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sábado, 25 de julio de 2026
Solo la solidaridad internacional puede liberar a Palestina
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Solo la solidaridad internacional puede liberar a Palestina
Por Ahmad al-Sholi | 25/07/2026 | EE.UU., Palestina y Oriente Próximo
Fuentes: Revista Jacobin - Imagen: Estudiantes de la Universidad de California, en Los Angeles (UCLA) en solidaridad con Palestina, mayo 2024 (Foto: Zimo Li/Daily Bruin)
Los mismos cambios globales que sentaron el escenario para un genocidio palestino son también los que hoy convierten a Estados Unidos en el sitio principal para la solidaridad internacional con Palestina, en el momento en que su pueblo más la necesita.
Para los palestinos, la falta de capacidad de presión viene siendo una constante de su lucha centenaria por la autodeterminación. Sin capacidad de perturbar el statu quo israelí —y operando contra un Israel sumamente resiliente, que es inmune a los shocks exógenos y a la vez está profundamente integrado en la hegemonía imperial estadounidense—, los palestinos disponen de recursos limitados sobre los cuales apoyarse. Debido a esto, generaciones de simpatizantes internacionales se vienen movilizando por la causa. Palestina atrajo, en el siglo XX, una solidaridad internacional superada únicamente por la de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española. Los palestinos lograron convocar a voluntarios internacionales para su lucha en curso a niveles que superaron los que recibieron los argelinos, los vietnamitas y los sudafricanos en sus propias campañas victoriosas.
Operando ahora en un terreno distinto, la solidaridad palestina del siglo XXI tiene a su cargo una misión aún más audaz: movilizar a las masas en un mundo neoliberal, en lugar de apoyarse en la disuasión y el vanguardismo de un mundo bipolar ya desaparecido. Los mismos cambios globales que sentaron el escenario para un genocidio palestino son también los que hoy convierten a Estados Unidos en el sitio principal para la solidaridad internacional con Palestina, en el momento en que su pueblo más la necesita.
Los antecedentes apuntan a una vía no militarista para Palestina
A diferencia del público israelí, tanto el público francés como el estadounidense se opusieron a las empresas imperiales de sus respectivos gobiernos en Argelia y Vietnam. El reclutamiento de hombres jóvenes para la máquina de guerra jugó un papel vital en la construcción de esa oposición doméstica. Si bien en teoría debería regir una dinámica similar para el público israelí, la ausencia de una fuerza política progresista en Israel frustra ese potencial. El hecho de que el 90 por ciento de los israelíes apoyara la campaña militar en Gaza justo cuando el mundo estaba conmocionado por tribunales internacionales que la juzgaban como un caso de genocidio no es responsabilidad únicamente del gobierno israelí, sino también de su oposición política, que también está abierta a las fantasías bíblicas. Todo el establishment israelí comparte la culpa, ya que se turnaron para traicionar —con el consentimiento público— cada concesión dolorosa que los palestinos más pragmáticos hicieron en las tres décadas previas al ataque del 7 de octubre. Varias figuras destacadas de ese establishment ahora se están alineando para ofrecer melodías de arrepentimiento.
Para los palestinos, esa sola realidad debería haber descalificado cualquier estrategia puramente militarista, dado que el objetivo principal de tales estrategias debería ser problematizar el statu quo para la sociedad israelí —especialmente para sus élites— movilizando al público israelí en favor de la paz. Las formas específicas en que se llevó a cabo el ataque del 7 de octubre, y las diversas violaciones del derecho internacional que lo mancharon, hablan de una falta de esa planificación estratégica del lado de Hamás, ya que produjo un cierre de filas en torno a la bandera colonial, para el cual los israelíes están más preparados que otros.
Desde el primer día Hamás, de hecho, planeó y esperó una confrontación más amplia, que involucrara a toda la red respaldada por Irán, para abrumar militarmente a Israel. Pero se adelantó al lanzar el ataque antes de finalizar esos planes de coordinación. Sin embargo, indagar si un cierto grado de capacidad militarista es el factor decisivo en las luchas anticoloniales invita a una comparación significativa con el ejemplo vietnamita.
De manera similar a la lógica del ataque del 7 de octubre, la Oficina Central para Vietnam del Sur planificó la Ofensiva del Tet en enero de 1968 como un asalto sorpresa. Sin embargo, pese a los recursos muy superiores que poseían los vietnamitas en comparación con los palestinos, a las superpotencias que los armaban y a su capacidad para emprender oleadas sucesivas de ataques, la estrategia militar en sí misma no logró llevar a un final rápido a una guerra que ya estaba en pleno desarrollo. Como potencia imperial, Estados Unidos disponía de vastos recursos sobre los cuales apoyarse, y escaló la guerra a nuevas alturas durante los siguientes seis años. Lo que finalmente funcionó para los vietnamitas fue el impacto que tuvo la ofensiva sobre la política doméstica estadounidense, y la oposición antibélica que ayudó a catalizar. En relación con esto, si bien el ataque del 7 de octubre no ocurrió en un momento de polarización de la sociedad israelí en torno al propio régimen colonial, sí logró efectivamente poner fin a una polarización interna israelí existente en torno a las políticas judiciales domésticas.
En relación con esto, en Argelia, la contemplación de los límites de la violencia y de las capacidades militaristas no eludió a sus líderes anticoloniales. Las aplastantes derrotas de las milicias argelinas y de la guerrilla urbana en la primera mitad de la Guerra de Independencia de Argelia terminaron por desplazar la lucha hacia el terreno político y diplomático. Nuevamente, el público francés estaba profundamente dividido respecto de Argelia, mientras todo el régimen colonial francés se acercaba a su fin. El conflicto estaba a la vez llevando a la bancarrota a una Francia devastada por la posguerra de 1945, y enfureciendo repetidamente al principal acreedor de Francia, Estados Unidos, que buscaba alinear los intereses occidentales contra el comunismo internacional.
A diferencia del ascenso militar, económico y diplomático del que Israel disfrutó al menos desde el final de la segunda intifada en 2005, Francia se encontraba entonces a la defensiva. Además, a diferencia de las actuales políticas israelíes de borramiento de los palestinos, los franceses estaban debatiendo activamente cuestiones de asimilación versus independencia para los argelinos. Lo que en realidad les dio la victoria a los argelinos fue una campaña diplomática que supo aprovechar en su favor las circunstancias internacionales, construida sobre la base de una organización masiva de la sociedad civil que contrarrestó las diversas «zanahorias» políticas que Francia le ofrecía al público argelino. Estos esfuerzos combinados lograron efectivamente vaciar a Argelia de cerca de un millón de colonos europeos incluso antes de que el ejército de liberación de Argelia apareciera siquiera en las ciudades costeras donde residían esos colonos. No fue solo la escala del militarismo lo que resultó ineficaz para lograr la independencia argelina: fue una toma de conciencia de los límites del militarismo en su conjunto. Los colonos europeos, tras haber desairado a la sociedad argelina, terminaron por expulsarse a sí mismos del país cuando no lograron imaginar la igualdad tal como los argelinos la iban forjando sobre el terreno.
En otras palabras, el anticolonialismo militarista suele facilitar un proceso político en lugar de eludirlo. La pregunta pasa a ser cómo cualquier campaña puede facilitar un proceso político que un orden colonial eliminó.
Sudáfrica subraya la capacidad de presión, no solo los boicots
Es ampliamente comprendido que la lucha antiapartheid de Sudáfrica triunfó mediante métodos civiles, más precisamente, a través de una campaña internacional que asedió al régimen colonial hasta forzar su rendición. Para imaginar un movimiento de solidaridad igualmente exitoso para los palestinos, analizar la capacidad de tracción de Sudáfrica arroja luz sobre lo que permaneció esquivo en el contexto israelí.
En vísperas del triunfo de Sudáfrica, los palestinos estaban, de hecho, involucrados en una lucha de base civil similar contra la ocupación israelí: la primera intifada de 1987. Esta poseía una genuina base de masas impulsada por la organización desde abajo. Sin embargo, a diferencia de los sudafricanos negros, que ocupaban una posición crítica dentro de los sectores productivos líderes de la economía del apartheid, los palestinos no pudieron perturbar los procesos amplios de acumulación de capital al retener su fuerza de trabajo en puntos de estrangulamiento críticos. Los palestinos operaron desde siempre en los márgenes de la economía de Israel, lo cual no solo limitó su impacto doméstico sobre el statu quo israelí, sino que también le puso un techo a su capacidad para atraer aliados internacionales poderosos y estructuralmente posicionados.
Una mirada escrutadora sobre lo que coronó con éxito a la campaña internacional antiapartheid —como la aprobación de la Ley Integral contra el Apartheid (CAAA) de Estados Unidos en 1986— revela que los socios internacionales tenían un interés material en la liberación sudafricana, y no solo una adhesión disciplinada a los derechos humanos, por vital que haya sido esa claridad moral. Los sindicatos laborales estadounidenses reconocieron, en la lucha de Sudáfrica, una oportunidad para frenar el avance del neoliberalismo temprano al apuntar contra las estrategias de inversión en el exterior de la industria automotriz estadounidense, muchas de las cuales ya eran vulnerables debido a la propia lucha doméstica dentro de Sudáfrica.
Esos mismos sindicatos, industrias y regiones geográficas de Estados Unidos formaron la base sobre la que se asentó el ascenso político afroamericano dentro del Partido Demócrata, que ejercía un control decisivo sobre la formulación de políticas. En resumen, la capacidad de presión interna de la lucha antiapartheid sudafricana se alineó con la capacidad de presión estructural del movimiento obrero estadounidense para ayudar a desmantelar el apartheid. En contraste, los palestinos permanecen marginados dentro de la economía israelí, mientras que sus simpatizantes internacionales resultaron, a su vez, marginados políticamente por el avance implacable del neoliberalismo.
El peso aplastante de un orden neoliberal
Un ejemplo inmediato de esta falta de capacidad de presión proveniente de múltiples fuentes resulta evidente en la campaña palestina de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). Si bien esta campaña mostró una expansión constante a lo largo de sus dos décadas de existencia, el genocidio que comenzó en 2023 elevó significativamente su alcance. Sin embargo, un rastreador en el sitio web de BDS revela que el apoyo de los sindicatos va a la zaga de la tendencia general de una participación más amplia de la sociedad civil, y la mayor parte de esa participación sindical sigue siendo europea antes que estadounidense.
Ni la longevidad ni la profundidad de las iniciativas de BDS existentes por parte del movimiento obrero internacional lograron alterar, hasta la fecha, los incentivos estratégicos de Israel. Por ejemplo, el respaldo al BDS del Sindicato de Trabajadores Postales de Canadá (CUPW) en 2008 no impactó en los volúmenes de correo con Israel. Más tarde, sindicatos británicos y europeos adoptaron resoluciones de BDS que comprometían a sus miembros a boicots y recortaban las inversiones de sus fondos de pensión en Israel. Sin embargo, las demandas propalestinas de estos sindicatos hacia sus respectivos gobiernos siguen sin respuesta pese a su carácter rutinario, sin mencionar los intentos en curso del gobierno británico de criminalizar el paciente trabajo organizativo volcado a la causa en el Reino Unido.
Incluso la huelga general de los sindicatos italianos contra las transgresiones israelíes —una hazaña nada menor para quienes hacen campaña por el BDS— no logró forzar al gobierno italiano a actuar legalmente. En respuesta, el movimiento construyó un sistema de rastreo para coordinar logísticamente la forma de bloquear los envíos de armamento a Israel. Haciéndose eco de una exitosa acción sudafricana de 2021 para bloquear carga militar israelí, esta coalición de sindicatos liderada por Italia dejó numerosos puertos marítimos mediterráneos vedados para la carga militar con destino a Israel. Esto sin dudas complicó la logística de la máquina de guerra, obligando a algunas compañías navieras centradas en Israel a absorber pérdidas y a fusionarse. Sin embargo, el flujo de carga militar en sí mismo no disminuyó de manera significativa, ya que buena parte de él navegó bajo privilegio soberano (precisamente el de Estados Unidos, que desplegó una flota masiva para entregar armamento directamente a Israel, marginando así las acciones del movimiento obrero europeo). En otras palabras, los vestigios prenoliberales de poder que aún existen tienen un impacto marginal.
Los efectos de este debilitamiento del poder obrero sobre la solidaridad con Palestina también han permitido que sectores del capital profundamente entrelazados con el régimen colonial de Israel salgan en gran medida indemnes. Caterpillar, por ejemplo —la corporación que está en la mira del BDS hce más tiempo— permanece financieramente ilesa. Las desinversiones de bonos de alto perfil, llevadas a cabo por varios fondos por razones de responsabilidad social, no derrumbaron el valor de la acción de la empresa en bolsa ni elevaron sus costos de deuda.
La compañía descansa con seguridad en sus avances tecnológicos y en la monopolización del mercado. Incluso la Autoridad Palestina, colaboracionista de la ocupación, se escudó en estos monopolios para justificar la compra continua de productos de Caterpillar mientras la guerra genocida hacía estragos y grandes fondos globales observaban o ampliaban sus compromisos con el BDS. Para blindar aún más a la empresa, el gobierno estadounidense sigue canalizando las adquisiciones de Israel a través del Departamento de Defensa y desmantelando aranceles sobre sus operaciones, impulsando sus ganancias.
Así, incluso cuando los mecanismos de mercado deberían, en teoría, alterar los incentivos israelíes, el poder extra-mercado de Estados Unidos otorga escudos adicionales para proteger las prácticas políticas israelíes habituales. Esta realidad deja en claro que las batallas decisivas por la solidaridad con Palestina se librarán, en última instancia, dentro de Estados Unidos.
El movimiento estudiantil y el establishment del Partido Demócrata
El cambio radical que estamos presenciando en la opinión pública estadounidense hacia Israel y Palestina es un giro profundo que los palestinos vienen esperando durante mucho tiempo. Las organizaciones estudiantiles y activistas que volcaron un arduo trabajo en las protestas y soportaron un costo personal pesado no pasaron inadvertidas para los palestinos; incluso niños y niñas en edad escolar en Gaza encontraron momentos, bajo el fuego, para expresar su gratitud por los campamentos universitarios. Sin embargo, esta movilización ocurrió mientras el mundo observaba el desarrollo de un genocidio horrorizante. Una vez que la cuestión palestina sea empujada de vuelta a su posición habitual en un segundo plano político, existe el riesgo de que esta solidaridad se apague.
Esta es, sin dudas, la visión del establishment del Partido Demócrata, que trata al movimiento como una moda pasajera que eventualmente se agotará. Con semejante suposición, Kamala Harris no logró comprender que la cuestión palestino-israelí se está desplazando en niveles más profundos y conectándose con una política social doméstica más amplia. La derrota posterior del partido obligó al establishment a lidiar con el tema, dada la evidencia documentada de que Palestina jugó un papel en la derrota electoral de 2024. Ahora, sin embargo, los políticos del establishment despliegan el tema de manera tan oportunista como cualquier otro punto de la agenda. Esto resulta más notorio en potenciales candidatos para 2028, como Gavin Newsom, que dan bandazos sobre el tema.
Hasta el momento, la cuestión de Palestina e Israel no desapareció, pero recientemente ganó un impulso inesperado dentro de la extrema derecha populista. Este desvío hacia marcos de derecha (distintos de la población conservadora más amplia en general) es indeseable, ya que la extrema derecha es, por naturaleza, la menos comprometida con la organización de base o con los derechos humanos universales. La derecha intentará, sin dudas, limitar el potencial progresista de este tema, entorpeciendo tanto la solidaridad urgente que necesitan los palestinos como el papel que Palestina podría jugar en la agenda de política doméstica más amplia dentro de Estados Unidos.
Palestina como bien público
Un logro bienvenido es la medida de desinversión aprobada recientemente en la 39ª convención del Sindicato de Trabajadores Automotrices Unidos (UAW). Representa una verdadera penetración de Palestina en la clase trabajadora organizada estadounidense. Sin embargo, esta resolución fue significativamente diluida respecto de un borrador inicial más amplio, que apuntaba no solo a recortar inversiones en activos israelíes sino también a bloquear el envío efectivo de armamento mediante acción industrial directa. Este recorte es un ejemplo primordial de que Palestina sigue siendo un tema exógeno para la clase trabajadora estadounidense en su conjunto, vista quizás como un asunto de política exterior alejado de las preocupaciones cotidianas, o como una cuestión de solidaridad de principios y universalismo, en lugar de un tema ligado a una utilidad doméstica inmediata.
El impulso exitoso en la convención del UAW fue liderado por filiales locales activistas de la ciudad de Nueva York, que trabajaron en alianza con filiales locales de Michigan con fuerte presencia árabe-estadounidense. Esta importante victoria para activistas comprometidos solo fue posible a través de una alianza muy específica que no es fácilmente replicable, aun tratándose de una resolución recortada. Esta dinámica es paralela a triunfos progresistas recientes en las internas demócratas. En esas contiendas, candidatos proisraelíes con fuerte financiamiento quedaron increíblemente cerca detrás de los progresistas (como se vio en el distrito 13 de Nueva York), o dos candidatos proisraelíes obtuvieron en conjunto más votos totales que el único candidato progresista que ganó (como ocurrió en el distrito 3 de Pensilvania), impulsados por avales sindicales significativos. En resumen, si bien una mayoría creciente de estadounidenses hoy se moviliza en favor de los derechos palestinos, lo hace principalmente por motivos morales y de principios. Una amplia mayoría de la clase trabajadora estadounidense detesta las políticas que Israel está llevando adelante, y sin embargo los candidatos que respaldan el statu quo israelí siguen logrando márgenes que no reflejan esos sentimientos populares.
Para cerrar esa brecha, para acelerar la transformación de las legislaturas estadounidenses en bastiones del derecho internacional que atiendan los derechos inalienables de los palestinos, el movimiento tiene que estar anclado en una agenda doméstica popular para la clase trabajadora estadounidense. No puede seguir siendo un sentimiento popular que atraviesa las líneas de clase de manera aleatoria, alimentado únicamente por los horrores de un genocidio en curso que podría desescalar mediante maniobras políticas de necesidad. Semejante agenda apuntaría directamente contra el imperialismo estadounidense y el daño que este genera a nivel doméstico, cómo inhibe las inversiones públicas en diversos sectores, cómo limita la generación de empleo, y cómo hunde capital masivo en ciclos de rentabilidad limitada que socavan la multiplicación de la capacidad productiva de los sectores civiles.
De no lograrse eso, los analistas conservadores que hoy cabalgan en alto sobre este tema seguirían presentando una explicación aparentemente clara de este obstinado respaldo del establishment estadounidense a Israel. El cuadro que están pintando resuena cada día más con un público más amplio, un cuadro en el que la minúscula Israel arrastra al imperialismo estadounidense, por lo demás benigno e ingenuo, a adoptar su propia agenda. Es la imagen de una pirámide parada de cabeza, que borra el papel funcional que Israel cumple en la hegemonía estadounidense y en su postura geopolítica global. El actual juego de riesgo de Israel en esa imagen no se explica por la comodidad de su establishment como funcionario de una superpotencia, sino que queda envuelto en las peores formas de antisemitismo para justificar cómo una cola puede menear a su perro.
Para despejar más obstáculos al derecho palestino a la autodeterminación, la causa misma debería servir ahora como exhibición para propuestas de política doméstica. Lo que la reciente convención del UAW y las internas demócratas en ciudades como Nueva York y Filadelfia mostraron es que la brecha entre los sentimientos antibélicos y la política antibélica o los candidatos antibélicos ya no puede ampliarse más. Son ciertas corrientes conservadoras las que salen ganando al seguir convirtiendo a Israel en un tema especial y aislado, un racismo que desempodera al público si no se lo vincula de manera integral con el panorama más amplio. Que Palestina sea un bien público significa que numerosos incentivos están abrumadoramente apilados en su contra. Solo incorporando la liberación palestina a cuestiones más amplias podrá materializarse el impulso suficiente en su beneficio.
Ahmad al-Sholi enseña en el College of Humanities and Sciences de la Universidad Thomas Jefferson. Su investigación se centra en las relaciones industriales y los movimientos de masas en el mundo árabe.
TRADUCCIÓN: PEDRO PERUCCA
Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/solo-la-solidaridad-internacional-puede-liberar-a-palestina/
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