar con Sanders, a través de las más diversas tácticas. Por ejemplo, el confuso episodio en el que le acusó de haberle dicho en una ocasión que una mujer no podía llegar a la Casa Blanca (en 2015 Bernie esperaba, como mucha gente, que Warren se presentara, y no lanzó su candidatura hasta que Warren confirmó que no iba a hacerlo). Pero también a un nivel más programático: Warren empezó a atacar las propuestas de Bernie por irrealizables, y a distanciarse, por ejemplo, de Medicare for All (la propuesta de sanidad pública de Sanders). 
Hablo de posesión por varias razones. Por lo inesperado de ese giro de Warren, desde luego, pero también porque al hacerlo estaba invocando a otra presencia. De manera decepcionante, y a pesar de unas bases organizativas muy diferentes a eso, al elegir ese camino Warren se estaba convirtiendo, conscientemente o no,  en una continuación del clintonismo por otros medios. Quiero recalcar la palabra otros. No es que Warren y Clinton, y mucho menos sus campañas, organizadores y seguidores, sean lo mismo. Pero en su giro –es mi impresión–, Warren comenzó a caer en una falsa polarización entre género, clase y raza, en nombre de una –mal entendida, en opinión de muchas personas– interseccionalidad (consagrada además por el apoyo a Warren de una de las creadoras del concepto, Kimberly Crenshaw). Sin duda alguna, es crucial no borrar las opresiones específicas ligadas a cada una de esas relaciones sociales, y muy a menudo la izquierda socialista no ha sabido o querido evitarlo. Pero al plantear esas categorías como entidades excluyentes, como identidades, se abre el camino a un retorno al anclaje de esas identidades en una ética individualista y meritocrática: el neoliberalismo progresista de Clinton tal y como ha analizado Nancy Fraser. En el caso de Warren no es un simple retorno: sus programas y propuestas están claramente mucho más a la izquierda que las de Hillary Clinton. Pero bien por su infraestructura discursiva, por la búsqueda de polarización y diferenciación propias de una campaña electoral, o por su estilo fuertemente tecnocrático, que ha recortado notablemente su capacidad de llegar a gente más allá de los profesionales blancos, creo honestamente –y con tristeza– que el giro de Warren ha hecho mucho daño. A ella misma, a su valiosa campaña y equipos, y al campo electoral progresista que ella y Bernie representan. Y que, quién sabe, todavía podrían recomponer.
Warren parece operar una dicotomía que es a la vez su debilidad y su fuerza: sus bases están en general a la izquierda de ella, bastante cerca de Bernie. Pero sus instintos políticos suelen tirar siempre hacia el centro
Lo cierto es que en Warren parece operar siempre una dicotomía que es a la vez su debilidad y su fuerza: sus bases están en general a la izquierda de ella, bastante cerca de Bernie. Pero sus instintos políticos personales suelen tirar siempre hacia el centro. Warren ha sido siempre extremadamente cautelosa. Demasiado cautelosa, seguramente. En 2016 se formó una plataforma para animarle a presentarse (Run Liz Run!). No lo hizo. Esa gente pasó entonces casi en bloque a Bernie. Por esas diferencias entre Warren y su base es importante prestar atención a los movimientos de algunas organizaciones y actores en el campo progresista en los próximos días. Ya la víspera del supermartes, en medio del vertiginoso desfile de endorsements centristas a Biden, el histórico semanario progresista The Nation –cuya línea editorial se mueve exactamente en el espacio político e ideológico entre Warren y Bernie– publicaba su apoyo oficial a Sanders. El mismo martes, cargos de una de las organizaciones más importantes detrás de la campaña de Warren, el Working Families Party, hacía también unas significativas declaraciones, asegurando que Warren llegaría a la convención como candidata progresista y determinada a lograr una victoria final progresista. Aunque el jueves 5, cuando Warren hizo público su abandono, no declaró ningún endorsementsu campaña y la de Bernie ya habían empezado a reunirse. Obviamente hay muchos rumores, y es difícil saber qué posición adoptará Warren finalmente. Puede seguramente recibir ofertas de un lado y de otro. ¿Puede Biden ofrecerle la vicepresidencia? Puede ser, pero Warren ha quedado en una cierta tierra de nadie: aunque no ha recibido la agresividad que normalmente recibe Sanders, si ha quedado algo distanciada del establishment. Y más de un establishment como el que se ha configurado ahora. ¿Si fuera así, podría decantarse por Biden? Tal vez, pero seguramente sería a costa de dilapidar todo su prestigio progresista, y posiblemente de provocar una rebelión en sus bases. Warren ha denominado siempre sus planes y propuestas como “grandes cambios estructurales” (big structural changes). Ahora le aguarda, por así decir, una gran decisión estructural, en un sentido político profundo, esto es, referido a la estructura misma del sistema político estadounidense: decidir entre reforzar un aparato que manifiestamente se posiciona en contra de cualquier reforma (incluidas las suyas, aunque las maquille tecnocráticamente) o situarse al lado de las personas que defienden sus mismas ideas, aunque lo hagan en formas que, según ella, no siempre son las adecuadas o factibles. En el fondo, el viejo dilema entre la política como técnica de expertos (su frase fetiche: “I have a plan!”) o la política como visión de masas (“I have a dream”). 
De sueños y epidemias
En el campo sanderista, los ánimos andan cambiados. El despertar de un sueño, en cierto modo. De la progresión vista desde Iowa y New Hampshire, a la euforia en Nevada, y a una contenida decepción por South Carolina y el supermartes. El balance de este último, no obstante, es meritorio, y plagado de detalles significativos. No solo la victoria en California, Colorado, Utah y Vermont. La población latina ha mostrado su apoyo mayoritario a Bernie. O, por ejemplo, el haber ganado en todos (menos uno) los condados fronterizos con México en Texas y California. Hay quizás una sensación de necesidad de cambiar de fase, de estrategia. A varios niveles. En un nivel comunicativo, el discurso acerca de la supuesta agresividad en redes de los llamados “Bernie Bros” parece haber hecho mella. Se trata de una acusación fundamentalmente injusta (desde todas las campañas y seguidores se han ejercido malas formas). Pero más que por una cuestión de mera “politeness” se trata del problema, mucho más importante, de la necesidad de construcción de alianzas. En primer término, con los seguidores de Warren. Pero también más allá. En cierto modo, se puede ver como una crisis de crecimiento: ahora empieza otro juego, todavía más serio. Y la posición de Bernie no es ya la de un outsider enfrentado a un establishment, sino la de un contendiente fuerte con muchas opciones. En otras palabras, frente a la normalidad nostálgica encarnada en Biden, el debate reside en la conveniencia o no de “normalizar” a Bernie. En diferentes modos. Uno de ellos es la cuestión del “socialismo democrático” de Sanders. Más allá del debate de si el término debería permanecer o abandonarse –es una discusión para abordar en otra ocasión– se trata, como explica a menudo el historiador Harvey J. Kaye, de articularlo como una visión plenamente americana, en ningún modo extraña a la historia política del país. 
Pero al margen de debates históricos, se trata tal vez de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más complicado. En estas últimas semanas, entre noticias, avisos, reuniones canceladas y rumores sobre virus y epidemias, se nos ha aparecido, materializada en cifras de víctimas mortales, personas infectadas, costos de los tests para quienes no tienen seguro médico, y el tenue miedo cotidiano en viajes de metros, interacciones y máscaras, la metáfora misma del neoliberalismo, de los temores y distancias que construye entre los cuerpos. Uno cae entonces en una obviedad: una enfermedad nunca es algo individual: la salud y la seguridad de uno es la salud y la seguridad de todos. Inesperadamente, un virus nos muestra la importancia y la urgencia de una sanidad pública para todas las personas, de una sociedad que cuide a todas las personas. Se le puede llamar socialismo democrático o de cualquier otra manera. Al final, consiste simplemente en defender algo de vida entre tantas ruinas, tantos fantasmas y tanta muerte. 
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Vicente Rubio-Pueyo es profesor adjunto en Fordham University (Nueva York). Investiga y escribe sobre cultura y política en la España contemporánea.

viernes, 6 de marzo de 2020

Sin «evidencia estadística de fraude»

Conclusiones de un estudio publicado por The Washington Post sobre las elecciones en Bolivia

Sin «evidencia estadística de fraude»

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Fuentes: Rebelión
El periódico estadounidense afirmó que no ha encontrado evidencias de una posible manipulación de los resultados, y que el análisis de la OEA «es profundamente defectuoso».
Una investigación publicada por el periódico estadounidense The Washington Post concluyó que en las elecciones celebradas en octubre en Bolivia no hubo fraude, contrariamente a lo que denunció la oposición al presidente reelecto, Evo Morales, previo al golpe de Estado que lo destituyó. 
El análisis, realizado por el blog de ciencia política Monkey Cage, está basado en 1.000 simulacros y datos estadísticos, especialmente sobre lo que pudo haber ocurrido en el lapso que se suspendió el conteo —no oficial— de la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP), uno de los pilares en los que se basó la Organización de los Estados Americanos (OEA) para concluir que hubo una «manipulación».
«Nuestros resultados fueron directos. No parece haber una diferencia estadísticamente significativa en el margen antes y después de la suspensión de la votación preliminar. En cambio, es muy probable que Morales haya superado el margen de 10 puntos porcentuales en la primera ronda», sostiene el informe.
Partidarios del expresidente boliviano Evo Morales transportan ataúdes de personas asesinadas en Senkata, en La Paz, Bolivia, el 21 de noviembre de 2019
Esos 10 puntos de distancia eran los necesarios para que Evo Morales, del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP), evitara un balotaje contra su más cercano competidor, el expresidente Carlos Mesa. Si bien esa cifra no había sido alcanzada al paralizarse el conteo, con el 84 % de los votos emitidos —Morales llevaba una ventaja de 7,87 %—, sí superaba el umbral de 10 % al reanudarse el recuento electrónico, 24 horas después. 
En su informe final, presentado en diciembre pasado tras haber participado como observador electoral, la OEA aseguró que se habría dado «un aumento masivo e inexplicable de los votos del MAS en el 5 % final del cómputo». Y concluyó que el presidente depuesto, Evo Morales, «habría conseguido la mayoría de los votos, pero no habría obtenido la diferencia del 10 % necesario para evitar la segunda vuelta».
Por su parte, John Curiel y Jack R. Williams, dos investigadores norteamericanos especializados en datos electorales y miembros del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), sostienen que, opuestamente a lo que señala la OEA, «hay razones para creer que las preferencias y los informes de los votantes pueden variar con el tiempo«.
A modo de ejemplo, The Washington Post indica que las personas que trabajan votan más tarde en el día, o que «en las áreas donde los votantes empobrecidos se agrupan pueden tener líneas más largas y menos capacidad para contar e informar los totales de votos rápidamente», factores que pueden darse en Bolivia debido a las «brechas graves en infraestructura e ingresos entre las zonas urbanas y rurales».
De todas maneras, para los autores del artículo, la variación es muy pequeña, por lo que no han encontrado «ninguna evidencia estadística de fraude».
«Las tendencias en el conteo preliminar, la falta de un gran salto en el apoyo a Morales después del alto y el tamaño del margen de Morales parecen legítimos», dicen los investigadores. Y agregan: «Con todo, el análisis estadístico y las conclusiones de la OEA parecerían profundamente defectuosos«.
En suma, los analistas que firman la nota del Washington Post hacen hincapié en que los medios bolivianos han dado por ciertas las acusaciones de manipulación electoral, e incluso algunos analistas han «justificado el golpe». Así, tras un período de gobierno «instalado militarmente», se celebrarán las elecciones, el próximo 3 de mayo, sin el candidato «con más votos» del país. 
«Por supuesto, el fraude electoral es un problema grave, pero confiar en pruebas no verificadas como prueba de fraude es una seria amenaza para cualquier democracia», concluyen.
«El único fraude ha sido el de la OEA»
El año pasado, tras conocerse el informe de la OEA sobre las elecciones en Bolivia, Morales -quien ya se había exiliado en México- aseguró que «el único fraude» había sido el de ese organismo, al que acusó de ser «cómplice del golpe de Estado, para instaurar un gobierno de facto». 
«El informe de la OEA señala que encontraron irregularidades en 226 actas. Incluso anulando el voto del MAS-IPSP en esas actas, la diferencia se mantiene por encima del 10%», dijo en ese entonces el exmandatario en su cuenta de Twitter.
Este jueves, Morales también se hizo eco del artículo publicado en el Washington Post. «Es una evidencia más del monumental robo que Mesa, la presidenta de facto, Jeanine Áñez, el dirigente opositor Luis Fernando Camacho y el secretario general de la OEA, Lius Almagro, hicieron a todos los bolivianos», opinó. 
«Narrativa postelectoral»
El informe publicado por el periódico estadounidense no es el primero que contradice a la OEA. Ya en noviembre, dos estudios elaborados de manera independiente concluyeron que los comicios se habían desarrollado sin pruebas concluyentes de fraude. 
En uno de ellos, realizado por el Centro de Investigación en Economía y Política (CEPR, por sus siglas en inglés), se indica que la Misión de Observación Electoral (MOE) de la OEA apoyó una «narrativa postelectoral sin evidencia».
El otro estudio fue obra de Walter Mebane, profesor de los departamentos de Ciencias Políticas y de Estadística de la Universidad de Michigan, y uno de los expertos en fraude electoral en el mundo. Su conclusión fue que, si bien encontró evidencia de votos «fraudulentos» en las elecciones, estos «no fueron decisivos para el resultado».  

Un fantasma recorre Estados Unidos

Un fantasma recorre Estados Unidos

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Fuentes: La Jornada
He recordado el interrogatorio de los colaboradores del senador Joseph McCarthy al escritor Dashiell Hammett, en estos días de escándalo, porque Bernie Sanders habló medianamente bien de Cuba.
En el afán por hallar trazas de comunismo en cualquier lugar y a cualquier precio, el autor de El halcón maltés debió explicar si algunas de sus obras estaban relacionadas con problemas sociales. Hammett recordaba un relato corto llamado Night shade, en el que se pronunció contra el racismo. Tras varios rodeos, el inquisidor le exigió entonces que precisara si el cuento refleja de alguna forma las posiciones comunistas sobre los problemas raciales. No más que la de otros partidos políticos, respondió Hammett.
Aunque la actividad política del senador McCarthy tuvo corta vida, el macartismo como tendencia, sin embargo, lo sobrevivió hasta hoy. El ismo que lleva su nombre puede leerse como la institucionalización del anticomunismo, un fenómeno socio-cultural que ha penetrado la sociedad estadunidense y que proyecta su larga sombra sobre la contienda electoral que define al candidato demócrata a la Casa Blanca.
El anticomunismo es un fantasma que explotan por igual los dos bandos partidistas. Joe Biden y otros de la cúpula demócrata han tomado prestada la táctica empleada por los republicanos, usando la antigua retórica de la guerra fría para advertir sobre el comunismo de Sanders. A los jóvenes parece no importarles: no sólo porque no están contaminados con la retórica de una etapa que no vivieron, sino porque en el ambiente polarizado y ríspido de las redes sociales, los ataques al favorito, cualquiera que éste sea, rebotan dentro de la cámara de eco de los seguidores. La información que no gusta, simplemente se desecha.
Los angloparlantes llaman cámara de eco (echo chamber) al fenómeno que describe la incapacidad de un individuo de escuchar en las plataformas sociales algo más que la resonancia de su propia voz. El término se está imponiendo en la literatura técnica y designa la manera en la que los ciudadanos se informan en tiempos en que los artilugios técnicos han propiciado la aparición de guetos identitarios, donde reina una especie de sectarismo entre grupos. Sólo se ven y leen las opiniones que fortifican prejuicios y creencias. En un entorno así no sólo se devalúa el debate político, sino se elimina de raíz.
Joseph McCarthy se sentiría muy cómodo si tuviera la oportunidad, ahora mismo, de asistir a la disputa por llegar a la Casa Blanca en noviembre. La satanización de Sanders por sus elogios a la educación y la salud en Cuba, que ha crispado a los macartistas de ambos partidos, resulta marginal en un contexto donde la propaganda anticomunista es más descarada ahora que en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, zona de confort de Donald Trump.
Sanders perdió el impulso que traía para imponerse en las primarias demócratas, cuando varios de los candidatos de ese partido endosaron a Joe Biden por temor al izquierdismo de quien venía como favorito en las encuestas, cuya propuesta más radical es extender el Medicare a la población estadunidense que carece de protección sanitaria y cobrarles un impuesto merecido a los multimillonarios. Una oferta infinitamente más cerca de Franklin Delano Roosevelt que de Carlos Marx.
El pragmatismo demócrata empuja aún más a Estados Unidos a los brazos del macartismo. Trump hace rato que se apropió de la teoría del complot comunista y ha demostrado que lo suyo no es sólo un abierto desplazamiento hacia la extrema derecha, sino la cacería de brujas, las listas negras que encabezan los medios de comunicación y la adhesión rupturista como forma de revolución anti-establishment partidario, de voluntad de cambio frente al statu quo de una sociedad en plena crisis moral.
En el debate de los candidatos demócratas en Las Vegas, el cruce de palabras entre Michael Bloomberg y Bernie Sanders fue un déjà vu del interrogatorio que sufrió Dashiell Hammett en el Comité de Actividades Antiestadunidenses, que dirigía el senador McCarthy. El multimillonario ex alcalde de la ciudad de Nueva York, con una fortuna que supera los 60 mil millones de dólares, rechazó airadamente la propuesta de Sanders de que los trabajadores pudieran participar de la dirección de las empresas que los emplean.
Absolutamente no, dijo Bloomberg. “No vamos a echar al capitalismo… Otros países lo intentaron. Se llamó comunismo y simplemente no funcionó”. Era la primera vez que el ataque macartista venía de la cúpula demócrata. Sanders reaccionó con un “yo hablo de socialismo democrático, no de comunismo, señor Bloomberg… Lo que usted me ha dicho es un golpe bajo”.
Pero fue más que eso. El macartismo en EU todavía funciona y la prueba es que el Supermartes demócrata logró resucitar a Biden con grandes posibilidades de dejar fuera del juego electoral al favorito Sanders, sospechoso, inmerecidamente, de comunista.

Siete años sin Chávez


Siete años sin Chávez


Fuentes: Rebelión
Se cumplen este jueves 5 de marzo siete años de la desaparición del Comandante Eterno, de una de las grandes figuras de la historia contemporánea de América Latina y el Caribe. Puesto a escribir unas líneas para una breve recordación de un personaje inolvidable, caí en la cuenta de que siete es un número muy especial. En todas las religiones se le asigna un valor singular: el catolicismo, el judaísmo, el hinduismo… Incluso en la Grecia clásica, el siete tenía un significado especial.
Para los primeros, porque  siete son los dones del espíritu santo, los pecados capitales, los sacramentos y los días que tardó Dios en crear el mundo. Para la cábala, la interpretación mística de la Torá de los judíos, el candelabro sagrado debe tener siete brazos, tantos como columnas tenía el templo de Salomón.
En el hinduismo, siete son los chakras del ser y las ciudades sagradas de la India. En la Grecia clásica, se hablaba de los siete sabios, se deleitaban escuchando las siete notas musicales  o contemplando los siete colores del arcoíris, mientras sus astrónomos observaban la evolución de las siete fases de la Luna y tomaban nota de los siete días de la semana.
Esta breve digresión se originó en una lectura perdida en el tiempo de una frase que leí y que en su momento me impresionó vivamente: el siete representaba el puente entre la deidad y los mortales. Y se me ocurrió pensar que justamente el querido Hugo estaría, tal vez hoy, vaya uno a saber dónde, cruzando ese puente que lo convirtió en una deidad. Esto es, en un recuerdo, una presencia sorprendentemente cercana, una vivencia que tiene la capacidad de influir sobre las acciones de quienes aún hoy permanecemos en el mundo de los vivos.
Dante Alighieri y Jorge Luis Borges se refirieron a menudo a ese número como algo especialísimo. Y Chávez también lo era, de ahí esta curiosa asociación. Reunía aquella condición que, una vez ido de este mundo, lo convertiría en un “recuerdo que mueve a mujeres y hombres”, que influye en ellos, los llama a actuar, a no resignarse ante los crueles desafíos del imperio.
Por eso hoy, a exactos siete años de su siembra, lo necesitamos más que nunca. Esta Latinoamérica lacerada y desgarrada por la agresión del dictador mundial que ocupa la Casa Blanca –erigido en policía, fiscal, juez, jurado y verdugo del resto del mundo–, necesita más que nunca de la entrañable presencia del Comandante, de su saludable influjo. De aquel que en Naciones Unidos dijo “aquí huele a azufre” luego de que George W. Bush dejara el podio.
Lo necesitamos para que nos guíe con su ejemplo y su inmenso legado, con esa antorcha de la libertad y de la autodeterminación nacional que empuñó tan alto y con tanto brío.
Chávez fue, como lo dije tantas veces, el enorme mariscal de campo que Fidel, el genial estratega cubano, necesitaba para propinarle al imperio su derrota más resonante en los ya lejanos días del 2005 en Mar del Plata. Su siembra, lejos de borrarlo de la escena política, agigantó su presencia y su gravitación en las luchas de nuestros pueblos, comenzando por la heroica resistencia de la entrañable Venezuela ante la guerra que le hace Estados Unidos.
Por uno de esos misterios que la historia universal reserva solo para los grandes, su muerte lo convirtió en un personaje inmortal. Tenía razón Fidel cuando, al enterarse de su muerte dijo: “Ni siquiera él mismo sospechaba cuán grande era”.

jueves, 5 de marzo de 2020

Sanders despierta al «socialista» que los estadounidenses llevan dentro

Bernie Sanders despierta al «socialista» que los estadounidenses llevan dentro

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Fuentes: Rebelión
La mayoría de estadounidenses quieren es una transformación profunda de su sistema político.
En los Estados Unidos, los políticos tradicionales, tanto republicanos como demócratas, dirán que Bernie Sanders es, entre otras cosas, un candidato anticuado. Veamos: ¿Es anticuado creer que cualquiera que trabaje 40 horas a la semana no tiene por qué vivir en la pobreza? ¿Es anticuado creer que el acceso a la salud debería de ser un derecho para todos, aun para aquellos que no cuentan con suficientes recursos? ¿Es anticuado plantear que el candidato que obtenga el apoyo mayor de los ciudadanos, y no el que tenga más dinero, es quien debería ser elegido para contender contra el actual ocupante de la Casa Blanca? Si esto es ser anticuado, entonces, muy probablemente todos tenemos un «algo» de anticuados.
Lo que hoy está aconteciendo en la vida política de los Estados Unidos es una muestra de que los tiempos están cambiando, es una muestra de que la gente está siendo más receptiva a las ideas verdaderamente progresistas, ideas que siempre han sido pintadas como «demasiado radicales». La gente se está dando cuenta que muchas de esas ideas «radicales», después de todo, no suenan tan mal. Creo que esa es la gran contribución de Bernie al campo político de los Estados Unidos.
En un escenario político donde la gente está tan acostumbrada a ver a los políticos cambiar de opinión de la noche a la mañana, mentir descaradamente, tergiversar, simular, quizás la franqueza de Bernie sea lo más «radical» con lo que cuenta. De hecho, las ideas de Bernie yo no las metería en una categoría de «radicalismo». Esto, más bien tiene que ver con un nerviosismo de quienes están acostumbrados a la política tradicional. Tiene que ver con que el establishment parece no comprender que lo que la mayoría de estadounidenses quieren es una transformación profunda de su sistema político.
Considero que Bernie Sanders ha venido a alterar, para bien, la política estadounidense. Y esta elección del 2020 será la elección de las llamadas minorías, de la participación de las mujeres, de la participación de los jóvenes y del debate sobre si el progresismo más «radical» (muy cercano al socialismo, pero no necesariamente socialista) es en realidad tan «aterrador» como se nos ha dicho siempre.

VENEZUELA: Las comunas levantan Cabeza

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Nació la Unión Comunera, un espacio de reunión de comunas de áreas rurales y urbanas. Buscan mantener en alto lo que consideran el legado estratégico central dejado por Hugo Chávez: la construcción de comunas. Sputnik estuvo presente en el encuentro realizado en Caracas.
La parroquia 23 de Enero queda en el oeste caraqueño, cerca del Palacio de Miraflores. Está marcada a fuego por su historia de resistencias en décadas anteriores, y por su organización social que ha sido demonizada por la derecha durante todos los 20 años del chavismo en el Gobierno.
© AP PHOTO / ARIANA CUBILLOS
Es allí donde se desarrolla un encuentro de la naciente Unión Comunera, un espacio que agrupa alrededor de 100 comunas y que, en esta ocasión, reúne a las de la región centro del país, es decir Caracas y los estados cercanos, Miranda, La Guaira, Aragua y Carabobo.
La reunión tiene lugar en la Comuna Panal 2021, uno de los sitios más reconocidos de la organización popular caraqueña. En las paredes se pueden ver homenajes a quienes trazan una historia de luchas venezolanas y latinoamericanas, como Fidel Castro, Hugo Chávez, y consignas como "las comunas son el alma del proyecto socialista".
"Creemos que la Unión Comunera es un paso hacia lo estratégico, para no aislarnos, no estar solos, creemos en la necesidad histórica de unirnos y este el horizonte más cercano que tenemos", dice Ana Marín, integrante de la Comuna Panal 2021 y de las Fuerzas Patrióticas Alexis Vive.
A este encuentro han venido dieciocho comunas. En simultáneo, se desarrolla una actividad similar en el estado de Mérida, en los Andes venezolanos. Es parte de un trabajo de organización entre las comunas que ha comenzado hace varios meses y se encuentra en proceso de consolidación. Una de sus reivindicaciones principales es sostener la consigna estratégica que dejó Chávez antes de morir: comuna o nada.

Ascenso y descenso comunero

Vista de la parroquia 23 de Enero, en Caracas
© SPUTNIK / MARCO TERUGGI
Vista de la parroquia 23 de Enero, en Caracas
"El proceso de construcción comunal tuvo un avance notable durante mucho tiempo, hablamos de un período de más de diez años", dice Reinaldo Iturriza, sociólogo, quien estuvo a la cabeza del Ministerio del Poder Popular para las Comunas entre el 2013 y 2014.
Iturriza participa del encuentro de la Unión Comunera que se realiza en el Panal 2021. El avance comunal comenzó a experimentar, a partir del año 2015, el inicio de una pérdida de fuerza.
"A partir de algún momento, creo que coincide con la crisis económica de 2015 en adelante, hay una suerte de fenómeno de repliegue popular muy importante y, de manera esquemática, se puede resumir explicándolo por la vía la necesidad de resolver la cotidianeidad, lo económico doméstico", analiza Iturriza.
La situación económica en esos años estuvo marcada por el desabastecimiento de productos esenciales, una inflación que mutó en hiperinflación —ahora nuevamente en niveles de inflación— entre otros fenómenos desatados por ataques económicos internos y externos, dificultad para contenerlos y errores.Esa situación hizo que "muchísima gente que estaba protagonizando los procesos de organización popular en los territorios tuvo que ocuparse de cosas urgentes". El Gobierno, en ese contexto, volcó sus esfuerzos en impulsar los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), nacidos en el 2016, para garantizar la distribución de alimentos subsidiados.
Los mayores impactos de la crisis económica recayeron sobre los sectores populares, es decir sobre la base social del chavismo, protagonista de la organización en sus territorios, como las comunas.
Así, el proceso sostenido de avance —con sus dificultades y tropiezos— fue deteniéndose y, en muchos casos, las comunas perdieron fuerza. Eso no solamente sucedió por las dificultades para enfrentar el día a día, sino porque existió, explica Iturriza, "una suerte de retirada estatal de los territorios comunales".

Una reorganización comunera

"Sigue habiendo experimentos muy cualificados políticamente, y en algunos casos redoblando la apuesta, este esfuerzo por crear este espacio de articulación que es la Unión Comunera habla sobre la conciencia de articular experiencias para revertir ese proceso de repliegue y debilitamiento general de la experiencia comunal", analiza el sociólogo, autor del libro El chavismo salvaje.
Al referirse a "cualificados políticamente", Iturriza se refiere a dos elementos centrales. En primer lugar, la existencia real de la comuna como ensayo de autogobierno en su territorio, es decir, con órganos de gobierno, como un parlamento comunal, y el desarrollo de una economía comunal.
En segundo lugar, "la importancia de no quedarse en el territorio sino salir y establecer alianzas políticas (…) una comuna o un grupo pequeño de comunas peleando solo, aislado, las posibilidades que tiene de avanzar políticamente son prácticamente nulas".
Rueda de prensa de la Unión Comunera en la Comuna Panal 2021
© SPUTNIK / MARCO TERUGGI
Rueda de prensa de la Unión Comunera en la Comuna Panal 2021
Esas experiencias con fortalezas son quienes protagonizan lo que denomina "una recomposición de una parte del movimiento comunero". Se trata de un proceso conducido por comunas tanto de áreas rurales como urbanas, como en el caso de la Comuna Panal 2021, o la Comuna Socialista Altos de Lídice, que asiste al encuentro regional de la Unión Comunera.
Manuela, dueña de la casa donde está la farmacia comunal, entregando unos medicamentos a una vecina del barrio
La Unión Comunera surge entonces de la necesidad de organizarse, recorrer el territorio para agruparse, ver cómo resolver los problemas y poner en pie una unidad comunera. "Al momento de relacionarte con las instituciones del Estado los problemas son siempre los mismos", afirma Iturriza.
"Queremos invitar a todos los comuneros, comuneras, a las organizaciones que apuesten al centro político de la comuna como un horizonte estratégico, tenemos que encontrarnos, intercambiar, comunicar", afirma Andy Hernández, de la Comunal Socialista 5 de marzo Comandante Eterno, situada en la parroquia El Valle, en Caracas.

El corazón del proyecto

Taller de formación de la Unión Comunera
© SPUTNIK / MARCO TERUGGI
Taller de formación de la Unión Comunera
Las comunas ocuparon progresivamente un lugar central en la estrategia diseñada por Chávez. Se trataba, a través del desarrollo de esas formas de organización, de impulsar un proceso ascendente de empoderamiento de las comunidades, que comenzaba con solucionar problemas inmediatos, e iba hasta aprender a construir un gobierno local y una nueva institucionalidad.
Esa estrategia quedó marcada en la consigna "comuna o nada", enunciada por Chávez. Esa impronta perdió fuerza con los años: de ocupar parte del centro del proyecto se desplazó hacia los bordes.
El centro de la política, conducida por el Gobierno, quedó en los últimos años marcado por la resistencia ante el asalto permanente de Estados Unidos y la oposición golpista, el intento de estabilizar la economía centralmente a través de acuerdos con los empresarios, y una política de subsidios directos a los sectores populares.
Por eso, quienes impulsan la Unión Comunera buscan revertir esa tendencia y reponer la cuestión comunal en el centro de la política bolivariana: "estamos haciendo este esfuerzo en la necesidad de interrelacionarnos, intercambiar, crear metodología de trabajo, una nueva forma para decir que Chávez no aró en el mar y que el 'comuna o nada' de Chávez fue su testamento, su último aliento", afirma Ana Marín.